HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

martes, 15 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 18: Aventuras nocturnas

Latín, latín, latín, de la mañana a la noche. Por algo se llama quartier latin, barrio latino, a esta ciudad universitaria de la orilla izquierda.

Pedro y Francisco no tienen apenas ningún problema con sus clases de latín en estos primeros meses de curso; los dos han llegado a París con una buena preparación en esta lengua y están bastante más adelantados que la mayoría de sus compañeros. Así que no les agobian los estudios y tienen tiempo para charlar, pasear, conocerse y muchas otras cosas...

Cuanto más se tratan más profundiza en ellos una mutua estima. Son muy diferentes en su aspecto externo y también difieren en muchas características internas; sin embargo, también descubren que tienen rasgos, intereses y experiencias comunes.
-Yo he vivido siempre en el campo -ha contado Pedro.
-También yo.
-Mis padres son campesinos y tienen un rebaño. Yo, de niño, salía al campo con las ovejas, era pastor.
-¡Yo sé bastante de pastores y de rebaños! -ha dicho Francisco con un énfasis burlón que Pedro no acaba de comprender del todo.

-Lo que sabes es mucho latín ¿Dónde lo has aprendido? -quiere saber Pedro.
-En mi casa.
-¿Tenías un preceptor?
-No, estudiaba con los clérigos de la iglesia.
-También yo he estudiado con un clérigo, pero no en mi casa. Yo he ido a la escuela en La Roche.
-Claro, por eso sabes tanto siendo tan joven.
-No soy tan joven, tengo 19 años, los cumplí el 15 de abril.

-¡También yo cumplí 19 años en abril!, pero no el 15, sino el día 7. Habrás de respetarme, soy mayor que tú...
-¡Sólo ocho días mayor que yo!
-Suficientes para imponerte respeto, pequeño...
El maestro ha lanzado una severa mirada en dirección a los dos charlatanes, que se están perdiendo su interesante disertación sobre las reglas gramaticales que rigen el uso de los verbos deponentes.
Francisco adopta un aire inocente, serio y grave y contempla al maestro, que es un hombre joven, aunque de aspecto enfermizo y avejentado. Y vuelve a observar lo que ya había descubierto hace días. El maestro tiene en el cuello y cerca de las orejas unos flemones a manera de bubas que parecen impedirle el libre movimiento de la cabeza y a los que se lleva las manos de vez en cuando como si le dolieran.

-¿Sábes tú qué es eso que tiene el maestro en el cuello? -ha preguntado Francisco a la salida de clase a uno de sus compañeros mayores. Y el otro le ha mirado con una cierta condescendiente superioridad.

-¡Claro que lo sé! Los ingleses le llaman el mal francés, los franceses le denominan el mal español y los españoles lo conocen como el mal napolitano... Lo que tiene el maestro es sífilis, una enfermedad incurable que seguramente ha contraido cualquiera de las noches en que sale del colegio para recorrer tabernas y burdeles.

-¿Sale por las noches? ¿Tiene permiso del principal?
-¡Ni se le ocurre pedirlo! Simplemente sale. Unas veces soborna al portero, otras salta las tapias del patio. Hay un lugar, cerca de las letrinas, donde el muro es menos alto... Ya irás aprendiendo, novato.
En el colegio de Santa Bárbara está prohibido vestir ropa seglar, hablar en una lengua que no sea latín, quebrantar el silencio después de la oración vespertina, salir de noche sin un permiso especial... Estas y otras reglas se infringen con bastante frecuencia; las varas de los maestros se utilizan con asiduidad y energía para hacer respetar la disciplina, pero...

También Pedro y Francisco se unen, a veces, a los grupos de alumnos que se despojan de los negros uniformes, se visten sus alegres ropas seglares y se escapan, saltando la tapia, para divertirse en turbulentas correrías nocturnas. Los muchachos se reúnen en las tabernas y comen, beben, juegan, cantan, discuten, se pelean... En ocasiones se producen enfrentamientos con grupos de otros colegios y se riñe en serio y hasta salen a relucir armas y se intercambian unas cuantas cuchilladas. Hay noches especialmente agitadas en que la ronda de alguaciles tiene que intervenir para contener a los juerguistas que alborotan las calles y que roban y maltratan, por juego y broma, a los desgraciados viandantes que caen en sus manos.

El saboyano y el navarro son pacíficos por naturaleza y procuran siempre no intervenir en aventuras violentas, pero para cualquier otra correría extraescolar se puede contar con ellos, excepto cuando las correrías llegan a un determinado punto... Muchas noches, al filo ya de la madrugada, el grupo suele detenerse ante el portal de una cierta casa. Y el que capitanea el grupo, que con frecuencia es el maestro de las bubas en el cuello, anima a los otros:

-Venga, muchachos, adentro. Acabemos la noche debidamente.
Algunos acompañan al maestro sin dudarlo, otros le siguen presionados por su autoridad y por la sonrisa burlona con que observa su poco entusiasmo. Y hay varios que simplemente dan media vuelta y continúan su camino hacia el colegio. Invariablemente entre estos últimos están Pedro y Francisco.

El maestro ha intentado varias veces forzarles a seguirle. Esta noche lo ha intentado una vez más:
-¿Qué os pasa, jovencitos? ¿No os gusta divertiros? ¿O es que no habéis aprendido todavía a portaros como hombres? Vamos, venid con nosotros, que os vamos a enseñar algo que parece que tenéis necesidad de aprender.

Y como siempre se ha encontrado con una negativa comedida, pero firme:
-No.
-¡No sabéis lo que os estáis perdiendo!
Francisco dirige intencionadamente una rápida mirada al inflamado cuello del maestro:
De momento sabemos lo que estamos ganando...
-Así que es miedo, ¿eh?
-Prudencia, señor, entre algunas otras más poderosas razones...
Y el incidente ha quedado zanjado por esta vez, aunque quizá volverá a repetirse en alguna otra ocasión.
Pedro y Francisco han tomado el camino de vuelta al colegio a través de las calles vacias.

-¿Nunca has entrado en una casa... de esas? -Se atreve a preguntar Pedro.
-No, nunca.
-¿Entrarás alguna vez?
-¡Espero que no!
-¿Te asustan las mujeres?
-¿A mi? ¡No! He crecido rodeado de mujeres...
-A mí sí, un poco... me parecen tan misteriosas, tan diferentes de nosotros...
-¡No son tan diferentes! Se alegran con las mismas cosas que a nosotros nos causan alegría, se entristecen con las mismas penas, les duelen las mismas injusticias que a nosotros nos causan sufrimiento... No son tan diferentes de nosotros; créeme, Pedro, yo las conozco bien.
-Conoces a las mujeres de tu familia, pero éstas son muy distintas... Estas son pecadoras..., malas...
-No peores que los que las visitan...
-Contagian enfermedades terribles...
-Alguien las contagió a ellas antes...
-A mí me inspiran curiosidad. A veces, me inquietan pensamientos... Me asaltan fantasías acerca de lo que ocurre ahí dentro.
-Es fácil de imaginar.
-Me cuesta mucho esfuerzo apartar de mi cabeza ciertos pensamientos... Algunas noches tengo unos sueños...

-¡Tambien yo! En ocasiones he soñado que se me acerca una hermosa mujer y me tiende una mano hasta tocarme, y entonces yo... -se detiene bruscamente en la frase y en el paso.
Pedro se ha parado también y le mira.
-Hablemos de otra cosa, ¿quieres? -propone Francisco, y el otro asiente con gesto aprobador.

Y ambos reanudan el camino.
No es cosa fácil en estos momentos cambiar de tema de conversación. Así que marchan sin intercambiar ni una sola palabra más hasta alcanzar las tapias que deben escalar. Cada uno sabe comprender y respetar el mutismo de su compañero. Estos dos alumnos del colegio de Santa Bárbara se entienden cada día mejor, incluso cuando guardan silencio.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 17: Pedro Fabro

Hoy es el primer día de clase.
Una pequeña avalancha de muchachos se dirige hacia la puerta de cada aula. Visten todos los negros trajes talares y casi todos van cargados con carpetas y tinteros.
Dos estudiantes han coincidido justo a la entrada de una de las aulas. Se han cedido el paso uno a otro con una cortesía ceremoniosa que ha resultado casi cómica y que les ha arrancado ya una primera ligera sonrisa. Luego, han terminado por avanzar al unísono. Hay espacio suficiente para caminar emparejados. Y se han sentado juntos en el primer banco que han hallado libre.

Son físicamente muy distintos. Uno es esbelto, rubio, de ojos claros, mirada amable y ademanes suaves y comedidos de persona sensible. A su lado, Francisco destaca por su más que mediana estatura, su pelo y barba oscuros, su complexión más recia y sus movimientos más decididos y seguros.

Siguen entrando más estudiantes y Francisco mira interesado a su alrrededor observando los tipos diversos que van desfilando ante sus ojos y escucha las voces que hablando en multitud de diferentes lenguas y con mil acentos diversos intercambian saludos, exclamaciones, comentarios...
Es el mundo bullicioso de la turba estudiantil, que le resulta a él, llegado del tranquilo silencio del solitario Xavier, asombroso, estimulante, prometedor y también un poco intimidante.

-Bonjour -ha saludado a media voz en francés el muchacho sentado a su lado. Parece tímido y no muy seguro de que el otro le vaya a entender y a contestar.
-Buenos días -ha respondido Francisco en la misma lengua.
Y porque le resulta simpático el aspecto Franco y afable del muchacho, subraya su frase con una abierta sonrisa que anima a su compañero a preguntar:
-D´ où viens-tu?
-Soy navarro,je suis de Navarre, de la Navarre de l´autre côté des Pyrénées. Y tú, d´où viens-tu?
-Je suis de la Savoie, dans les Alpes... Comment t´apelles-tu, toi?

-Me llamo Francisco, Francisco de Jaso, de Xavier...
-¡R´aso de R´avier...! -juega a espantarse su interlocutor al tratar de repetir lo mejor que puede las duras iniciales tal y como las acaba de oir pronunciar-. Quels noms si terribles! Nunca podré decirlos como tú los dices... Tendrás que aceptar que sólo te llame Francisco -se disculpa con una mueca que finge ser atemorizada y que resulta simplemente divertida.

Francisco entra en el juego cordial del otro:
-¿Y tú, cómo te llamas tú?
-Moi, je m´ apelle Pierre, Pierre Fabre.
-¡Pierrr...e! ¡Pierrr...e Fabrrr...e! -remeda Francisco-. ¡Demasiadas erres! Et je ne pourrai jamais les prononcer comme tu le fais! ¡Nunca podré yo pronunciarlas como tú las dices! -mira al otro fijamente y en sus ojos chispea la lucecita de la travesura. Le apunta con el dedo índice que simula un gesto solemne y recita salmodiando la cita latina: -Tu es Petrus...
-Quelle irréverénce...! -le interrumpe fingiéndose escandalizado Pierre.

Y Francisco cambia de tono para decir con aire de festiva frivolidad:
-Yo te llamaré Pedro, te guste o no, y pronunciaré las erres a mi manera.
Y han reído juntos. Risa que han tenido que reprimir y convertir en un gesto serio en el momento en que se ha producido la entrada del maestro; pero risa que ha sido como la piedra fundacional de una amistad que comienza con buenos augurios y que durará ¿hasta cuando?
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 16: París

Tres semanas a caballo.
Primero, Pamplona. Luego, siguiendo en dirección inversa la ruta jacobea de los peregrinos europeos que van a visitar el sepulcro del apóstol en Compostela: Roncesvalles, San Juan de Pie de Puerto, Blaie, Poitiers, Amboise, Blois, Orléans y, al fin, París.

A lo largo de la ruta ha tenido múltiples ocasiones de comprobar que el francés que sabe es más que suficiente para poder entenderse con las gentes. Tampoco al llegar al final de su viaje tiene dificultad para pedir y recibir información, así que ha enfilado con seguridad la rue Saint Jacques, que divide en dos mitades casi iguales el barrio universitario, para llegar a detenerse ante el colegio de Santa Bárbara, que va a ser su residencia todo el tiempo que duren sus estudios.

El colegio de Santa Bárbara está en pleno centro del barrio universitario. Un barrio situado en la orilla izquierda del Sena, la rive gauche, en la que conviven más de 4.000 estudiantes con sus profesores. Es como una ciudad independiente con sus propias leyes, organización y autoridades.
Un criado ha indicado a Francisco dónde debe depositar su equipaje, hasta que le adjudiquen habitación en la que instalarse, y en qué caballeriza pueden hacerse cargo de su cabalgadura.

El mismo criado le dice que debe ir a presentarse ante el secretario para inscribirse y hacer el pago correspondiente a su pensión.
Hay otros varios alumnos aguardando en fila ante la mesa del secretario y tiene ocasión de escuchar el siguiente diálogo:
-Mi nombre es Jean-Marie Robert de la Place Vallon-Prunier -ha informado uno de los muchachos que le preceden.

El secretario ha levantado la cabeza para mirarle impaciente y ha exclamado en voz alta para que le oigan bien todos los que aguardan:
-¡Un solo nombre, un solo nombre y un solo apellido! Es más que suficiente para la inscripción de alumnos recién llegados... ¡No vamos a estar aquí escribiendo todo el día!
Y el nuevo alumno ha quedado reseñado en la lista como Robert de la Place simplemente.
Francisco tiene tiempo para prepararse: "¿Me inscribiré como Francisco de Jaso? Jaso es el apellido de mi padre, de mi abuelo..., pero Xavier es para mi un nombre muy querido, yo soy de Xavier, es el nombre de mi casa, de mi tierra... Y ha tomado rápidamente una decisión. Cuando le llega el turno pronuncia claramente:

-Francisco de Xavier -y deletrea el apellido que acaba de adoptar para que el secretario lo escriba correctamente.
Antes de abandonar la secretaría los alumnos han tenido que escuchar a un instructor que les informa:
-A los alumnos no se les permiten ropas seglares. Todos los universitarios deben vestir el uniforme.
-¿Uniforme? ¿Qué uniforme? -ha preguntado alguien.
-Túnica negra, talar, es decir hasta los talones y ceñida por una correa tambié n negra. Y en invierno, además, una capa del mismo color. La universidad es un lugar austero y serio y los universitarios deben serlo asimismo. Y habéis de saber que el horario a observar, y a observar de la manera más estricta so pena de severísimos castigos, es el siguiente: levantarse a las cuatro de la mañana, poner en orden la habitación y las ropas del lecho; la primera clase es a las cinco. A las seis es la misa, a las siete el desayuno: un panecillo y agua; a partir de las siete y media, clases, debates, conferencias y lecturas hasta las once, en que en el comedor se sirve el almuerzo, nutritivo y suficiente, pero no sabroso. Estáis aquí para alimentar vuestros espíritus, no para engordar vuestros cuerpos. Durante las comidas se lee la Biblia o las vidas de los santos. Después de la comida se leen recomendaciones y se proclaman los castigos que algunos alumnos han merecido. Las varas de los maestros se encargan más tarde de aplicar estos castigos. Luego, recomienzan las clases hasta la hora de la cena, que es a las siete. A continuación se hace la oración de la noche. Inmediatamente después habréis de retiraros a descansar y estáis obligados a guardar absoluto silencio hasta que suene la campana de la mañana siguiente... Nadie, ¿Oís bien?, nadie, ni tan siquiera un maestro residente, puede salir durante la noche del colegio sin un permiso especialísimo que sólo puede conceder el principal, doctor Gouveia. Y una última observación: dentro del colegio y de todo el ámbito universitario es de obligado uso el latín. No se debe utilizar ningún otro idioma. Esta es la razón por la que todos los recién llegados estáis obligados a pasar este primer curso estudiando a fondo esta lengua, ya que, a partir del próximo año, haréis en latín todos vuestros estudios. Y ahora, andad a instalaros. Os he informado y quedáis advertidos. A partir de este momento vuestros maestros serán los encargados de haceros aprender y sus varas os recordarán, siempre que lo necesitéis, que habéis de ser aplicados y obedientes.

Mientras los muchachos se dispersan, después de escuchar al instructor, Francisco oye a su alrrededor todo tipo de comentarios, protestas y bromas. También él se hace a sí mismo en voz alta un comentario jocoso-admonitorio:
-Amigo mio, si sobrevives a este programa será un verdadero milagro... Eta kontuz ibil zaitezke edota inongo aitzakirik gabe, zure maixiaren makila behin eta berriro probatuko duzu... "Y ya puedes andarte con tiento o probarás sin remedio más de una vez la vara de tu maestro..."

Espontáneamente le han salido las frases en el vascuence familiar que habla con Gracieta. Se sobresalta un poco al oirse y mira receloso a su alrrededor. Nadie parece haber comprendido su comentario; mejor así.

Y con una media sonrisa entre ácida y divertida, se ha unido al grupo que sigue al instructor que va a señalar a cada uno el aposento en que debe instalarse. Más tarde ha salido para encaminarse a la tienda del sastre que le han recomendado; tiene que adquirir el negro atuendo que deberá vestir en el futuro durante todos sus años universitarios.
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