HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Sor Trinidad: “Yo querría un amor tan grande como el mío, ¡que no me olvidara nunca!”


TÍTULO: Sor Trinidad: “Yo querría un amor tan grande como el mío, ¡que no me olvidara nunca!”
Presentación de la vida de la Madre Trinidad del Purísimo Corazón de María, fundadora de la Congregación de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios.
Autor: Carlos Maciel del Río
15 de junio del 2007
2.Introducción
La presente obra recoge algunos de los datos y testimonios primarios que nos dejó la madre Trinidad, y que sus biógrafos recopilaron y ordenaron en una serie de escritos. Este trabajo engarza e interpreta dicha información con el deseo de acercarse a la vida ejemplar de esta religiosa contemplativa e incansable, para presentarla a la mirada creyente y atenta de las personas y comunidades que interactúan, con las Esclavas de la Santísima Eucaristía y la Madre de Dios.
Creo que la entrega indivisa y la fidelidad perseverante con que esta mujer cristiana vivió su vocación de frente a Dios, constituye un cuestionamiento profundo para muchos creyentes que hemos entibiado nuestra existencia cristiana.
Esta obra consta de cinco capítulos. El primer capítulo aborda la presentación de los años de infancia que vivió Mercedes en Monachil, su pueblo natal y los primeros años de su estancia en el convento de san Antón, antes de la toma del hábito. El segundo capítulo analiza sus años como religiosa de plenos derechos en el mismo convento, sus luchas por reformar la vida de la comunidad capuchina de san Antón, hasta el momento de su salida a la fundación de Chauchina.
El capítulo tercero presenta el período más decisivo de su vida, cuando implementó las reformas que tanto había anhelado y realizó sus primeras fundaciones. En el capítulo cuarto, presento el período que puede ser considerado como el período de madurez en el proceso de fundación de esta congregación, ahí se expone la etapa de crisis y a la vez, se presentan los años de gran crecimiento de la comunidad.
Finalmente, el capítulo quinto establece algunas conclusiones breves que podrán animar y orientar la espiritualidad de todas las personas que hemos tenido la oportunidad de conocer y experimentar en carne propia el carisma eucarístico de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y la Madre de Dios. Por ese testimonio y por la invitación a adentrarnos en la vida de su fundadora, simplemente les damos las gracias.
En la estructuración de esta obra he querido incluir de la forma más fiel posible, las palabras de la madre Trinidad, por tal razón, he procurado, intitular la mayor parte de los apartados de cada capítulo con una frase emblemática, que permita entender el sentido profundo del momento de su vida que se va presentando. Al hacerlo así, me mueve la intención de recuperar su herencia espiritual, a fin de dejarnos interpelar por el testimonio directo y la guía inmejorable de la madre Trinidad. Este escrito pretende favorecer el reencuentro vivo y cálido con el Señor Jesús, pan partido y repartido que nos invita a vivir a diario, la comunión plena que celebramos y anhelamos alcanzar en cada Eucaristía.

I. De Monachil a Granada. Buscando un amor más grande
Antes de adentrarnos en la búsqueda de las razones profundas que alentaron los ideales de la madre Trinidad, conviene cavar más hondo, expurgando los aires, el suelo, las creencias y los ritmos vitales de la gente con quien ella creció durante los primeros diez años de su vida. Es oportuno describir el sitio preciso donde la niña Mercedes Carreras Hitos vivió la primera de las seis décadas de su vida. Lo queremos hacer porque estamos persuadidos que el entorno geográfico y cultural es un factor decisivo cuando se quiere comprender la vida de una mujer que vivió una espiritualidad cristiana intensa y fecunda. La madre Trinidad moldeó su vida y su talante personal a partir de una trayectoria familiar y social. Para entender la vida de la niña Mercedes, nacida en el serrano pueblo de Monachil, es muy importante saber cuáles eran los tiempos festivos y las faenas cotidianas que tejían la vida de sus habitantes. A fin de cuentas, ella era hija de una Iglesia particular que vivía su fe conforme a la cultura de la época.
El contacto con la naturaleza y la buena crianza que la madre Trinidad recibió en su tierra natal fueron, sin lugar a dudas, las raíces profundas que sustentaron los frutos que más tarde nos habrían de alimentar y alegrar. Conviene recordar que la vida de Mercedes y la obra de la madre Trinidad, no cayeron del cielo, sino que se fueron tejiendo desde la gestación biológica, hasta la consolidación biográfica iniciada a la sombra de las montañas heladas, las ventiscas de la sierra Nevada y la fe intensa de generaciones de familias cristianas.
Monachil es un pueblo con una historia milenaria. Situado apenas a ocho kilómetros de Granada, España, contaba ya con una fortificación levantada desde el año 1600 a.C. para defender las rutas comerciales de la ―cultura de Argar‖. Siglos más tarde y debido a la fuerte presencia árabe en Granada, llegó a contar con tres mezquitas, y con una iglesia de estilo mudéjar, signo del encuentro de dos culturas, la arábiga y la andaluza. Llegó a ser parroquia desde el año de 1501, dando lugar a una religiosidad honda y firme, salpicada de vivencias de fe y de festividades, entre las cuales sobresale la de san José, la del santo patrono, san Antón y la de la Virgen de las Nieves, cuya festividad tiene orígenes tan remotos que arrancan del mismo siglo XVI.
Que las ventiscas y los fríos invernales golpeaban duramente a los habitantes de aquellas montañas, queda claro en dos tradiciones religiosas que todavía sobreviven en Monachil. La primera es la fiesta de la ―Olla de san Antón‖, que la gente sigue celebrando cada 17 de enero. Ese día mientras que uno trae arroz, otro aporta garbanzos o carne de cerdo, para preparar y compartir un platillo caliente y sabroso que les permita sobreponerse a las duras heladas del mes de enero. La segunda es la peregrinación anual hacia la ermita de la Virgen de las Nieves.
La rudeza del invierno templó sin duda el carácter de esta gente que tenía un temple emprendedor e industrioso. El papel, las telas, la harina y el aceite eran arrancados a las frías humedades a fuerza de tesón y entrega. Vivir en Monachil no era fácil a fines del siglo XIX. Esa gente curtida por las ventoleras y las nevadas del invierno aprendió a sacar literalmente, con el sudor de su frente, el pan de la tierra. Generaciones enteras de gente industriosa, acostumbrada a luchar por la vida con paciente entrega, había ido dejando una marca firme en el carácter de aquellas gentes. A
ninguna mesa de Monachil llegaba el pan sin esfuerzo. La vida era una lucha constante. Ningún plato estaba servido a la mesa. El pan y la sal se conseguían viviendo a tope, sin regatear esfuerzos, arrancándole al suelo, la bendición generosa que Dios les ofrecía en la altura de su sierra, en la abundancia de su agua, en la grosura de su suelo.
Aunque solamente la madre de Mercedes, doña Filomena Hitos, había sido moldeada por generaciones de Monachilenses, nuestra niña fue introyectando dentro de sí, el talante, el temple recio y fuerte de esta gente de montaña, acostumbrada a subir las cuestas empinadas, a sortear la nieve y la ventisca.
Monachil, era un pueblo de campesinos con talante emprendedor. Esa gente industriosa conserva todavía con orgullo un edificio señorial, producto del empeño de sus antepasados, que sirvió como molino a toda la población desde el lejano siglo XVI. Entre los 3, 400 metros del Pico Veleta y los 740 metros de las partes bajas de la vega, transcurría el diario vivir de estos fervientes cristianos de Monachil.
En ese pueblo andaluz la familia Hitos era conocida de todos por la reciedumbre con que vivían su fe religiosa. No en balde, recibieron el mote de ―familia levítica‖, puesto que en la generación de doña Filomena había dos religiosas, y en la de Mercedes Juliana, se contaba con tres sacerdotes y siete religiosas.
Doña Josefa y don Manuel
Cabe recordar que por línea materna, la abuela de Mercedes, doña Josefa, tenía una habilidad peculiar para mantener con firmeza la unidad familiar. Los que no la conocimos, podemos imaginar a doña Josefa como una matrona creyente que de acuerdo a los prototipos de la sabiduría bíblica, asumió y se ganó a pulso el papel de ―mujer fuerte‖ (Prov 31), ejerciendo entre hijos y nietos un liderazgo particularmente eficaz. Doña Josefa consiguió comunicar con sencillez el testimonio cristiano a toda su familia. Sacando provecho de su holgada posición económica, se consagró a educar cristianamente a hijos y nietos en el ―santo temor de Dios‖.
Sin embargo, conviene considerar que la recia y arraigada religiosidad que hará patente la madre Trinidad a lo largo de su vida cristiana, no derivó solamente de su herencia materna. Su padre, don Manuel, fue un cristiano que vivió su fe con la frente en alto, sin apocamientos ni vergüenza. Cuando la madre Trinidad rememore los relatos que su padre le hacía siendo pequeña, enfatizará el hecho de que don Manuel era un creyente que expresaba sin vacilaciones la firmeza de su fe. Viviendo don Manuel en el complejo y rudo ambiente de los militares, no enterró ni ocultó el cariño peculiar que sentía hacia la Virgen Santísima de las Maravillas; él mismo nos confiesa que en cuanta ocasión se topaba con una imagen de la Virgen se mostraba como lo que era, un hijo cariñoso que había aprendido a anudar su vida, sus gozos, sus amores, su trabajo todo, con la fe y la devoción marianas.
De hecho, su religiosidad popular, lo hacía invocar a María Santísima, bajo la advocación con que era conocida en el lugar donde él se encontraba. Si estaba en Málaga intentando persuadir a su futura esposa para que lo acompañara por toda la vida, don Manuel recurría al auxilio de la Patrona de Málaga, la Virgen de las Victorias; si enfrentaba riesgos y contratiempos en su carrera militar, se ponía en manos de su patrona, la Virgen de las Maravillas.
Hoy como ayer, sabemos que el único camino para que el don de la fe llegue a nuestros hijos, es por medio del contagio y el testimonio. Una familia religiosa, que vive su fe a plenitud, que conecta sus gozos y esperanzas con sus más firmes creencias, consigue comunicar esa fe plena a cada uno de sus miembros. La fe que se decolora hasta convertirse en rito vacío no logra arraigarse; cuando llegan las primeras crisis,
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desaparece sin dejar huella. Afortunadamente esto no sucedió con la fe cristiana de los hijos de la familia Carreras Hitos.
El corazón para Dios
Doña Filomena, madre de Mercedes, ejerció de manera directa una influencia temprana y a la postre, decisiva, en la opción definitiva que asumirá la madre Trinidad en plena juventud. Su madre, había asimilado desde la infancia una espiritualidad integradora con las clarisas de Granada, ahí había aprendido que todos los bienes y valores que Dios ha confiado a cada persona se pueden compartir y fragmentar, menos uno, el corazón. Ese, le pertenece por entero a Dios. En esa mística, con hondos cimientos bíblicos (―amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón‖ Dt 6,4) vivió su vocación maternal doña Filomena, procurando que cada uno de sus hijos entregara por entero su corazón al Señor. Y vaya que doña Filomena lo consiguió, en la medida, que su hija Mercedes, entregó un día todo entero su corazón a Dios, cuando apenas cumplía once años y medio y recibía este mensaje de la Virgen de Belén:
―Este será tu esposo a quien te entregarás con todo el amor de tu corazón‖1.
Efectivamente el mensaje continuo de las Escrituras y la espiritualidad de nuestra biografiada, coincidirán: hay que entregar por entero el corazón a Dios. Y es que el corazón, en la tradición bíblica no es un simple órgano fisiológico, es algo más profundo,
―es lo interior del hombre… es el centro del ser, allí donde el hombre dialoga consigo mismo, asume su responsabilidad, se abre o se cierra a Dios. En la antropología concreta y global de la Biblia, el corazón del hombre, es la fuente misma de su personalidad consciente2… es la sede de las elecciones decisivas y de la acción misteriosa de Dios‖.
Cuando la madre Trinidad viva una prolongada y difícil experiencia de discernimiento personal acerca de la misión que habría de asumir la congregación, acudirá a las imágenes de los brazos y el corazón para dilucidar su dilema, cómo conciliar la contemplación con la acción. Estas son sus elocuentes palabras:
―El corazón lo pide Jesús como árbitro de la vida interior, eucarística, contemplativa, que lo llenamos de luz, de fuego, de caridad; el brazo como un instrumento en el celo de las almas, acercarlas a la mesa eucarística, alimentarlas de su amor divino y repartir con el prójimo el pan de cada día‖3.
Quien se entrega toda entera al Señor, entrega su corazón y extiende a la vez sus brazos, para hacer eficaz y operante esa entrega total a Dios.
Bauticé solemnemente a Mercedes Juliana
Como en cualquier matrimonio, en el que habían celebrado y vivido don Manuel y doña Filomena, no faltaban los problemas y desavenencias. Luego de casi ocho años de matrimonio, los esposos discordaban entre sí por cuestiones económicas y profesionales. En opinión de la esposa, el oficio de guardia civil del marido, era insuficiente para sacar adelante a la familia, por lo cual, le aconsejaba abandonarlo para hacerse cargo de la administración de la hacienda familiar; y a la vez conseguir, una mayor cercanía con toda su familia. Hasta tal punto se tensaron las cosas, refieren sus biógrafos, que doña Filomena transcurrió los meses del embarazo de Mercedes en su casa paterna.
Un nacimiento, un viaje o un deceso son eventos normales a los ojos de los extraños. En cambio, para quienes los viven desde dentro, son sucesos cargados de valor simbólico, que lo mismo, provocan reacciones negativas que positivas en los afectados. Eso fue lo que ocurrió con el nacimiento de la niña Mercedes. Su llegada fue tan providencial que animó a don Manuel, a retirarse de la milicia para hacerse cargo de los bienes de su esposa, y reafirmar así la unión familiar de manera indisoluble.
Al paso del tiempo, resultaría claro para don Manuel, que el nacimiento de su hija Mercedes, había sido el parteaguas que marcaría la mejor etapa de su vida matrimonial. Por esa razón no vacilaba en externar delante de sus hijos su predilección por su pequeña Mercedes Juliana.
Para quienes vivimos la vida desde una convicción creyente, un hijo es siempre un don y una bendición de Dios. No en balde, los textos exhortativos del libro del Deuteronomio reiteran una y otra vez las promesas divinas: ―Si obedeces y escuchas la voz del Señor tu Dios… que el Señor te enriquezca con el fruto de tu vientre‖ (Dt 28,1.4.11). De manera particular podemos recordar el tono jubiloso con que un par de salmos bíblicos, celebran la llegada de los hijos, como la bendición que Dios da a quien lo respeta (Sal 127,3; 128,3).
Sin convertir estas sentencias en verdades absolutas, es posible confesar que para el matrimonio Carrera Hitos, la llegada de su primera hija vino a ser ocasión de bendiciones y mercedes, como bien se podría inferir del primero de los nombres que le impusieron a la niña.
Miraba a todos como si conociera
Se comprende fácilmente que una familia con tres hijos varones acogiera con amor especial el nacimiento de su primera hija. Mercedes nació, como solemos decir, con buena estrella, llena de fuerza y vigor, al punto que todo mundo creía que en lugar de tres días, tendría tres meses de edad al momento de ser bautizada. Esta vigorosa criatura, vivía con los ojos y el corazón abiertos, pues conseguía mirar a cuantos estaban a su alrededor, como si fueran viejos conocidos.
Quienes no pudimos encontrarnos con esa mirada, no sabemos cuál era la causa de la peculiar cercanía que la niña Mercedes mantenía con quienes estaban a su alrededor. ¿Sería la intuición, sería la mirada curiosa, sería la memoria visual? Dios lo sabrá. El hecho es que esta pequeña niña comienza a mirar el mundo, a reconocer rostros, a juguetear, y a realizar todas las ocurrencias que vienen a su mente. Lo mismo persigue mariposas en la finca paterna, que vacía barriles enteros de aceite.
No se trata de establecer explicaciones superficiales, ni de echar mano de términos de moda. No podemos encasillar su conducta infantil traviesa e inquieta como una simple cuestión de hiperactividad. Cuando confiesa en sus escritos que su madre solía castigarla con frecuencia, mientras que no lo hacía con su hermana menor, a la postre religiosa también como ella, no tenemos razón para dudarlo. La niña Mercedes llevaba dentro de sí tanta vitalidad que pronto tendría que encontrar un proyecto personal, suficientemente exigente y valioso, para canalizar el impulso vital, el deseo de vivir, que latía desde temprana edad en aquella criatura.

Parece conveniente hilvanar alguna respuesta que nos explique y ayude a entender, la precocidad con que Mercedes comenzó a abrirse a los demás y a acoger a Dios, lo mismo en la persona de un pobre que llamaba a su puerta, en la belleza de una mariposa que revoloteaba en el campo, que en las plegarias sencillas que balbuceaba desde sus años primeros. Aunque cualquiera que conozca la vida de la madre Trinidad, conocerá de sobra esta anécdota, conviene incluirla en estas líneas:
―No sabíamos hablar y nos hacía pronunciar el ―Jesús, María y José‖ y ―Jesús, María y José, os doy el corazón y el alma mía‖ y con tal fuerza nos lo decía que cuando acababa sus oraciones y consagraciones, muy hermosas, que nos hacía repetir con ella todo los días mañana y tarde, mi hermana sor Pura, con mucha gracia, abriendo sus manecitas le decía: Mamá ya no tenemos más que darle‖4.
Las respuestas ingenuas comunes a todos los niños, comenzaron a ser frecuentes, sobre todo, cuando se trataba de lo relativo a su vida con Dios. Es ilustrativo recordar la candidez con que la niña Mercedes responde a las lecciones que su madre le ofrecía mientras contemplaba azorada el ascenso de las hormigas. Usando el símil de las hormigas, su madre le invitaba a meditar en el misterio de la presencia de Cristo en la Eucaristía, haciéndole imaginar que el grano de trigo se transforma por la decisión de Jesús y por la gracia de Dios, en el cuerpo vivo de Jesús, evocando así la lección que el Señor Jesús ofreciera en el cuarto evangelio:
―Si el grano de trigo no cae en tierra y no muere, queda infecundo; en cambio, si muere, da fruto abundante. Quien tiene apego a la propia existencia, la pierde; quien desprecia la propia existencia en el mundo éste, la conserva para una vida sin término‖ (Jn 12, 24-25).
¡Cuantas veces volvería a introducirse la niña Mercedes en ese misterio en las épocas más plenas de su vida!
Llegado el momento decisivo, Mercedes tendría que confirmar de manera eficaz la determinación que sus padres asumieron por ella, cuando a los seis años de edad la presentaron ante el arzobispo de Granada, para recibir el sacramento de la Confirmación, el 22 de mayo de 1885.
Cuartos de chocolate para los pobres
Dos años después, el 29 de mayo de 1887 la niña Mercedes viviría un acontecimiento, su Primera Comunión, con tanta intensidad, que nos permitirá comprender las razones profundas con que años más tarde exhortará a sus hermanas de congregación a centrar su vida en la Eucaristía con la siguiente exhortación:
―Vivamos pues, amadísimas madres y hermanas carísimas en este género de vida que Jesús dulcísimo nos viene pidiendo de tantos años… queriéndonos unir como rebaño de castas ovejitas bajo la mirada y protección del Corazón Inmaculado de María que nos alimenta y mima con el pasto divino de la santa Eucaristía, donde Jesús dulcísimo nos da a beber esas aguas purísimas que nos da en abundancia para darle a beber a las almas de los niños pobres y abandonados que no conocen a Dios‖

Parientes, amigos de la familia, todos los participantes se regocijaron con Mercedes y su hermana Pepita, que recibieron ese día la Primera Comunión. Con la recepción del pan eucarístico la familia vivió un banquete de comunión total. A la comunión eucarística siguió la comida en un ambiente de alegría familiar, al punto que aparecieron las bromas y las gracejadas inocentes a costillas de la ingenuidad de la pequeña Mercedes, que terminaron por hacerla llorar.
Uno de los convidados, el seminarista don Ramón, buscando contentarla, la alertó diciéndole que el Niño Jesús se marchaba disgustado porque ella no le hacía caso. La pequeña tomó el mensaje al pie de la letra y se imaginó que efectivamente Jesús estaba presente junto a ellos y se marchaba de su lado por la escalinata. Los presentes continuaron la broma y le dieron descripciones vivas del Niño, que terminaron por surtir efectos positivos, pues encendieron en la niña el amor a Jesús y sirvieron a la familia como motivación para moderar el genio caprichoso de Mercedes6
Esta anécdota resulta digna de mayor atención, puesto que nos permite adentrarnos en la comprensión de la relación íntima y personal que vivirá Mercedes a lo largo de su vida cristiana con Jesús Eucaristía. En sus escritos donde nos deja entrever la espiritualidad que la animaba el día de su profesión, confiesa como había llegado a tener una fe viva en la Eucaristía:
―!Oh divina Eucaristía, trono de amor donde os veo radiante de gloria en unión de las Tres Personas de la Santísima Trinidad, envía a mi alma las aguas purísimas de las gracias que manan de las tres divinas fuentes de gracias que inundan mi alma de sabiduría, de pureza y amor! ¡Adore a Dios como si lo viera realmente y oyera! pues una fe viva ve, oye, toca, abraza con mayor certidumbre que si lo viera¡‖.7
Es claro que la relación personal tan profunda entre la madre Trinidad y su Esposo divino8 no se gestará cabalmente desde el día de su Primera Comunión. Sin embargo, podemos intuir que de manera germinal quedaría sembrada en su interior la semilla del amor eucarístico. Aproximadamente treinta años después la madre Trinidad releerá como muchos otros místicos, el Cantar de los Cantares sintiéndose la amada que corre presurosa a las súplicas del esposo, e invitará desde Berja a la madre Vicaría a que también ella se mire a sí misma como la esposa, a fin de que corra ante las dulces invitaciones del esposo celestial.
En ese testimonio apreciamos uno de los rasgos esenciales del amor eucarístico de la madre Trinidad. El amor que ella experimenta hacia Jesús no es autocomplaciente ni egoísta, antes bien es expansivo y contagioso. La amada no se reserva para sí al amado, antes bien, lo ofrece generosamente para que todos y todas, sean alcanzados por ese fuego amoroso. Ella no tendrá más preocupación que contagiar del amor divino del Esposo a sus hermanas religiosas, a las niñas pobres y abandonadas y a todo mundo, porque el verdadero amor cristiano es como todo bien verdadero, difusivo y contagioso.
Esa vivencia testimonial que comenzó a experimentar hacia el Niño Jesús desde el día de su primera comunión la llevó a congregar en su casa a numerosas niñas de Monachil. Ella misma nos revela que
―cuando se descuidaban (sus padres) me metía en la tienda que junto a la casa tenía mi hermano el mayor y de cuanto había le daba a las niñas pobres que yo invitaba en un portal de la casa para enseñarles la doctrina y como debía comulgar…Mi padre me veía tan afanada y él me daba cuartos y chocolate para repartirlo en aquellos pobrecitos que algunos no comían otra cosa que lo que yo les daba‖9.
Ahí tenéis a vuestra Madre
Al año siguiente de la primera comunión de la niña Mercedes, el crudo invierno la había enfermado de pulmonía durante la Cuaresma de 1888 y terminó también por afectar la salud de su madre doña Filomena, que murió de pulmonía el 10 de julio del mismo año. Como es usual en esas circunstancias, la madre al sentirse moribunda, dio las últimas recomendaciones a sus hijos.
Para nosotros resulta particularmente interesante saber que en ese momento comenzará una relación confiada y cercana entre la niña Mercedes y la Virgen de los Dolores. Tanto su madre como su abuelo don José Hitos, confiaron a Mercedes y a su hermana menor al cuidado de la Virgen. Cabe mencionar las palabras con las cuales doña Filomena las entregó al cuidado de la virgen María:
―No os dejo huérfanas, ahí tenéis la que desde hoy cuidará de vosotras y será vuestra madre‖10.
Podemos decir, porque así lo revela de forma constante en sus escritos, que la madre Trinidad, encontró en esta experiencia adversa la voluntad de Dios. En un primer momento con más generosidad e ilusión que con fuerza y capacidad, se imaginó que podría atender, en lugar de su madre, a su padre y hermanos. Era demasiado temprano para una niña de nueve años, asumir el papel de madre.
No obstante, algunos años más tarde, lograría discernir que esa carga desmesurada no era la que el Señor le tendría reservada. Así, en lugar de asumir de manera sustituta el papel maternal a favor de los miembros de la familia Carreras Hitos, asumiría tiempo después una maternidad más extensa y prolífica afrontando, bajo el perenne cobijo de la Dolorosa, la protección maternal hacia sus hermanas religiosas y hacia las niñas pobres y abandonadas.
A partir de la adversa circunstancia de su orfandad la pequeña Mercedes irá desarrollando una estrecha relación amorosa con la Virgen Santísima. Esta confianza no se reducirá a los momentos de oración, sino que se extenderá a su vida entera. En adelante, la súplica que sus labios externarán será: ―Madre mía, que sois mi madre, cuidad de mi”11; esa súplica constante irá modulando y moldeando en su interior una espiritualidad filial, que la mantendrá en actitud de cercanía y confianza con la madre de Dios, a lo largo de toda su vida.
Las palabras que usa el evangelista al referirnos el relato de la pasión de Jesús, que nos permitiremos transcribir aquí.: ―Al ver a su madre y a su lado al discípulo preferido, dijo Jesús: Mujer, ése es tu hijo. Y luego al discípulo. Esa es tu madre. Desde entonces el discípulo la tuvo en su casa‖ (Jn 19, 26-27); nos servirán como telón de fondo para comprender las consecuencias positivas que la muerte de doña Filomena produjo en Mercedes y en sus hermanos: un acendrado amor filial hacia la santísima Virgen María. El encargo amoroso que Jesús hace al discípulo para que se haga cargo de su madre, lo formulará de manera semejante la madre de las niñas, encomendando a sus hijos, como toda madre cristiana, a la protección maternal de María Santísima.

No podemos dejar de advertir que el discípulo cristiano que se adhiere personalmente a Jesucristo, reconoce y venera con singular devoción, la función mediadora e intercesora de la madre de Dios. Sin ningún género de duda, podemos afirmar que todo seguidor de Jesús es en realidad un discípulo amado y preferido de Jesús. La relación de preferencia entre Jesús y el anónimo discípulo amado no es una relación singular y exclusiva. La tradición del cuarto evangelio nos dirá que es una relación abierta y universal cuando afirme que: ―uno que me ama hará caso de mi mensaje, mi Padre lo amará y los dos nos vendremos con él y viviremos con él‖ (Jn 14,23). Ahora bien, cabe aclarar que la cercanía del discípulo con su Señor está mediada por la presencia amorosa y maternal de su Madre María. La madre Trinidad, como el discípulo que acogió en su casa a la madre del Señor, llevará espiritualmente consigo la presencia y la imagen misma de la Dolorosa, a quien acudirá sin vacilar en los momentos críticos y también en las situaciones gozosas y consoladoras. De alguna manera el nombre mismo de la congregación, Instituto de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios, conciliará las dos dimensiones inseparables de su espiritualidad, el amor a Jesucristo y el amor a su Madre Santísima.
Quería aprender mucho en poco tiempo para marcharme
Los meses inmediatos a la muerte de doña Filomena fueron momentos difíciles para toda la familia. Don Manuel no se hacía a la idea de vivir a solas su viudez, y a los tres o cuatro meses del fallecimiento de su esposa, manifestó su deseo de contraer matrimonio con Victoria, pariente lejana de su difunta esposa. Cuando esta decisión fue conocida de los hijos mayores de la familia Carreras Hitos no provocó sino rechazo y oposición, al grado que intentaron echar de casa a Victoria. La paz y tranquilidad que había disfrutado la familia en los últimos años, se perdió, como refiere la niña Mercedes12 en sus memorias. Su padre se contrarió por la actitud de los hijos mayores y reaparecieron en don Manuel los gestos violentos de antaño.
Dada la tensión familiar que se vivía en casa, su abuela doña Josefa y su padre, don Manuel, concluyeron que la mejor solución sería confiar a las niñas al cuidado de unas religiosas, para que les dieran una educación adecuada y que dada la nueva situación familiar que se avizoraba por el inminente nuevo matrimonio del padre, no podrían recibir en casa.
Así pues no fue posible que Mercedes, dada su corta edad, asumiera el encargo que le había dado su madre al momento de morir, de que cuidara a sus hermanos:
―y tú hija mía al lado de la abuelita siempre, se siempre muy buena y cuida de tus hermanos pequeños, para que papá, no os ponga madrastra‖,13
sino que tuvo que partir hacia el convento de Santa Inés en Granada, el día 28 de enero de 1889, fecha exacta en que Mercedes cumplía diez años de edad.
No quiero ser monja
Granada estaba apenas a 8 kilómetros de Monachil, dada esa cercanía podemos imaginar que la comunicación por carta, las visitas y los informes acerca de la tristeza de Mercedes o de la confusión en que vivían sus hermanos menores, no hacían sino avivar en unos y otros el malestar y el dolor por la temprana ausencia de su madre.

Estos pequeños y a la vez, enormes conflictos familiares, fueron sin duda, templando y acrisolando el corazón de la pequeña Mercedes. Se puede decir, que la adversidad que conoció a temprana edad, la hizo madurar más de prisa que a otros niños. A los diez años una niña acostumbra vivir normalmente en un ambiente de juegos, fantasía y entretenimiento, sin preocupaciones importantes que atender. Ese no sería el caso en la vida de Mercedes. Las circunstancias familiares hicieron que esta pequeña madurara más rápidamente y que adquiriera una conciencia más sensible del deber y la solidaridad familiar. El dilema interior que vive Mercedes, que por un lado quiere hacerse cargo de los pendientes y quehaceres de su hogar y por otro, experimenta la imposibilidad de permanecer en el mismo, por la decisión de su padre de contraer matrimonio con Victoria, la llevará a vivir una situación personal muy incómoda al trasladarse al convento de santa Inés.
Los desplantes emocionales y los arrebatos que manifiesta la recién llegada, pueden tener varias lecturas. La protagonista los considera como expresión de su carácter recio:
―siendo ya muy noche y queriendo la superiora que nos acostasen, mi hermanita me instaba les contestase, y yo con mucho genio y grosera les dije: yo no vengo a ser monja, vengo a educarme para irme en seguida con mi papá a tomar cuenta de casa‖14;
no obstante, también pueden leerse como expresiones de quien acoge con responsabilidad precoz los encargos maternos y hace suyas las necesidades familiares. Mercedes se enoja porque el tiempo se interpone como obstáculo imposible de vencer. Ella quisiera que el tiempo de su formación pasara volando para retornar a casa rápidamente, antes que su padre se desposara y quedaran sujetas a la autoridad de la madrastra.
Afortunadamente en las horas más sombrías de nuestra vida, Dios no nos deja abandonados a nuestra suerte. La pequeña Mercedes se encontró en ese convento con una religiosa ejemplar, sor María Rosa Robles, que le acompañó atinadamente y le hizo encontrar una salida favorable a su situación de crisis y confusión.
Yo querría un amor tan grande ¡que no me olvidara nunca!
Cuando uno trata de responderse ¿Cuáles fueron las causas que movieron a la madre Trinidad a fundar la congregación?, ¿Por qué razón decidió hacer de su amor a la Eucaristía la razón de su vida?, se introduce al terreno donde, por una parte, se cruzan la intimidad profunda de las demás personas, el misterio de lo inexplicable y por otra, la acción eficaz e invisible de la gracia, que obra de manera inexplicable. Quien se aventura a apuntar una explicación, habla, sin duda alguna, de lo que no sabe, y atisba apenas desde la lejanía, una reconstrucción probable, que no será sino un balbuceo, un andar a tientas, queriendo reconstruir el camino del amor que esta mujer consagrada recorrió.
Habida cuenta de lo anterior, se puede reconocer que la pequeña Mercedes, rescató la ―mejor parte‖ (Lc 10,42) de las vivencias adversas que afrontó con ocasión de la muerte de su madre y del segundo matrimonio de su padre, y logró descubrir la valía de un amor incomparable, que nunca olvida al Amado. A este propósito, conviene registrar aquí dos testimonios que nos comparte la madre Trinidad en sus escritos y que, dada su elocuente claridad no pueden hacerse a un lado.

En primer lugar, nos dice que el 2 de Febrero de 1889, a escasos 5 días de su llegada al convento de Santa Inés, fue conducida al Coro para ver a la Santísima Virgen y al niño de Belén. Las confesiones que Mercedes hiciera, tanto a su hermana menor, como a la madre Maestra, son reveladoras, y nos permiten intuir que desde ese momento había comenzado a surgir una relación amorosa intensa, entre la pequeña y el Señor Jesús.
Si comenzamos por destacar la revelación que le hiciera Mercedes a su hermanita menor, nos encontramos con una declaración que podría interpretarse como el ―flechazo‖ con que el amado enamoró a la prometida para siempre:
―Yo no podré irme sin este Niño celestial… Si papá lo comprara nos lo llevábamos, y si no lo quieren dar yo no me podré ir sin él… He sentido que el niño robó mi corazón y yo no puedo vivir sin él y como lo han subido tan alto no alcanzo, y yo quisiera me lo dejaran sólo para llenarlo de besos y abrazarlo…‖; hasta aquí la confesión, luego viene la interrogación a la hermana, ―¿Y tú no viste que movía los ojos y parecía se sonreía como queriendo lo tomásemos en brazos?‖ Y ella con su natural gracejo me contestó: Yo vi que era muy rico, pero al besarle el pie vi que era de barro…‖. Me dio una pena… que me quería reprimir las lágrimas. Yo al besarlo, sentía la blandura y el calor de un Niño hermosísimo que tanto me robó el amor de mi corazón‖.15
Afortunadamente el testimonio de la madre nos conserva una relación de contraste, entre su percepción y la de su hermana Pepita. La menor se fija en las apariencias externas, en los pies de barro y las vestiduras costosas; la mayor penetra más allá de la sacramentalidad de la imagen y contempla la realidad interior del niño celestial que le robó el corazón. A lo mejor resulta precipitado, establecer a partir de esta escena un paralelismo, con varias parejas de hermanas que aparecen en los relatos bíblicos, desde el conocido pasaje evangélico de Marta y María (Lc 10), hasta el menos familiar, de Rut y Ofrá; sin embargo se puede, por lo menos, apuntar una observación y afirmar que la vida de estas dos pequeñas hermanas, que terminarían por consagrarse a Dios, caminaba a ritmos diferentes y desiguales. La hermana mayor vivía una intensa identificación con el Señor Jesús, mientras que la hermana menor, seguía atareada en los juegos y la inocencia típica de una pequeña niña de ocho años de edad.
El relato autobiográfico de este primer encuentro intenso y personal prosigue, con la confesión que la pequeña le hiciera a la madre Maestra, cuando le ofreció la imagen del Niño para que lo besara:
―Oh, entonces qué feliz me encontraban con él en mis brazos, le estrechaba…, le besaba y me ofrecí a él para siempre. Entonces sentí fuerzas para sacrificarle mi papá, mis hermanitos pequeños, mi abuela, ya no quería volver al mundo, entonces me sentí consagrada a él para siempre‖16.
En el camino de clarificación y discernimiento que la pequeña fue viviendo al lado de la madre Rosa Robles, encontramos otro diálogo de aquellos primeros días en santa Inés, que preferimos destacar, por ser un dato de primera mano:

―Ella me decía siempre, ¡ay Merceditas mía que Jesús la ama tanto! Entonces, con inocencia, le dije: eso de que Jesús me ama tanto me gusta mucho… ¿Cómo lo sabría yo de él?, porque mi papá, que tanto amaba a mi mamá y hace seis meses que murió y piensa casarse… ¡me duele tanto!…, que ya no creo en ningún amor… Yo querría un amor tan grande como el mío, ¡que no me olvidara nunca!
Estas palabras nos permiten entrever la hondura y la intensidad con el cual la niña amaba desde ese entonces a Jesús. Por eso considera que su amor es grande y fiel, a diferencia de los amores humanos, que dada su singular experiencia, le parecen olvidadizos y frágiles. Conviene anotar que este acercamiento vivo e intenso no se realizará mediante arrebatos místicos o visiones extrañas, sino siempre a través de realidades sensibles y próximas que la pequeña contempla con fe y sencillez de corazón. Esto nos permitirá entender el valor de la sacramentalidad en la espiritualidad de la madre Trinidad. Serán las imágenes, los recuadros del Corazón de Jesús, la reja del sagrario, la comunión de los jueves y domingos, lo que hará que Mercedes sienta dentro de sí a Jesús. Cuando nos comparte la experiencia fundante del 12 de agosto, a partir de la cual se siente firmemente atraída y comprometida ante el Señor Jesús, no la refiere por medio de rasgos extraordinarios, ni con detalles extraños. Con simplicidad anota que ―al llegar al antecoro, un cuadro del Sagrado corazón que había, me pareció verlo iluminado, y el corazón entre llamas como una hoguera y sentía una abstracción tan fuerte‖.
El clímax de esta intensa vivencia de amor quedará sellado, como en otras experiencias amorosas por un beso. Todo esto ocurría el 12 de agosto, el día de la fiesta de santa Clara, luego de un año y ocho meses de haber llegado al convento de santa Inés. Ese día, mientras el resto de las pequeñas disfrutaba de la fiesta, el baile y los juegos en el jardín, la pequeña Mercedes se introducía a la capilla y se subía en una silla para sellar con sus labios la imagen del Corazón de Jesús.
―Quedé embriagada en aquel fuego tan ardiente que me consagré a él para siempre, haciéndole voto de castidad. Yo sentía que me prometía ser mi Esposo para siempre y que él me pedía fidelidad y después me daría su gloria, si aquí aceptaba su cruz y sus clavos, y sentí desde entonces que venía a mi corazón con todos los instrumentos de su pasión y me convidaba a subir con el al Calvario…‖17.
Ahora bien, este encuentro amoroso no fue una anécdota aislada, sino el comienzo de una relación permanente. Por eso nos animamos a considerarla como un evento y una experiencia fundantes, que fueron el cimiento sobre el que se alzaría un amor fuerte e inextinguible. La pequeña Mercedes se aprovechara de cualquier minuto de descanso para irse a la reja del coro a visitar a su amado y dialogar diciéndole: ―¡Jesús mío, aquí está tu Merceditas!‖. Afortunadamente la pequeña experimentaba que ese amor suyo tan intenso, era bien correspondido porque ―esperaba un ratico pidiéndole me diese su amor y me hiciese toda suya… Y él venía a mi alma y me daba aquellos consuelos… que sólo él sabe‖18.
Cuando nos planteamos la pregunta acerca del género de consuelos a los que podía referirse la pequeña Mercedes, encontramos en sus escritos autobiográficos

expresiones confiadas y afectuosamente cálidas, semejantes al lenguaje fogoso y expresivo que nos refiere el amado en el Cantar de los Cantares. Estableceremos una sencilla comparación entre un trozo de las memorias de la madre Trinidad y unos párrafos del poema bíblico, y podremos apreciar que existen notables correspondencias en el lenguaje amoroso de quienes buscan al Amado, sin importar que unas experiencias ocurran en Granada durante el siglo XIX; mientras que otras sucedan en Galilea, Ávila o Asís en cualquier época.
¡Que me bese con besos de su boca!
Son mejores que el vino sus amores,
es mejor el olor de tus perfumes,
Tu nombre es como un bálsamo fragante,
y de ti se enamoran las doncellas.
¡Ah, llévame contigo, sí, corriendo,
a tu alcoba condúceme, rey mío:
a celebrar contigo nuestra fiesta
y a alabar tus amores más que el vino!
¡Con razón de ti se enamoran!
Cantar de los Cantares 1,2-4
¡Te vi tan hermoso tantas veces, que en la reja te llamaba tu Merceditas! Y tú, mi divino Señor, haciéndote niño como yo, lleno de celestial hermosura, arrebatabas mi corazón y mi alma, y cuántas veces jugando los dos al esconder junto al sagrario, cogía los rizos de tu dorada melena y la entretejía con la mía, tirando de mi, quedaba mi cabeza con la tuya unida hasta que tu madre amantísima nos arreglaba a los dos, y cubriéndome de besos nos separaba y besándonos como dos hermanos nos despedíamos cuando mi corazón no quería separarse de ti! ¡Cuántas ternuras y pruebas de amor me diste Señor en el Sacramento adorable de tu altar! 19 .
Al concluir la lectura de los cantos de estos dos enamorados, captamos semejanzas notables, entre las que cabe mencionar: la espontaneidad, el lenguaje atrevido, las frases directas y cargadas de afecto que dirige el amante a su amor. Quien se pregunte actualmente ¿Cómo podrá propagarse en los colegios y obras apostólicas del Instituto de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios, el amor eucarístico a Jesús?, encontrará en las vivencias amorosas de la madre Trinidad más de una intuición lúcida que podrá adaptar y actualizar para ser transplantada a las propias circunstancias de los jóvenes y las familias de hoy.
Nos referimos en primer lugar al hecho que nos parece más sobresaliente, es decir, la niña Mercedes no se conformó con mantenerse en el nivel de las apariencias, ni se acostumbró a proyectar imágenes correctas y socialmente bien aceptadas en su relación espiritual con Jesús; ella experimentaba un amor sincero y desinhibido y no se andaba cuidando de la mirada inquisitorial y curiosa de la anciana Carmen Guervós20. Mercedes simplemente vive el amor genuino y lo expresa como lo siente, sin reparar en la propiedad del lenguaje, ni en que algunas de sus expresiones parezcan atrevidas o irreverentes a los ojos de los demás.

Ella ama a Jesús en su interior, y ese amor lo hace manifiesto en gestos y expresiones corporales, en miradas cargadas de afecto, en palabras encendidas y sinceras. Vive el amor con autenticidad, cumpliendo cabalmente con una de las características esenciales, que con harta frecuencia señalan los autores del Nuevo Testamento: el amor ha de vivirse sin fingimientos. En efecto, cuando san Pablo urge a los cristianos de Roma o Corinto a que vivan el amor fraterno, les dice que éste ha de ser sincero y sin ficciones (Rom 12,9; 2 Cor 6,6), lo mismo exigirá el autor de la Primera Carta de Pedro a sus lectores (1 Pe 1,22).
Mercedes cumple a cabalidad la dimensión de entrega personal plena que exige el amor a Dios. Mientras que a muchas personas se nos dificulta cumplir a plenitud el mandato primero del amor a Dios: ―Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas‖ (Dt 6,5), a otras les resulta espontáneo y natural. El israelita fiel reconoce la centralidad de esta exigencia amorosa y recita cotidianamente esta oración donde reafirma su entrega total a Dios. La pequeña Mercedes se entrega a Jesús con todas las dimensiones de su persona. Su amor tiene una dimensión afectuosa, corpórea y espiritual. Ama con todo su ser, con espontaneidad y frescura, con entereza y sencillez.
Quien ama expresa su amor con libertad. El amor libera a quien ama y le impulsa a vivir su decisión de amar sin ataduras ni temores. Podemos decir que la pequeña Mercedes ama y así alcanza la libertad interior.
Yo no podía vivir en el mundo, me ahogaba en él
Cuando a ojos de Mercedes, el ambiente del convento de Santa Inés se fue aflojando, al grado que se sentía confundida por las conversaciones superficiales de otras internas, expresó a sus familiares su decisión de poner fin a su educación en Granada. Su abuela y su padre acogieron con agrado su determinación y a cuatro meses escasos del 12 de agosto de 1890, fecha en que se había ofrecido a Jesús con voto de castidad perpetua, salió de Santa Inés el 21 de noviembre de 1892, cuando frisaba los trece años y diez meses de edad.
El retorno a su pueblo natal será recordado por la madre Trinidad por dos experiencias singulares. Una favorable y otra adversa. En primer lugar, recordará la grata e íntima cercanía que disfrutará al residir en una casa contigua a la iglesia de Monachil, donde apenas una pared le separaba del recinto de la iglesia. Mercedes podría mantener cuantas veces quisiera un diálogo intenso con Jesús, a quien se sentía muy próxima física y espiritualmente.
Cabe recordar que durante esos ocho meses nuestra Mercedes experimentó también, como es natural en cualquier adolescente que va viviendo su maduración física, el atractivo hacia las personas del otro sexo; en el caso de Mercedes ese atractivo se orientó un pariente cercano, que muy probablemente era su primo Antolín, al grado que temporalmente se olvidó del compromiso que había contraído con el Niño Jesús en Santa Inés. Vivió también algunos meses en casa de unas primas, y su corazón como el de toda mujer, experimentó el atractivo del cariño y el afecto21. En esos meses recibió presiones de parte de varios familiares para que permaneciera con la familia y no regresara más a ningún convento. No le faltó a Mercedes la oportunidad de acoger alguna propuesta de matrimonio. No obstante, no escapó a los cuestionamientos ni a la reflexión, antes bien, las afrontó y las compartió con don Manuel Carranza, párroco de su pueblo, quien le ayudó a discernir su camino, a reconocer las señales del llamado. Ella fue cayendo en la cuenta de que no podía continuar debatiéndose en aquella lucha interior: ―Quería ser trapense o cartuja, deseaba huir del mundo, me temía a mí misma, sentía en mi corazón un fuego de amor ardiente a Jesús… y temía que las criaturas me lo pudiesen robar, temía quedarme en Granada por mi familia a quien mucho amaba‖22.
Finalmente, después de ponderar las cosas, de sopesar todas las aristas de su situación personal, llegó a una conclusión definitiva y arregló las cosas, con ayuda de su hermano Carlos; el día 15 de mayo de 1893 presentó su caso y solicitó la admisión en el convento de san Antón en Granada. No faltaron los inconvenientes de diverso género, desde la resistencia de una tía suya, llamada también Mercedes, que no estaba convencida de la conveniencia de su ingreso, hasta el problema más llano y directo, de la falta de espacio, pues la tradición del convento marcaba que la comunidad solo podía contar con 33 monjas. Estando completo el número, no habría espacio para admitir a la jovencita llegada del serrano pueblo de Monachil.
Entré como si me viese en el cielo
Finalmente, gracias a los ruegos y la recomendación del padre Ambrosio de Valencina, provincial de los capuchinos, que dirigía unos ejercicios espirituales en el convento, Mercedes logró ser admitida en el convento de san Antón. Resueltas las dificultades externas en Granada, hacia falta vencer todavía los obstáculos familiares que no eran pocos.
En particular, cabe mencionar que los hermanos más pequeños, el menor con apenas tres años de edad, habían criado durante aquellos ocho meses de su regreso a casa, lazos maternales con Mercedes, a quien trataban como si fuera su madre, y que por la misma razón, buscaron impedir su partida de casa. Debió ser tanta la determinación de Mercedes de ser toda entera para Dios, que logró hacer a un lado los sentimientos adversos que sentía al abandonar a sus pequeños hermanos. Ella misma nos cuenta la situación desesperante que enfrentó al marcharse de su casa.
―Premió tan superabundantemente el Señor el sacrificio que le hice de dejarme aquellos tres hermanitos pequeños sin madre, de quien yo era su consuelo en los ocho meses que viví con mi abuela. ¡Se me venían como si vieran en mí a mi madre!, y yo cuidaba de todas sus necesidades, y cuando salí de la casa a pesar de querérselo ocultar, los tres se cogieron a mí… y tuve que pisarlos para saltar en un momento que para consolarlos los retiró mi padre, pero el más pequeño que tenía poco más de tres años tendido en el suelo porque decía no me atrevería a pisarlo‖23.
A tantos años de distancia de los acontecimientos y vistas las cosas en un plano humano, podríamos malinterpretar su recia decisión y juzgarla con severidad, apuntando un posible falta de solidaridad con el sufrimiento de sus hermanos. Viendo las cosas más detenidamente, y teniendo en cuenta los motivos más profundos que animaron la decisión amorosa de Mercedes, podemos comprender su pena interior al advertir la reacción desesperada de los pequeños que sentían haber reencontrado en su hermana a la madre ausente. Viendo las cosas desapasionadamente caemos en la cuenta de que la responsabilidad de atender a los pequeños no era de Mercedes, ella no era sino una niña de 15 años, de ninguna manera era la madre de los niños, y en último caso, los niños no estarían desprotegidos en casa, pues contarían con la presencia y los cuidados de la abuela y de Victoria. Mercedes no se dejó ganar por los sentimientos, ni la emoción y con dolor y sacrificio salió de casa para buscar lo que andaba anhelando: ser santa.
Mercedes había dialogado con confianza y había expuesto su dilema. Si el camino a San Antón se despejaba sería con la condición de ser santa. De otra manera prefería que no se le abrieran las puertas.
Las puertas del convento de san Antón afortunadamente se abrieron para Mercedes y se cerraron tras de sí, luego de su ingreso. Mercedes ingresó en la estricta clausura, dejando en manos de Dios sus preocupaciones familiares, era la tarde del 28 de julio de 1893.
Pedí me cortasen las trenzas de pelo
Si las dificultades familiares para ingresar al convento de san Antón habían quedado atrás, ahora surgirían otras nuevas, las dificultades propias de la vida comunitaria en un convento de clausura, que vivía una espiritualidad y una disciplina muy estrictas y que además, estaba conformado por una mayoría de mujeres ancianas. Mercedes llegó a fines de julio a san Antón y el 5 de agosto dio comienzo su período de postulante.
El postulantado fue asumido con decisión por Mercedes, quien para expresar la firmeza de su generosa decisión, decidió cortarse las trenzas y entregarlas a la madre Abadesa como signo de renuncia a toda vanidad mundana y como señal de entrega exclusiva a Jesús. A la hora de hacer su ofrenda, Mercedes recibió una respuesta cortante y desairada de parte de la Abadesa que le dijo: ―¿Por qué la madre Maestra permitió esto si las monjas no la quieren?‖24
Al escuchar esta frase, Mercedes sintió en su interior emociones encontradas y diversas. De un lado, sintió en carne viva el rechazo hacia su gesto de desprendimiento y de momento trató de ocultarlo. En seguida, sobreponiéndose a su carácter encendido sintió un poco de mayor tranquilidad, cuando entendió que a partir de ese momento comenzarían las pruebas y las ocasiones de mostrar su amor a Jesús. No obstante, y como bien sabemos, el discípulo no vive su entrega de una vez para siempre, sino que la va manifestando y haciendo efectiva en el vivir cotidiano. Esos primeros días fueron también momentos de desaliento para Mercedes, puesto que en esas horas adversas consideraba la posibilidad de que las monjas la despidieran del convento, y se imaginaba la humillación de tener que regresar a su pueblo toda pelada. Así lo recuerda ella misma: ―Aquel primer escalón fue tan áspero que después me recordaba: ―¡las monjas no te quieren y tendrás que salir pelada!..25.
Mercedes tenía una gran determinación de entregarse a Jesús para siempre y eso le permitió sobreponerse al ambiente exigente que encontró en san Antón. Exigente por muchas razones. En primer lugar, tenemos que recordar que aunque Mercedes no era una niña mimada, en su casa había disfrutado del bienestar familiar, vivió su infancia sin realizar trabajos domésticos, pues su madre disponía de la ayuda de ―dos muchachas de 20 años especialmente la mayor de 21 (algo parientas sobrinas de un primo hermano que vino en decadencia), y ellas le pidieron quedarse de criadas y costureras, y como eran buenas y piadosas, llevaban más de un año en casa, y la mayor se encargó de nosotras para salir y vestirnos, etc.‖26. Ahora bien, al llegar la joven Mercedes a San Antón tuvo que realizar la limpieza del enlozado roto y despedazado del viejo convento.

Aproximadamente medio siglo después de vivirlo, lo recordará en un texto fechado en 1945 con estas palabras:
―Como era un antiguo convento de frailes, que desde la exclaustración lo tomó el gobierno para cuartel de caballería, tenían los claustros molidos, las losetas eran como empedrados; y siempre me mandaban a mí a lavar los claustros del coro bajo, y refectorio y enfermería, para que sacase de los agujeros la basura con un palito y después lavarlo muy bien‖.27
Además de las tareas fatigosas que realizaba a diario, se incrementaban las cargas, cuando realizaba labores a la intemperie en épocas del crudo invierno.
―Me mandó la M. Maestra fuese con las sacristanas a preparar los purificadores y ropas de sacristía que tenían en el huerto-patio, y había escarchado y sentía frío tan grande que miré al cielo que chispeaban las estrellas lindísimas del firmamento… y como si por ellas viese el rostro dulcísimo de Jesús me sentí inflamada de un amor tan extraño y fuerte que sin esperar a las sacristanas me lancé fuera y con el puño empecé a quebrar aquellos vidrios que me parecían espuma de jabón‖.28
En segundo lugar, la vida en san Antón era desafiante para la jovencita de 15 años, porque vivía en medio de numerosas hermanas enfermas y ancianas, y sin ninguna compañera de su misma edad, pues hacía 12 años que no había ingresado al convento ninguna vocación.
Los trabajos que Mercedes realizaba con las hermanas enfermas y ancianas no eran agradables, y aunque los vivía con verdadero espíritu de fe, en ocasiones parecían ser superiores a sus fuerzas y llegaban a desesperarla. Son suficientes dos testimonios para darnos una idea de que los quehaceres que realizaba en la enfermería, eran un verdadero servicio cumplido por amor a Jesús. En unas notas que sor Trinidad escribió en 1928 recuerda sus años de enfermera en san Antón con estas palabras:
―La contrariedad de vivir con tantas ancianas y enfermas, y algunas no tan educadas y finas… y el pensamiento que aquello no cambiaría nunca, me atormentaba… Sus virtudes las admiraba, pero las groserías, que muchas veces la vida de penitencia y pobreza lleva consigo, me hacía tan gran repugnancia que decía para mí: en todas partes de puede ser santa… en el cielo no se verán estas cosas‖29.
Mercedes vivía aquellas faenas pesadas con la certidumbre de que Jesús, estaba a su lado para auxiliarla. Así relata lo ocurrido un 15 de enero a las 3 de la mañana:
―¿Oh Jesús dulcísimo! Entonces te vi Pastor divino de mi alma cogerme en tus brazos dulcísimos y llevarme a vuestro corazón adorable donde me disteis de beber en abundancia aquel vino dulcísimo de tu sangre dulcísima que… hubo de calentar y embriagar aquellas santas sacristanas que me decían con extrañeza: Pero sor Trinidad, tendrá fiebre que nos calienta‖30.

Mientras Mercedes pulía el enlozado agrietado del convento también realizaba a su manera su labor misionera a partir de la oración. Vivía a fondo la más pura espiritualidad de San Benito, bajo el lema ora et labora. En realidad, las horas que pasaba trabajando, las ofrecía como sacrificios a Dios por las ánimas del purgatorio o por la conversión de los paganos. Así lo refiere en sus memorias:
―mientras las monjas oran, yo, vuestra esclavilla, trabajaré por sacaros del purgatorio, de la incredulidad muchas almas, deseo salvarlas…‖31.
En este período de postulante, Mercedes logró ir afianzando la dimensión apostólica de su vocación. Además de su trabajo cotidiano, realizaba penitencias y ayunos en su afán de ―salvarle muchas almas a Jesús sacramentado‖. Esas acciones eran consideradas por ella misma como ―misiones espirituales en el purgatorio y países de infieles‖.
Vivir junto a la Eucaristía, mi vida y aliento
Mercedes pasó los dos primeros años de postulante realizando quehaceres tan duros, que se pasaba todo el día trabajando y limpiando el convento y como casi no pisaba el noviciado, algunas monjas le decían ―si había entrado de criada o para monja‖. En el plano físico ese ritmo severo de trabajo, aunado a los ayunos numerosos y a la penitencia, terminaron por hacer mella en su organismo, al punto que enflaqueció y enfermó de su estomago32. Indudablemente que además de sus malestares físicos, Mercedes también resentía las heridas internas producidas por los comentarios agrios, las órdenes y opiniones divergentes de las numerosas hermanas ancianas, pues una daba una orden y otra más, una distinta. Esos choques terminaron por hacer mella en su carácter tan vivo. Ella misma confiesa que ―tenía un genio fuertísimo, con naturales inclinaciones de soberbia, orgullosa, fogosa, activa con un temperamento decidido‖, y que en cierta ocasión, su crisis espiritual arreció tanto que, pensó que ese no era su lugar.
Por si todavía faltara un obstáculo más en esa etapa del postulantado Mercedes tenía que lidiar con la oposición de su tía sor Mercedes, a quien literalmente consideró ―su mayor tormento durante el noviciado‖. La oposición de la tía era tan pertinaz y decidida, que en cierta ocasión que su abuela vino a visitarla, además de tratarla con brusquedad desmedida, la empujaba a que se marchara. Las dificultades arreciaron tanto que la misma abuela la presionó retirándole parte de la ayuda económica que le ofrecía. El tono testimonial de Mercedes lo registra con mayor elocuencia:
―Un día en el locutorio hablando con mi abuela me dijo: ‗Prepare sus cosas que se va con la abuelita, porque su caridad no tiene cabeza y antes que se enferme o inutilice, que la tengan que echar por enferma, se va con su padre y le ahorra la criada y la lavandera. Me cogió aquello tan mal y tan desprevenida que llena de soberbia le contesté mal, con muy mal ejemplo, que mi abuela me reprendió mucho y me amenazó con retirar la pensión de una peseta que venía pagando diariamente, y se negó en darme el dote que me tenía ofrecido, si me empeñaba en continuar allí‖33.

Sin embargo, ni las pesadas tareas domésticas, ni las duras penitencias, ni la oposición del convento y de sus familiares lograron doblegarla. Mercedes había alcanzado, siendo todavía muy joven, una fortaleza superior a su edad. Indudablemente que la había ido consiguiendo en los diálogos íntimos y bien correspondidos, que vivía con Jesús Sacramentado. El encuentro íntimo e intenso con Jesús la sacaría a flote de ésta y otras dificultades.
Para pasar junto a Jesús mis horas libres
Si hemos hecho un recuento de las adversidades que Mercedes enfrentó en estos primeros años en san Antón, también tenemos que referir cuál fue la raíz de su gran entereza espiritual. Esa la fue acrecentando en la contemplación y el diálogo constante que sostenía con Jesús en la Eucaristía. En efecto, Mercedes había solicitado a la Abadesa que le permitiera pasar sus escasos ratos libres y aún sus horas de descanso nocturno en la tribuna de la capilla. Rodeada de muebles viejos y abandonados consiguió comunicarse vivamente con Jesús.
Esas horas de oración íntima con Jesús le permitieron discernir que todas las dificultades que enfrentaba en san Antón, no era atribuibles a la mala voluntad o a la fragilidad humana de algunas monjas. Si Mercedes las hubiese entendido de esa manera, tal vez no habría logrado superarlas. Entendió, como dijera el profeta Isaías, que los caminos de Dios son distintos, a los caminos de los hombres34. Entendió que de nada sirve realizar prolongadas penitencias y vivir en estricta pobreza, si todo eso se realiza con actitudes de ―violencia y antipatía‖35.
Durante esos primeros años fue adquiriendo a través de los acontecimientos felices y dolorosos, una sensibilidad muy fina en relación a la centralidad y el valor de la Eucaristía. En cuanto a los sucesos adversos, nos referimos a la incomodidad que Mercedes experimentó en cierta ocasión, cuando vio que algunos sacerdotes multiplicaban las celebraciones eucarísticas, movidos por el interés de alcanzar los jugosos estipendios que ofrecían los mayordomos, al punto que
―Venían sacerdotes de muchas aldeas, y había días de celebrarse de 30 a 50 misas diarias… un día que tenía que retirarme más pronto, no sé que sentía, una fuerza me detenía allí. ¡Oh Jesús mío!, salían de 3 y 5 misas a la vez de media en media hora. ¡Que pena sintió mi corazón, parecíame ver a Jesús como un leproso… ensangrentado su divino rostro, lleno de saliva y asquerosísimo, y me decía con queja de inmensa amargura: ven hija mía límpiame con actos de amor y reparación mi rostro, y con un acto de vencimiento el más costoso…entrégame almas puras que me adoren en el Santísimo Sacramento del altar, donde estoy tan vilmente maltratado por los sacerdotes que me consagran en pecado mortal como acaban de pisotearme en este momento que tu has visto el corazón de ese desgraciado…‖36.
Todas las vivencias que hemos enlistado en las páginas anteriores tenían una función muy precisa, hacer madurar la fe de Mercedes hasta convertirla en una esperanza perseverante y en un amor generoso. En efecto, nosotros sabemos que quien
34 Is 55,9 dice: ―Como el cielo está por encima de la tierra, mis caminos están por encima de los suyos y mis planes de sus planes‖.

encuentra a Jesús en su vida, y acoge esa experiencia con fe, se decide a vivir una nueva existencia. Sabemos que Mercedes había recibido y acogido la fe cristiana desde su primera infancia, pero hemos de señalar que el encuentro profundo con Jesús, la experiencia viva de la revelación del amor de Dios los había conocido en la intimidad del convento de san Antón; ahí Mercedes recibió muchas veces en su alma el regalo de la ―presencia divina‖37.
Era tanta la certeza que tenía de su vocación que lo registró con firme convicción en sus memorias: ―allí repetidas veces me confirmasteis vuestra adorable voluntad de quererme víctima en la vida capuchina, adorándoos en el Santísimo Sacramento en espíritu y verdad y acercándole muchas almas‖38 . Motivada por esa decisión se determinó a solicitar el hábito para comenzar la etapa del noviciado, pero le fue negado, aduciendo su precaria salud.
Mercedes estaba enamorada de Jesús y estaba decidida a servirle como religiosa y no se dio por vencida. Si no la querían de monja con plenos derechos, por no poder contar con una dote, al menos la admitirían de lega o sirvienta. Así lo solicitó sin conseguirlo. El ambiente hostil a su presencia iba creciendo.
El asunto de la falta de dote era en realidad un pretexto bajo el que algunas monjas disfrazaban su negativa caprichosa a admitirla. En realidad no querían ahí a Mercedes, por esa razón le impidieron beneficiarse de una dote disponible, por eso le sugirieron se marchara, y más aún, hasta le solicitaron a su confesor, el padre Ambrosio de Valencina, que la persuadiera para que solicitara por cuenta propia, su salida de san Antón. La decisión de echar a Mercedes fuera del convento era tan firme, que le propusieron otra alternativa, marcharse al convento de capuchinas de Toledo para que el lugar vacante fuese ocupado por otra señorita que les resultaba más agradable39. Su confesor se sintió tan perplejo ante esta situación que no sabía discernir cuál era la voluntad de Dios, por lo cual, sugirió a Mercedes que hiciera un retiro de tres días para que escuchara con atención lo qué Dios quería de su vida.
Cuando concluyó esos días de oración, y se disponía a marcharse de san Antón, recibió un mensaje consolador mientras daba gracias a Dios luego de la comunión. Mercedes lo cuenta así:
―Lloré a los pies de Jesús Sacramentado tanto días y noches, y al fin, compadecido el Señor de mis ruegos, vino en la sagrada Comunión a consolarme diciéndome con voz inteligible y clara como la de la Virgen Santísima el día de su Purificación. ―No irás porque tienes dote, aquí te demostrará mi Hijo santísimo lo que quiere de ti‖40.
Sor Trinidad del Purísimo Corazón de María
Llena de fortaleza interior, Mercedes compartió su vivencia consoladora, con la ayuda de su confesor don Francisco Fernández, confirmó que efectivamente una dote estaba disponible desde marzo de 1896 en el convento de san Santón. Ahí estaba la señal tangible de su llamado. Mercedes era la única postulante, reafirmó su solicitud ante la madre Abadesa, quien lo sometió al parecer de la comunidad, que en votación secreta aprobó por veintiséis votos a favor y dos en contra, su admisión al convento de Jesús María de capuchinas41.
Con la confianza de que había llegado la señal deseada, Mercedes recibió el hábito y el compromiso de vivir como una verdadera capuchina el 21 de noviembre de 1896. A partir de ese día Mercedes sería conocida con el nombre de sor Trinidad del Purísimo Corazón de María.
Como bien sabemos en la tradición bíblica, el cambio de nombre es una acción decisiva en el futuro de una persona. Cuando un soberano sometía a un monarca en Israel, la primera acción consistía en cambiarle el nombre, para manifestar públicamente quién era el que efectivamente tenía las riendas del poder. El cambio de nombre era un verdadero acto de dominio público. Tanto los reyes egipcios como los babilonios solían hacerlo, como bien documentan varios pasajes del Antiguo Testamento42.
El mismo Jesús lo hizo con el pescador galileo llamado Simón, a quien le asignó el nombre de Pedro, confiándole así la misión de servir como fundamento y testimonio de la comunidad eclesial. Un nuevo nombre simboliza el comienzo de una nueva vida, inaugurada por medio de una nueva misión. Mercedes no sufrió el cambio de nombre por decisión ajena. Su voluntad fue la causa única de su nuevo nombre. A reserva de no contar con mayor información, nos atrevemos a lanzar la hipótesis que el cambio de nombre obedeció a una opción fundamental y única: vivir en adelante como testigo fiel del amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo a la manera como María vivió una entrega indivisible con un corazón íntegro y limpio.
Mercedes viviría ahora la misión de ser testigo del misterio trinitario. La adopción de ese nombre no fue algo casual, sino intencionado, puesto que ―El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es pues la fuente de todos los otros misterios de la fe, es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la ―jerarquía de las verdades de fe‖.43 Con el nombre de Trinidad, esta jovencita está asumiendo un camino y una misión marcada por ―el misterio inaccesible a la sola razón‖44. Sus largos soliloquios y meditaciones ante Jesús Eucaristía no resultan explicables, como sesiones donde prevaleciera el discurso y el razonamiento lógico, sino como experiencia de abandono y de intimidad con el Misterio íntimo del amor de Dios.
Con este divino pan no desfallecerán nunca tus débiles fuerzas
Durante los ejercicios espirituales que el padre Ambrosio de Valencina le predicara a Mercedes como preparación a su toma de hábito, le alertó con palabras que en cierta manera se pueden considerar proféticas, acerca de su condición de peregrina. Dios la invitaba, sin duda a recorrer un camino que sería largo y en el cual, como todo peregrino, viviría en actitud de búsqueda, estando siempre dispuesta a partir hacia donde Dios le llamara. En realidad podemos decir que el camino de peregrinaje lo había iniciado Mercedes desde el momento mismo de su bautismo, pues es bien sabido que vivimos en esta tierra como forasteros y emigrantes (―amigos míos como forasteros y emigrantes que son‖1 Pe 2,11) y que nuestra patria definitiva no está acá abajo, ni en Monachil, ni en san Antón, ni en ningún otro sitio, sino en la plenitud de la vida que Dios nos ofrece. Para caminar este camino de peregrinación con paso firme, Mercedes necesitaba proveerse de todos los auxilios indispensables que lleva consigo un buen caminante: víveres, bastón, lámpara, calzado apropiado, etc.

Efectivamente, el padre Valencina apuró las imágenes poéticas del peregrinaje y en una ceñida comparación alegórica, le dio a saber a la joven Mercedes, que en su camino de retorno a la casa del Padre (Lc 15,18) no estaba desamparada. Al contrario su alimento sería la comunión diaria, de la cual extraería los nutrientes espirituales que la llenarían de fuerza y energía para cumplir los encargos, que por su singular condición de mujer carismática, iría asumiendo con generosidad; su báculo, es decir, su apoyo constante, sería la vivencia interior de la cruz de Cristo.
La Madre Trinidad estaría viviendo contemplativamente la Eucaristía, misterio que finalmente no se puede disociar de la cruz de Cristo. Asida firmemente al misterio de la cruz-eucaristía entendería la sabiduría de la cruz (―en cambio para los llamados, lo mismo judíos que griegos, un Mesías que es portento de Dios y sabiduría de Dios: porque la locura de Dios es más sabia que los hombres y la debilidad de Dios es más potente que los hombres‖ 1 Cor 1,25), que fortifica al discípulo de Jesús, cuando toma conciencia de que el reconocimiento humilde de su debilidad es lo que lo hace fuerte (―pues cuando soy débil, entonces soy fuerte‖ 2 Cor 12,10). Como todo caminante, la madre Trinidad necesitaría de un faro orientador, que le indicara hacia dónde debía dirigir sus pasos. Por esa razón su director espiritual, la invitó a que levantara la mirada hacia María Santísima para mantener una relación espiritual intensa de confianza, amor y sobre todo de imitación fiel.
Si la joven novicia lograba fortificarse con tan singulares apoyos, ningún camino, por más adverso que fuera la haría desfallecer. Por eso, resultaba válida y sensata la exhortación animosa que el padre Valencina le hiciera días antes de su toma de hábito: ―¡Oh entonces, hija de mi alma, camina segura que después de subir al calvario con el divino Esposo, padeciendo sus agonías, serás resucitada con él en el cielo‖ 45.
A partir de esta espiritualidad podemos entender que los escollos constantes, las dificultades reiteradas que enfrentaría sor Trinidad para iniciar su fundación, y las constantes resistencias que encontraría a la hora de ejecutarlas, no lograrían doblegarla, porque aunque humanamente hablando, podemos decir que caminaba sola y a tientas; en el plano de la fe, contaba con la presencia cercana y la asistencia eficaz del Señor Jesús, presente en el pan de la Palabra y en el pan de la Eucaristía. Aunque su director no se lo recordara expresamente en esa ocasión, la importancia de mantenerse a la escucha de la palabra santa, se lo advertiría durante su año de noviciado la madre maestra, sor Antonia cuando le decía: ―Tome su caridad de director a san Pablo y le enseñara mucho, y preparará su alma para el amor que Jesucristo nuestro Señor pide de su corazón de leoncilla‖46.
Fortalecida con los dos panes de la única mesa eucarística, alimentada con el pan de la Eucaristía y con el pan de la Palabra, la madre Trinidad podría seguir el camino de fidelidad que tantos hombres y mujeres, fieles a Dios, habían recorrido. Sin forzar demasiado las cosas, podemos establecer un paralelismo entre la espiritualidad eucarística que vivieron Moisés y Elías y la madre Trinidad. Estos dos antepasados nuestros en la fe, también recorrieron un largo camino y se sintieron agobiados por sus respectivas debilidades en varias ocasiones. Moisés fue acosado por los reclamos incesantes de un pueblo impaciente y testarudo; Elías padeció la persecución de la cruel Jezabel y de los profetas de Baal que no soportaban su fidelidad al Dios de Israel. La madre Trinidad tuvo que sortear obstáculos de muy diversa índole, tanto en la comunidad de san Antón, como en su propia familia o con las hermanas de Chauchita, por su afán de reformar la espiritualidad de aquellas comunidades.

Moisés se afianzó en su camino porque se mantuvo unido a Dios por mediación de la palabra y por el maná, que era una prefiguración remota de la Eucaristía (―Es el pan que el Señor les da para comer. Estas son las órdenes del Señor: que cada uno recoja lo que pueda comer‖ Ex 16,16). Elías se sobrepuso a las persecuciones y a la desesperanza sostenido por el aliento de la palabra y la fuerza del pan (―¡Levántate, come! Que el camino es superior a tus fuerzas. Elías se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquel alimento camino cuarenta días y cuarenta noches, hasta el Horeb, el monte de Dios‖ 1 Re 19.7-8).
Quien camina acogiendo las voces que el Espíritu le permite escuchar a través de los acontecimientos históricos, quien vive, como pretendió hacerlo la madre Trinidad, en el contexto difícil de las luchas violentas que dividieron a España, cumple una función mediadora y salvadora, que no realiza con sus escasas fuerzas humanas, sino con la ayuda y el auxilio de Dios.
Aquí te quiere el Señor, capuchina
Por fin, después de muchos meses de espera y no sin sortear dificultades de todo tipo, llegó el día ansiado, con la toma de hábito que tuvo lugar el 21 de noviembre de 1896, dio comienzo el año canónico de noviciado de sor Trinidad del Purísimo Corazón de María. Aunque no tenía más compañeras en el noviciado, y aún cuando mantenía una comunicación estrecha solamente con sor Antonia, su madre maestra, vivió ese tiempo de manera plena. No cayó en la tentación del aislamiento o la evasión intimista, supo encontrar a Dios en la intimidad del sagrario y supo también servirlo en la persona de las hermanas que más la necesitaban, las ancianas enfermas de san Antón.
La dimensión más importante en su vida durante esos meses del noviciado, era su encuentro íntimo con Jesús en la eucaristía. Ella había aprendido a vivir todos los momentos libres y aún las horas dedicadas al descanso nocturno, en constante y cercana amistad con Jesús Eucaristía. Siendo novicia podía participar de las sesiones en que toda la comunidad se reunía para hacer alabanza y oración desde el coro de la capilla; sin embargo, ella se las ingeniaba para prolongar esos momentos de intimidad, y como era su costumbre desde tiempo atrás, subía a la tribuna de los muebles viejos para dialogar con Jesús, adorándole y ofreciéndose como víctima, en desagravio por todas las infidelidades que Cristo recibía.
Creo vivía más en Dios que en la tierra
Era tanta su alegría por haber comenzado a vivir como verdadera esposa de Cristo que ese año de noviciado pasó prácticamente volando. Así lo recordara muchos años después en un aniversario de su toma de hábito: ―todo el año de noviciado estuve como fuera de mí… no se como me admitieron a la profesión, pues creo que vivía más en Dios que en la tierra… y mi santa maestra suplía mi inutilidad con mucha caridad‖47.
Quien haya vivido una experiencia de enamoramiento podrá entender que la novicia sor Trinidad vivía realmente enamorada de su esposo Jesús. Esta mujer enamorada no tenía más deseos, como cualquier enamorado, que estar el día entero en silenciosa contemplación, cara a cara con su amado. El enamorado se aleja del amado con reticencia, pero lleno de una enorme alegría, que le permite resistir trabajos pesados, desaires y todo genero de dificultades.
Sor Trinidad vivía llena del amor de Jesús. Ese mismo amor se irradiaba a través del servicio y la entrega. Quien ama, como Dios ama, es capaz de todo porque está dispuesto a dar la vida sin reservas, como lo hizo y lo enseñó el Señor Jesús: ―No hay amor más grande que dar la vida por los amigos‖ (Jn 15,13). Con el dinamismo y alegría de vivir un amor correspondido, sor Trinidad salía de si misma para acoger a quienes más la necesitaban, las hermanas enfermas del convento de san Antón.
El recuerdo de su estancia en el noviciado es una lección de espiritualidad cristiana genuina, por esa razón queremos recogerlo de manera directa, citando sus palabras: ―sentía el deseo vehemente de servir a las enfermas y ancianas necesitadas de consuelo y ayuda, y ellas tan fervorosas me agradecían aquellos pequeños servicios con oraciones, que me hacían verlo en cada enferma a Jesucristo paciente, y me encendía en fervor cuando me hablaban de Dios nuestro Señor‖48.
Conviene caer en la cuenta, que la atención de los ancianos enfermos es una tarea difícil y pesada. Los ancianos, en ocasiones suelen ser impertinentes y caprichosos al punto que vuelven a comportarse como si fueran niños. Sus miembros pierden movilidad y en ocasiones se necesita de mucha fuerza y paciencia para asearlos, bañarlos, cambiarles la ropa de cama. La madre Trinidad se refiere de manera muy positiva a las enfermas que ella atendía en sus meses de novicia, pero no podemos olvidar que la atención constante a los enfermos es una tarea difícil de realizar con alegría. El amor que llenaba su corazón era un amor genuino porque era afectivo y efectivo.
Para llegar a donde Jesús te llama pasarán 40 años
A sus 19 años de vida sor Trinidad sabía lo que significaba asumir la profesión religiosa, ―es la muerte de sí misma para vivir con Cristo crucificado, como ya decía san Pablo: ―No vivo yo: no más yo, Cristo sólo en mí‖ (Gal 2,20). ―¡Sed uno!”, nos dice Cristo Jesús (cf. Jn 17,21-23). La solución no es posible sino suprimiendo a uno de los dos. Por eso san Pablo dice: “morid” (cf 8,13)49 y san Juan nos dice: ―Conviene que yo mengüe para que él crezca‖ (Jn 3,30)‖50.
Profesar como religiosa en un convento de clausura equivalía a morir a sí misma. Esa muerte no era una expresión retórica y altisonante. Una joven de 19 años que se introduce al mundo del silencio riguroso, que realiza ayunos severos y que enfrenta el rechazo de parte de las hermanas ancianas a cada una de las iniciativas generosas que iba proponiendo, empieza a morir verdaderamente a su propio yo. Quien vive con espíritu de fe todas estas situaciones, aprende a discernir entre sus propios deseos y proyectos y la voluntad de Dios. Sor Trinidad vivirá esos primeros años como una escuela de búsqueda obediente de la voluntad de Dios, mediada en los acontecimientos ordinarios de la comunidad capuchina de san Antón.
Esa muerte, de la que habla la madre Trinidad en sus escritos, no se presenta de manera fulminante, sino de forma lenta y prolongada. Una muerte violenta e imprevista resulta menos pesada que una muerte vivida en la cotidianeidad de la vida comunitaria. El evangelista san Lucas captó muy bien el significado de la espiritualidad de la muerte y la cruz de Cristo, pues cuando recogió la invitación a cargar la cruz, que encontró en el evangelio de san Marcos (―El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo y cargue con su cruz y entonces me siga‖ 8,34), hizo una aclaración explicativa muy
48 Escritos 3, 151.
49 En las notas de la madre Trinidad no se especifica a qué carta de san Pablo se refiere esta cita, ateniéndonos al contenido de la misma, juzgamos que estaría refiriéndose a la carta a los Romanos, que es donde se habla de ―morir a las bajas acciones‖, mientras que las otras dos posibles cartas que contienen la cita 8,13 son las de Corintios y no hacen referencia alguna a la muerte.

precisa, añadiendo la dimensión cotidiana de la cruz: ―que cargue cada día con su cruz y me siga‖ (Lc 9,23).
El camino que Jesús ponía por delante de sor Trinidad, era el único camino que había puesto delante de todos sus discípulos, el camino del seguimiento, que si es tal, conduce invariablemente a la aceptación cotidiana de la cruz, entendida ya no como un proceso condenatorio y una ejecución, sino como todas las adversidades que enfrenta el discípulo cuando vive como testigo de Jesús. Ahora bien, como se lo advirtiera el padre Ambrosio en los días previos a su profesión perpetua, cuando le ayudó a discernir la voluntad de Dios y le señaló que ese sería un trayecto largo y prolongado:
―Que te hagas Santa de verdad, ahora quiere Jesús de ti que te santifiques aquí; que si la casa amenaza caer, te apartes y sigas tu camino; comunión diaria será tu alimento, abrazada a la Cruz tu báculo, la estrella María tu luz y guía… y ¡adelante!, que para llegar hasta donde Jesús te llama pasarán 40 años‖51.
Cuarenta años es un número redondo cargado de simbolismo en la tradición bíblica. ―El cuarenta designa convencionalmente los años de una generación: 40 años de permanencia en el desierto (Núm 14,34), 40 años de tranquilidad en Israel después de cada liberación completa por los jueces (Jue 3,11.30; 5,31, etc.), 40 años de reinado de David ( 2 Sa 5,4)… De ahí surge la idea de un período bastante largo, cuya duración exacta no se conoce‖52. Vistas las cosas desde esta luz, los cuarenta años que transcurrirían a partir de su profesión religiosa, adquirían un significado preciso, viviría un período lo suficientemente largo y extenso para poder consolidar una decisión y una respuesta definitiva a Dios.

II. El amor no es amado
Una vez que la madre Trinidad fue admitida como profesa en el convento de san Antón dio comienzo su verdadera experiencia como capuchina eucarística. Esa vivencia de la espiritualidad franciscana la irá moldeando paulatinamente para ir acrecentando la intensidad de su amor a Jesús. Esa experiencia marcará su vida y su obra de manera decisiva. Este es el tiempo de la siembra, ya vendría el tiempo de la maduración y la cosecha.
Lo que sentí de secreta devoción no se me borró nunca
Al comenzar sor Trinidad su vida religiosa con plenos derechos en el convento de san Antón experimentó de forma cabal, con sus luces y sus sombras, la realidad de la vida comunitaria en toda su grandeza y pequeñez. Encontró consuelo y alegría interior en el rigor ascético, en la penitencia y la oración intensa que caracterizaba la espiritualidad capuchina de aquel convento; a la vez, experimentó las limitaciones propias de toda comunidad religiosa enclaustrada.
La ocasión para que afloraran esas dificultades se presentó luego de un año de haber profesado, cuando llegó el tiempo de elegir a la abadesa para el próximo trienio. Efectivamente, como consta en las memorias de la madre Trinidad, el 19 de octubre de 1898, la comunidad de san Antón, conforme a las constituciones que la regían, debía afrontar el delicado asunto de la elección.
Como suele suceder en cualquier comunidad, en esa existían también distintos pareceres y diversos liderazgos, que se hacían manifiestos a la hora de decidir en qué persona depositarían la delicada misión de conducir y gobernar a la comunidad. Sor Trinidad es muy discreta a la hora de recordar esos sucesos y a lo sumo, nos dice que cuando asistió a la primera elección de abadesa en san Antón percibió cierta desunión entre sus hermanas.
Transcribimos en seguida dicho testimonio: ―la primera elección que asistí, la refiere el mismo padre en sus ―Cartas a Sor Margarita‖, y si aquel padre lloraba junto al sagrario, y nos decía al día siguiente en una plática hermosísima que nunca olvidé:
―Qué queréis que os diga después de presenciar los hechos… En la oración anoche, cuando me veías gemir junto al sagrario, le decía: ―Jesús mío si este jardín tan hermoso de retiro, penitencia y oración… que yo contemplé tan hermosas flores, separadas exhalaban escogido y rico aroma, y cuando las cogí para formarme un ramo de grato perfume, vos las rechazasteis de vuestro corazón divino‖. Donde no reina la caridad y unión no está Dios, ya nos lo explica el apóstol san Pablo en sus Epístolas…‖53.
Si hacemos un esfuerzo por interpretar y leemos lo no dicho en el testimonio de sor Trinidad, encontramos varios datos interesantes. El sacerdote se lamenta ante las hermanas de unos hechos desagradables que habían ocurrido a propósito de la elección, tales hechos desconsolaron al padre al punto que le hicieron llorar ante el sagrario. Parecía que cada una de las hermanas por separado se comportaba adecuadamente y cumplía la voluntad de Dios, pero cuando se asociaban formando bandos internos para sacar adelante la candidatura de alguna hermana, rompían el espíritu fraterno y ponían en riesgo la unión y la caridad que constituían la razón de ser de la vida comunitaria. Procediendo de esa manera, ciertamente desagradaban a su Señor.
Esta vivencia no dejó indiferente a la joven profesa. Más aún, podemos afirmar que dado su carácter entusiasta y animoso, no se desalentó ni se escandalizó, antes bien, supo vivirla de manera positiva, aprendiendo a discernir en los acontecimientos cotidianos, y sobre todo en los más dolorosos, la voluntad de Dios. Los pequeños conflictos que se suscitaban en tiempos de elecciones le hicieron comprender que era necesaria una reforma del gobierno de la comunidad. Logró intuir que un gobierno central encabezado por una superiora general, suprimiría las tensiones y las luchas internas, que dividían a la comunidad a la hora de escoger al nuevo gobierno.
Desde una perspectiva de fe, asumía sin dudarlo, que las hermanas, sobre todo las más jóvenes e inexpertas no tenían la experiencia ni la madurez necesaria para afrontar esas situaciones, por lo cual juzgaba que lo más conveniente era mantener ―la unión de las comunidades bajo una superiora General y noviciado común, que atendiese al orden y buen gobierno de las comunidades, sin que las religiosas jóvenes e inexpertas tuviesen voto, ni parte en las elecciones‖54.
Otra lección que de manera precoz fue intuyendo en esos primeros años, y que paulatinamente iría percibiendo con mayor claridad como voluntad de Dios, fue la centralidad y la conveniencia de establecer la adoración perpetua a Jesús sacramentado. Para ella no había duda alguna de que la adoración no sería una carga, como argumentaban algunas de las hermanas mayores, sino la fuente y el sostén que podría animarlas a vivir una caridad más intensa y generosa.
La mortificación, la disciplina, el silencio, y el conjunto de las observancias y quehaceres conventuales serían vividos con un espíritu muy diferente, si la comunidad mantenía una comunión permanente y cercana con Jesús sacramentado.
Con la confianza de que esos proyectos no nacían de su obstinación ni de su inspiración particular, solicitó el consejo del padre Valencina, quien la alentó a aprovechar una coyuntura favorable para plantear su propuesta de reforma. En 1903 el nuncio apostólico monseñor Arístides Rinaldini visitó el convento y la joven profesa le manifestó el proyecto arriba descrito. No consiguió en esa ocasión lo que pedía, pero tampoco olvidó sus ideales.
Cuando el año de 1905 visitó el convento don Vicente Casanova, por aquel entonces párroco en la iglesia de Nuestra Señora del Buen Consejo, en Madrid, sor Trinidad servía entonces a la madre abadesa como secretaria particular y eso le permitió aprovechar la ocasión para acercarse a don Vicente y saludarle. Cuando al día siguiente levantaba el sacerdote la hostia durante la celebración de la misa, sor Trinidad intuyó que Dios le mandaba una señal de esperanza, que consideró como una premonición que el Señor le otorgaba, para seguir esperando con fe la llegada del momento oportuno.
A propósito de esa celebración recuerda lo siguiente: ―me pareció que en los momentos de elevar la sagrada Hostia en la santa misa me decía el Señor: ‗Este prelado os concederá la adoración a Jesús sacramentado‘‖55.
Los retos que descubrió sor Trinidad en los primeros diez años de su vida religiosa sirvieron para hacerle descubrir cuáles eran las necesidades más apremiantes. Si bien en esa primera década no tenía ni capacidad ni experiencia, y muchos menos la autoridad para implementar las reformas, llegaría el momento oportuno. Mientras tanto,era el tiempo de hacer madurar sus proyectos, de repensarlos bien delante de Dios, de revisar las estrategias y los medios para hacerlas realidad.
Acuérdate que él te hizo capuchina, porque te quiere santa
Cuando sor Trinidad ya se había empapado de la vida comunitaria, cuando había tenido experiencia directa de la forma en que la abadesa conducía y gobernaba la comunidad, sus compañeras cayeron en la cuenta de que su persona, reunía dones y talentos necesarios para asumir la tarea de conducir a la comunidad. A sus 29 años, fue elegida el 19 de julio de 1908 como Abadesa de san Antón, ocupando el lugar de la madre Amalia María del Pilar, que había desempeñado durante 10 años el cargo de abadesa.
Obviamente los cargos de autoridad en la iglesia son cargas y no puestos honorarios. Se asume la autoridad como un servicio. Sor Trinidad conocía las sentencias evangélicas de Jesús que nos exhortan a asumir el ministerio de autoridad como servicio. Ella no aspiraba al poder porque deseara sacar adelante sus proyectos, sino porque entendía que esa tarea era una llamada que Jesús le hacía a servirlo en sus hermanas. Cuando le confiaron la encomienda de conducir a sus hermanas capuchinas, contó con la asistencia invaluable de su director espiritual, quien la exhortó a ―ser fiel al Señor y a trabajar como una santa en dar al Señor lo que te pide… no sea que el Señor te castigue como siervo perezoso que enterró el talento… El Señor ha querido vea antes de morir lo que Él se digno revelarme; acuérdate que Él te hizo capuchina, porque te quiere santa y que hagas capuchinas adoradoras‖56.
Durante los dos periodos que fungió como abadesa, desde el 19 de julio de 1908 hasta el 9 de noviembre de 1915, sor Trinidad dio un nuevo impulso a la comunidad de san Antón. Promovió con determinación el ingreso de jóvenes que dinamizaron la vida comunitaria, mantuvo relaciones de amistad y colaboración estrecha con bienhechores generosos, que apoyaron con sus recursos al convento.
En cierta ocasión, por iniciativa suya se realizó un triduo del 18 al 20 de marzo de 1912, el motivo era la celebración del séptimo centenario de la aprobación de la Regla de Santa Clara; sor Trinidad estaba en oración íntima con el Señor luego de recibir la comunión y advirtió una llamada, que consideraría como un suceso fundamental para sus proyectos de refundación de la comunidad. Así lo registra con toda sencillez en sus memorias:
―Quiero trabajes por cercarme el tabernáculo de almas penitentes, consagradas, a adorarme día y noche en este sacramento de amor que instituí para consuelo y vida de las almas y me tienen abandonado, aun aquellas que me están consagradas‖57.
Alentada por semejante audición y confortada por una visión especial, se decidió a plantear su reforma ante Monseñor José Meseguer, arzobispo de Granada. El mensaje que el Señor le había dejado entrever es elocuente y explica el origen de su determinación. Para comprender las razones de su firme voluntad reformadora, transcribimos su testimonio de manera directa: ―el Señor mostrábale el corazón en una hoguera de llamas encendidas, pero destrozado y manando sangre por cinco llagas que en forma de Cruz se veía en medio del Corazón de Jesús, diciéndole: ―Sed tengo…‖58.

La madre Trinidad fue recibiendo señales constantes que la fueron persuadiendo de que el proyecto de la reforma no era una ocurrencia, ni una iniciativa caprichosa de su parte. La compañía de sus directores, primero el padre Valencina y posteriormente el padre don Juan Cuenca, le fueron permitiendo discernir cuál era la misión especial que Dios esperaba realizaría en san Antón.
La reforma
El primer intento de reforma que propuso sor Trinidad de manera formal y ocupando ya el cargo de abadesa lo realizó en septiembre de1913 y aunque contaba con el visto bueno de las autoridades episcopales de Granada y con la experimentada guía de un padre capuchino, no logró salir adelante, por la tenaz oposición de algunas hermanas, que lideradas por María Josefa de San Luis, argumentaron que todos esos cambios terminarían por destruir la vida comunitaria. La prudencia de las autoridades eclesiásticas juzgó conveniente suspender el proyecto de reforma para mejor ocasión.
A este propósito el padre Francisco Orihuela dirigirá una carta a sor Trinidad, con la cual la ayudará a abrirse a la posibilidad de salir de ese convento de san Antón, para iniciar en otro sitio, el proyecto de reforma tan anhelado. Las frases decisivas a que nos referimos y que indudablemente ayudarían a sor Trinidad a convencerse de que la reforma debería nacer en otra comunidad son las siguientes: ―El Señor la conducirá al sitio que ya le tiene destinado, si ahí no escuchan este aviso de Dios...vuestra Caridad no olvide lo que Jesús le pide, y si ahí no la escuchan, sacuda el polvo de la sandalia y vaya donde Jesús María y José quieran‖59.
No conviene mirar el acontecimiento arriba mencionado como un conflicto entre bandos opuestos, como si las personas que sentían la necesidad de la reforma representaran al sector de las discípulas buenas y fieles a Jesucristo; mientras que a las que se oponían, hubiese de considerárseles como personas negativas, que se resistían a entregarse por completo al Señor. No creemos que esa manera tan simple de ver la realidad en blanco y negro, sea la más adecuada, ni la más evangélica. Más bien, tenemos que analizar esa situación con una mirada eclesial y comprender que, la unidad y la diversidad son dos valores con profundas raíces evangélicas.
Todos los cristianos, al igual que todas las capuchinas de san Antón, mantenemos la decisión de adherirnos firmemente a Jesucristo, eso es lo que más nos une; y en ese sentido, más allá de nuestras cualidades, temperamentos y carismas, y de la vocación particular que vivamos, somos miembros del único cuerpo de Cristo. Esa es la lección fundamental que san Pablo derivará del misterio pascual de Cristo: ―Ya no hay más judío ni griego, esclavo ni libre, varón y hembra, pues ustedes hacen todos uno, mediante el Mesías Jesús‖ (Gál 3,28). De la misma manera, en san Antón convivían dos formas de concebir la vivencia de la espiritualidad cristiana en el camino capuchino. Una no podía sobreponerse a la otra, poniendo en riesgo lo más importante, la vida de caridad y comunión en la comunidad religiosa de san Antón.
Mientras llegaba el tiempo y las señales oportunas que llevarían a sor Trinidad a realizar su reforma, continuó viviendo en actitud de servicio y entrega a su vocación capuchina. En cierta ocasión a fines de agosto de 1915 realizando labores de limpieza en un estanque del convento, se agitó tanto, que por salir de prisa a recibir la visita de uno de sus hermanos que traía provisiones para la comunidad, cogió un resfriado tan severo que pronto derivó a pulmonía y la puso al borde de la muerte. Al recibir la extremaunción se ofreció enteramente al Señor, y antepuso la voluntad de Dios a la suya, haciendo la siguiente declaración de confianza total: ―Señor mío y Dios mío, si me das vida yo cumpliré tus encargos y trabajaré por seguiros como los prelados me lo indiquen, sin ser yo la que escoja el lugar, ni orden de las cosas, ¡Fiat!, cumpliré vuestra voluntad santísima hasta que me digas: ¡Basta!‖60 .
La determinación de sor Trinidad de someter sus planes a la soberana decisión de Dios no era una declaración retórica, sino una expresión genuina nacida de lo más profundo de su corazón. Por eso, cuando por recomendaciones del médico, sugirieron que la madre debía dejar su cargo de abadesa, ella no vaciló y gracias al discernimiento que realizara con su confesor, presentó inmediatamente la renuncia al cargo de abadesa.
En este acontecimiento podemos apreciar la espiritualidad netamente cristiana de la madre Trinidad. Como fiel discípula de Jesús, sabía que su voluntad y su proyecto no llegarían a ninguna parte, si no eran la expresión genuina de la voluntad de Dios. Dejar el cargo podría parecer que equivalía a perder la autoridad y la capacidad de tomar decisiones. Lo cual en pocas palabras, significaría que sus proyectos de reforma se pospondrían de forma indefinida. Ella no lo vio así, por eso dijo: ―cumpliré tu voluntad santísima hasta que me digas: ¡Basta!‖
El Señor la conducía por una senda escabrosísima
Siendo elegida como abadesa la madre María Josefa de san Luis, quien se oponía completamente al proyecto de reforma, aumentaron los momentos difíciles en la vida de la madre Trinidad. Las cosas se agravaron a tal punto que intentaron expulsarla de la comunidad y fueron tantas las humillaciones y maltratos hacia la madre Trinidad, que la comunidad reaccionó, solicitando al arzobispo, que destituyera a la abadesa recién electa. A lo cual el obispo accedió de inmediato. La comunidad de san Antón se reunió el 6 de julio de 1916 para elegir a una nueva abadesa y resultó electa la madre Aurora Durán que asumió una actitud más equilibrada ante el desafío de las promotoras del cambio.
Durante el trienio que corre de 1916 a 1919 ocurrieron dos sucesos que vale la pena destacar. De un lado durante los primeros meses de 1916 cuando sor Trinidad era objeto de calumnias y ataques encaminados a echarla del convento, tuvo una experiencia reconfortante, pues mientras estaba en adoración en la tribuna de san José ―quedó privada de sentido por unos minutos y vio claramente cómo el Señor la conducía por una senda escabrosísima a un campo espacioso en el que se levantaba un trono de adoración, rodeado de una comunidad capuchina‖61. Esta vivencia iluminadora fue para la madre Trinidad una señal clara de que la hora de su partida de esa comunidad llegaría en un futuro próximo, así lo refiere ella misma, quedé ―convencida de ser revelación de Dios que no era en aquel convento donde el Señor quería la adoración, sino en aquel donde le mostraba, siendo consagrado a su madre la Santísima Virgen‖.
Para la madre Trinidad no era fácil desarraigarse de esa comunidad amada y querida, donde llevaba viviendo 23 años. No había porque extrañarse, puesto que ella sabía que vivir el camino de la fe es algo exigente, que supone negación de sí mismo, seguimiento de Jesús y acogida de la cruz: ―El que quiera venirse conmigo, que reniegue de sí mismo, que cargue con su cruz y entonces me siga‖ (Mc 8,34). Desde Abraham hasta Jesús, y de Jesús a cualquiera de nosotros, siempre estamos invitados a ponernos de pie, a marchar hacia la tierra de la esperanza, acerca de la cual, no sabemosni dónde, ni cuando podremos pisarla. Abraham sufrió al dejar la tierra de sus padres en Ur; Jesús debió sufrir también al abandonar Nazaret, para irse a buscar la voluntad de Dios por los rumbos del lago de Galilea. Y así podemos enlistar tantos caminos de peregrinaje en la historia de la espiritualidad cristiana, Pablo abandona Tarso, y donde menos lo espera, en el camino de Damasco, se encuentra con Jesús; Francisco marcha a la guerra, regresa derrotado y en la iglesia derruida de Monte Albernia se encuentra con Jesús.
Durante el período de abadesa de la madre Aurora de Jesús Duran, la madre Trinidad se entusiasmó de repente porque creyó que había encontrado una puerta abierta, imaginó que había llegado finalmente la hora de su partida. La razón de su alegría provino cuando de repente surgió la posibilidad de realizar una fundación de capuchinas con el apoyo de la condesa de Padul. Los recursos económicos estaban disponibles para sostener una comunidad de 25 monjas, su confesor el padre Cuenca, le animaba a aceptar la oferta, pero la madre Trinidad, advirtió en una especie de visión que, san Francisco la reprendía por encandilarse con ese ofrecimiento lleno de seguridades humanas y de riqueza. La última palabra vino del arzobispo, quien escuchando el parecer de las monjas de san Antón, que no estaban de acuerdo que sor Trinidad saliera a realizar la fundación, se lo comunicó a los donadores y el proyecto terminó, como en otras ocasiones, en puras ilusiones.
No es voluntad de Dios se haga fundación por ahora
Al cumplirse el plazo para la elección de una nueva abadesa, el 16 de julio de 1919, fue electa por tercera vez la madre Trinidad. Durante los distintos períodos que sor Trinidad había gobernado a la comunidad, habían ingresado varias mujeres jóvenes a san Antón, entre esas, se contaban dos sobrinas de la madre, sor Esperanza y sor Inés, quienes junto con otras hermanas, creían en la conveniencia de sacar adelante las reformas.
Al concluir el año de 1920 murió el arzobispo de Granada y a principios de diciembre de 1921 llegó monseñor Vicente Casanova como arzobispo de Granada. Las esperanzas renacían, pues 16 años atrás, siendo párroco de Madrid, don Vicente le había hecho saber a la madre Trinidad, que por su mediación quedaría instituida la adoración perpetua en san Antón.
Durante dos años más había que seguir en un largo estira y afloja. De pronto con la llegada del nuevo arzobispo a Granada, parecía que la reforma nacería de un día para otro, pues el mismo monseñor Casanova se había encariñado con el proyecto y le había dicho a la madre: ―usted ayúdeme, y vamos a hacer unas capuchinas nuevas con la adoración al Santísimo Sacramento que usted desea‖62.
Pero, al igual que había ocurrido en ocasiones anteriores, reaparecieron las resistencias de parte de la comunidad y las autoridades eclesiásticas le hicieron saber que ―no es voluntad de Dios se haga fundación por ahora. Vamos a hacer aquí lo que podamos y no piense en otra cosa‖63. Otra prueba más, otro retraso y otra ocasión más para acoger en obediencia la voluntad de Dios, manifestada por caminos incómodos.
Dos años más tarde, el 23 de octubre de 1923, vino la señal definitiva. En un momento de adoración, sor Trinidad percibió un mensaje donde el Señor se le presentó:
―En la cruz desgarrado y lleno de sangre y heridas y me dijo: ‗ven y bebe en mis llagas... y con esta sangre escribe al Prelado, que él entenderá mi voluntad, es el escogido de mi corazón para llevar a cabo lo te vengo pidiendo tantos años: quiero conventos de capuchinas adoradoras que uniendo la oración y adoración a la penitencia y vida de abstracción y recogimiento se consagren a la continua adoración de mi amor sacramentado abandonado en el tabernáculo. ¡Tengo sed de almas!... No cierres la puerta a cuantas soliciten vivir esta vida con verdadero espíritu y amor. Yo seré vuestra custodia y amparo. No temas, yo estaré contigo, siempre que tú perseveres unida a mi voluntad y abismada en el conocimiento de tu nada y a mí sólo atribuyas todo lo bueno y grande que quiero hacer con vosotras desde el momento que os consagréis a reparar y adorarme en la sagrada Eucaristía en espíritu de víctimas con verdadero amor y sacrificio voluntario de abnegación‖64.
Sor Trinidad escribió la carta por encargo del Señor al arzobispo de Granada, pero nunca la entregó, pues un enviado de monseñor Casanova, le ordenó escribir de inmediato las constituciones que regularían la vida comunitaria en el espíritu de la reforma. Finalmente y como en todas las ocasiones anteriores, se suscitó una reacción adversa en la comunidad, por lo cual se tomó la decisión salomónica y definitiva de implantar la reforma en una nueva fundación, que estaría ubicada en la ermita de la virgen de los Dolores, en el lugar conocido como Chauchina. Para materializar dicho proyecto se contaba con dos donaciones: una de 10 mil pesetas entregada por la familia Martínez Vargas y la otra, era la donación que anteriormente había hecho la condesa de Padul por 25 mil pesetas.
Antes de pasar adelante, antes de dejar Granada para marchar con sor Trinidad a la tierra de la esperanza, al amado pueblo de Chauchina, queremos dejar en claro dos o tres conclusiones que juzgamos hartamente valiosas, para dejarlas en el tintero o en la imaginación. En primer lugar, queremos destacar cómo la madre Trinidad vivió todo este largo tiempo de espera, soñando y buscando con insistencia y libertad la voluntad de Dios, tocando puertas, consultando a sus directores y confesores. Era una mujer inquieta que no se conformaba con instalarse en la comodidad de la vida conventual. Sus aspiraciones fueron elevándose en la medida que se lo permitían las circunstancias, procurando siempre corresponder con un amor pleno al amor de Jesús sacramentado. La adoración no era un capricho, ni una fijación derivada de sus propias ideas, era algo que se derivaba de la vivencia ordinaria de la espiritualidad católica.
En la espiritualidad propia del tiempo existía una sensibilidad muy viva hacia el desagravio. Cabe recordar que ―la imagen del Sagrado Corazón se había propagado durante muchos años en amplios círculos en la Iglesia católica. Ciertamente concretiza la doctrina cristológica básica de la Iglesia. La devoción y la imagen del Sagrado Corazón muestra un gran énfasis en la reparación, dicho énfasis se originó a partir de las guerras de religión que sufrió Europa (cerca de 1560-1650) y se propagó con las revelaciones a santa Margarita María Alacoque.‖65
Se vivía en la certidumbre de que los creyentes eran ingratos y no correspondían al amor del amado. El lema y el reclamo de san Francisco: ―¡El amor no es amado, el amor no es amado‖, estaba firmemente arraigado en todas las comunidades que vivían la espiritualidad franciscana. El establecimiento de la adoración perpetua diurna del Santísimo sacramento constituía una respuesta perfectamente natural para una religiosa educada en la espiritualidad franciscana. La madre Trinidad estaba siendo fiel al espíritu originario de San Francisco.
64 Escritos 2, 99.
65 M. Neuman, Cristología. Verdadero Dios, verdadero hombre, 67.
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Al intentar la reforma capuchina, sor Trinidad trataba de formar algo nuevo. Reformar, escribe María Moliner, generalmente, significa ―formar de nuevo, generalmente implica mejorar, renovar o corregir‖66. Sor Trinidad quería realizar una reforma originaria, que en este caso no era solo cuestión de forma, sino de fondo: había que vivir el amor a Jesús con intensidad y entrega totales, había que volver como dijera el profeta, al amor primero, al amor de la novia (―Recuerdo tu cariño de joven, tu amor de novia, cuando me seguías por el desierto, por tierra yerma‖ Jer 2,2).
En segundo lugar, es oportuno apreciar la caridad discreta con la cual ejerció durante estos tres períodos, durante trece años, su cargo de abadesa. Podemos decir que sor Trinidad se autocontuvo y no utilizó la autoridad que las hermanas le habían confiado, para imponer el proyecto de reforma. Cabe recordar que si bien la reforma no dependía de ella, puesto que debía contar con el beneplácito y la aprobación canónica de las autoridades eclesiásticas, no utilizó su cargo para presionar, forzar o castigar a las monjas que no veían con buenos ojos el proyecto de reforma. En ese sentido podemos afirmar que vivió la autoridad de manera evangélica y que asimiló con fidelidad el mandato de Jesús: ―saben que los que figuran como jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes oprimen, pero no ha de ser así entre ustedes; al contrario, el que quiera subir, sea su servidor, y el que quiera el ser primero, sea esclavo de todos‖ (Mc 10, 42-43).
En tercer lugar, podemos decir que la madre Trinidad fue una mujer creyente, que cuando encontró pruebas y adversidades, no se doblegó. Bien sabemos que solamente la fe que supera la prueba se aquilata en esperanza. Sor Trinidad aprendió a vivir en clave de esperanza durante todos esos años en san Antón. La esperanza cristiana auténtica crea en quien la vive, una convicción firme y honda, a pesar de no contar con evidencias externas que la fundamenten. Esa esperanza no era en el caso de sor Trinidad una actitud de resignación o de pasividad, al contrario era una fidelidad activa, era una perseverancia militante, que le permitió mantenerse generosa, paciente y atenta, hasta que descubrió que la hora de Dios había llegado y que, era el momento de ponerse en camino hacia donde Dios la condujera.
66 Maria Moliner, Diccionario del uso del español, Vol II: 969.
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III. Deja tu casa, deja tu patria.... y ve a la tierra que te mostraré
Chauchina era una pequeña población a principios del siglo pasado. Situada a 17 kilómetros al oeste de la ciudad de Granada, había sido fundada en el siglo XVIII, contando entonces apenas con dos casas denominadas Chauchina de Abajo y Chauchina de Arriba. La población y sus campos eran regados por las aguas del río Genil, y gracias al trabajo y al tesón de sus labradores producían remolacha, cereales, cáñamo, uvas y aceitunas.
Desde septiembre de 1922 el señor arzobispo don Vicente Casanova había otorgado a la madre Trinidad el visto bueno para que solicitara a Roma que algunas religiosas, en número de seis u ocho, se trasladaran a Chauchina para dar comienzo a la nueva fundación. Con las constituciones ya renovadas en la mano, el señor Arzobispo dio el exhorto preciso: ―Haga usted las preces para la fundación en Chauchina y no lleve usted viejas, sino jóvenes, de mejor espíritu‖67.
La respuesta positiva de Roma llegó en diciembre de 1923. La Sagrada Congregación de Religiosos dio el permiso para que se trasladaran por un primer período de prueba de tres años, con la posibilidad de que quienes lo hicieran, podían permanecer en Chauchina o regresar a san Antón.
El entusiasmo se acrecentó y fue cosa de poner manos a la obra de la edificación del convento. En primer lugar había que conseguirse un terreno. El lugar elegido era idóneo, pues se compraron aproximadamente ¾ de hectárea, junto a la ermita de Nuestra Señora de los Dolores. Sin más dilación, el 24 de abril de 1924 el señor arzobispo don Vicente Casanova hizo la bendición de la primera piedra del futuro convento.
Es comprensible que durante el tiempo que se estaba realizando la construcción, las hermanas que partirían a Chauchina empezaron a experimentar el dolor de la próxima separación
―desde el momento que comenzó la obra, la lucha del convento de capuchinas de Granada fue indecible, teniendo que ocultar por prudencia cuanto se hacía en esto, porque las religiosas que se amaban tanto no podían pensar en la separación; y esto ocasionó amarguísimas penas a la Abadesa que las amaba a todas como a una sola, y de algunas se tenía que separar forzosamente porque a todas no podía llevar, o retener‖68.
A vuelta de un año, en marzo de 1925, la construcción de las instalaciones más indispensables estaba concluida. ―Habían terminado la iglesia y una parte de convento, suficiente para establecer la comunidad (de 18 religiosas cabrían), dormitorio, celdas, coros, refectorio, cocina, torno, locutorio y confesionario. Todo pequeño, pero muy bien dispuesto‖69.
Con el edificio terminado solo faltaba decidir la fecha del traslado, las hermanas que saldrían para la nueva fundación, obviamente querían hacerlo de inmediato, no
67 C. Palomo, Vida y obra, 119.
68 Escritos 2, 103.
69 Escritos 2, 103.
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tanto por el afán de estrenar el nuevo edificio, sino para llevar a cabo su ideal eucarístico, por eso solicitaron que el traslado se realizara el mismo 19 de marzo, fiesta de san José; el obispo en cambio, y otras personas, pensando en la salud de las monjas juzgaban que había que esperar hasta el mes de octubre.
Con la fe que fueron de madrugada al sepulcro
Esta determinación no resultó del agrado de la madre Trinidad, pues en sus escritos afirma lo siguiente ―parece que el demonio, que trabajaba por todos los medios para deshacer la fundación, puso en manos de algunas personas la idea que no debían irse hasta el otoño, que se secara la obra porque enfermarían‖70. Llegó el viernes santo el 10 de abril de 1925, sor Trinidad se sentía desconsolada y puso sus súplicas a los pies de la Santísima Virgen de los Dolores: ―Madre mía, no queremos más que vuestro Hijo y vos seáis glorificados, hágase como sea su voluntad santísima‖. Estando en este diálogo íntimo con la madre de Dios, ―quedó en todos los oficios del viernes la Abadesa a los pies postrada de nuestra Señor y hablándole interiormente le dijo:
―Ve y escribe al Prelado y dile de mi parte que quiero que el sábado vayáis a mi Santuario, me acompañéis en mi soledad y salgáis de aquí el sábado y la primera comunión la hagáis con la fe que fueron de madrugada al sepulcro con las Marías a recibir a mi Hijo santísimo el Domingo de Resurrección en la ermita donde yo deseo deis culto perpetuo a mi divino Hijo Sacramentado, en donde quiero le encontréis por primera vez con las ansias que buscaron las Marías Resucitado‖71.
Sin esperar más y animada por el mensaje que había recibido de la virgen de los Dolores, escribió la carta, la envió al arzobispo, quien cuatro horas después se hizo presente en el convento de san Antón y reuniendo a la comunidad, les mostró el ―oficio firmado por las 12 religiosas que querían ir a la nueva fundación‖. Monseñor Casanova fue muy puntual al exhortar en ese momento delicado a ambas comunidades, la que permanecería en san Antón y la que partiría a Chauchina a vivir en caridad y unión, practicando la ayuda mutua. Felicitó a la comunidad de san Antón, porque era tanta su vitalidad que lograba dar a luz a una nueva fundación. Una vez que la abadesa presentó la renuncia, ordenó que
―al día siguiente a las 3 de la tarde, Sábado de Gloria 11 de abril de 1925, fuese el Sr. Provisor y D. Ricardo Pérez, con un auto, a acompañar a las religiosas a Chauchina, procurando avisar al Sr. Cura de Chauchina para que lo prepararan todo para el Sábado Santo a las cinco de la tarde, encargándole al Sr. Provisor preparara comida y cuanto necesitaran en las despensas para que quince días comiesen por su cuenta, y bendiciéndolas a todas y lleno de bondad se despidió hasta el día siguiente‖72.
Así pues, Sor Trinidad y las once hermanas tendrían que dejar la casa de la ciudad de Granada para irse a construir un nuevo hogar en una zona rural, donde no contarían, sobre todo durante los primeros días, con las cosas más indispensables. ―En efecto, en el refectorio y cocina todo nos faltaba, estuvimos 15 días comiendo sin
70 Escritos 2, 103.
71 Escritos 2, 104.
72 Escritos 2, 105.
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servilleta ni cubiertos, de un pliego de papel de estraza hacíamos 4 servilletas, y así todo, por esta falta de cosas materiales las suplía y superabundantemente daba el Señor en gozos espirituales indecibles, parecía vivíamos en San Damián, porque el espíritu de observancia, de unión y caridad, nos hacía ver el espíritu de los seráficos padres Francisco y Clara‖73.
―Amaneció el Sábado santo, el 11 de abril, preparando las camas y ropas, entre lágrimas y penas se despedían unas con cariños y otras con amenazas, ¡un día de grande angustia! El Señor alentaba el corazón para el gran sacrificio, había que separarse de unas hermanas que nos recibieron y educaron, otras que recibimos y ayudamos, una iglesia hermosísima de continuos y hermosos cultos, un convento lleno de todo, acomodado y edificante, besábamos sus muros y parece se abrían para escondernos de nuevo, la continua reflexión que nos hacían: ―Se van a un pueblo donde no las quieren, a una casita que no caben, sin acabar, a morirse de hambre y de aburrición‖74.
A las tres de la tarde sor Clara de Jesús que había quedado como Presidenta de la comunidad de san Antón, despidió a las doce religiosas que partieron tranquilas ―sabiendo que solo la gloria de Dios nos llevaba a aquel pequeño santuario‖. Dada la importancia de este primer grupo nos permitiremos nombrarlas en seguida: Sor Trinidad del Purísimo Corazón de María, sor María Patrocinio de san José, Sor Concepción de la Santa Cruz, sor María del Carmen del Corazón de Jesús, sor Luisa de la Ascensión, sor Jacoba de san José, sor Esperanza del Santísimo Sacramento, sor Inés del Niño Jesús, sor Ana María del Espíritu Santo, Sor Sacramento de la Madre de Dios, sor Adoración de la Santa Cruz75.
¡Vivan las monjas, vivan las monjas!
Al llegar a Chauchina la acogida de las personas del lugar, incluyendo a las autoridades, fue por demás calurosa, pues
―se agruparon al auto con pañuelos y voces decían. ¡Vivan las monjas, vivan las monjas! Llegamos a la pequeña puerta de nuestro convento, y no nos dejaban bajar del auto el innumerable gentío que acudió... y entramos por el portón de la huerta, y si mareadas venían, no fue menos la impresión que sintió el alma cuando nos vimos en aquel campo… que el Señor nos mostró al pedirnos la fundación‖76.
Una vez que las doce hermanas ingresaron al pequeño convento de Chauchina, tomaron un café con galletas en el refectorio, y recibieron durante la tarde la visita del señor cardenal Casanova, que procedió a realizar la bendición del convento y acto seguido, les impuso la clausura. El sábado santo del 11 de abril de 1925, a las once de la noche, las hermanas arreglaron su dormitorio y salieron a la huerta en busca de leña para calentar algo para comer, y al no encontrar fósforos para hacer la lumbre, no tuvieron más opción que comer las chuletas y el fiambre que les habían dado las
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74 Escritos 2, 106.
75 Escritos 2, 107.
76 Escritos 2, 108.
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hermanas en San Antón. Por fin, a las 12 de la noche se acostaron sobre unas tablas a la espera de que llegara el Domingo de Resurrección.
Al amanecer del domingo,
―rezamos las horas y con gran fervor deseábamos recibir a Jesús resucitado, como Magdalena llegó al Sepulcro, nuestras almas recibíamos, en ardorosas ansías de amor, a Jesús Sacramentado por primera vez en esta pequeña ermita de los Dolores de la Santísima virgen, con quien quisimos vivir y morir‖77.
Aunque en esos momentos iniciales los recursos de las hermanas eran muy escasos, sor Trinidad no accedió ese día a aceptar una limosna que el padre don Ricardo Pérez les traía, se la devolvió en un gesto de desprendimiento solidario, para que la entregara a sus hermanas de san Antón. Pero, como dice el refrán popular, donde todo falta (―en el refectorio y la cocina todo nos faltaba‖), Dios asiste;
―aquel mismo día 12 de abril, Domingo de Resurrección, vino mucha gente de Granada a visitarnos...el padre de dos religiosas nos envió una vaca de leche, cinco cabras y dos docenas de gallinas y un ciento de huevos, y todos traían algo. Los del pueblo también acudieron con algunas cositas, y la Divina providencia nos fue enviando lo necesario para la vida, acudiendo a socorrer las necesidades antes que las sintiéramos‖78.
Antes de pasar adelante para ocuparnos de los primeros años de, la nueva fundación en Chauchina, consideramos oportuno destacar el valor simbólico de dos circunstancias que rodearon el inicio de esta fundación. En primer lugar nos parece relevante y esperanzador, considerar el número de las hermanas, eran doce las capuchinas que iniciaron ese nuevo proyecto de vida religiosa. Es natural que de inmediato lo asociemos con el significado simbólico que tiene el número doce en la tradición bíblica. Creemos que no está por demás recordarlo:
―El doce es el número de las lunaciones del año y sugiere por tanto la idea de un ciclo anual completo: las 12 prefecturas de Salomón se encargarán por turno del abastecimiento del palacio durante un mes (1 Re 4,7-5,5)… El 12, como cifra de las 12 tribus, es también una cifra perfecta, que se aplica simbólicamente al pueblo de Dios. De ahí su empleo significativo en el caso de los 12 Apóstoles de Jesús que regirán a las 12 tribus del nuevo Israel (Mt 19,28)‖79.
Estas doce hermanas constituían una comunidad reunida en torno del Señor Jesús Sacramentado. Eran en sentido estricto una comunidad discipular reunida en torno al maestro ―para estar con él‖. El evangelio de san Marcos nos dice que la primera tarea para la cual convocó Jesús a los doce, fue precisamente para que estuvieran con él (Mc 3,14). La pretensión largamente anhelada de reunirse en una nueva fundación para estar en permanente adoración solemne y diurna del Santísimo Sacramento se había hecho realidad. Pero al igual que en el caso de los discípulos de Jesús, las hermanas no habían
77 Escritos 2, 110.
78 Escritos 2, 111.
79 Léon-Dufour, Vocabulario, 599-601.
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sido llamadas solamente para acompañarle, sino al igual que los discípulos, tendrían que ―predicar con poder y expulsar demonios‖ (Mc 3,15). Estas dos últimas tareas son indispensables en cualquier misión apostólica, las hermanas comenzarían a realizarlas de manera más decidida, cuando aunaran la enseñanza a la vida contemplativa.
Otra circunstancia que no puede pasar desapercibida, es la relativa al tiempo en que ocurrió la fundación. Justamente las doce hermanas llegaron a Chauchina durante el sábado santo, víspera de la celebración del domingo de pascua. Las hermanas vivieron de manera acelerada su propio camino de pascua. Pasaron de la vida segura y relativamente acomodada de san Antón a una nueva vida, marcada por la luz radiante de la esperanza en Jesús resucitado a quien, querían recibir y servir como nuevas Magdalenas80. A Chauchina llegarían como Magdalena, queriendo limpiar las llagas y la sangre de Jesús abandonado, pero ahí en la contemplación eucarística, lo experimentarían también glorificado, derramando su Espíritu y dando vida, a una comunidad dinámica y pujante que a escasos ochos meses, para la fiesta de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre del mismo año, ya contaba con
―22 hijas, renovadas en un nuevo espíritu, que sus rostros, iluminados por el fervor y la alegría de sus almas, nos creíamos trasladadas a la bienaventuranza‖81.
Recayendo la elección por unanimidad de votos
Una vez que la comunidad fundadora se instaló en su nueva casa de Chauchina, comenzaron a llegar las primeras vocaciones, apenas 3 o 4 días después de haber llegado, se les unieron una novicia y una postulante de san Antón, y a los pocos días otras dos, con las cuales se conformó un primer grupo de cuatro postulantes82.
El 29 de mayo de 1925 las hermanas recibieron la visita del señor cardenal Casanova quien
―con gran afecto y consuelo [al] ver florecer la naciente comunidad en virtudes y buenas vocaciones, paseó con el Sr. Vicario, acompañado de las religiosas en la huerta, deteniéndose en lo hermosa y bien cultivada que tenía la tierra‖83. Después de realizar la aprobación de los cargos y oficios recién establecidos para el funcionamiento del convento, ―procedió a la elección que fue pública, preguntó a todas a quién querían de Abadesa y todas de pie unánimes pidieron a la madre Trinidad, la que quedó confirmada en aquel momento, todas le rindieron obediencia, entonó S. E. El Tedeum, estuvo un rato exhortándolas a vivir siempre unidas en amor y caridad y bendiciéndolas como un padre cariñosísimo se despidió, dejándonos a todas gratísimos recuerdos‖84.
Durante el primer año las celebraciones litúrgicas, los novenarios y triduos mantenían vivo el entusiasmo y la fe de la naciente comunidad. Lo mismo se vivía con
80 Escritos 2, 110.
81 Escritos 2, 120.
82 Escritos 2, 112.
83 Escritos 2, 113.
84 Escritos 2, 114.
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intensidad el tiempo de Pascuas, que la Cuaresma. Acerca de este tiempo litúrgico resaltamos el siguiente testimonio de la madre Trinidad:
―entramos en Cuaresma, que con tanto fervor empezaron los ayunos y penitencias, sin faltar los tres capítulos de culpas todas las semanas en el refectorio y la disciplina todos los días… La comunidad comió pan y agua todos los viernes en el suelo, y de noche pedía alguna la colación de limosna. ¡Qué deseos de sacrificarse y padecer por Jesús tenían estas almas llenas del más ardiente amor a Jesús‖85.
Conviene destacar que en esa comunidad adquirían un relieve especial las celebraciones que tenían un particular tinte eucarístico. Así pasaba con la celebración del jueves santo, lo mismo que con la fiesta del Corpus. De la primera de estas dos festividades destacamos el siguiente testimonio:
―el jueves se hizo la comida con toda solemnidad y el refectorio parecía conmemorar aquella grande cena que Jesús hizo con sus Apóstoles, el amor de aquellas purísimas almas se revelaba en sus rostros, y toda la noche del jueves acompañaron al divino Maestro que tan majestuoso se ostentaba en un monumento hermosísimo, que la piedad de los fieles consagró centenares de cirios a Jesús sacramentado y a su dolorida madre de los Dolores‖86.
La comunidad vivía su época de mayor entrega, las primicias del amor primero. La caridad fraterna, la oración constante, el trabajo cotidiano en la huerta, la penitencia y la entrega personal a Dios y a la Virgen, bajo cuyo patrocinio se cubrían, iban consolidando la vida de esa comunidad. Cabe recordar que se multiplicaron las vocaciones, se reeligió para un segundo trienio a la madre Trinidad. Las constituciones eran renovadas para períodos sucesivos de cinco y siete años.
Allí se nos exige algo de enseñanza
El cardenal Vicente Casanova consideró que sería oportuno que las hermanas asumieran la tarea educativa de las niñas de Chauchina. La población no contaba con suficientes recursos económicos, razón por la cual le pareció al arzobispo que las hermanas podrían ocuparse de la formación humana y la evangelización de las pequeñas. Esa propuesta no era del todo novedosa, porque varios conventos de capuchinas ya habían intentando cierto género de vida mixta, anexando a los conventos pequeños colegios.
La Madre Trinidad no acogió de pronto esta propuesta, le parecía que vendría a perturbar la determinación de inmolarse como hostias en el fuego de la Eucaristía. Lo consultó con un padre capuchino llamado fray Antonio Martín, quien también se oponía a esa combinación y lo manifestaba de la siguiente manera:
―Madre, mi opinión es que no acepten fundación alguna con obligación de enseñar a niñas, o sea de tener colegio‖.
Quizás conviene preguntarse, si esta propuesta de combinar la vida contemplativa con la enseñanza, ¿Había sido planteada por el cardenal Casanova, desde antes de iniciar la fundación en Chauchina? En efecto, la carta con la cual el padre
85 Escritos 2, 122-123.
86 Escritos 2, 125.
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Antonio Martín, responde a la consulta de la madre Trinidad está fechada el 18 de junio de 192387, y en una carta de la madre Trinidad, fechada en Granada en 1921, afloran ya estas inquietudes:
―Allí se nos exige algo de enseñanza, y nos llenamos de miedo. ¡Las capuchinas del desierto de penitencia, salir ahora a enseñar la doctrina de tu ley… cuando nunca hubo mayor deseo de morir escondida! ¡Pero!...¡hemos oído, Señor mío, la voz de la obediencia, imitando a tu Precursor, después de vivir en el desierto, vino a anunciar a las naciones tu venida y prepara tus caminos con la penitencia!... ¡Tú dirás, Maestro divino, el camino que deben seguir tus víctimas formadas en el desierto de penitencia tantos años… y sólo saben seguirte amándote… hasta querer consumirse en el divino fuego de la Eucaristía y inmolarse allí junto a ti, Hostia Santa, vida y fortaleza de mi alma!‖88.
Este testimonio de la madre Trinidad nos permite apreciar como era capaz de ir viviendo los retos y desafíos de la naciente comunidad en una perspectiva de oración y de discernimiento de la voluntad de Dios. Ella expresa con confianza su voluntad al Señor (nunca hubo mayor deseo de morir escondida), pero se dispone a seguir el camino obediente del Bautista, que salió del desierto para preparar el camino del Señor. Si el profeta salió a evangelizar, el Señor también se los podría pedir. Ellas estarían dispuestas a seguir el camino que el Maestro divino les señalara.
Si bien, por circunstancias que ignoramos, este proyecto educativo no logró concretarse ni en Chauchina, ni en Berja, por lo menos durante la primera década de la nueva fundación. Lo que si podemos anotar aquí es que, se sucedieron dos acontecimientos que pospondrían por un buen tiempo ese asunto de la enseñanza. Uno fue la repentina muerte del arzobispo Vicente Casanova en octubre de 1930 y el otro sería el ambiente turbulento que empezó a vivirse en España con motivo de la revolución. Ante la creciente ola revolucionaria, la madre Trinidad escribió las siguientes reflexiones en enero de 1931:
―Recurso para que las capuchinas eucarísticas continúen su vida de víctimas de Jesús Hostia, en caso de alguna Ley gubernativa, en las actuales circunstancias de revolución, nos disolviesen hasta el punto de tener que abandonar nuestros santuarios de adoración‖89.
Hay que buscar un nuevo palomar
Luego de 5 años de haberse inaugurado el convento de Chauchina, el número de las monjas había llegado a 30, razón por la cual el cardenal Vicente Casanova, consideró que había llegado la hora de fundar otro monasterio. La prudencia de la madre Trinidad consideraba, que no era prudente separar a esa joven comunidad, pero el cardenal la instó a tener fe en la protección maternal de la Virgen:
―Tienen ustedes por madre a la Madre de Dios y cuidará de su obra. Tenga fe que ellas seguirán a usted siempre‖90.
87 C. Palomo, Vida, 128.
88 Escritos 2, 16.
89 Escritos 2, 27.
90 Escritos 2, 70-71.
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La madre Trinidad consideraba que la obra era de Dios indudablemente, pero también sabía que era la obra Cardenal Casanova, que las había impulsado desde el principio, que las seguía alentando y las visitaba todas los domingos por la tarde. El Cardenal en una de esas visitas veía la aflicción en el rostro de la madre ante la inminencia de la partida para la nueva fundación y le comentaba:
―¿No ve usted Madre la mano de Dios aquí?... No lo dude, la obra ni es de usted ni mía, ¡la obra es de Dios!91. La posibilidad de iniciar la nueva fundación en un plazo tan corto, era vista con temor. A la madre le parecía que ―las religiosas, que vivían todas unidas y fervorosas, con mucho espíritu de abnegación y obediencia… había que temer que aquel paraíso donde se sentía a Jesús pasearse en las almas como Soberano Dueño, tenía que empezar su calvario, y esta fundación era la que vendría a separar las palomitas del palomar donde Jesús y María era todo nuestro consuelo y alegría‖92.
Finalmente y llegado el momento para dar inicio a la fundación, el cardenal dio la siguiente orden, a la madre Trinidad:
―prepare 10 Monjas para el 22 de septiembre que irán al santuario de Nuestra Señora de Gádor, yo iré con ellas, o sea, me iré un día antes o después, para inaugurar el día 24‖93.
Como en otras ocasiones, la madre Trinidad supo reconocer en este mandato la voluntad de Dios y lo vivió con obediencia. Ella misma se puso al frente de las catorce hermanas que salieron de Chauchina para Berja. Cuando el Señor cardenal inauguró el convento el 24 de septiembre, festividad de Nuestra Señora de las Mercedes, lo hizo con el siguiente mensaje:
―Os he traído lo mejor de lo mejor de mi Diócesis, para que os atraigan del Cielo las bendiciones de Dios‖.
Con esta fundación se cierra el período inicial de esta comunidad. Consideramos que se cumplió un ciclo porque al morir el señor Cardenal Casanova en Zaragoza el 12 de octubre de 1930, la madre Trinidad tendría que asumir el futuro de la fundación, sin el respaldo y la guía de tan singular impulsor y protector.
Antes de cerrar este capítulo consideramos que conviene establecer algunos señalamientos que nos parecen importantes. Cinco años habían transcurrido a partir de la fundación en Chauchina, cuando se le presentó la llamada de Dios, por mediación del arzobispo de Granada, para recomenzar el peregrinaje y salir hacia una nueva misión. Cuando la persona encuentra acomodo en una situación, en un oficio o cuando se instala en una relación con demasiada familiaridad, puede disminuir el entusiasmo y el ánimo originales. Ocurre en algunas ocasiones cierta rutinización del carisma, aparece cierta tibieza en la vida del creyente. No podemos afirmar que esto haya ocurrido con la comunidad de san Antón o de Chauchina. Más aún, los comentarios de la madre Trinidad y del arzobispo parecen afirmar lo contrario.
91 Escritos 2, 70.
92 Escritos 2, 71.
93 Escritos 2, 71.
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Sin embargo, es mejor tomar precauciones y disponerse al cambio y la emigración a nuevas situaciones de misión. De Moisés a Pablo, de Abrahán a Pedro encontramos la misma exigencia: hay que desinstalarse, hay que renunciar a las certezas y seguridades de lo conocido, hay que tomar el bastón de caminante y ponerse en las manos de Dios, para servirle donde sea más necesario.
No es necesario ser exhaustivo, ni hacer un análisis pormenorizado de las experiencias misioneras de estos grandes servidores de Dios, basta ilustrarlo con lo que le ocurrió a Moisés. Cuando este hombre, enormemente sensible a las injusticias que sufrían sus hermanos en Egipto, trató de liberarlos por medio de la violencia, fracasó rotundamente. Aquella misión era fruto de su propia determinación y no del llamado de Dios. Asustado y atemorizado, había tenido que huir de la persecución del faraón, alejándose hacia el desierto donde habría encontrado en Madián, un hogar; en Séfora, una esposa; en el pastoreo, un oficio; y en su hijo Guersón, un hijo; entonces, cuando el proyecto de vida de Moisés parecía haberse consolidado, cuando la opción de la estabilidad y la instalación le resultaban más atrayente, cuando la suerte de sus hermanos esclavos parecía no preocuparle, se le presentó el Señor en la zarza ardiente, cerca del monte de Dios y le llamó a reemprender el camino de regreso hacia Egipto para liberar a sus hermanos.
Esta es una característica constante de todo proceso vocacional, Dios nos llama a seguirle cuando los vínculos que nos atan a una situación humana son más fuertes. Es entonces cuando la respuesta resulta más difícil de asumir. La madre Trinidad había logrado crear en Chauchina un hogar fraterno, donde se vivía intensamente la entrega al Señor y la caridad entre las hermanas. De ese oasis había que marchar para llevar el mensaje eucarístico a nuevas comunidades.
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IV. La madurez de la obra. La obra resistiría porque era obra de Dios
La muerte del cardenal Casanova, y la partida para realizar una nueva fundación en Berja, no fueron acontecimientos sencillos en la vida de la madre Trinidad por dos razones, por un largo tiempo, el futuro de la comunidad quedaba incierto, al no contar aún con la aprobación definitiva de las constituciones y por otro, se habían suscitado algunos malentendidos con motivo de la fundación de Chauchina. En relación a lo primero, tenemos el testimonio que la madre Trinidad comparte en una carta dirigida al superior de los Redentoristas el padre Tomás Vega:
―¡Qué impresión la muerte del Emo. Sr. Cardenal, nuestro protector y padre bondadosísimo, se nos va al cielo en el camino de Roma!... ¿Qué pasara de nuestras constituciones que nos prometió a la Sra. Vizcondesa y a nosotras llevaba a Roma para pedir él mismo su aprobación?‖.
La partida de este mundo del cardenal Casanova la vivió como una amarga orfandad94, la cual aunada a incomprensiones y cuestionamientos de parte
―de la generalidad, que ni me comprenden, ni siente conmigo, antes al contrario me toman, como de persona que vivió en siglos pasados que hacían el camino de la santidad enojoso e imposible con sus extravagancias‖95,
y a la preocupación natural que ella misma experimentaba, por la actitud que tomaría el nuevo arzobispo hacia su obra, se convirtió en la ocasión de vivir confiando en la aprobación de Dios y no en los reconocimientos y las alabanzas humanas.
En cuanto a lo segundo, a las interpretaciones inexactas sobre su vocación de fundadora, podemos afirmar sin dudarlo que la madre Trinidad había aprendido a no dejarse seducir por ―el canto de las sirenas‖ de las alabanzas mundanas:
―pues no oigo las falsas alabanzas de los que miran más a la tierra que al cielo… creyendo que atraerían los afectos de mi alma… Pero créame, R. P., huyo del extremado amor de las criaturas como del mismo infierno…Cuando en labios humanos oigo alabanzas, siento agonías de muerte: no sé si será el infierno que tira a enredarme y aquí en este bendito Santuario me siento feliz…con sed de oprobios por amor de Dios… Es verdad que estas humillaciones no llegan…‖96.
Como el lector podrá ver, el texto de la madre Trinidad no es del todo explícito al compartir sus vivencias más íntimas durante esos años. No obstante, cuando líneas abajo, escribe lo sucedido al momento de la inauguración del convento de Berja, nos da a entender que la desconcertó la actitud del cardenal, pues
―hizo grandes alabanzas en público, repitiéndoles con entusiasmo: ―Os traigo en estas lo mejor de lo mejor que he visto en mi Diócesis”. Y en el
94 Escritos 7, 63.
95 Escritos 7, 63-64.
96 Escritos 7, 64.
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refectorio hizo una pública confesión del trato y pruebas humillantes que me sometió en Chauchina, porque temía que el amor de aquellas monjas me fascinara‖97.
Podemos entender a partir de lo escrito anteriormente, que la madre Trinidad había sido cuestionada directamente por el arzobispo acerca de la autenticidad y de las motivaciones más profundas que la llevaron a realizar la fundación del convento de Chauchina. Como si en realidad anduviese buscando que las hermanas la cubriesen de honores y alabanzas, como si en realidad anduviese tras la búsqueda del calor humano y el cariño que gustosamente le daban sus hermanas cofundadoras.
Ella sabía en su conciencia, que no eran esas motivaciones meramente humanas las que movían su vida como capuchina eucarística, sino otras más profundas. Más aún, el que en la comunidad de Chauchina se viviera el amor fraterno, nada tendría de reprobable, pues el amor a Dios no está reñido con el amor fraterno, más aún, ambos son dimensiones inseparables del único amor de Dios.
Este evento nos permite asomarnos a una experiencia, la de las incomprensiones y malentendidos que surgían dentro de la Iglesia, a propósito de su obra, que sor Trinidad vivió no solo en esta ocasión, sino en otras épocas, y que indudablemente resultarían más desconcertantes y dolorosas que las persecuciones nacidas durante los años de la revolución que se avecinaban. Por eso motivo, Sor Trinidad siempre estaría dispuesta, a reemprender el camino de la misión a donde el Señor la fuese conduciendo, sin apegar su corazón a ninguna comunidad en particular, pero tampoco sin dejar de amarlas con un auténtico amor cristiano.
Su testimonio es más elocuente que nuestra titubeante y remota interpretación. Vamos por tanto a leerlo en seguida:
―haciendo jirones mi corazón me dejé con el mayor dolor mis dos conventos donde consagré mi vida toda en acercarle las almas al corazón Eucarístico de Jesús. Con que gozo rompía los purísimos lazos de amor espiritual que me unían aquellas dos comunidades que me dio el Señor‖98.
En conclusión podemos decir, que no obstante lo anterior, tanto el cardenal Casanova como la madre Trinidad estaban persuadidos que aquella era una obra de Dios, la prueba fehaciente era que el cardenal había partido a Roma para buscar la aprobación de las Constituciones y que la madre misma había accedido gustosa a emprender el camino del santuario bendito de Nuestra Señora de Dador en Berja.
Aquí hemos pasado un día amargo
―Al llegar la Segunda República el 14 de abril de 1931 y la salida del Rey Alfonso XIII de España comenzó una persecución a las instituciones eclesiásticas y a los católicos‖,
escribe el padre Crescencio Palomo99. El ambiente se tornó cada día más riesgoso a partir de la quema de algunos conventos en Madrid en mayo de 1931.
97 Escritos 7, 65.
98 Escritos 7, 65.
99 C. Palomo, Vida y obra, 135.
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Es comprensible que las autoridades eclesiásticas hayan tomado ciertas precauciones, esperando lo peor en su contra. En relación a los conventos de clausura, se implementaron una serie de medidas para que las hermanas, vestidas con traje seglar pudiesen salir cuando la autoridad de dichas comunidades lo considerara prudente. Al proceder de esta manera, los pastores de la iglesia española estaban actuando con prudencia, tratando de preservar intacto el valor más importante, la vida de cada una de las consagradas.
En mayo de 1931 la madre se encontraba en Berja y los rumores amenazantes atemorizaban a las hermanas. Algunas
―que estaban para morir de susto‖ se marcharon, mientras que ―las demás y una servidora –escribe la madre Trinidad— no nos moveremos hasta ver incendiado el mundo… Pienso padre mío, que aquí estaremos más seguras en cualquier parte que ahí, esta gente es buena y saben que somos pobres. Quiero morir al pide de Mi Virgen con el Santísimo Sacramento”100
A partir del comentario que hace la madre Trinidad sobre la condición de pobreza del convento de Berja, podemos inferir, que los ataques estarían dirigidos en particular a los conventos ricos, que a los ojos de los revolucionarios, serían una y la misma cosa con sus acérrimos rivales políticos.
En esos días de incertidumbre, la madre Trinidad recibió una carta del padre Eusebio Rebollar, donde la animaba desde Sevilla a tranquilizarse, pues siendo esa ciudad una de las más agitadas de toda España, las religiosas capuchinas habían permanecido en sus conventos, protegidas por las tropas, por lo cual la invitaba a que reuniera a las hermanas en el convento de Berja, aconsejándole que
―si ellas cuidan de Jesús, nada, nada, nada les pasará. Llámelas con bondad, que regresen, pues en sus casas y en el mundo corren mucho peligro de perder el espíritu y hasta la vocación‖101.
Nos saca a país extraño
No obstante las exhortaciones a mantenerse en calma y a reorganizar la vida de los conventos, la madre Trinidad consideró que sería más oportuno buscar algún refugio en el extranjero para sus ―palomicas‖. Entre las diferentes opciones, la madre consideró la posibilidad de trasladar a las hermanas a Italia y a París, aunque finalmente la nueva fundación se realizaría en Portugal.
La opción italiana fue desechada porque económicamente era inviable y porque las posibilidades de conseguir vocaciones eran escasas. La alternativa de París era alentada por un sacerdote franciscano que se ocuparía de conseguir los permisos y de agenciarle apoyos económicos. Tan decidida estaba a iniciar la fundación en París para darles un refugio a las hermanas de Chauchina y Berja que el 14 de julio de 1933 iba rumbo a la ciudad luz. Habiendo llegado a Madrid, la madre Trinidad, la madre Patrocinio y sor Ángeles, visitaron al Nuncio con la intención de conseguir una carta de presentación de su parte, quien no accedió a dárselas, sino que las envió a iniciar una fundación en Portugal.
La madre Trinidad acogió este repentino cambio de planes con espíritu de fe. Así lo registra en sus memorias:
100 C Palomo, Vida y obra, 137
101 C. Palomo, Vida y obra, 139.
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―Nos hizo desistir de la fundación en París; y nos aconsejó con luz del Espíritu Santo, pues se interesaba mucho por el amor que tuvo a nuestro Cardenal, y nos dijo: ―Vayan a Portugal y digan a los padres jesuitas españoles, las envío y recomiendo con todo interés para que las dirijan y ayuden y tomen bajo su cuidado‖102.
Sin embargo, las dificultades no terminarían, porque el obispo auxiliar de Granada era de la idea que las hermanas debían ir a París a realizar allá la fundación, por esa razón volvieron a presentarse ante el Nuncio en Madrid, quien recordándoles que su aprobación definitiva estaba en proceso en Roma, las persuadió de que viajaran a Portugal. La Madre Trinidad vio en esa decisión la voluntad de Dios y así se lo comunicó a sus compañeras:
―¡así son todas las obras de Dios en sus principios! y que como nosotras no queremos ni buscamos otra cosa que la gloria de Dios en la obediencia, que sujetándonos a ella, no debemos temer, que tengan fe y veamos una providencia del Señor en aquella reprensión‖103.
De inmediato, el 31 de julio de 1933, y aunque no disponían de recursos económicos, se acogió al Señor para que
―moviera el corazón de la señora Marquesa de Montefuerte a darnos para el viaje‖ y efectivamente lo hizo pues ―ayer tarde vino tan cariñosa y amable, y me entregó dos mil pesetas, que yo no esperaba. Vi que nuestro Señor había tocado aquella buena señora para ayudarnos a realizar este viaje que es tan del agrado de su divino Corazón‖104.
El Señor le iría abriendo caminos, le iría facilitando las cosas para partir hacia Portugal y en todas esas señales, la Madre Trinidad iría descubriendo la forma discreta como el Señor la lanzaba hacia un país extraño. Para una mujer de 55 años no sería nada fácil vivir en actitud de peregrina, si la madre Trinidad conseguía hacerlo era porque sentía vivamente a su lado la presencia de Dios, como bien lo registran un testimonio de esos días:
―llevamos dentro de nuestros corazones al Todopoderoso que nos sacó de ese bendito palomar, para que coloquemos otro nido de palomicas que le arrullen y adoren por el triunfo de nuestra religión en España… y nos saca a país extraño desde donde él quiere que ofrezcamos nuestros trabajos y sacrificios para conservar esos dos palomarcitos sin que le toquen las uñas sangrientas del infernal gavilán‖105.
El Señor nos quiere aquí y nos dará los medios
La primera ciudad portuguesa a donde llegaron en su camino de peregrinación fue Oporto, pero tanto las religiosas del Servicio Doméstico como los jesuitas del lugar, consideraron que Braga era una ciudad con una religiosidad más viva y que ahí
102 Escritos 2, 73.
103 Escritos 4, 34.
104 Escritos 4, 35.
105 Escritos 4, 37.
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encontrarían el apoyo necesario del obispo para establecer su fundación. Efectivamente el 5 de agosto de 1933 llegaron a Braga, se presentaron ante el arzobispo del lugar, quien se ofreció a auxiliarles para conseguir la aprobación de Roma y para realizar la fundación portuguesa. La buena acogida del arzobispo quedó patente en que a una semana de haberlas conocido, envió a Roma la documentación necesaria.
Los comienzos de la tercera fundación estaban en marcha, el 28 de agosto consiguieron en renta un local apropiado para realizar su vida de adoración y recogimiento. En la navidad del mismo año llegó el permiso de Roma, pero también llegó una carta del obispo auxiliar de Granada, donde les ordenaba que ella y sus compañeras se reintegraran cuanto antes al convento de Berja.
La versión fresca de la protagonista vale más que todas las recensiones tardías que pudiéramos hacer ahora, por eso recogemos en seguida el siguiente testimonio:
―Recibimos una orden del Sr. Vicario Obispo auxiliar por telegrama diciéndonos: ―Véngase inmediatamente con las compañeras y reintégrense a su convento de Berja, aunque tengan concedido el permiso de fundación‖. Llevé el telegrama al Sr. Arzobispo Primado y le manifesté mis apuros, que bondadosamente me oyó y dijo: ―ustedes no deben irse, está concedida la fundación que yo pedí, y ya no son de aquella diócesis, fican aquí‖. ―Al día siguiente, otro telegrama negándose a enviar las monjas pedidas. Volví al Sr. Arzobispo, que me autorizó a ir por ellas a Almeria y Granada. Aprovechando la ida de la Sra. Vizcondesa de Termens por nosotras, salimos el día primero de enero en su taxi, que no pude seguir por la enfermedad. Quedé en las Terciarias Misioneras de María de Lisboa unos días y de allí salí acompañada con dos postulantes en el tren de Villa Real de Santo Antonio por Huelva a Sevilla y Granada‖106.
Luego de algunos meses la sede arzobispal de Granada contaba con un nuevo titular, don Agustín Parrado García, quien el 8 de noviembre le concedió el permiso para que salieran ocho monjas del convento de Berja para fundar el de Braga. No obstante, no le aceptó la renuncia al cargo de abadesa en Berja, porque tuvo que continuar a cargo de ambas comunidades. El día 8 de diciembre de 1934 quedó constituida la comunidad eucarística de Braga. La primera casa situada en la rua de Dom Pedro resultó insuficiente, por lo que a mediados de enero de 1935 se trasladaron a una casa en santa Tecla a las afueras de Braga. Como era una casa rentada, surgieron dificultades y tuvieron que marcharse, para establecerse en una casa propia en octubre de 1935.
Para sacar adelante este nuevo proyecto la madre Trinidad echó mano de los propios recursos de las dotes de que disponían las hermanas llegadas a de Braga. A la vez, se auxilió de algunos de los sacerdotes que la habían venido apoyando en Portugal; de manera especial cabe mencionar el apoyo del padre Juan Cuenca, quien vino desde España para ayudarle a gestionar la compra de la casa, y el apoyo económico de la vizcondesa de Termens. A partir de cuanto hemos referido, podemos apuntar que las dificultades no la doblegaban, pues como ella misma decía ―las tempestades me animan, creyendo es cuando se ama a Dios y me mejoro‖. Y si bien las dificultades numerosas que afrontó a lo largo de su vida no la doblegaron, tampoco las asumió con autosuficiencia o intrepidez, sino que supo ir asociando numerosas voluntades, de todos
106 Escritos 2, 74.
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los niveles sociales, de los diversos sectores de la Iglesia, lo mismo visitaba nuncios y obispos, que sacerdotes españoles o portugueses, gente conocida o hermanas religiosas recién encontradas. Con la confianza de que la obra era de Dios, podemos decir, que iba aprovechando su capacidad organizativa y de liderazgo para sumar recursos y voluntades a la obra que Dios le había confiado.
¿No será ese el cáliz que Jesús me pedía bebiese?
Cuando leemos una y otra vez la memoria de esta religiosa contemplativa y emprendedora, que lo mismo pasaba horas enteras entregada a la adoración eucarística y al diálogo intimo con su Señor, que tomaba el tren, contrataba albañiles, cuidaba de los pagos al carnicero y al panadero, o encargaba a las hermanas que no permitieran que se perdieran las gallinas107 , pensamos en que era una persona con un enorme capacidad para vivir la vida mixta que finalmente asumirá como carisma, la comunidad de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios.
Al reflexionar en los desafíos que la madre Trinidad debe afrontar cuando bajo su responsabilidad, recae la vida de tres comunidades: Chauchina, Berja y Braga, no podemos dejar de establecer, con la debida proporción guardada, un paralelismo con el apóstol san Pablo. El apóstol fundaba una comunidad, la contagiaba de su amor y su fe a Jesucristo, implementaba una organización y unos ministerios en cada iglesia y partía a otra ciudad para seguir anunciando el evangelio a los paganos. Habiendo fundado san Pablo la iglesia de Corinto se traslada a Efeso para fundar ahí la comunidad cristiana, y de repente le llegan cartas y visitas que le informan de los conflictos y contratiempos que sacuden a esa Iglesia. San Pablo no puede viajar cuantas veces quisiera para acompañar personalmente a cada una de las iglesias, que viven alguna situación difícil. Por tanto, recurre a las cartas, ora por las comunidades, las encomienda a Dios y solo en casos extremos las visita personalmente.
Así como san Pablo ―realiza viajes a pie… con peligros en la ciudad… muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropa. Y aparte de eso exterior, la carga de cada día, la preocupación por todas las comunidades. ¿Quién enferma sin que yo enferme? ¿Quién cae sin que a mi me de fiebre‖ (2 Cor 11, 26-29), la madre Trinidad vivirá como mujer itinerante y contemplativa llevando consigo la carga de todas las comunidades de religiosas que había ido fundando.
Motivo de preocupaciones especiales fue sin duda la separación del convento de Chauchina; esa separación se fue gestando por algunos malentendidos en ocasión de la fundación del convento de Braga en Portugal. Al parecer la causa que terminó por llevar a la separación, fue que la abadesa de Chauchina no estuvo de acuerdo en que la madre Trinidad llevara a algunas hermanas de ese convento para la fundación portuguesa. Ella vivió esa separación con espíritu cristiano, sin incubar en su corazón ningún resentimiento, sino admitiéndolo como parte del camino por el cual se asociaría en condición de víctima con Jesús crucificado. He aquí su testimonio:
―si el Señor me pide que aquellas primeras hijas que con vosotras me siguieron voluntariamente con promesas de seguirme hasta el fin se separan… ¿no será ese el cáliz que Jesús me pedía bebiese?... Si él así me lo pide, él cuidará de ellas y me concederá lo que tanto le he pedido que ninguna de cuantas abracen y observen la vida que os mostré desde el principio se aparte jamás del divino Maestro, ni salga de su escuela y que
107 C. Palomo, Vida y obra, Ver nota 171 en la página 153.
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nuestra Madre dulcísimo sea siempre vuestra madre Superiora y Maestra que los lleve a Jesús, abogue en mi juicio para que perdonados los pecados, como yo las perdono y amo con toda mi alma, les conceda el Reino de Cristo; que con todas las veras de mi alma pido a la Santísima Trinidad por la Sangre preciosísima de Jesús, y los Dolores de su Madre María Santísima, nuestra dulce madre, y del bendito padre san José, nuestro celestial patrono y administrador y abogado, y el seráfico padre san Francisco y madre santa Clara, nos conceda reunirnos todas con él en la Patria verdadera del cielo ‖108.
Juzgamos conveniente transcribir íntegro este testimonio porque nos permite adentrarnos en el corazón magnánimo de la madre Trinidad. Ella reconoce su responsabilidad y pide a la Virgen le perdone los pecados que cometió en esos momentos de fricciones y suplica también el perdón para sus hermanas. Es consciente de que la reunificación de esa comunidad parece imposible, y espera que un día, en la patria verdadera, se alcance la comunión plena.
Dos vidas hermanas
Probablemente el asunto de la separación de la comunidad de Chauchina, fue el acicate que animó a la madre Trinidad a retomar la cuestión de la aprobación definitiva de las Constituciones; aprobación que había quedado interrumpida luego de la muerte del cardenal Casanova en 1930. Se auxilió del padre Isacio Morán para redactar las Constituciones y enviarlas posteriormente a Roma a la Sagrada Congregación de Religiosos. Al no recibir una respuesta con la prontitud que ella esperaba, se decidió a marchar personalmente a Roma, alentada por los consejos y el buen ánimo del obispo de Cádiz, don Ramon Pérez, quien durante un buen tiempo sería su nuevo protector y consejero.
El 10 de noviembre de 1935 llegó la madre Trinidad a Roma, presentó su situación a la consideración del jesuita padre Torre, quien sabiendo de la separación de la casa madre de Chauchina, juzgó que la gestión resultaría fallida. Cuando parecía que su viaje había sido infructuoso, la madre Trinidad decidió ir a hacer oración a la Basílica de san Pedro, encontrándose providencialmente con un franciscano, el padre Esteban Marcos, quien le propondría una alternativa, que no se distinguía mucho de lo que varios años atrás, le había pedido el cardenal Casanova.: pasar de ser una Orden a una Congregación con un nuevo régimen de vida mixta, dedicándose a la adoración eucarística y a las obras apostólicas.
Este planteamiento era ya conocido, aunque todavía no asimilado como bien sabemos, desde años atrás por la Madre Trinidad, quien, sin embargo, no acababa de convencerse de que esa fuera la voluntad de Dios. Permaneció 15 días en Roma sin alcanzar una decisión clara y a sugerencia del padre Esteban Marcos, viajó a Asís, buscando discernir si la transformación de vida que le proponían, era conforme a la voluntad de Dios. Estando en la tumba de santa Clara en oración, y colocando a los pies de la tumba de santa Clara las constituciones, escribió esta súplica:
―¡Madre mía! Si aprobáis esta transformación de vida, alcanzarme del Corazón divino de Jesús sacramentado que la Santa Iglesia nos apruebe y bendiga, y si no es voluntad de nuestro Señor y del Santo padre san Francisco y vuestra este cambio de vida, déjame aquí morir sepultada a
108 Escritos 4, 65-66.
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tus pies, antes que pueda separarme, y conmigo vuestras hijas presentes y futuras, de vuestro espíritu de penitencia, humildad y pobreza que nos dejasteis en vuestra Regla. Y como un rayo de luz sentí que, levantándose del féretro o urna que contenía las reliquias de su sagrado cuerpo, me abrazó felicitándome, dijo: ―Bebiste el espíritu en nuestro colegio, formando en tu corazón de niña en el amor que al Seráfico Padre le consumía ¡El amor no es amado!, y el Espíritu Santo desarrolló en tu alma los dos amores, ideales que hasta ahora no vieron en los siglos pasados amor, adoración y reparación a Jesús Sacramentado, y repartir ese Pan divino Eucarístico a los niños pobres que mueren de hambre, porque teniendo un alma, sin alimento espiritual mueven en la indigencia; alimentar las almas de los desvalidos, enfermos de alma, con el Pan de los ángeles, lavando sus miserias con los Sacramentos y la Doctrina cristiana, para que el mundo no perezca en la incredulidad y en el paganismo; no perdéis nada, ganaréis en el cielo la palma y corona de los apóstoles y misioneros‖.
¿Qué sentí? Salí de allí toda cambiada: curó el dolor que me tenía agobiada y no podía andar, el alma fortalecida con la gracia que el Señor acababa de hacerme; bajaba del santuario acompañada de la M. Secretaria, sor Teresa de Jesús, que me preguntaba ¿qué le ha dicho la santa Madre? ¡Mucho!, le dije; no podía hablar. Ni en Roma sentimos a Dios nuestro Señor hablarnos tan claro como en Asís‖109.
Efectivamente, retomando la respuesta que recibió de santa Clara, descubrimos que la propia vida de la madre Trinidad era el testimonio palpable de la conveniencia de establecer la vida mixta. Ella había asimilado los dos amores –adoración a Jesús y amor a los necesitados-- en un colegio animado por la espiritualidad franciscana de unas monjas clarisas de clausura. El regreso a Braga fue otra cosa. La madre estaba convencida del camino que Dios le pedía y ahora finalmente, veía claramente por donde habría de orientar el futuro de la fundación.
Como no fiarme de la que me las había salvado a todas
Durante los años de la guerra civil, especialmente a fines del año 1936 arreciaban las hostilidades hacia las comunidades religiosas en la zona dominada por los revolucionarios. La madre Trinidad vivió esos meses con mucho dolor e incomodidad interior, pues sentía que el calvario que sufrían las hermanas en Berja había sido en parte ocasionado por ella, por llevarlas ―como ovejitas al matadero‖. Hasta llegó a pensar que las hermanas de ese convento habían ―sido profanadas o muertas y desaparecido el monasterio y santuario‖. Al celebrar solemnemente el día de san Francisco, el 4 de octubre, le expuso con viva fe sus preocupaciones y alcanzó una paz interior, que le permitió entender que el santo de Asís había visitado su alma, dándole una
―luz clarísima en aquella prueba, y encendió en mi corazón el fuego de su amor con una confianza ilimitada en el amparo y protección que sobre nosotras tenía el Corazón eucarístico de Jesús por medio del seráfico padre san Francisco‖110.
109 Escritos 7, 111-112.
110 Escritos 6, 157.
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Poco a poco fueron llegándole hasta Portugal noticias sobre la situación de las hermanas. Además de encomendar a Dios a las hermanas y de mantenerse informada, la madre Trinidad emprendió un viaje a Gibraltar, para rescatar a las hermanas de Berja. Logrando llevarlas hasta Chauchina, recibió un duro golpe, cuando las monjas del convento madre se negaron a acoger a las cuatro hermanas recién rescatadas del santuario de Berja. Finalmente con el auxilio de otras personas, logró trasladarlas a todas, sanas y salvas a las nuevas fundaciones portuguesas, que para esos años ya eran tres: Braga, Oporto y Orense.
Cuando concluyeron en el año de 1939 las hostilidades de la guerra civil, la madre logró visitar el convento de Berja, dándose cuenta por sus propios ojos de que la destrucción había sido total. Contra la opinión de quienes le aconsejaban abandonar ese proyecto para realizar una fundación en otro lugar más adecuado, ella se dirigió a hacer oración en medio de las ruinas del santuario de la Virgen de Gádor, para agradecerle que le había salvado a todas las hermanas, y comprendió que
―la Santísima Virgen de Gádor me pedía orásemos e hiciésemos penitencia por su pueblo ingrato a quien quería salvar por medio de la penitencia y la oración de sus hijas, las Capuchinas Eucarísticas‖.111
Salió fortalecida del que fuera el camarín de la Virgen, prometiéndole que sus hijas volverían y ella misma también, para desagraviarla y acompañarla en ese pueblo de Berja.
Esta desgarradora ruptura de la paz social y la unión del pueblo español, no solamente dejó en la madre Trinidad preocupaciones y penas, sino una firme determinación de asumir los retos que la situación de la posguerra le ponía delante. Podemos afirmar, que la decisión de asumir la vida mixta como el carisma definitivo de la comunidad, se le presentó con mayor claridad en los años de la guerra civil. La salida obligada de los conventos para proteger a sus hermanas, el contacto con las miserias humanas que había dejado la guerra civil, le permitió palpar el dolor de numerosas niñas abandonadas y desamparadas; ese entre otros motivos, le ayudó a asumir la transformación decisiva de la orden en una congregación.
De esta manera lo relata con gran humildad en una de sus cartas:
―Cuando nosotras delineábamos…su dedo divino escribía lo contrario; queríamos seguir su voluntad santísima en adorarle día y noche con más penitencia y austeridad, con mayor retiro de criaturas, con estrecha clausura, con más vida de contemplación y retiro; y Jesucristo Sacramentado nos sostuvo en el tabor los 6 ó 7 primeros años… y vino la Revolución a echarnos de nuestros conventos y de nuestra Patria… para que entendiésemos su voluntad santísima manifestada por los hechos y por los prelados de Roma‖112.
Como en otras muchas situaciones en la historia de la salvación. A través de los males y la destrucción que trajo la guerra civil española, se derivó un bien enorme para la comunidad de las Esclavas Eucarísticas, que se abrieron generosamente a servir al Señor
111 Escritos 6, 173.
112 Escritos 7, 153.
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―en las almas de los pequeñitos, de las niñas abandonadas y pobres, gratuitamente educarlas en Cristo Señor nuestro, estas almitas que formarán las familias de mañana y atraerán el reinado de Jesucristo en las familias en la sociedad y en el mundo entero‖113.
La Constitución Dei Verbum del Concilio Vaticano II nos refiere con toda claridad que Dios se revela a través de ―obras y palabras íntimamente relacionadas‖114. Las palabras explican y proclaman el sentido de los hechos y los hechos confirman el valor de las palabras. En el caso presente, Dios se manifestó a la Madre Trinidad en la historia del pueblo español, y ella supo discernir y conciliar el mensaje de Dios presente en la dolorosa historia acontecida y en la enseñanza y las directrices de los obispos y el Papa. En ese sentido la congregación de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la madre de Dios, tienen que mantenerse fieles a esa espiritualidad y discernir la voluntad de Dios en la Palabra escrita y en la palabra acontecida. La fidelidad al evangelio, a sus propias constituciones y a su carisma fundacional es fidelidad a la palabra escrita; esa misma fidelidad también se discierne en la palabra acontecida en el vivir cotidiano, en la lectura orante de los signos de los tiempos y en la acogida de los desafíos que las hermanas van percibiendo en el contacto diario con las personas y comunidades en los diferentes lugares donde mantienen sus obras apostólicas.
Mucha vida interior, mucha vida interior, mucha vida interior y mucho amor a la Iglesia
En 1947 se presentó la oportunidad de marchar a Italia para implementar una nueva fundación en Formia, y le pareció a la madre Trinidad que era el momento oportuno para empujar el asunto de la aprobación definitiva de las Constituciones. De su comparencia ante el Papa Pío XII en una audiencia privada nos participa el siguiente testimonio, sentía
―ansias de preguntar al Santo Padre me dijese cuál sería más agradable al Señor: seguir la vida eucarística de contemplación, con la enseñanza de las niñas pobres, sin perder el espíritu interior, o dejarlas de lleno esa multiplicidad de obras que gastan todo el día fuera de casa para atender a las exigencias de imposiciones de asilos o patronatos, dispensándolas de todos los actos de comunidad, de oración, adoración etc.
Toda preocupada pensaba ¿cómo expresaría mis necesidades y deseos al Santo Padre? Lo encomendé a nuestra madre santísima hablase ella por mí. ¡Oh corazón Inmaculado y purísimo de nuestra madre María Santísima, ella manifestó mis deseos al Santo Padre, y como si estuviese preparado por ella… sin que nosotras hablásemos, nos contestó al decirle a lo que nos dedicábamos: ―Mucha vida interior, mucha vida interior, mucha vida interior (dijo tres veces con los brazos en cruz y sus ojos elevados al Cielo) y mucho amor a la Iglesia‖. Nos bendijo paternalmente encargándonos una bendición especialísima a todas nuestras religiosas de nuestra congregación, a sus familias y bienhechores, etc. Besamos y pie y salí llena de gozo. Como si bajara del cielo salí de la audiencia privada del Papa, y me duró la impresión dulcísimo que la Santísima virgen nos daba por el Vicario de Jesucristo en la tierra las normas a seguir, nuestra
113 Escritos 7, 155.
114 Dei Verbum 2.
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vida eucarística de contemplación para hacer fecunda la misión altísima de acercarle las almas inocentes de las niñas pobres abandonadas a Dios con abundantes frutos‖115.
Con la certidumbre de haber conocido cual era el ideal que la comunidad debía asumir, comenzó con gran determinación a propagar el carisma de la congregación y a multiplicar el número de obras apostólicas. El mismo Papa Pío XII aprobó definitivamente a la Congregación con el nombre de ―Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios‖ y confirmó las Constituciones el 10 de enero de 1949.
El Viernes Santo 15 de abril de 1949
La madre Trinidad había vivido una vida itinerante y austera que se había prolongado durante siete décadas, realizando durante muchos años duras penitencias y mortificaciones constantes, que terminaron por doblegarla. Con la ayuda de Dios y el apoyo de sus hermanas había superado varias afecciones respiratorias, cardíacas y pulmonares, hasta que finalmente murió de cáncer el viernes santo de 1949.
La identificación con Cristo había sido la razón de ser de toda su vida. La madre Trinidad se hizo victima y terminó sus días haciendo vida aquello que dijera uno de las grandes seguidores de Jesús, el apóstol san Pablo en su carta a los Colosenses: ―ahora me alegro de sufrir por ustedes, pues voy completando en mi carne mortal lo que falta a las penalidades del Mesías por su cuerpo, que es la Iglesia‖ (Col 1, 24). Como víctima había vivido su espiritualidad eucarística, y como víctima terminó sus días sellando con tu testimonio la entrega plena y total a Jesús.
115 Escritos 5, 31.
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V. Vayan por todo el mundo y hagan discípulos
El evangelio de san Mateo nos presenta al cierre de su obra a Jesús de Nazaret, como el Señor resucitado que convoca a los doce en un monte de Galilea, donde se les manifiesta como soberano de la creación y les encomienda la tarea de hacer discípulos, de enseñar y de bautizar a todo el que se disponga a creer (―Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos, bautícenlos para consagrárselos al Padre y al Hijo y al Espíritu –Santo, y enséñenles a guardar todo lo que les mandé; miren que yo estoy con ustedes cada día hasta el fin del mundo‖ Mt 28,19-20) .
La vocación misionera de la iglesia no termina. El Señor resucitado acompaña como verdadero Emmanuel, Dios con nosotros, a la comunidad de los discípulos. Él vive en medio de nosotros y continúa vivo y presente en la comunidad de los creyentes, en la Eucaristía y en la Palabra que se proclama en medio de la asamblea de los bautizados. Los discípulos de Jesús hemos creído en el amor del Padre revelado en su hijo Jesucristo, porque una ininterrumpida secuencia de testigos, nos han compartido su fe viva y operante.
Estamos convencidos que la fe se transmite viviéndola, que la confianza en Dios se comparte gracias a la mediación de sus testigos. Y aunque afirmamos sin vacilar que muchas comunidades contemplativas realizan una intensa labor misionera, y que también en una primera fase de su vida, la madre Trinidad consideró que desde la clausura podría realizar una labor misionera:
―¡que hermosa es nuestra misión‖ ¡que bella y sublime‖, que adorando a Jesús Sacramentado y sin salir de nuestro convento, formar hogares cristianos, seamos cooperadoras quizás en la formación de santos sacerdotes y misioneros‖116.
Posteriormente, atendiendo a los impulsos del espíritu se abrió a la misión de trabajar
―fielmente por vuestra gloria en bien de las almas de los pequeños pobres y abandonados‖117.
La madre Trinidad acogió sin vacilar la vocación eucarística y verdaderamente apostólica que Dios le confiaba:
―difundir y prender este fuego de amor divino en las almas de los pequeñitos, de las niñas abandonadas y pobres, gratuitamente educarlas en Cristo... estas almitas que formarán las familias de mañana atraerán el reinado de Jesucristo en las familias, en la sociedad y en el mundo entero‖118.
En una búsqueda honesta y dolorosa que se prolongó a lo largo de tres décadas, la madre Trinidad iba viviendo como solemos vivir todos los discípulos de Jesús, ―a tientas‖, sin seguir un guión preescrito de antemano, sino en medio de dudas y vacilaciones, sufriendo resistencias interiores y acogiendo los desafíos del exterior; viviendo todo ese proceso en un clima de orante fidelidad a Jesús sacramentado.
No tiene caso, ni hace falta que idealicemos su proceso fundacional, hasta convertir su vida en un camino espiritual inalcanzable para los cristianos de a pie. La
116 Escritos 4, 125.
117 Escritos 7, 80.
118 Escritos 7, 155.
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forma tradicional en que se presentaba de manera muy idealizada la vida de los santos y fundadores ha quedado en el pasado, ahora se les presenta con mayor sencillez y transparencia, mostrándolos como personas que vivieron un camino de conversión y acercamiento constante a Dios, y que sin duda, ese proceso incluyó momentos de crisis y de confusión. De esa manera, el cristiano que conoce la vida sencilla de los hombres y mujeres ejemplares que siguieron a Jesús con decisión, se siente animado a emprender con mayor esperanza su propio camino cristiano.
Escribimos estas páginas, porque consideramos que para despertarnos del letargo y la dispersión en que vivimos tantos cristianos alienados por afanes banales, hace falta volver la mirada a la vida de hombres y mujeres, iguales a nosotros, que tuvieron la determinación de vivir su vocación cristiana, de frente a los desafíos y llamados que Dios les manifestaba en las necesidades y sufrimientos de sus hermanos.
La madre Trinidad respondió a Dios con generosidad y multiplicó en la medida de sus posibilidades sus obras apostólicas, atendiendo a las niñez de su tiempo con proyectos educativos y evangelizadores, que resistiendo al clima de secularización e indiferencia religiosa imperantes en nuestras sociedades, siguen llevando ―el fuego de la Eucaristía‖ y la verdad del evangelio, a muchas familias y comunidades.
En la actualidad la obra de las Esclavas de la santísima Eucarística y de la madre de Dios está presente en 7 países, en España mantienen 6 comunidades, las cuales están presentes en Berja, Orense, Granada, Madrid, Bilbao y Los Negrales, en esas casas realizan predominantemente una labor educativa con la niñez y la juventud en sus colegios, y apoyan de diferentes maneras la evangelización en distintas comunidades parroquiales. En Portugal se encuentra el mayor número de comunidades, contando con 8 casas: Braga, Oporto, Laveiras-Caxias, Lisboa, Viana do Alentejo, S. Brás de Alportel, Fátima y Fundao, ahí sostienen y animan la educación desde el nivel de guarderías infantiles hasta el nivel universitario, combinando esas tareas con la pastoral catequética y litúrgica en las parroquias. En particular realizan una labor de acogida de peregrinos que visitan el santuario de Fátima y sostienen una obra social y educativa en un internado que ofrece formación tecnológica y profesional para jóvenes varones.
La presencia de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y la Madre de Dios es también muy importante en Angola, a donde llegaron por primera vez en 1968, en plena euforia misionera del postconcilio; ahí mantienen activas 7 comunidades. En Luanda en la casa de Cristo Rey y en Catete colaboran en proyectos de promoción humana, sosteniendo proyectos del Programa Mundial de alimentación y alentando la catequesis parroquial. En Luanda en la casa Mae de Deus (Madre de Dios), y en Ondjiva-Cunene y en Namibe están insertas en los proyectos catequéticos de las respectivas parroquias y colaboran en proyectos educativos implementados por el estado. Finalmente en Lubango cuentan por un lado con el noviciado de Angola en Santa Teresina y en Anjo da Guarda (Ángel de la Guarda) con una obra social y educativa.
En Cabo Verde cuentan también con dos comunidades, una fundada en 1981 en Ilha do Maio, donde ofrecen enseñanza básica del primer al 6º. Grado y a su vez proporcionan servicios de enfermería y realizan otros encargos pastorales. A Ilha de Santiago-Praia llegaron en 1991 para ocuparse de la enseñanza en un jardín de niños y apoyar la pastoral juvenil y la liturgia en la parroquia del lugar.
Por lo que respecta al continente americano están presentes en tres países, México, Perú y Venezuela. En Perú tienen dos comunidades, una en Lima, a donde llegaron el año de 1959, y donde animan el ―Colegio Regina Pacis‖ ocupándose de la educación de niñas desde los 3 a los 17 años. Ahí también realizan trabajos de promoción humana con mujeres y madres de familia necesitadas, a quienes ofrecen cursos de corte y confección. En La Pampa se encargan de la atención pastoral de la
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comunidad, la cual no cuenta con la presencia de un sacerdote, por lo cual las hermanas asumen los ministerios de la catequesis y la animación litúrgica.
En Venezuela están presentes desde el año de 1961 y atienden el ―Colegio Mater Dei‖, donde educan a la niñez desde los 3 a los 17 años, y auxilian a la parroquia con programas de preparación catequética.
Finalmente en México cuentan con tres comunidades. La primera fue fundada en 1948 en la ciudad de México, justamente en la emblemática fecha del 12 de octubre, las primeras hermanas de la congregación desembarcaron en nuestro país, colmando el anhelo de la madre Trinidad de realizar fundaciones en América. En la capital cuentan con dos colegios, el Miraflores que ofrece enseñanza desde el nivel de guardería hasta preparatoria y el ―Colegio Ángel Matute‖, donde imparten educación, desde jardín de niños hasta preparatoria a niños provenientes de familias con menores recursos. De esa manera se logra crear una solidaridad eficaz entre las comunidades educativas de ambas instituciones y se da cumplimiento al encargo reiterado de la madre Trinidad de atender a las niñas pobres.
En León Guanajuato la congregación está presente desde el año de 1958, ahí atienden el colegio Miraflores desde el nivel de preescolar hasta preparatoria, ahí mismo se encuentra el noviciado para las comunidades establecidas en Perú, México y Venezuela. Durante su tiempo de noviciado, las novicias apoyan a alguna parroquia en tareas de catequesis. Otras dos instituciones educativas se encuentran en la ciudad de Toluca.
Después de haber presentado de manera concisa las obras apostólicas que realizan las Esclavas de la Santísima Eucarístia y de la Madre de Dios, queremos establecer algunas conclusiones finales acerca de la fundación. Estos comentarios se dividen en tres partes, en un primer momento realizaremos un paralelismo entre Santa Teresa y la madre Trinidad y posteriormente abordaremos las cuestiones relativas a la pedagogía y la educación que caracterizan a dicha congregación.
Santa Teresa y la madre Trinidad
Dos mujeres cristianas, dos religiosas españolas unidas entre sí por numerosos rasgos comunes. En primer lugar podemos destacar su enorme coherencia, pues cuando una y otra, descubrieron en sus respectivas comunidades de origen, que la espiritualidad de sus respectivas órdenes, carmelita en el caso de santa Teresa y capuchina en el caso de la madre Trinidad, habían perdido algo de su fervor y entusiasmo originales, se decidieron a trabajar intensamente, en medio de crecientes dificultades, por la reforma de sus comunidades.
La madre Trinidad no logró institucionalizar la reforma en su comunidad de origen, en san Antón, tuvo que salir a fundar la nueva comunidad de Chauchina para iniciar ahí la reforma de la adoración permanente y diurna al Santísimo, el gobierno centralizado y el noviciado común. Santa Teresa tuvo que salir en 1562 del convento de la Encarnación en Ávila para fundar el primer monasterio de carmelitas descalzas en san José. Santa Teresa había notado y ella misma había participado del relajamiento de la espiritualidad carmelitana., pues los recibidores o locutorios de los conventos se habían convertido en centros de reunión de las damas y caballeros de la ciudad de Ávila, y ella misma como amena conversadora, pasaba horas enteras dedicada a esos menesteres, al punto que ―el tiempo se le iba en desear que los minutos pasaran pronto y que la campana anunciase el fin de la meditación, en vez de reflexionar en las cosas santas‖.
Para implementar la reforma Santa Teresa contó con la ayuda de san Pedro de Alcántara, con la del dominico Domingo Bañez, y con san Juan de la Cruz, quien también le apoyó en la reforma de los conventos de carmelitas varones. Santa Teresa
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misma fundó tres conventos de carmelitas descalzos, el de Duruelo en 1568, el de Pastrana en 1569, mientras que los restantes, fueron fundados por san Juan de la Cruz. La madre Trinidad supo también hacerse ayudar de numerosos sacerdotes, desde el padre Ambrosio de Valencina, el cardenal Casanova, el padre Esteban Marcos y muchos más que le ayudaron a discernir la voluntad de Dios y a aplicar su proyecto de reforma.
En segundo lugar podemos decir que ambas advirtieron en una visión de una imagen de Jesús, el nuevo sentido que tenían que darle a su vida. Santa Teresa tuvo en 1555 la visión del Cristo llagado, que la instaba a vivir una vida más fervorosa, dedicándose con gran decisión a la oración, a la penitencia y a la asistencia de los enfermos. La madre Trinidad sintió que el Señor se le presento en junio de 1923
―desgarrado y lleno de sangre y heridas‖, pidiéndole ―quiero conventos de capuchinas adoradoras que uniendo la oración y adoración a la penitencia vida de abstracción y recogimiento se consagren a la continua adoración de mi amor sacramentado abandonado en el tabernáculo‖119.
En tercer lugar conviene destacar una tercera semejanza, ambas enfrentaron numerosas dificultades para llevar a cabo su reforma. Santa Teresa fundó el primer convento en 1562 a las afueras de Ávila y como esa reforma incluía la pobreza absoluta, pues no poseían nada ni en particular, ni en común, sino que tenían que vivir de la caridad diaria de los fieles, recibió desde el principio ataques de las personas de Ávila, que juzgaron que el convento sería una pesada carga para ellos. La madre Trinidad conoció oposición de una parte de las hermanas de san Antón, que se oponían a la reforma y después también resintió la dolorosa ruptura de la comunidad madre de Chauchina.
En cuarto lugar, ambas fundadoras o reformadoras asumieron el camino contemplativo como una opción para reparar y desagraviar a Jesucristo por las infidelidades de muchos cristianos. La madre Trinidad sufría en carne propia el mezquino interés de quienes celebraban el sacramento de la Eucaristía de manera inadecuada y de quienes no correspondían con amor al amor del Esposo; igualmente, se condolía de que, en ocasión de la guerra civil española, muchos conventos e iglesias hubieran sido profanados. Santa Teresa, de igual manera, reafirmó la clausura e invitó a las hermanas a renunciar a las visitas constantes que se acostumbraba hacer en los locutorios y a asumir la vida contemplativa como una especie de reparación por los destrozos llevados a cabo en los monasterios por el Protestantismo en Inglaterra y Alemania.
Finalmente, ambas fundadoras fueron mujeres agobiadas por diversas enfermedades desde sus primeros años, santa Teresa contrajo la tisis palúdica desde temprana edad. Y no obstante eso y aunque vivió en su primera fundación reformada de san José de Ávila ―los años más felices de su vida‖, no se instaló, ni se aferró a la dicha que experimentaba al lado de sus hermanas carmelitas descalzas, sino que viajó infatigablemente por España, fundando de 1562 a 1582, 16 monasterios en distintas ciudades de España. La Madre Trinidad también vivió los años de mayor dicha espiritual en la comunidad madre de Chauchina y no obstante no se aferró a la comodidad de esa vida, sino que emprendió en condiciones de penuria económica, y con la escasa libertad de acción que disponían las mujeres en aquella época, y en particular las religiosas de clausura, un peregrinaje constante para extender sus
119 C Palomo, Vida y obra, 117.
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fundaciones por varios países. Ambas fundadoras lograron superar todos esos obstáculos y caminar distancias en tiempos de paz y de guerra, para propagar la obra que el Señor les había encomendado.
La pedagogía educativa de la madre Trinidad
En primer lugar hemos de resaltar que la labor educativa de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre Dios no puede entenderse como una profesión, ni como un simple oficio magisterial. Es una verdadera vocación que se ha ido acrecentando en el trato personal de cada hermana con el Señor Jesús. La madre Trinidad buscó que las hermanas buscaran caldear sus almas en el fuego divino de la santa Eucaristía. Así lo escribía en el año 1924:
―El alma de una capuchina adoratriz, que dedica toda su fuerza a la santa oración al pie del santo tabernáculo, desde donde recibe a torrentes, luz, bendiciones, gracia y fortaleza, con las armas de la oración y penitencia, vendría muy bien a imprimir su espíritu de fe en las almas inocentes de la niñez, imprimiendo en ellas, como fuego de amor, el amor de Dios y del prójimo que regenera el mundo‖120.
La pedagogía de la madre Trinidad no era logocéntrica, ni discursiva, no estaba fundamentada en la transmisión de conocimientos. Ella bien sabía que en aquellos años había ―innumerables institutos de enseñanza con los últimos adelantos‖ y que ellas eran unas pobres penitentes venidas del desierto de la clausura
―a enseñar, estando necesitadas de ser enseñadas‖. Ella se identificaba con el Bautista, quien había tenido en el desierto una profunda experiencia de Dios y salía igual que aquél a preparar ―los corazones y los espíritus para que reciban dignamente a aquel que viene a salvarnos‖121.
A partir de estos presupuestos podemos decir que la pedagogía de la madre Trinidad era en el genuino sentido de la palabra, una auténtica y verdadera función pedagógica. En efecto, el significado etimológico de la palabra pedagogía, deriva de dos raíces griegas, paisago, conducir. En el más pleno sentido del término pedagogía, su misión consiste en vivir anticipadamente la experiencia del encuentro con Jesús en el sagrario, para ir a buscar a los pequeños y compartirles esa experiencia,
―llevándolos suave y dulcemente a la divina bodega del Sagrario…‖122.
El pedagogo es el acompañante experimentado que lleva de la mano al educando, que lo asiste, y lo inicia en los secretos de la enseñanza y el aprendizaje. En este caso la función pedagógica del carisma de la Congregación, no es un acompañamiento reducido a descifrar los problemas relativos al conocimiento de la naturaleza y del hombre, sino es un acompañamiento y una asistencia que por la vía de la experiencia y el testimonio anima a las personas a vivir la vida de Dios.
120 Escritos 6, 115.
121 Escritos 6, 116.
122 Escritos 6, 115.
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No se consideren como superioras, sino como sus madres
Otra intuición pedagógica importante de la obra de la madre Trinidad radica en la acogida incluyente que se brinda a todas las personas, sin excepción alguna. Así lo escribe con toda claridad:
―se les instruirá gratuitamente por amor de Dios, especialmente a las niñas de las clases pobres y populares. Lo harán con el mismo celo y abnegación que a la clase rica o mediana que quieran ayudar con alguna limosna‖123.
Y en la realización de esa misión asumirían una actitud tierna y amorosa, sin considerarse a sí mismas como superioras, sino como madres. Esa es la misma actitud que asumió el apóstol san Pablo al evangelizar a las comunidades cristianas, su testimonio es elocuente y por eso lo transcribimos: ―Aunque por ser apóstoles del Mesías podríamos reclamar autoridad, los tratamos con delicadeza como una madre cría con mimo a sus hijos‖ (1 Tes 2, 7-8).
La pedagogía educativa radica en la coherencia personal de las hermanas. Ellas no se conciben a sí mismas como transmisoras de conocimientos fríos y abstractos, sino como testigos de una experiencia de amor vivido a plenitud en la Eucaristía y en el servicio al prójimo. La fuerza de convicción con que realizan su labor evangelizadora y educativa no radica en la contundencia lógica de sus argumentos, ni en los títulos académicos que han conseguido, sino en la amorosa solicitud maternal con que acogen y tratan a los pequeños. A ese fin, hace la madre una comparación muy plástica que nos ilustra muy claramente en que aspecto ponía el énfasis:
―espero de vosotros más misioneras humildes que conquisten el corazón de los niños para Dios, que maestras doctoradas con salarios‖124.
Esta opción prioritaria por el ejemplo y el testimonio, obviamente no implicaba que las hermanas se desentendieran de adquirir una preparación adecuada para servir de manera eficaz. De ninguna manera la madre Trinidad alentaría a sus hermanas a realizar su tarea educativa de forma improvisada. Ella sabía que el paso a la vida activa, había que darlo cuando tuvieran ―personal preparado‖125. Y añadía a este propósito:
―la educación de personas amadas no se confía más que a maestros de entera confianza y experimentados‖126.
Líneas de acción para una buena educación de la niñez y la juventud
En 1939, diez años antes de su muerte, justamente el día de Pentecostés, en un clima de discernimiento espiritual, la madre Trinidad intitulaba así un mensaje:
―Muy Rvdas. Madres del Consejo y Superioras, Vicarias y todas mis religiosas, presentes y futuras de nuestra amada Congregación de Clarisas Capuchinas de la Santísima Eucaristía y Madre de Dios‖127.
123 Escritos 3, 168.
124 Escritos 7, 181.
125 Escritos 5, 102.
126 Escritos 7, 194.
127 Escritos 7, 105.
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El encabezado es sin duda solemne y decisivo, incluye un espectro de tiempo muy amplio, pues abarca a las hermanas presentes y futuras. En esas páginas la fundadora está expresando no una orientación cualquiera, sino un pensamiento fundamental, que bien podría considerarse como uno de sus testamentos espirituales.
A casi setenta años de distancia, cuando se formula la cuestión de las líneas de acción que conviene asumir para conseguir una buena educación de la niñez y la juventud, es necesario volver a beber de ese testamento, captar su significado esencial y trasponerlo a las circunstancias y desafíos del tiempo presente.
La obediencia a la voluntad de Dios
Un primer punto sobresaliente será el de cumplir esa misión manteniéndose siempre atentas a la voluntad de Dios. El proyecto educativo no podrá llevarse adelante en base a miras y directrices definidas desde el punto de vista humano, sino desde la fidelidad a la voluntad de Dios, discernida en la contemplación eucarística, en la escucha de la palabra de Dios escrita y en la palabra acontecida en la vida de las personas y comunidades donde las hermanas realizan su misión evangelizadora.
Esto lo aprendió la madre Trinidad a partir de muchas situaciones vividas, entres las cuales cabe recordar la vivencia que experimentó al acompañar a una religiosa a la hora de su muerte, quien hacía su voluntad y pensaba ingenuamente estar haciendo la voluntad de Dios.
―¡Cuánto más se agrada de un alma obediente, que se entrega enteramente a Dios, obedeciendo ¡que las que por propia voluntad se martirizan! Eso es lo que la fundadora considera vivir con espíritu de víctima y así lo dice claramente: ―tenéis explicado el espíritu de víctima, que sacrificando los deseos más íntimos del alma por la gloria de Dios en la salvación de las almas, le damos los dos brazos y los dos pies, que él nos dio; en la entrega que hicimos, en el momento sublime de nuestra consagración a Dios‖128.
La misión educativa conseguirá buenos fines en la medida que sea asumida desde la fidelidad a la voluntad de Dios.
Ni otra ciencia que la caridad de Cristo y del prójimo
Una segunda directriz educativa muy importante tiene que ver con el enfoque específicamente cristiano de la educación. ¿Cuál es el fin último que las hermanas buscan al realizar su labor educativa? La madre fundadora lo dice con toda claridad, hay que
―buscar en los niños pobres abandonados, no el lucro de las pensiones… ni el brillo de los grandes colegios… ni otra ciencia que la caridad de Cristo y del prójimo‖129.
Sin duda el ideario del Colegio Miraflores pretende ser la expresión actualizada del sentir original de la madre Trinidad cuando afirma con las siguientes palabras el alcance de su labor educativa:
128 Escritos 7, 110.
129 Escritos 7. 107.
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―Tratamos de formar hombres libres, dueños de sí mismos y de todos los resortes de su existencia, ya que sin esta libertad, sin este señorío no se puede ―ser para otros… Tratamos de enseñar a buscar momentos de ―interioridad‖ frente al continuo acoso de la “exterioridad” a que están sometidos130.
Las hermanas animarán a los jóvenes y niños a vivir la caridad de Cristo y del prójimo como el valor último que integrará y dará sentido a todo el proceso educativo. Los niños y jóvenes podrán alcanzar una formación humanista, una capacitación idónea para el mundo globalizado y una visión crítica de la realidad en que viven, en la medida que, asimilen esa forma de vivir en el testimonio de la toda comunidad educativa.
Madres netamente cristianas en el hogar doméstico
La madre Trinidad vivió en una cultura donde las mujeres no habían asumido todavía una participación activa en la vida pública, ni en el campo profesional o laboral. Por esa razón consideró que las madres de familia estarían presentes principalmente en su hogar y que desde ahí
―podrían derretir el hielo del corazón de la mujer que viven la mayoría con las malas doctrinas en una especie de paganismo que lo menos que les importa es la educación de los hijos ni la piedad en el hogar‖131.
Si bien, esas circunstancias han cambiado profundamente y ahora muchas madres de familia se han incorporado a la sociedad para cumplir sus metas en el plano profesional y social, no ha perdido validez el diagnóstico que hiciera la fundadora. La educación que las hermanas ofrecen en los colegios pretende trasformar los hogares cristianos. La educación no se reduce a la transmisión de conocimientos teóricos, ni al desarrollo de habilidades, una educación completa pretende conseguir el desarrollo integral de la persona, esto incluye: aprender a conocer, la teoría; aprender a ser, los valores; aprender a hacer, las habilidades y destrezas; aprender a convivir, las actitudes132.
Los colegios apoyan, colaboran con los primeros educadores de los niños y los jóvenes, que indudablemente son sus padres. En ese sentido la misión educativa de la Congregación pretende alentar el desarrollo integral de las personas, quiere educarlos en los valores y actitudes cristianas, y quiere hacerlo en un contexto de marcada indiferencia religiosa, de pragmatismo y relativismo creciente. Por esa razón la educación tendrá nombre y apellido, es una educación cristiana, que está animada por la espiritualidad eucarística y mariana, es decir, una espiritualidad marcada por la donación de sí mismo, la entrega solidaria, la disponibilidad a vivir en calidad de siervos y siervas del Señor Jesús.
Las madres cristianas renueven la faz del mundo
La madre Trinidad consideraba que las madres cristianas habrían de renovar la faz del mundo corrompido por los vicios133. Nosotros incluiríamos también y de forma muy directa, a los padres cristianos, en esta tarea de transformar el mundo. La educación no se agota en el ámbito familiar y personal, sino que también incluye una perspectiva
130 Ideario. ¡Ser para el futuro!, 10-11.
131 Escritos 8, 53.
132 J. L. Palacios, León en el 2025. Competitividad basada en el conocimiento, 152-153.
133 Escritos 7, 213.
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social. La educación pretende capacitar a la persona para convertirla en agente consciente de su desarrollo integral.
―La educación es la mejor garantía del desarrollo personal y del progreso social, ya que, conducida rectamente, no solo prepara a los autores del desarrollo, sino que es también ella la mejor distribuidora del fruto del mismo‖134.
Para lograr que la educación cristiana impacte a la sociedad y la vaya transformando en consonancia con el proyecto del Reino de Dios, la madre Trinidad consideraba que era importante ―enseñar la doctrina cristiana y social‖135. Esta directriz cobra vigencia cuando nos damos cuando que vivimos en un país nominalmente cristiano y a la vez, marcado seriamente por la desigualdad. En un informe reciente de la ONU se documenta que México destaca por su desigualdad, pues en 2006 ―el país se situó en el sitio 103 de 126 naciones estudiadas‖136. Lo que equivale a decir que de las 126 naciones estudiadas, solamente 23 naciones viven condiciones de desigualdad mayores que la nuestra. La espiritualidad eucarística es la espiritualidad de la comunión y la mesa compartida. Esa espiritualidad nos anima a multiplicar los panes y las oportunidades para que las personas alcancen un desarrollo integral.
La educación de la niñez y la juventud implica establecer una sólida conexión entre la fe profesada y las actitudes y opciones éticas que supone esa fe en el plano personal, familiar y social.
134 Medellín, Educación, 10.
135 Escritos 7, 124.
136 www. Reforma.com/negocios/artículo/778611
Conclusión
Queremos concluir estas páginas expresando simplemente nuestra certeza y admiración por la entereza y la fidelidad con la cual la madre Trinidad consiguió resistir a tantos impedimentos y obstáculos de todo género para cumplir su vocación. En ese sentido apreciamos su testimonio creyente, que la convirtió en una mujer de gran esperanza, una mujer que vivió una fidelidad activa y una esperanza perseverante. Esa fe y esa esperanza brotaron de una fuente generosa e inagotable, la de la espiritualidad eucarística.
La existencia cristiana de la Madre Trinidad no quedaba en el plano de las intenciones, ni se apagaba en las reflexiones teóricas, antes bien, fue madurando hasta convertirse, en evangelio vivido como amor intenso a Dios y a sus hermanas. Este conocimiento vivencial del amor de Dios fue el sello distintivo de su vida y a la vez, se convirtió en la razón de ser y en el carisma mismo de la congregación de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios.
Los hombres y mujeres que seguimos creyendo en Jesucristo podemos dirigir nuestra mirada humilde al testimonio de coherencia y de amor genuinamente sincero que vivió la madre Trinidad. Su amor por la Eucaristía no ha envejecido, quizás nosotros tengamos que usar otro lenguaje y otras formas de expresión para vivirlo; sin embargo, su actitud de íntima cercanía, de confianza plena en la presencia de Jesús, es y seguirá siendo la roca firme y el fundamento sobre el cual se construye la vida de la comunidad eclesial.
Los maestros que colaboramos en las distintas obras educativas de la Congregación somos interpelados por la fundadora para que vivamos nuestra vocación de educadores, como testigos de Jesucristo. No basta con ser transmisores de conocimientos abstractos y teóricos, que por muy útiles y necesarios que sean, encuentran su sentido y su razón de ser, cuando el educando alcanza a vivir en una dimensión verdaderamente humanizadora. El valor y el significado de la Eucaristía no es otro que el de la comunión, el de la solidaridad que parte un único pan y lo ofrece a la disposición de todos. La educación que vamos realizando responderá a la intuición cristiana de la fundadora, en la medida que logremos que los y las estudiantes se decidan a vivir para los demás.
Como el profeta Isaías que se ofreció al llamado del Señor diciendo: ―Aquí estoy, envíame‖, las hermanas, los profesores, los alumnos y ex alumnos de los colegios y obras apostólicas de esta Congregación, tenemos que dejarnos quemar por el fuego de la Eucaristía, por la presencia viva del amor de Jesús, por la palabra viva de Dios, para vivir como testigos del amor de Dios en esta hora difícil en que vamos viviendo.
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Bibliografía
Fuentes generales
La Nueva Biblia Española (traducción de L. Alonso Schöckel y Juan Mateos) Madrid: Cristiandad, 1976.
Catecismo de la Iglesia Católica, México: CCM, 1992
Documentos del Concilio Vaticano II. Constituciones, decretos y declaraciones. Madrid: BAC 1986.
Medellín: conclusiones. La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio, Bogotá: CELAM, 1968
Fuentes específicas
AA.VV., ¡Ser para el futuro! Ideario del Colegio Miraflores. No cuenta con información sobre la editorial, el lugar y la fecha de publicación.
Léon-Dufour X, Vocabulario de teología bíblica, Barcelona: Herder, 1985.
Madre Trinidad del Purísimo Corazón de María, Escritos, (edición preparada por Crescencio Palomo Iglesias, O. P.), Madrid: ESEMD, 2002, 8 vols.
Moliner M, Diccionario del uso del español, Madrid: Gredos, 1997, 2 vols.
Neuman M. Cristología. Verdadero Dios y verdadero hombre, Chicago: LoyolaPress, 2006.
Palacios J. Luis, León en el 2025. Competitividad basada en el conocimiento. León: Ciatec, 2005.
Palomo C, Vida y obra de la M. Trinidad del Purísimo Corazón de María Carreras Hitos. Fundadora de las Esclavas de la Santísima Eucaristía y de la Madre de Dios. Madrid: ESEMD, 2000.
www.reforma.com/negocios/articulo/778611/
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