HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

jueves, 10 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 6: Rebaños y pastores

Comienza la primavera y ha llegado el momento de que los grandes rebaños de ovejas que pasan el invierno en los pastos de las Bardenas se muevan hacia el norte en su anual trashumancia hacia los frescos pastos del Pirineo.

Es privilegio antiguo de los señores de Xavier que estos inmensos rebaños de miles de cabezas que atraviesan sus tierras en los viajes de los pastos de invierno a los de verano, y a la inversa, paguen un canon por cada hato de trescientas ovejas. Un cordero a la subida, una borrega a la bajada.

Este año, los guardas de Xavier, apostados en el paso para recibir el pago debido, sólo han recibido desaires, burlas y hasta insultos:
-¿Pagar? Eso se acabó, nunca más pagaremos...
-¡Habéis de hacerlo! ¡Es derecho de los señores del castillo de Xavier! -Han reclamado los guardas.
-¡Era derecho concedido por el rey de Navarra, y como Navarra ahora tiene por rey al soberano de Castilla...! -argumenta con descaro un zagalón.
-¡Ya no hay privilegios ni derechos para los súbditos del rey de Navarra...! ¡Que ya no es rey de esta Navarra de aquende los Pirineos!

-Y vosotros habéis sido imbéciles sirviendo a señores que ni siquiera saben a qué rey les conviene obedecer.
Los guardas de El Paso han acudido espantados a contarle a doña María lo que está ocurriendo:
-¡Rebaños de más de mil cabezas, señora! ¡Y se han negado a pagar lo que os corresponde! ¡Y sabemos que vienen otros rebaños detrás y si estos pasan sin pagar, los otros tampoco lo harán...!

"Y mis hijos mayores lejos de casa, enredados en esta guerra en la que llevamos todas las de perder..." se dice llena de cólera doña María; pero no quiere que los servidores adviertan su profunda irritación, y con aparente solemnidad ordena:
-Volved a El Paso. Vigilad bien y tenedme informada de quienes son los que cruzan y cuantas cabezas conducen... Yo dispondré lo que haga falta para que esos hombres no se escapen sin pagar y lleven su merecido...

La verdad es que no sabe muy bien qué es lo que puede hacer... hasta que, providencialmente, han aparecido Miguel y Juan, acompañados de los hombres que les han ayudado a traer preso al alcalde de Sangüesa.
Tan pronto como Miguel ha sido informado de lo que ocurre, se pone de nuevo en movimiento:

-¡A caballo, hermanos!
Ramón, el mayoral, ha preguntado:
-¿Vamos nosotros también, señor?
-No, vosotros quedaos; para este negocio nos bastamos nosotros tres. ¡Francés, silba a los perros!
-Os llevan una ventaja de tres días -informa doña María.
-Eso no es nada, madre, los alcanzaremos en un santiamén... Las ovejas caminan despacio y todavía estarán subiendo...

Miguel y Juan han tomado monturas de repuesto. Francés ha ensillado su potro. Y a sus agudos silbidos han acudido los perros, que dormitaban en los alrrededores de las caballerizas y que saltan y ladran alborozados e inquietos presintiendo la emoción de la aventura inminente.
-Recogeremos al pasar los mastines de nuestros pastores. ¡Todos los perros nos harán falta!
Y al cabo, allá van al galope los tres jinetes en dirección al collado de Malpaso...

Y como Miguel había previsto, no han tardado mucho en divisar a lo lejos el enorme rebaño de ovejas que avanza lentamente alejándose ya de las estribaciones de la sierra de Leyre.

-¿Qué vamos a hacer? -Pide instrucciones Juan-. ¿Les exigiremos el pago ahora?
-¡No!
-¿Qué haremos, pues? -quiere saber Francés.
-Haremos que todo el rebaño dé la vuelta! ¡Les obligaremos a retroceder hasta El Paso! ¡Pagarán donde debieron haber pagado!
-¡Pero, Miguel, eso retrasará su viaje una semana por lo menos! -expone Juan. Todos los hermanos son expertos en la cría de ganado y saben hasta qué punto puede ser peligroso que un rebaño de esas proporciones retrase tanto tiempo la llegada a los pastos de verano. Además, obligar a las ovejas a volver a pasar por donde ya han andado y pastado las obliga a tener que apurar una hierba que ya ha sido recién mordida y pisoteada.

-Eso les enseñará a querer robar el pago a que tenemos derecho... Además, ocuparemos la cañada y, si los que vienen detrás pretendían pasar también sin pagar, se van a encontrar con que no pueden hacerlo... ¡Vamos, Francés, adelántate con los perros y oblígalas a volver...! ¡Vamos, no lo pienses más!

Francés sabe todo el perjuicio que su actuación va a causar al rebaño y a sus dueños, pero no lo duda. Se le ha concedido trabajar junto a sus hermanos mayores en defensa de los derechos de su familia y del prestigio de los señores de Xavier... y, aunque algo allá dentro le está haciendo preguntarse si la acción que proyecta su hermano no será desmedidamente dura en relación con la infracción cometida, consigue hacer callar a la débil vocecilla interior y se apresta a secundar a sus hermanos con toda su alma.

En esta mañana de primavera temprana se siente tan alegre, tan fuerte, tan lleno de vida y de entusiasmo...
Espolea a su montura, llama a los perros y se lanza arriba para llegar hasta la cabeza del rebaño.
Los pastores le han visto cabalgar seguro, arrogante y airoso, galopando al costado del rebaño y acompañado de los perros, que le siguen ladrando entusiasmados. Y le gritan enfurecidos:

-¡Ehhh...! ¡Parad...! ¡Alto...! ¡Deteneos...!
Pero el jinete no les escucha. Continúa su galopada hasta detenerse frente al carnero guía que encabeza la marcha. El animal lleva colgado al cuello el esquilón más sonoro, el que todo el rebaño está acostumbrado a escuchar y seguir durante la marcha. Y este soberbio ejemplar, grande y fuerte, es el objetivo de Francés. Tiene que hacerle dejar el puesto que ocupa ahora, conseguir que dé la vuelta y se coloque justo en lo que es la zona zaguera del rebaño, para luego hacerle reemprender la marcha en la dirección justamente opuesta a la que ha llevado hasta aquí.

Si logra que él lo haga todo el resto del rebaño le seguirá, a poco que los perros y los jinetes contribuyan a la maniobra.
El ruido del galope del caballo, los ladridos de perros extraños y el grito del jinete que azuza y guía a sus mastines han sembrado el desconcierto en el enorme rebaño. El carnero se ha detenido y las ovejas, detrás de él, empiezan a moverse espantadas, arremolinándose alocadamente, tropezando unas con otras, empujándose...
Ahora ya los pastores se han dado cuenta de que no hay un solo jinete junto al rebaño, sino tres. Y quizá empiezan a suponer quiénes pueden ser estos jinetes. Y quizá empiezan ya a lamentar la insolencia provocativa con que han desafiado a los guardas del castillo...
De todas formas, intentan contrarrestar la maniobra que ya ha iniciado Francés tratando de lanzar a sus propios perros contra los que tan diestramente está haciendo trabajar el muchacho del castillo. Y se organiza un pandemonium formidable. Ladridos, aullidos, balidos, mordiscos, silbidos, gritos...

-¡Ahí vamos! ¡Ahííí... vamos! ¡Muerde, León...! ¡Llévatelo delante, Turco! ¡Sus y a él...! ¡Eso es...! ¡No le dejes... no le dejes volver, Moro..., no le dejes! ¡Hala, Perla, tú y yo por aquí, ya lo tenemos...! ¡Ya lo tenemos...! ¡Allá vaaa...!
Los perros del castillo, guiados por Francés y secundados por los otros dos jinetes, han conseguido separar al carnero guía del grueso del rebaño y hacerle correr ladera abajo. Los otros cinco perros que han venido con ellos apenas han tenido trabajo conteniendo a los perros de los pastores. Son más fuertes, están mejor alimentados y mucho más descansados en estos momentos. De todas formas, la lucha entre ellos nunca hubiera sido una pelea feroz a vida o muerte. Todos ellos, los perros del rebaño y los del castillo, llevan carlancas, esos gruesos collares de cuero erizados de púas que defienden el cuello del perro de la mortal mordedura del lobo.

En medio de una terrible barahunda y de un polvo cegador, toda la inmensa masa de cabezas, cuerpos y patas se ha enmarañado primero en remolinos enloquecidos para acabar enderezándose poco a poco en la dirección que les marcan los jinetes y los perros que para ellos trabajan. Es el camino fácil, además; es cuesta abajo...
Los pastores no han dejado de gritar, de jurar, de silbar a sus perros, de intentar gobernar el rebaño en la dirección que ellos quieren, utilizando sus hondas para lanzar certeras pedradas, pero de nada les ha servido... Y ahora no les queda más que servir al rebaño y aguardar lo que los tres hijos de la señora de Xavier quieran hacer con él...

Cuatro jornadas largas de marcha casi ininterrumpida les ha costado a los extenuados animales retroceder hasta las tierras del castillo. También los hombres se sienten enormemente fatigados.
-¿Lo detenemos en El Paso? -pregunta Juan a gritos por encima del rumor de los miles de pezuñas marchando camino abajo.
-¡No! Haremos pasar a las ovejas por el portillo del redil grande. ¡Vamos a quintearlas!
Y como ha dictaminado el hermano mayor, así se hace. Todo el rebaño ha sido obligado a pasar por la estrecha entrada del redil y de cada cinco ovejas se ha retenido una.

Ha sido un durísimo trabajo que ha costado horas, pero al final, el gran rebaño ha quedado libre y en redil permanecen retenidas en concepto de multa hasta más de doscientas cabezas.
Los pastores han reclamado, gritado, amenazado, exigido... y suplicado. Todo ha resultado inútil.
-Esto os enseñará a respetar las normas establecidas...
-ha sido la amenazadora y brusca respuesta de un sudoroso y fatigadísimo Miguel de Xavier.
Francés ha llegado al castillo muerto de cansancio, sucio, despeinado y con la garganta reseca y dolorida: ha tragado polvo y ha gritado durante muchísimas horas, pero vuelve feliz. Y es aún más feliz al oir el diálogo que sus hermanos sostienen con doña María antes de retirarse a descansar:

-No sabes cómo ha trabajado este pequeño, madre.
-Ha hecho el trabajo de un hombre, y de un hombre fuerte. Maneja los perros mejor que un pastor...
-Quizá ha llegado el momento de que lo llevemos con nosotros... -ha sugerido Miguel.
-¡No! -ha protestado doña María.
-No, claro que no -la tranquiliza Juan, para añadir-: Francés se debe quedar en casa mientras nosotros andamos por ahí en servicios de guerra. En el castillo debe haber siempre alguno de nosotros que acompañe a la madre.

El gran rebaño ha pasado dos jornadas de descanso en las proximidades de Xavier. Los pastores han venido a presentarse, humildes y cabizbajos, ante la señora. Así quería verlos ella. Sometidos y dispuestos a pagar. Al final se ha sentido generosa y les ha devuelto las ovejas retenidas. Sólo ha conservado las que le correspondian en pago de sus derechos.
Doña María está satisfecha.
Y les ha regalado a los chicos para que lo coman entre ellos, como obsequio por su hazaña. Los tres muchachos del castillo de Xavier han invitado al festejo al guarda Manuel de Larequi y los cuatro hombres juntos se han ido a comer el cordero y las viandas que lo acompañan al Molinaz, para que Alonso de Artieda, el molinero, pueda participar también.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 5: Conspiradores

Ha muerto el rey don Fernando y en Castilla, Aragón, Andalucia y Navarra comienzan revueltas, levantamientos y sublevaciones.

En nombre de la heredera doña Juana, apellidada la Loca, que vive encerrada en la fortaleza de Tordesillas, y de su hijo el príncipe Carlos, que anda enredado en problemas europeos, ha quedado como regente del reino el cardenal Cisneros. Es hombre recto, austero y autoritario, y se enfrenta a una ardua y compleja tarea.
Bajo el mando del impulsivo Miguel, el castillo de Xavier empieza a pertrecharse para la guerra. Se almacenan víveres, se allegan armas y escudos, se compran caballos...

Y se han contratado ocho hombres del Roncal, ocho fuertes roncaleses cuya misión es guardar y defender el castillo.
Van y vienen continuamente correos y mensajeros que traen y llevan noticias.
Es raro el día en que en el castillo no se hospedan dos o tres parientes o amigos, que se encierran en el que fue despacho de trabajo de don Juan de Jaso con los dos hijos de la casa y allí intercambian noticias, escriben mensajes, planean operaciones guerreras...

-Tudela está preparada para levantarse por el rey don Juan.
-El alcalde de Sangüesa tratará de impedir que la ciudad se alce; como es aragonés...
-El mariscal de Navarra se aproxima ya a la entrada del valle del Roncal. Deberíamos enviarle noticia de que desde aquí saldremos a su encuentro...
-Es imprescindible ocupar y asegurar el puente de Yesa, que es paso obligado para...

Francés, siempre que puede, asiste a estas reuniones. Procura pasar absolutamente inadvertido. Se da cuenta de que por su edad no le corresponde intervenir en estos asuntos de hombres, así que se refugia en un rincón de la estancia y observa, escucha y calla.
A veces todos los reunidos toman de repente una decisión y salen, para bajar a las caballerizas, montar en sus corceles y salir para alguna misión.
Francés, entonces, se queda solo en este despacho de su padre que conoce tan bien. La mesa de trabajo, con la escribanía de bronce y sus dos tinteros, tinta roja y tinta negra. La caja de las plumas, el cortaplumas y la salvadera...

Los anaqueles llenos de legajos, carpetas y cajas de cuero que contienen cartas, documentos, borradores... Y el arcón de hierro bajo la ventana. Francés sabe que en este arcón, cerrado con una llave que guarda doña María con otras llaves igualmente importantes ensartadas en el aro de plata que cuelga de su cintura, se conservan los documentos familiares: títulos de propiedad, cartas del rey, contratos matrimoniales, actas que certifican pleitos ganados... Y también sabe, porque lo ha visto, que últimamente en el arcón está guardando Miguel mensajes que intercambia con el mariscal y con otros señores navarros, que, al igual que él, se están preparando para apoyar la entrada en la ribera navarra de las tropas del rey don Juan.

-¡Miguel, Miguel...! -reconviene doña María entre airada y quejumbrosa, a su primogénito cada vez que éste le pide la llave del arcón para guardar un nuevo mensaje-. ¿Tú sabes a lo que te estás exponiendo y a lo que nos estás exponiendo a todos?
-Lo sé, madre, lo sé... Sé bien lo que estoy arriesgando, pero estamos luchando por la libertad de Navarra. Por conseguir que nuestro rey Juan vuelva a ocupar en paz el trono que legítimamente le pertenece.
"Y cuando el rey Juan vuelva a ser dueño de toda esta tierra te alegrarás de lo que estamos haciendo ahora. El rey nos colmará de mercedes, y quizá llegue yo a ser miembro del Consejo Real, como lo fue mi padre..."

-Tu padre nunca creyó en el empleo de la fuerza. Procuró siempre aunar voluntades, hacer tratados, llegar a compromisos..., fue un diplomático...
-Eran otros tiempos. La situación ahora es muy diferente. Hay levantamientos y protestas en muchas partes que debilitan el poder del cardenal regente y eso favorece nuestros propósitos. Hemos de aprovechar estas ventajas... ¡Triunfaremos!

-Mucha seguridad tienes tú de que esta contienda terminará bien para nosotros. Somos un reino pequeño... y estamos puestos entre dos tan grandes fuegos... -concluye doña María, expresando, una vez más, sus dudas y temores.
La señora de Xavier, tan segura siempre de sí misma, tan convencida en todo momento de su propia capacidad para juzgar y decidir en cada circunstancia, se siente ahora confusa e indecisa. Miguel, en cambio, se muestra tan persuadido de que está cumpliendo con su deber de siervo leal a su rey...

Y tampoco podría ella, aunque lo quisiera, imponerle su voluntad a este hijo mayor, que es ya un hombre que se acerca a los treinta años y es el señor de Xavier.
Este señor de Xavier ha vuelto de una de sus correrías por la comarca trayéndose prisionero a Pedro de Castro, alcalde de Sangüesa.
Le ha encerrado en el calabozo abierto en la roca viva al pie de la torraza, la colosal torre cuadrada del homenaje sobre la que ondea la bandera de Xavier; y le ha obligado a escribir una carta a su mujer para que entregue la fortaleza de Sangüesa a los patriotas.

-Repartiremos las armas que hay almacenadas dentro de la fortaleza y formaremos una milicia con los adictos al rey Juan. Ellos guardarán esa plaza... Y en el puente de Yesa hemos dejado apostados veinte hombres. Ese paso queda bien guardado. De todas formas, los visitaremos con frecuencia para comprobar que esos hombres son tan fieles a nuestra causa como aseguran serlo.
-¡Dios quiera, Dios quiera que todo esto no traiga la desgracia sobre esta casa y esta familia...! -exclama doña María, que más que una plegaria expresada en forma de deseo es como una formulación que revela sus más negros presentimientos.

Y Juan hace un comentario que aumenta todavía la preocupación de su madre:
-Parece que en Estella los Eguía están siendo traidores. Se han hecho fuertes encerrados en la iglesia de San Miguel con cien hombres a sueldo y han conseguido que la villa se someta a la obediencia de Castilla... ¡Hijos de...!
-¡Lástima no estar más cerca! ¡Si pudiéramos llegar allá con nuestros hombres...! ¡Verían esos entonces a quien prestaban obediencia...!
-Sí, tú continúa pensando en irte cada vez más lejos y en comprometerte cada día de manera más notoria -reprocha doña María-. Todo esto acabará trayéndonos algo malo...

-Vamos, madre, ¿qué mal se nos puede seguir a nosotros? Toda esta zona está bajo nuestro mando y las noticias que nos llegan son de que el mariscal viene entrando por el valle del Roncal con un ejército de casi mil hombres ¡Tenemos esta contienda ganada!
-¡No tan ganada por el momento! Y mientras Juan y tú andáis de guerrilleros por los contornos, los intereses de esta casa se descuidan y para nosotros las pérdidas ya han empezado... Se nos está negando el debido respeto... Hasta los pastores hacen burla de nosotros... -se lamenta airada doña María.

Y es cierto.
Al amparo de los tiempos revueltos que se están viviendo por estas tierras, los pastores se están atreviendo a desafiar la autoridad de los señores de Xavier y a discutir sus derechos antaño incuestionables.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 4: Noticias

Ha venido Esteban de Zuasti.
Francés se alegra cada vez que este primo aparece por Xavier. Es animado y divertido y siempre tiene miles de noticias que contar. Va y viene con mucha frecuencia por toda la región; visita continuamente a familiares y amigos y trae y lleva comentarios acerca de la vida pública y privada de personajes políticos y miembros de la familia.
Hoy se le ha escuchado en la sala con especial atención.

-Se rumorea por Pamplona que el rey Fernando está enfermo..., muy enfermo. Varios caballeros que yo conozco se han acercado al palacio del virrey para preguntar por la salud del monarca, pero el duque no quiere recibir nunca a nadie. Está muy atareado con las obras de la nueva fortaleza. Para este trabajo se emplean todas las cuadrillas de carpinteros y albañiles que hay disponibles en la región. Esa fortaleza va a resultar inexpugnable, antes de que los navarros podamos hacer algo para impedirlo.
"Parece que nuestro rey don Juan está consiguiendo reunir tropas con el apoyo y la ayuda económica del rey francés... Si don Juan con sus tropas se decidiese a cruzar los Pirineos para viajar hacia Pamplona, ¿qué haríamos nosotros?"

-¿Qué haríamos? ¡Ponernos en marcha inmediatamente! ¡Reclutar gentes, armarlas y marchar desde aquí al encuentro de nuestro rey! -es la impulsiva respuesta de Miguel de Xavier.
-Antes habría que pensar y medir muchas cosas... -reflexiona doña María.
-¿Pensar y medir, madre, cuando se trata de ayudar a nuestro rey a reconquistar la tierra que ese felón rey Fernando nos ha arrebatado?
-¡Ten tu lengua, Miguel! Las paredes tienen oidos y, hoy por hoy, en esta tierra mandan las gentes del rey de Aragón...

-¡Son invasores, y todo navarro bien nacido debe estar siempre dispuesto a luchar contra ellos!
-Todo navarro bien nacido debe mantener la cabeza serena y actuar de forma sensata. Y no sería razonable emprender una guerra contra un rey mucho más poderoso que nosotros y cuyas tropas, veteranas en cien combates en las campañas de Italia, superan con mucho a las que nosotros podamos levantar. Son hombres más preparados, mejor comidos y pagados.
-¡Pero los nuestros lucharían con mucho más entusiasmo y denuedo, estarían defendiendo su tierra!
-Lucharían así unos cuantos, no creo que muchos, hijo. Sólo aquellos que pensasen que al defender la causa del rey Juan estaban defendiendo sus privilegios y derechos. Los otros, los soldados, los peones, los mercenarios, luchan por una soldada... Lo mismo les da pelear por unos que por otros con tal de que se les pague bien. Al final de la contienda su condición será la misma, seguir sirviendo y trabajando duramente para vivir.
-¡Somos navarros! ¡Muchos, muchísimos, estarían, estaríamos, dispuestos a morir por el honor y la libertad de nuestro Reino de Navarra!

-Tú estarías dispuesto a hacerlo, pero piensa en lo que le sirvió a tu padre dedicar toda su vida a luchar por el honor y la libertad de Navarra...
Ante las poco alentadoras frases de su madre, Miguel se vuelve a Esteban y a su hermano Juan:
-¿No lucharíais vosotros por Navarra hasta perder la vida por ella si preciso fuera?
-¡Naturalmente! -es la rotunda respuesta de Juan.
-Sí, claro -es la bastante menos entusiasta contestación de Esteban.
Durante unos momentos quedan todos callados, sumido cada uno en sus propios pensamientos, pero casi en seguida rompe el silencio Esteban para proponer:
-¿Jugamos un partido de pelota?
-¡Sí!
-Muy bien.
-Vamos...

Esta es una de las cosas por las que a Francés le agradan extraordinariamente las visitas de Esteban. En cuanto él llega, el grupo de los muchachos mayores resulta impar y un buen partido de pelota requiere dos o cuatro jugadores. La sola presencia de Esteban le hace a él necesario.
Tan pronto como el grupo está fuera del castillo y, por tanto, fuera del alcance de los oídos de las señoras, Esteban empieza a contar una historia. Una cierta historia que parece divertir enormemente a los tres muchachos mayores.
-¿Sabéis? El primo Juan de Jaso sigue enredado en amoríos con la Périz de Herice. Parece que hace unas semanas ella llevó su descaro hasta atreverse a entrar en la casa y subir hasta el aposento de él ¡y pasar allí parte de la noche!

-¿En la casa del tío Pedro, del mismísimo Justicia de Pamplona? -se asombra Juan.
-La Périz esa es de una osadia inaudita y Juan está arriesgando mucho por ella -dice Miguel.
-El tío Pedro está indignadísimo y ha amenazado a Juan con desheredarle, pero él sigue frecuentándola y hasta ha dicho en varias ocasiones que se casará con ella... Esa mujer le tiene como embrujado- opina Esteban.
-La verdad es que es la hembra más hermosa de Pamplona -aprecia Juan.
-¡Y cómo se viste! Luce, a veces, unas sayas escotadas que...
-La mitad de los mozos de Pamplona daría algo bueno por conseguir sus favores...
-Probablemente la otra mitad ya los ha conseguido -insinúa Miguel.
-¿Tú crees?
-Se cuentan de ella unas historias... Por toda Pamplona corren las hablillas de que ella ha parido un hijo de él. Y que Juan sacó a la criatura a escondidas, envuelta en un pañal, y que el vicario de Santa María la bautizó a la medianoche, y que Juana Mari y Miguel de Espinal han sido los padrinos -informa Esteban.
-El diálogo ha ido todo el tiempo subrayado por risas, guiños y otros gestos de lo más expresivo. Francés ha escuchado con asombro interesado; le escandaliza un poco la burla y diversión que a los mayores parece proporcionarles la escabrosa historia. Si la madre, tía Violante o don Miguel les oyeran...

Sin embargo, no puede evitar unirse al regocijo general y corear, aunque en tono menor, las risas de los otros.
Esteban, todavía con una mueca socarrona en la cara, se ha vuelto a Francés para increparle:
-Y tú, ¿de qué te ríes, pequeño?
Y Miguel, ceñudo:
-Eso, ¿qué haces tú ahí escuchando historias que no te importan? Anda a buscar la pelota...
-Dejad que el chico se vaya enterando de estos asuntos de familia. Ya tiene edad de empezar a espabilarse... -arguye Juan con una última risotada.
Mientras se aleja para obedecer la orden de su hermano mayor, Francés vuelve a oír las bromas y risas que se siguen sucediendo a su espalda. Va serio. ¿Por qué le inquieta y al mismo tiempo le ha interesado el diálogo escuchado? ¿Por qué Esteban, después de haber contado la historia libremente delante de él, le ha preguntado de qué se reía? ¡El se estaba riendo... y también sus hermanos! Sólo Juan ha salido en su defensa...

Y piensa luego en el primo Juan de Jaso, al que quiere y admira, y que ahora resulta ser el protagonista de estas turbias aventuras.
Sacude la cabeza en un gesto que quiere resumir su actitud mental de ese momento: la decisión de desechar ideas que no le gustan y de admitir que hay cosas que no comprende. Quizá cuando sea tan mayor como los otros...
Y entra en el cuartito contiguo a las caballerizas, donde se guardan sillas de montar, riendas y otros arreos y donde están también las pelotas. Elige la más nueva.

Cuando vuelve adonde están su primo y sus hermanos ya han sido trazadas las líneas que delimitan el terreno de juego.
-Francés y yo hacemos equipo contra vosotros dos -anuncia Esteban-; y preparaos a correr, porque os vamos a ganar, como siempre...
-¡Como siempre...! -Se burla Juan-. ¡Si no habéis ganado jamás!
Y tiene razón. Esteban es así, un poco fanfarrón... y algunas cosas más que a Francés le cuesta admitir porque le tiene afecto.
Comienza el juego. Son fuertes los muchachos y están habituados a este ejercicio. Va y viene la pelota en vuelos vertiginosos, y recibirla y devolverla requiere vigor y habilidad. Francés está en desventaja porque es mucho más joven que los otros tres, pesa bastante menos y tiene menos estatura y menos fuerzas, pero lucha con coraje y trata de compensar esta inferioridad derrochando agilidad y rapidez.
-¡Este... tanto no... ha valido...! -grita Juan entre jadeos-. ¡Ha dado ...en la... raya!
-¿Que ha dado en la... raya? ¡Tú no... ves bien..., Juan! -protesta Esteban.
-¡Veo estupendamente...! ¡Ha dado... en la... raya...!
Esteban apela al testimonio de su compañero:
-¿Verdad, Francés, que... ha dado, claramente, detrás de la raya?
Esteban es así, fanfarrón y tramposillo. Francés está seguro de que Juan tiene razón, pero no quiere declararlo abiertamente. No va a mentir, tampoco desea ofender a su primo; y se prepara para dar una contestación ambigua y descomprometida cuando un sonido insólito atrae la atención de los cuatro jugadores.

Por el camino que viene de Pamplona resuena el golpeteo acompasado que denuncia la proximidad de un caballo que avanza a un trote largo.
Se ha suspendido el juego y los cuatro muchachos, sudorosos y jadeantes, se encaminan al encuentro del jinete que llega.
Valentín de Jaso, el segundo hijo del tío Pedro, se ha tirado del caballo:
-¡El rey Fernando ha muerto! ¡Y nuestro rey Juan está concentrando tropas en San Juan de Pie de Puerto!
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