HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

jueves, 3 de enero de 2013


Papa San Antero

(Anteros).
Su pontificado duró desde el 21 de noviembre de 235 al 3 de enero de 236. Sabemos con seguridad que reinó algunos cuarenta días y que fue enterrado en la famosa “cripta papal” del cementerio de San Calixto en Roma Northcote y Brownlow, Roma Sotterranea, (Londres, 1879) I, 296-300]. El "Liber Pontificalis" (ed. Duchesne I, 147; cf. XCV-VI) dice que fue martirizado por haber mandado notarios a recopilar las actas de los mártires y a depositarlas en los archivos de laIglesia Romana. Esta tradición parece antigua y respetable, sin embargo, los mejores eruditos sostienen que no está suficientemente garantizada por su único documento justificativo, el Liber Pontificalis, debido, entre otras cosas, a la fecha tardía de la compilación de dicha obra (ver PapadoNotarios). El lugar de su sepulcro fue descubierto por De Rossi en 1854, con algunos restos rotos del epitafio griego grabado en la estrecha piedra oblonga que cubría la tumba, un indicio de su origen y de la importancia del griego en la Iglesia Romana hasta esa fecha. Respecto a la "Epistola Anteri" que elPseudo-Isidoro le atribuye, ver Hinschius, "Decret. Pseudo-Isidorianae" (Leipzig, 1863), 156-160 y P.G., X, 165-168. Cf. "Liber Pont". (ed. Duchesne), I. 147.

Bibliografía: Tillemont, Memoires (III), 278, 694; De Rossi, Roma Sotterr., II, pl. III, 55-58; Allard, Hist. des Persecutions (Paris, 1886), II, 198-200; Acta SS. (1643), Jan. 1, 127.
Fuente: Shahan, Thomas. "Pope St. Anterus." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907. <http://www.newadvent.org/cathen/01553a.htm>.
Traducido por Pedro Royo. L H M.

SANTA GENOVEVA, VIRGEN

3 DE ENERO

P. Juan Croisset, S.J.

S
anta Genoveva, á quien escogió por su Patrona la ciudad de Pa­rís, nació en una aldea llamada Nanterre, á dos leguas del mismo París, hacia el año de 422. Su padre se llamó Severo, y su madre Ge-roncia, ambos de condición muy humilde, pero honrados y distin­guidos por su piedad.

Casi desde la cuna previno Dios á la santa niña con sus dul­ces bendiciones; porque su modestia, su prudencia y su devoción parecieron extraordinarias aun en los más tiernos años de su in­fancia.

Pasó por Nanterre San Germán, Obispo de Auxerre, yendo de ca­mino á Inglaterra para combatir los errores de Pelagio, y, concu­rriendo todo el pueblo á recibir su bendición, el santo prelado, ilus­trado de superior luz, descubrió aquel tesoro escondido; y distin­guiendo entre la muchedumbre á la niña Genoveva, de edad á la sazón de siete á ocho años, la habló en particular. Admirado de la piedad y de sus respuestas, la exhortó á consagrarse enteramente á Dios, á no admitir otro esposo que Jesucristo. La niña, que ya tenía sentimientos muy superiores á su edad, le respondió que nunca ha­bía tenido otro pensamiento sino ser toda de Dios y abrazar la pro­fesión de las vírgenes cristianas; y San Germán, para confirmarla en esta resolución, la dio una medalla de cobre donde estaba gra­bada la señal de la Santa Cruz, como en arras de la fidelidad que había ofrecido á Jesucristo, su celestial Esposo; de la cual hizo Ge­noveva tanta estimación, que toda la vida la trajo colgada al cuello.

Crecía con la edad la virtud de Genoveva, y era cada día más vivo su amor á Jesucris­to. Un día de fiesta, yendo su madre á la iglesia, quiso obligarla á que se quedase en casa. Era muy condescen­diente, pero creyó que no se oponía á la obediencia el re­presentar á su ma­dre que la permitie­se ir también á ha­cer oración; aña­diéndole que, sien­do esposa de Jesu­cristo, parecía te­ner algún derecho, y aun alguna ma­yor obligación á cortejarle en su iglesia. Estaba la madre de mal hu­mor, y, ofendida de lo que debiera edifi­carse, le dio una bo­fetada, mandándo­la que no la acompa­ñase. Castigó Dios al punto un arreba­tamiento tan poco cristiano, y quedó ciega la madre: y ésta no recobró la vista hasta que se lavó los ojos con un poco de agua, sobre la cual rogó á su hija que hiciese la señal de la cruz.

Luego que Genoveva llegó á edad correspondiente, se consagró á Dios con voto solemne, y comenzó, según la práctica que tenían en aquel tiempo las vírgenes consagradas, á alimentarse de legumbres (por inspiración Divina), á beber agua solamente y á traer continuo cilicio. Dormía sobre la dura tierra, pasando en oración las noches que precedían al domin­go, al jueves y á los días en que había de comulgar.

Habiendo muerto sus padres, se fue á París, donde la recogió su madrina, y allí pasó una vida humilde y obscura en el ejercicio da una austerísima penitencia y de constante oración.

Por este tiempo la asaltó una enfermedad tan extraordinaria, acompañada de tan crueles dolores, que la tuvieron por muerta, habiendo estado tres días sin sentido. Sirvióse Dios de aquella espe­cie de éxtasis para descubrirla muchos misterios, y para darla á en­tender lo mucho que había de hacer y padecer por su amor en lo restante de su vida. Hizo confianza de esto, por su afable carácter, á algunas personas indiscretas, y de aquí se la originaron nuevos motivos para ejercitar la paciencia.

Comenzóse á murmurar de su retiro, á censurar de su modo de vida, y á notar de imprudentes ó de extravagantes sus ejercicios de mortificación y de piedad. Probó Dios por algunos años la virtud de su sierva con el fuego de la más viva persecución; hasta que, vol­viendo San Germán de su viaje de Inglaterra, confundió á todos sus envidiosos, haciendo justicia á la Santa.

Pero no duró mucho la serenidad. Esparcióse en París una voz falsa de que los hunos se acercaban para destruir la ciudad; asustá­ronse todos, y queriendo la santa doncella consolarlos, asegurando ser falso el rumor, se levantó contra ella por esta obra de caridad la más cruel persecución, y estuvo á pique de que la quemasen como hechicera y maga. Hallábase San Germán en Italia cerca del empe­rador Valentiniano, cuando tuvo noticia del peligro en que se halla­ba la Santa. Inútilmente trabajó para libertarla; despachó luego á París al arcediano de Auxerre, y el mismo arcediano estuvo en pe­ligro de ser maltratado por aquel furioso pueblo. Solamente se de­liberaba sobre el género de suplicio con que se la había de castigar, y muchos habían opinado ya que fuese entregada á las llamas, cuan­do Dios mudó de repente los corazones de todos.

La dulzura, la humildad, la paciencia, la inalterable tranquilidad que mostró la Santa en medio de tan gran riesgo, hicieron abrir los ojos á sus perseguidores. Reconocieron su inocencia, y, condenando ellos mismos su propia pasión, desde allí adelante convirtieron el odio en veneración de Genoveva.

Pero la Santa no se aprovechó de la quietud que comenzaba á go­zar, sino para aumentar los ejercicios de su piedad y de sus peni­tencias. No comía más que dos veces á la semana, el jueves y el domingo; y fue menester precepto expreso del Obispo para obligarla á usar de un poco de leche en su mayor ancianidad.

Una virtud tan eminente no podía dejar de resonar en las partes más remotas. San Simeón Stylita se encomendaba en sus oraciones desde lo más retirado de la Siria, y el nombre de Genoveva se hizo célebre casi en todo el ámbito del mundo.

Pasó los Alpes y el Ródano Atila, rey de los hunos, é iba á echarse sobre París, cuando la Santa salió de su retiro y exhortó al pueblo á que apaciguase la cólera de Dios con oraciones, ayunos y peni­tencias. Hallábase la ciudad entregada á estos devotos ejercicios, cuando se tuvo noticia de que el ejército de los bárbaros se había retirado, y los parisienses atribuyeron este milagro á las oraciones de Santa Genoveva.

Sitiaba Meroveo á París, y estaba reducida la ciudad á las últi­mas extremidades. Compadecida Genoveva de la extrema miseria en que se hallaba el pueblo por razón del hambre, se fue hasta Arcy del Atube, y llegó á Troya, donde, juntando cantidad de trigo, se puso al frente del convoy, y por medio de este socorro libertó á toda la ciudad.

Esta magnánima caridad, acompañada de muchos milagros, dio nuevo lustre á sus virtudes, haciéndose venerar aun de los mismos gentiles. Chilperico, padre de Clodoveo, estimaba tanto á nuestra Santa, que nunca se atrevió á negarla cosa alguna que le pidiese. A instancias suyas emprendió este príncipe edificar aquella suntuosa iglesia que consagró en nombre de los apóstoles San Pedro y San Pablo, y con el tiempo fue dedicada á la misma Santa Genoveva.

Aunque era tan ardiente su celo y caridad con el prójimo, no por eso perdía nada de su recogimiento interior, y en medio del tumulto y de la muchedumbre estaba tan recogida como si se hallara en la soledad del desierto. Todos los años se encerraba extraordinaria­mente desde la Epifanía hasta Pascua, en cuyo tiempo de nadie se dejaba ver, tratando únicamente con las vírgenes, que se habían puesto debajo de su dirección.

El amor y la devoción á la Santísima Virgen parecía la primera de todas sus virtudes, y ésta era la que más principalmente enco­mendaba á sus discípulas y á cuantas personas trataba.

Hallándose dotada del don de milagro y de profecía, respetada de los príncipes y de los prelados, y en singular veneración de todo el pueblo, estaba tan llena de profunda humildad, que tuvo más que padecer en los honores que la tributaban, que en las crueles per­secuciones con que la habían ejercitado. En fin, adornada de tan­tos dones sobrenaturales, y colmada de merecimientos, murió en París á los ochenta y nueve años de su edad, el día 3 de Enero del año de 512, tan santamente como había vivido.

Fue llevado su cuerpo con grande pompa á la iglesia de los Santos Apóstoles, que se miraba como obra suya, y hoy tiene el título de la misma Santa. Conocióse muy desde luego cuan poderosa era para con Dios su intercesión. Y, creciendo cada día la devoción del pueblo, San Eloy se ofreció á trabajar con su mano la magnífica urna en que están depositadas sus reliquias, la cual se colocó, después de la irrup­ción de los normandos, detrás del altar mayor, donde se conserva y se venera al presente.

El año 887 vinieron los normandos á sitiar á París, y entonces fue la primera vez que se sacó en procesión la urna de Santa Genoveva, á cuya intercesión se atribuyó, con mucha razón, el levantamiento del sitio, al mismo tiempo que el enemigo se disponía para dar el asalto.

En 1129, una enfermedad, llamada de los ardientes, porque era una especie de erisipela acompañada de ardiente calentura, que quitó la vida á innumerables personas, desolaba á todo París; bajóse la urna de Santa Genoveva, y apenas se dejó ver al pie de la montaña, cuando cesó la epidemia, y catorce mil enfermos que había en la ciudad, cobraron repentinamente la salud.

Habiendo venido á Francia el año siguiente el Papa Inocencio II, después de haberse informado exactamente de un hecho tan mila­groso , ordenó que todos los años se celebrase la memoria en acción de gracias de tan singular prodigio, con el título del milagro de los ardientes. La devoción del pueblo á la Santa no se ha entibiado con el tiempo, y cada día se experimentan los efectos de su protec­ción , así en las calamidades públicas, como en las necesidades par­ticulares.

La Misa de este día es en honra de San Juan, apóstol y evangelista, cuya octava celebra hoy la Santa Iglesia; y la oración es como signe:

Ilustrad, Señor, benignamente á vuestra Iglesia, para que, alum­brada con la doctrina de vuestro apóstol y evangelista San Juan, llegue en fin á participar de vuestra eterna gloria. Por Cristo Nues­tro Señor. Amén.

La Epístola es del cap. 15 del libro del Eclesiástico.

El que teme á Dios, obrará bien; y el que sigue la justicia, la poseerá, y le saldrá al encuentro como una madre venerable. Le alimentará con pan de vida y de inte­ligencia, y le dará á beber del agua de la sabiduría saludable, y se establecerá en él, y no se doblará, y lo sostendrá, y no será confundido; y lo exaltará entre los suyos, y en medio de la congregación le abrirá la boca, y la llenará del espíritu de sabiduría é inteligencia, y revestirá una estola de gloria. Pondrá en él un tesoro de gozo y alegría, y le dará por herencia un nombre inmortal el Señor nuestro Dios.

REFLEXIONES

El que teme á Dios no se contenta con huir del mal, porque esto no tanto sería temer á Dios como temer la pena y el castigo; alién­tate también á hacer el bien, porque el temor filial, cual debe ser el de Dios, quiere agradarle, y consiguientemente solicita hacer lo que le agrada. La prudencia, ó, por mejor decir, la verdadera sabi­duría, es inseparable de toda virtud cristiana. Tenga uno en buen hora todo el ingenio imaginable, que sin esta guía no dará paso que no sea un precipicio; por el contrario, el más moderado entendi­miento, dotado de mucha piedad, pocas veces dejará de caminar con acierto.

Desengañémonos que no hay otra verdadera sabiduría sino la de la salvación eterna. La sabiduría del mundo es una necedad enmas­carada, es una sabiduría insensata. Quien yerra en los principios, ¿cómo puede acertar en lo demás? Algún día conocerán esos sabios en apariencia, aunque lo conocerán muy tarde, que anduvieron errados y descaminados.

La verdadera sabiduría consiste en no equivocar el fin, y en acer­tar con los medios. Y pregunto: ¿son por ventura de ese carácter esos discretotes del mundo? No tienen, pues, que aspirar á esta ver­dadera gloria, ni crean que la sabiduría cristiana se halla en los sa­bios del siglo. Con toda verdad se puede decir que no hay rectitud, no hay bondad, no hay entendimiento sino en los buenos cristianos: ellos solos son los sabios verdaderos. Ellos sí que logran la alegría y la quietud y aun la felicidad de esta vida. Mientras viven son respe­tados, y esta gloria los acompaña hasta la sepultura. Es la estimación un tributo que se debe á la virtud. Ninguno se exime de pa­garle. Aun los mismos que la persiguen, la respetan. No puede sepa­rarse la verdadera gloria de la verdadera piedad. ¡Dios mío, qué inmortalidad puede esperar el que se condena!

El Evangelio es del cap. 21 de San Juan.

En aquel tiempo dijo Jesús á Pedro: sígueme. Volviéndose Pedro, vio que le se­guía aquel discípulo á quien amaba Jesús, y que estuvo mientras la cena recostado en su pecho, y le dijo: Señor, ¿quién es el que te ha de entregar? Pedro, pues, ha­biéndole visto, dijo á Jesús: Señor, ¿qué ha de ser de éste ? Dícele Jesús: Quiero que permanezca así hasta que Yo venga, ¿qué te importa? Tú sígueme. Divulgóse, pues, esta respuesta entre los hermanos, de que aquel discípulo no moriría; y no le dijo Jesús que no moriría, sino: Quiero que permanezca así hasta que Yo venga, ¿qué te importa? Este es aquel discípulo que da testimonio de estas cosas y las escribió; y sabemos que su testimonio es verdadero.

MEDITACIÓN

Que toda dilatación de la conversión es perniciosa.

Punto primero.—Considera qué gran desgracia es morir sin ha­berse convertido; pues la misma es, poco más ó menos, hablando por lo común, el dilatar la conversión. Mientras sólo se piensa en convertirse, ninguno se convierte.

Al presente no tengo gana de convertirme; ¿pero la tendré otro día? No quiero convertirme hoy: ¿acaso querré mañana? ¿Quién me puede prometer ni quién me puede asegurar que llegaré á mañana? ¡ Gran locura confiar la salvación á lo más incierto de la vida! Estar persuadido á que es menester convertirse, confesar que no se quisiera morir sin haberse convertido, y no convertirse al instante, es querer no convertirse jamás.

Al presente no tienes fuerzas para romper estos lazos. ¿Y los rom­perás más fácilmente cuando se hayan multiplicado más? ¿Y tendrás mayores fuerzas cuando también las tenga mayores fuerzas las malas costumbres?

Dices que ahora no tienes tiempo. ¿Y cuándo llegará el caso de que le tengas? ¿Por qué no será el tiempo de tu conversión el tiem­po presente? ¿Por ventura te ha dado Dios este año nuevo, para que no te conviertas hasta el año que viene? ¿Qué es lo que ahora te impide convertirte? Y dime: ese estorbo, ese obstáculo, ¿vale tanto como tu conversión, como tu salvación eterna? ¡Oh, que no tengo tiempo! ¡ Excusa verdaderamente miserable! Pues ¿ignoramos por ventura que si nosotros mismos no nos tomamos el tiempo, ni el mundo, ni los amigos, ni los negocios nos le concederán jamás?

¡ Oh qué ceguedad tan digna de compasión! Con la mayor seguri­dad caminamos á la muerte sobre la peligrosa esperanza de un tiem­po de preparación, que puede ser no lleguemos á ver nunca.

¡ Ah, Señor! Si el año pasado hubiera sido el último de mi vida, como lo fue de tantos otros, ¿qué sería ahora de mí? Estoy en el prin­cipio de éste, incierto si le acabaré, pero no incierto si me converti­ré, pues con el auxilio de vuestra gracia estoy bien resuelto á no di­ferir mi conversión ni un solo día.

Punto segundo.—Considera que rehusar convertirse en el tiem­po presente es decir que todavía no se ha ofendido á Dios bastante­mente, que es menester estar todavía un poco más tiempo en su des­gracia. Querer convertirse algún día, y no querer que sea hoy, es querer disponer según nuestro capricho del tiempo, de los tesoros, de los méritos y hasta de la misma gracia de Jesucristo; querer dar reglas á la Sabiduría divina, sujetar la Providencia á nuestro humor y hacerla esclava de nuestras mismas pasiones. ¡Qué impiedad! ¡Qué extravagancia! ¿Y habrá todavía valor para decir: yo me quiero convertir, pero será allá para otro tiempo; quiero entregarme á la devoción, pero allá más adelante ? ¿ Comprendes por ventura el ver­dadero, el ridículo sentido de una proposición tan poco cristiana?

¿Temo acaso que me convierta demasiadamente temprano, si es que me convierto este año? ¿Recelo quizá que, si comienzo desde luego á amar á Dios, me ha de quedar demasiado tiempo para amar­le? Pasóse ya el tiempo más florido de mi edad. Ya no me resta más que una porción de vida gastada, usada y roída en el servicio del mundo. ¡Y con todo eso delibero! ¡Aun me resisto á dar á Dios estas miserables reliquias! Ciertamente es menester hacer bien poco caso de la amistad de Dios para tratarle de esta manera.

¡ Ay, y qué dolor en la hora de la muerte, cuando llegue á pensar que yo fui aquel discípulo á quien Jesús amaba, y que no quiso amar á Jesús! Sí; Jesús me amaba cuando interiormente me llamaba á que mudase de vida; Jesús me amaba, cuando me concedía aquellos bellos días, aquellos largos años para que hiciese penitencia; Jesús me amaba, cuando me convidaba con su gracia al principio de este año; Jesús me amaba, cuando me ponía á la vista la inocencia, la peni­tencia, la caridad y todos los ejemplos de virtud de Santa Genoveva y de tantos otros Santos. Reflexiones sólidas, meditaciones eficaces, discursos concluyentes, todos eran pruebas sensibles del amor que Dios me profesaba. Pero todo fue inútil para mí, porque no quise convertirme. ¡Oh Dios, qué cruel remordimiento!

Muérame, Señor; ahora en vuestro amor, si he de vivir algún tiem­po sin amaros. Vos me amáis, y todo me convence de vuestra ternu­ra. Esto es hecho: desde este mismo instante comienzo nueva vida, con esperanza de que todo os ha de acreditar mi eterno amor, mi perfecta conversión perpetuamente.

JACULATORIAS

Yo comencé tarde á amaros, Señor; mas ya doy principio, y con­fieso ser ahora de vuestro excelso brazo ésta mi conversión.—Ps. 6.

Resuelto estoy, y así lo he prometido, á guardar en adelante vues­tros Santos Mandamientos.—Ps. 118.

PROPÓSITOS

1.    Lee delante de un Crucifijo los propósitos que hiciste ayer, y el nuevo plan de vida que te propusiste. Mira si hay que añadir; nota los obstáculos que pueden ofrecerse, y deja también anotados los medios de que te has de servir para vencerlos. En esto es abso­lutamente necesario proceder con especificación y con menudencia. Las resoluciones indeterminadas, vagas y genéricas, sólo sirven para adormecer los remordimientos de una conciencia justamente sobresaltada; lisonjean y engañan con la esperanza de una conver­sión futura, pero jamás convierten.

2.    Comienza haciendo á Dios algún corto sacrificio, ya sea con­tradiciendo tu propia voluntad y tu amor propio en ciertas cosas, ya sea mortificando tus sentidos en muchas ocasiones, ya sea priván­dote de lo que más te gusta y te divierte. Nada sirven los grandes proyectos de conversión si no se reducen á la obra.'Todas las lec­ciones de moral son prácticas. No es rico el que sólo sabe contar grandes cantidades, sino el que es dueño de las cantidades que cuen­ta. De la misma manera es menester que las obras acrediten lo que cada uno quiere ser y lo que es efectivamente.

Genoveva, Santa
Biografía, 3 Enero
 
Genoveva, Santa
Genoveva, Santa
Nació cerca de París en el año 422.
Genoveva significa: "De buena familia". Muy niña, se encontró con San Germán, venerable Obispo, el cual le aconsejó que dedicara su vida a servir a Dios y al prójimo y así lo hizo.

A los 15 años formó con un grupo de amigas una asociación de mujeres dedicadas al apostolado y a ayudar a los pobres. No eran religiosas pero vivían muy santamente en su casa o en su sitio de trabajo, y asistiendo mucho al templo y ayudando todo lo más posible a los necesitados.

Genoveva practicaba de tan manera el recogimiento y apartamiento del mundo que durante los 40 días de cuaresma no salía de su casa sino para ir al templo o ayudar a algún necesitado. Y el resto del año hacía casi lo mismo.

Cuando tenía 30 años oyó que el terrible bárbaro llamado Atila se acercaba con 100,000 guerreros a sitiar a París y a destruirla a sangre y fuego. La gente quería salir huyendo pero Genoveva los convenció de que en vez de salir corriendo lo que debían hacer era ir al templo a rezar. Casi la linchan los cobardes, pero la mayoría le hizo caso y se dedicaron a orar.

Y la ciudad se salvó de ser atacada, pues el feroz Atila cuando ya venía llegando a París, cambió imprevistamente de rumbo y se dirigió hacia Orleans, pero por el camino le salieron al encuentro los ejércitos cristianos y lo derrotaron en la terrible batalla de los Campos Cataláunicos. Así se cumplió lo que había anunciado Genoveva, que si el pueblo oraba con fe la ciudad de París no sería atacada. Esto le dio una gran popularidad en esa capital.

Después llegó a París una espantosa escasez y carestía y la gente se moría de hambre. Genoveva en vez de quejarse reunió un buen grupo de hombres y se fue río arriba buscando víveres y volvió con las barcas llenas de comestibles y así salvó una vez más la ciudad.

Como los reyes Childerico y Clodoveo sentían por ella una gran veneración, logró obtener de ellos el perdón para muchos presos políticos que iban a ser ajusticiados.

Cuando Genoveva murió, muy anciana, el 3 de enero del año 502, ya la ciudad de París la consideraba su patrona, y todavía hoy, ella es la Patrona de París. Sobre su tumba se construyó un famoso templo, el cual en la Revolución Francesa fue destruido y en ese sitio levantaron el edificio llamado Panteón, donde los franceses entierran a sus héroes.

Los datos acerca de esta santa los conocemos porque los escribió Gregorio de Tours, unos veinte años después de haber muerto ella.

Santa Genoveva ha sido invocada en épocas de grandes calamidades públicas, y ha librado muchas veces a ciudades y pueblos de pestes, carestías e invasiones de enemigos.

Oración

Señor: que a imitación de Santa Genoveva amemos a nuestra patria y a nuestros paisanos no sólo con amor de palabras, sino con amor que se demuestra en buenas obras y que como ella, estemos convencidos de que es mejor confiar en Dios que confiar sólo en las ayudas humanas. Amen.