HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

jueves, 31 de octubre de 2013

EXCURSION VIRGEN DE LAS ANGUSTIAS

DIA 10 DE NOVIEMBRE
PARA APUNTARSE DIRIGIRSE A LIBRERIA RICHARD Y ESTRELLA
PRECIO: 10 €


PEREGRINACION A LA VIRGEN DE LAS ANGUSTIAS


Foilán de Fosses. Santo Abad y misionero, 31 Octubre

Foilán de Fosses. Santo
Abad y misionero, 31 Octubre
 
Foilán de Fosses. Santo
Foilán de Fosses. Santo
Nació en el siglo VII en Irlanda.

Hermano de San Fursey y San Ultan. Viajó con ellos desde Irlanda a Inglaterra donde realizaron labores misioneras, y establecieron un monasterio cerca de Yarmouth.

Abad de la comunidad en Cnoberesburg, Suffolk por el año 640, una casa fundada por su hermano Fursey.

Durante una guerra entre los Mercians y los Anglosajones en el 650 la casa fue destruida, los hermanos asesinados, capturados o dispersados.

Foillan rescató a sus hermanos, recuperó las reliquias no destuidas, los libros y ornamentos litúrgicos de la casa, y viajó a Francia.

Él y sus hermanos fueron acogidas con beneplácito y apoyados en su labor evangelizadora por el rey Clodoveo II.

Foillan fundó un monasterio en Fosses, diócesis de Lieja, en el año 653 en las tierras donadas por San Itta de Nivelles y Santa Gertrudis de Nivelles.

Fue electo abad de este monasterio, como referencia podemos indicar que a sus alrededores creció a la moderna ciudad de Le Roeulx, Bélgica.

Fue también capellán y director espiritual en la casa fundada por Santa Gertrudis.

Predicador popular y pastor dedicado a su pueblo, murió asesinado junto con tres compañeros por unos bandidos que los atacaron en uno de sus viajes.

Su hermano sobreviviente, Saint Ultan, tomó el cargo de abad de Fosses.

lunes, 28 de octubre de 2013

Francisco Serrano, Santo Obispo y mártir, 28 Octubre

Francisco Serrano, Santo
Obispo y mártir, 28 Octubre
 
Francisco Serrano, Santo
Francisco Serrano, Santo
Nació en Hueneja (Granada) el 4 de diciembre 1695. A los 18 años tomó el hábito de la Orden de los Predicadores en el Convento de Santa Cruz la Real de Granada.

En 1725 llega a Filipinas y en 1738 a China, donde fue misionero durante más de 20 años.

Ya en la prisión, le llega el nombramiento de obispo titular de Tipasa y coadjutor del Vicario Apostólico de Fukien, Pedro Sans, pero no pudo recibir la consagración episcopal.

Muere por asfixia, y luego su cadáver fue quemado, el 25 de octubre de 1748. Se conservaron algunas reliquias suyas. Tuvo gran austeridad, devoción al rosario y fervor misionero. Fue beatificado por León XIII el 14 de mayo de 1893 y canonizado por Juan Pablo II el 1 de octubre del 2000.

HIMNO A SAN JUDAS TADEO


Judas Tadeo y Simón Santos Apóstoles, 28 de octubre

Judas Tadeo y Simón Santos
Apóstoles, 28 de octubre
 
Judas Tadeo y Simón Santos

Octubre 28


Etimológicamente significa “honrado, alabanza”. Y Simón = “Dios le oye”. Vienen de la lengua hebrea.

Hoy se celebra en toda la Iglesia universal la fiesta de estos dos apóstoles del Evangelio.
Simón pertenecía al grupo formado en Israel. Se llamaban los “zelotes”. Su fin era trabajar duramente contra la invasión romana en su país. Sin embargo, la escucha de la palabra de Cristo fue para él el descubrimiento a la universalidad del amor de Dios.

Judas se ha convertido en un de los santos más populares por los favores que concede a la gente en lo concerniente a la búsqueda de trabajo.
Esta devoción la vivió ya en su vida la santa Brígida. Se puede leer en su libro “Las revelaciones” el profundo respeto y devoción por este apóstol del siglo I de nuestra era.

¿Por qué razón celebran la fiesta el mismo día?

La cosa es muy sencilla. Cuenta la tradición que los dos iban siempre juntos en su rico y fecundo apostolado. El Señor lo llamó para completar el número de los doce apóstoles, encargados de ser los continuadores de la obra de Jesús en el mundo.

Se le llama Tadeo para distinguirlo del otro Judas Iscariote que traicionó, vendió al Señor por treinta monedas de plata y después se ahorcó.

San Judas escribió poco. Tan sólo una Carta suya se encuentra en la Biblia. La finalidad de su escrito era una crítica severa contra los gnósticos, una herejía que separa lo físico de lo espiritual. Lo físico o corporal es malo, y el espiritual es el bueno. Y los dos provienen mediante emanaciones del mismo Dios.

Su Carta termina con estas palabras:" Sea gloria eterna a nuestro Señor Jesucristo, que es capaz de conservarnos libres de pecados, y sin mancha en el alma y con gran alegría".

Los dos murieron martirizados de forma cruel.

¡Felicidades a quienes lleven este nombre!

lunes, 21 de octubre de 2013

Celina (Celia o Cilina) de Laon, Santa Madre de San Remigio, 21 de octubre

Celina (Celia o Cilina) de Laon, Santa
Madre de San Remigio, 21 de octubre
 
Celina (Celia o Cilina) de Laon, Santa
Celina (Celia o Cilina) de Laon, Santa

Madre de San Remigio de Reims

Martirologio Romano: En Laon, ciudad de la Galia, santa Cilina, madre de los santos obispos Principio de Soissons y Remigio de Reims (post 458).

Etimología: Celina = que viene del cielo, viene de la lengua latina
Lo mismo que Santa Silvia, madre del Papa Gregorio el Grande, y muchas otras madres de santos que también alcanzaron la santidad, Celina fue famosa a causa de su hijo, puesto que dio al mundo ese gran santo, Remigio o Remi, obispo de Reims.

De acuerdo con el pseudo Venancio Fortunato, Celina y su esposo pertenecían a la nobleza. En cierta ocasión, un monje llamado Montano, que tres veces consecutivas había recibido un aviso celestial en sueños, vaticinó a Celina que daría a luz un hijo que llegaría a ser un hombre de grandísimos méritos. A su debido tiempo, Remigio vino al mundo.

Hinemar de Reims complementó estos datos tan escasos en el siglo nueve: Celina y Emilio, su marido, habían tenido dos hijos: Principio, quien llegó a ser obispo de Soissons, y su hermano Emilio, quien a su vez tuvo un hijo, Lupo, sucesor de su tío Principio en la sede de Soissons, a la que gobernó hasta la muerte de Remigio (Duchesne, Fastes Episcopaux, vol. III, 1915, pp. 89-90).

Cuando el monje Montano anunció el nacimiento del niño, Celina quedó desconcertada, puesto que tanto ella como su marido ya eran entrados en años. Pero Montano, que era ciego, reiteró su profecía y aun agregó estas palabras: "Cuando hayas parido al niño cuyo nacimiento te anuncio, me frotarás los ojos con unas gotas de la leche de tus pechos y así recuperaré la vista". Fue el propio Remigio, a los pocos días de nacido, quien puso su manecita mojada con la leche del pecho de su madre, en los ojos de Montano, y éste obtuvo la gracia de volver a ver. Hinemar hace la advertencia de que, al nacer, Remigio quedó limpio de toda culpa por obra del Espíritu Santo. Había sido concebido "en la iniquidad, como todo hombre", pero contrariamente a lo que sucede en la condición humana, "su madre no lo parió en los delitos de la prevaricación, sino en la gracia de la remisión". Por esa razón, Remigio se asemejaba a San Juan Bautista (Luc. 1, 15) y a Isaac (Gen. XVII, .Nació en el país de Laon y se le impuso el nombre de Remigio porque estaba destinado a regir, a dirigir la nave de su Iglesia a merced de las olas tempestuosas y también sería el "Remedio" (otro significado de su nombre) tconra la justa cólera de Dios o bien contra la ferocidad de los paganos.

Luego de cursar breves estudios en los que destacó sobremanera, Remigio tuvo deseos de imitar el ejemplo del monje Montano, se retiró al convento y se separó para siempre de Celina. De acuerdo con uno de los párrafos del testamento de San Remigio, su madre había sido sepultada en Labrinacum (Lavergny), cerca de Laon, en el Aisne. La traslación de sus restos a Laon, según Molanus y Vermeulen, los editores del Martirologio de Usuardo (ed. Du Sollier, Anvers, 1714, p. 194) tuvo lugar un 5 de abril.

Actualmente, en la diócesis de Reims se conmemora a Santa Celina el 22 de octubre.
 

Laura de Santa Catalina de Siena, Santa Religiosa fundadora, 21 de octubre

Laura de Santa Catalina de Siena, Santa
Religiosa fundadora, 21 de octubre
 
Laura de Santa Catalina de Siena, Santa
Laura de Santa Catalina de Siena, Santa

Fundadora de la Congregación de las Hermanas Misioneras
de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena
(Misioneras de María)

Martirologio Romano: En el lugar de Belencito, cerca de Medellín, en Colombia, Santa Laura de Santa Catalina de Siena Montoya y Upeguí, virgen, que, con notable suceso, se dedicó a anunciar el Evangelio entre los pueblos indígenas que aún desconocían la fe en Cristo y fundó la Congregación de las Hermanas Misioneras de María

Etimología: Laura = Aquella que triunfa, viene de la lengua latina

Fecha de beatificación: 25 de abril de 2004, por el Beato Juan Pablo II.

Fecha de canonización: 12 de mayo de 2013, por el Papa Francisco.
La Madre Laura de Santa Catalina de Siena (Laura Montoya Upegui), estando aquí, en la Basílica de San Pedro en el mes de noviembre del año 1930, después de una viva oración eucarística escribe: «Tuve fuerte deseo de tener tres largas vidas: La una para dedicarla a la adoración, la otra para pasarla en las humillaciones y la tercera para las misiones; pero al ofrecerle al Señor estos imposibles deseos, me pareció demasiado poco una vida para las misiones y le ofrecí el deseo de tener un millón de vidas para sacrificarlas en las misiones entre infieles! Mas, ¡he quedado muy triste! y le he repetido mucho al Señor de mi alma esta saetilla: ¡Ay! Que yo me muero al ver que nada soy y que te quiero!».

Esta gran mujer que así escribe, la Madre Laura Montoya, maestra de misión en América Latina, servidora de la verdad y de la luz del Evangelio, nació en Jericó, Antioquia, pequeña población colombiana, el 26 de Mayo de 1874, en el hogar de Juan de la Cruz Montoya y Dolores Upegui, una familia profundamente cristiana. Recibió las aguas regeneradoras del Bautismo cuatro horas después de su nacimiento. El sacerdote le dio el nombre de María Laura de Jesús. Dos años tenía Laura cuando su padre fue asesinado, en cruenta guerra fratricida por defender la religión y la patria. Dejó a su esposa y sus tres hijos en orfandad y dura pobreza, a causa de la confiscación de los bienes por parte de sus enemigos. De labios de su madre, Laura aprendió a perdonar y a fortalecer su carácter con cristianos sentimientos.

Desde sus primeros años, su vida fue de incomprensiones y dolores. Supo lo que es sufrir como pobre huérfana, mendigando cariño entre sus mismos familiares. Aceptando con amor el sacrificio, fue dominando las dificultades del camino. La acción del Espíritu de Dios y la lectura espiritual especialmente de la Sagrada Escritura, la llevaron por los caminos de la oración contemplativa, penitencia y el deseo de hacerse religiosa en el claustro carmelitano. Tenía sed de Dios y quería ir a El “como bala de cañón ”.

Esta mujer admirable crece sin estudios, por las dificultades de pobreza e itinerancia a causa de su orfandad, hasta la edad de 16 años cuando ingresa en la Normal de Institutoras de Medellín, para ser maestra elemental y de esta manera ganarse el sustento diario. Sin embargo, llega a ser una erudita en su tiempo, una pedagoga connotada, formadora de cristianas generaciones, escritora castiza de alto vuelo y sabroso estilo, mística profunda por su experiencia de oración contemplativa.

En 1914, apoyada por monseñor Maximiliano Crespo, obispo de Santa Fe de Antioquia, funda una familia religiosa: Las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Sena, obra religiosa que rompe moldes y estructuras insuficientes para llevar a cabo su ideal misionero según lo expresa en su Autobiografía: Necesitaba mujeres intrépidas, valientes, inflamadas en el amor de Dios, que pudieran asimilar su vida a la de los pobres habitantes de la selva, para levantarlos hacia Dios

MAESTRA CATEQUISTA DE LOS INDIOS

Su profesión de maestra la llevó por varias poblaciones de Antioquia y luego al Colegio de La Inmaculada en Medellín. En su magisterio no se contenta con el saber humano sino que expone magistralmente la doctrina del Evangelio. Forma con la palabra y el ejemplo el corazón de sus discípulas, en el amor a la Eucaristía y en los valores cristianos. En un momento de su trayectoria como maestra, se siente llamada a realizar lo que ella llamaba “la Obra de los indios”: En 1907 estando en la población de Marinilla, escribe: “me vi en Dios y como que me arropaba con su paternidad haciéndome madre, del modo más intenso, de los infieles. Me dolían como verdaderos hijos”. Este fuego de amor la impulsa a un trabajo heroico al servicio de los indígenas de las selvas de América.

Busca recursos humanos, fomenta el celo misionero entre sus discípulas, escoge cinco compañeras a quienes prende el fuego apostólico de su propia alma. Aceptando de antemano los sacrificios, humillaciones, pruebas y contradicciones que se ven venir, acompañadas por su madre Doloritas Upegui, el grupo de “Misioneras catequistas de los indios” sale de Medellín hacia Dabeiba el 5 de Mayo de 1914. Parten hacia lo desconocido, para abrirse paso en la tupida selva. Van, no con la fuerza de las armas, sino con la debilidad femenina apoyada en el Crucifijo y sostenida por un gran amor a María la Madre y Maestra de esta Obra misionera. “Ella, la Señora Inmaculada me atrajo de tal modo, que ya me es imposible pensar siquiera en que no sea Ella como el centro de mi vida”. La celda carmelitana, objeto de sus ansias en el tiempo de su juventud, le pareció demasiado fría ante aquellas selvas pobladas de seres humanos sumidos en la infidelidad, pero amados tiernamente por Dios. “Siento la suprema impotencia de mi nada y el supremo dolor de verte desconocido, como un peso que me agobia”.

Comprende la dignidad humana y la vocación divina del indígena. Quiere insertarse en su cultura, vivir como ellos en pobreza, sencillez y humildad y de esta manera derribar el muro de discriminación racial que mantenían algunos líderes civiles y religiosos de su tiempo. La solidez de su virtud fue probada y purificada por la incomprensión y el desprecio de los que la rodeaban, por los prejuicios y las acusaciones de algunos prelados de la iglesia que no comprendieron en su momento, aquel estilo de ser “religiosas cabras”, según su expresión, llevadas por el anhelo de extender la fe y el conocimiento de Dios hasta los más remotos e inaccesibles lugares, brindando una catequesis vivencial del Evangelio. Su Obra misionera rompió esquemas, para lanzar a la mujer como misionera en la vanguardia de la evangelización en América latina. El quemante “SITIO”- Tengo sed- de Cristo en la Cruz , la impulsa a saciar esta sed del crucificado :”¡Cuánta sed tengo! ¡Sed de saciar la vuestra Señor! Al comulgar nos hemos juntado dos sedientos: Vos de la gloria de vuestro Padre y yo de la de vuestro corazón Eucarístico! Vos de venir a mí, y yo de ir a Vos”

Mujer de avanzada, elige como celda la selva enmarañada y como sagrario la naturaleza andina, los bosques y cañadas, la exuberante vegetación en donde encuentra a Dios. Escribe a las Hermanas: ”No tienen sagrario pero tienen naturaleza; aunque la presencia de Dios es distinta, en las dos partes está y el amor debe saber buscarlo y hallarlo en donde quiera que se encuentre.”

Redacta para ellas las “Voces Místicas”, inspirada en la contemplación de la naturaleza, y otros libros como el Directorio o guía de perfección, que ayudan a las Hermanas a vivir en armonía entre la vida apostólica y la contemplativa. Su Autobiografía es su obra cumbre, libro de confidencias íntimas, experiencia de sus angustias, desolaciones e ideales, vibraciones de su alma al contacto con la divinidad, vivencias de su lucha titánica por llevar a cabo su vocación misionera. Allí muestra su “pedagogía del amor”, pedagogía acomodada a la mente del indígena, que le permite adentrarse en la cultura y el corazón del indio y del negro de nuestro continente.

La Madre Laura centra su Eclesiología en el amor y la obediencia a la Iglesia. Vive para la Iglesia a quien ama entrañablemente, y para extender sus fronteras no mide dificultades, sacrificios, humillaciones y calumnias.

Esta infatigable misionera, pasó nueve años en silla de ruedas sin dejar su apostolado de la palabra y de la pluma. Después de una larga y penosa agonía, murió en Medellín el 21 de octubre de 1949. A su muerte dejó extendida su Congregación de Misioneras en 90 casas distribuidas en tres países, con un número de 467 religiosas. En la actualidad las Misioneras trabajan en 19 países distribuidas en América, África y Europa.

Por todo lo que vivió hizo y significo la Madre Laura en su época y por todo lo que seguirá significando para la sociedad, la Congregación y la Iglesia, hoy la Congregación por ella fundada se llena de alegría al ver concretizado y culminado su proceso de Beatificación, abierto el 4 de julio de 1963, en la capilla de la Curia Arquidiocesana de Medellín, en el cual se nombró el tribunal eclesiástico para buscar diligentemente los escritos de la Sierva de Dios Laura Montoya Upegui, instruir el proceso informativo sobre su fama de santidad, virtudes en general y posibles milagros realizados por la Sierva de Dios. Hoy este proceso que duro cuarenta años ha llegado a su culminación, cuando el 25 de abril de 2004, S.S. Juan Pablo II la proclamara beata de la Iglesia.

Reproducido con autorización de Vatican.va

Canonización S.S. Benedicto XVI firmó el 20 de diciembre de 2012 el decreto con el cual se reconocía un milagro gracias a la intercesión de la entonces Beata Laura de Santa Catalina de Siena, lo cual permitió la canonizacion de quien pasó así a ser la primera colombiana en llegar a la gloria de los altares de la Iglesia Católica.

El milagro realizado por intercesión de la hasta entonces beata fue la curación del Dr. Carlos Eduardo Restrepo quien se encontraba convaleciente y que, aquejado por una especie de lupus, daño renal y una atrofia muscular, se encomendó una noche a ella y amaneció completamente curado.

Esa noche, el Dr. Restrepo recuerda que "le dije: ‘madre Laura, si me saca de estas, yo me encargo de contarle al mundo su milagro para que la eleven a los altares’".

"Tengo una laguna. No sé si tuve una experiencia extracorpórea o si lo imaginé, o si fue el subconsciente, pero cuando me encomendé a la beata sentí una paz maravillosa", dijo.

El médico sanado por la intercesión de la santa colombiana expresó: "si esto no es un milagro, entonces qué es... Cuando sabes que no tienes ninguna posibilidad y quedas intacto, entonces es un milagro", señaló.

Úrsula y compañeras, Santa Mártir, 21 de octubre

Úrsula y compañeras, Santa
Mártir, 21 de octubre
 
Úrsula y compañeras, Santa
Úrsula y compañeras, Santa

Mártir

Martirologio Romano: En la ciudad de Colonia, en Germania, conmemoración de las santas vírgenes que entregaron su vida por Cristo, en el lugar de la ciudad donde después se levantó una basílica dedicada a santa Úrsula, virgen inocente, considerada como la principal del grupo (c. s. IV).

Etimología: Úrsula = aquella que es como una osita. Viene de la lengua latina.

Fecha de canonización: Información no disponible, la antigüedad de los documentos y de las técnicas usadas para archivarlos, la acción del clima, y en muchas ocasiones del mismo ser humano, han impedido que tengamos esta concreta información el día de hoy. Si sabemos que fue canonizado antes de la creación de la Congregación para la causa de los Santos, y que su culto fue aprobado por el Obispo de Roma, el Papa.
En el siglo IX se descubrió en Colonia, Alemania, en una iglesia del siglo VI, un epígrafe enrollado que comienza así:" Martirio de Ursula y 11.000 vírgenes".

Es un documento que engloba el martirio de estas vírgenes en el lugar sobre el que se construyó una preciosa iglesia.

En la “Pasión” teatral inventada para narrar su historia, se puede ver que ellas provenían de Inglaterra con Ursula, hija del rey, escapando de los sajones paganos que estaban invadiendo el país.

Cuando su barco llegó a Colonia, Atila el terrible estaba por entonces allí con los Hunos.

Atila, duro, fuerte, de mal carácter y muy pasional quiso casarse con la bella joven Ursula. Las otras se las entregaría a sus soldados para que las violaran o hicieran lo que quisieran con ellas.

Pero el fanfarrón no esperaba la respuesta de estas chicas. Cuando se les acercó y les hizo sus proposiciones, éstas respondieron todas al unísono con la negativa más rotunda que se puede imaginar.

Enfurecido Atila, las mandó matar de la manera más dura posible.

Durante toda la Edad Media corría de pueblo en pueblo un romance en el que se contaba la historia de estas mártires. Tuvo un éxito increíble.

El Instituto de Angela de Mérici, ursulinas, la tomó como patrona de sus obras de apostolado.
Gracias a un cementerio descubierto en Colonia, se pudieron ver los restos de estas valientes chicas que prefirieron la muerte antes que ofender al Señor. Sus reliquias abundan en muchos templos.

El culto a santa Ursula y a sus compañeras se extendió muy pronto, y se levantaron muchas iglesia en su honor.

En el siglo XIII la Sorbona la adoptó como patrona y lo mismo ocurrió en las universidades de Coimbra y de Viena.

domingo, 20 de octubre de 2013

Cuidado con la avaricia Lucas 12, 13-21. Tiempo Ordinario. Confiemos en Dios, que mirándonos con amor nos dará muy por encima de lo que pidamos e imaginemos.

Cuidado con la avaricia
Lucas 12, 13-21. Tiempo Ordinario. Confiemos en Dios, que mirándonos con amor nos dará muy por encima de lo que pidamos e imaginemos.
 
Cuidado con la avaricia
Del santo Evangelio según san Lucas 12, 13-21

Uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». El le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?» Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes». Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: "¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?" Y dijo: "Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea." Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?" Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».

Oración introductoria

Padre, te pedimos que valoremos que la vida es el periodo de tiempo, corto, que tenemos para decidir nuestra eternidad, y para amar.

Petición

Espíritu Santo, fortaléceme para saber distinguir lo que vale para la eternidad y sepa confiar en tu Providencia divina.

Meditación por el Papa Francisco

Quien ama da su vida como un don; el egoísta por el contrario cuida su vida, crece en este egoísmo y se convierte en un traidor, pero siempre solo. Sin embargo, quien da su vida por amor, nunca está solo: siempre está en comunidad, está en familia. Aquél que aísla su conciencia en el egoísmo, al final la pierde. Y así terminó Judas quien era un idólatra, apegado al dinero. Y esta idolatría le ha llevado a aislarse de la comunidad, de los demás. Este es el drama de la conciencia aislada: cuando un cristiano comienza a aislarse, también aísla la conciencia del sentido de comunidad, del sentido de la Iglesia, de aquel amor que Jesús nos da. En cambio, el cristiano que da la vida, que la ´pierde´, como dice Jesús, la encuentra, la vuelve a encontrar, en plenitud. Y aquel, como Judas, que quiere mantenerla para sí mismo, la pierde al final. Juan nos dice que "en ese momento, Satanás entró en el corazón de Judas´. Y, hay que decirlo: Satanás es un mal pagador. Siempre nos estafa: siempre".
Pero Jesús le ama por siempre y siempre se dona. Y este don suyo del amor nos mueve a amar "para dar fruto. Y el fruto permanece. (S.S. Francisco, 14 de mayo de 2013)..

Reflexión

Este Evangelio es engañador para quien lo lee superficialmente: ¿es malo tener grandes cosechas? ¿es malo construir graneros donde guardarlas? Nada de eso. Cristo elogiará siempre a los hombres sagaces y prudentes.

El problema está en el alma. El desdichado protagonista de la parábola invita al alma a descansar, a dejar todo esfuerzo porque tiene todo lo suficiente para vivir. Cristo está refiriéndose en estas líneas a la eterna tentación de todo pueblo y toda persona que alcanza cierto nivel de bienestar: creer que ya no necesita de Dios por tener cubiertas las necesidades corporales.

Cuando el hombre tiene pan, placeres, seguridad social y pasatiempos apetecibles, no siente la necesidad de Dios y tampoco cree que el demonio actúe, pues a él no le toca. Pero también los hay que gozan de su avanzada sociedad occidental, que tienen su casa, su coche, su salario que les permite vivir holgadamente, pero eso sí, no olvidan que el alma necesita trabajar y hacer obras buenas, y además, comparten lo que tienen poniéndolo al servicio del Evangelio y de sus hermanos. Por buenos que ya seamos, por muchas conquistas que hayamos logrado con nuestras oraciones, sufrimiento y esfuerzos no es suficiente si seguimos en la tierra y no estamos exentos de sucumbir a la tentación.

La vida es el periodo de tiempo, corto, que tenemos para decidir nuestra eternidad, y para amar. Cada día mueren millones de personas, un día será el tuyo y el mío. Un día todo esto habrá acabado y tenemos en nuestras manos que ese día sea el mejor de nuestra vida. Hemos de trabajar sin descanso, pensando en el día que todo será descanso. Puede que la idea del cielo no nos incentive demasiado, que prefiramos un premio terrenal, que creamos que el cielo es una levitación aburrida..., no desconfiemos, cuentan de aquel pobre vagabundo que pidió a un rey una moneda y éste le miró con cariño y le lavó, le vistió con las mejores galas y lo llevó a palacio. No nos quedemos con la moneda de la felicidad terrenal, confiemos en nuestro Rey que mirándonos con amor nos dará muy por encima de lo que pidamos e imaginemos. Todo lo que deseamos y mucho más está en el cielo, pues ¡vamos a llenarlo!, vamos a dedicar nuestra vida a hacer felices a los hombres, a llevarles al cielo.

Propòsito

Si de Dios recibimos dones tan grandes, también nosotros debemos dar: en ámbito espiritual debemos dar bondad, amistad y amor. Pero también debemos dar en el ámbito material, compartir el pan.

Diálogo con Cristo

Acumular, comprar, buscar el placer… es el afán prioritario de nuestra cultura. Señor Jesús, frecuentemente me encuentro contemplando las cosas buenas de este mundo, pero no como medios sino como un fin. Necesito tener claras mis prioridades: Tú, primero, y luego todo lo demás, según me lleven hacia Ti. Dame la sabiduría para saber que la vida es corta y debo vivirla sólo para Ti.

viernes, 18 de octubre de 2013

Pedro de Alcántara, Santo Penitente, Octubre 18

Pedro de Alcántara, Santo
Penitente, Octubre 18
 
Pedro de Alcántara, Santo
Pedro de Alcántara, Santo

Penitente

Martirologio Romano: En la villa de Arenas, en la región española de Castilla, san Pedro de Alcántara, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores, que adornado con el don de consejo y de vida penitente y austera, reformó la disciplina regular en los conventos de la Orden en España, siendo consejero de santa Teresa de Jesús en su obra reformadora de la Orden de los Carmelitas (1562).

Era el año del Señor de 1494 [o más bien: 1499] cuando en la Extremadura Alta, en la villa de Alcántara, nacía del gobernador don Pedro Garabito y de la noble señora doña María Villela de Sanabria un varón cuya vida había de ser un continuo milagro y un mensaje espiritual de Dios a los hombres, porque no iba a ser otra cosa sino una potente encarnación del espíritu en cuanto ello lo sufre la humana naturaleza. Ocurrió cuando España entera vibraba hasta la entraña por la fuerza del movimiento contrarreformista. Era el tiempo de los grandes reyes, de los grandes teólogos, de los grandes santos. En el cielo de la Iglesia española y universal fulgían con luz propia Ignacio, Teresa, Francisco de Borja, Juan de la Cruz, Francisco Solano, Javier... Entre ellos el Santo de Alcántara había de brillar con potentísima e indiscutible luz.

Había de ser santo franciscano. La liturgia de los franciscanos, en su fiesta, nos dice que, si bien «el Seráfico Padre estaba ya muerto, parecía como si en realidad estuviese vivo, por cuanto nos dejó copia de sí en Pedro, al cual constituyó defensor de su casa y caminó por todas las vías de su padre, sin declinar a la derecha ni hacia la izquierda». Todo el que haya sentido alguna vez curiosidad por la historia de la Orden de San Francisco, se encontrará con un fenómeno digno de ponderación, que apenas halla par en la historia de la Iglesia: iluminado por Dios, se apoderó el Santo de Asís del espíritu del Evangelio y lo plasmó en una altísima regla de vida que, en consecuencia, se convierte en heroísmo. Este evangelio puro, a la letra, es la cumbre de la espiritualidad cristiana y hace de los hombres otros tantos Cristos, otros tantos estigmatizados interiores; pero choca también con la realidad de la concupiscencia y pone al hombre en un constante estado de tensión, donde las tendencias hacia el amor que se crucifica y hacia la carne que reclama su imperio luchan en toda su desnuda crudeza. Por eso ya en la vida de San Francisco se observa que su ideal, de extraordinaria potencia de atracción de almas sedientas de santidad, choca con las debilidades humanas de quienes lo abrazan. Y las almas, a veces, ceden en puntos de perfección, masivamente, en grandes grupos, y parece, sin embargo, como si el espíritu del fundador hubiese dejado en ellas una simiente de perpetuo descontento, una tremenda ansia de superación, y constantemente, apenas la llama del espíritu ha comenzado a flaquear, se levanta el espíritu hecho llama en otro hombre y comienza un movimiento de reforma. Nuestro Santo fue, de todos esos hombres, el más audaz, el más potente y el más avanzado. Su significación es, por tanto, doble: es reformador de la Orden y, a través de ella, de la Iglesia universal.

San Francisco entendió la santidad como una identificación perfecta con Cristo crucificado y trazó un camino para ir a Él. El itinerario comienza por una intuición del Verbo encarnado que muere en cruz por amor nuestro, moviendo al hombre a penitencia de sus culpas y arrastrándole a una estrecha imitación. Así introduce al alma en una total pobreza y renuncia de este mundo, en el que vivirá sin apego a criatura alguna, como extranjera y peregrina; de aquí la llevará a desear el oprobio y menosprecio de los hombres, será humilde; de aquí, despojada ya de todo obstáculo, a una entrega total al prójimo, en purísima caridad fraterna. Ya en este punto el hombre encuentra realizada una triple muerte a sí mismo: en el deseo de la posesión y del goce, en la propia estima, en el propio amor. Entonces ha logrado la perfecta identificación con el Cristo de la cruz. Esto, en San Francisco, floreció en llagas, impresas por divinas manos en el monte de la Verna. Y, cuando el hombre se ha configurado así con el Redentor, su vida adquiere una plenitud insospechada de carácter redentivo, completando en sí los padecimientos de Cristo por su Iglesia; se hace alma víctima y corredentora por su perfecta inmolación. Cuando el alma se ha unido así con Cristo ha encontrado la paz interior consumada en el amor y sus ojos purificados contemplan la hermosura de Dios en lo creado; queda internamente edificada en sencilla simplicidad; vive una perpetua y perfecta alegría, que es sonrisa de cruz. Es franciscana.

Por estos caminos, sin declinar, iba a correr nuestro Santo de Alcántara. Nos encontramos frente a una destacadísima personalidad religiosa, en la que no sabemos si admirar más los valores humanos fundamentales o los sobrenaturales añadidos por la gracia. San Pedro fue hombre de mediana estatura, bien parecido y proporcionado en todos sus miembros, varonilmente gracioso en el rostro, afable y cortés en la conversación, nunca demasiada; de exquisito trato social. Su memoria fue extraordinaria, llegando a dominar toda la Biblia; ingenio agudo; inteligencia despejadísima y una voluntad férrea ante la cual no existían los imposibles y que hermanaba perfectamente con una extrema sensibilidad y ternura hacia los dolores del prójimo. Es de considerar cómo, a pesar de su extrema dureza, atraía de manera irresistible a las almas y las empujaba por donde quería, sin que nadie pudiese escapar a su influencia. Cuando la penitencia le hubo consumido hasta secarle las carnes, en forma de parecer –según testimonio de quienes le trataron– un esqueleto recién salido del sepulcro; cuando la mortificación le impedía mirar a nadie cara a cara, emanaba de él, no obstante, una dulzura, una fuerza interior tal, que inmediatamente se imponía a quien le trataba, subyugándole y conduciéndole a placer.

Sus padres cuidaron esmeradamente de su formación intelectual. Estudió gramática en Alcántara y debía de tener once o doce años cuando marchó a Salamanca. Allí cursó la filosofía y comenzó el derecho. A los quince años había ya hecho el primero de leyes. Tornó a su villa natal en vacaciones, y entonces coincidieron las dudas sobre la elección de estado con un período de tentaciones intensas. Un día el joven vio pasar ante su puerta unos franciscanos descalzos y marchó tras ellos, escapándose de casa apenas si cumplidos los dieciséis años y tomando el hábito en el convento de los Majarretes, junto a Valencia de Alcántara, en la raya portuguesa, año de 1515.

Fray Juan de Guadalupe había fundado en 1494 una reforma de la Orden conocida comúnmente con el nombre de la de los descalzos. Esta reforma pasó tiempos angustiosos, combatida por todas partes, autorizada y suprimida varias veces por los Papas, hasta que logró estabilizarse en 1515 con el nombre de Custodia de Extremadura y más tarde provincia descalza de San Gabriel. Exactamente el año en que San Pedro tomó el santo hábito.

La vida franciscana de éste fue precedida por larga preparación. Desde luego que nos enfrentamos con un individuo extraordinario. De él puede decirse con exactitud que Dios le poseyó desde el principio de sus vías. A los siete años de edad era ya su oración continua y extática; su modestia, sin par. En Salamanca daba su comida de limosna, servía a los enfermos, y era tal la modestia de su continente que, cuando los estudiantes resbalaban en conversaciones no limpias y le veían llegar, se decían: «El de Alcántara viene, mudemos de plática».

Claro está que solamente la entrada en religión, y precisamente en los descalzos, podía permitir que la acción del espíritu se explayase en su alma. Cuando San Pedro, después de haber pasado milagrosamente el río Tiétar, llamó a la puerta del convento de los Majarretes, encontró allí hombres verdaderamente santos, probados en mil tribulaciones por la observancia de su ideal altísimo, pero pronto les superó a todos. En él estaba manifiestamente el dedo de Dios.

Apenas entrado en el noviciado se entregó absolutamente a la acción de la divina gracia. Fue nuestro Santo ardiente amador y su vida se polarizó en torno a Dios, con exclusión de cualquier cosa que pudiese estorbarlo. El misterio de la Santísima Trinidad, donde Dios se revela viviente y fecundo; la encarnación del Verbo y la pasión de Cristo; la Virgen concebida sin mancha de pecado original, eran misterios que atraían con fuerza irresistible sus impulsos interiores. Ya desde el principio más bien pareció ángel que hombre, pues vivía en continua oración. Dios le arrebataba de tal forma que muchas veces durante toda su vida se le vio elevarse en el aire sobre los más altos árboles, permanecer sin sentido, atravesar los ríos andando sin darse cuenta por encima de sus aguas, absorto en el ininterrumpido coloquio interior. Como consecuencia que parece natural, ya desde el principio se manifestó hombre totalmente muerto al mundo y al uso de los sentidos. Nunca miró a nadie a la cara. Sólo conocía a los que le trataban por la voz; ignoraba los techos de las casas donde vivía, la situación de las habitaciones, los árboles del huerto. A veces caminaba muchas horas con los ojos completamente cerrados y tomaba a tientas la pobre refacción.

Gustaba tener huertecillos en los conventos donde poder salir en las noches a contemplar el cielo estrellado, y la contemplación de las criaturas fue siempre para su alma escala conductora a Dios.

Como es lógico, esta invasión divina respondía a la generosidad con que San Pedro se abrazara a la pobreza real y a la cruz de una increíble mortificación. Esta fue tanta que ha pasado a calificarle como portento, y de los más raros, en la Iglesia de Cristo. Ciertamente parece de carácter milagroso y no se explica sin una especial intervención divina.

Si en la mortificación de la vista había llegado, cual declaró a Santa Teresa, al extremo de que igual le diera ver que no ver, tener los ojos cerrados que abiertos, es casi increíble el que durante cuarenta años sólo durmiera hora y media cada día, y eso sentado en el suelo, acurrucado en la pequeña celda donde no cabía estirado ni de pie, y apoyada la cabeza en un madero. Comía, de tres en tres días solamente, pan negro y duro, hierbas amargas y rara vez legumbres nauseabundas, de rodillas; en ocasiones pasaba seis u ocho días sin probar alimento, sin que nadie pudiese evitarlo, pues, si querían regalarle de forma que no lo pudiese huir, eran luego sus penitencias tan duras que preferían no dar ocasión a ellas y le dejaban en paz.

Llevó muchísimos años un cilicio de hoja de lata a modo de armadura con puntas vueltas hacia la carne. El aspecto de su cuerpo, para quienes le vieron desnudo, era fantástico: tenía piel y huesos solamente; el cilicio descubría en algunas partes el hueso y lo restante de la piel era azotado sin piedad dos veces por día, hasta sangrar y supurar en úlceras horrendas que no había modo de curar, cayéndole muchas veces la sangre hasta los pies. Se cubría con el sayal más remendado que encontraba; llevaba unos paños menores que, con el sayal, constituían asperísimo cilicio. El hábito era estrecho y en invierno le acompañaba un manto que no llegaba a cubrir las rodillas. Como solamente tenía uno, veíase obligado a desnudarse para lavarlo, a escondidas, y tornaba a ponérselo, muchas veces helado, apenas lo terminaba de lavar y se había escurrido un tanto. Cuando no podía estar en la celda por el rigor del frío solía calentarse poniéndose desnudo en la corriente helada que iba de la puerta a la ventana abiertas; luego las cerraba poco a poco, y, finalmente, se ponía el hábito y amonestaba al hermano asno para que no se quejase con tanto regalo y no le impidiese la oración.

Su aspecto exterior era impresionante, de forma que predicaba solamente con él: la cara esquelética; los ojos de fulgor intensísimo, capaces de descubrir los secretos más íntimos del corazón, siempre bajos y cerrados; la cabeza quemada por el sol y el hielo, llena de ampollas y de golpes que se daba por no mirar cuando pasaba por puertas bajas, de forma que a menudo le iba escurriendo la sangre por la faz; los pies siempre descalzos, partidos y llagados por no ver dónde los asentaba y no cuidarse de las zarzas y piedras de los caminos.

San Pedro era víctima del amor de Dios más ardiente y su cuerpo no había florecido en cinco llagas como San Francisco, sino que se había convertido en una sola, pura, inmensa. Su vida entera fue una continua crucifixión, llenando en esta inmolación de amor por las almas las exigencias más entrañables del ideal franciscano.

No es de extrañar, claro está, que su vista no repeliese. Juntaba al durísimo aspecto externo una suavidad tal, un profundo sentido de humana ternura y comprensión hacia el prójimo, una afabilidad, cortesía de modales y un tal ardor de caridad fraterna, que atraía irresistiblemente a los demás, de cualquier clase y condición que fuesen. Es que el Santo era todo fuerza de amor y potencia de espíritu. Aborrecía los cumplimientos, pero era cuidadoso de las formas sociales y cultivaba intensamente la amistad. Tuvo íntima relación con los grandes santos de su época: San Francisco de Borja, quien llamaba «su paraíso» al convento de El Pedroso donde el Santo comenzó su reforma; el beato Juan de Ribera, Santa Teresa de Jesús, a quien ayudó eficazmente en la reforma carmelitana y a cuyo espíritu dio aprobación definitiva. Acudieron a él reyes, obispos y grandes. Carlos V y su hija Juana le solicitaron como confesor, negándose a ello por humildad y por desagradarle el género de vida consiguiente. Los reyes de Portugal fueron muy devotos suyos y le ayudaron muchas veces en sus trabajos. A todos imponía su espíritu noble y ardiente, su conocimiento del mundo y de las almas, su caridad no fingida.

Secuela de todo esto fue la eficacia de su intenso apostolado. San Pedro de Alcántara es un auténtico santo franciscano y su vida lo menos parecido posible a la de un cenobita. Como vivía para Dios completamente no le hacía el menor daño el contacto con el mundo. A pesar de ello le asaltaron con frecuencia graves tentaciones de impureza, que remediaba en forma simple y eficaz: azotarse hasta derramar sangre, sumergirse en estanques de agua helada, revolcarse entre zarzas y espinas. Desde los veinticinco años, en que por obediencia le hacen superior, estuvo constantemente en viajes apostólicos. Su predicación era sencilla, evangélica, más de ejemplo que de palabra. En el confesonario pasaba horas incontables y poseía el don de mover los corazones más empedernidos. Fue extraordinario como director espiritual, ya que penetraba el interior de las almas con seguro tino y prudencia exquisita: así fue solicitado en consejo por toda clase de hombres y mujeres, lo mismo gente sencilla de pueblo que nobles y reyes; igual teólogos y predicadores que monjas simples y vulgo ignorante. Amó a los niños y era amado por ellos, llegando a instalar en El Pedroso una escuelita donde enseñarles. Predicó constantemente la paz y la procuró eficazmente entre los hombres.

Dios confirmó todo esto con abundancia de milagros: innúmeras veces pasó los ríos a pie enjuto; dio de comer prodigiosamente a los religiosos necesitados; curó enfermos; profetizó; plantó su báculo en tierra y se desarrolló en una higuera que aún hoy se conserva; atravesó tempestades sin que la lluvia calara sus vestidos, y en una de nieve ésta le respetó hasta el punto de formar a su alrededor una especie de tienda blanca. Y sobre todas estas cosas el auténtico milagro de su penitencia.

Aún, sin embargo, nos falta conocer el aspecto más original del Santo: su espíritu reformador. No solamente ayuda mucho a Santa Teresa para implantar la reforma carmelitana; no se contenta con ayudar a un religioso a la fundación de una provincia franciscana reformada en Portugal, sino que él mismo funda con licencia pontificia la provincia de San José, que produjo a la Iglesia mártires, beatos y santos de primera talla. Si bien él mismo había tomado el hábito en una provincia franciscana austerísima, la de San Gabriel, quiso elevar la pobreza y austeridad a una mayor perfección, mediante leyes a propósito y, sobre todo, deseó extender por todo el mundo el genuino espíritu franciscano que llevaba en las venas, cosa que, por azares históricos, estaba prohibido a la dicha provincia de San Gabriel, que sólo podía mantener un limitado número de conventos. Con muchas contradicciones dio comienzo a su obra en 1556, en el convento de El Pedroso, y pronto la vio extendida a Galicia, Castilla, Valencia; más tarde China, Filipinas, América. Los alcantarinos eran proverbio de santidad entre el pueblo y los doctos por su vida maravillosamente penitentes. Dice un biógrafo que vivían en sus conventos –diminutos, desprovistos de toda comodidad– una vida que más bien tenía visos de muerte. Cocinaban una vez por semana, y aquel potaje se hacía insufrible al mejor estómago. Sus celdas parecían sepulcros. La oración era sin límites, igual que las penitencias corporales. Y si bien es cierto que las constituciones dadas por el Santo son muy moderadas en cuanto a esto, sin exigir mucho más allá que las demás reformas franciscanas conocidas, no se puede dudar que su poderosísimo espíritu dejó en sus seguidores una imborrable huella y un deseo extremo de imitación. Y es sorprendente el genuino espíritu franciscano que les comunicó, ya que tal penitencia no les distanciaba del pueblo, antes los unía más a él. Construían los conventos junto a pueblos y ciudades, mezclándose con la gente a través del desempeño del ministerio sacerdotal, en la ayuda a los párrocos, enseñanza a los niños; siempre afables y corteses, penitentes y profundamente humanos.

El 18 de octubre de 1562 murió en el convento de Arenas.

La Santa de Avila vio volar su alma al cielo y la oyó gozarse de la gloria ganada con su excelsa penitencia. El Santo moría en paz. Dejaba una obra hecha: una escuela de santos, un colegio de almas intercesoras y víctimas por las culpas del mundo. Sus penitencias llegaron a parecer a algunos «locuras y temeridades de hombre desesperado»; las gentes le tuvieron muchas veces por loco al ver los extremos a que le llevaba su vida de contemplación. Sólo que, como muy gentilmente aclaró a sus monjas Santa Teresa, aquellas locuras del bendito fray Pedro eran precisamente locuras de amor. Cuando Cristo ama intensamente a un alma no descansa hasta clavarla consigo en la cruz. Cuando un alma ama a Cristo no desea sino compartir con Él los mismos dolores, oprobios y menosprecios. La vocación franciscana es, recordémoslo, una vocación de amor crucificado y San Pedro supo vivirla con plenitud. Su penitencia venía condicionada por su papel corredentivo en la Iglesia de Dios y, si no a todos es dado imitarla materialmente, sí es exigido amar como él amó y desprenderse por amor, y al menos en espíritu, de las cosas temporales, abrazándose a la cruz.

 

jueves, 17 de octubre de 2013

Lucas, Santo Evangelista, 18 de octubre

Lucas, Santo
Evangelista, 18 de octubre
 
Lucas, Santo

Evangelista
Octubre 18



Breves notas en las Cartas de San Pablo son las únicas noticias que la Sagrada Escritura nos presenta sobre San Lucas, el solícito investigador de la buena noticia y autor del tercer Evangelio y de los Hechos de los Apóstoles. Por sus apuntes de viaje, es decir, por las páginas de los Hechos en los que San Lucas habla en primera persona, podemos reconstruir parte de su actividad misionera. Fue compañero y discípulo de los apóstoles. El historiador Eusebio subraya: “... tuvo relaciones con todos los apóstoles, y fue muy solícito”. De esta sensibilidad y disponibilidad suyas hacia el prójimo nos da testimonio el mismo San Pablo, unido a él por grande amistad. En la carta a los Colosenses leemos: “Os saluda Lucas, médico amado...”.

La profesión médica nos trace suponer que él se dedicó mucho tiempo al estudio. Su formación cultural se nota también por el estilo de sus libros: su Evangelio está escrito en un griego sencillo, limpio y bello, rico en términos que los otros tres evangelistas no tienen. Hay que hacer otra consideración sobre su Evangelio, a más del hecho estilístico e historiográfico: Lucas es el evangelista que mejor que lo otros nos pintó la humana fisonomía del Redentor, su mansedumbre, sus atenciones para con los pobres y los marginados, las mujeres y lo pecadores arrepentidos. Es el biógrafo de la Virgen y de la infancia de Jesús. Es el evangelista de la Navidad. Los Hechos de los Apóstoles y el tercer Evangelio nos hacen ver el temperamento de San Lucas, hombre conciliador, discreto, dueño de sí mismo; suaviza o calla expresiones que hubieran podido herir a algún rector, con tal que esto no vaya en perjuicio de la verdad histórica.
Al revelarnos los íntimos secretos de la Anunciación, de la Visitación, de la Navidad, él nos hace entender que conoció personalmente a la Virgen. Algún exégeta avanza la hipótesis de que fue la Virgen María misma quien le transcribió el himno del “Magnificat”, que ella elevó a Dios en un momento de exultación en el encuentro con la prima Isabel. En efecto, Lucas nos advierte que hizo muchas investigaciones y buscó informaciones respecto de la vida de Jesús con los que fueron testigos oculares.

Un escrito del siglo II, el Prólogo antimarcionista del Evangelio de Lucas, sintetiza el perfil biográfico del modo siguiente: “Lucas, un sirio de Antioquía, de profesión médico, discípulo de los apóstoles, más tarde siguió a San Pablo hasta su confesión (martirio). Sirvió incondicionalmente al Señor, no se casó ni tuvo hijos. Murió a la edad de 84 años en Beocia, lleno de Espíritu Santo”. Recientes estudios concuerdan con esta versión.
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La ciencia confirma la autenticidad de las reliquias de san Lucas

Misión de los setenta y dos Lucas 10, 1-9. Fiesta San Lucas, evangelista. Modelo de entrega en la predicación del Evangelio hasta la muerte

Misión de los setenta y dos
Lucas 10, 1-9. Fiesta San Lucas, evangelista. Modelo de entrega en la predicación del Evangelio hasta la muerte
 
Misión de los setenta y dos
Fiesta de San Lucas, apóstol y evangelísta

Del santo Evangelio según san Lucas 10, 1-9

En aquel tiempo, designó el Señor a otros setenta y dos, y los envió de dos en dos delante de sí, a todas las ciudades y sitios a donde él había de ir. Y les dijo: La mies es mucha, y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies. Id; mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias. Y no saludéis a nadie en el camino. En la casa en que entréis, decid primero: "Paz a esta casa." Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros. Permaneced en la misma casa, comiendo y bebiendo lo que tengan, porque el obrero merece su salario. No vayáis de casa en casa. En la ciudad en que entréis y os reciban, comed lo que os pongan; curad los enfermos que haya en ella, y decidles: "El Reino de Dios está cerca de vosotros."

Oración introductoria

Padre, que San Lucas, modelo de entrega a la predicación del Evangelio hasta la muerte, nos ayude a llevar a todas las almas al conocimiento de Cristo.

Petición

San Lucas, ayúdamos a seguir tu ejemplo y acercarnos a la Virgen, que sea Ella quien nos ayude a conocer más a Jesús.

Meditación del Papa Francisco

Me pregunto: ¿dónde encontraban los primeros discípulos la fuerza para dar este testimonio? No sólo: ¿de dónde les venía la alegría y la valentía del anuncio, a pesar de los obstáculos y las violencias? No olvidemos que los Apóstoles eran personas sencillas, no eran escribas, doctores de la Ley, ni pertenecían a la clase sacerdotal. ¿Cómo pudieron, con sus limitaciones y combatidos por las autoridades, llenar Jerusalén con su enseñanza? Está claro que sólo pueden explicar este hecho la presencia del Señor Resucitado con ellos y la acción del Espíritu Santo. El Señor que estaba con ellos y el Espíritu que les impulsaba a la predicación explica este hecho extraordinario. Su fe se basaba en una experiencia tan fuerte y personal de Cristo muerto y resucitado, que no tenían miedo de nada ni de nadie, e incluso veían las persecuciones como un motivo de honor que les permitía seguir las huellas de Jesús y asemejarse a Él, dando testimonio con la vida.(S.S. Francisco, 14 de abril de 2013).

Reflexión

San Lucas fue compañero de San Pablo en sus viajes apostólicos, como él mismo escribió en los “Hechos de los apóstoles”. En el evangelio de hoy, Cristo manda a sus discípulos de dos en dos a predicar el mensaje del Reino de Dios. Dios nos ha hecho por tanto sus evangelizadores, los mensajeros de la Buena Nueva que Cristo ha traído a este mundo.

Para tal misión Dios ha querido elegir en este mundo a unas personas para que anuncien su palabra y, con su ejemplo, den testimonio de la venida de Cristo. Seguro que yo también soy una de esas personas elegidas por Dios.

Ahora bien, Dios nos advierte que nos manda en medio de lobos, porque el mundo en el que nos toca vivir y predicar la palabra de Dios, muchas veces se cierra al mensaje cristiano de la verdad y del amor. Anunciemos por tanto la paz que Dios ha venido a traernos hace más de 2000 años, pero que nosotros hemos de renovar todos los días; conseguir que todas las personas que nos rodean sientan en sí la redención que nos ha traído Cristo en el misterio de la Encarnación.

San Lucas, modelo de entrega a la predicación del Evangelio hasta la muerte, sea quien nos ayude a llevar a todas las almas al conocimiento de Cristo, para conseguir la paz de nuestras almas.

Propòsito

Pedir a María, nuestra Madre, que lleve a Jesús todas nuestras intenciones de ser mejores portadores del Evangelio.

Diálogo con Cristo

Jesús, sólo llevándote en mi corazón podré transmite tu paz, tan necesaria en el mundo convulsionado por la violencia y la inseguridad. Por intercesión de san Lucas, concédeme que todos mis pensamientos, palabras y obras siembren la paz, principalmente en mi propia familia

martes, 15 de octubre de 2013

Vidas de fe...las tres Teresas En este mes de octubre las recordamos porque siempre estarán presentes, como seres humanos ejemplares de vidas de fe.

Vidas de fe...las tres Teresas
En este mes de octubre las recordamos porque siempre estarán presentes, como seres humanos ejemplares de vidas de fe.
 
Vidas de fe...las tres Teresas

Ya no están.

Estuvieron en el concierto de la Humanidad, les tocó estar en diferentes épocas, en diferentes siglos.

Ya no están pero permanecen.

Permanecen entre nosotros por la huella que dejaron, porque sus vidas fueron transcendentales y la luz de sus almas de trayectoria inconmensurable y pura, no se podrá apagar jamás.

El nombre de TERESA fue el de las tres.

La primera, Teresa de Ávila, España, en marzo de 1515 siglo XVI.

La segunda Teresa nació en Alencón, Francia, en enero de 1873 y a los 16 años entra de novicia en el Convento de las Carmelita de Lisieux y toda la aventura y recorrido de su vida la tenemos hace ya dos siglos.

La tercera Teresa nace en Skopje, hoy Macedonia, en agosto de 1910. Su primer nombre, Agnes Gonxha Bojaxha , que luego , al entrar a los 18 años al Convento, cambia por el de Teresa.

El nombre de Teresa tiene magia para ella pues si grande y admirable fue Teresa de Ávila, no menos fue Teresa de Lesieux, que sin salir del Convento es proclamada Patrona de las Misiones por su celo y ardiente afán, en su vida consagrada a orar por las misiones y misioneros en lejanas tierras.

Una fue TERESA DE JESÚS, otra TERESITA DEL NIÑO JESÚS y la tercera, MADRE TERESA DE CALCUTA. Las tres siguieron los pasos del Maestro amado. Las tres vivieron enamoradas y rendidas a ese apasionamiento por Jesús.

A la primera se le atribuye un diálogo, hermoso y muy conocido, con Cristo. Le pregunta Jesús: - "Tú, ¿quién eres? Ella responde :- "Yo, Teresa de Jesús.. ¿y tú? Responde Él:- "Yo, Jesús de Teresa".

Teresa de Ávila tuvo una vida activa, profundamente humana y espiritual.
Teresita del Niño Jesús tuvo una vida breve, dulce, angelical y de salud muy quebrantada.
La Madre Teresa de Calcuta tuvo una vida larga, entregada y plena de generosidad, pero con la misma tónica de cumplimiento: la heroicidad de sus virtudes, de su fe y de su amor.

Teresa de Jesús, fuerte y tenaz, libro de texto del espíritu, fruto de experiencia e iluminación con estilo clásico y genial.
Teresita, luz de un alma enamorada, miniatura primorosa quebrada por mortal enfermedad y grandes sufrimientos físicos. Espíritu lírico, y llena de gracia.
Madre Teresa, alma gigante en envoltura pequeña , plena de amor y donación total de si misma.

Ellas son encarnaciones magníficas de espiritualidad que las hacen "imán del mundo". Ascetismo dictatorial hasta llegar a la nada en lo humano para que el alma tenga capacidad para TODO LO DIVINO.

Santas las tres Teresas... pero de carne y hueso. No son ángeles ni seres venidos de alguna otra dimensión. Nacieron en familias como las nuestras, con padres y hermanos como pueden ser los de cualquier hogar, quizá no tan cualquiera, pues en sus hogares aprendieron a orar y a amar a Dios. Ahí puede radicar la diferencia. En eso puede descubrirse el secreto de sus vidas: la oración.

La oración las llevó a una relación con Dios poco común. Fueron fieles a los designios del Señor. Abrieron las puertas del alma para dejar entrar al BIEN AMADO.

La oración fue su escudo, su fuerza, su refugio, su lanza para luchar contra muchas y diferentes tentaciones y sufrimientos. Fue la fuente para dar de beber al sediento, el valor para tener los pies cansados y polvorientos y el alma en las alturas, para acariciar las carnes enfermas de los moribundos, para hacer de la enfermedad y de los dolores un incienso perfumado en alabanza a Dios. La oración las colocó en "contacto directo" con Jesucristo y con la Santísima Virgen y fue el "ancla" más poderosa y mejor en sus vidas de fe.

¿Qué nos pasa a nosotros que no oramos?

Las tres Teresas nos están dando la clave y el grandioso ejemplo de sus vidas. Ellas se fueron pero están presentes y nos dejaron el testimonio de todo lo maravilloso y fascinante que puede ser un alma humana.

En este mes de octubre las recordamos porque siempre estarán presentes, como seres humanos ejemplares de VIDAS DE FE y almas inmensamente grandes.

Una Santa muy Española

Una Santa muy Española
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El carácter español es franco. Te habla directamente, cara a cara, sin tapujos. Si algo tiene que decirte, lo dice con la frente en alto y con las palabras exactas, cortas, breves, ni una más y ni una menos. A veces su franqueza molesta a quienes no están acostumbrados a esa cultura. Y en su relación con Dios, no digamos... También su carácter español lo desborda. Y Teresa de Ávila, la santa que hoy nos ocupa, no podría ser la excepción. Nacida en Ávila en 1515 es española hasta el tuétano de los huesos y su “salero” y gracia española los lleva no sólo en la sangre sino en sus obras, en sus escritos y en sus profundas experiencias místicas.

Muchas veces nos hacemos una idea falsa de los santos. Nos los imaginamos en un estuche de plástico o de vidrio, ajenos a las circunstancias de sus congéneres, los hombres mortales, hechos de carne y de hueso. Parecería como si todo hubiese sido fácil para ellos, que hubieran pasado esta vida sin penas y con mucha gloria. Que todo lo que a nosotros nos entristece o nos alegra a ellos les hubiera dado más o menos lo mismo. Y sin embargo, no hay nada más lejos de la realidad que esa concepción falsa y devaluado de los santos. No hay hombre o mujer más humanos, que más hayan vivido con más fuerza y pasión las veleidades humanos que los santos. Teresa de Ahumada, convertida después de mucho batallar en esta tierra en santa y después declarada doctora de la Iglesia por Paulo VI el 27 de septiembre de 1970, nació, vivió y murió como una mujer de su siglo y de su época. Como una española con mucho garbo y con mucho salero.

Entró en el Carmelo de Ávila a los veinte años. Vivió como cualquier monja de su época una vida dedicada a Dios hasta los cuarenta años. Y de ahí en adelante Dios se apoderó de ella... y de su hispanidad. Su conversión, su momento de radical conversión a Dios lo tuvo al contemplar, según ella misma nos cuenta en su autobiografía, al contemplar una imagen agonizante del “Cristo de Limpias”. No pudo más. Era tanto el sufrimiento que le produjo ver a Cristo sufriente, lacerado por los flagelos y sangrante por todos lados que decidió cambiar su vida y la de muchas otras personas. Guiada por Dios y por San Juan de la Cruz se lanza a la Reforma de la Orden Carmelitana, tanto masculina como femenina, para recobrar la pureza y la austeridad de los orígenes. Pureza y austeridad que la causaran varios quebrantos de cabeza, incluso las sospechas de la Inquisición.

Mujer infatigable la vemos ir y venir a lo ancho y largo de la geografía española para fundar conventos según el espíritu de la Reforma por ella iniciada, siempre fiel a la Iglesia y al espíritu del Concilio de Trento, de forma que ayudó no sólo a la renovación de los y las Carmelitas, sino a la renovación de la Iglesia, formando con otros santos un bastión contra el protestantismo que se había desatado ya en Europa.

Mujer práctica, capaz de ver a Dios hasta en los pucheros de la cocina y disfrutar de las alegrías de esta vida al grado de decir “cuando perdices, perdices” y de ahuyentar la plaga de pulgas que azotó a sus primeras monjas cuando les dio por hábito tela infestada de aquellos insectos, con una procesión y rogativa, que llevaba por letanía una letra compuesta por ella que decía: “Señor, librad de la mala gente este sayal”. Mujer que sabía lo que valía la confianza en Dios, pero también valoraba en su justa medida el dinero para llevar a cabo las obras de Dios: “Teresa sin Cristo, no es nada. Teresa y Cristo ya es algo. Teresa, Cristo y dos maravedíes es imparable”.

Mujer de profunda vida mística, que hablaba de tú a tú con Cristo en la oración y era capaz de enfrentarse con Él para preguntarle por qué la hacía sufrir tanto. Y Cristo le respondía que “así era la forma en que trataba a sus amigos”. Y Teresa, la Teresa de Ávila de las murallas medievales donde tantos españoles se guarnecieron de los moros, la Teresa hija de hidalgo español, la Teresa que de niña escapaba de su casa porque quería ir a tierra de moros, le respondía con todo el salero y el requiebre de un buen español: “Ahora veo Señor porque tienes tan pocos amigos”. Una santa que sabía expresar con palabras cortas exactas y breves, su profunda experiencia mística de unión con Dios: “Y tan alta vida espero que muero porque no muero, vivo sin vivir en mí”.

Una santa para imitar en su practicidad, en su adhesión inquebrantable a la Iglesia, en su profunda vida de oración y en su pureza y llaneza de carácter.

Teresa de Jesús Fundadora y Orante

Teresa de Jesús
Fundadora y Orante
 
Teresa de Jesús
Teresa de Jesús
¿Quién no conoce a Teresa de Jesús? ¿Y quién es el que ignora que Teresa de Jesús, de Cepeda y Ahumada, nació en Ávila? Fue el 28 de marzo de 1515. Su abuelo, don Juan Sánchez de Toledo, había apostatado de la religión católica. Suerte que los Reyes Católicos, a través del Tribunal de la Inquisición, habían anunciado un edicto de gracia por el que los apóstatas podían reconciliarse con la Iglesia católica, y a esta posibilidad se acogió don Juan, que debió cumplir la penitencia que le impusie­ron: asistir cada viernes, durante siete semanas, a la procesión de los reconciliados de iglesia en iglesia, en Toledo, con el sambenitillo y sus cruces a sus espaldas. Con don Juan se reconciliaron también sus hijos, Pedro, Álvaro, Rodrigo, Elvira, Lorenzo, Francisco y Alonso, el padre de Teresa.

Pensando el abuelo don Juan, mercader sagaz, intuitivo, certero y afortunado, que en Toledo siempre sería mal visto, tanto por católicos, como por judíos, antes de que llegara su prevista ruina económica, emigró con su familia a Ávila, donde se estableció como mercader de tejidos, y cambió su apellido de Toledo, judío, por el de Cepeda de su esposa, por lo que vino a llamarse don Juan Sánchez de Cepeda, apellido que, naturalmente heredará Teresa junto con el dinamismo inquieto, la intuitiva sagacidad y la esplendidez hidalga y generosa del abuelo.

Don Alonso de Cepeda, segundo hijo de don Juan, casó con doña Catalina del Peso, que falleció dejando a su esposo con dos niños pequeños, María y Juan. Don Alonso, al quedar viudo a sus veintisiete años, casó en segundas nupcias, con doña Beatriz de Ahumada, y de este matrimonio, nació Teresa, que llenó de felicidad aquel hogar.

Siendo niña, se reúne con su hermano Rodrigo para leer vidas de santos y repetir muchas veces que gloria y pena son «¡para siempre, siempre, siempre!», y se escapará con él a tierra de moros a que los «descabezasen por Cristo», y cuando se frustró su plan, decidirán «ser ermitaños». Con sus amiguitas Teresa construirá pequeños monasterios «como que éramos monjas». A los trece años muere su madre, y acude a la Virgen de la Caridad a pedirle con muchas lágrimas, que sea ella ahora su madre. «Paréceme que, aunque se hizo con simpleza, me ha valido».

Retrato físico y psíquico de Teresa. Sus contemporáneos nos han dejado su retrato. Teresa era de estatura mediana, más bien grande que pequeña. Medía 1,68. Gruesa más que flaca, y en todo bien proporcionada. De color blanco y encarnado, especialmente en las mejillas. Cabello negro, limpio, reluciente y blandamente crespo. Frente ancha y muy hermosa. Cejas un poco gruesas, de color rubio oscuro. Los ojos negros, vivos y redondos, al reír mostraban alegría, y cuando mostraban gravedad eran muy graves. La nariz, más pequeña que grande. La boca, ni grande ni pequeña. Los dientes, iguales y muy blancos. La garganta ancha, blanca y no muy alta, sino un poco metida. Manos y pies, lindos y proporcionados. Y tenía tres lunares en la cara. Daba gran contento mirarla y oírla, porque era muy apacible y graciosa en todas sus palabras y ademanes. Tenía particular aire y gracia en el andar, en el hablar, en el mirar y en cualquier ademán que hiciese. Los vestidos, aunque fuesen viejos y remendados, todos le caían muy bien.

No ignoraba Teresa las cualidades que tenía. Anciana ya, manifestaba a un padre carmelita: «Sepa, padre, que me loaban de tres cosas temporales, que eran de discreta, de santa y de hermosa, y yo creía que era discreta y hermosa, que era harta vanidad, mas que era buena y santa, siempre entendía que se engañaban».

Su psicología está marcada por una gran sensibilidad, que se manifestaba en la expresión de su rostro; sus profundos sentimientos fácilmente le bañaban en lágrimas los ojos de pena, de ternura, de alegría o de compasión. Lloraba con mucha frecuencia, aunque con más parsimonia, en su madurez. Tenía una gracia natural que se llevaba a la gente de calle, y un deseo de agradar fuera de lo común. Juan Rof Carballo ha estudiado su grafismo y ha escrito: «Trazos llenos, vibrantes, contradicto­rios, muestran el juego activísimo de las fuerzas del inconscien­te. Pero todo ello aparece, y esto es lo asombroso, como enmarcado o dominado con suavidad infinita dentro de un yo de extraordinario poder y riqueza».

La lectora. Entre la piedad y la ilusión. Aprendió a leer de niña en el Flos sanctorum y en los Santos evangelios, pero en su adolescencia, iniciada por su madre, doña Beatriz, se emborrachó con la lectura de los libros de caballerías, en cuyas historias atractivas y fascinantes de caballeros enamorados y damas hermosas, adoradas por los hombres que se rendían a sus pies y que eran capaces de desencadenar inauditas hazañas y escenas de amor apasionado, dilató su naciente imaginación y ensanchó su horizonte vital y cultural.

Resultado de la lectura de los libros de caballerías. Avivado por las novelas su natural instinto femenino en esos años adolescentes de ilusión, aprendió a utilizar todos los resortes femeninos para acicalarse y embellecerse, aunque con un cuerpo en capullo en plenitud de primavera, necesitaba poco para estar espléndida. Nos cuenta ella misma que usaba perfumes y joyas y dicen sus biógrafos que, a la par que cultivaba extraordinaria­mente la limpieza, tenía muy buen gusto para elegir vestidos y para combinar y armonizar los colores. «Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabellos y olores, y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas, por ser muy curiosa». Decididamente, femenina.

Naturalmente, comenzó a conocer el amor adolescente y romántico. Y descubrió el amor humano. Gozaba con la compañía de sus primos, un poco mayores que ella, y con sus charlas y vanidades, «nonada buenas». Llegó a enamorarse. Pero con una gran limpieza. Tenía miedo de casarse, pero pensó en ello. Este es un cabo suelto que nos ha dejado la Providencia: La que iba a ser madre de tantas mujeres, no podía quedar en una inmadurez psicológica estéril, cuya causa, en gran parte, es el desconoci­miento de la vida y del amor humano. Ella consideró esta situación un extravío, pero estaba muy dentro del plan providen­cial sobre su misión eclesial.

Todo fue muy bonito, pero a don Alonso, su padre, no le resultó tanto y, sin que ella se diera cuenta, pues él sabía que, de haber contado con ella, habría dialécticamente perdido la batalla, la encerró en el monasterio de las Agustinas de Gracia, donde vivirá en compañía de otras muchachas de su edad, y vigilada y acompañada por doña María de Briceño, que tuvo tino para desadormecer a Teresa, quien ya desde entonces comienza a reflexionar en serio en qué estado servirá a Dios, y pide a todas «que la encomendasen a Dios, para que le diese el estado en que le había de servir; mas todavía deseaba que no fuese el de monja». «Comencé a hacer oración sin saber qué era». Comenzó a orar acompañando a Cristo, consolándole y deseando limpiarle el sudor en la Oración del Huerto. No era una oración racional, sino un diálogo vivo con Dios. Es verdad lo que dice, tras su estudio grafológico, Moretti: «Su espíritu se apoya menos en el racioci­nio que en la intuición nutrida de un derroche de imaginación». Aquel corazón que había despertado al amor, después de haber experimentado ese sentimiento tan bello y tan grandioso y transformante, necesitaba depositar ese amor en otro corazón más grande, que no estuviera sujeto a la mutabilidad humana, y que durara siempre, eternamente, que será el de Cristo. Se cumple lo que diagnostica Moretti: «Sabe distinguir los sentimientos auténticos y los espurios y, por ende, pone en orden la vida psíquica y orienta el sentimiento, tanto en el trato como en sus relaciones con Dios». Comenzó a orar acompañando a Cristo en la Oración del Huerto, porque es ahí donde le ve más solo. Tiene el Señor una especial necesidad de consuelo en la Oración del Huerto. A otra mística contemporánea, Gabrielle Bossis, ha dicho el Salvador: «¡Os necesito tanto en el Huerto de los Olivos! ¡Me hallaba tan solo en mi extremada agonía!». Teresa permanece con El todo lo que le duran los pensamientos. Su corazón femenino, cariñoso y lleno de generosidad, sólo desde el amor y la generosidad podrá dar el salto a la vida religiosa, que es cambiar el objetivo de su amor. Aquellos hombrecillos que le fascinaban van a dejar paso al Hombre Dios, de quien se va a apasionar ardientemente. Ella es así. No puede vivir a medias. Necesita entregarse por entero. Otra vez Moretti: «Se propone fines sólidos, que procura alcanzar, pese a quien pese». Y tercia la Santa: «Paréceme que andaba Su Majestad mirando y remirando por dónde me podía tornar a Él».

Una enfermedad la saca del monasterio de las Agustinas, donde se había hecho querer, como en todas partes siempre.

La visita en Hortigosa a su tío Don Pedro de Cepeda, virtuoso y amigo de buenos libros, enriquece el afán de la lectora y cambia el rumbo de sus temas. El tío quiere que le lea a él, y ella, por darle gusto, le lee, y la fuerza de la lectura y la conversación ablandan el barbecho, hacen que se vaya encontrando a sí misma y que recuerde la «verdad de cuando niña, de que todo era nada y la vanidad del mundo y cómo acababa en breve».

Las Epístolas de san Jerónimo la enardecen y decide irse al monasterio. A las Agustinas no, que eran excesivamente austeras; a la Encarnación, donde tiene una amiga: Juana Suárez, «que era mucho lo que quería».

Entra monja en el monasterio de la Encarnación. Arrumbados sus planes de matrimonio, lo que le costó una enfermedad por el empeño y la entereza que ponía en sus decisiones, y vencida la negativa paterna con tenacidad, el día de Animas de 1535, cuando acababa de cumplir sus veinte años, salió furtivamente de su casa, y se dirigió a la Encarnación para ser, al fin, monja. En el monasterio tuvo que seguir el método racional de oración que le imponía la regla y dejar el suyo vital y afectivo, que era una conversación personal. Como ha de prevalecer el ritmo calculado y casi mecánico del método que le enseña la maestra de novicias sobre su propio modo de orar desde su vida que la conectaba con la Vida y de ella sorbía vida, acusó el desajuste. Comenzó a debili­tarse. Era todo muy complicado. No acertaba. Comienza a hacer penitencias. Y el resultado fue fatal. Poco después de la profesión la invadió una gran tristeza, síntoma de una grave enfermedad psicosomática, que la forzó a dejar, temporalmente, el monasterio. Hace un año que ha profesado y tiene veintitrés y medio. Cuando pasa por Hortigosa a curarse, camino de Becedas, su tío Pedro le regala el Tercer Abecedario de Osuna, que la introduce en las quintas moradas. Todo, enfermedad, penitencias, encuentro con su tío y lectura en la soledad de Becedas, son elementos providenciales para la forja de su alma, que están en la base de su Obra y de sus libros, sobre todo en Camino, por ser el más didáctico de todos.

Curada, deviene el milagro de san José, y se convierte en la monja fina, pálida y delicada, de palabra fácil, porte gentil y personalidad seductora, que atrae las simpatías, las visitas y las limosnas al monasterio pobre.

Retroceso y recuperación. Mal aconsejada, cede a su natural y, «de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión», pierde el fervor y casi su vocación de orante. Deja la oración porque tiene vergüenza de «tener tan particular amistad» con Dios, dada la disipación en que vive. «Ayudóme a esto que, como crecieron los pecados, comenzó a faltar el gusto y regalo en la virtud». Y tiene que intervenir Dios de nuevo con la enfermedad de su padre, a quien fue a cuidar «estando más enferma en el alma, que él en el cuerpo». Esto le da la oportunidad de encontrarse con el padre Vicente Barrón, quien le aconseja que vuelva a la oración, cosa que resultó más eficaz que la representación de Cristo «con mucho rigor» manifestándole el desagrado que le producen aquellas amistades y sus charlas en el locutorio que la desangraban, la desinteriorizaban.

Siguen diez años de mediocridad, de chalaneo entre Dios y el mundo. «Pasaba una vida trabajosísima». Sufre en la oración, porque no es fiel: «me llamaba Dios pero yo seguía el mundo». Intentaba concertar estos dos contrarios tan enemigos uno de otro». Y no es que fuera mala, era considerada por muy buena, pero Dios la quería mejor, y ella estaba imposibilitando la realización de su llamamiento.

Dios tiene infinitos resortes. Ella reconoce que «con regalos grandes castigabais, Señor, mis delitos». A pesar de la desgana sigue acudiendo al oratorio, haciendo esfuerzos sobrehu­manos, más pendiente del reloj que de la oración, «cualquier penitencia acometiera de mejor gana que la oración». El Señor sostiene su perseverancia, y su fidelidad de permanecer apoyada «en la columna de la oración» pone a prueba su «determinada determinación» de orar. Ya no estaba en su mano dejar la oración, «porque me tenía en las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes».

Profesar como monja en un monasterio no es sinónimo de penetrar en el misterio de Dios, dejarse quemar en su fuego y permanecer pacientemente en su nube asomada al abismo. Lo primero se puede hacer desde una vida ramplona y vulgar, mediocre. Lo segundo exige una inmensa y dolorosa purificación, devoradora de la mujer vieja. Teresa vivió como monja mediocre casi veinte años. A punto de cumplir los cuarenta la va a tomar Dios por su cuenta, porque la tiene elegida para maestra de la Iglesia de su tiempo, sacudida por el vendaval de la polémica en torno a la oración, cuando además no se aprovecha la energía de la mujer. Corriente antioracionista y antifeminista que Teresa está llamada a corregir y a orientar, como maestra segura de oración y de vida cristiana, de su tiempo y de todos los tiempos.

Y, como el mejor médico suele ser el que padeció la enfermedad que ha de curar, la Providencia dispuso que Teresa aprendiera a orar sola, por no haber tenido maestros: «yo no hallé maestro, aunque lo busqué, en veinte años». Tropezando, abandonando, recomenzando, perseverando, saldrá maestra de oración. Veinte años de oración a secas, dura, difícil, árida y seca, ascética, «cuando sacaba una gota de agua se sentía feliz», para poder después, desde su experiencia, enseñar a sacar agua del pozo para regar «el huerto, para que crezcan las plantas y lleguen a echar flores que den de sí gran olor».

Dios seguía acosando, pero ¡alerta!, que Su Majestad le está preparando la emboscada.

En esta guerra interior de fluctuaciones y titubeos, en este caer y levantarse, a Dios ya le corre prisa, y dirige un ultimátum a Teresa: la vista de la imagen de un pequeño «Cristo muy llagado» la sobresaltó de forma tal que decide, «con grandísimo derramamiento de lágrimas, no levantarse de cabe sus plantas hasta que no hiciese lo que le suplicaba: la fortaleciese ya de una vez para no ofenderle». La lectura de las Confesiones de san Agustín hincarán más el arpón: «Cuando llegué a su conversión y leí cómo oyó aquella voz en el huerto, parece que me la dio el Señor a mí. Estuve un gran rato que toda me deshacía en lágrimas, con aflicción y fatiga».

La conversión. El capítulo nueve de la Vida, en que narra su conversión definitiva, es considerado como el punto clave en la trayectoria vital de Teresa. Ha rebasado ya el ecuador de su vida. Tiene treinta y nueve años. Le quedan veintisiete de vida y muchas cosas por hacer. Los planes de Dios sobre ella son de gran vuelo. Ya es hora de intervenir. Y va a intervenir.

Vida mística habitual. Los atisbos de quinta morada en la soledad de Castellanos de la Cañada, de hace quince años, al rescoldo de la lectura del Tercer Abecedario, que nos ofrecen el embrión de su carisma al convertir al sacerdote de Becedas, se van a hacer habituales y la van a instalar en creciente vida mística. Veamos por qué.

Ante el alud de las mercedes, Teresa acude a sus consejeros: Francisco de Salcedo y Gaspar Daza. Escuchan sin entender; escapaba a sus esquemas aquella monja tan desenvuelta y tan enriquecida de Dios, y diagnostican los dos que su espíritu es diabólico. Terrible tortura para teresa: no hace más que llorar. «Fue grande mi aflicción y lágrimas». La incompetencia y terquedad de aquellos romos e intransigentes directores obligó a Teresa a someter su conciencia a unos y a otros y su caso pasó de mano en mano injustamente discutido; lo que le ocasionó un martirio atroz.

Desposorio místico. Un poco y llegarán Diego de Cetina, que, aunque joven, la apacigua y comprende, y Francisco de Borja y Juan de Prádanos, gloria a Dios, que aciertan. A este último le cabe el mérito de que, bajo su dirección, alcance Teresa el desposorio místico, que ella encuadra en su sexta morada: «Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles».

La gracia que sana. En este momento ha comenzado una nueva vida para Teresa. El Señor ha estado grande con ella. No olvidemos que la grandeza es del Señor, que socorre la debilidad de Teresa.

Se puede mirar el privilegio como mérito del privilegiado, y es todo lo contrario; se privilegia la debilidad que necesita ser ayudada, restañada, curada, para poder cumplir los designios del autor de los regalos. Dios la quería más interior. Si su sicología y sus contradicciones interiores son un obstáculo, Él la sanará y las armonizará.


Es creada la mujer nueva. Paladinamente lo confiesa Teresa en el capítulo veintitrés: «De aquí en adelante es otro libro nuevo, quiero decir otra vida nueva. La de hasta aquí era mía, ésta es de Dios que vive en mí».

Teresa estrena vida nueva. Tras los forcejeos de ella, sus vacilaciones y mediocridad, e impotencia, Dios se enseñorea de su timón, porque la necesita transfigurada, transformada, recreada. Y en el crisol de la contemplación ha matado el gusano y ha nacido la mariposa, «la mariposita blanca». Lo que Teresa no ha podido conseguir en tantos años, lo ha logrado Dios con su gracia en un instante.



Catarata de carismas. Siguen las gracias místicas esplendo­rosamente, dolorosa­mente, eficazmente: visiones intelectuales de Cristo, «vi cabe mí o sentí a Cristo que me hablaba»; e imagina­rias como la transverberación: «veía un ángel cabe mí en forma corporal... veíale un dardo de oro con fuego que metía en el corazón y me llegaba a las entrañas...»; y los arrobamientos en público, que la llenaban de rubor y de bochorno. Estaba realmente humillada, acobardada, era tan excesivo el tormento, que hubiera preferido que la enterraran viva. Llegó a pensar irse a otro monasterio, quizá a Valencia, donde no la conocieran.



San Pedro de Alcántara. Sólo alguien que conociera por experiencia los fenómenos tan extraños en que venían envueltas las inmensas torrenteras de amor, podía intervenir con eficacia para serenarla, garantizarla, devolverle la paz. Este santo varón fue san Pedro de Alcántara. «Enseguida vi que me entendía por experiencia, que era lo que yo necesitaba». «Quedamos muy amigos». Es admirable la Providencia que acude en ayuda de Teresa. ¿Cuántos extáticos habría en España en aquellos tiempos? ¿Uno? Pues ese llega a consolar a Teresa en el momento necesario. Más adelante volverá para convencer al obispo de Ávila de que apruebe su fundación. Su intervención fue necesaria y decisiva, porque don Álvaro de Mendoza se había cerrado en banda: no quería admitir la fundación. A pesar de haberle escrito fray Pedro, su decisión se mantuvo inexpugnable. Pero el amor de fray Pedro era más fuerte que la terquedad del Obispo y enfermo como estaba, se levantó de la cama, y quiso que le llevaran cabalgando en un borriquillo a El Tiemblo, donde estaba el Obispo. Le acompañaron Gonzalo de Aranda y Francisco de Salcedo. «Los que de veras aman a Dios todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno alaban, con los buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden». La sangre y la vida darán por ayudar las obras de Dios». Es la piedra de toque que patentiza si se busca a Dios o el prestigio propio y la imagen que por nada del mundo se quiere arriesgar.



La visión del infierno. Teresa ha experimentado el infierno. Nos lo relata en el capítulo treinta y dos de Vida. «Entendí que quería el Señor que viese el lugar que los demonios allá me tenían aparejado... Quiso el Señor que verdaderamente yo sintiese aquellos tormentos y amargura espiritual, como si los padeciera en mi carne». Es el golpe definitivo y fulminante de Dios. ¿Qué puede hacer Teresa por Dios, por los hombres, sus hermanos, por la Iglesia? «De aquí gané la grandísima pena que me da de las muchas almas que se condenan y los ímpetus grandes de ayudar a las almas, que, por librar una sola de gravísimos tormentos, pasaría yo muchas muertes muy de buena gana». Como mujer de su tiempo antifeminista se encuentra limitadísima. Por lo menos podrá convertirse ella, «guardar su regla con la mayor perfec­ción»; «hacer lo poquito que puede» para que, pues «el Señor tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que esos sean buenos». Y tras la conversación en su celda con sus amigas, cuando salta al desgaire en la conversación la idea de «si no podrían ser monjas como las Descalzas y hacer un monasterio», con el permiso del Provincial y el del Papa, será fundadora. Se reformará ella y reformará el Carmelo, que tendrá desde ahora un apellido: Teresiano. Tiene cuarenta y cinco años. Toda su alma va a poner en el empeño, pues «Su Majestad le ha mandado que lo procure con todas sus fuerzas», aunque le esperan «grandes desasosiegos y trabajos».



Teresa de Jesús fundadora. Se van a cruzar en su camino monjas y frailes, arrieros y alguaciles, albañiles y señoras principales, caballeros y mercaderes, obispos y curas, mesoneros y corregidores, teólogos y confesores, arrieros y duquesas, príncipes, nuncios papales y hasta el mismo rey. Está bien preparada. Fogueada por Dios, puede ya «repartir la fruta»; dará la talla, cruzará Castilla cabalgando a lomos de mula o en carreta, atravesará la nevada sierra de Guadarrama en crueles invernadas, llegará hasta Andalucía y estará a punto de perecer ahogada en el paso difícil de una torrentera burgalesa. Camina ya dentro de la morada del Rey y su actividad es la de Dios.



Teresa, mujer en plenitud, superdotada de cualidades humanas. Teresa de Jesús ha ido desarrollando su inteligen­cia prócer y ha madurado en su estilo y en todas sus capacidades humanas y cristianas. Aquellas preceden a éstas, que han encontrado un buen soporte en las humanas. Largo sería el análisis de unas y de otras: Junto con la capacidad para vivir con las personas más dispares, incluso con su atrabiliario cuñado Martín Barrientos, posee veracidad y audacia y tiene un sentido profundo de la justicia, incluso en las menudencias domésticas. Una vecina prestaba a las monjas la sartén que no tenían. Cuando recibieron una limosna, cada una fue indicando en qué gastarían el dinero, y la Madre terció: «en la sartén, en la sartén», y mandó a sus monjas que la compraran, para no abusar de la generosi­dad de la vecina. Sabe dudar y sabe preguntar: se pregunta a sí misma y pregunta a quienes le pueden informar o dar seguridad. Dialogante por idiosincrasia, es realista y discreta para conseguir sumar voluntades y no le interesa para nada restar amistades ni desestimar o rechazar colaboraciones, conocedora de lo que hay de bueno y de positivo en cada interlocutor que tiene la suerte de cruzarse con ella en su camino. Me ha gustado oír a una artista italiana que, Juan Pablo II la felicitó un día por determinado programa realizado por ella en la Televisión italiana. El Papa, decía la artista, tiene unos ojos tan profundos, quiso decir clarividentes, que, aún entre mis pecados, supo leer si hay algo en mí de bueno. Y he pensado, ¡Juan Pablo como santa Teresa! Conoce el corazón humano y tiene tacto para conducirlo. «Era cosa de cielo ver con qué tiento examinaba el talento de las personas. Y a las dos vueltas que daba, calaba y tanteaba los quilates de valor que tenían las mujeres que le venían a hablar para tomar el hábito», dice el médico Antonio Aguiar. Teresa siente un gran respeto por los demás, y adquirirá fama de no hablar mal de nadie: con la madre Teresa «tienen todos las espaldas bien guardadas». Es fiel cumplidora de la palabra empeñada, posee entereza y es muy agradecida, «con una sardina me sobornarán» solía decir. Pero sobre todo lo dicho, es mujer de grandes ideales, lo que le daba un aire de gran señora que compaginado con su porte de pobreza y humildad, la hará más singularmente atractiva. Su dignidad y señorío la llevan a querer ocultar las necesidades que pasa, sin pedir a nadie. Lo mismo que a no querer viajar como una pordiosera «en unos borriquillos que las viera Dios y todo el mundo». Su capacidad creativa, que es asombrosa, tiene, en parte, su hontanar en la observación, pues desde niña ha sido como un esponja que ha asimilado todo lo que en su entorno ha visto, ha oído o ha observado, y ha hecho suyo todo lo positivo y ha conseguido irradiarlo a su alrededor. Sensibilísima e intuitiva, como un radar que es capaz de recoger incluso los imponderables que flotan en el ambiente, y que no tienen explicación racional. Como contrapartida lógica, conse­cuencia de la riqueza de información que capta su radar, posee un temperamento hipersensible que la hace inestable, «otras veces me parece que tengo mucho ánimo... y otro día viene que no me hallo con él para matar una hormiga». Pero ella ha podido y ha sabido equilibrar esta inestabilidad con su gran talento, dominio y sensatez. Si es difícil conjuntar voluntades para la acción, (juntos Doria y Gracián, ¡qué proeza!) ella ha vencido esa dificultad con la gracia de saber hacerse ayudar por todos, haciendo ver que necesitaba los servicios de todos, y así sus obras se convertirán en obras de todos. Hoy diríamos que sabía trabajar en equipo. Siendo líder, arrolladora y convincente, no quiso ser, ni pasó por ser «vedette». Desde la oscuridad de sus monasterios influye y anima a media España, de palabra y con sus cartas, más de quince mil, según Efrén-Steggink, como una gran madre de familia numerosa, que es feliz haciendo felices a sus hijos, mientras aglutina a todos en el trabajo, sabiendo alentar a todos, estimular y conseguir que se sientan necesarios e importantes en la obra común. Cuando desaparezca de la escena del mundo lo que más se echará de menos será su poder aglutinante que ya no podía sortear las borrascas que amenazaban cuartear su Obra. Quiere que todos estén alegres, como ella es alegre y efusiva, excelente conversadora, y huye de santos encapotados, («cuanto más santas más conversables»). Junto al lecho de los enfermos es una excelente y cariñosa enfermera, (cuidó a su confesor el padre Prádanos en Aldea del Palo con doña Guiomar, y a su padre, en la enfermedad de que murió). Le gusta el trabajo bien hecho. Siempre amiga de la limpieza y de la gentileza, hacendosa ama de casa, y primorosa en sus labores, de las que aún se conservan reli­quias. Y todo esto con una vida interior de gran calado y sublime.



Así pudo ser, y lo es aún, una excelente formadora. Fruto de nuestra cultura occidental, se ha dado una formación humana, religiosa y clerical, en la que ha predominado el cerebro y se ha dejado atrofiar el corazón, la sensibilidad, los sentimientos. Para no caer en el sentimentalismo, se ha pecado de racionalismo. Entre hombres, sobre todo, se ha huido de la manifestación de los sentimientos, como propia de mujeres, y se ha quedado la persona, mutilada, deformada, desequilibrada. Es como escribir a máquina con dos dedos, o escribir en ordenador con los diez a toda velocidad. Es como tocar el órgano con un solo registro, o sacar todos los registros, haciéndole rendir al instrumento todas sus posibilidades y todo su relieve, perspectiva, contraste y colorido, y toda su grandiosidad. En nuestras celebraciones eucarísticas, por ejemplo, con oraciones excesivamente raciona­les, sobran palabras y faltan sentimientos. Porque el hombre es algo más de lo que expresan las palabras de un discurso lógico. ¡Cuán enriquecedor nos resultaría un trasplante de la liturgia o­riental con su color, perfume, luz, gestos y ornamentos! Es necesaria una integración de los sentimientos con las ideas, para que el ser humano pueda ser ofrecido a Dios «con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6,5). Desde que Teresa de Jesús consiguió su armonía, forma así, y rectifica aquella dirección equivocada. Y lo logra porque es una mujer integrada y completa, toda corazón y toda cabeza. Al padre Gracián que le pide que cuando vaya su madre, doña Juana Dantisco, a visitarla, se descubra el rostro cubierto por el velo, le contesta: «Parece que no me conoce: quisiérales yo abrir las entrañas». En contraste, quiere que sus monjas tengan valor más que de hombres. Fray Juan de Salinas, Provincial de los Dominicos, preguntaba al padre Báñez: «¿Quién es una Teresa de Jesús, que me dicen es mucho vuestra? ¡No hay que confiar de virtud de mujeres! Herido Báñez, respondió: «Vuestra paternidad va a Toledo a predicar y la verá, y experimentará que es razón de tenerla en mucho». El padre Salinas la trató y la examinó en Toledo casi cada día. Más tarde se encontró con el padre Báñez, y éste inquirió: «¿Qué le parece a vuestra paternidad de Teresa de Jesús?». Y el padre Salinas respondió con donaire: «¡Oh, habíadesme engañado, que decíades que era mujer; y a fe que no es sino varón, y de los muy barbados». Esta armonía de los valores humanos, que ni son masculinos ni femeninos, porque pertenecen a la persona humana, se da en Teresa y la capacita para formar personas integrales, armónicas, completas, que desarrollan a tope todas sus capacidades, sin temor de caer en sentimentalis­mos ni en cerebralismos, y sin timideces ni complejos de ridículo. ¿Cómo consigue Teresa esta maravilla? En su tiempo con la gente con la que trató, por su ascendiente, no impositivo, sino endógeno, actuaba como por ósmosis. Después y hoy, con sus lectores, por ósmosis también. Y por contagio. Gracias a Dios. Y ha podido ser así porque la habitó esplendoro­samente la Santa Trinidad que hizo crecer armónicamente y abrillantó toda la riqueza de sus cualidades y las solidificó desde la entraña. Y esto de tal manera que, mientras no fue poseída por Dios en plenitud, sus grandes valores permanecieron bloqueados y sin vida, ni propia ni comunicativa.



Teresa, la reformadora. Escribirá en Camino: «Miradle con tanto padecimiento... perseguido... escupido, negado por sus amigos y desamparado, sin nadie que le defienda, helado de frío, tan solo... cargado con la cruz, sin que le dejaran respirar... y Él os mirará con unos ojos tan hermosos y piadosos, llenos de lágrimas, y olvidará sus dolores por consolar los vuestros...» Así enseña a orar en Camino, que es como ella en su oración trata a Cristo Hombre. Aunque pocas veces le apea el tratamiento de «Su Majestad», Cristo es «tratable», es humano, es su hermano, su esposo, su padre, su amigo «verdadero», «unas veces de una manera, otras de otra».

Pero este Hombre Dios tiene una esposa, que es su prolonga­ción sacramental. Teresa ha visto, ese es su carisma, que entregarse a Cristo, es darse también a la Iglesia, trabajar para engrandecer el cuerpo místico, como María hizo crecer el cuerpo físico de Jesús. La misma compasión que siente por Cristo, la siente por la Iglesia, humillada, perseguida, «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (He 9,5), destruidos los templos, profanados los sagrarios, pero también agonizantes las almas, sobre todo, las de sus sacerdotes. Conoció las flaquezas de la Iglesia, pero no le tiró piedras. La compadeció. Cuando «Noé se emborrachó y medio desnudo se quedó dormido, su hijo Cam vio la desnudez de su padre y corrió a decírselo a sus hermanos» (Gén 9,20). No se mofará Teresa de la desnudez del cuerpo de Cristo. Llorará. Y como «Sem y Jafet que tomaron un manto, se lo echaron a la espalda y caminando hacia atrás, cubrieron, sin verla, la desnudez de su padre» (Ib 23), Teresa cubrirá la desnudez de ese cuerpo. Comprende­rá todas las debilidades de los hombres que lo componen y que, aún así, lo construyen (Ef 4,12), y lo inte­gran (1Cor 3,9), y se consagrará a su reconstrucción, se dedicará a restaurar y a hermosear a la esposa de su Esposo, que es también su esposa (Prov 14,1). En su tiempo, otros la escarnecieron, y la rompieron, ella le entregó su vida. Eso es el amor. Venían sonando desde el siglo XV voces de reforma «in capite et in membris». Teresa las escuchará pero comenzando por reformarse ella, que es también miembro, célula del cuerpo místico, sabedora de que la riqueza de salud de una célula, repercute en todo el torrente vital del cuerpo. Y al revés. La verdad real es que la esposa de Cristo siempre está necesitada de reforma pues, «al recibir en su propio seno a los pecadores, es santa y al mismo tiempo necesitada de purificación constante y por eso busca sin cesar la penitencia y la renovación» (LG 8). Por eso Teresa se «determinó a hacer eso poquito que podía hacer, que es seguir con toda la perfección que pudiera y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo».



La comunidad cristiana, esposa del Cordero inmaculado, Cristo (LG 6). La Iglesia no es una entelequia, una abstracción. La Iglesia son, somos, los cristianos, aquellos santos y estos pecadores; aquel cura de Becedas y el padre García de Toledo, «buen sujeto para nuestro amigo», los arrieros y los regidores, el obispo de Ávila, don Álvaro de Mendoza, y el gobernador eclesiástico de Toledo, don Gómez Tello. Y sus carmelitas, y sus frailes, sus hijos. Y su «Senequita». Y fray Pedro de Alcántara, y el padre Gracián. Sobre todo el padre Gracián. Aunque al final la defraudará. No estuvo a la altura. Aciertos y errores. Antes, ahora y después. Así va peregrinando la esposa entre «las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios» (Ib). Somos hijos y tributarios del pasado, que ha acarreado a nuestra vida y cultura el aire que respiramos y del que vivimos, el terreno de reporte de todos los factores humanos que constituyen el humus sobre el que es el ser que somos, la civilización que ha llegado hasta nosotros, y hasta el pecado que se enraíza en nuestros genes y cromosomas biológicos, llega también hasta las fibras de nuestro espíritu. En la genealogía de Jesucristo hay nombres santos e ilustres: Abrahán, Isaac, Jacob, David, José, María... Pero causa sorpresa encontrar también mujeres tan poco ejemplares como Tamar, tramposa e incestuosa; Rahab, prostituta; Ruth, pagana; Betsabé, adúltera con el rey David y madre de Salomón. Si queremos conocer la realidad de la historia, hemos de conocer con madurez la verdad del devenir de la humanidad, aceptando el bien y el mal que han hecho, que hemos hecho los hombres, y admirar la generosidad y el amor de Dios, que quiso que Jesús descendiera a nuestro nivel y participara totalmente de la condición humana, con sus límites y sus debilidades y pecados, y que su Hijo entrara en el torbellino de las conductas de los hombres y que se viera sacudido por el huracán de las humanas pasiones, siendo «uno de tantos» para salvar a la humanidad desde dentro. Así también el nuevo Israel, la Iglesia. Y así, Teresa. 18 de noviembre de 1572. «Díjome Su Majestad: "No tengas miedo, hija, de que nadie pueda apartarte de Mí". Entonces se me representó por visión imagina­ria, como otras veces, muy en lo interior, y me dio su mano derecha, y me dijo: "Mira este clavo, que es señal de que desde hoy serás mi esposa; de ahora en adelante, no sólo mirarás por mi honra como Creador y como Rey y tu Dios, sino como verdadera esposa mía: mi honra es ya tuya y la tuya mía"» (Relaciones 35). Como verdadera esposa de Cristo Teresa ha sido introducida en el misterio de la Redención, y, con el Redentor, y como Él, abarca la entera historia de la salva­ción. A nosotros nos cumple conocer a qué pueblo teológico pertenece Teresa, igual que conocemos la ciudad de Toledo donde su abuelo judaizó, y la ciudad de Ávila donde ella nació. Nos enriquece y nos gusta saber qué generacio­nes espirituales han precedido a Teresa; qué cultura y qué vida religiosa y cristiana ha llegado hasta su cuna espiritual, y en qué ambiente se va a desenvolver su misión de compadecer, restaurar, embellecer y hacer crecer a la esposa de su Esposo. Es evidente que no puede escapar de la ley común de todas las comunidades humanas la historia del pueblo de Dios. Como toda la historia de todos los pueblos ha tenido sus luces y sus sombras. Cuando llega Teresa a la palestra han transcurrido quince siglos y medio de cristia­nismo, algunos de llameante evangelio, otros con vibración menor, y algunos, desgraciadamen­te, lejos del camino de las bienaventu­ranzas.



Hasta llegar al siglo XVI, el suyo, y el más fecundo para el evangelio, la Iglesia, y la evolución de su doctrina y espiritualidad, han pasado por muy diversas vicisitudes y alternancias. Tras los Hechos de los Apóstoles, con el recuerdo del Esposo vivo todavía, la comunidad paleocristiana vivió con intensidad enamorada la fe, y se valoró la oración por encima de todas las actividades y de todos los ministerios. Quedaba aún la Tradición de los Apóstoles, que habían decidido abandonar la administración temporal, para dedicarse en plenitud «a la oración y al ministerio de la palabra» (He 6,4); y la oración de la palabra, y la palabra orada, y el testimonio de los Padres Apostólicos, mantenía fiel a la esposa de Cristo y la fecundaba para preparar­la a enfrentarse a la lucha y al martirio. De los primeros cristianos decían los paganos que eran «hombres que oran». Y así vivió la Iglesia durante los tres primeros siglos, que quedaron, casi todos ellos, señalados con la sangre de los mártires. Primero Esteban, en Jerusalén. Después, Lorenzo, en Roma. Finalmente, Vicente en Valencia. Y con ellos ¡cuántos obispos y sacerdotes! Las hogueras vivas y las cruces sembraron el suelo del Imperio. A aquellos verdaderos soldados cristianos, incluso hombres laicos y mujeres, vírgenes adolescentes y, hasta niños, no les aterrorizaron ni los tormentos, ni los suplicios, porque estaban arraigados en la raíz inconmovible de los mandamientos divinos y fortificados con las enseñanzas y con la vida del evangelio. «La sangre de los mártires, semilla de cristianos» (Tertuliano).



Al fin, la paz, y con la paz constantiniana, se inician cuatro siglos maravillosos que se extienden hasta el final del período carolingio y de nuestra cultura isidoriana, en los que la Iglesia, respaldada por el Imperio, intentó salvar la cultura, especialmente el Derecho Romano, como medio de civilización de los pueblos bárbaros, a fin de convertirlos en factores nuevos de progreso humano y poder sembrar el evangelio en aquellos surcos nuevos de aquellos hombres nuevos. Comenzó entonces a extenderse el estudio de la Palabra, y la reflexión teológica de los santos Padres invadió las inmensas bibliotecas con su sabia producción. Fueron tiempos desbordados de estudio, oración y predicación. Las obras de los Padres fueron una prolongada reflexión sobre la Palabra, y una escuela evangélica de oración, de kerigma y de estudio. «La fe proviene de la predicación; y la predicación por la palabra de Cristo» (Rom 10,17). Consiguiente­men­te, cuando después de los Padres, falló la predicación, se sucedieron unos siglos de decadencia, que prepararon la invasión musulmana en Hispania. Pero la lucha contra el invasor ejercitó a los cristianos, y a los mozárabes, para enfrentarse al Islam. Brotó de nuevo el estudio y la plegaria, en los pequeños reductos, y en la clandestinidad, hasta que en el siglo XII, se retornó al cultivo de las ciencias sagradas y a la oración, que determinará el apogeo del siglo XIII, que otra vez llena bibliotecas, engendra santos, edifica templos, escribe poemas y hace teología y oración en piedra con las catedrales e imágenes; en colores, con las pinturas y los códices miniados; en verso, con Gonzalo de Berceo, las Cantigas y la Divina Comedia.



Y otra vez la noche. Tras este insigne esplendor, sobreviene de nuevo la decadencia de los siglos XIV y XV en los que se produce un eclipse largo del evangelio de Jesús, de teología, de oración, de verdad y, por tanto, de vida evangélica. Occidente es invadido por la corrupción y desolado por las guerras. Los hombres no han podido vivir nunca largos tiempos en paz.



El siglo de oro. Y después de esta larga noche y oscura, comienza, ¡oh dichosa ventura! a despuntar de nuevo la aurora en el glorioso siglo XVI, justamente llamado «Siglo de Oro», en el que florecen las artes y renace la cultura. En Castilla se crean veinte universidades y hay veintitrés facultades de teología, en las que se explica la palabra de Dios y se escriben libros de piedad, de ascética y de mística. El renacimiento espiritual alcanza todos los niveles, mientras en Europa se desarrolla el Humanismo. Ha germinado un semillero y ha brotado un deseo generalizado de volver a las fuentes y a la interiorización del evangelio, porque la tentación constante siempre, y lo sabían ya bien los profetas del Antiguo Testamento, es la de convertir la religión en fenómeno externo, en ritualizado «rabinismo» no comprometedor de la vida. Algunas órdenes Religiosas, como la Franciscana y la del Carmen, habían recogido el clamor de la Reforma. En España, los Reyes Católicos, apoyados por los obispos Hernando de Talavera y Cisneros, tratan de implantar la Gran Reforma entre el clero y los religiosos. Fruto de esta inquie­tud brotan numerosos escritores de oración y de virtudes cristianas, como García Jiménez de Cisneros, primo del Cardenal, y Abad de Montserrat, con su Exercitatorio de la vida espiri­tual, en el que Ignacio de Loyola incubó sus Ejercicios. Escriben también Francisco de Osuna, Bernardino de Laredo, Alonso de Orozco, Francisco de Evia, fray Luis de Granada, san Pedro de Alcántara, Bartolomé Carranza, arzobispo de Toledo, y muchos más. Todos ellos serán censurados por causa del erasmismo y alumbra­dismo y por el peligro de la herejía protestante. La herejía protestante, «Los luteranos de Francia». Teresa oyó hablar de sus desmanes cuando andaba en trance de fundación, y la van a espolear en su afán de mayor austeridad y santidad, que buscará para ella y para sus hijas, como medio de ayudar con mayor eficacia a la Iglesia, evitar que se extienda su rompimiento, extender el ejercicio de las virtudes cristianas y de la oración, según el modelo inflamado de aquellos hombres de Dios del Carmelo. Ella ha leído en la Institución de los primeros monjes, que su oración fue tan valiosa cual la de Elías, que en su lucha con los profetas de Baal, atrajo durante dos años la sequía, «Vive Yavé, Dios de Israel, que en estos dos años no habrá lluvia ni rocío, mientras yo no lo diga» y resucitó con su oración, al hijo de la viuda de Sarepta, y «postrado en tierra en la cima del Carmelo, hizo caer una lluvia abundante» (1Re 17). La Institu­ción de los primeros monjes era considerada por los carmelitas del siglo XVI como la regla antigua, resultando así históricamente la fuente primitiva, aunque jurídicamente lo era y lo es la Regla albertina, como escribe Efrén en Tiempo y Vida. «Lo que leía santa Teresa era, sin embargo, una doctrina espiritual con estructuras de historia legendaria. Aquellas afirmaciones no resisten hoy a la crítica documental. Pero tienen valor de medio para inocular la vincula­ción a la Madre de Dios y al profeta Elías» (Ib). En la historia de la Iglesia era necesaria esta mujer. Si ella no hubiera sido fiel a su Dios, en la Iglesia habría un vacío enorme cuyas consecuencias y frutos, aunque en su mayor parte son y serán desconocidos, porque están en el misterio escondido con Cristo en Dios (Col 3,3), serían trascen­dentales. Pero fue fiel y está ahí, sirviendo a su Esposo y a la esposa de Cristo, enamorada de los dos hasta morir de amor por ambos: «Al fin, Señor, soy hija de la Iglesia».



La escritora. La formación de Teresa como escritora viene de lejos. Nadie podía pensar que cuando devoraba libro tras libro de caballerías gastando «muchas horas del día y de la noche, y se apasionaba y se embebía tanto, que si no tenía libro nuevo no estaba contenta», en aquellas lecturas estaba comenzando a germinar el rosal de la escritora, que se inició en el arte de escribir esbozando junto con su hermano Rodrigo, su confidente, su propio libro de aventuras. No cabe duda que estas lecturas le proporcionaban cultura y lenguaje, pero también la iban introdu­ciendo en el conocimiento de las diversas reacciones del corazón humano, lo que contribuyó a dotarla de buenas dosis de psicolo­gía. Su enorme capacidad asimilativa depositó en el subconsciente el arte de escribir que, madurado por las lecturas de adulta, espirituales, densas y cerebrales, ha sabido después utilizar genialmente, sin seguir demasiadas reglas gramaticales, que desconocía, pero que han poblado sus escritos de narraciones ágiles y vivas, llenas de imágenes expresadas con brillantez y saturadas de profunda introspección. Del estilo novelesco de sus lecturas le ha quedado la técnica del relato, y de los diferentes caracteres y reacciones femeninas y masculinas en el tema del amor, su psicologismo. Esto en la forma, y en el fondo igualmente ha sabido coordinar la densidad del concepto de sus lecturas serias y trascendentes, con la agilidad y la frescura de las imaginativas y líricas que devoró, creando un estilo propio en el que se engarza la solidez del concepto con la galanura de la narrativa, como afirma Menéndez Pidal: «Aunque Teresa fue toda su vida voraz lectora de los doctos libros religiosos, no sigue el estilo de ninguno de ellos. La austera espontaneidad de la santa es hondamente artística. Aunque quiso evitar toda gala en el escribir, es una brillante escritora de imágenes».

Mujer escogida y trabajada exquisitamente por Dios, Quien quedó tan satisfecho de su obra que le dijo un día: «Si no hubiera criado el cielo, por ti sola lo criara». Afortunadamente hoy podemos conocer los caminos por donde anduvo su alma privilegia­da, porque en los libros que escribió, nos la dejó esculpida. Donosa y clásica escritora. Teresa es un clásico. Puede mirarse la obra de santa Teresa como obra literaria, que lo es. Otro clásico, fray Luis de León escribió: «En la alteza de las cosas que trata y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede a muchos ingenios; y en la forma del decir y en la pureza y facilidad del estilo y en la gracia y buena compostura de las palabras y en una elegancia desafeitada que deleita en extremo, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con sus libros se iguale» (Carta prólogo en la edición príncipe, 1588). Pero lo principal de la obra de santa Teresa no es su calidad literaria, que la tiene, sino su contenido doctrinal. A la verdad ella no hubiera escrito una sola página por hacer literatura. Escribió para darse interiormente a conocer a sus confesores, para complacer a sus hijas que solicitaban su magisterio, y para obedecer a quienes se lo mandaban. Hubo siempre alguien que le mandó escribir: El padre García de Toledo, Francisco Soto y Salazar, Domingo Báñez, Ripalda, el «Vidriero», el padre Gracián y el doctor Velázquez.



Patrona de los escritores españoles y doctora de la Iglesia universal. Fue declarada en 1965 por Pablo VI Patrona de los escritores españoles. Ellos han reconocido su calidad y su mérito.

Azorín ha dejado escrito un testimonio sobresaliente de la Vida: del que dice que es el libro más hondo, más denso, más penetrante que existe en ninguna literatura europea. A su lado, los más agudos analistas del yo, son niños inexpertos. Y eso que no ha puesto en este libro sino un poquito de su espíritu. Pero todo en esas páginas, sin formas del mundo exterior, sin color, sin exterioridades, todo puro, todo denso, escueto, es de un dramatismo, de un interés, de una ansiedad trágicos.

Ha escrito Gerardo Diego que Teresa escribe como es; es ella escribiendo, y como la habita Dios es Él quien escribe por ella y es Él el que pone el brillo a todas las calidades humanas con que la había enriquecido.

También Marañón la ensalza: «Toda su vida está escrita en cada línea que escribió. Por extraño que le sea el tema tratado, deja girones de personalidad, como deja copos de lana el corderón entre las zarzas. Este arte inconsciente de transparentar la vida del autor en todo lo que escribe, es una de las notas más auténticas de la superioridad de un escritor».

«No se ha podido escribir mejor, porque tampoco se ha podido vivir existencia mejor, toda entendimiento y voluntad abierta» dice Emilia Pardo Bazán.



Gestación de su primer libro: su «Vida». Cuando empezó a ser invadida por las mercedes de Dios en la oración, se apresuró a pedir consejo y a desvelar su alma a sus consejeros —algunos ya citados—, y se encontró bloqueada al intentar manifestar lo que ocurría en su alma, el misterio. ¿Cómo podrá decir su vida, su alma henchida de Dios? Una cosa es vivir, experimentar; otra decir lo inefable. Y aún no se le ha dado este carisma. Forcejea. Ha leído la Subida del Monte Sión de Bernardino de Laredo y se ha visto reflejada allí, al pie de la letra. Subrayó los pasajes con que él describe lo que a ella le ocurre y entregó el libro a sus consejeros. Esta narración tan original de su vida, la relación escrita dirigida al padre Pedro Ibáñez y las diversas Cuentas de conciencia, constituyen el embrión del libro de la Vida, que, por mandato del padre García de Toledo, terminó de escribir en junio de 1562, cuando ya gozaba del carisma de efabilidad. Teresa escribe «como quien tiene un dechado delante, del que está sacando aquella labor». Le dictan. «Es así que, cuando comencé esta última agua a escribir, me parecía más imposible saber tratar estas cosas que hablar en griego, así de difícil es. Así pues, lo dejé y me fui a comulgar. Bendito sea el Señor que así favorece a los ignorantes. ¡Oh virtud de obedecer, que todo lo puedes! Iluminó Dios mi entendimiento, unas veces con palabras y otras inspirándome cómo lo había de decir, que parece que Su Majestad quiere decir lo que yo no puedo ni sé. Esto que digo es entera verdad, y así lo bueno que diga es doctrina suya, lo malo, del piélago de los males que soy yo». Por eso fray Luis de León no duda que «hablaba el Espíritu Santo en ella en muchos lugares y que le regía la pluma y la mano».



Instrumento racional al servicio de Dios. A veces le inspiraban, pero ordinariamente ella ponía el instrumento adiestrado y afinado por sus copiosas lecturas, entre las que se incluyen las Confesiones de san Agustín, cuyo estilo de diálogo con Dios adopta muchas veces. Hemos visto antes que había leído mucho. Y lo había poderosamente asimilado. Había leído de todo, pero fundamentalmente libros buenos. «Diome la vida haber quedado amiga de buenos libros». Cuando termina de escribir el libro de su Vida tiene cuarenta años. Su personalidad está granada, en plenitud de madurez vital, biológica, humana con la riqueza de sus variadísimas vivencias, y siempre en búsqueda de que le garanticen sus experiencias, todavía reescribe su libro, su "alma", obedeciendo a Francisco de Soto y Salazar, que será después obispo de Salamanca, para enviarlo al padre Juan de Ávila, el más prestigiado criterio de Andalucía, quien «si aceptó leerlo fue, no por pensar que él fuera suficiente para juzgarlo, sino por aprovecharse de su doctrina con la que se ha consolado y podría edificarse con ella». Teresa, a su vez, descansó y se consoló con el dictamen de Ávila, seis años después de la primera redacción, y en vísperas de inaugurar la reforma de los frailes en Duruelo con san Juan de la Cruz y el padre Antonio de Jesús, el de Requena.



«Camino de perfección» su segundo libro. Creado ya el primer monasterio en Ávila vencidas enormes dificultades, escrito el Libro de la Vida, pero embargado por su confesor, el padre García de Toledo, habiendo recibido el consejo del padre Báñez de que escribiera otro libro, e importunada por sus hijas, que necesita­ban tener a mano y por escrito su entrañable magisterio oral, y conocedora del deseo de Báñez, toma de nuevo la pluma y, de una manera sencilla y familiar, escribe unos avisos, que con el tiempo llegarán a ser titulados Camino de perfección. Murió con el deseo de verlo editado. Un año tardó en editarlo don Teutonio de Braganza, obispo de Évora, pues lo consiguió en 1583, muerta ya la Santa. El padre Gracián lo editó en Salamanca en 1585, y san Juan de Ribera en Valencia en 1587. En 1588, fray Luis de León, después de desenmarañar la madeja del castigado códice de Toledo, lo editará en Salamanca. Aparte de su excelente doctrina, su trazado didáctico es una maravilla de construcción y de amenidad, de sabiduría y de inaudita pedagogía femenina, programático y práctico para enseñar deleitando cómo llegar a la perfección. Y por añadidura encontramos en él una fuente valiosa de información sobre la situación del cristianis­mo, y de la vida religiosa y de determinadas actitudes sociales de su tiempo.



Queriendo con todas sus fuerzas ayudar a sus dos apasiona­dos amores, a la esposa de Cristo, y «a este Señor mío que tan apretado le traen», por la limitación de los condicionamientos eclesiales y sociológicos de la época, que margina y subestima a la mujer, cuyos derechos Teresa subliminalmente reivindica, se entregará ella y dedicará a sus monjas a la oración, con lo que, sin ruido, alcanzaba la entraña del problema. Y ese es el tema nuclear de Camino de perfección: la oración como causa transfor­madora de los orantes, y el ejercicio de las virtudes evangélicas que los hagan capaces de poder llegar a la «fuente del agua viva», que, para ella, es la oración perfecta, la contemplación, para ser eficaces con sus plegarias. Pues, aunque Dios escucha toda oración, de oración a oración va mucho. Camino, además, a la vez que es un tratado de oración, es también una práctica de oración teresiana, pues en casi todos los puntos doctrinales intercala conversacio­nes con el Señor, efusiones afectuosas, peticiones ardientes, alabanzas, acciones de gracias, en comunión con el lector.



También podría llamarse el libro Camino de santidad, con mayor acento actual de iniciativa divina. Su experiencia propia de orante y de cristiana, las confidencias de sus hijas, la observación de sus años en la Encarnación, la asimilación de la lectio divina durante sus veintisiete años de monja y, sobre todo, la inspira­ción de Dios, que otorga sus luces a quienes Él confía una misión eclesial, son las fuentes de este libro, fundamental para vivir el hecho cristiano, y clásico en la literatura universal. Que se haya escrito a ratos, con muchas, y a veces largas interrupciones, y sin echar mano a libros de consulta, no le resta mérito, al contrario, lo hace más vivo y dinámico.



La palabra de Dios en sus obras. Como todas sus obras, también Camino está muy enraizado y respaldado en la palabra de Dios, pues aunque su lectura no fue directa, sino a través del Breviario, de devocionarios al uso y de las perícopas de epístolas y evangelios dominicales que pudo leer en la biblioteca de la Encarnación en la traducción de fray Ambrosio Montesino, está muy presente la Sagrada Escritura en la obra escrita de la autora. Pocas veces cita explícitamente, pero existe un río subterráneo en su espíritu que alimenta abundosamente sus imágenes y sus frases; lo que coincide con su experiencia mística que también es Palabra, aunque privada, que no desmiente la Palabra pública, y que es una manera fruitiva profunda de conocer en vivo la Palabra. Ofrecen también un influjo notable de divina Escritura los Morales o Comentarios del Libro de Job, de san Gregorio Magno, que ella había leído y asimilado. Hasta su modo de concebir la oración y de dirigirse a Dios en el diálogo, trae remembranzas de los diálogos de Job con Dios.

En la laboriosa elaboración de Camino, he procurado localizar todos los datos revelados, explícitos unas veces, implícitos las más, y esto con intencionalidad doble, la de dejar más asegurada, aunque no lo necesita, la doctrina de la mística Doctora poniendo de relieve sus raíces, y la de hacerla más actual, porque destacando lo mucho que ella amó la Palabra, se aprecia cómo se anticipa a las orientaciones del concilio Vaticano II enaltecedoras y estimulantes de la lectura de la Sagrada Escritura: Así dice la Dei verbum: «Es necesario que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura y se rija por ella. Porque en los sagrados libros, el Padre que está en los cielos, se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe de sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Pues la palabra de Dios es tan viva y eficaz (Heb 4,12), que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados» (He 20,32) (21).



Al fin, muero hija de la Iglesia. «Ya es tiempo de caminar. ¡Vamos muy enhorabuena!» Maltrecha y agotada, obediente a sus superiores, que eran sus hijos, hasta la muerte. Así tenía que ser. En Alba de Tormes a donde la conduce, medio muerta, la obediencia al padre Antonio de Jesús, provincial de Castilla, se paró aquel corazón consumido de amor a Cristo y a la Iglesia, los dos, el único amor de esta mujer excepcional. «Al fin, muero hija de la Iglesia». Fueron sus últimas palabras, y en ellas va encerrado todo el secreto de su vida: el deseo de servir a la Iglesia, «ayudar lo que pudiera a este Señor mío, que tan apretado le traen», y el temor de que la Iglesia no permitiera que ella la ayudara e impidiera el desarrollo de su carisma; que no la quisiera mantener en sus entrañas maternales, que pudo haber ocurrido, y no fue fácil que no ocurriera, pues los «tiempos eran recios».



Influencia de sus obras. Por sus escritos ha podido Teresa extender su magisterio, incluso extramuros de la Iglesia Católica. Con sus páginas ha llegado hasta la judía, hoy, gracias a ella, Beata Edith Stein que, en 1921 leyó de un tirón su Vida y encontró la verdad. Ha alcanzado también al patriarca ortodoxo Atenágoras, al primado anglicano Ramsey, y a los también anglicanos Allison Peers, y Trueman Dicken, autor éste de Crisol del amor, un estudio profundo sobre los libros de Teresa y de su compañero san Juan de la Cruz. Y la que en Camino se lamentó del crecimiento de la desventurada secta de los «luteranos», con sus libros ha inspirado en algunos temas, al filósofo protestante Leibniz, y ha conseguido que el también luterano Ernst Schering haya escrito la obra Mística y realidad, basada en las experien­cias místicas de ella. Otro luterano, Roger Schutz, ferviente admirador, ha escrito de ella: «Santa Teresa de Jesús compraba, discutía de negocios, escribía, y vivía al mismo tiempo, en su vida profunda, en la intimidad con Dios. Por algo esta mujer ha sido siempre un ejemplo clásico de contempla­tivo». Lo dice él, que ha fundado Taizé, según el ideal contem­plativo.



Camino de perfección nos descubre la entraña de una extraor­dinaria mujer, y de una madre universal, sublimemente divina y tiernamente humana, con la garantía de leer doctrina de la Iglesia que por boca de Pablo VI ha proclamado a santa Teresa «doctora» el 27 de septiembre de 1970. La primera doctora de la Iglesia.





1. De Teresa de Cepeda y Ahumada a Teresa de Jesús

Singular trayectoria. Dios buscó a Teresa, Teresa buscó a Dios y los dos se encontraron; pero la aventura, que terminó con su muerte en el seno de la Iglesia «¡al fin, muero hija de la Iglesia!», duró casi sesenta años.
¡Cuánto amó a la Iglesia! ¡Cuánto trabajó por ella! ¡Cómo le dolió su rompimiento en dos mitades por los «luteranos de Francia»! ¡Hasta dónde la laceró conocer por fray Alonso Maldonado, «las muchas almas que por las Indias se pierden»! Tenia que hacer algo, tenía que aportar su colaboración, su esfuerzo, su imaginación creativa, pero «como se vió mujer y ruin», sólo podrá aportar su oración, su organización, su dolor, su carisma, en fin.
Su oración, y recorrerá el camino a solas y sin maestro hasta que el Maestro le dé «libro vivo». Su organización, y levantará dieciocho monasterios «sin una blanca». Su dolor, y se verá plagada de enfermedades, de Vida fecunda la suya. Desde que siendo niña se reunía con su hermano Rodrigo para leer vidas de santos y repetir muchas veces ¡para siempre, siempre, siempre! y se escape con él a tierra de moros a que los «descabezasen por Cristo», y decidan ser ermitaños, y construya con piedrecitas pequeños monasterios jugando con sus amiguitas como «que éramos monjas», y a los trece años acuda a la Virgen de la Caridad a decirle que se le ha muerto su madre y que lo sea ella ahora, lo «que le ha valido», y con la lectura de los libros de caballerías haya perdido el fervor de cuando niña, y los flirteos con sus primos que estuvieron a punto de tronchar su vocación..., hasta que la alcanzó la muerte: «Ven, muerte, tan escondida», en Alba de Tormes, ¡qué peripecia tan singular e insólita, qué andadura tan rica y polifacética, qué maternidad tan prolífica y qué acción tan estimulante! Doña María de Briceño, en Nuestra Señora de Gracia, restaurará las heridas de la avidez de sus lecturas, y la afectividad lastimada por sus primos, criadas y parientas, y curará su tibieza que la hacía «enemiguísima del monjío».Una enfermedad la saca del monasterio de las Agustinas, donde se había hecho querer, como en todas partes siempre.
Tuvo tino la Briceña para desadormecer a Teresa que ya desde entonces comienza a reflexionar en serio en qué estado servirá a Dios.
La visita en Hortigosa de su tío don Pedro de Cepeda, virtuoso y amigo de buenos libros, enriquece el afán de la lectora y cambia el rumbo de sus temas. El tío quiere que le lea a él, y ella, por darle gusto, le lee, y la fuerza de la lectura y la conversación ablandan el barbecho, hacen que se vaya encontrando a sí misma y empiece a recordar la

Monja carmelita en la Encarnación de Avila. Entró en la Encarnación. El empeño que puso en la lucha la enfermó, y la llevaron a curarse a Becedas, donde casi la mataron, cuando andaba ya por las quintas moradas, introducida por Francisco de Osuna a través de su Tercer abecedario, regalo de su tío el de Hortigosa. Curada, deviene el milagro de san José y se convierte en la monja fina, pálida y delicada,de palabra fácil, porte gentil personalidad seductora, que atrae las simpatías, las visita y las limosnas al monasterio pobre. Retroceso y recuperación. Mal aconsejada, cede a su natural y, «de pasatiempo en pasatiempo, de vanidad en vanidad, de ocasión en ocasión», pierde el fervor y casi su vocación de orante. Deja la oración porque tiene vergüenza de manifestándole el desagrado que le producen aquellas amistades y sus charlas en el locutorio que la desangraban. La desinteriorizaban.
Siguen diez años de mediocridad, de chalaneo entre Dios y el mundo. «Pasaba una vida trabajosísima». Sufre en la oración, porque no es fiel: No es lo mismo profesar como monja en un monasterio que penetrar en el misterio de Dios, dejarse quemar en su fuego y permanecer con docilidad en su nube asomada al abismo. Lo primero se puede hacer desde una vida ramplona y vulgar. lo segundo exige una inmensa y dolorosa purificación, devoradora de la mujer vieja. Doña Teresa vivió como monja mediocre casi veinte años. A punto de cumplir los cuarenta la va a tomar Dios por su cuenta, porque la tiene elegida para maestra de la Iglesia de su tiempo, sacudida por el vendaval de la polémica en torno a la oración, cuando además no se aprovechaba la fuerza de la mujer. Corriente antioracionista y antifeminista que Teresa está llamada a corregir y a orientar, como maestra segura de oración y de vida cristiana, de su tiempo y de todos los tiempos. Y, como el mejor médico suele ser el que padeció la enfermedad que ha de curar, la Providencia dispuso que Teresa aprendiera a orar sola, por no haber tenido maestros: "yo no hallé maestro, aunque lo busqué, en veinte años». Tropezando, abandonando, recomenzando, perseverando, saldrá maestra de oración. Veinte años de oración a secas, dura, ascética, «cuando sacaba una gota de agua se sentía feliz», para poder después, desde su experiencia, enseñar a sacar agua del pozo para regar la huerta.
Dios seguía acosando, pero ¡alerta!, que Su Majestad le está preparando la emboscada.

El ultimátum. En esta guerra interior de fluctuaciones y titubeos, en este caer y levantarse, a Dios ya le corre prisa, y dirige un ultimátum a Teresa: la vista de la imagen de un pequeño «Cristo muy llagado» la sobresaltó de forma tal que decide, «con grandísimo derramamiento de lágrimas, no levantarse de cabe sus plantas hasta que no hiciese lo que le suplicaba: la fortaleciese ya de una vez para no ofenderle». La lectura de las Confesiones de san Agustín hincarán más el arpón:


La conversión. El capítulo nueve de la Vida, en que narra su conversión definitiva, es considerado como el punto clave en la vida de Teresa. Ha pasado ya el ecuador de su vida. Tiene 39 años. Le quedan 27 de vida y muchas cosas por hacer. Los planes de Dios sobre ella son de gran vuelo. Ya es hora de intervenir. Y va a intervenir.

Vida mística habitual . Los atisbos de quinta morada en Castellanos de la Cañada de hace quince años, cuando sólo tenía veinticuatro, al rescoldo de la lectura del Tercer abecedario, que nos ofrece el embrión de su carisma al convertir al sacerdote de Becedas, se van a hacer habituales y la van a instalar en creciente vida mística. Veamos por qué. Ante el alud de las mercedes, Teresa acude a sus consejeros: Francisco de Salcedo y Gaspar Daza. Escuchan sin entender; escapaba a sus esquemas aquella monja tan desenvuelta y tan enriquecida de Dios, y diagnostican que su espíritu es diabólico. Terrible tortura para Teresa que no hace más que llorar. «Fue grande mi aflicción y lágrimas». La incompetencia y tozudez de aquellos cortos e intransigentes directores obligó a Teresa a someter su conciencia a unos y a otros y su caso pasó de mano en mano discutido; lo que le ocasionó un martirio atroz. Desposorio místico. Un poco y llegarán Diego de Cetina que, aunque joven, la apacigua, y Francisco de Borja y el padre Juan de Prádanos, gloria a Dios, que aciertan. A este ultimo le cabe el mérito de que, bajo su dirección, alcance Teresa el desposorio místico, que ella encuadra en su Sexta Morada. Teresa oye la voz: «Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles». La gracia que sana. En este momento ha comenzado una nueva vida para Teresa. El Señor ha estado grande con ella. No olvidemos que la grandeza es del Señor, que socorre la debilidad de Teresa. Se puede mirar el privilegio como mérito del privilegiado, y es todo lo contrario; se privilegia la flaqueza que necesita ser ayudada, restañada, curada, para poder cumplir los designios del autor de los regalos. Dios la quería más interior. Si su psicología y sus contradicciones interiores son un obstáculo, El la sanará y las armonizará. Es creada la mujer nueva. Paladinamente lo confiesa Teresa en el capítulo veintitrés: "De aquí en adelante es otro libro nuevo, quiero decir otra vida nueva. La de hasta aquí era mía, ésta es de Dios que vive en mí».
Teresa estrena vida nueva. Tras los forcejeos de ella, sus vacilaciones y mediocridad, Dios se enseñorea de su timón, porque la necesita transfigurada, transformada, recreada. Ha muerto ya el gusano de mal olor y ha nacido la mariposa, «la mariposita blanca». Lo que Teresa no pudo conseguir en tantos años, lo logra Dios con su gracia en un instante.

Catarata de carismas. Siguen las gracias místicas esplendorosamente, dolorosamente, eficazmente: visiones intelectuales de Cristo, Teresa está bien preparada; fogueada por Dios, puede ya "repartir la fruta"; dará la talla, cruzará Castilla cabalgando a lomos de mula o en carreta, atravesará la nevada sierra de
Guadarrama en crueles invernadas, llegará hasta Andalucía y estará a punto de perecer ahogada en el difícil paso de una torrentera burgalesa. Camina ya dentro de la morada del Rey y su presencia y su actividad es la de Dios. Se eclipsó su luz en Alba. «Ya es tiempo de caminar. ¡Vayamos muy enhorabuena!» Maltrecha y agotada, rezumando Dios por todos sus poros, humanísima y celestial, soñadora y realista -equilibrada-, inteligentísima y práctica, decidida y trabajadora infatigable, haciéndose presente en toda Castilla y Andalucía con sus cartas, tan humanas y afectuosas, preocupada, tanto por las necesidades más ordinarias de la vida, como por el vuelo de sus corresponsales, y obediente a sus superiores, que eran sus hijos, hasta la muerte- Así tenía que ser. En Alba de Tormes a donde la conduce, medio muerta, la obediencia al padre Antonio de Jesús, provincial de Castilla, se paró aquel corazón singular cansado de tanto amar, agotado y consumido de amor teologal: «Al fin, muero hija de la Iglesia». Fueron sus últimas palabras, y en ellas ve encerrado todo el secreto de su vida:el deseo de servir a la Iglesia, «ayudar lo que pudiera a este Señor mío, que tan apretado le traen», y el temor de que la Iglesia no permitiera que ella la ayudara e impidiera el desarrollo de su carisma; que no la mantuviera en sus entrañas maternales, que pudo haber ocurrido, y no fue fácil que no ocurriera, pues los
Gestación del libro de la Vida. Pero nos interesa saber cuándo empieza a escribir.Concretamente este libro de su Vida. Cuando comenzó a pedir consejo y a abrir su alma a sus consejeros -algunos ya citados-, se encontró trabada al querer manifestar lo que ocurría en su alma, el misterio. ¿Cómo podrá explicar su vida, su alma henchida de Dios? Una cosa es vivir, experimentar; otra decir lo inefable. Y aun no se le ha dado este carisma. Forcejea. Ha leído la Subida del Monte Sión de Bernardino de Laredo y se ha visto reflejada allí, al pie de la letra. Subrayó los pasajes con que él describe lo que a ella le ocurre y entregó el libro a sus consejeros. El embrión de «Vida». Esta narración tan original de su vida, la relación escrita dirigida al padre Pedro Ibáñez y las diversas Cuentas de conciencia, constituyen el embrión del libro de la Vida, que, por mandato del padre García de Toledo, terminó de escribir en junio de 1562, cuando ya gozaba del carisma de poder decir lo inefable. Le dictan. Escribe ella, pero «como quien tiene un dechado delante, del que está sacando aquella labor». Le dictan. «Es así que, cuando comencé esta ultima agua a escribir, me parecía más imposible saber tratar estas cosas que hablar en griego, así de difícil es. Así pues, lo dejé y me fui a comulgar. Bendito sea el Señor que así favorece a los ignorantes. ¡Oh virtud de obedecer, que todo lo puedes! Iluminó Dios mi entendimiento, unas veces con palabras y otras inspirándome cómo lo había de decir, que parece que Su Majestad quiere decir lo que yo no puedo ni sé. Esto que digo es entera verdad, y así lo bueno que diga es doctrina suya, lo malo, del piélago de los males que soy yo». Por eso fray Luis de León no duda que
Genial comunicadora. Teresa sabia hablar, era una gran comunicadora. También sabía escribir. Aunque apenas conocía la gramática ni las reglas de sintaxis, ha sido capaz de conseguir un estilo lleno de fuerza que, con imágenes vigorosas, narración vivaz en los relatos y pinceladas coloristas, pone en pie al lector. Ahí brilla su genio mejor. Esto en la forma, y en el fondo, la interior introspección, resultado de su rica y poderosa personalidad y del conocimiento de las reacciones psicológicas que asimiló en sus lecturas de


En busca de lectores. Ha escrito Julián Marías refiriéndose a san Juan de la Cruz, que el autor, por muy santo que sea, prefiere tener lectores más que estudiosos. Debemos dilatar la audiencia selecta de Teresa en estos Se comprende, sólo con asomarnos a aquel ambiente, que Teresa tuviera dificultades, y no sólo las sociales. En una atmósfera, no sólo poco propicia, sino hostil, cuando sólo el pensamiento de buscar la interioridad era peligroso (se temía el erasmismo y el alumbradismo), Teresa se abre camino y ofrece con contundencia el mensaje de aquel momento, para aquel momento. Y en medio de la tormenta se abrió camino, ¡y qué camino! Creo que no hay en toda la historia de la Iglesia un panegirista de la oración más caracterizado, elocuente y persuasivo que Teresa en obras y en palabras. Fue su gran divina intuición.Hemos vivido unos años de verdadera algarabía en torno a la oración. Y no sólo en la Iglesia Católica sino también en las separadas. Sobre la oración primero fue el silencio. Después la calumnia. Luego la omisión. Y ahora que se habla más de ella, creo que se habla más que se ejerce. Mientras avanza el desierto.
Con la teología radical de la muerte de Dios, no había posibilidad de diálogo con un Dios muerto. Con la crisis y falta de fe, Dios no interesaba al hombre. La autonomía del hombre descartaba el trato con el Ser trascendente. Más, se le consideraba rival y amenazante. Estorbo para el desarrollo humano.Con la secularización y la desacralización, el trato con Dios era una forma alienante de la personalidad. Le escasa coherencia de los orantes profesionales, daba origen a acusar a la oración de evasión y desencarnación de la vida. En esta situación, como en la suya, no más fácil, ni menos difícil, Teresa alza la voz y nos dice: «que nadie tomó a Dios por amigo que no se lo pagase». Y se pregunta: ¿Por qué no hacen oración? La oración es importantísima, pero no lo es todo. El primado es del amor, pero sin oración el huerto no produce flores, es decir, ni amor ni valores humanos, ni virtudes evangélicas, y las bienaventuranzas sin ella yacen marchitas, heladas: «Que para esto es la oración, para que nazcan siempre obras, obras, obras», que en el pensamiento de la maestra equivalen a virtudes.
Santa Teresa tiene una inteligencia excepcional y una facilidad extraordinaria para la conversación, y así escribe como si conversara. Pero al igual que en la conversación no se exige un rigor dialéctico ni una línea cartesiana ajustada y lógica, no se encuentra en las obras de Santa Teresa ni esa dialéctica ni tal rigor científico. Ella habla con desenfado tal como le bullen las ideas y, cabalmente por eso, resulta árduo encuadrarlas y clasificarlas. Su estilo vitalista y experiencial y concebido en términos coloquiales tiene un encanto que, junto con el empleo de un castellano popular, que no vulgar, adquiere un gracejo singular, embrujador e inimitable. Pero el genio de Santa Teresa es bravío y original, vegetación crecida a su aire, y me he preguntado si cabría la posibilidad de someterlo a un molde, dejándola expresarse con libertad condicionada, eligiendo unos temas interesantes y fundamentales, que dieran soluciones a las zonas de los interrogantes actuales. Creo que esto sería oportuno, seleccionando los temas y limitándole el espacio de los mismos, para que dijera todo lo que ha dicho en sus obras de ellos sin repetirse y sin divagar -"sin divertirse"- como ella suele y se divierte reconociendo.

La Primera fuente de información de Santa Teresa, es la humana. Sorprende al estudioso de santa Teresa la abundancia de doctrina que encuentra en sus obras, más si se tiene en cuenta el ambiente cultural de su época, en el que la mujer tenía la puerta cerrada a las letras. Aún así, Teresa conoce toda la teología católica. Es más. No quiere oración que no vaya fundamentada en doctrina sólida: "de devociones a bobas nos libre Dios". Es verdad que ella tiene varias fuentes de información y de formación. A la humana, y a ésta me refiero ahora, ha accedido por via de lectura personal y por la escucha, también individual y personal, de los mejores teólogos de su tiempo: "Yo he tratado a muchos, pues los he buscado y siempre fuí amiga de ellos": Domingo Báñez, el Padre Ibáñez, García de Toledo, y un largo etcétera, a quienes ella consultó, escuchó y cuya enseñanza asimiló, de qué manera... ¡Cuánta gratitud rebosa ella, tan agradecida, a "estos hombres que nos enseñan a los que sabemos poco y nos dan luz y nos enseñan a entender las verdades de la Sagrada Escritura"! "Había de ser muy continua nuestra oración por estos que nos dan luz".

Necesidad de testigos hoy. "En un mundo secularizado las huellas de Dios se van borrando y por este motivo la concentración en el Dios Trino como origen y base firme de nuestra vida y de todo el mundo constituye la tarea más urgente", ha dicho Juan Pablo II a un grupo de profesores de Teología. Estas palabras nos ha afianzado más en la idea de que Santa Teresa de Jesús puede aportar al mundo eso que urgentemente necesita y precisa que se lo digan más que los maestros, los testigos, y testigo es ella que se ha visto inmersa experimentalmente en la inmensidad de la vida trinitaria.

La segunda fuente de información de Santa Teresa: la divina. Enseña Santo Tomás que la tarea del teólogo al servicio de la doctrina sobre Dios constituye un acto de amor al hombre (II-II, 181 a 3 c; 182, a 2, c; I, 1 a 7 c). Santa Teresa demuestra su amor al hombre aún hoy iluminándonos con sus palabras el misterio, para lo cual la ha capacitado la segunda y más misteriosa y privilegiada fuente de información de que ha sido dotada, la divina, que le ha llegado de arriba. "Muchas cosas que aquí escribo, no son de mi cabeza, sino que me las decía mi Maestro celestial" (Vida 39, 8). Enseñada por el Maestro que fue "su libro vivo" y subida a la atalaya de la oración "donde se aprenden verdades", sumergida en el misterio de Dios, "vio lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el corazón sintió" (1 Cor 2, 9). Por eso es imposible no sentirse invadidos y como sacudidos por una oleada de firmeza en la fe ante la experiencia teresiana del misterio de la Trinidad, de Cristo, de la Eucaristía, de la gracia y del pecado, de la vida celeste, de la terrible realidad del infierno, de la visión de la creación según los designios del Creador y, en suma, de todas las verdades mistéricas. Ante la presencia tan impresionante reflejada por las palabras candentes de la Doctora Mística, ¿cómo no ver la evidencia del amor de Teresa a los hombres al abrirles su corazón henchido de amor de Dios?. En ella se realizan las palabras de Santo Tomás que refrendan el acto de amor al hombre del teólogo. Y sobre todo del místico. Por eso he querido poner a Santa Teresa en contacto con Santo Tomás, a la Doctora Mística con el Doctor Angélico y Místico también. Situar a Santa Teresa en la línea del pensamiento de Santo Tomás, con el esquema de la Suma dejándole una acomodada organización que le aporte ordenación, claridad y sistematización, siendo Santo Tomás y Santa Teresa diferentísimos, pues aquél es la razón y el orden y la serenidad intelectua y ésta, el ímpetu del espíritu y la espontaneidad de la intuición maternal. ¡Siendo tan distintos, los dos uncidos al mismo yugo pueden abrir surcos profundamente divinos! Unidos no por su semejanza, sino por su complementariedad. Anduvo siempre Teresa en busca de teólogos que le autenticasen su espíritu, y antes de conquistar para su reforma a san Juan de la Cruz, encontró en Avila a Domingo Báñez, célebre comentarista de santo Tomás, que sería profesor en Alcalá, Valladolid y Salamanca, y que, sin duda, no sólo fue su confesor durante seis años, sino también su formador y maestro. No le viene extraña pues, la Suma Teológica de santo Tomás a Teresa, integrada en esa escuela encabezada por el Maestro Báñez, y continuada por otros, si no tan famosos, como los padres Ibáñez y García de Toledo, también dominicos. San Juan de la Cruz tomista también. Después vendrá san Juan de la Cruz, su "Senequita", "no he hallado en toda Castilla otro como él..., porque es de grandes experiencias y letras" (Cta 282), y éste se ha formado en teología con los dominicos también, en Salamanca. El es quien redujo científica y orgánicamente el cuerpo de doctrina de la fundadora, cimentando sobre los sólidos principios de la teología tomista, las enseñanzas de la vida de perfección a la que ella conducía a sus hijas. Los escritos de la Santa no tienen forma científica. Están llenos de intuiciones profundas, pero carecen de desarrollo sistemático. Suplirá san Juan de la Cruz esta carencia. Mientras ella afirma por intuición, él explicará y razonará y argumentará los caminos de la intimidad con Dios. Pero el mismo santo Doctor confiesa, que él "no trata en sus obras de virtudes y sus hábitos y ejercicio, y el de las obras de misericordia, y la guarda de la ley de Dios". No era ese su campo.



Pervivencia de Santo Tomás de Aquino. La Suma Teológica, Carta magna de la Teología Católica. Fue el Angélico entre los teólogos del siglo XIII, el gran adalid del progreso. La teología tradicional, heredada del siglo XII y codificada en el libro de las Sentencias de Pedro Lombardo, era hostil al uso de la razón en la explicación de los dogmas y se limitaba a coleccionar y ordenar los argumentos de los Padres, especialmente del mayor de todos, San Agustín. Los excesos de Roscelín, de Gilberto de la Porrée y de Abelardo les habían prevenido contra el uso de la Dialéctica, que consideraban como una especie de racionalismo y la sustituían por un misticismo piadoso y contemplativo, derivado de San Bernardo y cultivado con brillantez por Ricardo y por Hugo de San Víctor. Los teólogos por un lado, y los filósofos, abusando de la autoridad de Aristóteles con sus adherencias árabes y judías por otro, abrían cada vez más hondo el foso que iba separando y oponiendo la Teología a la Filosofía, por no tener la perspicacia para descubrir, como ocurre también hoy, que no hay contradicción entre la Teología y las ciencias humanas, sino diferentes metodologías. Y, como afirma Pablo VI: "la separación entre el Evangelio y la cultura es un caso dañino de nuestro tiempo como lo fué en otras épocas" (EN 20). Por eso llegó a tiempo San Alberto Magno para advertir la necesidad de revisar las mútuas posturas, tratando de armonizar en la Filosofía a Platón con Aristóteles, con lo cual unía a San Agustín, representante del platonismo, con Aristóteles. También la Teología debía utilizar los servicios de la Filosofía, aunque permaneciendo ésta como "ancilla Teologiae". San Alberto Magno, hombre de más erudición que originalidad, de más curiosidad que penetración, no logró dominar plenamente los vastísimos materiales que con su estudio e investigación había acumulado; le faltó la crítica y no consiguió evitar un cierto eclecticismo, que traduce sin pretenderlo, un espíritu de compilador, y por eso no pudo lograr la síntesis. Quedaría la culminación de esta empresa colosal para su discípulo predilecto, Tomás de Aquino. Este, con la aprobación de la Santa Sede, trabajó sobre una traducción directa de Aristóteles, y un estudio profundo sobre el Estagirita y sobre San Agustín le descubrió que el espíritu de ambos no era divergente y podía ser armonizado. Con una síntesis propia y personal hizo suyo el espíritu de ambos, y situó en la base la experiencia y la técnica aristotélicas y en el vértice las geniales intuiciones agustinianas, enriquecidas con sus agudas aportaciones personales. Este trabajo y agudeza determinará que, a partir de él, la Teología se convierta, sin perder nada de su altura y afectividad, en verdadera ciencia. Ya no será puramente mística y subjetiva, sino también científica y objetiva. En adelante, va a ser más difícil su estudio, pero en compensación, resultará más rica y fecunda. Por eso con Santo Tomás comienza una época nueva para la Teología y para la Filosofía. Fue un cambio profundo y gigantesco. La colaboración de la fe y la razón aseguraba a la Teología fundamento inconmovible (cf Santiago Ramírez, Introducción a la Suma). Valorando la Suma, dice el mismo autor: "Santo Tomás se sumerge hasta lo más hondo de los problemas, buceando sus reconditeces más ocultas con una facilidad y agilidad pasmosa. Nada de titubeos, nada de saltos en el vacío, nada de pasos atrás. Montado sobre principios indiscutibles y evidentes, puestos al principio de cada tratado..., se lanza imperturbable al sondeo de las conclusiones más recónditas, avanza con paso firme, explora con ojos de lince, recoge solícito las conclusiones anudándolas fuertemente a sus principios, y sobre ellos vuelve a emerger, exhibiendo su presa a la luz del día, en un lenguaje todo sencillez y transparencia".



No espiritualidad sin teología. Santa Teresa no quería "devociones a bobas" y buscaba maestros, teólogos, casi todos tomistas, después que alzó el vuelo. He dicho antes, que Santo Tomás estuvo presente a través de ellos en su formación, y es hallazgo sorprendente comprobar que en casi todos los temas fundamentales de la Suma tiene algo que decir Santa Teresa, aunque sólo sea a veces de manera muy sumaria. Doctora de la Iglesia, la caracteriza sobre todo su don de oración, que a la vez que tiene a Dios tan cercano, se remonta a la trascendencia del hombre y se acerca y llega al hombre y a la mujer de hoy para dar solución a las aspiraciones del humanismo contemporáneo, desencantado ante tantos ídolos caídos, en esta cultura nuestra posmoderna de las postrimerías del siglo XX. Lejos quedan afortunadamente, los tiempos en que, por no haber teología, la filosofía se encerró en el estudio de la materia como su objeto exclusivo. Y los que por la desorientación e ignorancia del camino cristiano, y de la Iglesia como misterio, hasta en algunos monasterios de clausura llegó a prohibirse la lectura de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, como afirma Menéndez Reigada. Otra corriente más conforme con el predominio de la inteligencia, ha infravalorado como camino no científico y de categoría no intelectual, la dedicación al estudio o, mejor, la vivencia teologal, y la formación mística del cristiano interior; ha considerado la iniciación de la familiaridad experimental con el misterio de Dios, como apta para personas menos intelectuales.

El peligro de un cristianismo "humanista". Una falta de integración del Evangelio con el Antiguo Testamento ha dado un conocimiento de Jesús de forma abstracta y ha dado pie a inventar un poco su figura, y ha podido ser convertido en un personaje sociológico, humanista, romántico y futurista; y su Iglesia en una institución humana más. "Con una lectura parcial del Concilio se ha hecho una presentación unilateral de la Iglesia como una estructura meramente institucional, privada de su misterio", ha constatado el Sínodo de los Obispos a los 20 años del Concilio. Tal afirmación nos da la clave del desmedulamiento a que se ha llegado en la praxis y en la concepción del hecho cristiano. La conjunción de esta "Suma Antológica" con la Suma Teológica de Santo Tomás, intenta dar vigor nuevo racional a la lectura espiritual, desarbolando a un tiempo estas concepciones erróneas, de escaso calado teológíco y bíblico.

Raices de la descristianización de los pueblos. Del teocentrismo al antropocentrismo. La pérdida del sentido de Dios comenzó en el siglo XVI con la renovación del paganismo, y con el renacimiento de la soberbia y de la sensualidad paganas en los pueblos cristianos. Creció con el protestantismo, que llevaba consigo la negación del Sacrificio eucarístico y del sacramento de la confesión, de la infalibilidad de la Iglesia, de la Tradición, del Magisterio y de la necesidad de guardar los mandamientos para conseguir la vida eterna. Errores graves que, como el cáncer, han introducido en el pueblo y en la Iglesia un principio activo de muerte. Cuando estaba bien cuajado este movimiento de descristianización progresivo llegó laRevolución Francesa, basada en el Deismo y en el Naturalismo, con un Dios, Ser abstracto al que sólo le importan las leyes universales y no se preocupa de las personas indivíduales. Ni existe lo sobrenatural, ni el pecado ofende a Dios. El robo no es pecado, y la que peca es la propiedad individual. De ahí, se precipitan en cadena los errores: el liberalismo, el radicalismo, el racionalismo y, por reacción, el romanticismo, el socialismo y de éste el comunismo con su materialismo dialéctico y ateo, la persecución y negación de la religión como "el opio del pueblo", de la propiedad individual, de la familia, y el reduccionismo de la vida a la actividad económica. En 1917, la Virgen en Fátima, profetizó de éste: "Si no se reza y no se hace penitencia, Rusia extenderá muchos errores en el mundo". Así ha ocurrido hasta nuestros días. El año 1989 ha sido testigo del desmoronamiento del marxismo, pero como estaba larvado, junto al "vacío espiritual provocado por el ateísmo, ha dejado sin orientación a las jóvenes generaciones", según la "Centessimus annus". Las sociedades arrasadas con la moral por los suelos, tratan de dulcificar con eufemismos, pecados y crímenes gravísimos.



A grandes males, grandes remedios. Pero ¿se pone remedio a tanto mal grave? Al menos, ¿se sabe ver dónde está el remedio? ¿Se acierta en su diagnóstico? Una predicación con poca solidez doctrinal y sin robustez de fe, que no provoque la conversión del corazón y no construya al hombre interior, y una acción apostólica dañada por el activismo, no serán suficientes. No se puede curar un cáncer con aspirinas. Los brotes de un cierto neoromanticismo, muy pernicioso; la afirmación del yo, el exclusivismo en el apostolado, la independencia, la proclamación a ultranza de los derechos del hombre, muchas veces contra los de Dios y en pugna con la legislación positiva; la vanidad, la presunción y búsqueda de sí mismo y la ostentación de la propia personalidad y la jactancia, pueden hacer estéril la nueva evangelización.La innovación y la predicación de un Jesús de Nazaret fácil, producto del sentimiento y de la imaginación, que todo lo tolera y permite; guerrillero, unas veces, humanista y permisivo, otras; que ni es el Jesús del Evangelio, ni revela genuinamente al Padre, no será el remedio decisivo. Un Jesús falsificado, el Jesús de la Pascua y no el de la cruz; una separación entre la Pascua y la Cruz, como si la primera fuera la fiesta, y el llanto la segunda, disociables, y no unidas, con ignorancia intolerable y culpable, no trae la Buena Noticia. ¿No dijo Nietzsche: "Si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, le ha salido bien, porque el hombre ha creado un Dios hecho a su imagen y semejanza también"? Pues ahí asoma el peligro.



La oración es la solución clave de los problemas. Cuando los discípulos de Jesús habían fracasado en el intento de expulsar al demonio, el padre del joven endemoniado se dirigió a Jesús, y le dijo: "Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y donde le coge le tira; echa espuma, rechina los dientes y se pone rígido. He pedido a tus discípulos que lo alejen, pero no lo han conseguido". Cuando le preguntaron a Jesús sus discípulos: "¿Por qué no hemos podido expulsarlo nosotros? Jesús respondió: Esta especie sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno" (Mc 9, 28). Habían fracasado los discípulos de Jesús, a quienes él estaba formando para continuar su acción; los mismos que mientras Jesús oraba en Getsemaní, dormían (Lc 22, 45). El Espíritu Santo en Pentecostés les enseñará a decidirse por la oración: "Nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra" (Hch 6, 4). Según Santo Tomás la enseñanza y la predicación brotan de la plenitud de la contemplación. He ahí el gran remedio que necesita nuestro mundo: la oración. Ha escrito Trueman Dicken: "El único remedio al que nuestro señor mismo prometió coronar con el éxito..., no ha sido aplicado seriamente: el remedio de la oración... La oración es la clave indispensable de la situación" (El crisol del amor). Si Santa Teresa pudo corresponder tan vigorosamente a los deseos de Dios fue debido a la oración. De ella le vino todo, porque antes "no entendía como lo había de entender, en qué consiste el amor verdadero a Dios". Pero al "Príncipe de este mundo" le interesa que no se de con el remedio, y que se vayan dando palos de ciego, a ver si se acierta por casualidad. El problema no está en disparar al blanco, sino en hacer diana. "No luchamos contra la carne y la sangre, sino contra los imperios y potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos", que saben lo que se juegan cuando una persona se decide de veras a vivir el misterio de la cruz y del amor. "Les presenta el demonio tantos peligros y dificultades ante sus ojos, que no es menester poco ánimo para no volver atrás, sino mucho y mucho favor de Dios", dice Santa Teresa.



El método teresiano. La Doctora Mística en sus obras afirma, pero raras veces razona, las verdades cristianas. Sobre todo, vive, ha vivido, exhorta a vivir en cristiano, narra sus experiencias humanas, a veces dramáticas, cristianas y celestiales infusas. Es Doctora sin ínfulas porque es también y a la vez, Madre. Es Madre, no abuela, por eso, con claridad y firmeza, puede y educa a sus hijos, a quienes no consiente, pero comprende, porque ella también se sabe de barro y ha tenido que luchar consigo misma, y porque sabe que "por muchas caídas, como tenga amor de Dios el alma y no deje la oración, el Señor le da la mano tantas cuantas veces caiga, para que se levante". Uno de los tratados más intensamente esparcido por todas sus obras es el amor de Dios y el amor a Dios. Amor a Dios y al hombre, sobre todo en su vocación y valor supremo, la llamada a la identificación con Dios por amor. Con ello se constituye en realizadora de los Mandamientos del Sinaí, que se resumen en amor a Dios y al prójimo y, sobre todo, del Evangelio y del Mandato de Jesús. ¿Cómo podría ser de otra manera si Dios es Amor?

Hoy que tanto se horizontaliza el amor, necesitamos oir a Teresa y aprender de ella el amor teologal, pues "si el amor a los hermanos no nace de la raiz del amor de Dios", no amaremos con perseverancia, constancia y con sacrificio a los hermanos, "porque nuestra raiz está muy dañada". Puede ella hablar con autoridad del amor porque el que habita en un fuego luminoso devorador e inextinguible, le abrasó las entrañas en su fuego vivificante. El arquero clavó en su corazón la saeta envenenada y extinguió en ella la raiz de Adán y la creó mujer nueva: Mujer humana para un mundo selvático; mujer celestial para unos hombres mundanos; mujer divinizada para un mundo transfigurado, que aspira ¡a que pase ya "la representación de este mundo afeado por el pecado, y llegue la morada nueva donde habita la justicia que Dios nos prepara y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y de rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano" (GS, 39). Arde la Santa en santa exigencia, pero ésta, si es iluminada y positiva, y lo es su magisterio, se acata y se sigue porque ilumina y porque también es vigorizante y porque ella camina con el discípulo. Como ella camina en la luz, proyecta la luz a los demás. Porque vive en la verdad, arrastra hacia la vida, que ella vive con una manera de ser y de pensar en la que los mandatos y las prohibiciones son expresión de una convicción profunda y fluyen de su ser, no como una ascesis dolorosa, sino como una explosión gozosa que mueve y apasiona. No define ni pontifica, sino que aplica la doctrina a la vida; sólo una definición se ha permitido, la clásica, afortunada y conocida de la oración: "tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos nos ama". Humildemente explica, y a cada paso como que pide disculpas por atreverse a decir lo que dice. En una palabra: educada. Cuando explica lo que vive con Dios, aunque ahí radica el Doctorado teresiano como "Madre de los espirituales", sólo una vez apela a su derecho a enseñar como Madre y Priora. Más que afirmar indiscutiblemente lo que vive (nuestra sociedad hoy tan dogmática y absoluta, mientras huye de lo dogmático y presume de demócrata), lo refiere como "que le parece". "Le parece que ha oído, que ha visto, que ha sentido", aunque le constan con certeza todas esas percepciones suyas, como quien manifiesta que está pronta a rendirse al Magisterio de la Iglesia y a sus confesores.



Santa Teresa demuestra muy especialmente su enseñanza en la oración y en las virtudes. Sus palabras son teología pero sobre todo, experiencia de quien ha vivido y vive lo que enseña. Las virtudes son frutos de la oración: "para esto es la oración, para que nazcan obras, obras". Obras en su idioma son actos, actos de virtudes, de todas, pero tres son sus predilectas, "virtudes grandes" las llama: la caridad, el desasimiento y la humildad. La obediencia no la incluye en las tres grandes pero, a pesar de eso, es piedra de toque del camino de santidad del que es Maestra. La obediencia para ella es la consecuencia de la humildad y de la fe.

Teresa Maestra de virtudes y ¡qué silencio tan clamoroso hoy en torno a ellas". Quien ha de hacer algún provecho debe tener las virtudes fuertes". La pobreza de virtudes en los cristianos es causa de escándalo y de esterilidad, de vacío y de desierto. Porque se va la fuerza en el enmarañado trazado de esquemas, y de planes pastorales muy racionalizados, es necesario dar un golpe de timón, un cambio de rumbo según el estilo de Santa Teresa. La conversión del mundo antiguo al cristianismo fue el fruto de la fe encarnada en las virtudes de los cristianos primitivos, y no el resultado de una actividad muy elaborada y sumamente planificada.

"Después que el Señor ya me había fortalecido en la virtud, se aprovecharon en dos o tres años, muchos", cuando antes, "sin virtudes", "en muchos años solos tres se aprovecharon". Esta es una voz de alarma dirigida a los maestros de todos los tiempos. "La nueva evangelización no va a ser realizada con teorías astutamente pensadas", ha escrito Ratzinger. Debe comenzar con la vida abnegada y virtuosa. En la práctica, el tratado de las virtudes, diseminado por las obras de Santa Teresa, es el más eficaz evangelizador. Si no se practican virtudes, parecerá que se hace, pero no se hace, que se hace el bien, pero para quedar bien. Frutos con gusano dentro, espectaculares, pero inútiles, cuando no dañinos.

El tratado original de las cuatro maneras de regar el huerto, está lleno de belleza, e inventiva y energía, y ha conseguido montones de flores olorosas y sabrosas frutas. Ellas solas tienen energía suficiente para llenar de olor a todo el mundo y para construir un mundo mejor, convertido en verdadero paraiso.



Nos enseña y nos contagia su fe. Esa fe en los grandes misterios y la seguridad del valor de su oración e inmolación con las que ha salvado las almas. Ha llegado al más profundo centro del misterio de la Iglesia y ha sido sumergida en la Verdad y nos da testimonio de la Verdad. ¿Qué mayor magisterio que participar con su Esposo en la Redención por la Sangre de su cruz? Ha comprendido el misterio de la cruz del Redentor y la Misericordia del Padre que lo entrega, y la debilidad del Todopoderoso que baja de los truenos y de los rayos del Sinaí al madero de la cruz ensangrentada, donde se revela en la pobreza su rostro cabal de Dios. Y nos da testimonio del Amor y de la Cruz. Por eso puede cumplir su magisterio sólo con contarnos su vida, vida totalmente en Cristo, como la de San Pablo. No cabe en su estructura mental la trivialización y la mediocridad. Destierra el peligro de superficializar en el pueblo de Dios el misterio de la Iglesia, el designio de Dios de hacernos santos e irreprensibles ante El por el amor.



La galanura del estilo de Teresa. Y, aunque es accidental, ¡cómo se realza y queda enaltecido el magisterio de Santa Teresa con la riqueza estilística con que nos lo entrega! Como ofrecer el Sacrificio en cáliz de oro: la Sangre es la misma, pero alegra y deleita el corazón verla tan ricamente servida. La teología católica está muy bien representada en el cañamazo del Angélico, pues no en vano el Vaticano II quiere que "los misterios sean profundizados y descubierta su conexión bajo el Magisterio de Santo Tomás" (OT, 16).

También Pablo VI exhorta a que se escuche con reverencia la voz del mismo, "pues es tanta la penetración y reducción a la unidad de las verdades más profundas, que su doctrina es eficacísima para salvaguardar los fundamentos de la fe y para lograr un sano progreso".

En la Meditación en las grutas vaticanas, con motivo de la gran oración por Italia (15-3-94), ha dicho Juan Pablo II: "Desde el corazón de la historia del siglo XIII, es necesario proclamar la figura de un gigante del pensamiento, un genio acaso irrepetible: hablo de Tomás de Aquino, hijo de la Orden de Santo Domingo. La síntesis filosófica y teológica por él elaborada constituye un bien sólido y permanete de la Iglesia y de la Humanidad". No ha de parecer extraño que tenga temas radicalmente suyos, pues es especialista en ellos: El amor teologal en su doble vertiente divina y humana, y la oración de la que es maestra consumada y que fue el carisma de su vida. Ella fue un áscua de amor forjada en la oración. Y ese es su servicio permanente a la Iglesia y al mundo.

Hoy que se cacarea estridentemente el afán del compromiso, tenemos ante nosotros a una mujer comprometida en el más sustancial sentido de plenitud y de gratuidad y, sin embargo, de eficacia, que la sociedad de hoy tan competitiva, intensamente persigue y, las más de las veces, cosechando virutas, cenizas, sino tempestades. El Creador nos quiere asociados a El y colaboradores con El, en la acción que desde su amor creador dimana infatigable, constante y silenciosa y cala y desciende hasta el centro de la vida, como savia invisible que asciende por las ramas del vigor haciendo germinar las flores y nacer y madurar los frutos.

Todas la empresas caerán perecidas si brotan del ser ambicioso que pretende edificar sobre sí y con sus fuerzas una torre, que siempre será sin Dios, y se llamará Babel.

Recurrir al hontanar de la vida y de la energía suprema es el quehacer más perentorio que precisa nuestro mundo. Lo que Teresa de Jesús ha hecho es dejarse sumergir en la raices del ser y dejar que subiera su savia fecunda hasta los más insignificantes actos de su misión eclesial. Por eso no le basta lo que ella alcanza hacer; siente la necesidad de entrelazar sus manos con muchos que crean lo mismo, porque ella será el vigilante constante que les contagiará su vigor y les comprometerá en su empresa divina y humana -"su negocio"-. No importa quiénes sean sus compañeros con tal de que quieran seguirla.

Teresa de Jesús no ha fundado conventos para recluirse y solazarse a solas con Dios burguesamente y aislada en su torre de marfil, sino para estar más presente en el mundo, en las gentes, en los suyos, y en los extraños.

Sus grandes obras doctrinales, que tanto esfuerzo le costaron, son casi un grano de arena comparadas con la multitud de cartas dirigidas a tantas personas, con quienes une sus manos para salvar y extender la redención de la sangre de su Señor a toda la tierra.

Uncida al yugo de la pluma permanece toda su vida de fundadora, agotándose con el uso de aquellos medios elementales, plumas de ave, tinta y papel de difícil escritura, correos lentos e inseguros. Su gran pena de no poder llegar más lejos en la extensión de su amor por las almas, quedaba paliada por el cauce de su correspondencia cordial y santa, prudente y sagaz, con que mantenía el fuego sagrado entre sus amigos y en todas aquellas personas que le ofrecieran siquiera, una leve rendija por donde pudiera colarse su amor y compromiso.

Cartas compartiendo el dolor, o la pobreza, o la preocupación de su familia, siempre elevándoles a la santidad, su afán supremo. Para que crezca la cristiandad en el corazón de la humanidad, para que esa cristiandad se haga caridad, en frase de Peguy.

La contemplación de la esencia tomista se concreta en la ética de las virtudes. A ellas conduce aquélla y es así como se entronca en la vida evangélica el destello de la belleza reflejado por las virtudes, que ella llama "obras".

Teresa no queda encerrada en su pequeño horizonte, sino que, abismada en Dios, trasciende el deseo de su corazón a todas las personas que entran en su órbita. Cuando se lamenta a Dios de que quede encerrada en ella la riqueza que está recibiendo, oye la voz: "Espera y verás grandes cosas". Por eso ella siempre espera que el Señor encamine la solución de sus ardientes deseos: "Hágalo Dios como puede y ve que es necesario".

Como orante calificada, visto Dios y habiendo estado en el infierno, siente el deber acuciante de proyectar la luz eterna sobre las cosas temporales, de situar los destinos humanos en la balanza de la eternidad, de elevar las cosas enmarañadas e inexplicables de la tierra a la realidad plena y diáfana que les corresponde según la verdad, el juicio y la gracia de Dios. Visión de fe, anticipo de la celeste.

Juan, en sus visiones apocalípticas, Dante, en la Divina Comedia, y Teresa en su propia vida, no sólo han visto la purificación y salvación, sino también el fuego y las bestias del abismo.

Si la creación es la manifestación de Dios, su Palabra es su más excelsa salida hacia los hombres. Cuando la Palabra se hace soplo débil utilizando unos impulsos de aire vocalizados por un Hombre-Dios, éste ha llegado a su sublime "kenosis", abajamiento. Habló Jesús y hablan sus Profetas y Santos. Con su estilo inimitable, Teresa, que en sus grandes obras ha expresado la Palabra, en sus cartas la matiza y la hace más humana, materna y fraterna. Si uno se pregunta cómo poner en práctica esa vida que en sus obras grandes se manifiesta siempre en vuelo, al leer sus cartas verá cómo y con qué facilidad puede encarnarse, en la vida de cada día, y quedará asombrado de cómo viviendo una vida mística permanente, no queda comprometida ni perjudicada su vida cotidiana y sí sublimada la preocupación por todas las iglesias, de Pablo. El águila que vuela alto, puede y lo hace, descender a los más nimios detalles de la salud de todos y de cada uno, de las recetas y medicación rudimentarios, de los consejos para la compra de las casas nuevas, de la inversión de las dotes de las que pueden, para ayudar a las que no pueden, como medio de aportar una corriente de sangre nueva a la Iglesia. La sabiduría de acertar: si sólo escoge las que le gustan, se quedará sin monjas. No podría haber tantas si ella tanto hubiera elegido. Se comienza con lo que se puede y Dios actúa después...

Zozobras, penas de Gracián, inquietudes sin fin por el éxito de su empresa, que es de Dios, calumnias y alegrías, ansia de vocaciones nuevas, alegrías infantiles de Teresica y de su Bela, ¡cómo pudo todo recalar en un solo corazón, de no haber sido oceánico y rebosante de amor cósmico que la unión con su Esposo le ha fraguado! Un verdadero trasplante, diríamos hoy.

Pero no son sus obras grandes las que han acaparado sus más intensas energías. Cada día ha llevado apresado en su afán, el latido vigoroso de la escritora de cartas. Si 15.000 se calculan que escribió, de las cuales sólo nos han llegado poco más de cuatrocientas, es evidente que la cantidad de sus páginas superan mucho las cuatro obras mayores. Con la ventaja para el lector de poder contemplar vibrante ante los más diversos aconteceres, su espíritu singular, y su estilo de buen humor que, a veces, toma a broma los acontecimientos, las personas, y a ella misma, y la complejidad de los días. No necesita maquillarse para entregarse a sus corresponsales. Se presenta tal cual es, sin doblez ni amaneramiento, con una sencillez y un desgaire que cura para siempre a los amanerados de gazmoñería. Sin fingimientos. Con llaneza. Con autenticidad.

Capacidad inaudita de observación, ninguna obsesión por ningún tema, avisos certeros, tenacidad en insistir en lo esencial, labor constante, aunque sin tiempo para releerla y por lo tanto, pulirla. Y todo de manera magistral. ¡Cuanta y cuán maravillosa belleza refulge en estas cartas! ¡Qué estilo más impresionante y embelesador! ¡Qué arte tan excepcional goza su autora! La difícil facilidad de su estilo siempre a su alcance. ¡Qué regalo su lectura y cuán bienhechora!

"Las cartas son para mí, vida". Ella lo dijo. Hablaba de la "barahúnda" de las que recibía. Porque las que ella escribió desde que se metió a fundadora, la agobiaban y la consumían. Que la tenían clavada en su escritorio paupérrimo hasta las tres de la mañana. ¿De dónde sacó tanto tiempo par escribir tántas y tan bellas, con los precarios medios del siglo XVI? Quienes hoy apenas escribimos por la abundancia y la facilidad y la rapidez de las comunicaciones, apenas podemos comprender este río que fluye de su mano al impulso de su voluntad y enorme corazón.

Apreciaremos que no da puntada sin hilo. Y que las cartas son el complemento de la doctrina de sus libros mayores. Como el diagnóstico y la receta. Por su pluma pasan todos y todos los acontecimientos y todos y cada uno de los problemas, suyos y de los otros, siempre con ánimo, vigor, amor manifestado, humanidad, respeto, exigencia. Sobre la manifestación de su amor a las personas no conozco en la hagiobiografía un caso semejante de alguien que hable de amor sin ningún rebozo y con tanta generosidad, salvo San Pablo en algunas de sus cartas. Yo creo que este estilo nos está haciendo mucha falta. Preocupados con exceso por las ideas, como buenos occidentales que rinden culto a la mente, olvidamos el corazón, que es parte integrante de nuestra vida de hombres, y la que le da follaje al árbol, le hace florecer y le da perfume.

Jesús tiene Corazón. Y nuestros hermanos también tienen corazón. Y, como miembros del Cuerpo Místico, integran a Jesús. Jesús se deja querer y se hace de querer. En cada hermano nuestro hay un Niño, que necesita amor y dedicación. Una sonrisa le hace feliz; una pequeña atención puede disipar una tristeza.

Teresa no quiere hombres y mujeres hirsutos, "almas encapatodas", personas cerebrales, que tienen miedo de manifestar sus sentimientos porque creen, equivocadamente, que eso les empequeñece, y les rebaja: "Cuanto más santas más conversables con las hermanas". Los que así piensan, no tienen ni idea de que la grandeza consiste en la sencillez, y de que el hombre integral no es sólo cerebro, sino también corazón, es decir sensibilidad, afectos, emociones, sentimientos. Dice Jesús: "Tengo compasión de esta gente". Jesús llora ante el sepulcro de Lázaro, se deja perfumar por Magdalena, acaricia y bendice a los niños, y deja que se le acerquen y rodeen, consuela a la viuda que lloraba a su hijo muerto: "Mujer, no llores"... Hemos de aprender en la escuela de los sentimientos de Jesús, porque somos prolongación de Jesús y, no solo histórica, sino principalmente, profunda e interior. "Tened los mismos sentimientos de Cristo", nos dice San Pablo. La Iglesia, Esposa de Cristo, ha de estudiar más los sentimientos de Cristo que las ideas de Cristo. Porque en la Iglesia, huyendo del peligro de caer en el sentimentalismo, se cae, con muchísima facilidad, en el racionalismo. Y la razón no conmueve. Y sólo desde la conmoción podemos adoptar las grandes decisiones, y se consiguen las plenas adhesiones.

Muchas lanzas rompió el genio de Teresa que cambiaron el rumbo de la historia, pero no es pequeña la que rompe en la manifestación de su afecto, en una época hirsuta de señorías, sus mercedes y sus reverencias, cuando incluso a su sobrina Teresica le habla de usted.

Teresa hoy, con su estilo, sustancial y accidental, puede centrar la atención a los hombres de acción para que no se pierdan en lo superficial, pero con tintes de clarividencia y siempre de ternura y con su disposición al sacrificio. ¿Por qué aparece tan preocupada por la salud, sobre todo de los responsables, Gracián en primera línea, y después las prioras, sino porque aquella vida que ella ha ideado inmolada y sin descanso, les minaba las energías? Sacrificio cuyos frutos sabe que sólo verá en el cielo, como fruto ímprobo de su trabajo. "No sienta que haya padecimientos, pues el padecer trae tantas ganancias".

Preguntó a Fray Juan de la Cruz una hermana tras escuchar sus versos divinos: "Padre, ¿esas palabras se las ponía Dios, o las buscaba usted?" -"Unas veces me las ponía Dios y otras las buscaba yo". Teresa en sus cartas no está siempre en trance místico: Busca, pregunta, observa, razona.

El lector que se decida a leer las Cartas no va a perder el tiempo; son un tesoro maravilloso de sencillez, de buen humor, de enfado y enojo naturales y espontáneos, corregidos por la paciencia, y con una abundancia de matices que nos la hacen ver más palpitante que en sus obras doctrinales grandes.

Maestra de apóstoles, paciente y dolorosa ante su inactividad exterior forzosa, siempre animada por la esperanza de que el Señor lo encaminará todo bien. Madre de Gracián, sobre todos, porque es el artífice que el Señor le ha puesto para que ella dirija y pulse su arpa.

¿Entendió Gracián alguna vez a la Madre, o se dejó arrullar por sus acentos, prescindiendo alguna vez de sus avisos? La impetuosidad de Gracián ha de ser refrenada muchas veces por la Madre. El fue su hijo querido pero, aun repleto de carismas por la oración de ella y por su influjo, no llegó a conocerla del todo.

¿Conoció Teresa a Doria? Quedó fascinada al principio por su personalidad arrolladora. Se dejó impresionar por el genovés, que suplía muchas de sus carencias, a quien intuyó culto, y no se si algo se le enmascaraba. Los hombres cambian mucho, pero en ellos siempre permanece intacto su carácter hereditario y cultivado desordenadamente por miras no tan finas y sobrenaturales. La audacia de Doria y su preparación en medio de un mundo de mediocres e incultos, logró disimular a la Madre su fondo intrigante, absorbente, que equivocaba los principios evangélicos. Estalló la catástrofe cuando ya la Madre no estaba para defender a Gracián y a sí misma como Fundadora. Gracián y María de San José, serán las víctimas de Doria.

¿Conoció a San Juan de la Cruz? Apenas podemos saberlo por algunas cartas a otras personas. Desafortunadamente no tenemos ni una sola a él dirigida. La persecución terminó con unas. La mortificación del Santo, que las llevaba en una taleguilla colgadas al cuello, las destruyó todas. Lamentable pérdida.

Desgraciadamente, los cristianos de hoy, nuestros hermanos, sin excluir a los consagrados, han optado por prescindir de los clásicos espirituales a cambio de acudir a la lectura de autores de tercera o cuarta división. Los juzgan anacrónicos, no situados, lejanos. Y es verdad esto referido al ropaje. Pero es falso si, con superficialidad, trasladamos el anacronismo y el desfase al mensaje.

No se puede prescindir en el camino cristiano de Santa Teresa, como tampoco de San Juan de la Cruz; si lo hacemos y porque lo hemos hecho más de lo que se cree, nuestra teología se ha empobrecido y nuestra fe oscila sobre arena movediza. Pienso que la mejor democracia es la que pone en manos del pueblo lo mejor de la cultura y de la espiritualidad para elevarlo.

No tenemos derecho a quedarnos con la llave de la puerta, y menos a ponernos a la tranca de estorbo, porque se nos ha dicho que empujemos para que entren, no que dificultemos el paso (Lc 14,23).