HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

jueves, 17 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 26: De bien en mejor

Se han reanudado las reuniones en la Cartuja las mañanas de los días de fiesta. Pedro Fabro se ha alegrado profundamente, a su manera sosegada y discreta, al ver a su amigo incorporado a este grupo que sigue a Ignacio. A lo largo de las reuniones que se suceden en los años 1533 y 1534, Francisco tiene ocasión de conocer íntimamente y comenzar a estimar a otros componentes de este grupo a los que Ignacio distingue con una especial amistad. Diego Laínez, es un castellano menudo de cuerpo, alegre y vivo. Dotado de un talento extraordinario, posee ya, a sus poco más de veinte años, el título de maestro con mención honorífica, concedido por la Universidad de Alcalá.

Alfonso Salmerón es también castellano, de Toledo, tiene tres años menos que Laínez y está asímismo dotado de una gran inteligencia que ha dedicado al aprendizaje de las lenguas clásicas. Puede expresarse fluidamente en latín y griego.
Alonso de Bobadilla, nacido en la provincia de Palencia, es tres años mayor que Laínez. Tiene un carácter fuerte, abierto, franco, brusco a veces. Es bachiller por Alcalá y, al llegar a París, falto de recursos para proseguir sus estudios, ha recurrido a Ignacio, que le ha ayudado con dineros y le ha conseguido una plaza de regente en el colegio Calvi.

Simón Rodrigues es portugués. Francisco le conocía ya porque ha sido compañero suyo en el colegio de Santa Bárbara, donde, como otros muchos portugueses, disfruta de las becas concedidas por el rey Juan III de Portugal. Rodrigues es un hombre inquieto, melancólico, imaginativo e inestable.

A todos estos muchachos de procedencias tan dispares y personalidades tan distintas, Ignacio ha ido formándolos, poco a poco, hasta aficionarlos, y comprometerlos más tarde, con sus altos ideales de vida en pobreza, búsqueda incansable de la voluntad de Dios y humilde dedicación al servicio de los prójimos.
Ninguno de estos hombres ha tenido que pasar por una crisis de conversión propiamente dicha, simplemente han "enderezado sus sendas", han tomado un camino por el que se proponen avanzar yendo "de bien en mejor", según expresión del propio Ignacio.
-Son el mejor regalo que puedo hacer a mis amigos -ha declarado Loyola.

Y porque lo cree sinceramente ofrece a los muchachos del grupo "ponerlos en Ejercicios". Uno tras otro, y cada uno de ellos separadamente, han recibido el regalo. En cada caso, la experiencia se ha vivido de diferente manera y ha producido respuestas distintas, de acuerdo con las diversas personalidades de los ejercitantes; pero todos han salido de estos días de retiro confirmados en su decisión de seguir a Dios en pobreza y de ayudar a los prójimos.

El primero en hacer los Ejercicios Espirituales ha sido Pedro Fabro. De la experiencia vivida en estas semanas ha salido renovado y con las ideas muy claras:
-Ahora estoy bien seguro de lo que debo hacer, tengo la certeza de lo que Dios quiere de mí. Seré sacerdote y trabajaré por el bien de los demás sin aceptar nunca beneficios ni remuneración alguna.

Y el día 14 de mayo, Ignacio y los otros cinco jóvenes universitarios asisten, graves y emocionados, a la ordenación sacerdotal de su compañero. También todos ellos se proponen alcanzar algún día esa dignidad que los convertirá en intermediarios entre Dios y los hombres, en servidores de los más pobres, en maestros de las verdades eternas, en ejemplos vivos de todas las virtudes...
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 25: Maestro Javier

Ha conseguido con extraordinaria facilidad, con una tan extraordinaria facilidad que hasta a él mismo le sorprende y le halaga sobremanera, un puesto de regente en el colegio Beauvais. Y casi inmediatamente después, varios alumnos han venido a rogarle que los admita como discípulos. No sabe que Ignacio, que se interesa vivamente por él, le ha recomendado para el puesto de regente y anima a los estudiantes a solicitar sus lecciones.

Van a solucionarse sus problemas económicos. Empieza a tener un agradable presente y se le prepara para adelante un halagüeño futuro. Se ha demostrado a sí mismo que es capaz de lograr a fuerza de inteligencia, de tesón y de trabajo un primer escalón en la carrera de méritos académicos que se había propuesto conseguir. A partir de ahora todo será más fácil. Se sabe poseedor de un físico más que agradable, de una mente más que medianamente despierta y de una personalidad muy atractiva. Tiene muchos amigos. Está seguro de poder llegar tan alto y tan lejos como se lo proponga. Sí, maestro Francisco está satisfecho, muy satisfecho.

El trabajo como regente le ha supuesto poder ocupar un aposento para él solo en el colegio de Beauvais, aunque esto no le ha separado gran cosa de sus antiguos compañeros. El colegio de Santa Bárbara queda cerca. Tiene que pasar bastantes horas cada jornada con sus alumnos y debe dedicar también tiempo a sus propios estudios, pero siempre que puede encontrar un rato libre se acerca a su anterior residencia para hacer una visita a su buen amigo Pedro y quizá también para conseguir noticias directas sobre la vida y andanzas de Loyola, cuya personalidad y actividades le interesan cada día más.

Esta tarde ha encontrado a Fabro solo con sus libros.
-Vaya, no es nada raro hallarte estudiando, pero sí que resulta asombroso encontrarte sin tu inseparable compañero -ha sido el saludo.

-Demasiadas veces me encontrarás sin él. Tiene siempre tantas y tan diversas ocupaciones...
-¿Ya no estudia?
-Sí, estudia mucho y con gran provecho.
-¿Todavía le sirves de repetidor?
-Sí, le ayudo en lo que puedo.
-¿Y te paga?
-¡No! ¿Por qué habría de hacerlo?
-Le estás enseñando, ¿no?; a los maestros se les paga...
-Me enseña él a mí mucho más de lo que yo puedo repetirle a él.
-¿Te enseña él a ti? ¿Qué puede enseñarte?
-Mucho y bueno.
-A ver, cuéntame algo de lo que habláis. Si es cierto que tú aprendes algo de él, quizá también a mí me sirva de algún provecho -dice Francisco en tono festivo.
-Pues... anoche hablamos de la gloria de Dios.
-¿La gloria de Dios? ¿Qué sabe Ignacio de la gloria de Dios?

-Debe de saber, porque la descubre en todas partes de esta obra magnífica que es el universo. Una obra que refleja el talento infinito del que la hizo. El hombre no puede crear lo que Dios crea, sólo puede reconocer y admirar la gloria de ése Artífice...

-Creo que miráis demasiado a las estrellas.
-A las estrellas y a la Tierra y al Sol y a las aguas que lo reflejan, a los pájaros y a las flores...
-Así que Ignacio opina que la gloria de Dios se manifiesta en las cosas, en los animales, en las plantas...
-¡Y en el hombre! ¿Por qué crees que Ignacio anda siempre ocupado en ayudar a todos los compañeros que lo precisan?
-No sé... Es su modo de ser, supongo.
-En su mirada, capaz de entrar en lo más íntimo del corazón de las personas que tiene cerca y de ver allí la imagen y semejanza de Dios que todo hombre lleva dentro de sí. En ti también se manifiesta la gloria de Dios.
-¿En mí? ¿De qué modo se puede manifestar la gloria de Dios en mí?
-Eres un hombre inteligente, tienes un corazón generoso...
-¡Bah!
-Un corazón generoso que estás tratando de esconder y que acabará estallándote.

-¡Estallando de furia como no te calles pronto!
-Estallando de generosidad... No podrás ocultar durante mucho tiempo la gloria de Dios que llevas dentro...
-¡Yo no estoy queriendo ocultar nada!
-Más te vale, porque tampoco ibas a conseguirlo... Y dice Ignacio que por esa gloria de Dios que reside en el interior de cada uno de nosotros y en cada uno de nuestros prójimos hemos de trabajar sin descanso.

La conversación de los dos amigos se ha prolongado todavía durante un rato. Francisco parece interesado en el tema.
-Así que la gloria de Dios... Trabajar por la gloria de Dios que reside en mí y en los otros... He de pensar despacio en ello, creo que no acabo de entenderlo...
-Deberías hablar con Ignacio -le recomienda Fabro.
-Te repites, amigo -dice Francisco con una mueca burlona-. Me has aconsejado eso mismo más de cien veces ya.
-Y otras tantas te lo volveré a decir. Algún día me harás caso, espero. Y entonces comprobarás que te será de gran provecho hablar con Ignacio y que te gustará hacerlo... -afirma Pedro seriamente.

Maestro Francisco ha marchado camino de su residencia con paso lento y actitud meditativa. Y cuando ha llegado a su colegio...

-Buenas noches, maestro Francisco -ha saludado el portero saliendo a su encuentro con aire agitado.
-Buenas noches, Eugenio. ¿Qué ocurre?
-¿Habéis oído ya las terribles noticias?
-¿Qué noticias, Eugenio?
-¡La peste, tenemos ya la peste entre nosotros! Se sabe que han muerto cuatro estudiantes en una casa junto al colegio Boncourt y me han contado que hay allí una docena al menos de otros estudiantes con fiebres altísimas y cubiertos de llagas... ¿Qué va a ser de nosotros? ¿Qué podemos hacer?

-Haremos lo que es aconsejado hacer en estos casos. Retirar lo más rápidamente posible a los muertos. Aislar a los enfermos para que no contagien a otros y cuidarlos y atenderlos para tratar de salvarlos.
-¡Cuidar a los contagiados! ¡No seré yo el que se arriesgue haciendo eso! ¡Todos los que se ponen cerca de un apestado contraen las fiebres sin remedio! ¡Hasta respirar el aire que está cerca de ellos es un peligro grandísimo!

-No creo que la cosa sea tan grave. Estáis exagerando, ¿no os parece?
-¿Exagerando? ¿Sabéis que ya se ha dado la orden de que si algún colegial ha estado junto a un apestado deberá permanecer durante un tiempo sin volver a dormir en su colegio hasta estar seguro de que no ha contraído la peste? ¿Exagerando? ¡Sólo un loco iría voluntariamente a ponerse cerca de los contagiados...! Y a propósito de locos, seguro que vos conocéis a un cierto Ignacio de Loyola, que es un colegial de Santa Bárbara, ¿no?

-Sí, le conozco, ¿qué hay con él?
-Pues eso, que es un loco. Me acaban de contar que se ha metido en la casa de los apestados y que está allí desde primeras horas de la tarde, cambiándoles las ropas, lavándoles las llagas, dándoles de beber ¡Tocándoles...! ¡Loco, ese hombre debe de estar loco por fuerza...! ¡Os digo que...!

Maestro Francisco no escucha ya la perorata del bueno de Eugenio. Lo que ha oído ha sido suficiente para hacerle tomar una decisión.

En vez de entrar en el colegio, como era su intención de hace unos momentos, ha dado media vuelta y se ha encaminado hacia la residencia de estudiantes que está junto al colegio Boncourt; pero al llegar allá no se decide a entrar inmediatamente en la casa y se concede un tiempo para pensar su primer impulso...

Durante horas deambula por el barrio estudiantil recorriendo las calles solitarias.

Hace ya días que se venía rumoreando que había reaparecido la peste en París. Los contagiados se ven asaltados por fiebres muy altas, más tarde aparecen flemones por todo el cuerpo que, al cabo de unos días, se abren convirtiéndose en llagas dolorosísimas que supuran humores pestilentes... La mortandad es enorme... Algunos barrios pobres de la ciudad parecen haber sido especialmente afectados por la peste. Ahora la epidemia ha llegado a la orilla izquierda del Sena.

"Y cuando todo el mundo está asustado y tiende a alejarse lo más posible de los apestados", se dice Francisco, "Loyola se pone voluntariamente al servicio de los enfermos... Es un gesto muy valiente, un acto muy generoso; el que hace una cosa así tiene que estar animado de una extraordinaria fuerza interior... ¿Qué es lo que le impulsa a Ignacio a hacer este tipo de cosas? Quizá tiene razón Pedro, quizá yo puedo aprender mucho de este guipuzcoano..."

¿Qué especial movimiento de la gracia, qué especial manifestación de la gloria de Dios que se alberga en lo más íntimo de su ser le ha hecho caer en la cuenta, descubrir de repente con claridad meridiana algo que ya venía fraguándose en su interior desde hace meses: el convencimiento de que Ignacio de Loyola es el maestro que el Señor ha puesto en su camino para mostrarle su voluntad?

Y está ya muy avanzada la noche cuando, al fin, considera llegado el momento de entrar en la casa. La puerta está abierta y el zaguán completamente a oscuras, por lo que entra tanteando prudentemente la pared. No se oye el menor sonido, así que decide esperar. Se deja caer junto a la pared y así, sentado en el suelo, aguarda...
Al cabo de un rato, sus ojos se han habituado a la oscuridad y puede descubrir que tiene frente a él, al otro lado del zaguán, la borrosa silueta de un mueble grande, un banco... Un banco de madera oscura sobre el que se va destacando, poco a poco y cada vez más claramente, el bulto alargado que es, seguramente el cuerpo de un hombre tendido sobre el asiento. Un hombre que parece dormir profundamente. Francisco mantiene sus ojos fijos en el hombre que duerme, y espera... ¿Qué espera? ¿Por qué espera? ¿Acaso lo sabe él mismo?

Pasa el tiempo, está empezando a clarear. El hombre dormido se remueve sobre su duro lecho, abre los ojos, se medio incorpora y lentamente traza sobre sí mismo una amplia señal de la cruz, de la frente al pecho, desde el hombro izquierdo hasta el derecho...

Francisco le ha reconocido inmediatamente:
-Buenos días, Loyola.
-¡Francisco!
-El mismo; llevo horas mirándote. ¿Cómo puedes dormir tan profundamente sobre una madera?
-Cuestión de costumbre, amigo; en lugares menos cómodos he dormido muchas noches... ¿Qué haces tú aquí? ¿No sabes que en esta casa hay peste?
-¿No lo supiste tú ayer tarde y también estás aquí?
-Puedes contagiarte...
-¿Te has contagiado tú?
-No sé, no creo.
-No te has contagiado tú, que eres guipuzcoano, ¿y crees que puedo contagiarme yo, que soy navarro? -bromea Francisco.
-Dime, ¿a qué has venido?
-A encontrarte.
-¿Para qué?

La alta silueta del maestro Francisco se ha destacado a contraluz sobre el vano de la puerta cuando ha cruzado el zaguán para venir a sentarse en el banco junto a Ignacio.
-He venido a rogarte que me hables de la gloria de Dios.
A la claridad creciente del alba, que se va haciendo más y más luminosa por momentos, estos dos hombres se miran profundamente a los ojos y guardan silencio durante un largo rato. Ignacio intuye que Dios acaba de confiarle al que será uno de sus mejores discípulos.
Francisco se confirma en el reciente deslumbrante descubrimiento de que está ante el maestro que Dios ha puesto en su camino. A ninguno de los dos les sorprende demasiado lo que está ocurriendo, es algo que venían presintiendo, esperando, ¡deseando!, desde hacía ya largo tiempo...

En las miradas que intercambian se refleja el amor que sienten el uno por el otro, el respeto inmenso con que se contemplan el uno al otro. El amor y el respeto profundos con que el maestro-padre acoge al hijo-discípulo; el amor y el respeto profundos con que el hijo-discípulo reconoce y acepta la autoridad del padre-maestro.

No se hablan mucho; tampoco hacen falta ahora grandes discursos; pero Francisco ha venido a pedir una enseñanza y Loyola se la ofrece. Habla en frases lentas y tono confidencial; casi parece que habla sólo para sí mismo... Está compartiendo con Francisco, en esta semipenumbra prometedora de la amanecida, sus más profundas convicciones, las verdades en las que cree y en las que fundamenta el programa de su propia vida:
-La gloria, como tú bien sabes, es esa presencia de Dios que todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser... Hacernos cada vez más conscientes de esa presencia dentro de nosotros mismos y tratar de ayudar a los otros a descubrirla también en su interior... eso es lo que yo entiendo que es trabajar por la gloria de Dios. Y tenemos sus dones para utilizarlos en esa tarea de promover su gloria: nos da inteligencia, memoria, voluntad... Nos da manos, pies, ojos, salud, capacidad de trabajo..., y todo ello no para nuestro propio y único provecho sino para que lo pongamos al servicio de los demás. "No se enciende la luz para ponerla debajo del celemín..." Jesucristo fue enviado a la Tierra para que las gentes fueran evangelizadas... Él desea que la verdad de su mensaje liberador llegue a todo ser humano... "Id y enseñad a todas las gentes..." Y nos pide que bajo su estandarte y siguiendo su ejemplo emprendamos la conquista de todos los pueblos para que todos le conozcan, le amen y le sigan... ¿Despreciaremos la invitación que Cristo nos hace hoy de trabajar a su lado?

Es ya completamente de día; desde el interior de la casa llegan rumores diversos: quejas, voces quedas, leve ruido de pasos, choques suaves de cacharros...
-Tengo que dejarte, Francisco. Tenemos aquí muchos enfermos que atender.
-Me quedo a trabajar contigo -ofrece espontáneamente el navarro.
-No; no debes hacerlo. Si te acercases a los apestados deberías luego abstenerte durante unos días de entrar en tu colegio y convivir con los sanos. Te debes a tus alumnos. Tienen derecho a que tú no faltes a las clases.
-¿Asistirás tú a las clases?
-No, pero mi situación es muy distinta de la tuya, maestro Francisco. Yo soy sólo un alumno -recuerda Ignacio con una sonrisa.
-Pasaré cada tarde por aquí para verte y saber cómo te ha ido el trabajo del día.

-Me gustaría que lo hicieras, pero no lo creo prudente. Mejor es que permanezcas lo más alejado posible de esta casa. A más de que tampoco podríamos hablar ni con sosiego ni en profundidad... Acabo la jornada demasiado rendido y conmocionado. No sabes lo que se sufre al ver a estos jóvenes ardiendo de fiebre y gimiendo de dolor... Hacemos lo que podemos para aliviarles, pero ¡podemos tan poco...! Anoche se nos murió uno que apenas tenía veinte años, y me temo que hoy morirá alguno más.
Se producen unos instantes de silencio hasta que Francisco lo quiebra para preguntar:

-¿Qué vas a hacer tú? ¿Hasta cuando estarás aquí?
-Me quedaré hasta tanto no lleguen suficientes enfermeros para cuidar de estos muchachos. Y todavía después habré de mantenerme unos días alejado del colegio; hemos de estar seguros de que no me he contagiado.

-¿Cuándo podré verte de nuevo?
-Pronto, espero. Acudiré a la Cartuja un domingo por la mañana en cuanto me sea posible. Espero encontrarte allí.
-¡Me encontrarás!
.
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 24: Preguntas

Al sentarse a escribir esta tarde ha descubierto entre los tinteros una bolsita que contiene monedas. Ha levantado la vista para buscar la mirada de Pedro, que estudia frente a él.

-¿Es tuyo esto, Pedro?
-No, es tuyo.
-¿Mío? ¿Sabes quién lo ha puesto aquí?
-Sí.
-¿Quién?
-Yo.
-Así es que es tuyo...
-No; yo lo puse ahí porque otro me lo pidió...
Francisco no se decide, en un primer momento, a preguntar quién es ese otro; tiene la casi certeza de que la respuesta le va a dar un nombre que preferiría no oír.

-¿Quién te pidió que...?
También Pedro duda unos segundos antes de contestar:
-Ignacio.
-¡No necesito limosnas de ése!
-No es una limosna, es un préstamo, Francisco. Se lo devuelves en cuanto puedas y en paz.
-¡No le he pedido nada, así que se lo haces llegar y le dices que...!
-No le ofendas devolviéndoselo. Te lo ofrece de todo corazón. Lo hace por prestarte un servicio lo mismo que ha hecho antes por otros.

-¿Por qué se entromete en mi vida? ¿Acaso espera de esta manera ganarme para ese grupo de bobos que le seguís los domingos hasta la Cartuja? Pues más le vale irse enterando de que...
-No seas injusto, Francisco. Ignacio no espera nada a cambio. Te hace un servicio porque es lo que él cree que debe hacer, sólo por eso. Tómalo con la misma sencillez con que él te lo ofrece. Y, mira, quizá ha llegado el momento de que seas tú el que se vaya enterando de algo; no es la primera vez que Ignacio te ayuda de esta manera. El sabía de tus apuros... Y se interesa mucho por ti... Así que tú creías que era yo el que te daba de lo mío... Y bueno, era mío porque el me lo había dado, pero para que te lo ofreciera a ti... También a mí y a otros nos ha favorecido a menudo con sus dineros. Es muy generoso.

El diálogo queda aquí truncado; Pedro ve a su compañero abrir un libro y concentrarse, al parecer, en el estudio. Está claro que no quiere seguir hablando...
Francisco está en una gran necesidad en estos momentos y estas monedas vienen a remediar la penuria por la que pasa en el presente; así y todo le escuece recibir ayuda precisamente de este compañero por el que ha sentido desde el principio una tan espontánea antipatía. Las circunstancias le van a forzar a aceptar el dinero, aunque..., si el envío desde Navarra llegase pronto..., si Miguel no se retrasase más en mandar lo prometido..., si pudiera prescindir de estas monedas..., si fuera posible evitar el bochorno de que un Xavier se vea obligado a recibir ayuda de un Loyola...

Los ojos siguen los renglones, pero la mente no registra lo que los ojos leen. Dentro de la cabeza de Francisco bullen las preguntas: "¿Por qué lo hace? ¿Por qué se emplea tan continuamente en el servicio de los demás? ¿Por qué se ocupa de mis problemas? ¿Será cierto que sólo busca en todo cumplir de la mejor manera posible la voluntad de Dios? ¿Y será de veras voluntad de Dios que Loyola se cruce continuamente en mi camino? ¿Qué siente Ignacio por mí: interés, afecto...? Le he mostrado tantas veces indiferencia, desprecio y hasta enemistad y, sin embargo, él se ha comportado amistosamente conmigo, se ha preocupado en servirme en mi necesidad... ¿Por qué lo hace? ¿Por qué me busca? ¿Qué quiere de mí? ¡Yo no puedo darle nada! ¿Me quiere a mí? ¿Desea ganarme para que yo le siga y aprenda a servir a Dios, a buscar su voluntad a la manera que él lo hace? Ciertamente las cosas que hace son extrañas, extraordinarias y, sí, lo reconozco, a veces admirables... ¿Sería yo capaz de hacer lo que él hace? ¡Seguro que sí... si me lo propusiera!, pero ¿porqué tendría yo que seguir las enseñanzas de Ignacio?, ¿por qué tendría yo que imitarle?, ¿qué siento yo por Ignacio de Loyola?"

Y algo fuerte y cálido que se alza dentro de él desde muy hondo y que parece que va a concretarse en respuesta, de momento, en esta autointerrogación impaciente: "¿Y por qué cada vez que este hombre se me acerca acabo yo haciéndome miles de preguntas?"
¿Está empezando a crecer en lo más secreto y escondido de su conciencia una veneración por Ignacio que muy bien pudiera trocarse en un sentimiento más exigente y más recio antes de que pase mucho tiempo?

Maestro Francisco ni lo sospecha todavía, pero un profundo desasosiego le hace pasar media tarde sin poder fijar la atención en las páginas del libro que tiene delante.

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Autor: Xavier Villalta
Antonio, Santo
Abad, 17 de enero
 
Antonio, Santo
Antonio, Santo

Abad

Martirologio Romano: Memoria de san Antonio, abad, que, habiendo perdido a sus padres, distribuyó todos sus bienes entre los pobres siguiendo la indicación evangélica y se retiró a la soledad de la Tebaida, en Egipto, donde llevó una vida ascética. Trabajó para reforzar la acción de la Iglesia, sostuvo a los confesores de la fe durante la persecución del emperador Diocleciano y apoyó a san Atanasio contra los arrianos, y reunió a tantos discípulos que mereció ser considerado padre de los monjes (356).

Etimológicamente: Antonio = florido, inestimable”. Viene de la lengua griega.

Fecha de canonización: Fue canonizado en el año 491.
Antonio nació en el pueblo de Comas, cerca de Heraclea, en el Alto Egipto. Se cuenta que alrededor de los veinte años de edad vendió todas sus posesiones, entregó el dinero a los pobres y se retiró a vivir en una comunidad local haciendo ascética, durmiendo en un sepulcro vacío. Luego pasó muchos años ayudando a otros ermitaños a dirigir su vida espiritual en el desierto, más tarde se fue internando mucho más en el desierto, para vivir en absoluta soledad.

De acuerdo a los relatos de san Atanasio y de san Jerónimo, popularizados en el libro de vidas de santos La leyenda dorada que compiló el dominico genovés Santiago de la Vorágine en el siglo XIII, Antonio fue reiteradamente tentado por el demonio en el desierto. La tentación de san Antonio se volvió un tema favorito de la iconografía cristiana, representado por numerosos pintores de fuste.


Su fama de hombre santo y austero atrajo a numerosos discípulos, a los que organizó en un grupo de ermitaños junto a Pispir y otro en Arsínoe. Por ello, se le considera el fundador de la tradición monacal cristiana. Sin embargo, y pese al atractivo que su carisma ejercía, nunca optó por la vida en comunidad y se retiró al monte Colzim, cerca del Mar Rojo como ermitaño. Abandonó su retiro en 311 para visitar Alejandría y predicar contra el arrianismo.

Jerónimo de Estridón, en su vida de Pablo el Simple, un famoso decano de los anacoretas de Tebaida, cuenta que Antonio fue a visitarlo en su edad madura y lo dirigió en la vida monástica; el cuervo que, según la leyenda, alimentaba diariamente a Pablo entregándole una hogaza de pan, dio la bienvenida a Antonio suministrando dos hogazas. A la muerte de Pablo, Antonio lo enterró con la ayuda de dos leones y otros animales; de ahí su patronato sobre los sepultureros y los animales.

Se cuenta también que en una ocasión se le acercó una jabalina con sus jabatos (que estaban ciegos), en actitud de súplica. Antonio curó la ceguera de los animales y desde entonces la madre no se separó de él y le defendió de cualquier alimaña que se acercara. Pero con el tiempo y por la idea de que el cerdo era un animal impuro se hizo costumbre de representarlo dominando la impureza y por esto le colocaban un cerdo domado a los pies, porque era vencedor de la impureza. Además, en la Edad Media para mantener los hospitales soltaban los animales y para que la gente no se los apropiara los pusieron bajo el patrocinio del famoso San Antonio, por lo que corría su fama. En la teología el colocar los animales junto a la figura de un cristiano era decir que esa persona había entrado en la vida bienaventurada, esto es, en el cielo, puesto que dominaba la creación.

Reliquias y orden monástica

Se afirma que Antonio vivió hasta los 105 años, y que dio orden de que sus restos reposasen a su muerte en una tumba anónima. Sin embargo, alrededor de 561 sus reliquias fueron llevadas a Alejandría, donde fueron veneradas hasta alrededor del siglo XII, cuando fueron trasladadas a Constantinopla. La Orden de los Caballeros del Hospital de San Antonio, conocidos como Hospitalarios, fundada por esas fechas, se puso bajo su advocación. La iconografía lo refleja, representando con frecuencia a Antonio con el hábito negro de los Hospitalarios y la tau o la cruz egipcia que vino a ser el emblema como era conocido.

Tras la caída de Constantinopla, las reliquias de Antonio fueron llevadas a la provincia francesa del Delfinado, a una abadía que años después se hizo célebre bajo el nombre de Saint-Antoine-en-Viennois. La devoción por este santo llegó también a tierras valencianas, difundida por el obispo de Tortosa a principios del siglo XIV.

La orden de los antonianos se ha especializado desde el principio en la atención y cuidado de enfermos con dolencias contagiosas: peste, lepra, sarna, venéreas y sobre todo el ergotismo, llamado también fuego de San Antón o fuego sacro o culebrilla. Se establecieron en varios puntos del Camino de Santiago, a las afueras de las ciudades, donde atendían a los peregrinos afectados.

El hábito de la orden es una túnica de sayal con capuchón y llevan siempre una cruz en forma de tau, como la de los templarios. Durante la Edad Media además tenían la costumbre de dejar sus cerdos sueltos por las calles para que la gente les alimentara. Su carne se destinaba a los hospitales o se vendía para recaudar dinero para la atención de los enfermos.