HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

lunes, 27 de agosto de 2012

Mónica, Santa- Madre de San Agustin

Mónica, Santa
Madre de San Agustín, 27 de agosto
 



Mónica, Santa
Mónica, Santa

Madre de San Agustín

Martirologio Romano: Memoria de santa Mónica, que, muy joven todavía, fue dada en matrimonio a Patricio, del que tuvo hijos, entre los cuales se cuenta a Agustín, por cuya conversión derramó abundantes lágrimas y oró mucho a Dios. Al tiempo de partir para África, ardiendo en deseos de la vida celestial, murió en la ciudad de Ostia del Tíber (387).

Etimológicamente: Mónica = Aquella que disfruta de la soledad, es de origen griego.

Fecha de canonización: Información no disponible, la antigüedad de los documentos y de las técnicas usadas para archivarlos, la acción del clima, y en muchas ocasiones del mismo ser humano, han impedido que tengamos esta concreta información el día de hoy. Si sabemos que fue canonizado antes de la creación de la Congregación para la causa de los Santos, y que su culto fue aprobado por el Obispo de Roma, el Papa.
Hoy celebramos a Santa Mónica, que con su testimonio logró convertir a su marido, a su suegra y a su hijo, San Agustín, quién también, es un gran santo de la Iglesia.

Santa Mónica fue una mujer con una gran fe y nos entregó un testimonio de fidelidad y confianza en Dios, por lo que alcanzó la santidad cumpliendo con su vocación de esposa y madre.

Un poco de historia

Mónica, la madre de San Agustín, nació en Tagaste (África del Norte) a unos 100 km de la ciudad de Cartago en el año 332.

Formación

Sus padres encomendaron la formación de sus hijas a una mujer muy religiosa y estricta en disciplina. Ella no las dejaba tomar bebidas entre horas (aunque aquellas tierras son de clima muy caliente) pues les decía: "Ahora cada vez que tengan sed van a tomar bebidas para calmarla. Y después que sean mayores y tengan las llaves de la pieza donde está el vino, tomarán licor y esto les hará mucho daño." Mónica le obedeció los primeros años pero, después ya mayor, empezó a ir a escondidas al depósito y cada vez que tenía sed tomaba un vaso de vino. Más sucedió que un día regañó fuertemente a un obrero y éste por defenderse le gritó ¡Borracha! Esto le impresionó profundamente y nunca lo olvidó en toda su vida, y se propuso no volver a tomar jamás bebidas alcohólicas. Pocos meses después fue bautizada (en ese tiempo bautizaban a la gente ya entrada en años) y desde su bautismo su conversión fue admirable.

Su esposo

Ella deseaba dedicarse a la vida de oración y de soledad pero sus padres dispusieron que tenía que esposarse con un hombre llamado Patricio. Este era un buen trabajador, pero de genio terrible, además mujeriego, jugador y pagano, que no tenía gusto alguno por lo espiritual. La hizo sufrir muchísimo y por treinta años ella tuvo que aguantar sus estallidos de ira ya que gritaba por el menor disgusto, pero éste jamás se atrevió a levantar su mano contra ella. Tuvieron tres hijos: dos varones y una mujer. Los dos menores fueron su alegría y consuelo, pero el mayor Agustín, la hizo sufrir por varias décadas.

La fórmula para evitar discusiones.
En aquella región del norte de África donde las personas eran sumamente agresivas, las demás esposas le preguntaban a Mónica porqué su esposo era uno de los hombres de peor genio en toda la ciudad, pero que nunca la golpeaba, y en cambio los esposos de ellas las golpeaban sin compasión. Mónica les respondió: "Es que, cuando mi esposo está de mal genio, yo me esfuerzo por estar de buen genio. Cuando él grita, yo me callo, para pelear se necesitan dos y yo no acepto
Mónica, Santa
Mónica, Santa
entrar en pelea, pues....no peleamos".

Viuda, y con un hijo rebelde

Patricio no era católico, y aunque criticaba el mucho rezar de su esposa y su generosidad tan grande hacia los pobres, nunca se opuso a que dedique de su tiempo a estos buenos oficios. Y quizás, el ejemplo de vida de su esposa logro su conversión. Mónica rezaba y ofrecía sacrificios por su esposo y al fin alcanzó de Dios la gracia de que en el año de 371 Patricio se hiciera bautizar, y que lo mismo hiciera su suegra, mujer terriblemente colérica que por meterse demasiado en el hogar de su nuera le había amargado grandemente la vida a la pobre Mónica. Un año después de su bautizo, Patricio murió, dejando a la pobre viuda con el problema de su hijo mayor.

El muchacho difícil

Patricio y Mónica se habían dado cuenta de que Agustín era extraordinariamente inteligente, y por eso decidieron enviarle a la capital del estado, a Cartago, a estudiar filosofía, literatura y oratoria. Pero a Patricio, en aquella época, solo le interesaba que Agustín sobresaliera en los estudios, fuera reconocido y celebrado socialmente y sobresaliese en los ejercicios físicos. Nada le importaba la vida espiritual o la falta de ella de su hijo y Agustín, ni corto ni perezoso, fue alejándose cada vez más de la fe y cayendo en mayores y peores pecados y errores.

Una madre con carácter

Cuando murió su padre, Agustín tenía 17 años y empezaron a llegarle a Mónica noticias cada vez más preocupantes del comportamiento de su hijo. En una enfermedad, ante el temor a la muerte, se hizo instruir acerca de la religión y propuso hacerse católico, pero al ser sanado de la enfermedad abandonó su propósito de hacerlo. Adoptó las creencias y prácticas de una la secta Maniquea, que afirmaban que el mundo no lo había hecho Dios, sino el diablo. Y Mónica, que era bondadosa pero no cobarde, ni débil de carácter, al volver su hijo de vacaciones y escucharle argumentar falsedades contra la verdadera religión, lo echó sin más de la casa y cerró las puertas, porque bajo su techo no albergaba a enemigos de Dios.

La visión esperanzadora

Sucedió que en esos días Mónica tuvo un sueño en el que se vio en un bosque llorando por la pérdida espiritual de su hijo, Se le acercó un personaje muy resplandeciente y le dijo "tu hijo volverá contigo", y enseguida vio a Agustín junto a ella. Le narró a su hijo el sueño y él le dijo lleno de orgullo, que eso significaba que ello significaba que se iba a volver maniquea, como él. A eso ella respondió: "En el sueño no me dijeron, la madre irá a donde el hijo, sino el hijo volverá a la madre". Su respuesta tan hábil impresionó mucho a su hijo Agustín, quien más tarde consideró la visión como una inspiración del cielo. Esto sucedió en el año 437. Aún faltaban 9 años para que Agustín se convirtiera.

La célebre respuesta de un Obispo

En cierta ocasión Mónica contó a un Obispo que llevaba años y años rezando, ofreciendo sacrificios y haciendo rezar a sacerdotes y amigos por la conversión de Agustín. El obispo le respondió: "Esté tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas". Esta admirable respuesta y lo que oyó decir en el sueño, le daban consuelo y llenaban de esperanza, a pesar de que Agustín no daba la más mínima señal de arrepentimiento.

El hijo se fuga, y la madre va tras de él

A los 29 años, Agustín decide irse a Roma a dar clases. Ya era todo un maestro. Mónica se decide a seguirle para intentar alejarlo de las malas influencias pero Agustín al llegar al puerto de embarque, su hijo por medio de un engaño se embarca sin ella y se va a Roma sin ella. Pero Mónica, no dejándose derrotar tan fácilmente toma otro barco y va tras de él.

Un personaje influyente

En Milán; Mónica conoce al santo más famoso de la época en Italia, el célebre San Ambrosio, Arzobispo de la ciudad. En él encontró un verdadero padre, lleno de bondad y sabiduría que le impartió sabios. Además de Mónica, San Ambrosio también tuvo un gran impacto sobre Agustín, a quien atrajo inicialmente por su gran conocimiento y poderosa personalidad. Poco a poco comenzó a operarse un cambio notable en Agustín, escuchaba con gran atención y respeto a San Ambrosio, desarrolló por él un profundo cariño y abrió finalmente su mente y corazón a las verdades de la fe católica.

La conversión tan esperada

En el año 387, ocurrió la conversión de Agustín, se hizo instruir en la religión y en la fiesta de Pascua de Resurrección de ese año se hizo bautizar.

Puede morir tranquila

Agustín, ya convertido, dispuso volver con su madre y su hermano, a su tierra, en África, y se fueron al puerto de Ostia a esperar el barco. Pero Mónica ya había conseguido todo lo que anhelaba es esta vida, que era ver la conversión de su hijo. Ya podía morir tranquila. Y sucedió que estando ahí en una casa junto al mar, mientras madre e hijo admiraban el cielo estrellado y platicaban sobre las alegrías venideras cuando llegaran al cielo, Mónica exclamó entusiasmada: " ¿Y a mí que más me amarra a la tierra? Ya he obtenido de Dios mi gran deseo, el verte cristiano." Poco después le invadió una fiebre, que en pocos días se agravó y le ocasionaron la muerte. Murió a los 55 años de edad del año 387.

A lo largo de los siglos, miles han encomendado a Santa Mónica a sus familiares más queridos y han conseguido conversiones admirables.

En algunas pinturas, está vestida con traje de monja, ya que por costumbre así se vestían en aquél tiempo las mujeres que se dedicaban a la vida espiritual, despreciando adornos y vestimentas vanidosas. También la vemos con un bastón de caminante, por sus muchos viajes tras del hijo de sus lágrimas. Otros la han pintado con un libro en la mano, para rememorar el momento por ella tan deseado, la conversión definitiva de su hijo, cuando por inspiración divina abrió y leyó al azar una página de la Biblia.

Oración

Santa Mónica, te pedimos en este día que nos ayudes a vivir nuestra vocación cerca de Dios, confiando siempre en que la oración constante y sencilla es un instrumento eficaz para transformar los corazones de quienes nos rodean.
Amén.

Cesáreo de Arlés, Santo

Cesáreo de Arlés, Santo
Obispo, 27 de agosto
 
Cesáreo de Arlés, Santo
Cesáreo de Arlés, Santo

Obispo

Martirologio Romano: En Arlés, de la Provenza, san Cesáreo, obispo, que, después de haber llevado vida monástica en la isla de Lérins, recibió ese episcopado en contra de sus deseos. Preparó y reunió sermones apropiados para las festividades que los presbíteros debían leer con objeto de instruir al pueblo y escribió también reglas de vida, tanto para hombres como para religiosas, para dirigir la vida monástica (542).

Fecha de canonización: Información no disponible, la antigüedad de los documentos y de las técnicas usadas para archivarlos, la acción del clima, y en muchas ocasiones del mismo ser humano, han impedido que tengamos esta concreta información el día de hoy. Si sabemos que fue canonizado antes de la creación de la Congregación para la causa de los Santos, y que su culto fue aprobado por el Obispo de Roma, el Papa.
San Cesáreo nació el año 470, cerca de Chalon-sur-Saone. Pertenecía a una familia galo-romana. A los dieciocho años, cuando ya había adquirido un respetable cúmulo de ciencia, determinó abrazar la carrera sacerdotal. Dos años más tarde se retiró a la abadía de Lérins, que había dado ya a la Iglesia muchos varones santos y sabios. El abad le nombró bodeguero. Pero, como las pasiones humanas alcanzan aún los sitios más alejados de los incentivos del vicio, algunos monjes tomaron a mal la administración escrupulosa de Cesáreo, y el abad se vio obligado a relevarle del oficio. Cesáreo quedó encantado de poder disponer de más tiempo para la contemplación y la penitencia; pero, como su salud se empezaba a resentir, fue enviado a reponerse a Arlés. El santo era pariente de Enoo, el obispo del lugar, a quién llamó la atención el cuidado con que el monje les evitaba la lectura de los autores paganos a los jóvenes que se preparaban al sacerdocio, y lo quiere para cumplir funciones en su Diócesis. Así pues, escribió al abad de Cesáreo suplicándole que le cediese al religioso. Una vez que Cesáreo recibió la ordenación sacerdotal, Enoo le puso al frente de un monasterio en el que la disciplina estaba muy relajada. El santo redactó una regla, gobernó el monasterio durante tres años y consiguió convertirlo en un modelo, a pesar de su propia juventud e inexperiencia. En su lecho de muerte, el obispo de Arlés propuso que le sucediese Cesáreo. Este huyó a ocultarse en el cementerio, pero fue descubierto, y el pueblo y el clero le obligaron a aceptar la elección.

Contaba solamente treinta años, e iba a gobernar la diócesis durante cuarenta más. San Cesáreo no tenía el hábito de suntuosidad y el espíritu de orden que movían a tantos obispos de la época a exagerar la importancia de su cargo para asegurar su la estabilidad. Pero poseía en cambio un profundo espíritu religioso, que hizo de él el principal prelado de las Galias. Una de sus primeras empresas fue regularizar el canto del oficio divino. Hasta entonces, en Arlés, sólo se cantaba en público los sábados, los domingos y los días de fiesta, pero San Cesáreo lo impuso diariamente, como se acostumbraba en otros sitios y no tuvo reparos en modificarlo para conseguir que las cristianas acudiesen más regularmente. Por otra parte, enseñó a su grey a orar de verdad, a elevar a Dios los deseos de su corazón y no simplemente a mover los labios en vano y aún con riesgo de cometer sacrilegio, ya que la verdadera oración consiste en levantar el corazón hasta Dios. Solía decir: "El hombre adora aquello en lo que tiene puesta la mente cuando reza. El que al orar piensa en los asuntos políticos o en la construcción de sus casa, no adora a Dios sino a su casa o a los asuntos políticos". San Cesáreo predicaba siempre los domingos y días de fiesta, mañana y tarde y, con frecuencia, lo hacía también entre semana. Si por alguna razón se hallaba impedido, hacía que los sacerdotes y diáconos leyesen al pueblo alguna homilía de los Padres.

También mandó que se leyesen esas homilías después de los maitines y vísperas para que el pueblo nunca saliese de la iglesia sin haber aprendido algo. El estilo del santo, que detestaba los disgustos complicados, era sencillo, natural, y agradable. Solía descender a detalles y clamaba contra los vicios más extendidos, en particular, contra la costumbre de dejar el arrepentimiento para el día de mañana. Con frecuencia, hablaba de las penas, del purgatorio por los pecados veniales y de la necesidad de repararlos con las frecuentes penitencias. Sobre todo, predicaba acerca de la oración, el ayuno, la limosna, el perdón de las injurias, la castidad y la práctica de las buenas obras. En resumen, fue el primer predicador "popular" cuyos sermones han llegado hasta nosotros; están llenos de comparaciones familiares y rara vez duran más de un cuarto de hora. Al mismo tiempo, el santo inculcaba a sus oyentes el valor de la oración litúrgica, que tanto se esforzó por popularizar. "Que vuestras acciones correspondan a vuestras palabras -repetía-. Que vuestras almas sean tan puras como lo exige el texto: Beati inmmaculati in via".

Uno de sus primeros biógrafos llama a San Cesáreo "otro Noe que construyó un arca para proteger a sus hijos contra los peligros de su tiempo". Se trata de una alusión al monasterio que abrió como refugio para las doncellas y viudas del sur de las Galias que querían consagrarse a Dios. El monasterio se hallaba, al principio, en Aliscamps, entre las tumbas romanas; más tarde, fue trasladado al interior de las murallas de la ciudad. Su primer nombre fue San Juan; después tomó el nombre de San Cesáreo. Este confió al gobierno del convento a su hermana Santa Cesária, redactó personalmente la regla y siempre consideró aquella obra como una de las principales empresas de su vida. En sus reglas, insistía en la inviolabilidad absoluta de la clausura. Reglamenta las normas del claustro y de la vida en el monasterio También redactó otras parecidas para los monasterios masculinos y la impuso a todos los de su diócesis. La costumbre de la clausura que fue extendiéndose, poco a poco, a otras regiones, tras haber defendido con éxito su extensa jurisdicción, sede de Arlés, que tenía como sufragáneas a varias diócesis.

En calidad de primado, el santo presidió varios sínodos, de los que el más importante fue el de Orange en el año 529. Comienza a echar por tierra argumentos equivocados. Dicho sínodo se pronunció contra los que afirmaban que Dios predestina a ciertas almas a la condenación; también declaró que a la gracia de Dios, debemos el primer movimiento hacia Él de nuestras almas, de suerte que Dios es el autor de toda conversión, contra lo que sostenían los semipelagianos.

Junto con esta actividad eclesiástica, San Cesáreo participó también en los principales acontecimientos sociales y políticos de su tiempo. La ciudad de Arlés estaba entonces bajo el dominio del rey visigodo Alarico II. Las malas lenguas dijeron al monarca que San Cesáreo, que había nacido en Borgoña, estaba tratando de anexar el territorio de Arlés a los dominios del rey de Borgoña. La acusación era falsa; pero Alarico desterró al santo a Burdeos en el año 505. Cuando el monarca se dio cuenta de la injusticia que había cometido, llamó a San Cesáreo del destierro y condenó a su calumniador a morir apedreado, aunque acabó por perdonarle, a ruegos del santo.

Después de la muerte del monarca visigodo, el ostrogodo Teodorico, rey de Italia, se apoderó de los dominios del Lenguedoc . Habiendo concebido ciertas sospechas contra San Cesáreo, mandó arrestarle y conducirle a Ravena. Al llegar a la presencia de Teodorico, el santo lo saludó, y el rey, al ver el aspecto venerable e intrépido del anciano, se levantó y le saludó también. En seguida hablaron ambos amigablemente acerca del Estado de Arlés. Después de despedir al santo, Teodorico dijo a los presentes: "Quiera Dios castigar a los que son responsables de que este santo haya tenido que hacer un viaje tan largo e inútil. Cuando quedó en mi presencia, me estremecí al ver su rostro de ángel. No puedo creer que un hombre así sea capaz de cometer los crímenes de los que se le acusan". El rey envió a San Cesáreo una bandeja de plata con trescientas monedas de oro y un mensaje que decía: "Aceptad este regalo del rey, tu hijo, como una prueba de mi amistad". El santo vendió la bandeja y empleó el dinero en rescatar cautivos. Después continuó el viaje hacia Roma, donde el Papa San Símaco confirmó los derechos primaciales de la sede de Arlés, nombró a San Cesáreo delegado apostólico en las Galias y le confirió el palio. Según se dice, San Cesáreo fue el primer obispo de Europa occidental que recibió el palio.

En el año 514, retornó a Arlés, y siguió en el gobierno y la instrucción de su grey durante muchos años. Cuando los francos tomaron la ciudad, el año 536, se retiró un tanto de la vida pública al convento de San Juan. A los setenta y tres años, sintiendo que la muerte se acercaba, hizo su testamento a favor de las religiosas del convento y empezó a prepararse para la muerte. Poco antes de la fiesta de San Agustín, preguntó si la fecha estaba aún lejana, y añadió: "espero que para entonces ya habré muerto, pues bien sabéis la predilección que he tenido siempre por la doctrina tan católica de este santo".

Haciéndose transportar en una silla de brazos al monasterio que había fundado, exhortó a las religiosas a soportar con paciencia la pena que iba a causarles su muerte. La superiora del monasterio, que había sucedido a la hermana del santo, se llamaba también Cesaria, y había más de doscientas religiosas. San Cesáreo, "verdadero maestro de la Galia franca", murió en la víspera de la fiesta de San Agustín, el año 543.