HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

viernes, 18 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 35: Hacia Portugal

El embajador viaja con una reducida comitiva: su secretario Rodrigo Anes, el joven noble español Felipe de Aguilar, que vuelve a Portugal donde reside, el caballerizo y unos pocos criados. Los hombres montan buenas cabalgaduras, fuertes y resistentes. Los equipajes van acomodados a lomos de mulas.

Maestro Francisco ha querido convertirse desde el primer momento en el criado de todos. Al llegar a las posadas es el primero en ayudar a descargar y dar de comer a las bestias. Y en todo momento está atento a lo que los demás puedan querer o necesitar.
Tiene siempre muy presente que es privilegio y compromiso de su condición de sacerdote estar al servicio de los otros. Su natural cordialidad le ha ganado en seguida las simpatías de todos. Las largas marchas le permiten emparejar su montura con uno u otro de sus compañeros y entablar amistosas charlas en las que se interesa por sus particulares situaciones personales y familiares. Y escucha con interés lo que tienen a bien contarle: recuerdos, preocupaciones, proyectos, dudas... Confidencias de toda clase. Francisco, a cambio, les da lo que tiene: palabras de ánimo, consejos llenos de buen sentido y el recuerdo constante y repetido una y otra vez de que somos hijos de Dios, de un padre infinitamente bueno, siempre dispuesto a escuchar, a acoger, a comprender, a perdonar...

Al cabo de unos días de viaje, el pequeño grupo ha pasado por Loreto. En la capilla de Nuestra Señora, el embajador y algunos miembros de su séquito se han confesado con Francisco, han asistido a la misa que él ha celebrado y han comulgado.

La marcha ha proseguido después hasta Bolonia. Los amigos que aquí tiene Francisco se regocijan al verlo llegar, pero su gozo dura poco porque él les cuenta en seguida que está solamente de paso y que su viaje le lleva a tierras muy lejanas.
En Bolonia le llega al embajador un correo de Roma que trae documentos. Entrega también dos cartas para Francisco. Una es de Ignacio para él. Le da instrucciones para el viaje y le encarga que escriba contando detalles de su vida apostólica. La otra carta es también de Ignacio y está dirigida a su sobrino Beltrán. Francisco deberá entregarla personalmente en Loyola.

El viaje continúa por Módena hasta llegar a Parma. ¡Qué alegría encontrar allí a Diego Laínez y a Juan Jerónimo Doménech!
-¿Y Fabro, dónde está? Tenía tantas ganas de abrazaros a los tres...
-Fabro no está en Parma. Salió anoche mismo para Brescia, donde uno de los nuestros está moribundo y pidió que fuéramos alguno a visitarle...
Son grandes la decepción y pena que esta noticia causan al viajero. Tanto siente no poder abrazar antes de partir para tierras apartadas al buen amigo tan querido, que propone:

-¿Y si yo le pidiera permiso al embajador y tomara un caballo para llegar hasta Brescia y...?
-¡Son más de ochenta leguas!
-¡Qué importa! ¡Soy buen jinete!
-Necesitarías tres días, al menos, para ir y volver y eso para ver a Pedro sólo durante unos minutos. Y el embajador, tú lo sabes, tiene prisa; no me parece prudente que le hables tan siquiera de ello -Diego Laínez sabe que está causándole dolor a su compañero, pero le ha dado el consejo que le parece honestamente más sensato.

Francisco lo reconoce y se somete; renuncia a despedirse del que fue su primer compañero en los días, ya lejanos, del colegio de Santa Bárbara.
De Parma, la comitiva prosigue hacia Turín. En la peligrosa ruta que atraviesa los abruptos pasos del monte Celis, los viajeros se detienen en una pobre hostería para pasar la noche. Por la mañana, mientras se aparejan los animales para reemprender la marcha, se produce un incidente. El secretario, Rodrigo Anes, sorprende al posadero intentando abrir uno de los cofrecillos de su equipaje con la evidente intención de robar algo. Rodrigo Anes grita en el colmo de la indignación:

-¡Maldito, maldito, maldito...! Así se te sequen y se te caigan esas ladronas manos, así se...
El posadero, rabioso al verse descubierto, ha replicado en el mismo lenguaje violento y vociferante. El escándalo ha conmocionado la miserable posada.
Francisco ha creído conveniente intervenir para recordar al señor secretario:
-¿Qué es esto, señor? Habéis de dar buen ejemplo a estas gentes, ¿y maldecís de esta manera?
La furia del secretario al verse reconvenido ante el posadero y gran parte de los miembros de la expedición estalla de nuevo, ahora contra Francisco:

-¿Y quién sois vos para decirme si puedo o no puedo maldecir como me parezca a este bellaco? ¡Sé muy bien...! -se detiene, rojo de ira, a mitad de la frase porque acaba de ver aparecer al embajador, que acude también para averiguar la causa del escándalo. Y como no quiere permanecer ni un momento más en el lugar del altercado, monta en uno de los caballos ya ensillados dispuestos para la partida y, picando espuelas, sale a todo galope por la peligrosa ruta de montaña.

-¿A dónde va ese loco? ¡Se va a despeñar...! -se alarma el embajador.
-¡Ojalá, así sea, y se rompa la cabeza, y los buitres devoren sus sesos. Amén! -ha deseado el posadero.
-¡Cállate, insensato, y pide perdón al Señor por ese mal deseo! -le ha increpado Francisco mientras monta su caballo y sale también velozmente tras el enfurecido secretario.
El embajador le ve partir y murmura con gesto resignado:
-¡Vaya, ahora tendremos a dos locos despeñados!
Y la verdad es que casi acierta en su predicción.
La senda de montaña está cubierta de nieve y Francisco descubre claramente ante sí las huellas del desaforado galope del caballo que le precede. Huellas que en un cierto recodo de la senda se deshacen en un revoltijo enmarañado para convertirse en un amplio surco abierto en la nieve que cubre la ladera. El caballo y su jinete han caído por la escarpada pendiente y están ahora detenidos sobre un montón de nieve acumulada al pie de unos arbustos. El jinete no ha podido desprenderse de los estribos y se esfuerza tratando de apaciguar a su espantada cabalgadura, que se debate por levantarse, poniendo a su jinete en grave riesgo de morir aplastado o de seguir rodando pendiente abajo junto a su montura hasta acabar estrellándose en el fondo del barranco.
Francisco ha descabalgado de un salto y se desliza con precaución por la pendiente. Habla con calma mientras lo hace para asosegar al caballero y al caballo:

-Ya vengo, ya estoy aquí..., tranquilos, quietos, esperad, sólo un momento, ya, ya llego...
Con infinito cuidado, ha conseguido liberar al caballero de los estribos y le ha ayudado a ponerse en pie. El caballo se ha enderezado por su propio esfuerzo. Luego, los tres han ascendido trabajosamente la empinada ladera hasta alcanzar la senda.

-No sé como agradeceros... Habéis arriesgado vuestra vida para ayudarnos... Ciertamente sabéis andar con pie seguro por estos precipicios...
-Los pastores de mi tierra me enseñaron mucho... -le ha explicado Francisco, recordando sus andanzas de muchacho por la serranía de Leyre.
Han continuado el camino cabalgando a paso muy lento para dar lugar a que les alcance el resto de la comitiva. Antes de que los otros lleguen a su altura, Rodrigo ha querido disculparse:

-Perdonad lo de antes..., yo no quería... ofenderos..., siento haber dicho lo que dije...
-Bah, olvidadlo. No me habéis ofendido. La culpa fue mía por haberos reconvenido ante todos... No debí haberlo hecho.
Cuando Pedro Mascareñas y su séquito llegan junto a ellos, los hallan platicando amistosamente y se asombran de encontrarlos sanos y salvos.
La ruta continúa atravesando tierras de Saboya, sigue por el valle del Ródano, pasa por Lyon y Montpellier para luego, por Carcasona, Toulousse y Bayona, llegar hasta España, en la que entra por Fuenterrabía.

Francisco aspira con deleite el aire: ¡huele a casa! ¡Es el aroma familiar de la tierra de su infancia y de su adolescencia! Está volviendo a sus raíces: le canta en los oídos el habla de las gentes, reconoce los lugares que atraviesan, sabe el nombre de los árboles...
La tentación es fuerte, fuerte y dolorosa, más fuerte y penosa aún que la de Parma... ¿Y si hablase con el embajador y...? ¿Y si en una fogosa cabalgada se acercase a Xavier para abrazar...? Pero no, nada de hacerse concesiones, mejor no arriesgarse... a causar más dolor a los otros, a reabrir viejas heridas propias, a retrasar la marcha del embajador... Y se obliga a seguir a los demás por el camino que lleva a Loyola, donde el sobrino de Ignacio les recibe con la señorial hospitalidad que corresponde a su hidalguía.

Los huéspedes recorren la casa conducidos por Beltrán. Francisco puede ver la habitación en que Ignacio yació herido y los libros que leyó cuando convalecía y que le llevaron a querer emular a los santos. Y puede luego detenerse a orar en la capillita en la que Ignacio pasó largos ratos cuando ya proyectaba salir de su casa para peregrinar como pobre y empeñarse en la búsqueda porfiada, tenaz e incansable de la voluntad de Dios.

Y el viaje prosigue. De Loyola y Azcoitia, por Vergara y Vitoria, a Burgos y Valladolid. Es ya mediado el mes de junio y en Castilla el sol es abrasador. Salamanca, Ciudad Rodrigo y, por fín, la frontera de Portugal. El embajador está en su tierra y las gentes hablan el idioma que Francisco aprendió en Santa Bárbara de su compañero Simón Rodrigues y de los otros becarios portugueses. Ahora va a tener ocasión de practicarlo a diario.

Se está terminando junio cuando llegan a Lisboa.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 34: Heme aqui

El Papa ha recibido con extraordinaria satisfacción el ofrecimiento hecho por Ignacio en nombre de sus compañeros, los Maestros de París. Y es más que probable que empiece en seguida a disponer de ellos para diversas misiones.

Se plantea la cuestión:
-Cuando el Papa nos envíe a un lugar o a otro, ¿iremos cada uno de nosotros como personas particulares o iremos como miembros de una institución?
-No parece conveniente romper nuestra unión de amistad, somos un grupo de compañeros que Dios ha unido...

-No creo que sea bueno que nos dispersemos y perdamos el contacto espiritual unos con otros.
-Si nos mantenemos unidos seremos más fuertes. Cualquier empresa difícil se realiza mejor con la compañía y apoyo de amigos que trabajan animados por los mismos ideales.
-También yo pienso como vosotros -resume Ignacio-; llegados a este momento, creo que será conveniente que nos planteemos la posibilidad de fundar una nueva orden religiosa. Tendremos que considerarlo en la oración y reunirnos para deliberar sobre ello...

Durante el día continuan los trabajos apostólicos en los que están comprometidos. A última hora de la tarde se reúnen y oran y deliberan sobre el modo de vida que deberán adoptar en el futuro. Después de muchos días de reflexiones y de contrastar las opiniones de unos y de otros, llegan a la conclusión de fundar la Compañía de Jesús.

Se presenta el proyecto al Papa; el Sumo Pontífice da su aprobación de palabra y dispone que se prepare el Breve correspondiente para que esta conste por escrito.
No todos los cardenales aceptan bien la idea de la creación de una nueva orden. Y hay uno, el cardenal Guidiccioni, que se opone con especial energía:

-Ninguna falta hace una nueva orden; hay ya demasiadas. Se deberían reducir todas a cuatro: benedictinos, cistercienses, franciscanos y dominicos.
Ignacio y los suyos trabajan para sacar adelante su proyecto. Emplean para ello el método que saben eficaz: confían en Dios absolutamente porque saben que todo viene de Él y se esfuerzan por poner todos los medios a su alcance para conseguir el fin como si todo dependiera de ellos.
Piden apoyo a todas las personas de autoridad que conocen y que les conocen. Hasta el Papa llegan cartas en su favor firmadas por el emperador Carlos V, por Francisco I rey de Francia, por Juan III rey de Portugal, por cardenales, obispos, rectores de universidades...

De todos estos personajes, y de algunos más, le llegan a Ignacio peticiones para que envíe a alguno de los suyos a trabajar en sus tierras.
El Papa ve con buenos ojos y apoya estas peticiones porque sabe de la transformación de costumbres que la predicación y el ejemplo de estos hombres pueden producir en los ambientes en que trabajan. Y dispone que Fabro y Laínez salgan para Parma y Piacenza; Coduri, para Velletri; Bobadilla, para Nápoles; Jayo, para Brescia; Broet y Rodrigues, para Siena.
Francisco se queda en Roma con Ignacio. Hace junto a su amigo y maestro el oficio de secretario. Ahora que los compañeros andan dispersos por la península italiana, alguien tiene que hacer de coordinador entre ellos. Alguien que reciba las cartas de unos y de otros, las copie y las haga llegar a todos los demás, de forma que cada uno sepa de los trabajos, realizaciones y circunstancias de sus compañeros.

Es también tarea de secretaría preparar borradores para instancias y memoriales, hacer luego las copias definitivas, recibir, clasificar y archivar documentos y cartas... Para todos estos trabajos se ha revelado Francisco como un trabajador eficaz e infatigable. Tiene buena letra, es pulcro, cuidadoso y ordenado. Puede redactar y escribir correctamente en castellano, francés, latín y portugués, y empieza a tener un cierto dominio del italiano. Ignacio descansa en él confiadamente todos estos trabajos tan delicados, porque le sabe extraordinariamente capacitado para ellos. Y Francisco se entrega con entusiasmo a la tarea viviendo al lado de Ignacio los gozos y las dificultades de la naciente Compañía de Jesús.

El embajador de Portugal, Pedro Mascareñas, ha venido para hablar con Ignacio:
-Padre Maestro, mi señor el rey os ruega le concedáis a seis de los vuestros para que vayan a la India.
-¡Seis de los nuestros! Si de los diez que somos marchan seis para la India, ¿qué deja vuestra señoría para el resto del mundo?
Al final se ha decidido que irán dos: Rodrigues y Bobadilla.
Rodrigues saldrá inmediatamente con toda la servidumbre y la casa del embajador; viajarán en barco hasta Lisboa.
El embajador, en cambio, retrasará su partida durante unas semanas aún porque tiene que ultimar unos ciertos negocios en el Vaticano. Proyecta ir a Lisboa por tierra y viajar con poco acompañamiento para marchar más rápidamente.

A Bobadilla, que está en Nápoles, se le ha enviado un correo para llamarle a Roma, pero cuando llega lo hace en estado lamentable. Viene afectado por unas fiebres altísimas que no estará en disposición de emprender un largo viaje hasta dentro de bastante tiempo.
-No puedo demorar la partida para esperarlo -ha manifestado Pedro Mascareñas-. He anunciado a mi rey que saldremos de Roma el día 15 de marzo; no es posible ahora hacer otra cosa.
Ignacio ha considerado durante un tiempo la situación.
¡Habla Dios tan claro, a veces, a través de las circunstancias! Y le parece tan evidente lo que ahora está queriendo que se haga...
Ha llamado a Francisco para decirle:
-Amigo, creo que esta empresa de la India es para ti.
-Heme aquí, estoy presto.

Sentimientos encontrados en el ánimo y el corazón de Francisco. Por un lado, la ilusión de la gran aventura misionera con la que ha soñado tantas veces; por otro, el dolor de arrancarse de la compañía del padre y de los hermanos a los que está entrañablemente unido. Y eso ahora, en los momentos cruciales en que la Compañía de Jesús está a punto de ser reconocida como una nueva institución dentro de la Iglesia.
Sólo Dios sabe lo que a Ignacio le ha costado proponer a Francisco para esta aventura que le llevará a tierras lejanas; sólo Dios sabe lo que le ha costado a Francisco aceptar esta propuesta que le separará de Ignacio, de Fabro y de todos los otros compañeros a los que estima tanto y con los que ha vivido en tan profunda y estrecha amistad; pero ninguno de los dos lo ha dudado. Este trabajo les parece servicio de Dios y se entregan generosamente a él, aunque el dolor de la separación cale hondo.

Se le ha notificado el cambio al embajador Pedro Mascareñas.
-Hemos de marchar, sin falta, de aquí a dos días -ha dicho el embajador-. ¿Podrá maestro Francisco prepararse en tiempo tan corto para un viaje tan largo?
-Los nuestros están siempre preparados para ir donde el Papa los envíe -ha sido la respuesta de Ignacio.
Ciertamente no son muchos los preparativos que Francisco ha hecho: ha remendado unos viejos calzones, ha recosido el borde de las mangas y los bajos de su sotana, desflecados del roce diario, y ha dado unas cuantas puntadas para afianzar varios botones que andan bailando medio sueltos.

Luego, se ha sentado en su mesa de secretario para preparar tres documentos que quiere dejar escritos antes de partir.
Por el primero aprueba y acata todas las constituciones que hagan en adelante sus hermanos.
Por el segundo da su voto a favor de Ignacio para la futura elección de general y propone a Pedro Fabro en segundo lugar, para el caso de la muerte de Ignacio.
Por el tercero promete pobreza, castidad y obediencia al superior que saliere elegido.

Ha firmado los tres documentos con el solo nombre de Francisco. Los ha cerrado y sellado y ha escrito en la envoltura: "Esta es la carta de Francisco para los de la Compañía".
Y ha llegado el momento de la partida.
Ignacio y Francisco se han acostumbrado a ser más bien parcos y austeros en sus manifestaciones. Ahora no hay más que un apretado abrazo y una frase que Ignacio ha murmurado al oído del amigo que se despide:

-El Señor va contigo y te guarda de todo mal...
Luego, en un gesto que más que paternal es un gesto de madre, le ha abierto la sotana por el pecho, para comprobar si va suficientemente abrigado, y, al ver que lleva la camisa sobre la carne, le reprende suavemente:
-¿Así, Francisco, así? ¿Te parece que esa es forma adecuada de ir vestido para emprender viaje en esta época del año?

Y ha ordenado que le provean de la ropa necesaria.
Este pequeño incidente ha aliviado la tensión del momento. Francisco ha cargado con su equipaje, ha hecho el último ademán de adiós dirigido a todos los que en la casa han venido a despedirle y se ha dirigido con paso firme y decidido a casa del embajador Pedro Mascareñas.

Detrás de él alguien se ha quedado comentando:
-En el semblante se le conoce que sabe bien que va obedeciendo la llamada de Dios.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 33: Roma

Marzo de 1538. Bobadilla, compañero de Francisco en Bolonia, ha tenido que desplazarse a Ferrara para acudir en auxilio de Coduri, agobiado allí por el trabajo y las contrariedades.

Francisco se ha quedado solo en Bolonia. Y ha intensificado sus trabajos para tratar de suplir la falta de su amigo. El invierno está siendo especialmente frío y húmedo: llueve, nieva, soplan vientos gélidos... El cansancio y el frío han conseguido minar la recia naturaleza de Francisco, que cae abatido por unas fuertes calenturas. Días y días de fiebre alta sin apenas poder probar nada más que agua. Cuando empieza a recobrarse, las gentes que le conocen se quedan espantadas: ya no es el mismo Francisco que antes de la enfermedad, ahora parece más bien un esqueleto viviente. Ha dejado de ser el muchacho de aspecto juvenil, saludable y robusto, para convertirse en un hombre flaco y demacrado. Sólo sus ojos de mirada clara, luminosa y ardiente delatan que dentro de este cuerpo descarnado sigue viviendo el alma apasionada del maestro Francisco de Xavier.

Y está todavía en plena convalecencia cuando llegan a Bolonia Bobadilla y Jayo. Vienen en busca de su compañero para continaur los tres juntos el viaje a Roma. Ignacio quiere reunirlos a todos para tratar con ellos de temas importantes.

Desde Bolonia a Roma hay unos buenos ocho días de marcha. Teniendo en cuenta que Francisco no está todavía en disposición de hacer grandes esfuerzos, los compañeros proyectan emplear al menos diez días en el recorrido y, si le ven agotado, alquilar una caballería en los trechos más difíciles para que viaje montado.
Media abril cuando se emprende el viaje: Lojano, Firenzuola, la ascensión por los pasos peligrosos que cruzan los Apeninos, el amplio valle del Arno, Fiésole, Florencia, Siena y, al fin, Roma.

A principios de mayo ya están todos los amigos reunidos. Ninguno de los que llegan de las distintas ciudades universitarias en las que han trabajado ha conseguido un nuevo compañero, pero ciertamente todos han mejorado su conocimiento del idioma italiano.

-Tampoco este año saldrá una nave que lleve peregrinos a Tierra Santa -les han informado los que aguardaban en Roma.
-Parece confirmada la noticia de que el emperador Carlos, el Papa y Venecia han firmado ya los documentos que les comprometen a formar una alianza contra los turcos. En estas circunstancias nadie puede pensar en arriesgarse a una navegación por las aguas que los infieles señorean...

-Tendríamos que empezar a pensar en aquella segunda parte de los votos que hicimos en Montmartre. Aquella por la que nos comprometíamos a ponernos a disposición del Sumo Pontífice para el caso de que no pudiéramos ir a Jerusalén... -apunta Ignacio.
-Un día que estuvimos disertando ante el Papa -cuenta Diego Laínez-, luego de la disertación habló amablemente con nosotros. Le contamos nuestro deseo de ir a Jerusalén, y ¿sabéis lo que nos dijo?: "¿A qué tanto empeño en ir a Jerusalén? Buena Jerusalén es Italia para servir a la Iglesia de Dios".

-El Papa desea que nos quedemos en Roma, eso parece claro -reflexiona Fabro.
-Y si el Papa desea que nos quedemos en Roma, quizá Dios nos está indicando a través de él que es también su voluntad... -concluye Ignacio.
A pesar de todo, no desechan por completo la esperanza de poder hacer el viaje que tanto les ilusiona. Mientras esperan, se dedican a la predicación por varias iglesias de la ciudad. Ignacio predica en castellano en Santa María de Montserrat. Jayo predica en francés en San Luis de los Franceses. Los demás predican en italiano lo mejor que saben y pueden: Fabro, en la iglesia de San Lorenzo; Laínez, en San Salvatore; Salmerón, en Santa Lucía; Rodrigues, en Sant´ Angelo; Bobadilla, en San Celso... Francisco se queda en casa y limpia y cocina para todos; su quebrantada salud no le permite hacer apenas nada.

Se está terminando el año y la posibilidad del viaje a Jerusalén ha quedado definitivamente descartada. Ignacio ha tenido que renunciar a su acariciada ilusión de decir su primera misa en Belén, así que decide celebrarla la noche de Navidad en la capilla del pesebre de Santa María la Mayor.

Los diez compañeros, de común acuerdo, consideran que ha llegado el momento de presentarse al Papa para que disponga de ellos como mejor le pareciere...
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 32: Bolonia

A finales de octubre han llegado a Bolonia Francisco y Bobadilla. La antigua ciudad universitaria guarda para Francisco viejas resonancias familiares. En esta universidad consiguió su padre, Juan de Jaso, los títulos que le capacitaron después para ser embajador y consejero de reyes.

No ha solicitado Francisco que se le enviara a esta ciudad. Tiene ya a estas alturas su voluntad muy rendida y muy hecha a aceptar como venida de la mano de Dios cualquier empresa que le sea propuesta. Quizá Ignacio sí ha tenido en cuenta que para Francisco podía ser causa de gozo, estímulo e inspiración trabajar en la ciudad de la que su padre le había hablado tantas veces al pequeño Francés.

Esta primera noche, y según va siendo ya costubre de Ignacio y sus compañeros siempre que se desplazan, piden albergue en el hospital que la ciudad tiene para pobres.
A la mañana siguiente, Francisco ha dicho misa en la iglesia de los dominicos, junto al sepulcro del fundador, el español Santo Domingo de Guzmán.
Dos devotas damas han asistido a esta misa y les ha impresionado de tal manera la austera dignidad, la atención y el recogimiento con que el sacerdote celebra el santo sacrificio, que se deciden a acercarse a saludarle después de la misa. Una de ellas, Isabetta Casalino, le habla de su tío, Girolamo Casalino, que es párroco de Santa Lucía. Isabetta cree que a su tío le puede ser de gran provecho hablar con Francisco para que su ejemplo y enseñanzas le ayuden a cumplir mejor su trabajo sacerdotal.

Don Girolamo encuentra tan interesante la compañía de los dos Maestros de París que les invita a hospedarse en la casa parroquial. Aceptan los dos compañeros porque vivir junto a la iglesia les facilita sus horas de rezo y la celebración de la santa misa en horas muy tempranas, pero ponen una condición: deberá permitírseles mendigar de puerta en puerta su comida. Y esta práctica de pedir como pordioseros, que parece que podría restar autoridad a sus predicaciones, surte un efecto contrario. Se les escucha con respeto y reverencia, a pesar de que su torpe italiano está todavía muy entreverado de español, latín y hasta francés.

Al terminar hoy un sermón un hombre ha venido a ofrecer dinero a Francisco.
-Gracias, amigo, pero no puedo aceptarlo. Trabajo por amor a Dios. Soy pobre y quiero seguir siéndolo...
-¡Magnífico, padre! ¡Tú si que eres un verdadero predicador de la fe evangélica!
Maestro Francisco trabaja en la parroquia de Santa Lucía: enseña catecismo a los niños y, porque el párroco se lo ha pedido, oye también confesiones. Se forman largas filas de penitentes ante el confesionario de este hombre de Dios que sabe acoger con entrañable cordialidad, escuchar con pausada atención y aconsejar con sencillo acierto.

A esta fila de penitentes ha venido a sumarse un día un joven sacerdote español que se llama Juan Jerónimo Doménech. Tiene 23 años, es de Valencia, donde disfruta de una canonjía, y va camino de Roma porque tiene que resolver allí algunos asuntos familiares. Ha escuchado los sermones de Francisco y, después de confesarse con él, le ha visitado varias veces para hablar con él de amigo a amigo.
Se ha interesado mucho por lo que oye al navarro acerca del grupo de amigos en el Señor al que pertenece y de la decidida disposición que tienen todos de ponerse incondicionalmente a las órdenes del Papa, si no se logra, como parece lo más probable, su deseo de ir a Tierra Santa para trabajar allí en la conversión de infieles.

-¿Pensáis que el Papa os enviará a misionar a tierras paganas? ¿Desearíais que lo hiciera?
-Nos agradaría servir a la Iglesia allá donde el Papa quiera enviarnos.
-Misionar en tierra de paganos puede resultar tremendamente dificultoso.
-¿Sabéis? -confía Francisco riendo a su nuevo amigo-. Algunas veces me ocurre soñar que estoy trabajando entre indios y que tengo que llevar a un indio a cuestas durante largo trecho; ¡me levanto molido!
-¿Y cómo así soñais en trabajar entre indios? ¡Las tierras de la India las están evangelizando los portugueses! Vuestras gentes de España van en misión a las tierras descubiertas al otro lado del Atlántico...

-Cierto, pero habéis de tener en cuenta que he estudiado durante once años en París en un colegio regido por un portugués, el doctor Gouveia, y que muchos de mis compañeros eran portugueses. Entre nosotros siempre que se hablaba de misionar en tierras de paganos, naturalmente pensábamos en la India, nos llegaban muchas noticias de aquellas tierras...

Juan Jerónimo Doménech ha quedado muy gratamente impresionado después de sus conversaciones con Francisco y le ha prometido seguir con sumo interés todo lo relacionado con las actuaciones y trayectoria del grupo al que pertenece.
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 31: Compañía de Jesús

El año 1537 está apenas empezado y hasta el domingo de Pascua no concederá el Papa los permisos para peregrinar a Tierra Santa. Ignacio y sus compañeros deciden de común acuerdo dedicarse al trabajo de servir en los hospitales, enseñar la doctrina a los niños y a los ignorantes y hablar de Dios a todos aquellos que quieran escucharles.

Los que son sacerdotes empiezan sus jornadas celebrando misa. Los que no lo son comulgan, y todos hacen un rato de oración antes de empezar los trabajos de cada día.
Ignacio se dedica a iguales tareas que sus amigos y, además, se ocupa de atender a todos aquellos que quieren hacer con él los Ejercicios Espirituales.

Se acerca la primavera; ha llegado el momento de hacer el viaje a Roma y conseguir los permisos para la peregrinación a Jerusalén. Ignacio ha determinado que se vayan sus compañeros mientras él permanece en Venecia terminando sus estudios.

El viaje a Roma se ha hecho, desde luego, a pie y mendigando. Se han repartido para caminar en grupos de tres: un sacerdote acompañado de dos que no lo son y marchando juntos los de diferentes nacionalidades, como les ha sugerido Ignacio.

En este viaje se han iniciado todos nueve en una experiencia que ya había hecho hace años Ignacio y que ha creído conveniente que sus amigos probaran: la de viajar como pobres. Han mendigado su comida por las calles de las ciudades que han atravesado y por las aldeas y caseríos del camino. Han tenido que aprender a recibir, y a agradecer, las sobras de comida que les han ofrecido aquí y allá: restos de guisos, pedazos de pan, unas pocas aceitunas, un trozo de queso, frutas que empiezan a pasarse... Y han dormido donde les ha sorprendido la noche y les han permitido hacerlo: un pajar, una cuadra, un cobertizo, o al sereno en el borde del camino si no encuentran nada mejor. El viaje de París a Venecia se hizo en condiciones más duras porque era pleno invierno, pero entonces llevaban dinero y podían comprar la comida y pagar el albergue en las posadas para pasar las noches. Ninguno de ellos ha mendigado hasta ahora, y extender la mano para pedir una limosna por el amor de Dios resulta duro..., pero todos lo hacen porque Ignacio cree útil que vivan esta experiencia:

-A mí me hizo bien, aprendí mucho. Mendigar nos enseña humildad y paciencia y, sobre todo, nos enseña a confiar en Dios.
En Roma han encontrado todo tipo de facilidades. Han podido albergarse en las hospederías de sus respectivos países y se han encontrado con un antiguo conocido que sabe de ellos y de sus actividades desde los días de París: el doctor Ortiz. Este hombre, bien situado en la corte pontificia, les consigue una audiencia con el Papa. El Sumo Pontífice ha quedado muy gratamente impresionado por la personalidad de estos jóvenes, su preparación teológica, la forma de vida que han adoptado y los propósitos que les animan. Sin dudarlo, ha concedido licencia para la peregrinación. Además, concede también la autorización para que se ordenen los miembros del grupo que todavía no son sacerdotes.
El viaje a Roma ha sido un éxito; en cambio parece cerrada la posibilidad de peregrinar a Tierra Santa. Los turcos han invadido con sus naves las aguas del mar Jónico y se teme que puedan atacar en cualquier momento las costas de Apulia y de los Estados Pontificios. Este año ninguna nave peregrina se aventurará por esas aguas.

En vista de la situación, y mientras esperan que las circunstancias mejoren, deciden hacer uso de la licencia concedida por el Papa para ordenarse. Antes de la ordenación hacen todos voto de pobreza y castidad en manos del legado Varallo.

El obispo de Arbe se ofrece a conferir las órdenes en la capilla de su casa particular, y el 24 de junio, fiesta de San Juan Bautista, ordena a Ignacio, Bobadilla, Coduri, Francisco, Laínez y Rodrigues. Salmerón deberá esperar hasta el mes de octubre, porque todavía no ha cumplido veintidós años.

No han perdido la esperanza de poder hacer el viaje a Jerusalén, pero, mientras aguardan, deciden distribuirse por varias ciudades cercanas entre sí. Esto les permitirá reunirse rápidamente si se presenta la ocasión de poder embarcar.
La idea es pasar unas semanas en lugares aislados y tranquilos para prepararse con oraciones y ayunos a la celebración de sus primeras misas. Los amigos venecianos les han ayudado a encontrar estos lugares.
Ignacio, Fabro y Laínez se van a Vicenza; Francisco y Salmerón, a Monselice; Coduri, a Treviso; Jayo y Rodrigues, a Bassano; Bobadilla y Broet, a Verona.

El lugar que les ha correspondido a Francisco y Salmerón es la capilla del abandonado y solitario castillo de San Jorge. Está situada a media ladera de la colina que domina la población y resulta un sitio muy apto para el silencio y la contemplación. Proyectan pasar allí cuarenta días a semejanza de los que pasó Cristo en el desierto.

Para ejercitarse en la obediencia, una semana obedecerá como súbdito Francisco a Salmerón y a la semana siguiente cambian: Francisco actúa como superior y es Salmerón el que obedece.
Cada día bajan hasta la catedral para asistir a misa y recibir la comunión. Mendigan de puerta en puerta su alimento. Duermen sobre paja, que han extendido en el suelo de la capilla, y pulgas y mosquitos se encargan de que no disfruten de un sueño excesivamente tranquilo.

Al cabo de los cuarenta días piensan que ha llegado el momento de decidirse a predicar. Van a las plazas, se suben a un banco que han pedido prestado en la iglesia más cercana, llaman a voces a los transeúntes y comienzan a hablar a los que se detienen a escucharles.
La verdad es que lo que explican no resulta demasiado inteligible. Se expresan en una jerga, mezclada de español, latín e italiano, de la que los oyentes no comprenden gran cosa:

-¿Qué dicen?
-No sé...
-¿Tú entiendes algo?
-Casi nada...
Los niños y algunos mayores se ríen y hacen comentarios despectivos y hasta insultantes:
-¡Son locos!
-¡Están borrachos!
Sólo unos pocos son capaces de escuchar con franco interés.
-Pero, ¿qué quieren decir?
-No me entero muy bien, algo hablan de Dios...
-¡Son charlatanes!
-No, no lo son. Los charlatanes pasan el sombrero para recoger monedas cuando terminan de hablar, y éstos no piden nada.

Ciertamente estas predicaciones no consiguen mucho fruto en los oyentes, pero sí en los predicadores, que han vencido su aprensión a enfrentarse a un auditorio cuya lengua desconocen y su temor a hacer el ridículo, y que han sabido soportar con paciencia y buen humor las burlas y las risas de las gentes.
El 15 de agosto han celebrado Salmerón y sus compañeros la fiesta de la Asunción, aniversario de sus votos en Montmartre. Y el día 30 de septiembre ha celebrado Francisco su primera misa.

En el mes de octubre, en vista de que la posibilidad de ir a Tierra Santa parece completamente descartada, al menos por este año, Ignacio los ha llamado a todos para que se reúnan en Vicenza, en la casa vieja y destartalada, sin puertas ni ventanas, en la que él, Fabro y Laínez han vivido durante el verano. Todos los recién ordenados han celebrado ya sus primeras misas, excepto Ignacio, que sueña con poderla celebrar en Belén.

Después de unos días en los que han intercambiado noticias sobre las diversas experiencias vividas, vuelven a pensar en la conveniencia de repartirse de nuevo por distintas ciudades. Esta vez no irán a lugares cercanos; consideran que será oportuno llegar hasta ciudades que tengan Universidad. Quizá logren que algún joven estudiante se una al grupo. Coduri se va a Padua; Jayo y Rodrigues, a Ferrara; Francisco y Bobadilla, a Bolonia; Broet y Salmerón, a Siena. Ignacio, Fabro y Laínez han de ir a Roma, desde donde les ha reclamado el doctor Ortiz.

En la última noche que han cenado juntos antes de separarse ha surgido una cuestión:
-A las gentes que nos pregunten quienes somos y a qué grupo pertenecemos, ¿qué habremos de contestarles?
Se habla largamente sobre la cuestión planteada y se acaba concretando:
-Podemos decir que somos unos amigos, unos compañeros reunidos en el nombre de Jesús...
-Más que eso, podemos decir que somos compañeros de Jesús.

Y es Ignacio el que resume las opiniones de todos y formula el nombre definitivo:
-Diremos que somos de la Compañía de Jesús.
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 30: El camino hacia Venecia

La guerra entre el emperador Carlos V y el rey Francisco I de Francia continúa. Y las últimas noticias llegadas informan de que el camino de París a Italia por Provenza y el Piamonte no pueden seguirse; las tropas de ambos ejércitos se mueven por esas regiones y sería arriesgadísimo aventurarse por ellas.

Los nueve estudiantes se han reunido a deliberar.
-El único camino posible es, dando un rodeo, pasar por los desfiladeros de los Alpes alemanes.
-¡Pero eso supone una vuelta enorme!
-¿Y qué otra cosa podemos hacer?
-Nos llevará mucho más tiempo del que habíamos calculado.
-Cierto. Y si queremos llegar a Venecia antes de que salgan las naves de los peregrinos, como Ignacio había planeado...

-¡Habremos de adelantar la salida de aquí!
-Exactamente. Habíamos proyectado salir a finales de enero; dadas las circunstancias tendremos que pensar en partir de aquí a mediados de noviembre, como muy tarde.
Ha habido que apresurar los preparativos.
En realidad no son muchos los preparativos que los muchachos se proponen hacer; hay uno que sí harán porque les parece extraordinariamente importante: obtener por cada uno de ellos los domumentos que acreditan que ha hecho los estudios teológicos imprescindibles para recibir el título de Maestro.

Una vez que todos tienen ya los pergaminos con las firmas y sellos correspondientes en regla, otra cuestión les ha hecho reunirse para llegar a una decisión en la que estén todos de acuerdo: ¿Viajarán a Venecia como pobres pidiendo limosna o tomarán con ellos el dinero necesario para los gastos imprescindibles de alimentación y albergue?

Se aducen razones en pro y en contra, se recuerda que Ignacio hizo como pobre y pidiendo limosna el viaje de Barcelona a Tierra Santa, se tiene en cuenta que se han de atravesar territorios de los que ninguno conoce la lengua... y se llega al acuerdo de que lo más prudente, dada la estación invernal en la que van a viajar y el poco tiempo con que cuentan para llegar hasta Venecia, es proveerse del dinero preciso para el viaje.

Y está Francisco esta tarde terminando de separar las pocas cosas que va a meter en su cartera para llevarlas consigo de las muchas que va a repartir entre sus compañeros y amigos que se quedan en París, cuando le entregan un paquete de documentos que acaba de traer para él un correo.

Algo divertido deben de contener estos documentos, porque con ellos en la mano y riendo abiertamente ha venido al encuentro de los otros, que también hacen sus respectivos equipajes:
-¿Qué traes ahí? ¿De qué te ríes?
-¿No os imaginais lo que puede ser? ¡Viene de Pamplona!
-¿De Pamplona? ¿Qué es?
-¡Es un nombramiento de canónigo! ¡Me han concedido un puesto de canónigo en la catedral de Pamplona! ¿Qué os parece?

-La importancia de la noticia y el alborozo con que la está presentando Francisco desconciertan un poco a los que le escuchan, que le miran en silencio durante unos momentos. Es Bobadilla el que se adelanta a preguntar:
-¿Y qué vas a hacer, Francisco?
-¿Cómo que qué voy a hacer? ¿Qué quieres decir?
Y porque ve al grupito expectante ante él esperando una respuesta, se deja llevar por la tentación de jugar un poco con el interés de sus amigos y recita en tono ampuloso:

-Voy a sentarme inmediatamente para escribir al secretario del cabildo la más hermosa carta de agradecimiento que ha figurado nunca en los archivos de aquella iglesia catedral... -y ante las miradas serias y un algo aprensivas de los amigos que le escuchan, completa:-... para reconocerme indigno de tan alto honor y comunicarle, lleno de humilde confusión, que he de renunciar a tan distinguida dignidad porque creo que me llama el Señor mi Dios por otros caminos.

La verdad es que ninguno de los muchachos había temido en serio que la respuesta de Francisco fuera otra como ésta, pero oírsela enunciar tan claramente les ha permitido a todos respirar con más libertad y unirse de corazón a la alegría bulliciosa de Francisco.
Los nueve amigos han salido de París el 15 de noviembre de 1536. Visten todos el largo traje talar negro que los identifica como estudiantes parisinos; para viajar se lo recogen con un ceñidor, lo que les permite caminar más libremente. Llevan todos, colgadas al hombro o terciadas al pecho, las pesadas carteras en las que transportan libros, cuadernos y sus pocas ropas.

La distancia que han de recorrer es enorme, el invierno está siendo especialmente frío y nevoso, y para hacer todavía más difícil el recorrido que se proponen han de atravesar zonas por las que se mueven tropas de los ejércitos de Francia y del emperador Carlos V.
Como medida de prudencia avanzan en pequeños grupos y tienen buen cuidado de que hablen sólo los que conocen bien el francés cuando están en territorio dominado por franceses y sólo los que hablan español cuando andan cerca tropas españolas.

Sólo cuando han atravesado ya las zonas peligrosas se reúnen los nueve para caminar juntos. Es ya este momento la época más cruda del invierno y hay etapas en las que tienen que caminar con la nieve por encima de las rodillas.
A pesar de todas las dificultades, el viaje es para ellos una gozosa aventura. Son jóvenes, son animosos, son amigos, comparten unos mismos ideales, han realizado los mismos estudios y disfrutan hablando de temas que todos conocen bien; y van al encuentro del hombre al que todos estiman y veneran. Cada jornada les acerca a Venecia, y la certeza de que Ignacio les espera y de que están realizando en este largo viaje lo que Dios quiere de ellos, les ayuda a superar las penalidades con buen ánimo.

El 8 de enero de 1537 los viajeros han entrado en Venecia.
Grande es la alegría de Ignacio cuando ve llegar a sus amigos.
Y hay saludos, abrazos y lágrimas emocionadas; y explicaciones atropelladas y risas incontenibles al comentar algún incidente divertido.
-¡Me habéis sorprendido! Estaba seguro de que acudiríais a la cita, pero no os esperaba tan pronto...
-Hemos anticipado la salida de París porque nos pareció prudente hacer el viaje ahora que todavía no se ha generalizado la guerra. Más adelante quizá ya no hubiéramos podido cruzar todos esos paises...
-¡Bien hecho! -aprueba Ignacio, que va posando su mirada en una cara y en otra para gozar una y mil veces de la contemplación de estos rostros tan queridos. Y sus ojos acaban por descubrir detrás de las figuras de estos muchachos conocidos y esperados tres caras que le parecen completamente nuevas.

Francisco, siempre alerta, advierte inmediatamente el ligero gesto de asombro ante este descubrimiento y se adelanta a presentar:
-Estos tres son compañeros nuestros de París. Éste es Juan de Coduri; éste, Pascasio Broet, y éste, Claudio Jayo. Todos tres han estudiado Teología; Broet y Jayo son sacerdotes, Coduri espera ordenarse pronto... Aguardabas a seis compañeros y venimos nueve, ¿qué te parece? ¿Habías pensado alguna vez que seríamos capaces de ganar nuevos amigos para nuestro grupo?

-Siempre os he creido capaces de grandes cosas, Francisco.
-Bueno, la verdad es que ha sido Fabro el que los ha ganado. Les convenció para que hicieran los Ejercicios Espirituales con él y ahí los tienes dispuestos a seguir nuestro modelo de vida... Está claro que padecemos un tipo de locura muy contagiosa.
-¡Y de la que no queremos curarnos! -comenta Bobadilla con una risa que corean todos y que interrumpe Ignacio para decir:

-Bienvenidos todos a Venecia, amigos; y esta bienvenida es muy especial para vosotros tres, que llegáis como nuevos compañeros a este grupo.
-Gracias por aceptarnos en vuestra compañía. Estábamos tan deseosos de conoceros y de aprender directamente de vos tantas cosas como podéis enseñarnos... -ha sido Jayo el que ha hablado en nombre de sus dos compañeros.
Luego, la conversación se ha generalizado y al cabo de las horas, a pesar del cansancio del viaje que pesa sobre los recién llegados, ha sido el sensato y práctico Ignacio el que ha tenido que cortar la charla:

-Hemos de ocuparnos de vuestros alojamientos.
Y les ha acompañado a varios albergues para pobres peregrinos que hay en la ciudad, en donde los deja acomodados.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 29: Nuevos compañeros

En este mes de octubre comienza el curso académico 1534-35. Los seis amigos reunidos alrrededor de Ignacio de Loyola prosiguen sus estudios. Van a continuar haciendo lo mismo que hacían antes de los ejercicios espirituales y de los votos de Montmartre..., pero de una manera distinta, con una fundamental diferencia. Ahora, siguiendo las enseñanzas de Ignacio, cada hora de estudio, cada esfuerzo por ayudar a los otros, cada rato de descanso, cada momento de oración, todo el horario completo de su vida de universitarios, está regido por el lema de hacerlo todo por un mayor y mejor servicio de Dios.

A principios del año 1535 la vieja dolencia de estómago que ha venido molestando a Ignacio con intermitencias más o menos prolongadas desde los días de Manresa, reaparece, y esta vez, con extraordinaria intensidad. Durante dos largas semanas, el paciente, aquejado de un agudísimo dolor, debe permanecer hecho un ovillo en la cama, sin poder comer, beber o dormir y soportando a duras penas, sin quejarse, las punzadas que le torturan el estómago y que invaden de un profundo malestar todo su cuerpo.

Alrrededor del enfermo se han congregado sus amigos y han hecho venir a los mejores doctores de la Universidad. Todos están de acuerdo:

-Su dolencia es grave; y no ha respondido a ninguno de los remedios que se le han aplicado. Ya sólo quedaría una última tentativa para lograr su recuperación.
-¿Cuál?
-Que volviera a su tierra, a su casa, al país en que nació. Los aires natales hacen, a veces, milagros en casos como éste.
El enfermo no está en disposición de tomar decisiones, de modo que los amigos deciden por él. Y en un momento en que parece que el dolor cede y que el malestar es menos intenso, le comunican lo que han determinado entre todos, después de haber deliberado seriamente durante horas:

-Deberás seguir el consejo de los médicos. Te irás a Loyola.
-Es preciso que recobres la salud.
-Estamos seguros de que es voluntad de Dios que te cuides para sanar.
-Uno de nosotros hará el viaje contigo para acompañarte y cuidarte ¿A cuál elegirás como compañero?
Ignacio está débil a causa de los violentos dolores sufridos y de las fiebres que estos dolores le provocan siempre, pero se siente lo suficientemente confortado por el cálido interés de sus amigos como para esbozar una leve sonrisa y murmurar:

-Ya veremos, ya veremos lo que conviene hacer. Dejadme que lo considere.
Y cuando la crisis ha pasado y se encuentra mejor, los amigos insisten:
-Debes ir a tu tierra. Los médicos dicen que sólo allí encontrarás remedio para ese mal tuyo. ¿Quién de nosotros quieres que te acompañe?
Para ahora ya ha pensado Ignacio lo que cree que debe hacer y ha tomado su decisión:

-Obedeceré a los médicos. Iré a mi tierra, pero iré solo. No necesito que ninguno de vosotros venga conmigo. No es razonable que por acompañarme interrumpáis los estudios. Ya es bastante lamentable que yo haya de interrumpir los mios, pero ¿qué le vamos a hacer? Las enfermedades vienen porque Dios lo permite y hay que tomarlas como venidas de su mano.
Y no ha habido manera de convencerle de que acepte la compañía de ninguno de sus amigos. Lo más que han conseguido los seis muchachos es hacerle reconocer la conveniencia de que no viaje andando. Han comprado entre todos un cuartago, un caballejo de pequeña alzada, y le han obligado a aceptarlo:

-Sería un disparate que te propusieras hacer todo ese largo recorrido a pie; estás muy quebrantado por la enfermedad.
El razonamiento es tan sensato y tan puesto en razón que Ignacio acepta agradecido.
Le duele separarse de sus amigos. Claro que ha quedado en encontrarse con ellos en Venecia dentro de dos años. Para entonces ellos habrán terminado ya sus estudios en París. Y habrá llegado el momento de que todos juntos hagan el viaje a Jerusalén.
Dos razones poderosas, además de la de obedecer a los médicos y recuperar la salud, han animado a Ignacio a emprender este viaje: volver a su tierra, donde tan malos ejemplos dio en otros tiempos y donde quiere reparar en lo posible el mal hecho; y en segundo lugar, entrevistarse con las familias de aquellos de sus compañeros y llevarles noticias.

Visitará en Obanos a Juan de Azpilcueta, para quien lleva una larga carta de su hermano Francisco. Pasará después por Almazán, en Soria, para entregar igualmente al padre de Diego Laínez una carta de su hijo. Y proseguirá luego por Sigüenza y Madrid, hasta Toledo donde se propone ver a la familia de Alfonso Salmerón. Hacia finales de año llegará a Valencia, donde deberá enbarcarse rumbo a Génova, para proseguir después a pie hasta Venecia.

En París ha quedado el grupo de los seis estudiantes. En ausencia de Ignacio, Pedro Fabro se ha convertido en cabeza del grupo. Él es el que convoca a los otros a las reuniones de los domingos por la mañana y el que se ocupa y se preocupa por el bienestar físico y espiritual de sus compañeros.

Todos prosiguen sus estudios y sus compromisos universitarios. Fabro, además, como ya antes hizo Ignacio, se ocupa en dar Ejercicios Espirituales a todos aquellos que se deciden a hacerlos. Como consecuencia de esta profunda experiencia espiritual tres nuevos compañeros se han unido al grupo. Cuando los amigos se han reunido el día de la Asunción en Montmartre para renovar sus votos, Claudio Jayo, un paisano de Fabro, que es también ya sacerdote, se ha unido a la ceremonia formulando los mismos compromisos. Y en agosto del año siguiente, en 1536, cuando han vuelto a repetir en la misma fecha y lugar idénticos votos, Pascasio Broet, sacerdote, y Juan Coduri, estudiante, ambos franceses, están ya con ellos.
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 28: Ejercicios espirituales

Todos habían hecho los Ejercicios Espirituales antes de la ceremonia del 15 de agosto en Montrmartre; todos... menos Francisco, que ha tenido que diferirlos hasta terminar sus compromisos docentes con sus alumnos del colegio Beauvais.

Ahora aprovecha las vacaciones de verano para encerrarse en una casa aislada y ponerse a solas con Dios. Ignacio le visita a diario para proponerle la materia de cada meditación.
-Los Ejercicios Espirituales, Francisco, se hacen para aprender a vencerse uno a sí mismo y para ordenar la propia vida sin determinarse por afección ninguna que desordenada sea.

"Mucho aprovecha entrar en ellos con grande ánimo y liberalidad con nuestro Creador y Señor, ofreciéndole todo nuestro querer y libertad para que Él haga de nuestra persona, así como de todo lo que somos y poseemos, conforme a su voluntad...
"Has de considerar que el hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios y mediante esto salvar su alma; y las otras cosas sobre la haz de la Tierra son creadas para el hombre y para que le ayuden en la consecución del fin para el que ha sido creado".

Francisco se ha entregado a este trabajo de recogimiento interior en la presencia de Dios con el apasionado ardor que ha puesto siempre en las cosas que le interesan y que considera que merecen la pena. Y, como Ignacio le ha indicado al comienzo de estos días de retiro que es conveniente hacer alguna penitencia como castigo por los pecados pasados, por vencerse uno a sí mismo o para alcanzar una gracia que se desea obtener, ha hecho algo que está a punto de costarle muy caro. Porque es activo y le supone un sacrificio la inmovilidad y porque quizá le parece que cometió algún exceso al lucir y utilizar su cuerpo en los ejercicios y competiciones dominicales en los campos de la isla Notre-Dame, no se le ocurre nada mejor que atarse manos y piernas fuertemente con cordeles. Ha mantenido las ligaduras durante tanto tiempo que brazos y piernas han terminado por inflamarse; la carne hinchada y tumefacta ha recrecido por sobre los cordeles. Ha llegado a tener un brazo en estado tan grave que se ha temido que hubiera que amputarlo. Al fin, con ayuda de alguno de sus compañeros, se han podido cortar los cordeles, no sin producir algunos daños y, desde luego, agudos dolores.

Ha sido una imprudencia en la que Ignacio, que también cometió imprudencias parecidas en los momentos primeros de su conversión, se ha reconocido y que ha preferido pasar por alto, sin hacer sobre ella ningún comentario. Supone a Francisco suficientemente sensato como para sacar de la experiencia sus propias conclusiones... De modo que pasa, sin más, a exponerle el contenido de las meditaciones que corresponden a estos días:

-Ver a Cristo Nuestro Señor, Rey Eterno, que tiene delante de Él a todo el universo mundo y que llama a cada uno en particular; que te llama a ti, Francisco, de modo personal y te dice: "Mi voluntad es conquistar todo el mundo y así entrar en la gloria de mi Padre. Quien quisiera venir conmigo ha de vivir, comer y vestir como yo; ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, porque así, habiéndome seguido en las fatigas, también me siga en la gloria..."

En los días siguientes Ignacio propone a Francisco la meditación de las dos banderas. La bandera de Cristo, capitán de los buenos, y la bandera del enemigo de natura humana, caudillo del mal.
-¿Bajo qué bandera querrías tú alistarte? Pídele a Nuestra Señora que te alcance gracia de su Hijo y Señor para que seas recibido debajo de su bandera...
Y la oración ferviente de Francisco vuela hacia la imagen pequeñita y amable de Santa María de Xavier, ante la que tantas tardes de su adolescencia cantó la Salve, para pedirle ahora su eficaz intercesión.

Y después, día a día, Ignacio propone al ejercitante el seguimiento de todas las circunstancias, hechos y palabras de la vida de Cristo, desde el nacimiento hasta la resurrección.

Y, por fín, la contemplación para alcanzar amor:
-Trae a tu memoria los beneficios recibidos de Dios: la creación, la redención y todos los dones especialísimos que te ha concedido a ti... Considera qué es lo que tú deberías por tu parte ofrecer y dar a Su Divina Majestad, es decir, todas tus cosas y a tí mismo con ellas, ya que todas de él las has recibido.

"Mira cómo Dios habita en las criaturas, en los elementos dando el ser, en las plantas vegetando, en los animales sensando, en los hombres dando a entender... Considera cómo Dios trabaja y labora por ti en todas las cosas creadas sobre la haz de la Tierra y en los Cielos, dando ser y conservando los elementos, los frutos, los ganados..., y todo en beneficio tuyo..."

Francisco ha salido de estos treinta días de retiro alegre, fuerte y decidido. Atrás han quedado ilusiones, proyectos y ambiciones de otros tiempos que han dejado de interesarle. Ha hecho de Cristo Crucificado su Rey y su Señor. A partir de este momento su vida será un continuo acto de amor y de servicio a Jesucristo el Salvador, modelo y guía.
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 27: Los votos de Montmartre

En las frecuentes reuniones del grupo se está hablando desde hace unos días de un proyecto que a todos parece agradar sobremanera:

-Sí que me gustaría que fuésemos todos juntos peregrinando a Jerusalén. No os podéis imaginar la emoción que se siente al caminar por los mismos lugares por los que anduvo Cristo... -les ha dicho Ignacio.
-Iremos, ¿qué puede impedírnoslo? Los siete somos hombres libres.
-Antes deberíamos todos terminar nuestros estudios, si queremos obtener la debida autorización para enseñar.
-Los terminaremos.

-Y cuando seamos todos maestros en Teología, iremos a Jerusalén y allí nos quedaremos enseñando y ayudando a las gentes.
-Bueno, nos quedaremos en Jerusalén... si nos dejan. Yo quise permanecer allí y hube de volverme. Ni siquiera es fácil conseguir el permiso para ir allá -expone Loyola.
-Y si no nos dejan quedarnos, ¿qué haremos? -pregunta Simón Rodrigues.
-Pues... ¡volvernos! -Francisco parece estar siempre dispuesto a un gesto y a una frase que tienen la virtud de hacer reír a todos; pero cuando acaban las risas, la conversación retoma su tono serio:

-Y si hemos de volvernos, ¿en qué nos emplearemos?
-Habremos de comprometernos en aquellas tareas que sean mayor servicio de Dios y ayuda de los prójimos.
-Sí, pero ¿cómo sabremos cuáles puedan ser esas tareas?
-Hay una manera segura de no errar.
-¿Cuál?
-Preguntar a la Iglesia.
-Sí, pero en la Iglesia, ¿a quién, a nuestros confesores, a nuestros obispos?
-Directamente al Papa -dice Ignacio.
-¿Al Papa?
-Él es la cabeza de la Iglesia, la Vera Esposa de Cristo.

Él, mejor que nadie, podrá decirnos dónde podremos emplearnos.
La conversación puede prolongarse durante horas; disfrutan estando juntos, gozan hablando y hablando para conocerse mejor unos a otros, son felices compartiendo conocimientos e ideas, calculando posibilidades, pensando inconvenientes y ventajas de hacer las cosas de una manera o de otra y siempre teniendo como norte que no se pierde de vista, ya que es decisivo punto de referencia, lo que sea la voluntad de Dios.

Ignacio ha hecho hoy una propuesta que todos aceptan con entusiasmo:
-Podríamos reunirnos el 15 de agosto en la capillita de San Dionisio y Compañeros Mártires , que está en ese lugar que llaman Montmartre, y allí celebrar todos juntos la fiesta de la Asunción. Y a los pies de Nuestra Señora podríamos pronunciar nuestros votos con la fórmula que estos días hemos venido preparando, ¿qué os parece?
El asentimiento ha sido general; todos estan gozosamente dispuestos a comprometerse.
En este luminoso día del corazón del verano, los siete amigos se han reunido para subir juntos a la colina de Montmartre y entrar en la cripta del pequeño santuario. Allí Fabro, el único sacerdote del grupo, ha celebrado la misa con Ignacio como acólito.
En el momento de la comunión, Pedro se ha vuelto a sus compañeros y ha escuchado a cada uno formular el voto que le compromete a peregrinar con los compañeros en pobreza hasta Jerusalén y emplearse en el servicio de Dios y de los prójimos. Y si esto no fuera posible, encaminarse a Roma y ponerse a disposición del Papa para que él los envíe a donde le pareciera más conveniente. Después les ha repartido la comunión y él mismo también ha pronunciado la fórmula del voto y ha comulgado.

Acabada la ceremonia, los siete amigos han salido de la cripta para reunirse cerca de la fuente que hay un poco más allá y comer juntos en una sencilla y entrañable fiesta campestre.

Acaban de sellar en estos votos de Montmartre un compromiso de amistad y servicio con Dios, entre ellos y con los prójimos, pero ¿hasta dónde puede llevarles esta generosa, entusiasta y juvenil promesa?