HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

miércoles, 16 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 23: Maestros en artes

Avanza la primavera del año 1530. Pedro y Francisco, junto a los otros alumnos de su promoción, han pasado los durísimos exámenes que se exigen para obtener el título de Maestros en Artes. Francisco ha obtenido el puesto 22 entre un centenar de alumnos. Pedro ha logrado el 24. A final del curso han recibido, junto a los compañeros que como ellos han superado los exámenes, los diplomas, los birretes y las insignias que acreditan el título recién conseguido. Se han arrodillado ante el canciller que ha pronunciado la solemne fórmula: "Os doy la licencia para enseñar, regir, debatir y determinar, y para ejercitar en París y en toda la Tierra todos los demás actos escolásticos y magistrales de la Facultad Filosófica".

Este ha sido un gran día. Francisco había venido a París para esto, para conseguir un título universitario importante. Ahora puede solicitar un beneficio en la catedral de su diócesis. Tiene la absoluta seguridad de poder lograrlo. Pocos entre los clérigos de Pamplona podrán competir con él; eso sin contar con que se propone seguir estudiando, quizá hasta alcanzar un título de doctor en Teología. Eso le permitirá aspirar a un puesto mejor dotado económicamente y quizá llegar a ser con los años elegido como obispo de la diócesis. ¡Volver a Navarra! ¡Y volver para ocupar un puesto preeminente!

Está contento Francisco, enormemente satisfecho de lo conseguido. Ha logrado superar y superar con buena puntuación esta primera etapa. Claro que este momento de gloria tiene su preocupante contrapartida. Las tasas académicas son altas. Las ceremonias de licenciatura han supuesto ropas nuevas, regalos a los profesores y al canciller, banquetes ofrecidos a los miembros del claustro y a los compañeros. La bolsa de Francisco, después de todos estos cuantiosos gastos, está más que exhausta. Y por más que ha escrito pidiendo ayuda a su hermano Miguel con todos cuantos correos le ha sido posible enviar misivas, no ha conseguido respuesta.

Esta penuria económica le está nublando la alegría de la licenciatura conseguida y la preocupación le frunce el ceño en estos días.
Es de suma urgencia conseguir un puesto de regente y quizá también algunos alumnos que paguen por sus clases.

En la sala de estudio del tercer piso del torreón sur Pedro y Francisco están sentados frente a frente ante la mesa. Pedro lee un grueso volumen. Tan pronto como se ha graduado en Artes ha emprendido el estudio de la Teología. Después de mucho dudarlo y de largas conversaciones con Ignacio, ha tomado ya una firme decisión: será clérigo y será un clérigo pobre que no aspirará a conseguir ningún beneficio eclesiástico; dedicará toda su vida y su trabajo a emplearse en el servicio de Dios y de los prójimos.

Francisco lleva horas escribiendo; el rasguear rítmico e ininterrumpido de su pluma ha acompañado el estudio de Pedro hasta que este levanta la vista del libro para preguntar:
-¿Qué escribes durante tanto rato y con tanto afán?
-Cartas, documentos... Escribo a mi hermano Miguel, necesito dinero, ya sabes... Y he escrito a mi apoderado en Navarra para que solicite en mi nombre un beneficio en la diócesis.

-Así que estás bien seguro de que es eso lo que deseas..., un beneficio eclesiástico...
-¡Y tan seguro! Es lo que he querido desde el principio, desde antes de venir a París.
-Dice Ignacio que...
-¡Dice Ignacio, dice Ignacio! ¿Es que nunca volverás a hablar por ti mismo?
-He llegado a identificarme tanto con él y son mi pensar y sentir tan unánimes con los suyos que cuando digo "dice Ignacio..."

Como al conjuro de su nombre, el propio Ignacio ha entrado ahora en el estudio, a tiempo para oír la última frase de Pedro, y ha preguntado divertido:
-¿Qué dice Ignacio, Pedro?
Interrumpido una vez más en sus palabras, Fabro protesta fingiendo indignación:
-¡No me dejáis hablar!
-Vamos, no te enfades -le dice Francisco siguiéndole el juego-. Termina de exponerme qué es lo que dice Ignacio a propósito de los beneficios eclesiásticos. Seguro que es la suya una lección llena de sabiduría.

También las frases de Francisco tienen un ligero tono de broma, pero ya no se percibe en ellas la rencorosa animosidad que respiraba su actitud al principio hacia la persona del guipuzcoano. Lleva mucho tiempo conviviendo con él y ha observado su conducta tan recta, tan sincera, tan auténtica... Le ha oído hablar del amor a Dios y del servicio al prójimo y sabe de sus prácticas religiosas, de sus vigilias de oración y de su preocupación por la salud física y espiritual de sus compañeros, a los que ayuda siempre en la forma que le es posible.
-Vamos, di -repite.
Y Pedro, después de intercambiar una mirada con Ignacio, se decide a exponer:

-Pues dice Ignacio, yo se lo he oído varias veces, que a la hora de hacer elección hay que decidirse siempre por aquello que sea más servicio de Dios, y que hay algunos que al decidirse por el estado eclesiástico lo primero que piensan es en las rentas que el beneficio puede proporcionarles y después en servir a Dios, cuando debe ser justamente todo lo contrario. Primero pensar en cuál puede ser el mejor servicio de Dios y luego...
Pedro se ha interrumpido porque se ha dado cuenta del gesto serio, duro y molesto de Francisco. También Ignacio muestra un aire grave.

Esta noche, antes de entregarse al descanso, Francisco ha volado con el pensamiento hasta la pequeña capilla de Xavier y, como acostumbra hacer desde niño, dialoga con el Cristo de la sonrisa:
-Antes de conocer a ese hombre yo sabía lo que yo quería... y creía que también sabía lo que tú querías, Señor... Ahora ya no estoy seguro de nada... ¿Has puesto Tú a Ignacio en mi camino? ¿Estás queriendo decirme algo a través de él...?

Y durante muchas noches sus reflexiones ante el Cristo familiar han sido las mismas.
.
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 22: Las quejas del maestro Peña

El maestro Peña es exigente y hace trabajar en serio a su discípulos. No se contenta con todas las horas de estudio que tienen programadas durante la semana. Les hace madrugar también los domingos para que asistan a una misa temprana y los reúne luego para que tomen parte en disertaciones y controversias.

Hace semanas que el maestro está observando con desagrado que el número habitual de asistentes a estas reuniones dominicales ha disminuido notablemente. Diez o doce de sus mejores discípulos llevan varios domingos sin aparecer por la sala en que suelen reunirse. Y ha empezado a hacer averiguaciones...

Francisco a venido a contárselo a Pedro:
-Peña está furioso con vosotros. Hoy ha vuelto a pasar lista y ha contado los nombres de todos los que habéis faltado. Ha dicho que se va a quejar a Gouveia otra vez. Le va a pedir que os obligue a ir a las disertaciones y le va a exigir que castigue a tu alumno Ignacio por perturbar el orden escolar y andar desasosegando a los estudiantes.

-¡No puede hacer eso!
-¡Vaya si puede! Y parece firmemente decidido a hacerlo. Se dice que ya le advirtió a Ignacio hace días que dejase de apartaros los domingos de vuestras obligaciones escolares y que no se entrometiese en lo que no le incumbe, ya que no le corresponde a él adoctrinaros.

-¡No nos adoctrina! Hablamos como amigos, nos cuenta experiencias suyas. Sabe muchas cosas. Ha viajado por España, ha cruzado Italia dos veces, ha estado en Tierra Santa...
-Todo eso se lo puede contar a Gouveia si quiere. Ya veremos de qué le sirve. Creo que esta vez no va a salir muy bien librado.
Y parece que Francisco está en lo cierto.
Hace ya varias semanas que Ignacio ha conseguido que un grupito escogido de sus condiscípulos le acompañe los domingos por la mañana hasta la Cartuja. Allí los muchachos y él se confiesan, oyen misa y comulgan. Luego se reúnen en el claustro y hablan largamente de sus estudios, de sus familias, de sus amigos, de sus dificultades, de sus problemas, de sus proyectos... Intercambian opiniones sobre las nuevas doctrinas que defienden los discípulos de Lutero... Comentan los escritos de Erasmo, que se burla y critica con acerada pluma la vida y costumbres licenciosas de algunos clérigos... Discuten sobre las enseñanzas que están difundiendo los seguidores de Melanchthon y Calvino...

Ignacio, mucho mayor que todos sus compañeros, escucha, modera, orienta y disfruta comprobando que los muchachos llegan, después de contrastar sus diferentes razonamientos, a conclusiones correctas y dentro de la ortodoxia. Y resume para ellos cuando llega la hora de retirarse:
-Claro, es preciso reformar muchísimas cosas. Se hace necesaria una gran reforma, pero no en la Iglesia, que es Santa y la Vera Esposa de Cristo. Es preciso que nos reformemos nosotros, los cristianos, que ajustemos nuestras vidas a las exigencias de los Mandamientos, que vivamos la pobreza, la humildad y el servicio al prójimo como nos enseñó a hacerlo Jesucristo.

Cree que son útiles y provechosas estas reuniones. Son muchos los peligros que acechan a estos muchachos tan jóvenes que viven tan lejos de sus familias. Y opina que al congregarlos, cumplir junto a ellos sus deberes religiosos dominicales y departir luego largamente sobre temas que les preocupan, hace un servicio a Dios y a los muchachos. Y no ha dudado en continuar haciéndolo a pesar de las serias advertencias recibidas de maestro Peña.

Ahora, estas actividades del grupo están a punto de costarle caras a Ignacio.
Gouveia ha escuchado esta segunda queja de maestro Peña y ha decidido imponer al desobediente guipuzcoano un correctivo que satisfaga a su maestro y que enseñe de una vez por siempre a este díscolo universitario a comportarse disciplinadamente.
Pedro Fabro ha llegado al tercer piso del torreón en busca de su amigo:

-¡Gouveia ha dispuesto que te castiguen por nuestras reuniones de los domingos! Los maestros van ya hacia la sala con sus varas. Y también va multitud de alumnos que quieren presenciar el acto. Te desnudarán y te azotarán... ¿Qué vas a hacer? ¿Qué podemos hacer?
Se produce un largo silencio que a Fabro le parece interminable. Al fin habla Ignacio:
-Vé a la sala donde se reúnen todos. Yo iré allá en unos momentos.
-¡Pero tú sabes lo que...!
-Vé. Espérame allí.
Y ha marchado al encuentro del principal...
Algunos estudiantes, que le han visto encaminarse hacia los aposentos de Gouveia, comentan maliciosamente:

-Ése va a dar explicaciones para intentar librarse de la zurra. No lo va a lograr; el principal parecía muy enojado.
A Francisco en el fondo le agrada lo que está a punto de ocurrir: "A ver si esto sirve para que Pedro acabe por abrir los ojos y se dé cuenta de que está dedicando una ciega veneración a alguien que no la merece..."
Aumenta con la espera la excitación que se vive en la gran sala llena de gente y los murmullos van subiendo de tono a medida que pasa el tiempo.
-¿Por qué tardará tanto Gouveia?
-Quizá Loyola se está alargando en sus excusas con la intención de retrasar la paliza.

Y, de repente, se produce un revuelo junto a la puerta y seguidamente van enmudeciendo las voces hasta hacerse un silencio respetuoso. Ha entrado el principal seguido muy de cerca por Ignacio.
Gouveia se ha situado frente a la concurrencia para manifestar:

-Os debo a todos una explicación. Os he hecho esperar porque me ha parecido justo dedicar todo el tiempo debido a escuchar con atención lo que Ignacio de Loyola quería comunicarme.
Y expone que en un principio creyó que Ignacio de Loyola era culpable de andar incitando a los estudiantes a faltar a sus deberes, pero que después de oír las razones que el inculpado aduce en favor de sus actividades ha comprendido que no hay ni culpa ni desorden en estas reuniones de estudiantes en la Cartuja, antes bien espera de ellas gran provecho para todos los participantes.

-Maestro Peña y yo estudiaremos de que modo se puede modificar el horario de los domingos para que todas las actividades sean compatibles... -ha terminado. Y seguido de Ignacio, maestro Peña y algunos otros regentes, ha dejado la sala.
Se disuelve la reunión lentamente entre murmullos y comentarios de todo tipo: asombrados, burlones, malhumorados, cínicos...
Francisco ha venido sorprendido y decepcionado a encontrarse con Pedro:
-¿Qué habrá sido capaz de contarle a Gouveia para conseguir cambiar su intención de esa manera?
-Pues le habrá contado la verdad. Le habrá expuesto las razones por las que reúne a los estudiantes los domingos en la Cartuja.
-¿Y sólo eso ha logrado que el principal levante el castigo que proyectaba?

-Ya lo has visto.
-¡Es un tipo increible! ¿Qué extraño poder tiene que os hace a todos dejaros arrastrar por sus palabras?
-Tiene el poder de la verdad. Busca sinceramente hacer en cada momento lo que él cree que es más servicio de Dios y enseña a los demás a hacer lo mismo...
-¡Servicio de Dios! Yo aprendí desde pequeño a vivir en el servicio de Dios, ¡y tú también! ¿Qué puede enseñarnos a nosotros él...?

-A mí, mucho. A ti, no se... ¿Por qué no hablas con él? ¿Por qué no vienes alguna vez a nuestras reuniones de los domingos? Ya ves que Gouveia ha dicho que las considera provechosas.
-Eso es para vosotros... Yo no tengo nada que aprender de Ignacio.
Y cree hablar con una absoluta sinceridad y un rotundo convencimiento, aunque tiene que admitir que allá dentro, en lo más interior de sí mismo, se le insinúa a veces la perturbadora interrogante: "¿De verdad pienso yo que de este hombre no puedo aprender nada?"

Está empezando a descubrir que siente un cierto respeto por la persona y los actos de este guipuzcoano cojo.
.
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 21: Ignacio de Loyola

La inicial impresión de rechazo que Francisco experimentó hacia Ignacio de Loyola aun antes de conocerle se ha confirmado y aumentado desde los primeros momentos de convivencia.

¡Es un viejo!, tiene casi cuarenta años... Cojea, va pobremente vestido y ¡es un guipuzcoano recriado en castilla! ¿Puede imaginar alguien un compañero más desagradable?
Al navarro le fastidia sobremanera ver a su amigo Pedro dedicarle horas y atención. Y su fastidio va subiendo de tono hasta convertirse en indignación cuando comprueba que el "intruso" se está ganando la confianza y el aprecio de Pedro.

-No entiendo por qué te molestas en ser tan amable con ese extraño individuo.
-¡Es paisano tuyo! Tengo entendido que su casa de Loyola no está lejos de tu tierra de Xavier...
-¡Entre Navarra y Guipúzcoa siempre hubo una frontera! ¡Yo no tengo nada en común con ése!
-Pero, ¿qué tienes contra él?, casi no le conoces, apenas has cruzado con él una mirada.
-Ni me hace falta, será como todos los suyos; conozco a su gente, sé cómo son...: traidores, dominantes, invasores... Un rey de ése entró como amigo en mi tierra navarra y se quedó como dueño. El mismo Ignacio luchó contra los mios en Pamplona.

-Y los tuyos por poco le matan...
-¡Lástima que dejaran el trabajo a medias!
-¡Francisco, que Ignacio es mi amigo!
-Ya te convencerás de que no merece serlo.
-Quizá llegue a convencerte yo a tí un día de que es un hombre bueno. ¡Me gustaría tanto que fuéseis amigos!
-¿Yo amigo de ése? ¡Nunca! Su gente luchó contra la mía en Noain, mis hermanos pelearon contra los suyos en Fuenterrabía. Ése y yo nunca podremos ser amigos...
-El muestra un gran aprecio por tu inteligencia, tu personalidad y tus progresos en los estudios...
-¿Qué sabe él de progresos y de estudios? A su edad, si tuviese una pizca de entendimiento, debería estar ya, cuando menos, regentando una cátedra.
-Empezó a estudiar muy tarde, pero tiene una gran voluntad de aprender y hace grandes adelantos...
-¿Cómo puedes pasar tantos ratos hablando con él? Su latín es malo y su francés detestable.
-Lo que me explica en castellano es interesante y hermoso y lo expone muy bien. Aprendo mucho con él...
-¿Qué puedes aprender de él? ¡Si no sabe nada! ¡Si Peña te ha puesto a su lado para que le enseñes tú a él!
-Es un hombre muy experimentado en la vida espiritual. Me está enseñando a entenderme a mí mismo.
-Ten cuidado con sus enseñanzas. No tiene ningún título y más le corresponde aprender que adoctrinar... Acuérdate de que se le acusó de ser el responsable de la locura de Amador y de los otros cuando todos abandonaron de repente sus residencias y sus estudios, vendieron sus ropas y sus libros, se fueron a vivir al hospital y mendigaron su comida por las calles.

-Él nunca les aconsejó que hicieran eso. Interpretaron mal sus palabras.
-Seguro que interpretaron bien su ejemplo. Va vestido como un pordiosero, mendiga su comida; le he visto, a veces, caminar descalzo...
-Podría vestirse mejor, si quisiera; y podría comprar su comida. Tiene dineros que le envían sus amigos, pero los emplea en auxiliar a estudiantes necesitados...
-¡Necio!
-No lo creas. Es un hombre consecuente. Enseña la conveniencia de elegir la pobreza por amor a Jesucristo pobre y practica, al pie de la letra, lo que aconseja a otros.


A Francisco le molesta cada día más observar la amistad creciente entre Pedro Fabro y el guipuzcoano Ignacio de Loyola.
Y una tarde, al entrar en el cuartillo de estudios, un nombre conocido le llega a los oídos:
-¿Esteban de Zuasti? ¿Hablabas de Esteban de Zuasti? ¿Qué sabes tú de ése?
-Le tengo por buen hombre.
-¿De qué le conoces tú?
-Me recogió herido en Pamplona y me llevó hasta mi casa de Loyola.
-Así que Esteban y tú sois amigos... -murmura Francisco recordando a medias una vieja historia que apenas le interesó cuando la oyó contar.
-No, nunca nos habíamos visto hasta que monsieur de Asparrots me confió a él; por eso valoro en mucho lo que hizo en mi servicio y espero que el Señor le recompense por ello.

-¡El Señor no tiene que recompensarle por nada!
-Cualquier servicio que se hace a un hermano necesitado se hace en alguna manera por el Señor.
-¡Esteban no pensaba en servir a Dios, pensaba sólo en servirse a sí mismo! ¡Lo se muy bien! ¡Es primo mío y me contó la sucia razón por la que se ofreció a llevarte a tu casa...! ¡No quería que las tropas castellanas que llegaban a reconquistar Pamplona le encontrasen allí! ¡No lo hizo por servirte a tí ni tampoco por servir a Dios!
Ignacio ha contemplado en silencio durante unos momentos el gesto apasionado y los ojos chispeantes de furia de Francisco; luego, ha recogido tranquilamente libros, cuadernos y tinteros y ya cerca de la puerta y a punto de salir de la habitación se ha vuelto para preguntar en tono sosegado:

-¿Hacemos nosotros las cosas en todo momento únicamente por servir a Dios?
-¡Siempre queriendo dar lecciones! -es el indignado comentario de Francisco dirigiéndose al hombre que se aleja. Y cuando se vuelve hacia la mesa encuentra la mirada de un Pedro risueño que le contempla amistosamente burlón:
-Te equivocas. No ha querido aleccionarte en nada. Se ha limitado a repetir en voz alta algo que se está diciendo a sí mismo en todo momento. Créeme, es un sincero y apasionado buscador de lo que puede ser mejor servicio de Dios en cada instante.

-¡Bah...! -es todo lo que Francisco puede responder ante la segura convicción con que se expresa su amigo.
Quiere fingir que no le afecta en absoluto lo que pueda hacer o decir Ignacio, y sin embargo...

"Pedro es un muchacho sensato, inteligente, bueno y con una sólida formación. ¿Qué extraño poder de convicción posee ese hombre que le ha hecho capaz de convertir en incondicionales discípulos suyos a gentes con mejor preparación intelectual que la que él tiene?" Porque ha observado que, además de Pedro, hay otros varios estudiantes jóvenes que muestran gran amistad con Ignacio. "Y ¿por qué me inquieta y me irrita tanto todo lo que se refiere a ése guipuzcoano?" Le asaltan todas estas consideraciones con mucha más frecuencia de la que desearía y no acaba de encontrar respuesta satisfactoria.
.
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 20: Una extraña propuesta

Las tardes de los días de fiesta en que el tiempo es bueno muchos estudiantes se reúnen en los campos de la isla de Notre-Dame para ejercitarse y competir en diversas actividades físicas: esgrima, saltos, carreras, juego de pelota, levantamiento de peso, lanzamiento de jabalina...

Francisco acude con regularidad a estos encuentros. Es ágil y fuerte, tiene una buena estatura y una enorme vitalidad y le gusta medirse con los otros. En casi todos los ejercicios tiene grandes posibilidades de obtener un triunfo. En saltos y carreras, especialmente, apenas encuentra rivales que puedan hacerle sombra. Y le gusta ganar, ser el primero, ocupar un puesto preeminente.
Pedro Fabro pocas veces toma parte en estos ejercicios; a él le van mejor actividades más quietas y más intelectuales, pero acompaña siempre con gusto a Francisco.

Disfruta viendo el entusiasmo con que su amigo participa en las competiciones y goza al compartir con él la satisfacción del triunfo.
Esta tarde del domingo de la última semana de septiembre del año 1529, Pedro no ha venido. Ha tenido que quedarse en el colegio porque el maestro Peña quería hablarle de algo y Francisco, cada vez que puede distraer su atención del ejercicio en que está tomando parte, mira inquieto en la dirección por la que debería llegar Pedro. ¿Para qué le habrá llamado Peña? Seguro que no es para reconvenirle por nada, Pedro es un magnífico estudiante de conducta irreprochable. Entonces, ¿cuál puede ser el motivo de esta conversación privada a que el maestro le ha convocado? Francisco siente una enorme curiosidad.
Al fin aparece Pedro; y Francisco abandona a medio recorrido la carrera en la que participaba para venir sin aliento a preguntar:

-¿Qué... qué quería?
-Hacerme una extraña propuesta.
-¿Sí?, cuenta... ¿qué propuesta?
-Este curso vamos a tener en nuestro piso un nuevo compañero.
-¡No hay sitio!
-Van a instalarle en el cuartillo pequeño del rincón. Pondrán un catre y un arca. Compartirá con nosotros la mesa grande del cuarto de estudio.
-¿Es esa la propuesta?
-No, eso es cosa decidida. La propuesta que me ha hecho el maestro es que yo trabaje con el nuevo como repetidor... Parece que anda el hombre bastante atrasado en sus estudios.

-Te quitará tiempo.
-Espero que no mucho.
-Dile que no puedes aceptar.
-He aceptado ya. ¿Qué otra cosa podía hacer? Peña parecía tener mucho interés por ese alumno nuevo...
-¿Te lo ha presentado?
-No, sólo me ha dicho su nombre; se llama Ignacio de Loyola.
-¿Ignacio de Loyola? Yo ya he oído hablar antes de alguien que se llamaba así. ¿Quién es ese, de dónde sale?
-Ha estado en el colegio Monteagudo el curso pasado estudiando latín. Se contaron de él algunas historias bastante curiosas, ¿no te acuerdas? Parece ser un tipo fuera de lo corriente.

-Sí, ahora recuerdo que se habló de él... Preferiría que maestro Peña no le hubiera admitido como discípulo. No nos hacía falta un nuevo compañero, y menos ése...

Y sin poder concretar todavía muy bien por qué, Francisco siente que dentro de él se alza una oleada de antipatía y desconfianza hacia este casi desconocido que viene a introducirse en la tranquila rutina de su vida de estudiantes.
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 19: Cartas

Francisco y Pedro han pasado sin dificultad y con buenas calificaciones sus exámenes de fin de curso y están, por tanto, en disposición de iniciar el período de tres años estudiando humanidades que les llevará hasta alcanzar el título de Maestros en Artes.

A partir de ahora estudiarán bajo la supervisión de un nuevo maestro, Juan Peña, un español que trabaja como regente en el colegio de Santa Bárbara y que simultanea sus horas de enseñanza con su dedicación a los estudios de medicina.
Se les ha instalado, junto con su maestro, en el tercer piso del torreón sur. Disponen cada uno de un pequeño dormitorio y comparten una sala de estudio. El maestro, además del dormitorio, tiene asignado un cuarto de trabajo propio.

Los dos amigos asisten a las clases juntos y juntos pasan las horas de estudio en la sala del torreón. Ambos están espléndidamente dotados para las actividades intelectuales y son responsables, trabajadores y disciplinados. Superan curso tras curso con toda facilidad.
Sentado por las tardes ante la mesa de trabajo, Francisco no sólo estudia, hace resúmenes de lecciones, listas de libros a leer o apuntes para disquisiciones y debates; también con una cierta frecuencia escribe cartas a su casa.

Se recrea disfrutando, ¡desde tan lejos!, del recuerdo de su hogar de Xavier y de todos los familiares y amigos tan queridos que allí le esperan. Cuenta largamente de sus estudios, de sus amigos y compañeros allí, de sus proyectos para el futuro. Pide noticias de todo y de todos; y pide también, a veces insistentemente, que no se olviden de enviar con puntualidad la asignación económica que Miguel se comprometió a darle durante todo el tiempo que durasen sus estudios. Le es preciso pagar la pensión en el colegio en las fechas señaladas y también tiene que pagar a los profesores cuando le corresponde. De no hacerlo en el momento debido, un alumno puede encontrarse en una posición muy embarazosa y desairada. Francisco lo sabe por experiencia porque le ha ocurrido más de una vez. La situación económica en Xavier no debe ser muy boyante. Miguel sigue probablemente teniendo dificultades con arrendatarios, almadieros y pastores y los gastos de su boda con Isabel de Goñi y la de Juan con la viuda Juana de Arbizu, rica heredera del señor de Sotes y Aoz, no han contribuido precisamente a mejorar el estado de sus arcas. Los envíos de dinero a París no son lo frecuentes y abundantes que debieran ser.

Al final de las misivas de Francisco siempre hay unas frases expresivas y cariñosas dedicadas especialmente a Pachica y Gracieta, dos mujeres que en el recuerdo del estudiante forman parte por derecho propio del añorado grupo familiar.
Berardo y compañeros, Santos
Mártires Franciscanos, 16 de enero
 
Berardo y compañeros, Santos
Berardo y compañeros, Santos

Mártires Franciscanos

Martirologio Romano: En la ciudad de Marrakech, en el Magreb (hoy Marruecos), santos mártires Berardo, Otón y Pedro, presbíteros, Acursio y Aiuto, religiosos, todos de la Orden de los Hermanos Menores, los cuales, enviados por san Francisco para anunciar el Evangelio a los musulmanes, fueron apresados en Sevilla y trasladados a Marrakech, donde les ajusticiaron por orden del príncipe de los sarracenos (1226).

Fecha de canonización: En 1481 por el Papa Sixto IV.
Estos protomártires franciscanos fueron compañeros primitivos de San Francisco y encarnan maravillosamente un aspecto esencial de la espiritualidad personal del Pobrecillo y de aquella generación franciscana primigenia: la más alta fiebre de su ideal de imitación de Cristo pobre y crucificado. Se ha escrito -al final daré completa la cita- que «nada menos histórico que hacer la historia a base de juicios y valores del presente». Ni hacerla, ni juzgarla, ni sentirla. Trasladémonos limpiamente al marco medieval cristiano de estos hechos, tratemos de mirarlos con los ojos de quienes los vivieron, y lograremos captar su heroica belleza.

De qué fiebre se trata

Empecemos por diagnosticar esa fiebre. Una fiebre caballeresca, ciertamente; caballeresca a lo cristiano; precisemos más aún: caballeresca a lo franciscano. Podría decir el Pobrecillo de estos sus protomártires -y con otras palabras lo dijo-: «Ellos son los más heroicos caballeros de mi Tabla Redonda». Fortini formula muy bien este fenómeno de la época, refiriéndose al espíritu caballeresco en general: «No se puede ser caballero perfecto sin el rito de la consagración al nombre de Cristo, en este tiempo en que toda caballería es, al mismo tiempo, compromiso religioso, todo valor es santidad, toda muerte es martirio. Y un místico de esa Edad Media -Cavalga- escribe que Jesús vino a salvarnos como un hombre enamorado y como un caballero amante».

Cuando el joven mundano Francisco -prendado de los libros de caballería- se convirtió en el joven San Francisco, dio un carpetazo para siempre a la literatura de vanas hazañas amorosas; pero abrió su nueva existencia con una página que no haría sino repetirse, jornada a jornada, hasta la última de su vida; página escrita con el rojo de su amor ardiente a Cristo crucificado, que soñaba llegar a escribirse con el rojo de su propia sangre: retornar a Jesús amor con amor, vida con vida, muerte con muerte. Lo intentó reiteradamente, y con un empeño que hizo exacto este título que se le ha dado: «El hombre que no consiguió hacerse matar». Y ya lo hemos visto arder con esa fiebre en el punto álgido de su santidad, que fue el Alverna: «Señor mío Jesucristo: ¡Que yo experimente en vida, en el alma y en el cuerpo, aquel dolor que Tú, dulce Jesús, soportaste en la hora de tu acerbísima pasión». Una de las más fervientes oraciones cristianas -el Absorbeat-, que se le ha atribuido y que la crítica actual afirma que no es de él, pero que recoge propiísimamente su espíritu, concluye con esta exclamación: «¡Muera yo por amor de tu amor, ya que Tú por amor de mi amor te dignaste morir!» La herida nostálgica de su martirio no logrado no se le cerró mientras vivió.

Hasta tal punto fue «connatural» y férvida el ansia martirial al espíritu de Francisco, que lo contagió hasta a una mujer, a la dama que le comprendió mejor y le siguió más de cerca en su nuevo idealismo: la hermana Clara. Calibre el lector lo que significa ver en aquella época a una mujer deseando y buscando el martirio; realmente heroica. Pero ella no lo hizo por heroica, sino por cristiana enamorada -así la apellidaba Francisco: «la cristiana»-, al estilo de su maestro el Pobrecillo. Era una de sus constantes vitales: recoleta voluntaria entre los muros de San Damián, «a gusto deseaba soportar el martirio por amor del Señor Jesús»; lo afirman tres de las testigos del Proceso. Y este anhelo habitual estalló en paroxismo santo cuando se enteró de lo que el lector se va a enterar aquí: del primer martirio de unos hermanos menores, en Marruecos. Con la firmeza que la distinguía, proyectó e intentó irse a tierras de infieles, para lograrlo. Francisco -aquí, ¿más prudente o menos idealista que ella?- no se lo consintió, movido también quizá por las lágrimas de las sores de San Damián, que lloraban al verla en esa determinación, en que la iban a perder.

Mas esa fiebre del amor sangriento que no aprobó en «su plantita», la quiso y la animó en los suyos. San Francisco es, entre las Ordenes religiosas, el primer fundador que incluye en su Regla -en sus dos Reglas- un capítulo taxativo sobre las misiones. Merece la pena trasladar aquí una de esas normas: «Cualquier hermano que quiera ir entre sarracenos y otros infieles, vaya con la licencia de su ministro y siervo. Y los hermanos que van pueden comportarse entre ellos espiritualmente de dos modos. Uno, que no promuevan disputas ni controversias, sino que se sometan a toda criatura por Dios, y confiesen que son cristianos. Otro, que, cuando les parezca que agrada al Señor, anuncien la palabra de Dios, para que crean en Dios omnipotente, Padre e Hijo y Espíritu Santo, y en el Hijo, redentor y salvador, y para que se bauticen y se hagan cristianos, porque, a menos que uno no renazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3,5). Y todos los hermanos, dondequiera que estén, recuerden que se dieron y abandonaron sus cuerpos al Señor Jesucristo. Y por su amor deben exponerse a los enemigos, tanto visibles como invisibles, porque dice el Señor: Quien pierda su vida por mi causa, la salvará para la vida eterna (Lc 9,24)» (1 R 16). Y el legislador Pobrecillo, para enardecer ese espíritu de la ofrenda total, añade hasta otros doce textos evangélicos.

Sí, así de alto y neto era aquel ideal franciscano. Gemelli lo expresa con belleza y propiedad: «Hombres crucificados: así los define y los quiere San Francisco; él, corazón ardiente, los educa para amar el dolor y la muerte. Hombres crucificados, y, sin embargo, libres como los pájaros: crucificados alados, que, orando, toman el cielo como su espacio vital, y, predicando y convirtiendo, vuelan a flor de tierra como unas golondrinas. Siguiendo la bendición de San Francisco, van, como aves, por todos los puntos cardinales: a Francia, Alemania, España, Egipto, Palestina; sin dinero, sin vestidos, sin miedo al hambre, al frío, a los peligros... Pero ¿qué son los peligros para quienes nada tienen que perder, y menos aún la vida, ya ofrendada a Dios? Van hacia lo desconocido, con un espíritu magnífico, que el mundo llamará de aventura, y que los cristianos llaman de apostolado». Estas inspiradas frases marcan el programa y la idiosincrasia de aquella primitiva generación franciscana, pero se pueden aplicar como por antonomasia a los que buscaron y lograron la prueba suprema del amor: el martirio.

Hemos visto cómo, ya en 1218, Francisco envió al hermano Gil a Túnez con esa misión de que predicara a los sarracenos y diera allí su vida por Cristo. Todo alegre partió el hermano Gil a intentar su holocausto; ya hemos visto que su misión fracasó: los mismos cristianos residentes en aquella tierra, temiendo represalias de los mahometanos por su predicación, le embarcaron por la fuerza en una nave y le obligaron a regresar a Italia. Con los años se alegró de no haber muerto en Túnez, porque Dios le cambió el martirio por la muerte mística; pero en aquel momento mascó su fracaso con amargura, teniendo que ahogar su nostalgia con una frase como ésta, que, tres siglos después, pronunció al fin de sus días otro franciscano de la misma estirpe heroica, el primero y principal de «los doce apóstoles de Méjico», fray Martín de Valencia: «He sido defraudado en mi deseo», en su anhelo de anunciar de tal modo a los infieles el evangelio de Jesús, que éstos le martirizaran por El.

En aquella hazaña el hermano Gil no iba solo. Le acompañaba el hermano Electo, laico como él, jovencísimo, y tan delicado que apenas podía soportar el ayuno en los días prescritos por la Regla. Ignoramos cómo, pero este hermano Electo se quedó en el país musulmán. Sabemos que lo apresaron y que lo sometieron a un duro martirio. Recibió a la muerte de rodillas, apretando la Regla contra su corazón. Fue de verdad -y se consideró- un Elegido, y es a este novicio a quien habría que llamarle «el protomártir franciscano». Quizá no ha cundido ese título por no haber sido canonizado.

Como una herencia de la sangre, el ansia del martirio vino a ser una de las constantes históricas de los auténticos seguidores del Crucificado del Alverna. Por esa fiebre martirial, y por los muchos miles en que tal fiebre ha sido mortal, la familia franciscana ha sido llamada «la Orden pródiga de su sangre». Y esto es exacto también en los brotes de «la plantita de San Francisco», las clarisas: ardientes mujeres, enamoradas del Mártir del Gólgota, en su clausura recoleta vivían -y viven- un espíritu de exaltación misionera, y pronto fueron con sus hermanos a países de misión, animadas por un idéntico anhelo del martirio. He aquí unos datos para la inmortalidad: sin salirnos de aquel siglo de Francisco y Clara, en 1269 morían a manos de los tártaros sesenta clarisas del monasterio de Zawichost, en Polonia; en 1268 fueron degolladas colectivamente las moradoras del monasterio de Antioquía de Siria, por orden del sultán Melek Saher Bibars I; en 1289 el sultán Melek-el-Mansur hizo matar a las moradoras del monasterio de Trípoli; y en 1291, al ser tomado San Juan de Acre (Accon o Tolemaida) por las tropas de Melek-el-Asheraf, sufrieron el martirio nada menos que setenta y cuatro hijas de Santa Clara; y también las clarisas de España, ya en ese siglo, en 1298, y en los azarosos tiempos posteriores, las del monasterio de Jaén, en número de veinte, pagaron el tributo de su sangre por la irrupción de las tropas sarracenas (I. Omaechevarría). Detallar esos virginales holocaustos gloriosos daría para un hermoso capítulo. Y este ardimiento misionero femenino continúa hasta hoy, dispuesto a la prueba extrema del amor: dar la vida por aquel que la dio por nosotros.

Mas pasemos ya a las primicias de este supremo amor franciscano.

Buscadores de su propia muerte

Si la primicia martirial del hermano Electo fue en 1218, al año -después del capítulo general de la Orden de 1219- el Pobrecillo formó otro equipo, más numeroso, para intentar de nuevo la suerte suprema. Y, pues la anterior había fallado por oriente, ahora se dirigirían hacia occidente, a tierras mahometanas de España y de Marruecos, donde pensó quizá que había más peligro, es decir, mayor oportunidad. Escogió a seis, después de invocar al Señor y calibrando bien, con discernimiento, el temple heroico de la triple pareja: los hermanos Vidal, Berardo, Pedro, Acursio, Adyuto y Otón. Por fortuna, contamos con un relato fidedigno de su hazaña (1). Los editores de Quaracchi traen las pruebas del texto crítico, y Sabatier afirmaba: «Se ha hallado recientemente el relato de sus últimas predicaciones y de su fin trágico, por un testigo ocular. Ese documento es tanto más precioso cuanto que confirma las lineas generales de la narración mucho más larga, hecha por barcos de Lisboa». Es una buena versión medieval de las mejores actas martiriales de los primeros siglos del cristianismo, particularmente en esto: con parecido talante, algunos de aquellos mártires azuzaban a las fieras para que los despedazaran, por la urgencia que tenían de rubricar su fe con su sangre.

Por su extensión no lo voy a dar al pie de la letra, pero sí con honesta fidelidad, y tratando de traducirlo al gusto literario de hoy.

Convoca San Francisco a los seis de la suerte y de la muerte, y les dice:

-- Hijitos míos: Dios me ha mandado que os envíe a tierra de sarracenos a predicar y confesar su fe, y a combatir la ley de Mahoma. También yo iré a tierra de infieles en otra dirección y enviaré a otros hermanos hacia las cuatro partes del mundo. Preparaos, hijos, a cumplir la voluntad del Señor.

Los seis inclinan reverentes la cabeza y responden:

-- Estamos dispuestos a obedecerte en todo.

A Francisco le invade el júbilo, al comprobar una sumisión tan pronta, y, con el tono más dulce de su voz, les exhorta a la paz y a la paciencia, al amor y a la humildad, a la castidad y a la pobreza. Y termina su exhortación con estas normas prácticas:

-- Llevad siempre con vosotros la Regla y el breviario. Obedeced en todo al hermano Vidal, como a vuestro hermano mayor. Hijos míos: me gozo en vuestra buena voluntad, y el amor que os tengo me hace amarga la separación. Pero hemos de preferir el mandato de Dios a nuestra voluntad propia. Os suplico que tengáis siempre ante los ojos la Pasión del Señor, y ella os fortalecerá y animará a sufrir vigorosamente por El.

Y, tras una despedida emotiva de lágrimas y abrazos, y con la bendición emocionada del santo Pobrecillo, que ellos reciben conmovidos de rodillas, los seis dejan a sus espaldas la Porciúncula y parten con rumbo a España. A pie, descalzos, sin alforja, mendigos peregrinos de Dios.

Y he aquí que, al cruzar Aragón, Vidal, «el hermano mayor», enferma gravemente. Detienen su viaje en espera de su recuperación. Pasan los días, y ésta no tiene visos de llegar. Y el hermano Vidal impone su autoridad:

-- Muy queridos hermanos, no quiero que mi enfermedad impida el objetivo de nuestra misión. Quizá el Señor no me juzga a mí digno, por mis pecados. Proseguid el camino, y no olvidéis las recomendaciones de nuestro padre y hermano Francisco. Yo me quedaré aquí, mientras lo quiera el Señor.

Y, otra vez, la pugna fraterna de los que se resisten a abandonarlo y la entereza de quien les manda poner la voluntad de Dios por encima de la propia. Al fin, los cinco se le despiden llorando y abrazándole, y con estas palabras:

-- ¡Ojalá nos encontremos en el reino de Dios!

Cruzan campos y pueblos de Aragón, de Castilla, de Extremadura, y entran en Portugal, y se llegan a Coimbra, donde está la reina doña Urraca, buscando encontrar allí apoyo y manera para bajar hacia el sur e introducirse en el reino moro de Sevilla. A la reina, devotísima, se le abren aún más sus grandes ojos por la admiración, y los toma por santos, al oír el fervor con que hablan de morir por Cristo, y le entra el capricho de que le digan de parte de Dios el día y la hora en que ella va a morir. Ellos se resisten a responderle nada, pero oran, y se sienten iluminados, y le pronostican que será corta su estancia en la tierra, y le dan la señal de que ellos mismos -«así como nos ves»- darán pronto sus cuerpos al martirio, y los traerán aquí, a Coimbra, como reliquias, y al poco tiempo entregará también ella su alma a Dios.

De Coimbra descienden a Alangueto, en los lindes bajos de Portugal con Extremadura. Allí se presentan a la princesa doña Sancha, hija del gran rey Sancho y de la reina Aldonza -venida de Aragón-, y hermana del que ahora es rey de Portugal, Alfonso II. A la tal doña Sancha, por ser dama muy honesta y religiosa, nuestros peregrinos le confían también reservadamente su propósito martirial. La princesa se asombra, pero lo aprueba, y decide ayudarlo. Su apoyo resultó concreto y eficaz, al modo como suelen las mujeres: intuye que, así como van, con sus hábitos de predicadores cristianos, no van a llegar muy lejos en tierra de moros, pues se lo impedirán en seguida los mismos comerciantes cristianos, para no poner en peligro su negocio con los árabes; y les provee de convenientes ropas seglares. Así, disfrazados de lo que no son, siguen su aventura y logran colarse en Sevilla.

En Sevilla dan con un buen cristiano, que los recoge en su casa, en la que permanecen ocultos unos días, de nuevo con el gozo y la libertad de sus hábitos. A la semana salen de su encierro, y, sin guía ni consejo de nadie, quitándose el miedo más pronto que su vestido seglar, se dirigen a la mezquita principal y pretenden entrar en ella. Los sarracenos que lo ven, primero se pasman de asombro, luego se colman de ira, y a gritos, puñetazos y estacazos los arrojan de allí.

Estos golpes, este fracaso, no les amilanan; al revés, les suben la calentura de su ansia martirial. Unos a otros se dicen:

-- ¿Qué hacemos aquí y así? ¿Por qué retrasamos nuestra predicación? Conviene que expongamos nuestra vida corporal, y prediquemos valientemente ante el mismo califa que Cristo es verdadero Dios.

Y se animan en grupo, y se llegan a la misma puerta del palacio del califa, decididos a entrar. Les corta el paso un príncipe moro, hijo del rey, preguntándoles:

-- ¿De dónde venís?

-- Venimos de Roma.

-- Y ¿qué buscáis aquí? ¿Para qué habéis venido?

-- Queremos hablar con el sultán de cosas que le interesan a él y a todo su reino.

-- ¿Traéis cartas o alguna garantía de vuestra legación?

-- Nuestra embajada no la traemos por escrito, sino en nuestra mente y en nuestras palabras.

-- Decidme a mí vuestro asunto, y yo lo transmitiré fielmente al rey.

-- No, primero debemos hablar con el rey nosotros. Tú te enterarás de nuestro negocio después.

Esa porfía termina bien para nuestros protagonistas. El príncipe moro entra donde el sultán y le cuenta al detalle su diálogo con aquellos extraños cristianos. Y el sultán decide:

-- Que pasen.

Y se repite el interrogatorio:

-- ¿De dónde sois? ¿Quién os ha enviado? ¿A qué habéis venido?

-- Somos cristianos y venimos desde Roma. Pero quien nos envía es el Rey de reyes, nuestro Dios y Señor, y para la salvación de tu alma: abandona la falsa secta del infame Mahoma, y cree en el Señor Jesucristo y recibe su bautismo, sin el cual no te podrás salvar.

Es claro. Aquel rey moro no ve lo que para nuestros protagonistas es luz meridiana: Id por el mundo entero pregonando la buena noticia a toda la humanidad. El que crea y se bautice, se salvará; el que se niegue a creer será condenado (Mc 16,15-16). Es claro. El sultán no puede dar crédito a lo que está viendo y oyendo. Y se exaspera, y, en su furia, grita:

-- ¡Hombres malvados y perversos!, ¿me decís eso a mí solo, o para todo mi pueblo?

Nuestros protagonistas, al ver que ya se había levantado la esperada tempestad, se arman de valor y le responden con rostro alegre:

-- Oh rey: sábete que, así como tú eres la cabeza del falso culto y de la inicua ley de ese falaz Mahoma, por eso mismo eres peor que los otros, y en el infierno te espera una pena mayor.

Es echar leña al fuego, y no al del infierno, sino al de la ira del sultán, colmada hasta rebosar. Y el sultán ordena que sean decapitados. Y los sacan de su presencia. Nuestros protagonistas, que lo han oído, se miran unos a otros contentísimos y se dicen:

-- ¡Albricias, hermanos, hemos encontrado lo que buscábamos! Perseveremos, y no temamos lo más mínimo el morir por Cristo.

Se lo escucha el príncipe que antes les había hecho de introductor, y les sugiere:

-- ¡Desgraciados! ¿Por qué anheláis morir tan vilmente? Atended mi consejo: desmentid lo que habéis dicho de nuestra ley y contra el profeta de Dios, Mahoma, haceos sarracenos, y seguiréis viviendo, y con muchas riquezas en este mundo.

-- ¡Desgraciado tú! -contestan ellos-. Si conocieras cuántos y qué bienes nos esperan en la vida eterna por morir así, ni se te ocurriría ofrecernos esos bienes pasajeros.

Y el príncipe moro se compadece de esa rara locura, y vuelve donde el rey su padre, buscando calmar su indignación:

-- Padre, ¿cómo has tomado esa decisión? ¿Cómo los mandas matar sin más? Ten en cuenta las leyes: consulta a los más ancianos, y luego haz lo que sea justo según su consejo.

Por el tono razonable y mesurado con que su hijo el príncipe se lo ha dicho, el sultán se ha calmado. Y, como primera providencia, ordena que los aíslen en la alta azotea de una torre. Desde allí, tomándola por púlpito, ellos, con su fiebre martirial enardecida, a todo el que pasa a sus pies le gritan la verdad de la fe cristiana y la falsedad de su fe mora. Y el sultán se entera, y manda que los bajen y los encierren en el calabozo de la torre. Luego, los llama para un nuevo careo:

-- Hombres locos y miserables: ¿todavía seguís aferrados a vuestra actitud disparatada?

-- Nuestras voluntades están siempre firmemente apoyadas en la fe de nuestro Señor Jesucristo.

El sultán se convence de que no les va a hacer cambiar, ni por las buenas ni por las malas. Y convoca al Consejo de sabios y ancianos del reino, y les presenta a nuestros protagonistas, y nuestros protagonistas aprovechan la selecta asamblea para anunciar con firmeza su fe. Y el rey decide poner fin a aquel litigio ingrato y ordena el exilio:

-- ¿A dónde queréis ir, a tierra de cristianos o a Marruecos?

Y ellos no eligen, sino que se ratifican en su propósito:

-- Nuestros cuerpos están en tus manos, pero nuestras almas no las puedes dañar. Mándanos donde te parezca. Por nuestra parte, estamos dispuestos a morir por Cristo.

La epopeya

Pensándolo bien, el califa de Sevilla los pone en camino de Marruecos: adivina que, si los envía a Portugal o a Castilla por una frontera, por la misma o por otra han de volver a meterse en su reino. Y tiene una buena ocasión: uno de estos días va a zarpar rumbo a Marruecos el infante don Pedro, hermano del rey de Portugal y de nuestra conocida infanta doña Sancha. Este infante don Pedro no se entiende políticamente con su hermano el rey Alfonso II, y, temiendo alguna venganza personal, ha decidido ponerse a las órdenes del Miramamolín de Marruecos con un grupo de soldados cristianos, para ayudarle en su lucha con otros jefes moros.

Don Pedro, cristiano de corazón, les toma a nuestros protagonistas un claro aprecio. Se los lleva en su expedición, y, ya en suelo marroquí, los aloja en su propia casa. Y nuestros protagonistas no retardan su objetivo. Con libertad evangélica recorren la ciudad, y, en cuanto ven un grupo de moros -en el zoco o en cualquier calle-, les predican audazmente el mensaje salvador; especialmente el hermano Berardo, que conoce mejor el árabe. Y los moros les miran y escuchan con asombro, y los toman por unos hombres que han perdido el juicio.

Un día en que el hermano Berardo ha hecho de una carroza abandonada su cátedra para los transeúntes, ve que se acerca con su comitiva el propio Miramamolín, el sultán Aboidile, de paso a visitar el sepulcro de sus antepasados, fuera de la ciudad, junto a la muralla. El Miramamolín se queda de una pieza al ver y oír la osadía predicadora del hermano Berardo, y le propina una dura reprensión. Pero el predicador continúa impertérrito su mensaje, combinando las diatribas a Mahoma con la proclamación del evangelio de Jesús. Al convencerse de que la cosa va en firme y en serio, el Miramamolín arde en cólera, y decreta que los cinco autores de la grave ofensa mahometana sean expulsados inmediatamente de la ciudad, y obligados a tornar a un país cristiano.

El infante don Pedro los toma de su cuenta, con el doble interés de librarlos de la furia del sultán y de evitar la malquerencia de éste contra los cristianos, y comisiona a un piquete de sus soldados para que los trasladen al puerto de Ceuta. No sabe tampoco el infante con quiénes se la juega. A mitad de camino, los cinco de la fiebre santa se desentienden sigilosamente de sus custodios, regresan a la ciudad, y se ponen a predicar a los sarracenos en plena ebullición del zoco.

La noticia llega a la par al infante y al sultán. Y el sultán manda furibundamente que se les encarcele, y que en la cárcel no se les dé trozo de comida ni gota de bebida, ni se consienta a nadie que se la suministre. Los carceleros se cuidan muy bien de observar la orden real. Veinte días en aquel calabozo del hambre y de la sed, agravadas por una hórrida tempestad de simún que abrasa el aire, sin más sustento ni aliento que su confianza en el Señor.

A ese filo de las tres semanas de ayuno total, uno de los consejeros del Miramamolín, llamado Ababaturim -un mahometano que miraba con cierta simpatía a los cristianos-, le insinúa que suelte a los cinco religiosos presos, no sea que el horror de aquel largo vendaval quemante haya sobrevenido como un castigo por atormentarlos. Y el Miramamolín da dos órdenes perentorias: a los carceleros, que los liberen; y a los cristianos más responsables, que inmediatamente los saquen de sus términos a cualquier lugar cristiano.

Para hacer eficaz esta medida, reúne en su palacio a los presos y a algunos de los cristianos principales. Y queda todo sorprendido -y con él los demás circunstantes- de que veinte días sin probar gota ni bocado no hayan dejado en ellos huella de debilidad ni desánimo. Y les pregunta:

-- ¿Quién os ha alimentado en la cárcel todos estos días?

-- Te lo diremos -responde en tono de misterio el hermano Berardo- si te decides a instruirte en la fe católica.

Y Aboidile se da cuenta de que, a gentes así, o dejarlos o matarlos. Y por una vez más resuelve dejarlos. Y ellos salen de su presencia dispuestos a predicar; pero, ahora, quienes no se lo consienten son los cristianos, que empiezan a temer, con pánico, que al odio islámico del sultán le dé por cortar a mansalva cabezas de cristianos. Al hermano Berardo le causa risa y pena tanto miedo; mas, por compasión de ellos, se calla. Y ellos los toman a buen recaudo, y otra vez los ponen bien guardados camino de Ceuta.

Hay que declarar a estos apasionados de la libertad evangélica -entre otros títulos- especialistas en fugas: porque de nuevo, antes de llegar a su destino, se desentienden de sus guardianes... y hételos otra vez en la ciudad del sultán. Y ahora es el infante don Pedro el que se los lleva a su casa, no como antes, con la cortesía de su hospitalidad, sino por el miedo de que su empeño evangelizador les cueste la vida a todos.

Pero el infante tiene que salir con una tropa conjunta de moros y cristianos a sofocar una rebelión, y se lleva consigo a nuestros protagonistas. Y sucede que por poco fenece la tropa entera sin entrar en batalla. Atraviesan una región desértica. Tres jornadas cumplidas sin dar con una gota de agua, ni para los soldados ni para las caballerías. Un sol de cuarzo arriba y un horno de arena abajo les puso en ansia de muerte. El cronista anota aquí esta hipérbole: «Si hubieran encontrado una arena algo húmeda, la hubieran chupado con ansia de vida». Pero aquel mar de arenas no tiene agua. Y viene el milagro. El milagro de la fe evangélica: Os aseguro que, si uno le dice al monte ése: "Quítate de ahí y tírate al mar", no con reservas interiores, sino creyendo que va a suceder lo que dice, lo obtendrá (Mc 11,23). Tal es en esos momentos la fe del hermano Berardo. Se dirige vivamente a Dios, toma en sus manos una varita, y -zahorí divino- perfora con ella la arena reseca, y brota una fuente de agua abundante, con la que sacian su sed hombres y bestias, con la que colman todos los odres y pellejos disponibles. Y calmada la sed, y colmado el suministro, se agota la fuente. Mahometanos y cristianos, maravillados y alborozados, besan los pies y los hábitos de los frailes prodigiosos.

Ni sueñan éstos que por aquí les va a venir el principio de su muerte deseada. A su éxito de zahoríes portentosos, se ha ido sumando aquellos días su triunfo apologético sobre uno de los más sabios y devotos de la fe del Islam, reconocido y admirado como tal en todo el reino. Por lo que sea, va también en aquella comitiva guerrera. Y los días son largos, y es permanente la convivencia y conversación entre moros y cristianos, y el docto y fervoroso musulmán se enzarza en agudas discusiones con nuestros protagonistas. Y éstos -no por ser cinco contra uno, sino por la inspiración y oportunidad de sus argumentos- le dejan cada vez en situación de vencido, y él no puede soportar la humillación, y, en cuanto regresan a la capital, se escabulle del grupo y desaparece del reino.

Vuelta la tropa de su misión, no tarda el Miramamolín en conocer el prodigio del agua y el mal papel de su sabio imán. Ni tardan nuestros protagonistas en hacerse encontradizos con él, en el mismo lugar y a la misma hora temprana de su paso habitual hacia las tumbas de sus predecesores. Allí están, sobresaliendo y predicando. Y él, al verlos y oírles, con la doble rabia de su prestigio como sabios y taumaturgos, arde en furor, y manda venir a uno de sus príncipes, Abosaide. Abosaide había sido testigo del agua en el desierto. Y el Miramamolín le ordena que los aprese y los decapite. Pero el príncipe, entre admirado y compasivo, demora la ejecución desde la mañana hasta el atardecer, confiando en que algunos de los cristianos nobles intercedan ante el sultán y consigan la revocación de la sentencia.

No están hoy estos cristianos -ni nobles ni plebeyos- para tafetanes apaciguadores. Se azoran. Ven que ha estallado la iracundia del sultán, y temen -y no sin razón- que estalle también un motín de la turba moruna, vengativa de las ofensas contra «Alá y su Profeta». Y los cristianos todos, altos y bajos, con la excepción de los que están cautivos y al servicio de los sarracenos, se encierran en sus casas, y trancan bien la puerta; y más, que sienten y oyen cómo algunos grupos de mahometanos se apostan por fuera, dispuestos a la sarracina y al pillaje.

Al fin, llegada la noche, Abosaide envía un piquete de soldados con la orden de que se los traigan. Nuestros protagonistas, nada más ver a quienes vienen a prenderlos, piensan que ya ha llegado su hora, se santiguan con una gran cruz gozosa y decidida, y siguen ágilmente a estos emisarios: verdaderamente hay fiebres incontrolables. Presos y prendentes llegan a la casa del príncipe, y el príncipe no está -¿otra maña de Abosaide para darle largas al asunto?-, y entonces los soldados los conducen a su cuartel, y le encomiendan su custodia a un italiano renegado.

Al amanecer, vuelta a llevarlos a casa de Abosaide, y vuelta éste a no comparecer. Y los soldados del piquete se enfurecen, y con rabia desatada, a bofetadas y empellones, los llevan a encerrar en la cárcel principal de la ciudad. Y nuestros protagonistas, lo de siempre: en la cárcel siguen proclamando la palabra de Dios a cuantos pueden, moros y cristianos. Al cabo de tres días de prisión, Abosaide se decide a actuar y manda que se los lleven. Y se los llevan a pasos de crueldad: los desnudan con violencia, les atan las manos a la espalda, los azotan hasta rasgarles las carnes, hasta enrojecerles el rostro con su sangre. Y así se los presentan al príncipe. Este les interroga en juicio formal:

-- ¿De dónde sois?

-- Somos cristianos, y venimos de Roma.

-- ¿Por qué habéis osado entrar aquí sin licencia, cuando sabéis que estamos en guerra declarada con los cristianos?

El hermano Otón le responde:

-- Hemos venido aquí con el permiso de nuestro hermano mayor, Francisco. También él está como nosotros, por otras partes de la tierra, buscando el bien de los hombres. Y venimos para predicaros el camino de la verdad: aunque seáis nuestros enemigos, os amamos de corazón, por Dios.

-- ¿Y cuál es el camino de la verdad?

-- Este -siguió el hermano Otón-: que creáis en un solo Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en que el Hijo se hizo hombre, y al fin fue crucificado por la salvación de todos. Y quienes no creen esto, sin remedio serán atormentados en el fuego eterno.

El príncipe Abosaide se le sonríe, con cierta saña oculta:

-- ¿De dónde lo sabes tú?

-- Lo sé por el testimonio de Abrahán, de Isaac y de Jacob, y de todos los patriarcas y profetas, y de nuestro mismo Señor Jesucristo: El es el Camino, y el que va fuera de El va errado; El es la Verdad, y sin El todo es engaño; El es la Vida, y sin El se tiene la muerte sin fin. Y de ahí que vuestro Mahoma os lleva falsamente y por camino equivocado a la muerte eterna, donde él mismo es atormentado perpetuamente con todos los que le siguen.

Abosaide pierde los estribos y grita:

-- ¡Evidente! Vosotros estáis poseídos por el espíritu diabólico, que os hace hablar así.

Y, en un acceso de furor, manda que los lleven por separado a casas distintas, y que los azoten bien azotados. Y estos ministros del odio y de la venganza vuelven a desnudarlos, y los atan de manos y pies, y los arrastran y vuelven a arrastrar, al mismo tiempo que los flagelan tan atrozmente, que se diría que se les van a salir las entrañas. Y hierven aceite y vinagre, y los derraman sobre sus heridas; y rompen unos vidrios y los esparcen por el suelo, y los arrastran sobre ellos, así heridos y desnudos. La orgía sádica dura casi toda la noche. Algunos espectadores, entre compasivos y ofendidos, les dicen:

-- ¡Desgraciados! ¿A qué aguantáis tantos tormentos por una mentira? Convertíos a nuestra ley y a nuestra fe, y viviréis.

A éstos -y a esto- nuestros protagonistas no responden palabra. Valientemente, desde sus cuerpos tendidos y lacerados, alaban al Señor en voz alta, y se animan unos a otros a sufrir con paciencia hasta el fin, hasta la muerte.

Treinta sarracenos se ensañan así con ellos. Y se toman un descanso, antes del amanecer. Y en su duermevela les parece -¿ver, soñar?- que desciende del cielo una luz esplendorosa, y envuelve hermosamente a sus cinco víctimas, y las transporta al paraíso en medio de una innumerable comitiva celeste. Y corren con espanto a contárselo al infante don Pedro, y éste les tranquiliza:

-- No os preocupéis. Continúan en la cárcel. Yo les he estado oyendo toda la noche alabando al Señor. No tengáis miedo de que se os escapen.

El Miramamolín está siendo informado de todo. Su ira se va inflamando más y más con cada nueva noticia, y ordena que se los traigan. El infante don Pedro piensa que ahora sí ha llegado la hora de su sacrificio martirial, y acude con la primera luz al príncipe Abosaide, a quien considera su amigo, y le suplica que, en caso de que los maten, le entreguen sus cuerpos, para darles cristiana sepultura.

Y los conducen al palacio del Miramamolín. ¡Qué vía crucis de espanto! Totalmente despojados, atadas las manos, descalzos los pies, sus bocas echando sangre, los llevan por las calles impeliéndolos con restallantes latigazos. Al llegar a palacio, Abosaide se les pone delante y les increpa:

-- ¡Miserables! ¿Estáis locos? ¿Por qué sufrís tanto por vuestra fe, tan falsa como inicua? Atended mi consejo, y tendréis aquí honores y riquezas, y después el paraíso. Convertíos a la ley sarracena, retractaos de lo que habéis dicho contra nosotros y contra nuestro Profeta, y se os perdonará todo, y seréis grandes entre nosotros.

El hermano Otón vuelve a tomar la antorcha de la intrepidez:

-- No nos compadezcas en nada: a través de estos tormentos leves y pasajeros caminamos de prisa a la gloria eterna. Compadécete de tu alma infeliz, a la que le espera el fuego eternal, a no ser que te conviertas plenamente a Cristo y a nuestra fe, y te bautices en el agua y el Espíritu Santo para el perdón de tus pecados. ¡Vaya ley tuya nefandísima a la que nos invitas, y vaya vuestro vilísimo Mahoma!

Y remata sus palabras con un gesto de desprecio, lanzando al suelo un escupitajo. Abosaide, fuera de sí, le propina una bofetada en la mandíbula derecha. Y el hermano Otón le presenta en gesto rápido la izquierda, mientras le dice:

-- Dios te perdone, pues no sabes lo que haces. Aquí tienes la otra para otra bofetada: dispuesto estoy a recibirla con paciencia, siguiendo el consejo de nuestro Señor Jesucristo.

No ha entendido bien Abosaide, y pregunta a los cristianos presentes:

-- ¿Qué ha dicho éste?

-- Nada -le responden-. Sólo ha dicho que Dios te perdone.

Y el príncipe los pasa a la presencia del Miramamolín. Este, una vez que los tiene ante sí, manda salir a todos, menos a algunas de sus concubinas. Ya a solas con ellos y con ellas, se encara severamente con nuestros héroes:

-- ¿Sois vosotros esos que vituperáis nuestra ley y nuestra fe, y al gran Profeta de Alá?

-- Nosotros no vituperamos ninguna fe verdadera, pues vuestra fe no es fe, sino puro error y mentira. Sólo la fe de los cristianos es verdadera fe, y es ciertísima. Y nosotros no la vituperamos, sino que con todas nuestras fuerzas la defendemos y veneramos.

El Miramamolín cambia de rostro y de táctica, y les propone insinuante:

-- Convertíos a nuestra fe, y os daré estas mujeres como esposas, y muchas riquezas, y puestos de honor en mi reino.

-- Para ti tus mujeres y tu dinero -contestan firmemente ellos-. Nosotros lo despreciamos por Cristo.

La negativa tajante duplica el furor del Miramamolín:

-- ¡Mi autoridad y mi espada curarán del todo vuestra locura!

-- Sí: nuestros cuerpos y nuestras miserables carnes están bajo tu autoridad, pero nuestras almas están sólo en las manos de Dios.

A estas palabras, ante esta actitud, el Miramamolín se enrabia hasta el paroxismo. Reclama una cimitarra. Con su propia mano la blande, y, separándolos uno a uno, uno a uno les raja la frente, uno a uno les cercena la cerviz. Tres cimitarras mella en la frenética ejecución. Completan aquella orgía de sangre las odaliscas. Como locas, como en una danza macabra, van tomando los cuerpos y las cabezas de los cinco, y los van arrojando a la calle. En la calle, el populacho, ebrio también de furor y de sangre, ata con sogas los pies y las manos de cada víctima, y, ululando como en un griterío triunfal, los sacan de los jardines del sultán, y los arrojan fuera de los muros de la ciudad. Y toman como trofeo las cabezas y otros miembros, y los pasean por las calles en un desenfreno salvaje que dura hasta la noche.

Es el 16 de enero de 1220.

Honras póstumas

Desde aquel momento, los cristianos de Marruecos los apreciaron como auténticos mártires, y empezaron a honrarlos como tales. Aun a riesgo de sus propias vidas, intentaron rescatar sus cuerpos para guardarlos como reliquias. Tuvieron que acudir al soborno de unos sarracenos amigos para lograr hacerse con ellos. El infante don Pedro se encargó, con reserva y reverencia sumas, de disecar las carnes en la azotea de su casa con el fuego achicharrante del sol, y preparó dos cajas de plata, una para las cabezas, otra para los huesos y la carne disecada. Y después de muchas peripecias -algunas, realmente rocambolescas- logró salir con ellas de la capital, llegar a Ceuta y embarcarse allí con las reliquias y con su familia, y arribar primero a Sevilla y luego a Portugal.

A Portugal había llegado la fama del martirio antes que él con su preciosa carga, aureolada con las gracias y milagros que Dios obraba por su intercesión, y que no son de contar aquí.

En Coimbra, la reina doña Urraca, que tanto les admiró y apreció antes de su muerte, les salió a recibir con todo el pueblo a la puerta de la ciudad, y, en una procesión devota, jubilosa, solemne, trasladaron las santas reliquias al monasterio de la Santa Cruz, donde les dieron honrosa sepultura, y donde siguieron floreciendo los milagros. Y el primero, el cumplimiento de la profecía: tal como se lo habían anunciado los mártires en el viaje de ida, doña Urraca, la piadosa reina, falleció de noche, al poco del regreso de las reliquias.

En este monasterio de canónigos de San Agustín, un joven canónigo, noble y sabio, don Fernando Martins, que había conocido y admirado allí un año antes su fiebre martirial, sintió ahora una envidia irrefrenable de vivir y morir como ellos, y se hizo hermano menor, con el nombre de «hermano Antonio», el que luego sería celebérrimo como San Antonio de Padua. Y se embarcó para Marruecos, dispuesto a repetir la hazaña. Pero los vientos del mar y de Dios le llevaron a las costas de Sicilia, dejando para siempre a la espalda sus heroicos sueños. Nunca, sin embargo, este mártir fallido olvidaría aquella envidia loca, que cambió su vida. Y le gustaba predicar sobre la Pasión del Señor, describiéndolo cubierto de sangre del principio al fin, desde su circuncisión hasta la cruz. Lo proclamaba: «El sol aparece rubicundo en su oriente y en su ocaso. Así, Cristo fue teñido de sangre en el principio y en el fin de su vida... Fue el amor quien llevó al Hijo de Dios al suplicio... Acerbo dolor, para maravillarse de él: sufrió más que todos los hombres...».

En Aragón, el hermano Vidal, otro fallido en la divina aventura, cuando se enteró de su martirio, se gozó y se dolió infinito: se alegró por ellos lo indecible; pero se entristeció tanto o más por sí mismo, porque no le había sido dado acompañarlos en la suerte. Y en esta pena vivió hasta la muerte, con el anhelo de padecer por Cristo.

Y en Asís, Clara, a la que un papa llamaría «la mujer suprema de su tiempo», al llegarle la noticia de esa palma martirial de Marruecos, se entusiasmó hasta el arrebato con el anhelo de alcanzarla ella también, como ya conocemos. Más lejos, en Siria, también vino a saberlo el Pobrecillo, que había peregrinado a oriente buscando lo mismo, y no lo halló. Al conocerlo, «se alegró en extremo, y exclamó jubilosamente: ¡Ahora puedo decir con verdad que tengo cinco hermanos!»

El había definido inspiradamente que «sería buen hermano menor aquel que fuera...» como los mejores caballeros de su Tabla Redonda, y propuso una lista de nueve, cada uno con sus características prendas ejemplares (cf. EP 85). Ahora añadía casi cantando que sería buen hermano menor aquel que fuera capaz de dar la vida por Cristo, como los cinco de aquella suerte marroquí. Era la canonización franciscana de sus protomártires, de sus miembros más heroicos.

Otro igualmente fracasado, que vibró con esa doble nota de la alegría y de la nostalgia, fue nuestro hermano Gil, el cual, más tarde, se lamentaba de que los superiores de la Orden no promovieran la canonización de estos héroes, no por la gloria de la Orden, sino para que resplandeciera en ellos el honor de Dios, y para que cundiera el ejemplo. Con uno de sus refranes típicos, afirmaba: «Si no tuviéramos esos ejemplos de nuestros predecesores, quizá no estaríamos donde estamos. Pero Dios da oro a quien le da oro, escarlata a quien le da escarlata, garambainas a quien le da garambainas. Lo que uno hace ante Dios, eso queda ante El, Dios no lo cambia». He ahí un condensado panegírico de los que San Francisco había canonizado: despreciando todo el fárrago de este mundo, ellos habían ofrendado a Dios la escarlata de su sangre y el oro de su acrisolado amor. En 1481, Sixto IV, con la bula Cum alias animo, concedió su fiesta litúrgica a toda la Orden, haciéndola también extensiva a toda la Iglesia. Su fiesta se celebra el 16 de enero, aniversario de su martirio.