HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

lunes, 14 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 15: Adios a Xavier

En Xavier, como en toda la Navarra de este lado de los Pirineos, la vida empieza a transcurrir, por fin, al ritmo de la paz.
Miguel se ha hecho cargo de sus obligaciones y responsabilidades como cabeza de la familia y señor de Xavier.

A Juan le ha cedido doña María el señorío de Azpilcueta y algunas otras posesiones. Y los dos hermanos consideran que les ha llegado ya el momento de pensar en casarse, en fundar una familia. Doña María y tía Violante contribuyen más que gustosas en la tarea de ayudarles a repasar la lista de muchachas en edad adecuada procedentes de familias que por su historial , rango y situación económica merezcan ser elegidas para emparentar con la casa de Xavier.

Para Francés, como ya puntualizó doña María hace años, no hay previstos ni títulos, ni señoríos, ni posesiones; pero la ley y la costumbre le conceden ciertos derechos y Miguel está dispuesto a asumirlos:
-Yo te proveeré de todo cuanto necesites hasta tanto que no seas capaz de independizarte y vivir dignamente por tu cuenta de lo que ganes.

-¿Qué te propones hacer? -ha preguntado Juan. Y porque Francés se demora unos segundos en contestar, se adelanta a proponer: -Quizá deberías seguir la carrera de las armas... Miguel y yo hemos dejado en muy buen lugar el nombre de Xavier. Tendrías muchas puertas abiertas. Se te ofrecerían magníficas oportunidades. El emperador necesita buenos capitanes y los navarros tenemos una bien ganada fama de bravos y leales.

Francés niega lentamente con el gesto al tiempo que habla sin dirigirse en particular a ninguno de los que le escuchan atentos a sus palabras:
-No, yo no siento ninguna inclinación por la existencia azarosa del soldado. Pienso con gusto en la vida sosegada del estudio. Yo seguiré la carrera de los libros como nuestro padre. Me atrae la idea de aprender, de aprender todo lo que buenos maestros puedan enseñarme para quizá luego dedicarme a enseñar a otros lo aprendido, como lo hace nuestro pariente Martín de Azpilcueta.

-¡Así que quieres ir a la universidad! -se asombra Juan, seguramente porque la idea del estudio está lejísimos de sus propios gustos y capacidades.
-Volveremos a tener en esta familia un doctor Jaso -ha comentado complacida doña María-. A vuestro padre le hubiera gustado ver que, al menos, uno de vosotros le seguía por el camino de las letras.

Toda la familia habla estos días de los proyectos matrimoniales de los dos mayores y de los planes que el más jóven hace para su futuro. Y el eco de los comentarios ha llegado lejos.
Desde Gandía, una carta de sor Magdalena dice:
-Me place sobremanera saber que mi hermano Francisco se decide a seguir el camino del estudio. Estoy cierta de que será gran servidor de Dios y de la Iglesia...

Y desde Salamanca Martín de Azpilcueta escribe:
-Si se ha decidido a estudiar y quiere tener en cuenta mi consejo, yo creo que debería ir a París; aquella universidad es en este momento la que imparte mejores enseñanzas en el campo de la filosofía y la teología.

Y ha quedado decidido: Francés irá a París.
Miguel ha conseguido hacer una cierta provisión de dineros para que el menor de los hermanos pueda viajar holgadamente e instalarse en la universidad como corresponde a su condición de miembro de una familia de hidalgos acomodados.
Y las mujeres de la casa han cosido durante horas y horas para prepararle un buen equipo de ropa.

Gracieta, inclinada sobre su labor, prende en cada puntada el más delicado caríño y el más cuidadoso esmero. Y mientras su mano guía la aguja que entra y sale en la tela, su cabeza trabaja al ritmo cadencioso de la costura. "Se va... Esta vez, Francés se va, se va de veras y se va lejos... ¿Volverá...? ¿Cuándo volverá, si es que vuelve...? ¿Y cómo será cuando vuelva y qué pensará y qué hará? Esta casa sin él se va a quedar vacía, vacía y triste... Y yo..."

¿Se da cuenta Francés de toda la desolación que su inminente partida está haciendo sentir a alguien tan cercano? Probablemente no.
Está viviendo en estos últimos días del verano de 1525 las emociones encontradas del que se aleja por primera vez del hogar. Tiene ya diecinueve años y apenas ha salido de Xavier en viajes muy cortos por la región para visitar a parientes y allegados en cuyas casas ha sido recibido y albergado por gentes que le quieren, a las que conoce y a las que le unen lazos familiares. Ahora se va a marchar lejos, fuera incluso de las fronteras de su propio país... Se va a encontrar en un medio completamente extraño y desconocido, con gentes nuevas con las que tendrá que entenderse en lenguas que no le son habituales como las que habla aquí... Y, sin embargo, quiere verse ya allí... Le interesa tanto todo lo que esta nueva vida le ofrece... Y, por otro lado, desea tánto dejar atrás la tediosa rutina diaria de Xavier, con sus fastidiosos pleitos con granjeros, leñadores, almadieros...

Pensar en arrancarse de lo conocido y amado es duro; está seguro de que adaptarse a lo nuevo también le va a costar esfuerzo... Sí, Francés está viviendo en estos días emociones intensas y esto le hace menos capaz de hacerse cargo de los sentimientos que embargan a los que están ayudándole a hacer los preparativos para su partida.

Hoy, al entrar, se ha contrado con Gracieta que se ocupa en renovar el aceite de la lamparilla que arde continuamente ante el Santo Cristo.
Y se ha detenido junto a la muchacha para hacerle una confidencia:
-¿Sabes? Hace ya muchos años soñé una noche que unas invisibles fuerzas poderosas me llevaban lejos, muy lejos de aquí, pero que yo no dejaba de verle...
-Ahora te vas... y ya sólo podrás verle si le guardas en tu memoria...
-¿Te acordarás de pedir por mí cuando vengas ante Él?

-Todos los días le pediré por tí, todos y cada uno de los días hasta que vuelvas... Porque volverás, ¿Verdad?
-¡Claro que volveré! Y cuando vuelva...
Ciertamente tiene el firme propósito de volver. Tan pronto como haya conseguido los títulos universitarios que ambiciona, volverá, y entonces...

La convicción de que algún día le verán retornar ha suavizado un tanto el dolor de los que le despiden.
Allá va, jinete en el mejor caballo que se ha conseguido encontrar, el hijo más pequeño de la casa de Xavier.

Y a medida que el paso de la cabalgadura le aleja de su hogar, de su valle y de su tierra va creciendo más y más en el caballero la convicción de que está dejando atrás para siempre al adolescente Francés de Xavier para empezar a ser desde ahora Francisco, un hombre jóven que con ánimo decidido y corazón alegre se encamina ilusionado hacia esa sede de la sabiduría que es en este momento la universidad de París.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 14: ¡Son navarros!

Primavera de 1521. Un ejército compuesto por tropas francesas y navarras ha franqueado los Pirineos y marcha hacia Pamplona. Lo manda el militar francés monsieur de Asparrots.

Esta nueva ofensiva para recuperar la Navarra ocupada se hace aprovechando momentos de especial vulnerabilidad de las fuerzas castellano-aragonesas de guarnición en la capital.

En Castilla se han levantado las gentes para protestar contra las arbitrariedades de los gobernantes y el duque de Nájera ha tenido que desprenderse de la mayor parte de sus tropas para cederlas al ejército real, que lucha contra los Comuneros.

La situación de Pamplona es tan apurada y las noticias que llegan sobre el avance de numerosos contingentes de hombres tan amenazadoras, que el propio virrey se ha decidido a marchar a Castilla. Va a pedir personalmente ayuda para repeler el ataque de las huestes que se acercan desde los Pirineos; pero ya es tarde.

El día 19 de mayo las tropas franco-navarras han ocupado Pamplona sin necesidad de lucha alguna. Los habitantes no se han defendido. No deseaban en absoluto luchar en sus calles. Es más, gran parte de la población ha recibido a las tropas con el entusiasmo y la alegría con que se ve llegar a los libertadores.

Sólo en la fortaleza queda un grupito de soldados que se resiste tenazmente a entregarse.
Con las tropas que asedian la fortaleza se encuentran los hermanos Miguel y Juan de Xavier. Entre los que dentro de ella soportan los rigores del cerco, sin cejar en la defensa, se halla un gentilhombre guipuzcoano adscrito al servicio del duque de Nájera. Se llama Iñigo de Loyola y está firmemente empeñado en lograr que la fortaleza no se rinda.

Tres días de intenso cañoneo han abierto al fin, en las recias murallas, un enorme boquete. Las tropas sitiadoras han podido entrar y tomar posesión de este último reducto defensivo. En los sótanos han encontrado muchos muertos y heridos. Entre estos últimos está el gentilhombre Iñigo de Loyola. Tiene una pierna herida y la otra rota por varios sitios. Al parecer le alcanzó una bombarda cuando estaba vigilando en lo alto de la fortaleza.

El ejército franco-navarro no se ha detenido en Pamplona. Ha continuado un avance arrollador en el que ha llegado hasta Logroño, donde las tropas castellanas han detenido su marcha.

Hasta Xavier han llegado, aunque confusas y con retraso, noticias sobre batallas, movimientos de tropas y liberación de territorios.
¿Será verdad que Navarra vuelve a ser un reino independiente, que es inminente la llegada del rey y que se restablece la paz?

Los corazones se han llenado de esperanza. Y los ojos otean continuamente los caminos. No parece disparatado aguardar que, en cualquier momento, aparezcan dos jinetes, los dos hijos ausentes que pueden ya abandonar las armas y las angustias y sobresaltos de la guerra para reincorporarse a la sosegada rutina de la vida familiar.

Han pasado días y semanas, muchas semanas. Los corazones han ido perdiendo la esperanza y los ojos se han fatigado de escudriñar en vano las lejanías.

Al fin, llega alguien. No son dos jinetes, es uno sólo y no es ninguno de los hijos de la casa. El que desmonta al pie de la rampa es Esteban de Zuasti.

-¿De dónde sales tú ahora? ¿Qué sabes de Juan y Miguel? ¿Dónde está el rey Juan? ¿Es cierto que pronto volveremos a vivir tiempos de paz? ¿Qué puedes contarnos de...?

Y el aluvión de preguntas podría haber continuado. Las gentes de Xavier andan tan ansiosas por conocer noticias y saber qué esta pasando...
-Os contaré, os contaré lo que yo se... -pero dejadme primero que me lave un poco y que beba algo.

La familia se ha reunido poco después en la sala para oir lo que el recién llegado está ya en disposición de narrar.
-Cuando nuestras tropas y las francesas entraron en Pamplona yo no me encontraba allí. El virrey nos había enviado a Tordesillas. Debíamos unirnos al ejército real que luchaba para reducir el levantamiento de los Comuneros. En cuanto pude volví a Navarra. En Pamplona me encontré con Juan y Miguel. Pasé unos días estupendos con ellos. Festejamos juntos su entrada en la capital. ¡Estábamos todos tan felices...! Claro que yo luego empecé a pensar que aquello no iba a durar mucho. Yo sabía lo fuerte y poderoso que es el ejército real de Castilla. ¡He formado parte de él en la lucha contra los Comuneros! Y sabía que tan pronto como se acabase con la resistencia de los rebeldes todo el grueso de la tropa sería lanzada a recuperar Navarra, así que recapacité y enseguida decidí lo que me convenía hacer. Me ofrecí al señor de Asparrots para hacerme cargo de un tal Iñigo de Loyola que había sido herido en el asedio de la fortaleza. El francés y el guipuzcoano se conocían de antiguo, al parecer. Y monsieur de Asparrots quería enviar a Loyola a su casa. A mí me interesaba salir de Pamplona para que las tropas castellanas no me encontraran allí, si volvían... Así es que... Me habéis preguntado que de dónde salgo. Pues vengo de Loyola. He dejado al herido en manos de su familia. Un tipo duro ese Loyola, estaba malherido y le tuvimos que transportar en litera. No le oímos ni una queja en las tres semanas que nos llevó el viaje. Llegó agotado. No sé yo si sobrevivirá...

La vida o la muerte del herido Loyola no merece ningún interés a los que escuchan a Esteban.
-¿Dónde están ahora Juan y Miguel? ¿Qué está pasando en Pamplona?
-Pues en Pamplona, como yo lo había previsto, vuelven a estar las tropas castellanas. Hay un nuevo virrey. Los nuestros fueron forzados a salir de la ciudad. He oído que en los campos de Noain ha habido una gran batalla y los navarros han salido derrotados. Y se dice que los restos del destrozado ejército se han refugiado en las fortalezas de Maya y Fuenterrabía. Espero que Miguel y Juan estén por allá. No creo que tengan ninguna posibilidad de resistir a las tropas castellanas durante mucho tiempo. Se dice que el rey Carlos ha dictado sentencia de muerte y pérdida de todos sus bienes a los que se atrevan a desobedecer su mandato de rendirse sin condiciones.

No pueden ser peores las noticias que, al cabo, se ha decidido a comunicar el primo Esteban. Los que le han escuchado se sumen en un abrumadora pesadumbre. ¡Condenados a muerte y a la pérdida de los bienes! ¿Qué será de la familia si la sentencia se cumple? ¿Se mantendrán Juan y Miguel en rebeldía a pesar de todo?
Cada uno de los reunidos en la sala se concentra en sus propios pensamientos.

"Le hice un favor al francés y, al mismo tiempo, he trabajado en servicio de un caballero guipuzcoano leal al rey Carlos. Ha sido la mía una jugada maestra. No es tan dificil servir a dos señores... si se hace con la suficiente habilidad y no se pierde de vista el propio provecho...", se complace ufano Esteban.
"Si mis hijos hubieran sabido actuar a la manera que lo ha hecho Esteban...", se dice doña María.

"Tramposo, ambiguo, maniobrero Esteban... Me alegro de que mis hermanos no se parezcan nada a él...", reflexiona Francés.
"Compadécete, Señor, de los que acudimos confiadamente a tí en los momentos de aflicción", es la plegaria de tía Violante dirigida al Santo Cristo que preside el oratorio y la vida familiar.
Y han pasado años. Transcurre la vida, austera y monótona, en el demolido castillo de Xavier. Las primaveras traen el paso de los rebaños, las labores de esquileo, el reverdecer de los campos; el verano las cosechas, el trabajo en la salina; el otoño la vendimia, las faenas del lagar y la bodega; el invierno el paso de las almadías y la recogida de la aceituna... Y para Francés, durante todo el año, además de sus trabajos de vigilancia de la hacienda familiar, transcurren las horas de dedicación personal al estudio.

En las caballerizas casi vacias los halcones de Juan han envejecido y, faltos de cuidados y ejercicio, aparecen flacos y alicaídos. En el despacho del primer piso, los anaqueles abiertos y el arcón vacio recuerdan pasados atropellos y la ausencia del señor... Y se han enmohecido en la armería el par de viejas espadas olvidadas y las dos o tres lanzas rotas que los soldados dejaron abandonadas...

Allá lejos, en la masiva fortaleza de Fuenterrabía, un esforzado grupo de leales al rey navarro todavía mantiene una desesperada defensa ante las tropas castellanas. Miguel y Juan de Xavier forman parte de este puñado de fieles que no se dejan abatir. Han soportado meses de asedio, inviernos terriblemente crudos, escasez de alimentos, aislamiento...
El virrey que manda la tropa sitiadora se asombra de la heroica firmeza de estos hombres.

-¿Cómo pueden seguir resistiendo?
Y el conde de Lerín, que le acompaña, responde con espléndida llaneza:
-No hay de qué maravillarse, señor; ¡son navarros...!

Ha vuelto a España el rey Carlos, investido ya de la alta dignidad imperial. Y ha sido debidamente informado de cómo andan las cosas en Navarra. Su buen sentido político le hace ver lo conveniente que será para todos sus reinos llegar a conseguir la paz. Y se decide a hacer las concesiones necesarias para lograrlo. Revoca la sentencia de muerte y el embargo de bienes de los que aún resisten en Fuenterrabía. Les asegura unas honrosas capitulaciones si aceptan pacíficamente reconocerle como soberano, y les promete la posibilidad de disfrutar de nuevo los mismos honores y privilegios que gozaban antes de iniciarse la contienda.

Después de tantos años de ausencia, Miguel y Juan han vuelto a casa. Se acabaron para ellos las aventuras y desventuras de la guerra.
Y entre el alborozo y las efusiones del reencuentro han descubierto con sorpresa lo enormemente transformado que está Francés. El hermano pequeño ha dejado de ser pequeño.

-¡Estás casi desconocido, muchacho! ¡Si ya eres más alto que yo!
Así, en el primer momento, sólo el cambio físico se puede apreciar. Pasará todavía algún tiempo, antes de que los hermanos mayores puedan darse cuenta de la madurez adquirida por el hermano que ha permanecido en casa todos estos años.

La llegada de Miguel y Juan hace posible para Francés desentenderse de los problemas familiares para empezar a proyectar su propia aventura personal.
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Francisco de Xavier Capítulo 13: Tú no irás a la guerra

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 13: Tú no irás a la guerra

Gracieta vive estas semanas con un temor secreto que la trae desasosegada. Está viendo preparativos y está oyendo retazos de conversaciones que la llenan de aprensión. ¿Qué es lo que andan preparando para Francés? Ella, tan dispuesta siempre a interrogar y a hacer averiguaciones, no se atreve ahora a plantear preguntas por miedo a lo que una respuesta clara le pueda revelar.

Ha llegado un correo que viene de Pamplona y doña María, con la carta en la mano, informa:
-Ya ha fijado el señor obispo la fecha para la ceremonia: será el 20 de julio. Y Miguel de Goñi recibirá también la tonsura al mismo tiempo que Francés... Me satisface pensar que su gente nos acompañará en ese acto. Faltan casi tres semanas para el día señalado. Hay tiempo de sobra para los preparativos. Iremos solamente Francés y yo. Y bastará con que Diego nos acompañe para conducir la acémila de los equipajes...

Gracieta se pregunta: "¿Qué es eso de tonsura? ¿A qué va Francés a Pamplona con doña María? ¿De qué ceremonia hablan?¿Qué es lo que el señor obispo le va a hacer a Francés? ¿Volverá Francés con doña María o se quedará en Pamplona con el señor obispo?"
Y sigue sin atreverse a hablar de ello.
Doña María mencionó preparativos que había tiempo de sobra para hacer. Gracieta viene observando hace ya días que para Francés se está preparando una vestimenta muy especial. En el gran cesto de labores que comparten doña Violante y Pachica se guarda cuidadosamente plegada al final de cada sesión de costura una túnica de lino blanco que entre las dos están confeccionando a la medida exacta de Francés. Se la han probado un par de veces. Gracieta lo ha visto. Es igual que la que usan los sacerdotes en algunos rezos de la iglesia. ¿Para qué necesita Francés una prenda como esa?

Gracieta anda cavilosa y ensimismada estos días; casi nadie lo ha notado y menos que nadie Francés, que también aparece más serio y sosegado que de costumbre.
Se marchan los viajeros camino de Pamplona. Francés monta su potro castaño. Diego cabalga el cuatralbo y lleva sujeto al arzón de su silla el ronzal de la acémila que porta alforjas y baulillos. Los dos varones acomodan el paso de sus monturas al andar más lento y pesado de la mula blanca sobre la que se ha acomodado doña María.

Doña Violante, Pachica y Gracieta han salido a despedirles hasta el pie de la rampa exterior:
-¿Cuándo volverán? ¿Volverán los tres? -se atreve ahora a preguntar, por fin, la muchacha.
-La semana que viene los tendremos de nuevo aquí -ha contestado doña Violante.
-¿Todos? ¿Volverán todos?
-Pues claro, criatura. ¿Qué iba a hacer ninguno de ellos quedándose en Pamplona?
¡Qué alivio siente Gracieta ante esta contestación tan categórica! Y ahora ya se decide a seguir averiguado:
-¿Qué quiere decir tonsurar, doña Violante?
-¿Tonsurar? Tonsurar es cortar el pelo... A los clérigos los tonsura el obispo.

¡Todos los temores de Gracieta han vuelto de golpe! ¡Francés no regresará! ¡A Francés le cortará el pelo el obispo como lo llevan cortado los frailes franciscanos que algunas veces pasan por Xavier, y luego lo enviará a vivir en algún convento de Pamplona!
Y sin embargo, doña Violante ha asegurado que volverá... ¿Será cierto? Gracieta se siente tan completamente confusa y preocupada...

También se sintió confuso y perplejo Francés hace unas semanas cuando doña María le habló para anunciarle que había escrito al obispo y había solicitado que le admitiera como clérigo de primera tonsura.
-¡Pero, madre, cómo has podido hacer eso? Yo no sé si quiero...
-Justamente, tú no sabes lo que quieres. Yo sí se lo que conviene. Lo que te conviene a tí y lo que nos conviene a todos los de esta familia. Lo sé, lo sé muy bien... Tú no irás a la guerra..., no irás a la guerra como han ido tus hermanos mayores. Tú no irás a la guerra porque esa tonsura te convertirá en clérigo y te eximira de tomar las armas. Y si tus hermanos, ¡Dios no lo quiera!, cayesen en esta contienda o no pudiesen volver nunca a casa, el castillo de Xavier no se quedará sin señor. Tú serás el heredero del patrimonio familiar y tuyos serán el señorío de Azpilcueta y el de Idocin y la casa de Pamplona y el molino de Burguete y los derechos sobre los prados de El Real y el Escampadero...

"A tí te quedará optar, como al tercero y el menor de los hijos de esta familia, por hacer unos estudios y obtener unos títulos que te capaciten para conseguir un trabajo digno que te permita ganarte la vida dentro de la administración civil o del estado eclesiástico..."

Francés la escuchó entonces adusto y en silencio. Así, de pronto, no sabía qué pensar de aquella decisión tan repentina de su madre.
Él había sabido desde siempre que era deseo de sus padres que estudiase... Había asistido con interés y con gusto a las clases de los clérigos de la parroquia desde que era un niñito... Y había aprovechado sus enseñanzas... Le gustaba aprender... Se había entrevisto a sí mismo en el futuro como un doctor en leyes, igual que su padre..., o quizá como un clérigo... Claro que no un clérigo como don Miguel de Azpilcueta, sólo un simple párroco, aunque fuera tenido por santo, en una diminuta iglesia perdida en medio del campo, como era Xavier, no. Si él llegase en algún momento a ser clérigo, aspiraría a ser como el otro Azpilcueta, Martín, del que se decía que era el mejor doctor en cánones de su tiempo y que estaba enseñando en la universidad de Salamanca.

Y acudió a reflexionar ante el Cristo, ante el Amigo... Expuso sus dudas:
-Si mis hermanos faltasen... Si mis hermanos faltasen, Señor... ¿Querría yo llegar a ser señor de Xavier? ¿Qué te parecería que yo fuese señor de Xavier? ¿Qué te parecería que yo viviese siempre en este castillo y en estas tierras, defendiendo continuamente sus derechos contra labradores recalcitrantes, leñadores furtivos, almadieros rebeldes y pastores tozudos y tramposos? ¿Me gustaría a mí, te gustaría a ti?

Y se planteó y planteó ante el Cristo una cuestión todavía mucho más seria:
-¿Quiero yo ser clérigo de primera tonsura? En realidad, ¿a qué me obligo con ello? Ya sé, porque don Miguel me lo ha explicado, que esto es sólo un primer paso para llegar al sacerdocio, y que puedo quedarme ahí y no seguir adelante, si no lo deseo... ¿Querría yo seguir adelante? ¿Querrías Tú que siguiese adelante? ¿Podré yo llegar a ser sacerdote tuyo algún día...?

-"He aceptado ir a Pamplona porque madre lo quiere así... Y también porque pensar en verme libre de la obligación de la guerra me seduce... No soy cobarde, Tú lo sabes, Señor..., pero la idea de combatir, de herir, de hacer daño, de matar quizá..., me resulta insoportable...; ¡bastante estoy luchando aquí en nombre de mi madre y de los derechos de esta casa! Y Tú sabes cuantas veces he hecho cosas que no me gustaban nada...
"Di, Señor, ¿te gusta a Ti que vaya ahora a Pamplona? ¿Lo quieres Tú también?"
Y todavía con la mente llena de interrogaciones ha salido este día de julio camino de Pamplona, acompañado de doña María y seguido por Diego, el caballerizo, que conduce la acémila de los equipajes.

La ceremonia en la catedral está resultando más impresionante de lo que esperaba. Don Miguel le había explicado, paso por paso, lo que iba a suceder, pero...
El obispo está revestido con todos los ornamentos propios de su alta dignidad: capa, mitra, guantes, báculo..., y rodeado de un nutrido grupo de asistentes: subdiáconos, acólitos...

Para Miguel de Goñi y para Francisco de Jaso hay un espacio reservado ante el altar.
En un cierto momento de la misa, después del Kyrie, el obispo se ha vuelto al pueblo y Francisco de Jaso y Miguel de Goñi han sido llamados por su nombre desde el altar. Y los dos se han aproximado, llevando una vela en la mano derecha y la blanca vestidura plegada sobre el brazo izquierdo.

El obispo ha invitado a todos los fieles a orar:
-Oremus, fratres carissimi... "Oremos, queridos hermanos..."
Tan pronto como termina la oración el coro entona los primeros versículos de un salmo.
El obispo se ha sentado en su sillón y le han rodeado sus asistentes. Sobre sus rodillas ha sido colocada una bandeja de plata en la que han depositado unas tijeras también de plata.

A Francés le han invitado a entregar vela y vestidura a dos acólitos, a venir a postrarse con las manos juntas ante el prelado y a inclinar la cabeza sobre la bandeja. Obedece y cierra los ojos.
Mientras procede a la tonsura el obispo recita:
-Dóminus pars haereditatis meae et cálicis mei, tu es qui restitues haereditatem meam mihi.
"Señor, mi herencia y mi cáliz, Tú eres quien restituye mi herencia para mí".
Francés sabe que debe pronunciar este versículo al mismo tiempo que el obispo y lo ha repetido mil veces en los últimos días ensayando esta ceremonia con don Miguel; así y todo, es tanta su turbación que su voz resulta opaca y ha tropezado en la pronunciación de un par de palabras.

Las tijeras de plata, manejadas por las manos del obispo, han siseado suavemente trabajando por encima de su cabeza en forma de cruz: primero han cortado sobre su frente, después en la coronilla, ahora sobre la oreja derecha, más tarde sobre la izquierda, para acabar cortando un mechón en el centro.
¡Ya está! Francés abre los ojos. Sobre la brillante superficie que espejea de puro pulida, unos leves manojillos de pelo son los testigos de que la ceremonia se ha cumplido.
Ahora, por encima de su cabeza, resuena la voz del prelado pidiendo para él fidelidad:
-Praesta, quaésumus, Deus, ut fámulus tuus Franciscus...

"Te rogamos, Señor, que procures que este siervo tuyo, Francisco, cuyos cabellos hemos cortado hoy por el divino amor, permanezca perpetuamente bajo tu predilección y que lo conserves siempre sin mancha..."
Los acólitos han invitado a Francés a ponerse en pie, y entre los dos le han ayudado a revestirse la blanca túnica de lino que ha sido preparada para él por las manos primorosas de Pachica y tía Violante.

Y el obispo se ha levantado también para volver a orar:
-Induat te, Dóminus...
"Que el Señor te revista del hombre nuevo, que fue creado según Dios en justicia y en la santidad de la verdad".
Sí, la ceremonia está resultando mucho más impresionante de lo que Francés hubiera podido prever.
Mientras el ritual prosigue, ahora con Miguel de Goñi como protagonista, tiene tiempo de serenarse lo suficiente como para poder escuchar con atención y retener en su memoria algunas de las palabras de la alocución del obispo:

-Habéis elegido tener al Señor por vuestra suerte y heredad... La ceremonia tonsural es un acto de humilde renuncia a un adorno de la propia cabeza por un sentimiento de homenaje a Dios y de voluntaria consagración a su servicio... Quedáis constituidos en la categoría de los clérigos cuyas leyes obligan a progresar en santidad y ciencia... Deberéis llevar una vida interior y exterior más santa que los seglares, sirviéndoles de modelo y superándoles en virtud y buenas obras... Os habéis despojado del hombre viejo con todos sus actos y os habéis renovado en la mente como lo manifestáis en la cabeza, en donde los pensamientos tienen su asiento.

"La vestidura blanca con la que habéis sido revestidos simboliza al hombre nuevo que de día en día habrá de ir renovándose y progresando en la virtud".
Gracieta, que ha espiado todos estos días el punto del camino que viene de Pamplona por el que deberán aparecer los viajeros, ha llorado de gozo esta tarde. ¡Vuelven! ¡Y vuelven los tres! ¡Loado sea el Señor!

Y cuando tiene a Francés más cerca y puede examinarle a su gusto, entre la pequeña conmoción de los saludos y la descarga de los equipajes, se dice a sí misma tranquilizada: "No se nota nada distinto. Ni siquiera parece que el obispo le haya cortado nada de pelo. No ha cambiado en nada. Es el mismo Francés de siempre..."

Y se equivoca. Algo sí ha cambiado en Francés; ya no es exactamente el mismo que hace unos días salió para Pamplona. Claro que no es extraño que Gracieta no pueda percibirlo; ni siquiera el propio interesado, el propio Francisco de Jaso, de Xavier, ha sido todavía capaz de empezar a descubrirlo...
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