HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

miércoles, 9 de enero de 2013

SANTIAGO JEREZ GARCIA

Dios siempre se sale con la suya

Testimonio vocacional del P. Santiago Jerez García
P. Santiago Jerez García L.C.
P. Santiago Jerez García L.C.

Nací en la ciudad de Granada pero siempre he vivido en Chauchína un pueblo cercano a la ciudad. Aunque llama la atención el nombre del pueblo, sin embargo, es uno de los pueblos que embellecen la Vega de Granada con su devoción a Ntra. Sra. Del Espino. Aquí viví con mi familia y pasé mi infancia antes de irme a la escuela Apostólica (seminario menor).


La familia siempre se convierte en el primer factor que Dios pone para que germine la semilla del llamado. Nací en una familia católica y practicante. Una familia sencilla que aunque no teníamos todo lo que otros tenían, sin embargo, nunca nos faltaba nada. Soy el último de ocho hermanos, cuatro hombres y cuatro mujeres, de los cuales soy el único consagrado. Al hablar que soy el último de los hijos siempre me dicen que soy el más mimado y la verdad nunca lo vi así. Al menos no recuerdo un trato especial. Aunque todos estuvimos muy cercanos a la Iglesia, sin embargo, me tocó a mí seguir más de cerca el camino de Dios. Hoy agradezco de corazón la cercanía y el apoyo que siempre han tenido a lo largo de este camino.


La historia de mi encuentro con Dios y la respuesta a su llamada, la  puedo resumir tomando las líneas de una carta que escribía a mi familia durante mi período de la escuela apostólica (seminario menor) en Valencia y que decía más o menos así: “…mamá yo estoy aquí para poder ayudar muchas almas”. Aunque a la edad de 12 años uno no tiene claro lo que puede ser de su vida, sin embargo, esta idea la tenía muy clavada y ha sido lo que me ha mantenido interiormente firme para no sucumbir ante las pruebas y dificultades que se me han presentado.


La idea de la vocación y de un seguimiento más de cerca a Cristo viene a la edad de 8 años. Me estaba preparando para recibir la primera comunión y fue cuando me invitaron a ser monaguillo del santuario de Ntr. Sra. Del Espino en Chauchina- Granada. Con la ilusión de todo niño me preparé para poder recibir a Jesús y le prometí ser su amigo y estar cerca de Él. Al mes, junto con otro de mis hermanos, formaba parte del equipo de monaguillos del santuario. Aquí, es donde comenzará toda la aventura del llamado de Dios y de mi respuesta.


A decir verdad, mi encuentro con Dios se fue dando solo; sin necesidad de eventos especiales, de apariciones, ruidos o signos extraordinarios. Creo que fue algo muy sencillo, y en esta sencillez, lo único que me pedía Dios era responderle con generosidad.
P. Santiago Jerez García L.C.
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La idea de ser sacerdote fue dándose en la medida que me dedicaba más a las cosas del santuario. Las mismas religiosas, la familia, la gente, los amigos…etc. me decían que yo iba para sacerdote, que debería de ir al seminario, que se necesitaban buenos sacerdotes. Fue así como a lo largo de esos cuatro años de monaguillo fui conociendo la figura del sacerdote.  Conocí a muchos y muy buenos sacerdotes. Nace pues, en este contexto, la inquietud y la pregunta de ¿Por qué, yo no? ¿Por qué no ser uno de ellos que pueden hacer tanto por los demás? Pero solo se quedaba en pregunta y en ilusión, pues la realidad era que a la edad de 10 y 11 años no pensaba que podría dar ese paso.


En mayo de 1994, antes de terminar el curso escolar, las MM. Capuchinas me dieron la noticia de que unos sacerdotes legionarios llegarían al santuario y que los tenía que recibir muy bien pues venían de lejos. Llegaron por eso de las 5:30 pm, hora de la bendición del Santísimo. Desde que entraron en la capilla del santuario no les quité el ojo de encima. Todo de ellos me llamaba la atención (muy jóvenes, vestidos de negro, sonrientes) no veía la hora de hablar con ellos. Las religiosas me dijeron, avisa a tus padres que van a ir a hablar con ellos. Fui de inmediato.


Mi mamá los recibió con mucha ilusión pero se llevó una gran sorpresa cuando le propusieron la idea de invitarme a la escuela apostólica (seminario menor) en Valencia. Pues para ella, que siempre había pensado en un hijo sacerdote y rezaba para que alguno de mis hermanos diera el paso, no se imaginaba que fuera a mí al que me estaban invitando y menos que me mostrara tan lanzado e interesado cuando respondía sí a todo lo que proponían.


Llegó el verano, y con el verano los preparativos para salir de viaje a Valencia e iniciar una aventura que no ha tenido ni tendrá límites. Para un niño de pueblo, el salir de la propia ciudad, el hacer un viaje de unas 6 horas aproximadamente y el estar con gente que no conocía de nada… era todo un sueño. A lo largo de los preparativos para mi adiós, me llamó la atención la insistencia de las MM. Capuchinas que me decían constantemente “estamos rezando mucho por ti”, mi familia que me animaba a portarme bien y tener mucho cuidado y el de mis amigos que aprovechara esta experiencia y me la pasara bien.


Llegó el día esperado. El 17 de julio a las 10 de la mañana, después de una despedida emotiva, salíamos rumbo a Moncada-Valencia. El viaje se hizo muy ameno. Me llamó la atención que entre chistes, anécdotas y juegos de adivinanzas, en un ambiente con sacerdotes, uno se lo pasara tan bien. Eran las 5 pm cuando paramos a las puertas de la escuela apostólica (seminario menor) de Moncada. Apenas me decidí abrir la puerta vinieron a mi encuentro dos jóvenes, también de mi edad, para saludarme y ayudarme con las maletas. Mientras saludábamos a los que nos recibieron en la puerta, en la terraza se entonaba una porra-mexicana para darnos la bienvenida.


En la Biblia leemos que Dios pide a Abrahán, “levántate, sal de tu tierra y ve a la tierra que Yo te mostraré”. El primer paso ya estaba dado; el segundo paso estaba por darse, iniciar el camino de todo aquel que se enfila en seguir las huellas del Amigo. Aquí comenzó el contacto más concreto, amplio y profundo con la vida, la espiritualidad y la disciplina de la Congregación de los Legionarios de Cristo. Comento esto porque, a decir verdad, en Granada la Legión de Cristo no era para nada conocida. Esta era una de las razones por las cuales mi familia estaba algo preocupada. 


El curso de verano de la escuela apostólica me transformó totalmente, me llenó de ilusiones y me di cuenta que no era el único que sentía esa inquietud por ser sacerdote. Por lo tanto era muy común comentar quien nos había invitado, cómo dimos el paso para llegar allá, que fue lo que más nos movía para dejar todo…etc. Todas estas experiencias las compartía con mi familia por carta o por teléfono y fue lo que serenó mucho a mis padres ante el desconocimiento de la Legión de Cristo y la distancia que nos separaba.


Después de terminar los cursos de 7°- 8° EGB y 1°- 2° BUP la cosa ya iba más en serio, el paso al noviciado. Cambio de etapa y también cambio de ciudad, Salamanca. Creo que fue un paso muy normal, por todo el conocimiento que ya tenía de la congregación, pero aún así imponía mucho la sotana, el silencio y saber que esta nueva etapa traía más responsabilidad. Fueron dos años muy hermosos y que siempre los recordaré con mucho cariño. Los puedo resumir en crecimiento, paz y entrega. Lo alcanzado en el noviciado me llevó a dar el siguiente paso más comprometido que era mi profesión religiosa temporal.


Después de unos largos años de formación, me tocó hacer una experiencia en la ciudad de Monterrey (México). Me pidieron ayudar como instructor de formación en el Bachillerato Anáhuac del colegio Irlandés. Como todo período de formación, me ayudó a entrar en contacto más directo con las personas que Dios estaba poniendo en mi camino. Fue cuando se me abrieron los ojos y pensé en “esas almas de las cuales unos años atrás escribía en la carta a mi familia”. Almas que ya iban tomando rostro, nombres y apellidos y de los cuales estoy totalmente agradecido por haberme ayudado a amar más a Dios, a entregarme en mi camino y a servirle con entusiasmo. 


 A unos meses de ser ungido como Alter Christus, de recibir este Don tan maravilloso de Dios a una creatura frágil, he podido contemplar los rostros que me han acompañado en esta aventura. Rostros donde he leído el gozo, la felicitación, el apoyo sincero, la cercanía, el amor, la amistad, el cariño, el asombro, la confianza, la fortaleza, el desinterés. Ante unos y otros rostros, miro el rostro Cristo; el rostro del Amigo, del verdadero Compañero y del Hermano desinteresado. Desde el rostro de Cristo es donde hoy, más que nunca, puedo medir mi amor, mi entrega y mi donación total.

El P. Santiago Jerez García nació en Granada (España), el 29 de julio de 1982. Estudió en el colegio diocesano Ntra. Sra. Virgen del Espino en Chauchina Granada. En 1994 entró en la escuela apostólica (seminario menor) de los Legionarios de Cristo en Moncada, Valencia. En el 1998 ingresó en el noviciado de la Legión de Cristo en Salamanca (España). El 15 de agosto de 2000 emitió su profesión religiosa. Cursó los estudios humanísticos en Salamanca. Interrumpió sus estudios para ayudar como Instructor de formación en el colegio irlandés de Monterrey (México), colaboró como auxiliar de los grupos juveniles del club Faro de Monterrey  (México) y del club Faro Valencia (España) y trabajó como promotor vocacional en Monterrey (México). Ha cursado su  licenciatura en filosofía y sus estudios de teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Roma). Actualmente trabaja ayudando en la Parroquia de Cristo Resucitado en Cancún (México).

La consagración sacerdotal, un testimonio de la gracia
El Card. Velasio de Paolis ordenó sacerdotes a 44 legionarios de Cristo en Roma.




Roma, 15 de diciembre de 2012.-  El Cardenal Velasio De Paolis, Delegado Pontificio para laLegión de Cristo y el Regnum Christi, ha ordenado sacerdotes a 44 legionarios de Cristo en la Basílica de San Juan de Letrán, en el transcurso de una ceremonia a la que han asistido familiares y amigos de los ordenandos. En su homilía (que puede leerse completa en este enlace), el Cardenal ha querido manifestar que estos 44 nuevos sacerdotes se convierten, por la historia reciente de la Legión, “en un testimonio de la gracia que perdona, renueva, crea un corazón nuevo, conforta, da esperanza” y en “un gran don a la Iglesia a través de la Congregación de los Legionarios de Cristo”.
Las palabras del Cardenal se han centrado en la necesidad que cada hombre y cada mujer tienen de encontrarse con Cristo, y el sacerdote como la respuesta de Dios a esa necesidad: “Tenemos necesidad de sacerdotes porque tenemos necesidad de Cristo”, ha afirmado, “y Jesucristo es el hombre que todo ser humano de cualquier tiempo y lugar debe encontrar para llegar a la verdad sobre Dios y sobre sí mismo, a la meta de la felicidad y del sentido de la propia vida”.
El Delegado Pontificio para la Legión de Cristo ha ofrecido una mirada muy positiva a los jóvenes acerca de la propia fragilidad, que puede convertirles en “testigos de la gracia divina”: “El sacerdote experimenta su propia debilidad y su fragilidad. Esta experiencia es positiva, si lo lleva al Único que puede darle la gracia de la fidelidad, del amor y de la donación plena”, afirmó De Paolis.
Sobre el significado de estos 44 nuevos sacerdotes en la historia reciente de la Legión de Cristo, el Cardenal quiso dedicar unas palabras claras, directas, llenas de esperanza y confianza en la gracia al concluir la homilía: “Ustedes, queridos jóvenes, son miembros de la Legión de Cristo, una congregación religiosa que ha tenido que enfrentar un momento muy difícil de su propia historia”, les ha dicho. “Esta historia ha sido marcada por el pecado, el desaliento, incluso por el desánimo y la humillación. Como dice san Pablo, han sido atribulados por todas partes”, recordó De Paolis al concluir su homilía, “pero han caminado y seguido adelante. No han perdido el ánimo. Han perseverado en su vocación. Han creído en Aquél que los ha llamado. Han creído en la gracia. Para la gracia, todo es posible”, concluyó.
La alegría de creer
Los 44 nuevos sacerdotes tienen entre 29 y 39 años, y provienen de 12 países: México (15), Estados Unidos (11), Brasil (6), Italia (3), España (2), y uno de Chile, Colombia, Inglaterra, Polonia, Puerto Rico, Rumania, y Venezuela, respectivamente. Han obtenido sus grados de filosofía y teología en el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, y su periodo de estudio y preparación -unos 12 años- incluyó también un trienio de trabajo pastoral que desarrollaron en diversos países del mundo.
Cada una de las 44 historias vocacionales ha sido recogida en el libro “La alegría de creer”, quepuede consultarse en Internet (accediendo a cada una de las fotos de los neo-sacerdotes). Los nuevos sacerdotes están ya trabajando en diferentes partes del mundo, como por ejemplo: El P. Santiago Jerez, originario de Granada es misionero en la prelatura de Cancún-Chetumal. El P. Adrián Canal Vallejo, mexicano, está preparando su doctorado en filosofía en Roma. El P. Juan José Hernández, natural de Puerto Rico, colabora con los jóvenes del Regnum Christi en Atlanta, Estados Unidos. El P. Vicente Yanes, de Monterrey, México, colabora en la pastoral de adolescentes y vocacional en Guadalajara. El P. Luis Rodrigo Núñez, quien tiene una hermanaconsagrada en el Regnum Christi, está también ejerciendo su ministerio en Guadalajara. El P. Ronald Conklin, de Dallas, Estados Unidos, es prefecto de estudios en el centro vocacional de la Legión en New Hampshire. El P. Brian Coe, de Washington, D.C. se está preparando para la docencia univeristaria en Roma. El P. Csaba Szász, originario de Transilvania, Rumania, ejerce su ministerio en Budapest, Hungría en la pastoral juvenil y familiar.
La Legión de Cristo, congregación religiosa de la Iglesia Católica, está presente en 22 países. Cuenta con 3 obispos, 920 sacerdotes y más de 2.000 religiosos, novicios y alumnos en sus centros vocacionales, según datos de diciembre de 2011.
Para ver el vídeo de la ceremonia de ordenación, sigue este link. PINCHANDO AQUI PODEIS VER EL VIDEO DE LA ORDENACION.







 FECHA DE PUBLICACIÓN : 15 de diciembre de 2012

ESP | 61 legionarios de Cristo reciben la ordenación sacerdotal.

ORDENACION SACERDOTAL DE D. SANTIAGO JEREZ GARCIA.
NATURAL DE CHAUCHINA

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 3: Una historia y un sueño

Han salido las niñas con el aya y Pachica. Van a cenar y a acostarse.
Y también ha dejado la sala hace rato Juan, después de recoger con todo cuidado caperuzas y pihuelas dentro de un cofrecillo.
Doña María y Miguel siguen examinando documentos y, de vez en cuando, alzan ligeramente la voz y se puede oir parte de su diálogo.
-Las campas y prados de El Real y del Escampadero nos pertenecen indiscutiblemente. Tenemos documentos que lo acreditan.
-Habrá que pedirle al procurador Martinez de Lesaca que se hagan copias autorizadas para presentarlas a los del Concejo de Sangüesa.
-Ya hace unos años tu padre tuvo que pleitear por estos derechos.

-Y habrá que volver a hacerlo ahora...
-Escribiré un memorial al rey.
-¿A qué rey, madre? ¿A don Juan de Navarra, que está tan lejos y cuya autoridad no se acata en Pamplona? ¿A don Fernando de Aragón y Castilla, que no reconoce ni respeta los derechos de sus propios sobrinos, los reyes legítimos de este Reino? Nuestros derechos tendremos que defenderlos nosotros.
Tía Violante se ha quedado sola y pensativa, contemplando ensimismada el bailoteo de las llamas en la chimenea. Francés la mira a hurtadillas un poco preocupado. ¿Ha sido demasiado brusco e irrespetuoso al interrumpir su charla con las primillas? ¿Estará ella enfadada con él por haberse atrevido a decirle lo que podía o no podía contarle a las niñas? Él no quería ser impertinente; sólo pretendía evitar a las pequeñas los malos ratos que él pasó de niño a causa de aquellas advertencias de tía Violante..., seguramente hechas con muy buena intención, pero...

Gracieta parece tener una habilidad especial para reconocer situaciones incómodas y saber lo que hay que hacer para suavizar tensiones.
Ha venido a dejarse caer de rodillas en la piel de oso. Luego se acomoda sobre sus propios talones y ruega:
-Doña Violante, ¿no querréis contarme la historia de doña Magdalena?
Sale la señora de su ensimismamiento para sonreir complacida a la muchacha.
-¡Gracieta, pero si ya te la he contado muchas veces!
-¡Sí, pero es una historia tan hermosa...; y como además es una historia verdadera...
Se anima el gesto de la narradora.
-Sí que es una historia hermosa, tienes razón; y verdadera, ya lo creo... Lástima que tu no hayas conocido a doña Magdalena. Tampoco Francés la ha podido conocer. Cuando él nació ya ella no estaba en Xavier.
"Pues esta historia empezó hace bastantes años, cuando don Juan de Jaso, señor de Xavier, era embajador en la corte de Castilla.

"Gozaba del favor de doña Isabel y de don Fernando. Y la reina castellana le ofreció para la mayor de sus hijas, de cuyas buenas cualidades le había llegado noticia, un puesto de dama de honor en su corte. Mi sobrina Magdalena debía de tener por aquel entonces unos catorce años. Era buena como un ángel, delicada como una vara de lirio y bonita como la miniatura de un misal. Tenía los ojos azules como las flores de miosotis y dos trenzas rubias como dos rayos de sol...".
Se extasía la narradora describiendo los encantos de la sobrina ausente. Gracieta ha vuelto la mirada a Francés. Parece estar comparando la descripción que hace doña Violante con la figura del muchacho que ella tiene ante los ojos. No hay ningún parecido entre los dos. Francés es moreno, tiene el pelo oscuro, corto y alborotado en desordenados rizos rebeldes, y su figura no tiene nada de la delicada fragilidad del lirio; se asemeja más bien a la flexible reciedumbre del tronco de un abeto jóven.
Sonríe Gracieta satisfecha al formular su propia conclusión: "Seguramente doña Magdalena era una doncella muy hermosa, pero Francés está bien como está; prefiero que no se parezca a su hermana...".

Y vuelve a prestar atención al hilo de la historia:
"Cuando don Juan tornó de aquel viaje a Castilla y le habló de que había aceptado en su nombre el buen puesto que en la corte castellana se le ofrecía, ella le escuchó con humildad y buen ánimo. Y se hicieron los preparativos para su viaje. Lo que te hubiera gustado ver todo lo que se fue guardando en aquellos dos cofres: tocas de lino, terciopelos y seda; sayas y sobresayas de algodón fino; camisas de holanda con vainicas y randas de encaje; briales de brocado con franjas de hilillo de plata; faldas y corpiños de lana adornados con bordados de perlas..., y collares, anillos, pendientes... Todo le parecía poco a su padre para aquella hija tan buena, tan querida y tan hermosa que salía de casa para ir a ser dama de la poderosa reina de Castilla".

En un gesto de afectuoso desagravio, Francés, después de guardar el ajedrez, ha venido a sentarse también cerca de Violante y se dispone a escuchar, con paciencia, una vez más, este relato que se sabe de memoria y que ciertamente no le importa mucho. Sólo conoce a esta hermana mayor por las historias que de ella se cuentan. No la ha visto nunca...
Gracieta, en cambio, parece estar realmente interesadísima en la descripción detallada que doña Violante hace de telas, adornos, joyas y calzados.
"Todos lloramos aquel día que se partió de aquí para ir a la corte de Medina. También ella lloró al salir de Xavier; pero estábamos contentos, a pesar de ello, porque creíamos que a Magdalena le esperaba un brillante destino en la corte. Y enseguida supimos, porque don Juan nos lo contó, que la señora reina se encaríñó con ella en cuanto la tuvo cerca y pudo apreciar sus muchas gracias y virtudes.

"Y antes de que pasase mucho tiempo, varios caballeros muy principales descubrieron también la belleza y el encanto de Magdalena. La señora reina estaba dispuesta a favorecer el matrimonio de su dama con el caballero que la mereciera y fuera de su gusto. Entre estos aspirantes estaba el hijo del duque de Gandía.
"-Considera ese matrimonio, hija mía -le dijo la reina-. Ese caballero sería un buen esposo.
"-Yo, señora, si a Vuestra Majestad le place, querría que me hicierais la merced de dejarme entrar en el Monasterio de Santa Clara de Gandía.
"-Así que deseas ser religiosa... ¿Y tan lejos, Magdalena, quieres irte habiendo otros conventos más cercanos?
"-Es verdad, señora, pero un día que estaba yo hablando con ese hijo del duque de Gandía me dijo grandes cosas del orden, la santidad y observancia que se viven en aquel convento. Y desde entonces siempre he conocido que Nuestro Señor me llamaba a profesar en aquella casa...

"Y Magdalena, que hubiera podido ser, si hubiera querido, duquesa de Gandía, prefirió consagrarse al Señor.
"Y aquel hijo del duque, que se había enamorado de ella a poco de conocerla, la acompañó, junto con toda la comitiva de damas, caballeros y criados que la señora reina designó, hasta dejarla ante la puerta de la clausura de aquella santa casa. Y ella allí vive, entregada a la oración y a la penitencia.
"Todos deberíamos tomar ejemplo de ella". Es la frase con la que doña Violante remata su historia.
-¡Yo no pienso encerrarme en un convento! -afirma rotundamente Francés.
-Claro que no, muchacho. Yo no digo que hayamos de imitarla profesando en una clausura. No a todos nos da el Señor vocación de monjes. Hablo de seguir su ejemplo de vida virtuosa.
Pachica ha entrado en la sala. Viene a extender el mantel y a colocar platos y cubiertos. Se va a servir la cena.

-Francés, recoge tu tabardo y llévatelo a tu cuarto.
"Los ricos vestidos de Magdalena se deshicieron para convertirlos en ornamentos y sus joyas de ofrendaron a Nuestra Señora de Gracia..." -doña Violante ha querido completar así su narración, pero se ha quedado ya sin oyentes.
Francés se ha levantado para obedecer la orden de Pachica.
Gracieta ha descubierto que está caído en el suelo el papel que Francés traía en la mano cuando llegó de la iglesia y, siempre dispuesta a servirle, se apresura a recogerlo:
-Oye, Francés, toma-. Y antes de entregárselo admira-: ¡Qué bien escribes!
-Eso no lo he escrito yo. Lo ha escrito don Miguel. Está en latín.
-¡Ah!
Gracieta contempla las letras bien trazadas y los renglones perfectamente alineados. No entiende nada, y no porque esté en latín, sino simplemente porque está escrito. Gracieta no sabe leer y a nadie se le ocurrirá nunca enseñarle a descifrar un conjunto de letras. No sería apropiado. ¿Para que iba a necesitar leer una criadita, por más que sea una niña especialmente querida y protegida por la señora de la casa? Ya se le está enseñando todo lo que una chiquilla como ella debe saber: limpiar, ordenar, cocinar, tejer, coser, zurcir, lavar... Es todo lo que va a precisar para ser en el futuro una buena esposa y una buena madre..., si llega el caso de que encuentre alguien que quiera casarse con ella.

-Es el himno de Completas -explica Francés tomando el papel de manos de Gracieta-. Le conté el otro día a don Miguel que algunas noches sueño cosas horribles. Ya sabes, pesadillas, y me despierto sudando y asustado. Y me ha dado ese himno para que lo rece antes de acostarme.
-¡Léemelo!
-No vas a entender nada, ya te he dicho que está en latín...
-No importa, me gustará oirlo. Léelo.
-Ven, ven aquí junto a mí a leerlo; también yo quiero oirlo -ha pedido tía Violante.
Y Francés se acerca con el papel en la mano. Está encantado de poder lucir ante este auditorio, que sabe incondicionalmente bien predispuesto en su favor, sus conocimientos de latín.
-El latín no lleva nunca acentos, pero don Miguel los ha puesto en esta copia para que yo sepa pronunciarlo correctamente -la explicación va dirigida, por supuesto, a tía Violante. A Gracieta acentos o no acentos le da exctamente lo mismo.

-Vamos, lee -apremia.

Te lúcis ánte términum,
Rérum Creátor póscimus,
Ut sólita cleméntia
Sis práesul ad custódiam.
Prócul recédant sómnia,
Et nóctium phantásmata,
Hostémque nóstrum cómprime,
Ne polluantur córpora.
Práesta, Pater omnípotens,
Per Jésum Christum Dóminum,
Qui técum in perpetuum
Régnat cum Sáncto Spíritu. Amén.


Recita el muchacho con voz segura.
-¡Qué hermoso! -se extasía Gracieta.
-¡Pero si no has entendido nada! -ríe Francés.
-¡Suena tan bien...! -dice la muchacha.
-Dice don Miguel que se cree que lo escribió Santo Tomás de Aquino -luce Francés su erudición.
-Sí que suena bien -conviene tía Violante-, pero ahora traduce, mi latín no llega a tanto como para entender eso; traduce, si es que sabes... -ha retado sonriendo la señora.
-¡Claro que sé traducirlo! Bueno, ya lo he traducido esta mañana con don Miguel en el tiempo de estudio.

Antes que la luz se extinga
te rogamos, Creador,
que con sólida clemencia
Tú nos guíes y nos guardes.
Huyan muy lejos los sueños
y los nocturnos fantasmas.
Reprime a nuestro enemigo,
y que los cuerpos no manche.
Dálo, Padre Omnipotente,
Por el Señor Jesucristo
que contigo y el Espíritu,
reina por todos los siglos. Amén.


-Es hermoso, ciertamente. ¿Querrás hacer una copia para mí, sobrino? -pide doña Violante.
-Claro, sí -concede magnánimo Francés. En realidad se siente profundamente satisfecho de que lo que ha leído haya gustado tanto.
Está ya preparada la mesa del todo y se produce un movimiento general en el salón. La familia va a sentarse para comenzar la cena. Francés recoge su tabardo y emprende una rapidísima carrera a través de escaleras, corredores y estancias, para obedecer la orden de Pachica y estar de vuelta antes de que su madre inicie la oración de acción de gracias que precede a la cena.
Cuando, una hora más tarde, llega a su cuarto para acostarse, puede oír todavía cómo sopla el viento en violentas rachas desiguales que se desgarran, gimiendo en largos lamentos, al romperse contra las almenas del castillo.
Esta noche, antes de meterse en la cama, Francés ha recitado devotamente el himno que don Miguel le ha recomendado.
Luego, de un salto, se ha metido en la cama y se ha arrebujado bien bajo las mantas. La ropa está helada. Mientras resiste los primeros momentos estremecedores, antes de que su cuerpo joven empiece a reaccionar, recuerda tiempos pasados:

"Cuando yo era pequeño venía Pachica a la hora de acostarme y me calentaba la cama con un braserillo. Entonces sí que daba gusto meterse bajo las mantas; pero ahora ya soy mayor y no estaría bien que me calentasen las sábanas. Era agradable, pero eso es cosa de niños y yo ya..."
Y está logrando vencer los últimos escalofríos; empieza a adormecerse...
Tan pronto como se queda dormido comienza a soñar...
Y no parece que el himno de completas vaya a librarle esta noche...
Se ve cruzar ante la capillita del Cristo, hace un vendaval furioso y una racha violenta de aire le levanta en vilo y se lo lleva volando por los aires... Se siente agarrado y arrastrado por miles de manos invisibles... La silueta del Cristo se va quedando en la lejanía...
-¡Señor, Señor, Señor...! -clama Francés en sueños, angustiado, porque no quiere alejarse de su hogar, no quiere dejarse arrastrar por el vendaval lejos de la figura familiar y amada.
Y se despierta a media noche, como otras veces, sudando y respirando con dificultad, acongojado.
Y todavía impresionado por efecto del sueño, repite el himno:

...Procúl recédant somnia
et nóctium phantásmata...

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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 2: Dos leyendas

Se acercan las fiestas de Navidad.
Hoy sí que ha hecho frío de veras. Hay más de tres palmos de nieve helada en el suelo. Francés la siente crujir bajo sus botas a medida que avanza en dirección al castillo.

Sopla un cierzo furioso que le revuelve el pelo, le acuchilla la cara y parece querer arrancarle la ropa y arrebatarle el papel y el farol que lleva en las manos.
Viene de la iglesia, donde ha rezado, junto con los clérigos, el oficio de Vísperas.

-Te conviene asistir con nosotros al coro -le había dicho don Miguel hace ya muchas semanas-. Sobre que recitar el oficio divino es unirse a la plegaria oficial de la Iglesia, algo muy del agrado de Dios y extraordinariamente saludable para el espíritu, el recitar en voz alta esas plegarias te familiarizará con la buena pronunciación del latín, cosa que te hace mucha falta.

La verdad es que a Francés estas salidas vespertinas durante las crudas tardes de invierno no le hacen ninguna gracia, pero doña María estuvo de acuerdo con don Miguel acerca de lo conveniente de su asistencia al coro y el muchacho ha aceptado la invitación sin protestas.
Y cada tarde, a última hora, acude al coro para recitar Vísperas. Al final del oficio se canta siempre la Salve. Muchas tardes doña María, tía Violante y Gracieta acuden también a estos rezos.

Por las mañanas asiste a las clases que los clérigos le dan. Estudia gramática, historia, latín, francés... A mediodia vuelve al castillo, come, pasa un rato de reunión con la familia en la sala grande y luego dispone de tiempo libre para sus actividades preferidas: pescar, cazar, montar a caballo, nadar, perseguir a los zorros que se atreven a llegar demasiado cerca de los gallineros y de las conejeras. Y algo que le gusta sobremanera, adiestrar a los perros jóvenes que luego van a servir para las dos grandes actividades en las que estos animales participan: la caza y el manejo de los grandes rebaños de ovejas y de vacas.

Claro que estas actividades al aire libre han sido imposibles en un día como el de hoy.
Francés, bien arrebujado en su tabardo forjado de piel, apresura su andar hacia el castillo. Está deseando refugiarse en casa.
En dos saltos, y sin tener que mirar siquiera los peldaños ha subido los dos tramos de escalera sin un tropiezo; se sabe cada piedra de memoria y cual es el lugar exacto en que hay que colocar el pie para un más fácil y seguro ascenso.

Y por fín ha podido cerrar la puerta tras sí. Al pasar ante el Cristo ha saludado:
-No sabes lo bien que estás ahí cobijado, Señor. Allá fuera hace una noche de todos los diablos.
Y entra en la sala. ¡Qué ambiente tibio y agradable se disfruta aquí dentro!
-¡Buenas noches a todos! -y en la voz del muchacho canta el gozo de la vuelta al hogar después del deber cumplido.
Está reunida en la casa la familia en pleno: doña María, la tía Violante, Miguel, Juan, Pachica, Gracieta y las primillas Blanca y Laurencia, que han llegado hace dos días con su aya. Van a pasar las fiestas de Navidad en Xavier porque sus padres han sido invitados a pasarlas en la corte de los reyes, al otro lado de los Pirineos. Don Sancho de Belzunce es miembro del Consejo del rey don Juan.

A Francés estas primas tan niñas le interesan muy poco. Tía Violante está, en cambio, encantada. Tiene en las dos pequeñas y en su aya unas oyentes atentísimas y ella disfruta contando historias; es una narradora incansable.
Francés se ha despojado de su tabardo y se ha acercado al fuego para reconfortar su cuerpo aterido.
-La iglesia estaba helada -comenta.
-¿Tienes hambre? ¿Quieres comer algo? -ha preguntado Pachica.
-¡Sííí...!
-Ahí, en la mesita del rincón, tienes pan, queso y fiambre. Y vino también. Te ayudará a entrar en calor, pero, ojo, un vasito sólo, ¿eh?

Francés ataca la mesita del rincón con verdadero entusiasmo, y mientras devora pan y queso y fiambre y hasta un puñado de higos secos que ha encontrado en una cestita, y bebe en un vaso del vino tinto, denso y aromático de la tierra, contempla las diversas actividades de los miembros de la familia.
Doña María, en un extremo de la mesa, le muestra a Miguel unos documentos y los dos hablan entre ellos animadamente.
Juan, sentado en el otro extremo de la mesa, ha extendido sobre el tablero hasta tres pequeños capirotes de cuero rematados en penachos de plumas. Son las caperuzas con que cubre las cabezas y ojos de sus halcones mientras los está adiestrando para la caza. En primavera y en otoño, cuando las bandadas de ánades que emigran en formaciones triangulares crucen volando sobre Xavier, sus halcones abatirán buenas piezas, que pasarán a la cocina para convertirse en deliciosos asados.

Examina Juan con todo cuidado capirotes, penachos y pihuelas, las correillas con que se sujetan las patas del halcón al grueso guantelete del halconero. Es importante que todo el equipo esté en perfectas condiciones. El primo Pedro de Jaso ha presumido siempre de que sus halcones y jerifaltes son mejores cazadores, vuelan más alto y son más veloces y certeros, pero eso no es cierto, al menos no va a ser cierto de aquí a muy poco. Francés está seguro de ello, porque los animales que su hermano está adiestrando ahora son magníficos...

Tía Violante está sentada en un sillón junto al fuego, y a sus pies, sobre la piel de oso tendida ante la chimenea, se han acomodado las dos sobrinillas, que la escuchan embelesadas. Un poco más allá está sentada el aya, que hila pausadamente mientras escucha.
Junto al alto candil de cuatro mechas están Gracieta y Pachica. Las dos trabajan en labores de calceta. La muchacha se ejercita junto a su maestra en la enrevesada tarea de tejer el talón de una media.
Francés ha terminado su merienda, y ya con el estómago calmado viene a proponer a Gracieta:
-¿Jugamos una partida de ajedrez?
-¡Sí! -el entusiasmo manifestado por Gracieta al contestar es casi tan rotundo como el que ha mostrado hace poco Francés al aceptar la merienda, aunque bastante más comedido en el tono.
Pachica interviene inmediatamente para rezongar:
-¿Ya vas a dejar la calceta?
La muchacha se disculpa haciendo con la cabeza un gesto hacia Francés:
-Él me ha dicho que quiere...
-¡Francés ha dicho, Francés quiere...! Y tú, claro, deseando dejar la labor. Así te está saliendo esa media, que tiene ya más trampas que las cuentas de un usurero... Creo que voy a tirar del hilo y a deshacer todo lo que has hecho hasta aquí.

-¡No! -hace como que se horroriza Gracieta ante la terrible amenaza; pero nada es verdad, ni el enfado de Pachica ni el miedo de la joven tejedora tramposa.
-Anda, vamos -ha dicho Francés, que ya trae el tablero y la caja con las figuras.
Y los dos muchachos se han sentado en el suelo, uno frente a otro, con una banqueta entre los dos, sobre la que han colocado el tablero. Se sitúan las figuras y empieza el juego.
Tía Violante comienza una nueva historia, pero ni Gracieta ni Francés atienden a la narración; se la han escuchado cientos de veces, así que su voz sólo sirve de fondo al esfuerzo que hacen al planear cada movimiento del juego.

-Vivía en el monasterio de Leyre, hace muchos, muchos años, un monje muy anciano y muy santo que se llamaba Virila. Sabía que estaba cerca el momento en que el Señor le llamaría a su presencia y se preguntaba cómo sería el paraiso y que se sentiría viviendo eternamente en el cielo con Dios, con Santa María y con los santos.
"Un día, después de Laudes, y dándole siempre vueltas a ese pensamiento, salió al monte y se sentó junto a la fuente. Al punto empezó a oir el canto de un pajarillo que entonaba una melodía maravillosa. Aquella música le producía un gozo tan profundo, una alegría tan extraordinaria y un bienestar tan confortador, que el buen monje se sintió inundado de la más sublime felicidad y deseó que el pajarillo siguiera gorjeando por los siglos sin fin...; pero al cabo de unos instantes, el canto cesó.

"-¡Qué cosas tan prodigiosas ha creado el Señor! -murmuró el buen anciano dando un hondo suspiro. Se había quedado un tanto desconsolado por el silencio del pajarillo; pero enseguida, como era un monje disciplinado y cumplidor, tomó el camino de vuelta al monasterio, donde le aguardaba el trabajo: tenía que concluir la imagen de Nuestra Señora que estaba pintando, porque habéis de saber que era un monje artista y muy devoto de la Reina del Cielo.

"Cuando llegó a la entrada de Leyre lo halló todo tan cambiado que pensó que se había equivocado de monasterio. Ni el portal era el mismo, ni le resultaba conocido el monje portero, que al verle allí mirándolo todo asombrado, le preguntó:
"-¿Qué deseais, hermano?
"-Quiero ver a mi abad para contarle algo extraordinario que me ha ocurrido y algo muy sorprendente que me está ocurriendo ahora.
"El portero pensó que aquel hombre no sabía muy bien lo que decía porque, no siendo monje de aquel monasterio, estaba claro que tampoco el abad de aquella casa era su abad; pero como el buen viejo vestía el hábito de la orden le dejó entrar hasta la celda abacial.
"Cuando el anciano monje se encontró ante el abad se sintió más confuso todavía, porque tampoco al abad le había visto nunca ni el abad le conocía a él.

"-¿Quién sois, hermano, y qué quereis de nosotros?
"-Yo, padre abad, soy un monje de este monasterio. Salí esta mañana al monte y allí oí cantar prodigiosamente a un pajarillo. Luego, he vuelto y todo está cambiado y nadie me reconoce ni yo veo a ninguno de los monjes mis hermanos con los que he convivido durante más de cincuenta años.
"-¿Cómo os llamáis, hermano, y qué oficio teníais en el monasterio?
"-Me llamo Virila, y es mi trabajo pintar imágenes. Un cuadro de Santa María con el Niño debía terminar hoy mismo...
"El abad recordó entonces haber leído en las crónicas del monasterio el relato de la desaparición misteriosa de un monje llamado Virila, que había dejado un precioso cuadro de Nuestra Señora sin terminar.
"Aquello había ocurrido hacía más de trescientos años.
"Envió al monje portero a buscar la pintura inacabada y el buen Virila reconoció su obra. Y se le llenaron los ojos de lágrimas. Lloraba emocionado al comprender la inmensa felicidad que gozan los bienaventurados en el paraíso. A él le habían parecido unos breves instantes lo que en realidad habían sido más de trescientos años.
"Todavía vivió el monje Virila un poco más de tiempo en el monasterio de Leyre. Lo justo para dejar terminado el cuadro que representaba a Nuestra Señora con el Niño; luego el Señor se lo llevó para que gozara de su presencia por toda la eternidad".

Calla la narradora y se producen unos momentos de silencio.
-¡Te como el alfil! -triunfa la voz de Gracieta.
-Y yo a tí la torre y ¡jaque a la reina! -retruca Francés calmosamente.
-¡Oh, vaya! -suspira decepcionada la muchacha.
A las pequeñas los incidentes del juego no les interesan.
-¿Es verdad que el monasterio de Leyre está muy cerca de aquí, tía Violante?
-Sí, muy cerca.
-¿Iremos un día? Di, ¿nos llevarás un día?
-¿Podremos sentarnos junto a la fuente?
-A lo mejor oímos cantar al pajarillo.
-Hace mucho frío, Blanca; yo creo que en pleno invierno los pajarillos no cantan...
-Bueno, como ese es un pájaro milagroso... -argumenta con toda seriedad la pequeña Laurencia- a lo mejor puede cantar aunque esté nevando, ¿no?
-Pues no sé, sobrina...
-¡Cuenta otra historia, tía, anda, por favor!
-Sí, cuenta otra.
Recapacita un momento la narradora, sonríe a las insaciables pequeñas, reacomoda las entrelazadas manos sobre el regazo y empieza de nuevo:
-¿Os cuento la historia del Santo Cristo de Xavier?
-¡Sí, cuenta...!
-Pues asegura la leyenda que hace unos trescientos años el castillo de Xavier era una fortaleza abandonada en la que no vivía nadie. Sólo era ocupada en tiempos de guerra.

"La torre redonda en la que está la capilla del Santo Cristo estaba cerrada en todo su derredor. Un día, un cazador que perseguía un ave vio que su presa se metía por una tronera alta que había en el muro de la torre. Sintió gran curiosidad y se fue a buscar una larga escalera, la adosó a la torre y se subió para mirar por la tronera en la que se había introducido el ave.

"Se quedó maravillado, porque dentro de la torre vio al Santo Cristo y vio también que a sus pies ardía una lámpara de aceite que iluminaba el recinto.
"Bajó de la escalera presuroso y se fue a contar a las gentes del entorno lo que había descubierto. Y vinieron de todos los caserios cercanos y, luego que muchos contemplaron el prodigio, empezaron a hablar entre ellos y resultó que ni siquiera los más viejos habían visto jamás aquella torre de distinta manera a como estaba en aquellos momentos:

"-Y si la torre ha estado siempre completamente cerrada, ¿cómo es posible que una lámpara se haya mantenido encendida durante tantísimo tiempo sin que nadie cuidara de ella? -se decían.
"-Es claro que esto es cosa de milagro.
"-Seguramente el Santo Cristo está aquí encerrado desde los tiempos de las guerras con los moros- opinó alguien.
"Se pusieron a trabajar los hombres y en poco tiempo se abrió una puerta a la torre y las gentes de los alrrededores llegaron para venerar al Santo Cristo de Xavier.
"Y desde entonces nunca han faltado devotos que vengan hasta de los lugares más lejanos para rezar a sus plantas y pedirle favores".

Tía Violante ha hecho una pausa para dejar que sus oyentes acaben de gozar en silencio del final de su historia. Después, se dirige a las niñas directamente:
-¿Y os habéis fijado bien en la cara de la imagen? ¿Habéis advertido que nuestro Santo Cristo sonríe a los que le miran? Pues os voy a decir una cosa...
-¡No! -la interrumpe Francés-. ¡No les cuentes también esa historia a las niñas!
Hay una exigencia tan tajante en su tono que todos los que están en la sala le miran sorprendidos.
Y ha hecho un movimiento tan brusco al volverse hacia su tía que el tablero de ajedrez ha sufrido un envite y han rodado varias figuras, deshaciendo el orden del juego. A Gracieta no le importa gran cosa; iba perdiendo, como casi siempre...

Al cabo tía Violante ha querido saber:
-¿Qué es lo que no quieres que le cuente a las niñas?
-Eso..., eso que les ibas a contar de la sonrisa del Cristo...
-¿Y por qué no se lo puedo contar?
-¡Porque eso es mentira!
La frase ha sonado dura y violenta; se ha dado cuenta en el mismo momento de oírsela pronunciar a sí mismo.
-¡Francés! -ha lanzado desde la mesa doña María, como una seria advertencia a su hijo menor.
Y él no se desdice, pero suaviza:
-Quiero decir que... que no es verdad. A Gracieta y a mí también nos lo contabas cuando éramos pequeños... Nos decías que el Cristo nos sonreía porque éramos buenos, pero que si nos comportábamos mal, entonces... Y yo te creía, te creía del todo, creía que de verdad el Cristo dejaría de sonreirme el día que fuera malo, que si me portaba mal el Cristo me miraría serio y hasta casi enfadado... ¡Y no es cierto! Aquella vez que peleé con el primo Pedro y le descalabré de una pedrada, pasé días y días sin atreverme a mirar al Cristo por miedo a ver su cara cambiada, por temor a comprobar que estaba enfadado conmigo. Después he aprendido que el gesto del Cristo no cambiaría nunca. El artista que lo talló lo hizo así..., y no dejará de sonreirnos hagamos lo que hagamos, porque Cristo no nos sonríe porque nosotros somos buenos, nos sonríe porque es bueno Él...

Se da cuenta de que está hablando con demasiada seguridad y hasta con cierta autoridad, que está hablando con su tía, a la que quiere y respeta, y que le están escuchando todos los demás con una atención entre asombrada y sorprendida. Y explica un poco azorado:
-Yo... bueno, todo eso no lo digo yo. Lo he aprendido de don Miguel..
Eulogio de Cordoba, Santo
Memoria Litúrgica, 9 de enero
 
Eulogio de Cordoba, Santo
Eulogio de Cordoba, Santo

Presbítero y Mártir

Martirologio Romano: Memoria litúrgica de san Eulogio de Córdoba, presbítero y mártir, degollado por su preclara confesión de Cristo, cuyo martirio ocurrió el 11 de marzo (859).

Etimológicamente: Eulogio = Aquel que habla bien.
Dicen que San Eulogio es la mayor gloria de España en el siglo noveno. Vivió en la ciudad de Córdoba, que estaba ocupada por los musulmanes o mahometanos, los cuales solamente permitían ir a misa a los que pagaban un impuesto especial por cada vez que fueran al templo, y castigaban con pena de muerte al que hablara en público de Jesucristo, fuera del templo.

Nació el año 800 de una familia que se conservaba fervientemente católica en medio de la apostasía general cuando la mayoría de los católicos había abandonado la fe por miedo al gobierno musulmán. Este santo será el que logrará renovar el fervor por la religión católica en su ciudad y los alrededores.

Su abuelo, que se llamaba también Eulogio, lo enseñó desde pequeño a que cada vez que el reloj de la torre daba las horas, dijera una pequeña oración, por ejemplo: "Dios mío, ven en mi auxilio, Señor, ven a prisa a socorrerme".

Tuvo por maestro a uno de los más grandes sabios de su tiempo, al famoso Esperaindeo, el cual lo formó muy bien en filosofía y otras ciencias. Como compañeros de estudios tuvo a Pablo Alvarez, el cual fue siempre su gran amigo y escribió más tarde la vida de San Eulogio con todos los detalles que logró ir coleccionado.

Su biógrafo lo describe así en su juventud: "Era muy piadoso y muy mortificado. Sobresalía en todas las ciencias, pero especialmente en el conocimiento de la Sagrada Escritura. Su rostro se conservaba siempre amable y alegre. Era tan humilde que casi nunca discutía y siempre se mostraba muy respetuoso con las opiniones de los otros, y lo que no fuera contra la Ley de Dios o la moral, no lo contradecía jamás. Su trato era tan agradable que se ganaba la simpatía de todos los que charlaban con él. Su descanso preferido era ir a visitar templos, casas de religiosos y hospitales. Los monjes le tenían tan grande estima que lo llamaban como consultor cuando tenían que redactar los Reglamentos de sus conventos. Esto le dio ocasión de visitar y conocer muy bien un gran número de casas religiosas en España".

Ordenado de sacerdote se fue a trabajar con un grupo de sacerdotes y pronto empezó a sobresalir por su gran elocuencia al predicar, y por el buen ejemplo de su santa conducta. Dice su biógrafo: "Su mayor afán era tratar de agradar cada día más y más a Dios y dominar las pasiones de su cuerpo". Decía confidencialmente: "Tengo miedo a mis malas obras. Mis pecados me atormentan. Veo su monstruosidad. Medito frecuentemente en el juicio que me espera, y me siento merecedor de fuertes castigos. Apenas me atrevo a mirar el cielo, abrumado por el peso de mi conciencia".

Eulogio era un gran lector y por todas partes iba buscando y consiguiendo nuevos libros para leer él y prestar a sus amigos. Logró obtener las obras de San Agustín y de varios otros grandes sabios de la antigüedad (cosa que era dificilísimo en esos tiempos en que los libros se copiaban a mano, y casi nadie sabía leer ni escribir) y nunca se guardaba para él solo los conocimientos que adquiría. Trataba de hacerlos llegar al mayor número posible de amigos y discípulos. Todos los creyentes de Córdoba, especialmente sacerdotes y religiosos se fueron reuniendo alrededor de Eulogio.

En el año 850 estalló la persecución contra los católicos de Córdoba. El gobierno musulmán mandó asesinar a un sacerdote y luego a un comerciante católico. Los creyentes más fervorosos se presentaron ante el alcalde de la ciudad para protestar por estas injusticias, y declarar que reconocían como jefe de su religión a Jesucristo y no a Mahoma. Enseguida los mandaron torturar y los hicieron degollar. Murieron jóvenes y viejos, en gran número. Algunos católicos que en otro tiempo habían renegado de la fe por temor, ahora repararon su falta de valor y se presentaron ante los perseguidores y murieron mártires.

Algunos más flojos decían que no había que proclamar en público las creencias, pero San Eulogio se puso al frente de los más fervorosos y escribió un libro titulado "Memorial de los mártires", en el cual narra y elogia
Eulogio de Córdoba, Santo

con entusiasmo el martirio de
Eulogio de Córdoba, Santo
los que murieron por proclamar su fe en Jesucristo.

A dos jóvenes católicas las llevaron a la cárcel y las amenazaron con terribles deshonras si no renegaban de su fe. Las dos estaban muy desanimadas. Lo supo San Eulogio y compuso para ellas un precioso librito: "Documento martirial", y les aseguró que el Espíritu Santo les concedería un valor que ellas nunca habían imaginado tener y que no les permitiría perder su honor. Las dos jóvenes proclamaron valientemente su fe en Jesucristo y le escribieron al santo que en el cielo rogarían por él y por los católicos de Córdoba para que no desmayaran de su fe. Fueron martirizada y pasaron gloriosamente de esta vida a la eternidad feliz.

El gobierno musulmán mandó a Eulogio a la cárcel y él aprovechó esos meses para dedicarse a meditar, rezar y estudiar. Al fin logra salir de la cárcel, pero encuentra que el gobierno ha destruido los templos, ha acabado con la escuela donde él enseñaba y que sigue persiguiendo a los que creen en Jesús.

Eulogio tiene que pasar diez años huyendo de sitio en sitio, por la ciudad y por los campos. Pero va recogiendo los datos de los cristianos que van siendo martirizados y los va publicando, en su "Memorial de los mártires".

En el año 858 murió el Arzobispo de Toledo y los sacerdotes y los fieles eligieron a Eulogio para ser el nuevo Arzobispo. Pero el gobierno se opuso. Algo más glorioso le esperaba en seguida: el martirio.

Había en Córdoba una joven llamada Lucrecia, hija de mahometanos, que deseaba vivir como católica, pero la ley se lo prohibía y quería hacerla vivir como musulmana. Entonces ella huyó de su casa y ayudada por Eulogio se refugió en casa de católicos. Pero la policía descubrió dónde estaba y el juez decretó pena de muerte para ella y para Eulogio.

Llevado nuestro santo al más alto tribunal de la ciudad, uno de los fiscales le dijo: "Que el pueblo ignorante se deje matar por proclamar su fe, lo comprendemos. Pero Tú, el más sabio y apreciado de todos los cristianos de la ciudad, no debes ira sí a la muerte. Te aconsejo que te retractes de tu religión, y así salvarás tu vida". A lo cual Eulogio respondió: "Ah, si supieses los inmensos premios que nos esperan a los que proclamamos nuestra fe en Cristo, no sólo no me dirías que debo dejar mi religión, sino que tu dejarías a Mahoma y empezarías a creer en Jesús. Yo proclamo aquí solemnemente que hasta el último momento quiero ser amador y adorador de Nuestro Señor Jesucristo".

Un soldado le abofeteó la mejilla derecha y nuestro santo le presentó la mejilla izquierda y fue nuevamente abofeteado. Luego lo llevaron al lugar de suplicio y le cortaron la cabeza. Poco después martirizaron también a Santa Lucrecia.

San Eulogio: ¡Consíguenos un gran entusiasmo por nuestra religión!.
Julián, Santo
Mártir, 9 de enero
 
Julián, Santo
Julián, Santo
Nació San Julián en la ciudad de Antioquía (en Siria), de una familia que se preocupó por darle una muy buena formación religiosa.

Los papás querían que se casara con una joven muy virtuosa y de familia muy rica, pero Julián tuvo una visión en la cual vio algunos de los premios que Dios reserva para quienes conservan su virginidad y narró su visión a la novia. Y entonces los dos, de común acuerdo, hicieron voto de castidad o sea un juramento de conservarse siempre puros. Los papás creían que ellos formarían un hogar, pero los novios se habían comprometido a conservar para siempre su virginidad. Y poco tiempo después murieron los padres de los dos jóvenes, y entonces Julián y su prometida se fueron cada uno a un desierto a orar, y a hacer penitencia y cada cual fundó un monasterio. Julián un monasterio para hombres y ella uno para mujeres.

Muchos hombres deseosos de conseguir la santidad se fueron a acompañar a Julián en su vida de religioso y lo nombraron superior. El los dirigió con especial cariño y con gran prudencia. Era el que más duro trabajaba, el que mayores favores hacía a todos y el más fervoroso en la oración. Y dedicaba muchas horas a la lectura de libros religiosos y a la meditación.

Su vida fue una continua Cuaresma, o sea un ayunar y guardar abstinencia y orar y meditar, todos los días, sin cansarse.

A los súbditos nunca los reprendía con altanería ni con malos modos o delante de los demás, sino en privado, con frases amables, comprensivas y animadoras, que les demostraban el gran aprecio y amor que les tenía, y que llegaban al fondo del alma y obtenían verdaderas conversiones.

Los religiosos decían que Julián era muy exigente y duro para sí mismo, pero admirablemente comprensivo y amable para con los demás, y que gobernaba con tal prudencia y caridad a los monjes que éstos se sentían en aquél desierto más felices que si estuvieran en el más cómodo convento de la ciudad.

La persecución. Y sucedió que estalló en Antioquía la persecución contra los cristianos, y el gobernador Marciano ordenó apresar a Julián y a todos sus monjes. Centenares de cristianos fueron siendo quemados por proclamar su amor a Jesucristo, y cuando le llegó el turno a nuestro santo, se produjo el siguiente diálogo entre el perseguidor y Julián:

- Le ordenamos que adore la estatua de nuestro emperador.

- Yo no adoro sino única y exclusivamente al Dios del cielo.

- Su Dios y emperador es el Cesar de Roma.

- Mi jefe a quien adoro y obedezco es Nuestro Señor Jesucristo.

- ¿Cómo se le ocurre creer en uno que fue crucificado?

- Es que el crucificado ya resucitó y está sentado a la derecha de Dios Padre.

- ¿Te ríes de nuestros dioses y del emperador? Pues ahora que te atormenten te arrepentirás de haber procedido así.

- Dios ayuda a los que son sus amigos, y Cristo Jesús, que es muchísimo más importante y poderoso que el emperador, me dará las fuerzas y el valor para soportar los tormentos.

El perseguidor, viendo que con amenazas no lo conmueve, se propone cambiar de táctica y ofrecerle a Julián grandes premios si deja la santa religión.

- Tus padres eran personas muy importantes en esta ciudad. Si dejas de ser cristiano y adoras a nuestros dioses, te concederemos puestos de primera clase.

- Mis padres me están observando desde el cielo y se sienten muy contentos y muy honrados de que yo proclame mi fe en Cristo y derrame por El mi sangre.

Empiezan a darle a Julián terribles latigazos, con fuetes que tienen pedacitos de hierro en los extremos, pero uno de los verdugos al retirar rápidamente el fuete, es herido gravemente en un ojo por la punta de hierro del látigo. Julián oye el grito de dolor y llamando al verdugo le coloca sus manos sobre el ojo destrozado y se obtiene inmediatamente la curación.

Los verdugos le cortan la cabeza al santo, pero en ese momento el joven Celso, hijo del perseguidor Marciano, al ver con qué gran valentía y alegría ha ido a la muerte este amigo de Cristo, se declara él también seguidor de Jesús y se hace cristiano. Esta conversión fue considerada como un verdadero milagro espiritual obtenido por el martirio de Julián.

Y los amigos de Jesús queremos proclamar siempre y en todas partes nuestra fe, y preferir mil muertes y diez mil tormentos, antes que dejar nuestra santísima religión por irnos a religiones falsas que ni dan felicidad en esta vida ni consiguen salvación eterna.

San Julián: pídele a Cristo que nosotros logremos perseverar fieles a nuestra santa religión hasta la muerte.