HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

viernes, 11 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 12: Años de incertidumbre

Mediados de junio de 1520. Ha venido Esteban de Zuasti y, como siempre, llega cargado de noticias que interesan que interesan enormemente a la familia.

Claro que lo primero que ha hecho, después de saludar a su dos tías, las señoras de la casa, y a Francés, ha sido preguntar por sus primos:
-¿No están aquí Miguel y Juan?
-Hace muchos meses que faltan de esta casa.
-¿Dónde andan?
Eso sólo Dios lo sabe -contesta doña María.

-¿Qué noticias hay de ellos?
-Muy pocas. Pasan semanas y semanas sin que nos lleguen noticias. De vez en cuando viene por aquí alguien que los menciona y casi siempre es para contar que ha oído decir que les han visto por aquí o por allá...
-Tendrías que llamarles, tía María, decirles que volvieran a casa...
-¡Qué más quisiera yo! ¡Lo que daría por tenerlos de nuevo aquí! Pero no sé dónde están... Ha pasado largo tiempo desde que por última vez nos llegó un mensaje escrito de Miguel. Lo trajo un antiguo criado de los Jaso. Nos dijo que venía de Lumbier y que mis hijos estaban allí con gentes del rey Juan. Miguel pedía más dineros... Ese loco está manteniendo una tropa de hombres a su costa, a nuestra costa... Y nosotros aquí trabajando sin descanso y pasando privaciones.

-Tendrían que volver, tendrían que abandonar esta campaña... -insiste una vez más Esteban.
-¡No pueden hacerlo, no lo harán, están defendiendo los derechos de nuestro rey! -protesta Francés.
-Los derechos del rey Juan están perdidos, perdidos para siempre.
-¡No digas eso! ¡Tú eres Navarro!
-Sí, lo soy, pero eso no me impide ver las cosas con claridad. Navarra nunca volverá a ser un reino independiente. Y si nos empeñamos en oponernos a las tropas del rey Carlos...
-El rey de Francia apoyará nuestros derechos -apunta tía Violante.

-Francisco I está resentido con el rey Carlos porque le ha ganado por la mano en los asuntos del imperio y también en Italia. Pero si el rey Francés se enfrenta a las tropas españolas no será para defender los derechos de nadie, lo hará en provecho propio... También él ambiciona Navarra.

-Si el rey de Francia y el de España se declaran una guerra, ¡nosotros seremos el campo de batalla...!
-Lo seremos. Estamos amenazados de guerras por todas partes.
-¡Malos tiempos nos ha tocado vivir! -comenta apesadumbrada tía Violante.
Y se produce un momento de silencio en el que cada uno permanece sumido en sus propios poco halagüeños pensamientos.
Al cabo, rompe la pausa doña María para preguntar:
-¿Qué sabes de lo que está pasando por ahí fuera? Cuenta, estamos aquí tan retirados y nos llegan tan pocas noticias...

-Seguramente sí sabéis que en junio del año pasado la Dieta de Frankfurt se decidió por el rey Carlos y le ofreció la corona del imperio. Parece que para ganar esta elección y pasar por encima de las aspiraciones e intrigas de Francisco I y EnriqueVIII, el rey castellano ha tenido que derrochar el dinero a manos llenas. Dinero que le ha prestado Jacobo Fugger, su banquero alemán, y dinero que tendrá que devolver pagando por él muy altos intereses... Durante todo el año pasado y lo que va de éste el rey ha recorrido estos reinos reuniendo Cortes: castellanas en Valladolid, aragonesas en Zaragoza, catalanas en Barcelona... A todas ha forzado a concederle enormes sumas de dinero. Y bien que le van a hacer falta todos esos cientos de miles de ducados... que se va a llevar fuera de España. Las gentes están descontentas por eso y también por otros muchos varios motivos.

"El mes pasado, el rey Carlos ha salido desde Barcelona para Flandes y Alemania. Se dice que quiere coronarse emperador el otoño próximo en Aquisgrán. Ha dejado como regente al que fue su preceptor, Adriano de Utrecht. Este hombre, que ni siquiera habla una palabra de castellano, se ha rodeado de cortesanos extranjeros, como él. Hombres todos de una rapacidad feroz. Por todas partes empiezan a alzarse protestas por las subidas de impuestos y por las arbitrariedades que se están cometiendo... Nada sería de extrañar que, ahora que el rey Carlos anda ocupado fuera de estos reinos en sus negocios imperiales, volvieran a producirse revueltas y levantamientos por doquier..."
-Y nosotros, ¿qué podemos hacer? -pregunta Francés.
-Pues mira, primo, yo creo que, al menos, nos queda ser prácticos y luchar del lado de los que tienen más probabilidades de ganar. ¿Sabes lo que he hecho yo? He aceptado un puesto de capitán en las tropas que el duque de Nájera está reclutando en Pamplona.

-¿Vas a servir a las órdenes del virrey castellano? -pregunta escandalizada tía Violante.
-El duque paga bien y yo necesito dinero. Bastante tiempo he pasado ya defendiendo los derechos del rey Juan sin recibir en todos estos años ni un florín...
-¿Y si el duque te envía a combatir contra tropas navarras? ¿Lucharás contra tu propia gente? -quiere saber Francés.
-No llegará ese caso.
-¿Y si llegase?
-Ya vería entonces lo que me convenía hacer; pero mientras tanto, yo vivo regaladamente en Pamplona cobrando un buen sueldo de capitán que el duque me paga.

-¿Cómo andan las cosas por Pamplona?
-De momento tranquilas, aunque siempre con el temor de un ataque por el norte apoyado por tropas francesas o de malas noticias que lleguen por el sur... Se sígue trabajando sin descanso en la construcción de la fortaleza, que va ya muy adelantada...
Gracias al expolio que se ha hecho en casas como la nuestra, de la que se han llevado las mejores vigas maestras, sin parar mientes en la ruína y el destrozo que eso ha dejado detrás -comenta rencorosamente doña María.
-Que eso es lo que se obtiene cuando se lucha en el bando perdedor -dice Esteban con cierta burlona acidez; y añade-: Por eso tú, Francés, ten bien presente en la memoria todo lo que habéis pasado y estáis pasando por las equivocadas andanzas de tus hermanos mayores; y cuando te llegue el momento de tomar partido, y te llegará muy pronto, porque estás creciendo mucho en estos últimos tiempos, y tendrás que ir a la guerra...

-¡Francés no irá nunca a la guerra! -ha asegurado tajante doña María.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 11: Almadieros

Francés ha frecuentado mucho el trato con pastores; con los pastores que cuidan los rebaños de su casa y también con los que se mueven por la comarca y con los que cruzan, siguiendo la cañada, los campos de Xavier en sus anuales subidas y bajadas en busca de los pastos de invierno y de verano.

Y ha aprendido muchas cosas de estos hombres que pasan casi toda su vida al aire libre, sirviendo las necesidades del ganado y también aprovechando sus productos.

Sabe ordeñar ovejas, cabras y vacas y le gusta saborear con deleite el alimenticio y tibio líquido cremoso. Sabe utilizar el cuchillo de monte, que lo mismo sirve para liberar a un animal enredado entre unas zarzas que para degollar, desollar y despiezar el cabrito que se va a asar para la cena. Sabe construir con piedras y ramas un cubilar, que servirá de refugio y abrigo en las frías noches lluviosas. Sabe hacer quesos y batir la nata hasta obtener una mantequilla dorada y dura. Sabe hacerse entender y obedecer por los fieros y nobles mastines, sin los que sería imposible manejar los inmensos rebaños y defenderlos de los lobos hambrientos.

Las andanzas con pastores y zagales le han enseñado a trepar con pie seguro por riscos y escarpaduras, a saltar sin miedo arroyos y quebradas y a bordear sin vértigo simas, barrancos y desfiladeros.
Acampar a la intemperie, encender y mantener una hoguera y cocinar sobre ella son tareas que domina y que no tienen secretos para él. Y todavía ha aprendido de estos hombres algunas cosas más... Todo lo aprendido le va siendo útil en uno u otro momento... Por ejemplo, hoy...

Hoy ha bajado al Molinaz...
Gira la rueda impulsada por las aguas del río que empujan sus paletas. Y en el interior del edificio crujen acompasadamente todos los engranajes y artilugios que hacen moverse a la piedra que tritura el grano. Un halo de impalpable polvillo blanco envuelve el molino y a las tres figuras que vienen a saludarle.
-¡Francés, Francés! -ha gritado el pequeño Toñico viniendo a tirar de la manga al muchacho-. ¿Me has traído algo?

Porque está acostumbrado a los mimos del menor de los hijos de Xavier, que casi siempre llega con una golosina para el diminuto glotón.
-Con Dios vengas, Francés -ha dicho Lucía.
Alonso es menos efusivo, se limita a dar información:
-Siguen pasando... y sin pagar. Tres han bajado esta mañana. Les he gritado que se detuvieran y que pagaran. No me han hecho caso.
-El próximo almadiero pagará -asegura Francés en tono sombrío-, el próximo pagará..., y los que vengan detrás, también.

-Pero, ¿qué puedes hacer? ¿Cómo vamos a detenerles y a obligarles a pagar...?
-Esto les detendrá.
Francés lleva en la mano algo con lo que ha estado jugueteando todo el tiempo. Algo cuyo conocimiento y práctica también debe a los pastores. Es una honda. Los pastores la utilizan para lanzar con puntería magnífica un canto que sirve de estímulo a una oveja remisa, que endereza la marcha de un carnero díscolo o aleja a una alimaña curiosa.

Manejada con fuerza y destreza, una honda puede ser un arma muy eficaz.
-Esto les detendrá -ha repetido con voz firme.
Y se ha apostado en la orilla, un largo trecho aguas arriba del Molinaz. Alonso se ha colocado a su lado. Él no sabe manejar una honda y siente bastante recelo acerca de lo que puede ocurrir si Francés se decide a utilizar la suya.
No han tenido que aguardar mucho, ya se aproxima una almadía. Desciende corriente abajo, impulsada y mecida por las aguas del río.

Un hombre manera el remo que va sujeto a la parte delantera y que sirve para corregir la dirección de la marcha en el sentido que el almadiero quiere. Otro hombre maneja un remo similar en la parte posterior, éste es más largo y sirve para complementar la maniobra que inicia el remo delantero y también para enderezar la marcha o frenarla en caso necesario. Dirigir correctamente una gran plataforma de este tipo requiere la fuerza y el trabajo conjuntado de dos y hasta de tres o cuatro hombres.

Varias veces han gritado Francés y Alonso, moviéndose a lo largo de la orilla a la par de la almadía:
-¡Detenéos!
-¡Parad!
-¡Habéis de pagar!
Los dos almadieros han hecho primero oídos sordos a los gritos y, luego, unos gestos burlones y casi insultantes, cuando la almadía está a punto de cruzar ante el Molinaz.
Francés se siente indignado... Claro que sabía que esto podía ocurrir y está preparado para actuar.
Su mano derecha ha volteado la honda.
El hombre que maneja el remo de la parte delantera de la almadía ha observado el movimiento, al principio con incredulidad, más tarde con temor. Advierte que el muchacho parece saber muy bien lo que está haciendo y avisa a su compañero:

-¡Cuidado!
En el momento en que la piedra sale disparada, se agacha instintivamente. El proyectil, dirigido a su cuerpo, ha pasado rozando con violencia su cabeza en un sesgo seco y contundente. El hombre se ha doblado sobre sí mismo y, después, se ha desplomado sobre la balanceante superficie de troncos. Su caída ha provocado un más violento vaivén.
El otro almadiero contempla horrorizado el cuerpo inerte, mientras lucha furiosamente por controlar la marcha de la almadía que, sin uno de sus conductores y después de sufrir el impacto de la caída del hombre, se zarandea desgobernada, dando bandazos... El almadiero inconsciente rueda sobre los troncos con grave peligro de deslizarse hasta el agua.

Francés se ha quedado durante unos segundos paralizado de espanto. El no quería causar tanto daño. Su piedra estaba destinada solamente a ser un aviso, una advertencia, un apoyo a su reclamación de que los hombres estaban obligados a detenerse y pagar el tributo debido a su madre, a la casa de Xavier.

-¡Le has matado! -exclama asustado Alonso.
-¡Ven, hay que ayudarles! -urge Francés.
Y se lanza a la carrera. Conoce palmo a palmo el caminillo que bordea el río y todas y cada una de las particularidades de este tramo del Aragón. Un poco más abajo se adentran en la corriente unos grandes peñascos que la almadía debería bordear, pero mal gobernada como va, corre grave peligro de chocar contra ellos.

Francés teme que en este choque se pueda romper el remo delantero y entonces...
Ha conseguido llegar a los peñascos con una ligerísima ventaja sobre la almadía.
El almadiero lucha con todas sus fuerzas por controlar y por frenar la marcha de la almadía.
Los temores de Francés no se hacen realidad. La almadía se ha desviado y no corre peligro de chocar contra los peñascos. Pasa lejos de ellos, tan lejos que intentar alcanzarla desde ellos parece un peligroso y hasta disparatado empeño. Sin embargo, ha brincado velozmente de uno a otro sobre los lomos de piedra para tomar impulso, y en un arriesgadísimo salto ha conseguido ir a caer sobre la inestable plataforma de troncos.

Al recibir su peso de golpe, parte de la almadía se ha hundido en el agua. Francés, de bruces, se agarra engarfiando los dedos desesperadamente para sujetarse en las ranuras que hay entre los troncos.
Y cuando la almadía se estabiliza un poco y reflota otra vez por entero, consigue incorporarse, primero de rodillas, luego en pie...
-¡Loco! ¡Vamos a matarnos todos...! -ha vociferado el almadiero y luego ha soltado una larga retahila de palabras malsonantes.
Francés nunca ha manejado los remos de una almadía, aunque los ha visto manejar miles de veces. Ahora se atreve a empuñar el que ha quedado abandonado:

-¡Llévala a la orilla! ¡Hay que parar! ¡Tenemos que atender a tu compañero!
La maniobra, después de todo, no resulta tan difícil y Alonso, desde la orilla, ha ayudado en lo que ha podido recibiendo y atando las maromas a los árboles cercanos.

-¿Qué tienes? ¡Déjame ver! Yo no quería... -consigue decir sin que su voz traicione demasiado toda la inquietud que lleva dentro.
-¡Que no querías! ¡Cagüen...! Si llegas a querer, chiquito, le dejas en el sitio y no lo cuenta... -acusa el compañero.
El otro gruñe reniegos ininteligibles pasándose una mano por la cabeza. Se expresa con tosca brusquedad, parece todavía un poco aturdido y cuando separa la mano muestra la palma llena de sangre y deja al descubierto una larga brecha sobre la sien izquierda; pero es evidente que no tiene nada serio. Francés reasume su papel de defensor de los derechos de su casa. No le gusta hacerlo.

Se ha tenido que forzar para enfrentarse a los almadieros y lanzar la piedra. ¡Qué susto al ver caer desplomado al hombre!; le ha dejado sin aliento la carrera hasta los peñascos y ha tenido que vencer el miedo al intentar el arriesgado salto... No es agresivo por naturaleza y no le gusta lo que se está viendo obligado a hacer, pero...
-¡Deberíais haberos detenido!
-Nos dijeron que ya no había que hacerlo... Que muchos han pasado sin pagar...
-Es verdad, muchos no se han detenido, pero ¡nadie volverá a bajar por el Aragón sin pararse ante el Molinaz para entregar un tronco!
-¿Vas a estar siempre ahí apostado con tu honda? -pregunta con cazurra sorna el almadiero sano.
-Seré yo o serán otros, pero siempre habrá desde ahora honderos en la orilla..., y al que no quiera detenerse lo detendremos a pedradas...
¡Pobre Francés de Xavier que tiene que realizar tareas de hombre cuando es todavía un muchachito imberbe!; pero él no siente por sí mismo la menor compasión. Se obliga a montar guardia en todos los lugares en que cree que los derechos de su casa pueden estar siendo ignorados o conculcados. Y vigila a pastores, leñadores, almadieros, esquiladores, hortelanos, labradores...

Recorre diariamente a caballo todo el entorno de Xavier en leguas a la redonda y llega, a veces, hasta la salina. Y supervisa el trabajo que se hace allí.
Observa cómo se extrae el agua del pozo, cómo se vierte el agua sobre las grandes losas y cómo se la deja evaporarse al sol para luego recoger la sal que se deposita encima de la piedra.
Y todavía encuentra tiempo suficiente para proseguir sus estudios con los clérigos de la iglesia.
Jornadas apretadas, llenas de duro trabajo y de violentos contrastes: esfuerzo físico y emocional en unos momentos, tranquilo trabajo intelectual en otros...

Y termina cada día rendido, pero satisfecho y con la conciencia tranquila. Tiene la sensación del deber cumplido, de un penoso deber, a veces; pero un deber... que trata siempre de desempeñar lo mejor que sabe y puede.
Algunas noches, al hacer el resumen del día ante el Amigo, se pregunta y le pregunta:
-¿Es todo esto realmente lo que yo tengo que hacer?
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 10: ¡Yo lo haré!

La economía de la familia de Xavier se nutre de las rentas que están obligados a pagar todos aquellos que viven y trabajan en sus tierras. Los labradores pagan en especie: trigo, cebada, habas...

También entran otros productos y dinero en moneda por otros conceptos: cuando los rebaños pasan por sus tierras y los animales se alimentan de la hierba y beben del agua que pertenecen a tierras del castillo, deben pagar por ello, bien en animales, bien en dineros.

Y todavía tienen los señores de Xavier otros derechos por los que cobrar impuestos: todos aquellos que recogen leña en bosques que les pertenecen deben pagar por ella; y deben pagar también los almadieros que bajan por el río Aragón conduciendo enormes cargamentos de madera en forma de grandes balsas hechas de largos abetos talados en los montes Pirineos. Los troncos van trabados unos con otros por medio de ramas verdes de avellano hasta formar una sólida plataforma. El almadiero dirige su pesada nave por medio de una larga pértiga. Y es éste un trabajo que exige una gran fuerza física, un buen conocimiento del curso del río, un ojo atento para descubrir en cualquier momento un inesperado obstáculo en el agua y una gran experiencia.

Es privilegio antiguo concedido a los señores de Xavier por los reyes de Navarra cobrar un tronco por cada navegación de almadía, porque éstas pasan haciendo portillo y rozando, y a veces rompiendo, la presa y el arcal del molino. Los almadieros deben detenerse ante el Molinaz y entregar allí el convenido tronco.

Además de todo lo que le ha de venir de fuera, Xavier cuenta, naturalmente, con sus propios recursos: el huerto, las conejeras y el corral surten a la familia de parte de los productos necesarios para la alimentación diaria. Y del molino llega la harina; de las viñas, el lagar y la bodega, el vino; de la salina llega la sal, de la que aún sobra mucha para la venta y el intercambio; y de los olivares viene el aceite que condimenta alimentos y nutre faroles y lamparillas.

De los rebaños de ovejas, cabras, vacas y cerdos llegan la carne, los quesos, la lana, las pieles y los cueros.
Gran parte de todo ello se puede convertir en dinero, pero son muchos los gastos de una familia como ésta: ropas y calzados para la casa entera, señores y criados; donaciones a la iglesia y manutención y sueldos de los clérigos; pago de salarios a guardas, criados, mensajeros, jornaleros y pastores; emolumentos a letrados y notarios; impuestos a concejos y ayuntamientos... Y Miguel y Juan piden dinero sin cesar, desde los lugares más diversos, para poder pagar sus gastos de campaña. Continuamente llegan mensajes suyos traidos por los personajes más dispares y siempre pidiendo, pidiendo, pidiendo... Doña María entrega invariablemente lo que tiene en ese momento en su arquilla, pero lo hace con la inquietud de que lo que entrega ella ahora sólo es algo de lo que se priva a la familia de aquí y que quizá no llegará a aquellos dos miembros de la familia que están tan lejos.

Mientras vivió don Juan de Jaso, la economía de la familia Xavier fue más que boyante, fue espléndida. Además de los recursos propios y de las rentas y derechos que le correspondían, el arca doméstica contaba con el pingüe sueldo que al señor de la casa le cumplía recibir por su puesto en la Corte de Navarra como consejero del rey, jurista, embajador...

El dinero en aquellos días era abundante en el castillo y se empleaba en la compra de nuevos señoríos, en obras de ampliación y embellecimiento de los edificios, en la adquisición de perros, caballos y ganados. Se gastaba en trajes lujosos, joyas espléndidas, fiestas lucidísimas... Y también, desde luego, en caridades: se restauró y se dotó generosamente la iglesia parroquial, se fijó el sueldo de los tres clérigos y del sacristán que la servían. Se hicieron donaciones importantes en moneda y en especie al cercano monasterio de San Salvador de Leyre... y se recogió a la huérfana Gracieta Remón con ánimo de criarla, de educarla y de dotarla en su día, cuando llegara el momento, con vistas a un matrimonio.

Pero todas estas abundancias pertenecen al pasado. Hoy, con don Juan muerto, los dos hermanos mayores lejos y sabe Dios dónde, el castillo abatido y la familia en desgracia, doña María tiene a veces serios problemas para abastecer la despensa, la leñera y la ropería de sus gentes.

-Como no tenemos un hombre en esta casa que defienda los intereses de la familia... -se lamenta a todas horas-. Los leñadores de Sangüesa van al monte Ferrandillo y nos roban leña que se llevan luego en acémilas bien cargadas... Y los almadieros pasan por delante del Molinaz sin querer detenerse ni pagar lo que nos es debido... ¿Quién, quién defenderá nuestros derechos contra los abusos de esos hombres?
-¡Yo, yo lo haré, madre!
-¿Tú, Francés, qué puedes hacer tú? ¡Esa es tarea de hombres! ¿Qué vas a hacer tú solo?
-No lo haré yo solo; Alonso de Artieda y Manuel de Larequi vendrán conmigo. Me ayudarán, lo haremos...

-¡Alonso y Manuel, buen par de dos! No esperes nada de ellos. Alonso se está dejando pasar las almadías a cuatro pasos del Molinaz sin saber cómo obligar a los hombres a detenerse. Y Manuel deja que le roben nuestra leña sin saber hacer otra cosa que venir a contármelo medio llorando. Esos no valen para nada...
-Valdrán, yo haré que valgan.
¡Pobre Francés de Xavier obligado a sus catorce años a capitanear a unos hombres para enfrentarlos con otros en defensa de los derechos de su señora madre!

Catorce años sólo, pero tiene el cuerpo ágil y recio, el carácter entero y apasionado de su gente y un amor y un respeto infinitos a su madre, a la que quiere servir y agradar por encima de todo.
No quiere volver a verla llorar nunca más, como la vió aquel terrible día ante el licenciado Salazar.
Ha dicho: "¡Yo lo haré!" Y lo hace.
Ha subido al monte con Manuel de Larequi y dos guardas más. Le acompañan los perros. A poco de recorrer el monte han oído el golpeteo delator de las hachas... ¡Ya están ahí, otra vez, los leñadores de Sangüesa!

-¡Estáis robando leña que pertenece a la señora de Xavier!
-¡El Ferrandillo pertenece al Concejo de Sangüesa, es propiedad comunal y podemos hacer leña en él!
-¡El Ferrandillo pertenece a mi familia desde los tiempos de mi padre y no os voy a consentir de robéis más leña! ¡Turco, León, Perla, aquí!
Los perros saben perfectamente distinguir los diferentes tonos que Francés emplea para dirigirse a ellos y vienen a colocarse junto a él con la mirada dura, las bocas entreabiertas y los rabos inquietos...
-¡Dadme esas hachas! -exige Francés.
-¡No te las daremos! ¿Para qué las quieres tú? ¿Va un hijo de la señora de Xavier a ponerse a cortar leña? -guapea uno de los leñadores en tono burlón.
-¡Dadme las hachas he dicho!
-No basta con decirlo. Un hombre ha de tener las fuerzas suficientes para respaldar sus palabras... -y da un paso hacia Francés aunque no se atreve a dar un segundo, porque el gruñido amenazador de los perros ha subido un par de tonos.

-¡No los dejéis moverse! -Francés ha lanzado la orden hacia el grupo que forman sus fuerzas: Manuel y sus dos hombres, que llevan como toda arma sus pesados bastones, que no parecen muy decididos a emplear; y los perros, que mantienen su actitud de tensa vigilancia.
Los leñadores son cuatro, tres de ellos tienen las hachas en las manos. El cuarto, mucho más joven que los otros, se ha estado ocupando evidentemente en acarrear la leña que los demás cortaban y la ha ido cargando en los profundos serones que cuelgan a ambos lados de cada una de las tres acémilas atadas un poco más allá.
Se miran los hombres unos a otros sin que ninguno de ellos se atreva a realizar el primer movimiento. ¿Qué va a poder hacer este jovencísimo Francés de Xavier?

También el jovencísimo Francés se pregunta qué puede hacer. Los hombres que tiene enfrente son cuatro. El sólo cuenta con tres; tiene a los perros, desde luego... Y el pensar en estos animales le hace volver la mirada inmediatamente a los otros, a las tres acémilas que ajenas a todo aguardan cansadamente a que terminen de cargarlas.
Francés ha echado mano a su cintura y extrae de su funda el pesado cuchillo de monte. Se mueve hacia las acémilas.
-¡Eh!, ¿qué vas a hacer? -el más robusto de los leñadores ha dado un paso en dirección a Francés.
-¡A él, Perla! ¡Duro, sus, muerde!
La hembra es de menor tamaño que el resto de sus compañeros, pero mucho más valiente y decidida y más feroz también, cuando hace falta. No se lanza a morder inmediatamente, pero ha oído y entendido la orden, sabe que tiene licencia para atacar y acecha, semiagazapada y gruñendo, el momento propicio para obedecer al amo.

El leñador se ha detenido y los otros tres permanecen también quietos.
Francés está junto a las acémilas. Examina cuidadosamente a la que está más cargada. Mantiene el cuchillo bien agarrado en su mano derecha. ¿Va a degollar a la bestia? No; su mano izquierda se ha deslizado por debajo del serón cargado de leña ¿va a desventrar al animal de una cuchillada?

-¿Eh, qué vas a hacer? -vuelve a gritar el leñador, aunque esta vez ha tenido buen cuidado de no moverse porque Perla gruñe muy cerca de su pierna. Podría tratar de golpearla con el hacha, pero están los otros dos perros y los hombres, y, además, una cosa es robar leña en el monte y otra agredir con un hacha a los perros, a los hombres y al propio hijo de la señora de Xavier.

-¡Esto voy a hacer!
El afilado cuchillo manejado con fuerza y habilidad ha dado unos cuantos cortes y, sin tocar siquiera la piel del animal, le ha liberado de todas las correas y sogas que sujetaban sobre su lomo la carga de leña. Los serones han caído pesadamente al suelo. Y ahora sí que se ha espantado el animal. Ha saltado de costado dando corcovos, ha comprobado que el ronzal que lo sujetaba al arbol también ha sido cortado y ha salido huyendo monte abajo por los gritos de Francés, que le anima en su huida:

-¡Ahíjú, ahíjújújú...! ¡Corre, no pares hasta llegar a casa!
-¡Maldito, maldito, maldito...! -escupe rojo de rabia el leñador.
-¿Me daréis las hachas ahora?
-¡Lo que te vamos a dar es...!
Francés se acerca, cuchillo en mano al segundo animal cargado.
-¡No cortes ese aparejo también! -esta vez es otro de los leñadores el que habla.
-¡Dadme las hachas!
-¿Para qué las quieres? ¿Qué harás con ellas?
-Las llevaré al cast..., a casa, a Xavier. Si quereis recobrarlas, iréis allí y pagaréis por ellas la multa debida...
-¡Yo no te entregaré nada! -asegura tozudo el leñador robusto, pero habla ya con mucha menos insolencia.

La mano de Francés palpa ya el vientre de la segunda acémila en busca de la cincha...
-¡No, no lo hagas! ¡No destroces esa también!
El hombre habla dirigiéndose a Francés en un tono más que conciliador:
-Un aparejo cuesta mucho, ¿sabes? No lo cortes. Yo te daré mi hacha, pero... -y ahora ya habla con un acento lastimero que quiere inspirar compasión-: ¿Si no cortamos leña en el Ferrandillo, de dónde la obtendremos? Somos leñadores, vivimos de este oficio.
-Eso contádselo a los del Concejo, que ellos os digan de dónde podéis cortar leña... -se oye decir Francés en frases secas y cortantes y con una voz bronca que apenas reconoce como suya.
El leñador bravucón ha terminado por ceder, a la vista de que sus compañeros se han rendido.

Los tres hombres se han marchado cabizbajos por el camino que lleva a Sangüesa llevándose a las dos acémilas, que marchan, saltarinas y ligeras, con los serones vacios...
Las hachas y la leña han quedado en poder de las gentes de Xavier, y es más que probable que de ahora en adelante los leñadores de Sangüesa lo piensen dos veces antes de subir al Ferrandillo para hacer leña.

El pequeño de Xavier es un jovencito que aún no luce barba, pero que demuestra poseer ya todo el genio, el fuego y el temple de su casta.
Mejor no enfrentarse con él...
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 9: Doña María sabe llorar

Durante semanas, despierto y bien despierto, Francés ha vivido la más espantosa de las pesadillas. Un piquete de diez soldados ha tomado posesión del castillo y ha vigilado los movimientos de cada uno de sus habitantes.

El licenciado Salazar, asistido por un secretario, ha recorrido todas y cada una de las estancias y dependencias, inspeccionando, registrando, investigando, preguntando. Nada ha escapado a su fiscalización, ni siquiera los arcones en que guardan sus ropas las mujeres.
Francés, impotente, ha tenido que soportar que las miradas vigilantes y un tanto burlonas de los soldados le sigan en cada uno de sus movimientos a través de su propia morada, y, lo que es más, ha visto esas miradas escrutadoras e impertinentes seguir los pasos de su madre, de su tía, de Gracieta, de Pachica...

Y lo peor no le ha llegado todavía...
El licenciado Salazar se ha instalado en la mesa que fue de su padre y se ha dedicado a revisar sistemáticamente carpetas, legajos, documentos, cartas...
-¿Qué se guarda en ese arcón?
-Nada que os pueda interesar, documentos familiares -ha contestado doña María.
-Abridlo, por favor.
-Os aseguro que nada de lo que se guarda ahí puede tener el menor interés para vos...
-Os creo, señora; y, sin embargo, os ruego me hagáis la merced de abrirlo -las formas del licenciado Salazar están siendo en todo momento corteses, pero sus frases son exigentes y firmes; no hay lugar a dudas, tiene autoridad y está dispuesto a ejercerla.

Doña María no ha tenido más remedio que desprender la llave de su cintura y abrir el arcón... Y lo que allí se ha encontrado ha parecido interesar muchísimo al licenciado Salazar.
Francés tiembla en su interior al verle leer y releer las cartas que Miguel ha recibido en los últimos meses y los borradores de las misivas que él ha escrito desde esta misma mesa... ¿Qué va a ocurrir ahora?
Una malhadada tarde se ha detenido ante el castillo una pequeña caravana de carros y caballerías. Llegan en ellas unas cuadrillas de hasta cuarenta y siete hombres. Son canteros y peones y vienen armados de piquetas, mazos y barras de hierro.

-Órdenes del cardenal -ha sido la escueta explicación del licenciado Salazar-. Está fuera de toda duda que este castillo ha sido albergue de conspiradores. Hay documentos en mi poder que lo prueban... El castillo debe ser arrasado... Y no sólo él, también vuestra torre de Azpilcueta será abatida... Y de vuestra casa de Pamplona se tomará toda la madera aprovechable para la obra de la nueva fortaleza.
-¡Pero eso es injusto! ¡Se está cometiendo contra esta familia un atropello inmerecido! ¡Siempre hemos estado al servicio del Rey Católico! ¡Mi hijo Miguel está en Pamplona empleado en el servicio de Su Majestad, al igual que mi sobrino Esteban de Zuasti.

Francés escucha las alegaciones de su madre lleno de un infinito asombro. ¡Está mintiendo! ¡Miente con un desconcertante aplomo! En Xavier se ha conspirado... Y Miguel no está en Pamplona; está, con Juan y muchos de sus hombres, incorporado a las fuerzas que el rey de Navarra tiene apostadas allende el Pirineo en espera de una ocasión propicia. Sí es cierto, en cambio, que está en Pamplona, y sí es cierto también que está al servicio del Rey Católico. Se ha sabido últimamente que forma parte de las gentes que el duque de Nájera ha reclutado... Esteban de Zuasti a sueldo del virrey... Fanfarrón, tramposillo y ambiguo Esteban...

Las cuadrillas recién llegadas trabajan aprisa y metódicamente.
Caen el muro exterior y su paso de ronda. Las dos torres redondas, la torre del puente levadizo y el portón de entrada. Al suelo se han venido las obras de fortificación: almenas y pegueras. Se derriba hasta la mitad la torre del homenaje.
Con todos los materiales que han caido a tierra se llena el foso; y se destruye el puente levadizo.
Francés asiste durante dos semanas a este pavoroso destrozo con los puños crispados y un desolado espanto cuajado en los ojos. ¡No poder hacer nada...!
Y los canteros se disponen a continuar...

-¡No, por favor, por Dios y por todos los santos! ¡Los aposentos de la familia no los destruyáis! ¿Dónde viviremos si destrozáis nuestra morada? ¡Tened compasión, tened compasión de mí, de todos nosotros...!
Doña María, llorosa, ha venido a suplicar, humilde, abatida, doblegada, ante el licenciado. A Francés le horroriza el temor de verla caer de rodillas frente al hombre que acaba de dirigir, impávido, el bárbaro castigo...

El licenciado, después de un rato de reflexión, ha terminado por atender los ruegos encarecidos de la viuda.
-Bien, esperemos que lo ya hecho sirva de lección y escarmiento. Dejaremos la casa como está. Partiremos mañana. Hemos de hacer obras parecidas en Sangüesa. No olvidéis que estaremos vigilantes y que podemos volver en cualquier momento.
Y es cierto que se han ido a seguir su labor de destrucción en otros lugares. Detrás han dejado una familia dolorida y un castillo de Xavier que ha perdido toda la gallardía fuerte y airosa que ha tenido hasta hoy. Es ahora sólo una construcción desfigurada y chata, poco más que una casa de labranza.

En un último gesto de salvajismo y prepotencia, los soldados, antes de retirarse, han hecho hogueras con gran parte de los documentos que Salazar ha despreciado y ha dejado esparcidos por mesas y anaqueles.
Por el aire, convertidos en pavesas, han volado viejos títulos de propiedad, cartas, nombramientos del Consejo Real de Navarra, antiguos contratos matrimoniales, actas notariales certificando acuerdos sobre olvidados pleitos... Los anales de la familia reducidos a cenizas...

Luego, han destrozado el jardín y las conejeras, llevándose todos los animales que han podido cargar en los arzones de sus caballos.
Francés ha visto partir al grupo de soldados. Lo que ha vivido es tan grave que ni siquiera siente alivio al verlos desaparecer en dirección a Sangüesa. A su alrrederor quedan ruinas y desconsuelo y un grupo de mujeres tan abatidas que ya ni sollozan.
Gracieta ha venido a colocarse a su lado y habla en voz queda y como sonámbula:

-Doña María sabe llorar... -murmura roncamente, con el gesto abrumado de quien acaba de descubrir una realidad sobrecogedora.
Sí, también a Francés le han dejado atónito las lágrimas de su madre. Ella ha sabido llorar en el momento oportuno igual que antes fue capaz de mentir sin vacilación ninguna; y gracias a sus lágrimas se ha conseguido que al menos parte de la casa quede en pie.

Triste y angustiosa experiencia para este adolescente que va creciendo, comprobar que la única defensa que puede quedarle a esta familia son las lágrimas, más o menos sinceras, de la madre; pero ¿qué puede hacer él?
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 8: ¡Órdenes del cardenal!

Avanza la primavera. Hoy hace un día espléndido. Ni una nube en el cielo ni un soplo de aire sobre las mieses.
Francés ha vuelto de sus clases, ha dejado libros y cuadernos en su aposento y con un:

-¡Me voy a nadar al río! -lanzado a través de la casa para que lo recoja cualquiera de las mujeres que trajinan en los quehaceres domésticos, va hacia la salida llevando bajo el brazo el viejo calzón de lienzo que utiliza para sus baños en el río Aragón.

-¡Anda con cuidado, que el río baja crecido! -es la recomendación de doña María, que le llega desde la sala.
-Al volver, tráete del Molinaz un saquillo de harina flor; quiero hacer unas tortas de piñones para mañana -ha pedido Pachica desde la entrada de la cocina.
-Muy bien. Hasta luego...
Cuando pasa ante las caballerizas, invita:
-Venga, León, ¿te vienes al río?
Cuatro saltos entusiastas y media docena de sonoros ladridos son la respuesta. León ya sabe toda la estupenda diversión que pueden ser estas sesiones de natación con Francés de Xavier.

Camino del río el muchacho ha recogido un trozo de rama del grueso de su brazo y de más de dos palmos de largo. Y mientras avanza, lo va descortezando con cuidado para dejarlo pulido y sin astillas.

León conoce por experiencia para qué va a servir y salta alrrededor de Francés tratando de quitarle la rama de las manos:
-¡No seas pelmazo, León! Mira que me enfado y te mando a casa...
León finge una sumisión atemorizada...
El juego entre el espléndido muchacho y el magnífico animal ha comenzado.
Los dos conocen las reglas y los dos se entregan al ejercicio con toda la energía de sus cuerpos jóvenes, fuertes y bien entrenados.

León no es precisamente un perro de aguas, aunque es muy posible que en la linea ascendente de sus antepasados haya habido alguno. ¿quién sabe? Desde luego su pelo es bastante más largo y más sedoso que el de cualquiera de sus compañeros en las perreras de Xavier. Lo que si parece ser sin duda es un animal que sabe aguardar al acecho.

Mientras Francés se despoja rápidamente de sus pocas ropas y enfila el viejo calzón, el perro le ha mirado hacer en un tenso silencio, y sólo un leve parpadeo y un cierto temblorcillo en la nariz revelan el esfuerzo que está haciando para mantenerse absolutamente quieto y esperar...

-¡Al agua, León!
Una rápida carrera hasta la misma orilla, un salto y los dos cuerpos entran en el río en medio de estrepitosos chapoteos.
Francés ha conservado en su mano el trozo de rama y ahora levanta el brazo para mostrárselo al perro que nada cerca de él.
-¿Lo ves, León? Ahora lo tiro, pero ¡no vayas por él todavía, eh?
El perro viene a colocarse lo más cerca que puede del muchacho. El trozo de madera ha descrito un leve arco por encima del agua y luego ha caído y ha comenzado a navegar despacio arrastrado por la corriente.
Francés se sostiene a flote nadando con un brazo mientras agarra con la otra mano la pelambre empapada del cuello del perro.

Deja pasar unos largos instantes y luego:
-¡Vamos!
Nadan el muchacho y el perro casi a la par, pero Francés no tiene que esforzarse mucho para ser en el agua más rápido que León. Cuatro brazadas más y ha conseguido agarrar el madero. Claro que inmediatamente después le alcanza León, y ahora el juego simula una lucha feroz, y hay un remolino de brazos y de patas y un embarullado volverse y revolverse de cuerpos que se hunden y reaparecen resoplando, gritando, riendo, ladrando...

El ritual supone ahora que, después de mucho forcejeo, Francés cede y León se aleja hacia la orilla con el trozo de rama entre los dientes; Francés nada a su lado hostigándole sin cesar al hacer amago continuamente de que le intenta quitar la rama de la boca.
Al fin han llegado los dos a la orilla y trepan hasta la diminuta playa de arena que ha creado la corriente en esta leve curva del río. Francés se deja caer de rodillas y agarra con las dos manos la madera que aún guarda León bien aferrada entre los dientes:

-¡Suelta, fiera, suéltala! ¡Es mía...! -y ahora sí que la lucha enfrenta a los dos amigos en igualdad de fuerza. El perro, en tierra, es tan fuerte como Francés, quizá más para muchas cosas... Y seguramente León no soltaría la madera si no fuera porque Francés le acosa sin cesar tirando de ella con energía... y porque está deseando abandonar la lucha para poder sacudirse a gusto y librarse de toda el agua que su pelo ha retenido.
-¡Vete lejos a sacudirte, animal!
Es tarde; una rociada de agua fría ha salpicado al muchacho de pies a cabeza.
-¡Te voy a...!

¿Van a iniciar un nuevo juego en tierra? León ya se dispone para recibir la embestida del muchacho, que se tirará contra él para remedar una lucha en que se supone que intentará sofocarle agarrándose a su garganta. Y el jugará a defenderse lanzando feroces dentelladas entre roncos gruñidos amenazadores... completamente inofensivos.
-¡Francés, Francés...! ¡Toñico, saca a Toñico, que se ha caido al agua...! ¡Francés, Francés..., Toñico...!
El angustiado grito en demanda de socorro llega desde el murete de la prensa del Molinaz; la que grita es Lucía, la criada de Alonso, el molinero.
Un salto para ponerse en pie, una rápida ojeada sobre el agua para localizar al chico que patalea hundiéndose y reapareciendo, y ya están perro y muchacho de nuevo en el agua.

Rescatar a Toñico de las revueltas aguas ha sido difícil y laborioso. El río baja ciertamente crecido.
La corriente forma en algunos sitios remolinos; y no es lo mismo nadar libremente por el trecho elegido y conocido que tener que tirar de un fardo de ropa empapada dentro de la que se debate un chiquillo espantado...

-León..., ¡suelta, suéltale...! ¡Fuera, vete...! ¡Suelta... te... digo... sueltaaa...!
El perro resulta un estorbo. Está convencido de que el juego continúa y quiere disputarle su presa a Francés.
Al fin ha conseguido remolcar a Toñico hasta la orilla, pero la corriente los ha arrastrado río abajo a varios cientos de pasos del molino.
Francés jadea fatigado por el esfuerzo. El pequeño tose, vomita, lloriquea, escupe... y tiembla de frío y de susto dentro de sus ropillas que chorrean en hilillos delgados por todas partes.

León, se sacude una y otra vez, esparciendo a su alrrederor una nube de agua pulverizada que alcanza al muchacho y al niño, pero ahora nadie le recrimina; Francés está demasiado cansado y completamente concentrado en ayudar y sostener al chiquillo, que poco a poco, va recobrando un ritmo de respiración más regular.
-Ma... madre..., ma... madre..., -llora hipando Toñico.
-Ya, ya viene..., ya viene tu madre -le tranquiliza Francés, que tampoco ha recobrado aún del todo el aliento.
Lucía llega corriendo y gritando entrecortadamente:
-¡Toñico, hijo, hijo...! ¡Ay, Francés, Dios te bendiga! ¡Dios te bendiga! Toñico, hijo, hijo, hijo...
Toñico ahora llora a moco y baba mientras la madre le besa, le abraza y le quita a tirones la ropa empapada para envolverle luego en su propio delantal.

-Francés, en pie, a su lado, les contempla y reprocha:
-Podrías..., deberías tener... más cuidado con el diablo del... chico. ¿Y si se cae... al agua un día que yo no... no estoy aquí?
-¡Si no se acerca al agua más que cuando tú estás nadando! ¡Si lo que quiere es jugar contigo en el río!
-¡Pues átale a tus sayas cuando yo vengo! ¡O mejor, ensénale a nadar.
-Yo no se nadar, ¡válgame el cielo! ¿Cómo iba a saber nadar una mujer? ¡Qué cosas se te ocurren, muchacho!
-Bueno, pues ya le enseñaré yo...
-Es sólo una criatura de tres años...
-Si tiene edad para caerse al río, deberá tenerla también para aprender a salir de él..., o se ahogará cualquier día. Poco más de sus edad tenía yo cuando mis hermanos me enseñaron a...

Han emprendido la vuelta hacia el Molinaz por la vereda que sigue el curso del río. Francés, seguido de León, marcha delante. Camina despacio y con cuidado porque va descalzo. Detrás viene Lucía con el crío en brazos.
Corriendo hacia ellos llega ahora Gracieta:
-¡Francés, Francés, ay, Francés...!
Llega llorosa, pálida y desencajada:
-¡Ay, Francés...!
-Pero no llores, boba, ¡si no ha pasado nada! Si Toñico está bien, un remojón y nada más... ¡Míralo, ahí atras viene...! ¡No le ha pasado nada...!
-En casa..., en el castillo..., han venido hombres, soldados y un capitán..., y están registrando... -es el entrecortado informe de la muchacha.
¡Soldados en el castillo! Francés olvida su fatiga y emprende una carrera saliéndose de la vereda para cortar campo a través.

Y es Lucía, la que, desde lejos, tiene que recordarle:
-¡Que te olvidas de tu ropa! ¡Que vas desnudo! ¡Que la señora no querrá que llegues así a casa...!
De cualquier manera se viste Francés encima del calzón empapado y así, descalzo, desabrochado, despeinado, sin aliento y ansioso llega corriendo hasta la entrada del castillo, donde frenan su carrera la visión de dos soldados apostados a ambos lados de la puerta y el brazo amigo de don Miguel que le detiene, mientras le informa en voz alta:

-¡Órdenes del cardenal regente...! -para luego añadir en un tono que es apenas un susurro-: Aguarda, sosiégate. Entremos juntos. Tú y yo no podremos declarar nada porque nada sabemos, ¿entendido?
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 7: Tiempos difíciles

A Francés le halaga que sus hermanos mayores le consideren capaz de ocupar el puesto de hombre de la casa, pero la verdad es que le asusta un poco verles marchar, cada vez con más frecuencia, lejos del castillo en sus correrías guerreras.

Ahora han vuelto a partir, acompañados de todos los hombres que han podido reclutar en Sangüesa y en sus alrrededores, para salir al encuentro del mariscal, que desciende con sus tropas por el valle del Roncal.
En San Juan de Pie de Puerto aguarda don Juan con las suyas. Si el mariscal consigue avanzar valle abajo, el rey entrará por Roncesvalles y cada uno de los dos ejércitos apoyará la maniobra del otro para caer juntos sobre Pamplona, y desde la capital, avanzar luego para ocupar toda la ribera de Navarra.

Francés tiene aún muy pocos años, y aunque en el presente es ya un muchacho grande y fuerte en lo exterior y sensato y responsable en lo interior, no tiene aún ni edad ni madurez suficientes para sentirse a gusto en el puesto que le está tocando ocupar como compañero, ayudante y colaborador de su madre en las tareas de gobernar y administrar el patrimonio familiar.

Y para venir a hacer aún más pesada la carga que ya soportan sus hombros juveniles, empiezan a llegar noticias terribles: mensajeros, guardas, pastores y buhoneros van trayendo a retazos la historia, que acaba por concretarse... El mariscal ha sido derrotado el el valle del Roncal por el ejército de Castilla al mando del coronel Villalba, el fiero soldado de las campañas de Italia. El mariscal, y con él Juan y Valentín de Jaso, Juan de Olloqui y uno de los Ezpeleta, han sido capturados y los han llevado prisioneros a la fortaleza de Atienza, en Guadalajara...

El rey don Juan, en cuanto ha recibido la noticia de la derrota de su mariscal, se ha retirado con toda su gente al otro lado de los Pirineos, esperando una mejor ocasión de hacer campaña para recuperar su reino.
¿Dónde están Juan y Miguel de Xavier? ¿Qué ha sido de ellos? ¿Llegaron a encontrarse con las tropas del mariscal? ¿Están ellos también prisioneros en Castilla?
Tan pronto como la noticia de la derrota de las tropas del mariscal se ha extendido por la comarca, empiezan a producirse cambios que afectan a la vida diaria del castillo. Los ocho roncaleses que Juan había dejado como guarnición han abandonado las armas y han desaparecido una noche para ir a perderse por los vericuetos de su valle nativo.

Doña María se ha apresurado a dejar en libertad a Pedro de Castro y le ha pedido disculpas al abrirle la puerta del calabozo:
-Espero que no tendréis queja de cómo se os ha tratado. Os ruego que no me guardéis mala voluntad. Todo esto no son más que las desgracias de los difíciles tiempos de guerra que vivimos.
El alcalde de Sangüesa es un cumplido caballero que sabe cómo conducirse correctamente con una dama, pero eso no le impide recordarle a doña María, antes de despedirse:

-No sería de cristianos guardar mala voluntad a quien generosamente y durante tantas semanas me ha hospedado... aún en contra de mis deseos; pero no sería tampoco honrado por mi parte olvidar que en este lugar se ha conspirado contra Castilla y que en él se han reunido deservidores de su majestad.
La frase ha quedado flotando en el aire como una amenaza. Xavier tiene una deuda pendiente con Castilla...