HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

martes, 18 de diciembre de 2012


LA NAVIDAD, FIESTA DE LA FAMILIA Y DE LA VIDA

Manuel Murillo Garcia
“La Navidad no es sólo la fiesta de Dios que se hace hombre, es también la fiesta de la familia y de la vida. Nos nace un niño, se nos da un hijo” [1] . Hoy es la fiesta de la Sagrada Familia, en cuyo seno nació y creció el Hijo de Dios, que se hace hombre. En este día se celebra en todas las diócesis españolas la Jornada por la Familia y por la Vida, dos realidades ahora unidas en una misma festividad.
Tenemos el gozo de contar desde el 27 de abril del año que termina con una Instrucción Pastoral, aprobada y publicada por todos los Obispos de España en sesión plenaria. “La Familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad” proyecta una mirada a nuestra sociedad y nuestra cultura, desde la fe en Dios y el aprecio por el ser humano. He aquí algunas palabras de este documento que muestran la preocupación de los obispos: “Las circunstancias actuales de la sociedad española hacen que sintamos – escriben – junto con una gran esperanza, una grave preocupación por la situación de la familia y de la vida humana de los más débiles… En España, la familia padece graves males y es hora de afrontar sin complejos sus causas y sus soluciones… Las leyes que toleran e incluso regulan violaciones del derecho a la vida son gravemente injustas. Ponen en cuestión la legitimidad de los poderes públicos que las elaboran y promulgan” [2] .
La Instrucción Pastoral, sin embargo, es sobre todo una proclamación de la verdad y la belleza del matrimonio, de la familia y de la vida humana. Éstos son precisamente los tres aspectos que deseamos proclamar en esta Jornada por la Familia y por la Vida. Con esta ocasión, en efecto, los Obispos de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida dirigimos este mensaje a todas las familias cristianas y a cuantas personas aman la vida y desean promoverla.
1. La familia, realidad insustituible
En la familia, el amor se hace gratuidad, acogida y entrega. En la familia cada uno es reconocido, respetado y valorado por sí mismo, por el hecho de ser persona, de ser esposa, esposo, padre, madre, hijo o abuelo. El ser humano necesita una “morada” donde vivir. Una de las tareas fundamentales de su vida es saberla construir. Todo hombre y mujer necesitan un hogar donde sentirse acogidos y comprendidos. El hogar es para el hombre un espacio de libertad, la primera escuela de humanidad. En la convivencia familiar se aprende también a vivir la fraternidad y sociabilidad, para poder abrirse al mundo que nos rodea. Por eso, la familia es la verdadera ecología humana, el hábitat natural.
Si dentro de la familia nos fijamos en los esposos, merece la pena leer lo que decía el escritor Tertuliano:
“Quién podrá explicar la felicidad del matrimonio que consagra la Iglesia, confirma la oblación del sacrificio, sella la bendición del sacerdote, lo anuncian los ángeles y ratifica el Padre celestial…? ¡Qué unión la de los dos fieles que tienen la misma esperanza, el mismo deseo, la misma disciplina, el mismo Señor! Dos hermanos, comprometidos en el mismo servicio: no hay división de espíritu ni de carne; realmente son dos en una sola carne. Donde hay una sola carne, allí también un solo espíritu. Oran juntos, juntos se acuestan, juntos cumplen la les del ayuno. Uno al otro se enseñan, uno al otro se exhortan, uno al otro se soportan. Juntos pasan las angustias, las persecuciones y las alegrías. No se ocultan nada el uno al otro, todo es compartido, sin que por eso sea carga el uno para el otro…” (Ad uxorem, 9).
Por esta razón, hemos de denunciar una vez más los denominados “nuevos y alternativos modelos de familia”. Nos parecen pobres y raquíticos, y más si se presentan frente a la que es llamada, muchas veces con desprecio, “familia tradicional”. Todavía nos parece más perniciosa la equiparación de las uniones de las uniones de hecho al verdadero matrimonio y a la verdadera familia. También manifestamos nuestra tristeza por la difusión del matrimonio meramente civil entre bautizados, y la expansión de la mentalidad divorcista. En esa óptica, el divorcio es concebido como un derecho, pero en realidad oculta el drama humano y social que supone el fracaso del matrimonio. Nuestra sociedad oculta y tampoco denuncia el tremendo síndrome del post-aborto que tanto dolor y sufrimiento provoca en las madres que, en unas circunstancias sin duda difíciles de su vida, no apostaron por la vida.
2. La familia y su misión de transmitir la vida y educar a los hijos
La familia, comunidad de vida y amor fundada en el matrimonio, tiene como misión la transmisión de la vida y la educación de los hijos. Sólo por esto sería ya institución imprescindible en la sociedad. La familia es verdaderamente “el santuario de la vida, el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada, contra los múltiples ataques a que está expuesta, y puede desarollarse según las exigencias de un auténtico crecimiento humano” [3]
El amor de los esposos es la primera relación que conforma la familia. Luego, la relación paterno-filial, cuya falta, por los más variados motivos, es siempre un primer drama en la vida de las personas. También las relaciones de fraternidad, que tienen una riqueza singular que no se encuentra en otras relaciones humanas; es la riqueza de compartir en igualdad un único amor: el amor de los padres. Tampoco puede olvidar la familia, la atención y el cariño especial que debe prestar a los ancianos y a otros miembros débiles, porque la familia, pequeña iglesia, está llamada al servicio de todos los que la forman, y especialmente de los más necesitados; de este modo vive “el amor preferencial por los pobres”: recién nacidos, deficientes, enfermos y ancianos
La convivencia familiar se convierte, así, en escuela de fraternidad y solidaridad, que nos abre igualmente a la solidaridad con otras familias, para la construcción de un mundo mejor. Servir al evangelio de la vida supone también que las familias se impliquen activamente en asociaciones familiares y trabajen para que las leyes e instituciones del Estado no violen de ningún modo los derechos humanos, entre los cuales está en primer lugar el derecho a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural, sino que los defiendan y promuevan.
3.- La Navidad, fiesta de la familia y de la vida
Frente a tantas amenazas y asechanzas como surgen a veces entre nosotros contra la familia, célula primordial de la sociedad, todos debemos tomar conciencia de nuestra responsabilidad como creyentes: la familia sana es el fundamento de una sociedad libre y justa. En cambio, la familia enferma descompone el tejido humano de la sociedad. Tenemos la oportunidad, en estos días de Navidad de tantos encuentros de familia, de sentir ante el belén la llamada a amarla más, y a servir y defender la vida humana, especialmente cuando es débil e indefensa.
El evangelio del día de la Sagrada Familia nos habla precisamente de su huida a Egipto. “Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. Como entonces, está en peligro el mayor tesoro de la familia, el hijo. La vida del Hijo de Dios está amenazada desde su nacimiento, por la pobreza y la persecución. El Hijo de Dios fue también, por un tiempo, emigrante y exiliado. Herodes atentaba contra la vida del niño, y, al verse burlado por los Magos, mandó matar a todos los niños de Belén y sus alrededores. Los Santos Inocentes de Belén son los primeros de tantos niños inocentes, víctimas de los intereses egoístas de los mayores.
Especial mención hemos de hacer, en esta Jornada por la Familia y por la Vida, a las víctimas inocentes del aborto provocado. Ninguna circunstancia, por dramática que sea, puede justificar el que se mate a un ser humano inocente. No se soluciona una situación difícil con la comisión de lo que el Concilio ya calificó de “crimen abominable”. Por desgracia, en no pocas ocasiones, las mujeres gestantes, abandonadas a su propia suerte e incluso presionadas para eliminar a su hijo, acuden al aborto como autoras y víctimas a la vez de esta violencia. Las penosas consecuencias – fisiológicas, psicológicas y morales – que padecen estas mujeres reclaman la atención y acogida misericordiosa de la Iglesia [4] .
Como decía Juan Pablo II, en el V aniversario de la encíclica Evangelium Vitae, “no tiene razón de ser una mentalidad abandonista que lleva a considerar las leyes contrarias a la vida – las leyes que legalizan el aborto, la eutanasia, la esterilización y planificación de los nacimientos con métodos contrarios a la vida y a la dignidad del matrimonio – son inevitables y ya casi una necesidad social. Por el contrario, constituyen un germen de corrupción de la sociedad y de sus fundamentos. La conciencia civil y moral no puede aceptar esta falsa inevitabilidad, del mismo modo que no acepta la idea de la inevitabilidad de las guerras o de los exterminios interétnicos” [5] .
En estos días de Navidad que traen a nuestra meditación el nacimiento y la infancia del Hijo de Dios hecho hombre, en esta fiesta de la Sagrada Familia que ve amenazada la vida de su hijo recién nacido, sentimos el vivo deseo de reafirmar con energía que la familia, toda familia está llamada a ser santuario de la vida, lugar de acogida y amor para todos sus miembros.
Nota de la Subcomisión para la Familia y la Defensa de la Vida de la Conferencia Epis

EL PESEBRE DE BELÉN

Manuel Murillo Garcia
Aquel pesebre, pobre y viejo, no había pensado en su vida que acogería al Niño Dios entre sus pajas. Nosotros, en cambio, sabemos que el Niño Jesús llegará el 24 en la noche.
En las faldas de un monte, por encima de Belén, hay una cueva. Es pequeña y algo tosca, pero acogedora; refresca en los días de calor, y abriga, en los de frío. Durante el año, los animales se resguardan en ella.
Los bueyes y las vacas acuden a pastar allí. Sacian su hambre con las frescas pajas que un mozo deposita a diario en un rústico pesebre, formado por resistentes ramas.
- ¡Vaya existencia la mía! -se decía el pesebre-. ¡¿No se podría haber empleado de mejor modo mi madera?!
El ganado acudía a él por necesidad, porque gusto no lo había. La mayoría de los desayunos, cenas y comidas, terminaban en indigestión. Porque, ¿a quién le gusta escuchar quejas mientras come?
Una noche fría de invierno, entre los aullidos del viento y la respiración profunda de los animales que ahí dormían, llegaron dos personas a la cueva. Venían arropados de arriba abajo. El hombre jalaba con cuidado de su borriquillo, mientras la mujer que lo montaba, soportaba con paciencia los dolores del parto.
- Aquí está bien -dijo el hombre apesadumbrado-. Hemos caminado bastante -suspiró-. Me gustaría ofrecerte algo mejor, María, pero tú sabes que hoy no ha sido un buen día…
- No te aflijas, José -le respondió María, consolándole-. Hágase Su voluntad -y señaló con el dedo al cielo-.
Ambos se establecieron lo mejor que pudieron en la cueva, agradeciendo el calor de los animales.
El pesebre, que jamás dormía, se enterneció al ver la situación de aquella agotada pareja.
Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, María dio a luz a su hijo primogénito. Los gemidos del recién nacido resonaron en la cueva, rompiendo el silencio. Los animales se despertaron agitados en un primer momento; pero después de desperezarse, lo contemplaron con respeto.
José tenía al niño en sus brazos y lo había envuelto en pañales. Su corazón latía con fuerza: estaba nerviosísimo. Cuando por fin tuvo oportunidad de ver al niño, se topó con unos grandes y preciosos ojos grises que lo miraban con curiosidad; entonces, sintió cómo una gran emoción llenaba su alma.
María permanecía recostada sobre unas gruesas cobijas que habían traído de Nazaret, y no le quitaba la vista a su hijo. Con un notable esfuerzo, cambió de postura y le pidió a José que le mostrase al Niño. Cuando él se lo dio, Ella lo cargó durante un largo rato, estrechando al niño contra su corazón.
Cuando María acabó de contemplarlo, se lo entregó a José, quien lo paseó maravillado. Y tras una larga y silenciosa adoración, lo depositó dormido en el pesebre.
Sonó, entonces, un redoblar de pasos, y a acto seguido entraron unos pastores en la cueva.
- En hora buena -exclamaron al ver al Niño. Y les contaron cuanto les había dicho el ángel-.
Cuando llegaron a la señal que les había dado el ángel: “encontrarán al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, el pesebre estuvo a punto de dar un brinco de asombro, pero recordó que el Niño Jesús aún dormía plácidamente sobre él.
Su nombre había aparecido en los labios de los ángeles. No lo podía creer. Lo ocurrido estaba preestablecido por Dios.
Cuando los pastores terminaron su relato, con gran admiración de los padres de Jesús y del mismo pesebre, sacaron sus humildes regalos y se los ofrecieron al Niño de corazón.
Una vez que los pastores se fueron y que el Niño se hubo vuelto a dormir, María y José también se entregaron al descanso, rendidos de cansancio.
Cuando el silencio llenó de nuevo la cueva con su majestad, el pesebre se quedó pensativo. Aún no acababa de entender lo que habían dicho los pastores.
- ¿Cómo es posible que sea Dios? -pensaba para sus adentros-.
Tras mucho repetir: «Tengo entre mis pajas a Dios», comprendió porqué no le pesaba aquel niño.
Aquel pesebre, pobre y viejo, no había pensado en su vida que acogería al Niño Dios entre sus pajas. Sabía que algún día vendría el Mesías -como todo el mundo-, pero jamás habría imaginado que nacería en aquella tosca cueva de aquel remoto poblado, y precisamente en aquella época del año. Y mucho menos que él sería el primer depositario.
Cuando Dios vino al mundo, no pasó inadvertido sólo para los hombres. También llegó de sorpresa para aquel pesebre de Belén. Ningún ángel le anunció que sobre él se recostaría el Hijo de Dios.
Nosotros, en cambio, sabemos que el Niño Jesús llegará el 24 en la noche. Tenemos tiempo para vivir con entusiasmo este Adviento. Regalémosle un corazón amable, quitando cada día una paja de nuestro áspero carácter. Ofrezcámosle el calor de nuestro corazón.
Autor: H. Gustavo Velázquez Lazcano, LC.

18 de Diciembre - Fiesta de Nuestra Señora de la Esperanza

Pbro. Dante De Sanzzi - Director Nacional OMP - Argentina
Virgen de la EsperanzaLa fiesta de la Virgen de la Esperanza fue establecida en el Concilio de Toledo en el año 656.
El Concilio determinó un decreto que para dar mayor solemnidad a esta fiesta mariana de la Maternidad Divina, se celebre el día octavo antes de la Natividad del Señor. Por lo tanto, esta fiesta se celebra el día 18 de diciembre, momento en el cual la Virgen está en sus últimos instantes de “buena espera”, ante la inminencia del nacimiento de su hijo, Nuestro Señor.
Todo el tiempo de adviento es tiempo de “Esperanza” en el Mesías que ha de venir a salvar a la humanidad.
Los profetas del Antiguo Testamento procuraban mantener siempre encendido el fuego de la esperanza, incluso en medio de no pocas dificultades. Ya en el Nuevo Testamento se escucha la voz del misionero San Pablo:”Estén alegres en el Señor; les repito: alegres en Él”.
La esperanza es una virtud que fue acompañando al Pueblo de Israel y llega hasta nuestros días. Ese pueblo elegido ya tenía conciencia de pecado y también la suficiente confianza que Dios podía solucionar sus problemas.
Isaías, el profeta de la esperanza les decía: “Les anuncio el futuro…. Escuchen los desanimados: les acerco mi victoria, no están lejos de la salvación, la salvación vendrá”.
Pero entre todos los hijos de Israel la que más intensamente vivió su misión con esperanza y ansió el cumplimiento de las promesas fue María. Los Santos Padres la presentan en oración cuando recibe la visita del arcángel Gabriel, pidiendo al Altísimo la pronta llegada del Salvador.
Consciente de su pequeñez bendecía al Señor de quien se sentía esclava. Glorificaba al Señor por su misericordia con los pobres y humildes. Y sobre todo, agradecía al Señor que hubiese cumplido las promesas que durante siglos habían alentado a los hijos de Abraham.
Pero María, por ser Madre del Redentor y por voluntad del Padre, se convierte en fuente de esperanza para el nuevo Pueblo de Israel: nosotros. Así lo proclamamos cuando recitamos la Salve: “Vida, dulzura y Esperanza nuestra”; en Ella depositamos nuestra esperanza para la misión, misión que tenemos de consagrados, de bautizados, de hijos muy amados.
Que la Virgen, en este solemne tiempo de adviento y esperando la Navidad, nos fortalezca a los evangelizadores. Que nada ni nadie nos desespere. Que como Ella, mujer esperanzadora, vivamos continuamente nuestro Pentecostés para comenzar o seguir, con alegría y esperanza, nuestra misión. Así sea.

EXPECTAClÓN DEL PARTO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA o NUESTRA SEÑORA DE LA O


18 de diciembre


EXPECTAClÓN DEL PARTO
DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA
o
NUESTRA SEÑORA DE LA O


Esperar al Señor que ha de venir es el tema principal del santo tiempo de Adviento que precede a la gran fiesta de Navidad. La liturgia de este período está llena de deseos de la venida del Salvador y recoge los sentimientos de expectación, que empezaron en el momento mismo de la caída de nuestros primeros padres. En aquella ocasión Dios anunció la venida de un Salvador. La humanidad estuvo desde entonces pendiente de esta promesa y adquiere este tema tal importancia que la concreción religiosa del pueblo de Israel se reduce en uno de sus puntos principales a esta espera del Señor. Esperaban los patriarcas, los profetas, los reyes y los justos, todas las almas buenas del Antiguo Testamento. De este ambiente de expectación toma la Iglesia las expresiones anhelantes, vivas y adecuadas para la preparación del misterio de la "nueva Natividad" del salvador Jesús.

En el punto culminante de esta expectación se halla la Santísima Virgen María. Todas aquellas esperanzas culminan en Ella, la que fue elegida entre todas las mujeres para formar en su seno el verdadero Hijo de Dios.

Sobre Ella se ciernen los vaticinios antiguos, en concreto los de Isaías; Ella es la que, como nadie, prepara los caminos del Señor.

Invócala sin cesar la Iglesia en el devotísimo tiempo de Adviento, auténtico mes de María, ya que por Ella hamos de recibir a Cristo.

Con una profunda y delicada visión de estas verdades y del ambiente del susodicho período litúrgico, los padres del décimo concilio de Toledo (656) instituyeron la fiesta que se llamó muy pronto de la Expectación del Parto, y que debía celebrarse ocho días antes de la solemnidad natalicia de nuestro Redentor, o sea el 18 de diciembre.

La razón de su institución la dan los padres del concilio: no todos los años se puede celebrar con el esplendor conveniente la Anunciación de la Santísima Virgen, al coincidir con el tiempo de Cuaresma o la solemnidad pascual, en cuyos días no siempre tienen cabida las fiestas de santos ni es conveniente celebrar un misterio que dice relación con el comienzo de nuestra salvación. Por esto, speciali constitutione sancitur, ut ante octavum diem, quo natus est Dominus, Genitricis quoque eius dies habeatur celeberrimus, et praeclarus "Se establece por especial decreto que el día octavo antes de la Natividad del Señor se tenga dicho día como celebérrimo y preclaro en honor de su santísima Madre".

En este decreto se alude a la celebración de tal fiesta en "muchas otras Iglesias lejanas" y se ordena que se retenga esta costumbre; aunque, para conformarse con la Iglesia romana, se celebrará también la fiesta del 25 de marzo. De hecho, fue en España una de las fiestas más solemnes, y consta que de Toledo pasó a muchas otras iglesias, tanto de la Península como de fuera de ella. Fue llamada también "día de Santa María", y, como hoy, de Nuestra Señora de la O, por empezar en la víspera de esta fiesta las grandes antífonas de la O en las Vísperas.

Además de los padres que estuvieron presentes en el décimo concilio de Toledo, en especial del entonces obispo de aquella sede, San Eugenio III, intervino en su expansión—y también a él se debe el título concreto de Expectación del Parto—aquel otro gran prelado de la misma sede San Ildefonso, que tanto se distinguió por su amor a la Señora.

La fiesta de hoy tenía en los antiguos breviarios y misales su rezo y misa propios. Los textos del oficio, de rito doble mayor, tienen, además de su sabor mariano, el carácter peculiar del tiempo de Adviento, a base de las profecías de Isaías y de otros textos apropiados como los himnos. Nuestro Misal conserva todavía para la presente fecha una misa, toda a base de textos del Adviento. Es un resumen del ardiente suspiro de María, del pueblo de Israel, de la Iglesia y del alma por el Mesías que ha de venir. Sus textos—casi coinciden con la misa del miércoles de las témporas de Adviento, y todavía más con la misa votiva de la Virgen, propia de este período—son de Isaías (introito, epístola y comunión ) y del evangelio de la Anunciación. Las oraciones son las propias de la Virgen en el tiempo de Adviento.

Precisamente en la víspera de este día dan comienzo las antífonas mayores de la O, por empezar todas ellas con esta exclamación de esperanza. Y así continúa la Iglesia por espacio de siete días, del 17 al 23, en este ambiente de santa expectación y demanda de la venida del Salvador.

Nada, pues, más a propósito que la contemplación de María en los sentimientos que Ella tendría en los días inmediatos a la natividad de su divino Hijo. "Si todos los santos del Antiguo Testamento—escribe el padre Giry (Les petits Bollandistes t. 14 p.373 )—desearon con ardor la aparición del Salvador del mundo, ¿cuáles no serían los deseos de Aquella que había sido elegida para ser su Madre, que conocía mejor que ninguna otra criatura la necesidad que tenia la humanidad, la excelencia de su persona y los frutos incomparables que debía producir en la tierra, y la fe y la caridad, que sobrepasan la de todos los patriarcas y profetas? Fue tan grande el deseo de la Santísima Virgen, que nosotros no tenemos palabras para expresar su mérito. Y tampoco podemos concebir cuál fue su gozo cuando Ella vió que sus deseos y los de todos los siglos y de todos los hombres iban a realizarse en Ella y por Ella, ya que iba a dar a luz la esperanza de todas las naciones, Aquel sobre quien se fijaban los ojos de todos en el cielo y en la tierra y miraban como a su libertador."

María, repetimos, está en la cumbre de esta esperanza o, con otras palabras: con María la esperanza es completa, se hace firme. Unidos a Ella, ya que nuestro adviento, el que nosotros esperamos, tuvo principio en la celestial Señora, por haber llevado en su seno virginal a Jesús durante nueve meses, nuestra expectación será más digna del gran Señor que va a venir.

María presenta para el cristiano de hoy la posición que éste debe mantener, máxime en estos días: esperar al Señor. Que Él se incorpore más y más en nosotros, donec formetur Christus in nobis, y que un día, lejano o próximo ya, venga a buscarnos para unirnos definitivamente con Él. El cristiano debe esperar al Señor, donec veniat, hasta que venga para aquel abrazo de unión indisoluble y eterna. Toda la vida del cristiano es una expectación. El modelo de ésta lo ofrece María.

La presente fiesta mariana, como todas las de la Virgen, además de ser un ejemplo, es una intercesión. Debe servir para afianzar y hacer más intensa esta espera y ayudarnos a cantar con Ella, con la Iglesia-Virgen las antífonas mayores del Magniticat: O Sapientia, O Adonai, O Emmanuel..., veni!

ROMUALDO Mª DÍAZ CARBONELL, O. S. B.


La Expectación del Parto

Fuente:
Autor: Archidiócesis de Madrid



Cuando se espera algún acontecimiento importante que trae consigo tristeza y pena la reacción espontánea de la persona normal es de temor acompañado a veces por la congoja y angustia que tiende a aumentarse por la fantasía ante la consideración de los males futuros previsibles. Cuando por el contrario se prevé la llegada de un bien que tiene una entidad considerable se vive en una espera atenta y presurosa que va desde el anhelo y la ansiedad hasta la euforia acompañada de una prisa impaciente. A mayor mal futuro, más miedo; a mejor bien futuro, más esperanza gozosa.

Algo de esto pasó al Pueblo de Israel que conocía su carácter de transitoriedad funcional, al menos en los círculos más creyentes o especializados en la espiritualidad premesiánica. El convencimiento de que la llegada del Mesías Salvador era inminente hizo que muchos judíos piadosos vivieran en una tensión de anhelo creciente —basta pensar en el anciano Simeón— hasta poder descubrir en Jesús al Mesías que se había prometido a la humanidad desde los primeros tiempos posteriores al Pecado. Era todo un Adviento.

Y como el Mesías llega por la Madre Virgen, es imposible preparar la Navidad prescindiendo de la contemplación del indecible gozo esperanzado que poseyó Santa María por el futuro próximo inmediato de su parto. Eso es lo que se quiere expresar con "La Expectación del Parto", o "El día de Santa María" como se le llamó también en otro tiempo, o "Nuestra Señora de la O" como popularmente también se le denomina hoy.

Fue en España, concretamente en Toledo, en el décimo concilio que se celebró en el año 656, siendo S. Eugenio III el obispo de aquella sede y que posteriormente un muy devoto de la Virgen María —San Ildefonso- se tomó bastante en serio propagar.

La intuición del pueblo denominando a la expectante Doncella joven "Virgen de la O" está basada en la directa contemplación de las obras pictóricas o esculturales que presentan piadosamente la natural redondez abultada de la Virgen grávida.

El origen del título es no obstante más espiritual, más fino, más litúrgico y menos somático. Tiene su origen en que las antífonas marianas del rezo de vísperas comienzan con la O: O Sapientia, O Adonai, O Enmanuel... veni!

Se me ocurre advertir una vez más que tienen un notable valor catequético las dignas representaciones de los misterios de la fe, y que, en ocasiones, enseñan al pueblo sencillo más que los libros y la misma liturgia. Es bueno tenerlo en cuenta a la hora de atender las peticiones de las modas iconoclastas que a temporadas van vienen por las iglesias.


    18 de diciembre: Fiesta de Ntra. Señora de la O

En el día de Nuestra Señora de la O

La de Nuestra Señora de la O, o de la Virgen de la Esperanza o de la Expectación del Parto, es una festividad genuinamente española, habiendo sido instituida por los Padres del X Concilio de Toledo en el año 656, fijándola ocho días antes de la Natividad de Jesús, el 18 de diciembre. La razón dada es que, cayendo en cuaresma la festividad de la Anunciación de Nuestra Señora, no se podía celebrar con la debida solemnidad y regocijo debido al tiempo de penitencia, por lo cual se proponía esta segunda fiesta para dar realce al misterio de la Encarnación del Verbo. Es la celebración de la esperanza, pues la Virgen lleva al Mesías esperado por Adán, Noé, Abraham y los Patriarcas, y anunciado por los Profetas; al deseado de las naciones, al que es la salvación del mundo. Al estar tan cerca de la Navidad, se hace patente la expectativa del divino parto. La fiesta arrancaba con las primeras vísperas, el día anterior, en las que se cantaba la primera de las antífonas mayores llamadas “O” por principiar con esta exclamación todas ellas. De allí el nombre de Nuestra Señora de la O, que ha sido interpretado más popularmente como aludiendo al estado avanzado de gravidez de la Santísima Virgen, cuyo purísimo vientre se muestra ya redondo como esa vocal a pocos días del alumbramiento del Hijo de Dios. Hoy celebran su santo todas las que se llaman Esperanza.

Ejercitémonos en la virtud teologal de la esperanza, poniendo toda nuestra confianza en Jesús y María (por quienes nos viene la salvación), manteniéndonos lejos por igual de la presunción y de la desesperación –que son sus deformaciones, respectivamente por exceso y por defecto– y haciendo muchos actos de esperanza, junto con los actos de fe (fundamento de la esperanza) y de caridad (que hace operativa la fe y efectiva la esperanza). Proponemos, a modo de devoción, el siguiente ejercicio piadoso en este día tan señalado de la españolísima fiesta de Nuestra Señora bajo la advocación de la Esperanza. Ofrezcámoslo de modo particular por todas aquellas mujeres que se hallan embarazadas, para que la Virgen las asista y las proteja, y también para que no haya más abortos en el mundo, pues la sangre de los inocentes clama venganza al Cielo. Que las mujeres sepan cumplir cabalmente con su misión maternal.

SALUTACIONES A LA SANTÍSIMA VIRGEN DE LA EXPECTACIÓN
V. Dignare me laudare te, Virgo sacrata.
(Dígnate que te alabe, oh Virgen sagrada)R. Da mihi virtutem contra hostes tuos.
(Dame fuerza contra tus enemigos)
 In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen.
(En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.)


I
QUEM terra, pontus, aethera
colunt, adorant, praedicant,
trinam regentem machinam
claustrum Mariae baiulat.

(Al que tierra, mar y cielo
Proclaman, honran y adoran,
A la Trinidad que todo rige
Lleva María en su seno)

Os saludamos, oh Virgen de la Expectación, por el primer mes de vuestra divina gestación y os pedimos la gracia de que, así como os sometisteis de buen grado a la voluntad de Dios y fuisteis dócil a sus planes en la Encarnación del Verbo, así también seamos fieles a la vocación a la que cada uno de nosotros es llamado. Avemaría.
Os saludamos, oh Virgen de la Expectación, por el segundo mes de vuestra divina gestación y os pedimos la gracia de que, así como al saludar a vuestra prima Isabel fuisteis el vehículo de la santificación de san Juan en el seno de su madre, así también nosotros ejerzamos las obras de misericordia espirituales con el prójimo y, mostrándole a Cristo en nuestras palabras y obras, le ayudemos a su salvación. Avemaría.
Os saludamos, oh Virgen de la Expectación, por el tercer mes de vuestra divina gestación y os pedimos la gracia de que así como, movida de exquisita caridad, socorristeis a vuestra prima Santa Isabel hasta el nacimiento de su hijo, así también nosotros ejerzamos las obras de misericordia corporales con el prójimo. Avemaría.

II
Cui Luna, Sol, et omnia
deserviunt per tempora,
perfusa caeli gratia,
gestant Puellae viscera.

(Al que el Sol, la Luna y todo
Obedecen por los siglos,
Las entrañas de la Virgen
Agraciada lo contienen.)

Os saludamos, oh Virgen de la Expectación, por el cuarto mes de vuestra divina gestación y os pedimos la gracia de que así como san José, hallándoos encinta y asaltado por las dudas, siendo varón justo, no quiso libraros a la pública vergüenza, así nosotros desterremos todo juicio temerario de nuestras mentes y toda detracción contra el prójimo de nuestros labios. Avemaría.
Os saludamos, oh Virgen de la Expectación, por el quinto mes de vuestra divina gestación y os pedimos la gracia de que así como san José fue tranquilizado por el ángel de parte de Dios y os recibió en su casa y adoptó al fruto bendito de vuestro vientre, así también nosotros obedezcamos a las divinas inspiraciones para que nuestros corazones sean digna morada vuestra y de Jesús. Avemaría.
Os saludamos, oh Virgen de la Expectación, por el sexto mes de vuestra divina gestación y os pedimos la gracia de que así como tuvisteis la dicha de que vuestra madre santa Ana os asistiera diligente mientras esperabais el nacimiento de su nieto Jesús, así también nosotros sepamos corresponder a los desvelos de nuestros mayores cuando los necesitábamos y no los abandonemos en sus necesidades. Avemaría.

III 
Beata Mater, munere,
cuius supernus Artifex,
mundum pugillo continens,
ventris sub arca clausus est.

(Madre dichosa de Aquel
Que, sumo Autor, conteniendo
Todo el mundo en un pellizco,
En tu vientre se ha encerrado).

Os saludamos, oh Virgen de la Expectación, por el séptimo mes de vuestra divina gestación y os pedimos la gracia de que así como os gozasteis en vuestra dulce espera y suspirabais por ver al Hijo tan deseado que Dios os dio, así también las mujeres que han de ser madres acepten, deseen y reciban a los hijos que el Señor quiera darles y nunca cometan el crimen horrendo del aborto. Avemaría.Os saludamos, oh Virgen de la Expectación, por el octavo mes de vuestra divina gestación y os pedimos la gracia de que así como fue ocultado al demonio el misterio de vuestra Divina Maternidad y de nuestra Redención, así también nosotros merezcamos hallar seguro asilo bajo vuestro santo manto y nos veamos libres de las asechanzas y tentaciones diabólicas. Avemaría.
Os saludamos, oh Virgen de la Expectación, por el noveno mes de vuestra divina gestación y os pedimos la gracia de que así como, a punto de dar a luz, tuvisteis que partir con san José para Belén por el edicto de empadronamiento de César Augusto, así también nosotros emprendamos la peregrinación de esta vida llevando siempre a Jesús con nosotros para que merezcamos ver inscritos nuestros nombres en el Libro de la Vida. Avemaría.
 
HYMNVS

Virgo Dei Genitrix, quem totus non capit orbis:In tua se clausit viscera factus homo.
Vera fides Geniti purgavit crimina mundi,Et tibi virginitas inviolata manet.
Te matrem pietatis, opem te clamitat orbis:Subvenias famulis, O benedicta, tuis.
Gloria magna Patri, compar sit gloria Nato,Spiritui Sancto gloria magna Deo.
Amen.

(Oh Virgen, Madre de Dios, Aquel al que todo el universo no puede contener,
en tus entrañas se ha encerrado haciéndose hombre.
La fe verdadera del engendrado ha purgado los crímenes del mundo
Mientras te ha conservado virginidad intacta.
A Ti, Madre de piedad, su ayuda te proclama el universo:
Auxilia, oh bendita, a tus siervos.
Gran gloria sea dada al Padre y del mismo modo al Hijo
Y gran gloria a Dios Espíritu Santo. Amén.)

V. Ecce concipiet et pariet Filium.
(He aquí que concebirá y dará a luz un Hijo.)R. Et vocabit nomen ejus Jesum.
(Y le pondrá por nombre Jesús.) 
Oremus. Deus, qui de beatae Mariae Virginis utero Verbum tuum, Angelo nuntiante, carnem suscipere voluisti: praesta supplicibus tuis; ut, qui vere eam Genetricem Dei credimus, eius apud te intercessionibus adiuvemur. Per eumdem Christum Dominum nostrum. R. Amen.

(Oremos. Oh Dios, que quisiste que, al anuncio del Ángel, tu Verbo se encarnase en el seno de la Bienaventurada Virgen María: suplicámoste hagas que, los que creemos que Ella es verdaderamente Madre de Dios, seamos ayudados ante Ti por su intercesión. Por el mismo Cristo Nuestro Señor. R. Amén.)


EXPECTACION DE LA VIRGEN




Introito: Isaías 5.8; Salmo 84.2
nviad, cielos, rocío de lo alto y las nubes lluevan al Justo, ábrase la tierra y brote al Salvador. Sl. Has sido propicio, Señor, a tu tierra; has hecho volver a los cautivos de Jacob. V: Gloria al Padre...Enviad los cielos…
Colecta:
h Dios, que al anuncio del ángel has querido que tu Verbo tomase carne de las entrañas de la bienaventurada Virgen María, concede a tus siervos que, pues la creemos verdadera Madre de Dios, gocemos ante ti del apoyo de su intercesión. Por el mismo Señor nuestro...
Epístola: Isaías 7.10-15
n aquellos días: Habló el Señor a Acaz, diciendo: Pide al Señor, tu Dios, una señal, sea en lo profundo del infierno sea en lo alto del cielo. Y respondió Acaz: No la pediré y no tentaré al Señor. Entonces dijo Isaías: Oye, pues, casa de David: ¿Acaso es poco cansar la paciencia de los hombres, para que canséis también a mi Dios? Pues bien; el Señor mismo, os dará una señal: He aquí, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien llamará Emmanuel. Mantequilla y miel comerá, hasta que sepa desechar lo malo y elegir lo bueno.
Gradual: Salmo 23.7.3-4
levad, puertas, vuestros dinteles; alzaos, antiguos portales, para que entre el Rey de la gloria. V: ¿Quién subirá al monte del Señor? ¿O quién podrá estar en su lugar santo? El de manos puras y limpio corazón.
Aleluya: Lucas 1.31
leluya, Aleluya. V: He aquí que concebirá una Virgen y dará a luz un Hijo, Jesucristo. Aleluya.

Evangelio: Lucas 1.26-38
n aquel tiempo: Envió Dios al ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un varón, llamado José, de la casa de David, y el nombre de la Virgen era María. Y habiendo entrado el ángel a ella, le dijo: Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo; bendita tú, entre todas las mujeres. Turbóse ella al oír esto, y discurría qué podría significar aquel saludo. Mas el ángel le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. He aquí que concebirás en tu seno, y darás a luz un Hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Éste será grande, y se le llamará el Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre: reinará en la casa de Jacob eternamente, y su reino no tendrá fin. Dijo entonces María al ángel: ¿Cómo ha de ser eso, pues yo no conozco varón? Respondióle el ángel: El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por lo cual, el santo que de ti ha de nacer, se llamará Hijo de Dios. Y he aquí que Isabel, tu parienta, ha concebido también un hijo en su vejez; y la que llamaban estéril, cuenta ya hoy el sexto mes; porque nada es imposible para Dios. Dijo entonces María: ¡He aquí la esclava del Señor!: hágase en mí según tu palabra.
Ofertorio: Lucas 1.28,42
ios te salve, María; llena de gracia; el Señor es contigo; bendita tú, entre todas las mujeres; y bendito el fruto de tu vientre.
Secreta:
e suplicamos, Señor, arraigues en nuestras almas los misterios de la verdadera fe; para que, confesando verdadero Dios y Hombre al que fue concebido de una virgen, merezcamos llegar a la eterna felicidad por virtud de su saludable resurrección. Por el mismo Señor nuestro...

Prefacio de la Santísima Virgen
n verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo, y en todo lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, y alabarte, bendecirte y glorificarte en la Expectación de la bienaventurada siempre Virgen María, que, habiendo concebido a tu único Hijo por virtud del Espíritu Santo, derramó sobre el mundo, conservando siempre la gloria de su virginidad, la luz eterna, Jesucristo nuestro Señor; por quien alaban los Ángeles a tu majestad, la adoran las Dominaciones, la temen las Potestades y la celebran con igual júbilo los Cielos y las Virtudes de los cielos y los bienaventurados Serafines. Te rogamos que con sus voces admitas también las de los que te decimos con humilde confesión...
Comunión: Isaías 7.14
e aquí, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo que se llamará Emmanuel.
Poscomunión:
e suplicamos, Señor, infundas tu gracia en nuestras almas; para que habiendo conocido por el anuncio del ángel la encarnación de Jesucristo, tu Hijo, consigamos, por su pasión y cruz, llegar a la gloria de la resurrección. Por el mismo Señor nuestro…