HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

lunes, 21 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 38: Goa

Está apenas amaneciendo este día 6 de mayo de 1542 cuando el Coulam comienza a remontar el río Mandovi. Después de trece meses de viaje he aquí, al fin, la India.
Se ha enviado por delante una pequeña embarcación de remo para que lleve a la ciudad de Goa la noticia de que llega el nuevo gobernador.

Apoyado en la borda Francisco observa con apasionado interés todo lo que la marcha del navío va haciendo aparecer ante sus ojos. Es muy temprano aún, no se ve a nadie.
Van desfilando los campos donde se cultivan el mijo y el arroz, ahora secos y amarillentos porque mayo es el mes más caluroso; las chozas pardas de los aldeanos techadas con palma y grupos, y hasta bosquecillos de palmeras y cocoteros, de mangos, higueras y bananos.

"Más allá de esos campos, ¿qué esconderá esta tierra? Esas chozas agrupadas sin orden a la sombra de los árboles protegen de la intemperie unas vidas, unas familias a las que será preciso hacer llegar la Buena Nueva, para que descubran y reciban la gloria de Dios que colma de luz y gozo... ¿Cómo serán estas gentes? ¡Cómo se me agranda, Señor, la imagen de este pueblo en el que vengo pensando durante todo el viaje mientras este buen barco va terminando su singladura!"

Recuerda el dicho que afirma que "Goa es una segunda Lisboa". ¿Cómo será la ciudad? Y, sobre todo, ¿cómo serán sus habitantes? Goa es la puerta de entrada en el gran imperio portugués de las Indias, esta es la tierra de misión con la que ha soñado, la tierra a la que le envía la obediencia, la tierra a la que le envía la voluntad de Dios. ¡Y es una tierra tan diferente!

Le llegan desde las orillas los efluvios de mil aromas distintos, desconocidos y exóticos, que le hacen comprender que por mucho que la ciudad se asemeje a la lejana Lisboa en su disposición y construcciones, se está aproximando a un mundo nuevo que irá teniendo que descubrir poco a poco.

Y ya va muy entrada la mañana cuando, al cabo, ¡ahí está Goa!
Mientras el Coulam inicia la maniobra de atraque, piensa Francisco que cambia una nave conocida y aún querida por una tierra que desconoce.
En el fondeadero se mecen suavemente multitud de pequeñas embarcaciones: barcas de vela triangular a la usanza árabe, fustas de dos palos, tones y catures de un solo palo que navegan a vela y a remo. Muchas de ellas aparecen engalanadas con telas de colores y ramos verdes en honor del nuevo gobernador.

En el muelle puede contemplarse la más abigarrada multitud que cabe imaginar: caballeros lujosamente vestidos a la manera portuguesa, acompañados por criados y esclavos negros sosteniendo los parasoles que protegen a sus señores. Son las personas principales que han venido a recibir al gobernador. Más allá, aldeanos vestidos con simples taparrabos blancos y turbantes del mismo color, se mueven transportando cestos y bultos de todo tipo; otros aguardan a que llegue el momento de empezar a descargar el barco. Van y vienen mujeres envueltas de pies a cabeza en sus saris multicolores.

Inmediatamente después de los ceremoniosos saludos con que se ha recibido al nuevo gobernador, se ha formado una comitiva que acompaña a los recién llegados hacia la catedral, donde se celebrará una solemne acción de gracias por el feliz arribo del alto dignatario.
A lo largo del recorrido Francisco vuelve la cabeza a derecha e izquierda para mirar a las gentes que se agolpan con curiosidad al paso de la comitiva. Y porque sus ojos se fijan con especial atención en un hombre que viste el blanco atuendo de los campesinos, pero que, además lleva terciado al pecho un triple cordón de curiosa factura, el caballero que marcha a su lado le explica:

-Es un brahmán. Ese triple cordón santo es el distintivo de su casta.
-¿Qué son los brahmanes?
-Son algo así como una casta sacerdotal. Las gentes los veneran y hacen por medio de ellos ofrendas a sus dioses.
"Buscaré ocasión de hablar con algunos brahmanes. Me interesa muchísimo saber qué cosas creen, qué cosas practican y cuál es su relación con el pueblo", se dice Francisco mientras camina hacia la catedral en la comitiva del gobernador.

Ha llegado a esta hermosa ciudad de Goa, capital de las posesiones portuguesas en la India, investido de grandísima autoridad, tanto en el ámbito civil como en el religioso.
Como legado del rey de Portugal deberá visitar los territorios para observar qué trato reciben los nativos y cuál es la implantación de la vida religiosa en los establecimientos lusitanos del Oriente. No hay que olvidar que el rey de Portugal es responsable ante el Papa y ante Dios de la predicación de la fe cristiana en estas regiones. Juan III quiere recibir puntual información sobre el comportamiento de sus gentes y espera que Francisco, en quien ha depositado toda su confianza, se la proporcione.
Como nuncio del Papa a Francisco le corresponde supervisar la labor de evangelización que frailes y clérigos desarrollan y colaborar con sus enseñanzas y ejemplo en esta tarea.

Estos dos cometidos hubieran podido dar lugar a roces y hasta choques con las autoridades locales, pero Francisco ha sabido actuar en todo momento con extremada sabiduría, exquisita delicadeza y una profunda humildad.
El recién llegado gobernador, Martín Alfonso de Sousa, ha tenido ocasión de conocer bien a Francisco a lo largo de todo el viaje desde Lisboa. Su admiración hacia el legado es grande; no habrá lugar, seguramente, para ningún tipo de malentendido entre ellos.

Y con respecto a la autoridad religiosa tampoco surgirán problemas. La primera visita de Francisco en Goa ha sido para el buen obispo Juan de Alburquerque, fraile franciscano español que lleva ya años en esta sede.
Tan pronto como se ha visto en presencia del obispo se ha puesto de rodillas para besar su anillo. Luego, todavía de rodillas, ha explicado el motivo de su visita y ha presentado los Breves papales que le acreditan como nuncio del Pontífice.

El anciano y bondadoso obispo Alburquerque se ha levantado de su sillón para inclinarse afectuoso sobre Francisco:
-¡Alzad del suelo, por favor! ¡Sois el nuncio del Papa! ¡Yo debería postrarme ante vos para besar vuestras manos! Disculpad que no lo haga, estas viejas rodillas mías no me permiten ya ciertos ejercicios... Venid, sentaos aquí a mi lado. Contadme de vuestro viaje y de la misión que os trae por estas tierras...

Han hablado durante horas. Francisco le ha asegurado que no hará nada sin someterlo antes a su aprobación y le ha pedido informaciones y consejos. El obispo ha respondido lleno de buena voluntad a sus preguntas y le ha prometido su colaboración y sus oraciones sin reservas. El anciano obispo y el joven nuncio han quedado amigos. Se reconocen como obreros de la misma viña y como servidores del mismo Señor.

La siguiente visita de Francisco ha sido para el hospital. Le han ofrecido albergue el gobernador y el obispo, pero siguiendo ya la vieja costumbre, aprendida de Ignacio y tantas veces practicada a lo largo de los caminos de Europa, ha preferido alojarse entre los más pobres y los más enfermos. Duerme junto a ellos. Tiende una estera entre los camastros de los dos más graves y pasa allí la noche, atento a la menor llamada, al más leve quejido, para acudir solícito a servirles. De día se ocupa de su salud espiritual. Cuenta en su carta:

"...Aquí, en Goa, vivo en el hospital. Confieso y doy la comunión a los enfermos que allí están; son tantos los que vienen a confesarse que, si estuviera partido en diez partes, en todas ellas tuviera que confesar. Después de cumplir con los enfermos, confieso por la mañana a los sanos que vienen a buscarme. Pasado el mediodía voy a la cárcel a confesar a los presos... Tomé una ermita que está cerca del hospital, dedicada a Nuestra Señora, y allí empecé a enseñar a los muchachos las oraciones, el Credo y los Mandamientos; pasan muchas veces de trescientos los que vienen para aprender la doctrina cristiana. Mandó el señor obispo que por las otras iglesias se hiciese lo mismo... El servicio que a Dios Nuestro Señor en esto se hace es mayor de lo que muchos piensan..."

Ha empezado por ocuparse de los más desvalidos y de los más pequeños y su ejemplo cunde... Buen comienzo.
En algunas otras cosas su ejemplo ha causado un cierto asombro. A su llegada a Goa traía destrozadas las ropas con las que había salido de Lisboa. Trece meses de viaje sufriendo todo tipo de rigores: fríos, lluvias, vientos, trabajos en las cocinas y en las salas de enfermos, han decolorado, rozado y desgarrado las sotanas recibidas como obsequio del rey Juan III para la navegación hasta la India.

Al mayordomo del hospital, don Luis de Ataide, se ha dirigido Francisco para pedirle que, por amor de Dios, le proporcione ropa decente que ponerse.
-El hospital tiene fondos abundantes destinados a ese menester -responde Luis de Ataide-. Decidme qué tipo de vestimentas queréis y en unos días las tendréis preparadas.
Francisco recuerda bien los deseos de Ignacio referentes a la manera de vestir que quiere para los miembros de su Compañía y dice:

-No deseo nada especial, sólo quiero vestirme de la misma manera que lo hacen los clérigos honestos de estas tierras.
Le han tomado medidas y le han prometido:
-De aquí a una semana tendréis listas las ropas.
Y han cumplido lo prometido. En unos pocos días le han presentado a Francisco varias camisas y una ligera sotana sin mangas un poco abierta en el cuello. El clima de esta parte de la India es caluroso.

Francisco se asombra al comprobar:
-¡Todas estas prendas son de seda!
-Lo son, sí. Todos los sacerdotes visten de seda negra en estas regiones, maestro Francisco.
-Pues yo no lo haré. A mí, por favor, hacedme estas mismas prendas en algodón.
-Pero considerad, maestro Francisco, que los vestidos de algodón sólo los usan los esclavos, los pescadores y los criados, es decir, los más pobres.
-Pues por eso mismo, ya que voy a trabajar y a vivir entre ellos, con ellos y para ellos, ¿no os parece lo más puesto en razón que me vista como ellos?
Y no ha habido modo de convencerle de otra cosa. El señor mayordomo Luis de Ataide ha debido condescender y hacer que se repitan camisas y sotana en burdo tejido de algodón negro para satisfacer el deseo del nuncio del Papa, del legado del rey, que ciertamente parece tener unos gustos bastante particulares y sorprendentes.

El 20 de septiembre escribe a Ignacio para comunicarle una grata noticia: "En esta ciudad de Goa movió Dios a algunas personas para que le sirvieran haciendo un colegio... para que ahí fuesen enseñados en la fe los naturales de estas tierras, y después que fuesen bien instruidos..." Y sigue explicando cómo la idea es enviarlos luego a los lugares de los que son naturales para que, a su vez, enseñen allí lo que en el colegio hayan estudiado.

En este colegio todos los alumnos aprenderán a expresarse correctamente en portugués, aprenderán también gramática y latín. Y los que de entre ellos destaquen por su inteligencia cursarán después estudios superiores. Se espera que de este colegio de Goa, que unos llaman colegio de Santa Fe y otros colegio de San Pablo, salgan de aquí a unos años sacerdotes nativos de las distintas partes de la India que trabajarán más tarde en la evangelización de sus propias gentes. Es norma del colegio que no ingrese ningún muchacho menor de los trece años. Se ha comprobado por desgraciada experiencia que los que entran en él menores de esa edad llegan a olvidar su propia lengua nativa y cuando luego vuelven al lugar en que nacieron no son capaces de comunicarse fluidamente con sus parientes y amigos.

Hay gran necesidad de un centro de enseñanza como éste. Después de unas semanas en Goa, Francisco ha podido comprobar que, a pesar de la próspera vida que disfruta esta ciudad, la ignorancia que muestra la mayoría de sus habitantes es desconsoladora. Y no solamente entre los laicos. También los clérigos, encargados por su condición de enseñar y sostener la vida religiosa de los habitantes de la ciudad, portugueses e indios, son, en muchos casos, bastante ignorantes. Los hay que apenas saben suficiente latín como para rezar el breviario o celebrar misa y que no se ocupan ni poco ni mucho de la salud espiritual de sus feligreses. Es cierto que también hay religiosos de algunas órdenes, como los franciscanos, que llegaron a estas tierras con los primeros colonos y que han hecho todo lo que han podido para dar a conocer a los nativos la religión cristiana.

En cuanto a los colonos portugueses venidos a instalarse en estas tierras, y salvo muy contadas y honrosas excepciones, los tipos que más abundan y sobreabundan son el del aventurero sin demasiados escrúpulos, el del comerciante avaricioso y usurero y el del soldado de fortuna, todos tres llegados a estas tierras para sacar de ellas el mayor provecho posible en el menor tiempo imaginable.

Este es el ambiente en que Francisco ha empezado su labor como nuncio del Papa y legado del rey de Portugal.
Su enseñanza de la doctrina cristiana no se limita a los muchachos y muchachas. Muy pronto tiene también como oyentes a criados y criadas, esclavos y esclavas y también a las señoras de estos servidores, que son mujeres nativas, casadas con portugueses y que, aunque bautizadas, son cristianas casi solamente de nombre, porque apenas conocen las verdades en las que se funda la religión que se supone que profesan.

Francisco tiene una forma muy curiosa de enseñar; como todos sus oyentes son analfabetos debe repetir una y otra vez aquello que quiere que aprendan. Y la recitación cadenciosa de las oraciones, el Credo, los Mandamientos y las Obras de Misericordia, le hace llegar a descubrir un método que luego demuestra ser de lo más efectivo. Recuerda viejas melodías familiares y algunas pegadizas canciones de estudiantes aprendidas en París y utiliza estas músicas en las que encaja las palabras que quiere hacer aprender a sus oyentes. Y canta y canta hasta quedarse afónico en muchas ocasiones, pero logra que sus oyentes aprendan. Y al cabo de pocas semanas se produce en Goa un fenómeno que le emociona: al ir por las calles se puede oír aquí y allá, en talleres, patios y lavaderos, voces que cantan oraciones, Mandamientos, Credo... El canto de la doctrina cristiana acompaña la tarea diaria de muchos goanos.

La espléndida labor realizada por Francisco en estos primeros meses de su estancia en Goa ha confirmado al gobernador en la buena opinión que ya tenía acerca de la forma de trabajar de los miembros de la Compañía de Jesús. También las personas a cuyo cargo está el colegio de San Pablo comparten la alta estima que el gobernador muestra por el trabajo y las virtudes de Francisco. El resultado es que se decide encomendar la dirección del colegio a la Compañía de Jesús. Francisco informa a Ignacio el 20 de septiembre de 1542: "El señor gobernador escribe sobre este colegio al rey, para que su alteza escriba a Roma a Su Santidad, rogándole que tenga a bien mandar a esta tierra a algunos de nuestra Compañía... para enseñar en este colegio... Espera el señor gobernador que de Roma vengan tres sacerdotes y un maestro de gramática... y que entre ellos viniese algún predicador, el cual se ocupase con los clérigos en Ejercicios Espirituales, o en leerles alguna cosa de la Sagrada Escritura o de materia de sacramentos, porque los clérigos que vienen a la India no son todos letrados..."

Francisco ha venido, no solamente como nuncio del Papa y legado del rey Juan: también está aquí como avanzadilla de la Compañía de Jesús. Este colegio de San Pablo será el primer gran establecimiento de enseñanza en estas tierras regentado por los hijos y discípulos de Ignacio de Loyola.

Está abriendo para sus hermanos las rutas del Oriente.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 37: Por el señorío de los peces

Cinco son las naves que componen la armada que esta primavera parten para la India. Son grandes y pesadas naos de carga, preparadas para el transporte de mercancías y pasajeros, y también equipadas para la lucha, pues en muchos casos tienen que defenderse del asalto de los piratas.

El rey ha ordenado que se provea a los padres de todo lo necesario para la larguísima travesía. Y los funcionarios de la Casa de Indias han acudido a Francisco para que les dé una lista de todas las cosas que desea que le proporcionen.

-No necesitamos nada, gracias.
-Pero su alteza ha ordenado que se os provea de todo lo que preciséis.
-Nada precisamos, de veras.
Parece tan extraordinaria esta conducta que el propio conde de Castiñeira, veedor de Hacienda, ha considerado necesario venir a hablar con Francisco:
-Mirad que son órdenes del rey, que quiere que se os provea de alimentos, ropa, medicamentos y de todo lo demás que podáis necesitar, a más de un criado que...
-¿Un criado? No, ¿para qué?

El señor veedor de Hacienda explica:
-Vais a pasar muchos meses embarcado, viviendo en gran intimidad con todos los que viajan en la misma nave. Vuestra autoridad de sacerdote, de nuncio del Papa y de legado del rey sufriría menoscabo si las gentes del barco os viesen preparar vuestra comida y lavar vuestras ropas...

-Señor conde, el adquirir crédito y autoridad por ese medio que vuestra señoría dice, ha traido a la Iglesia de Dios y a sus prelados al estado en que ahora están; y el medio por el que se ha de adquirir crédito y autoridad es precisamente lavando de rodillas y guisando la olla, sin tener necesidad de nadie, y además de eso, procurando emplearse en el servicio de las almas de los prójimos.

El conde se ha quedado bastante admirado, pero ha seguido insistiendo, y, al cabo, ha conseguido que Francisco acepte vestidos de paño grueso para él y sus compañeros, que les harán falta cuando lleguen a los fríos del Cabo de Buena Esperanza. Y le ha hecho entrega, de parte del rey, de un lote de libros por valor de cien cruzados.

-He tenido más trabajo en conseguir que maestro Francisco acepte algo que en contentar a otros religiosos que marchaban en parecido viaje... -ha sido el comentario del conde.
Hoy, 7 de abril de 1541, es el día señalado para la partida de las naves que marchan para la India. Y precisamente hoy cumple Francisco 35 años. Nadie se ha acordado de este aniversario... ¿Nadie? A veces el Señor hace unos tan hermosos y exigentes regalos de cumpleaños...

Francisco y sus compañeros, que a partir de este momento son sus subordinados, sus súditos, ya que él va como superior de ésta misión, han embarcado, por deseo expreso del rey, en la nave Santiago, en la que viajan también el gobernador y los caballeros que le acompañan.
Mientras las naves, entre vítores, adioses, lágrimas y bendiciones de las gentes que se han congregado a despedirlas, desatracan y se alejan lentamente del puerto, Francisco se ha detenido junto a la borda hasta perder de vista a su amigo. Sabe que con el último abrazo a Simón Rodrigues ha roto la última amarra física que lo unía ya a su grupo de compañeros... Desde este momento sólo el recuerdo, las cartas, la identidad de criterios y la comunión en la oración le enlazará con ellos.

Las cinco naves se alejan majestuosamente rumbo al sur. Contornearán primero la costa portuguesa y más tarde la africana.
Francisco no ha aceptado albergarse, como le han ofrecido, en los aposentos reservados al gobernador y su séquito en el alcázar de popa. Ha preferido alojarse entre el pasaje común: criados, esclavos, grumetes, soldados y emigrantes, en la cubierta inferior; de esta manera podrá ayudar mejor a los enfermos y débiles en todo lo que sea posible.

Los domingos predica y la tripulación se reune para escucharle porque el gobernador da ejemplo en esto. Y durante todos los días se ocupa en confesar a todos aquellos que desean hacerlo. Y convive y confraterniza amistosamente con todos mientras guisa su olla en la cocina común y lava sus ropas con agua de mar en los costados de la nave; ropa que luego hay que aclarar en la barrica de agua de lluvia que los marineros han recogido con este fín; si no se hace así las telas secan mal y quedan tiesas y pesadas.

Al cabo de varias semanas de navegación las naves de la armada llegan al golfo de Guinea, donde las detiene la terrible calma chicha, tan temida y tan frecuente en estas latitudes. Durante más de cuarenta días las naves permanecen en el mismo lugar, con las velas fláccidas, soportando el tórrido sol de verano. Los cascos cabecean mecidos, balanceados, columpiados por las aguas. Francisco, al igual que muchos de los otros viajeros, sufre el tremendo malestar del mareo: la cabeza insegura, el estómago revuelto, la náusea casi continua... El calor sofocante de este mes de junio estropea los alimentos y corrompe en las cubas el agua de beber... Y empiezan a aparecer enfermedades: fiebres, diarreas, congestiones... A pesar de su propio malestar, Francisco trata de ayudar a los demás en lo que puede. Con aterradora frecuencia asiste a un moribundo y luego oficia el ritual con que la Iglesia despide a sus hijos, mientras un nuevo cuerpo sin vida es entregado a las aguas.

Por fin vuelve el viento propicio y continúa la navegación durante días, semanas y meses...
Para cuando las naves han conseguido doblar el Cabo de Buena Esperanza, después de sufrir una espantosa tormenta que ha durado varios días, y arriban a la pequeña isla de Mozambique, los muertos entregados a las olas pasan de ochenta. El doctor Saraiva, médico de la expedición, asegura que, gracias a los cuidados de Francisco y sus compañeros, las muertes de este viaje son menos de las que habitualmente se producen cada año en este mismo recorrido.

A causa de las tormentas y las penalidades sufridas a lo largo del viaje, las naves han arribado con retraso a Mozambique. Se ha llegado tarde para alcanzar los vientos propicios que favorecen la navegación hasta la India, de modo que la armada ha debido permanecer desde finales de agosto en esta isla de la costa africana en la que hay un fuerte habitado por hombres del rey de Portugal.

Desde Mozambique escribe Francisco: Anduve por la mar mareado dos meses... pasando muchísimos trabajos...; tomamos cargo de todos los dolientes que venían en la armada. Yo me ocupé de confesarlos... y de ayudarles a bien morir; micer Paulo y Mansillas les servían en lo temporal. Mucho deseara poder escribir más largo, pero la enfermedad no me lo permite; hoy me han sangrado por séptima vez y hallóme en mediocre disposición...

Porque, al cabo, el cansancio y el aire inficionado que rodea a los enfermos le han vencido y también él está enfermo. Y confiesa en la carta que las fatigas y trabajos han sido de tal categoría que él no los hubiera pasado ni por todo el mundo; sólo por Dios se pueden soportar tales dificultades y peligros.

A principios de febrero el gobernador se embarca en un pequeño galeón de tres palos, el Coulam, y se adelanta al resto de la armada. Tiene prisa por llegar a su destino: Goa. Con él viaja Francisco. Atrás quedan micer Paulo y Mansillas, a los que se les ha encargado que sigan cuidando a los enfermos, que son muchos y no están en disposición de embarcarse.
También Francisco tiene prisa por llegar a su destino: la India.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 36: Lisboa

Simon Rodrigues, que lleva ya varias semanas en Lisboa, se asombra al ver llegar a Francisco: él esperaba a Bobadilla.

Grande es la alegría de los dos amigos al encontrarse y Francisco, obedeciendo al deseo tantas veces expresado por Ignacio, escribe a los compañeros de Roma: ...El día que llegué a Lisboa, encontré a nuestro Simón con fiebre; con mi venida fue tanto el placer que recibió y tánto el mío al encontrarme con él, que juntos ambos placeres produjeron el efecto de echar fuera la fiebre y se puso bueno...

Y sigue escribiendo: Después de que pasaron tres o cuatro días desde que llegamos a esta ciudad, el rey nos mandó llamar y nos recibió muy benignamente. Estaba él solo con la reina en una sala; estuvimos más de una hora con ellos. Nos preguntaron muchas particularidades acerca de nuestro modo de proceder y del modo en que nos conocimos y juntamos... Al fin, su alteza mandó llamar a su hija la infanta y a su hijo el príncipe para que los viésemos...


En una segunda visita a palacio, y cuando ya la entrevista toca a su fin, la reina hace un discreto aparte con Francisco y ella, que antes de ser soberana de Portugal fue una infanta de Castilla, aprovecha ahora la ocasión, al dirigirse a él, para expresarse en su lengua materna:

-¿Sabíais, padre Francisco, que el padre Ignacio y yo nos conocemos desde antiguo?
Sonríe Francisco al contestar:
-Algo me contó en cierta ocasión el padre Simón, señora.
Y doña Catalina continúa recordando:
-Eso ocurrió hace ya bastantes años. Yo era por aquel entonces muy niña y vivia recluida en el castillo de Tordesillas, con mi señora madre, la reina doña Juana que de Dios goce... El padre Ignacio era en aquellos días un apuesto joven al que todos conocían como don Iñigo de Loyola. Vino acompañando a doña María de Velasco y, mientras la señoras hablaban, él me contó un cuento de princesas y me hizo un regalo. Su visita alegró mi vida, que era bastante triste por aquella época. Sólo otra única vez volví a verle; fue en Valladolid con ocasión de la jura como rey de Castilla de mi señor hermano Carlos, el emperador. Y entonces fui yo la que tuvo la oportunidad de hacerle un obsequio... -se detiene un instante la reina recreándose en sus propios recuerdos y enseguida prosigue-: ¿Nunca os ha hablado el padre Ignacio de esta pequeña historia?

-Nunca, señora, que yo recuerde.
-Pues yo jamás olvidaré su amabilidad para con una pobre niña solitaria. Decídselo así de mi parte, si algún día tenéis ocasión de hacerlo.
-Lo haré, señora, tenéis mi promesa.
Francisco ha salido de la entrevista con la gratísima impresión de que la reina está muy bien dispuesta hacia Ignacio de Loyola y la Compañía por él fundada.
Con mucha frecuencia llama el rey a Francisco y a Simón para conversar con ellos y para encargarles de diversos trabajos; desea que se ocupen de predicar, de enseñar, de confesar..., y quiere que se dediquen especialmente a los pajes y caballeros jóvenes que forman parte de su corte, porque piensa el rey que si estos muchachos conocen a Dios y aprenden ahora a servirle, cuando sean mayores y ocupen puestos importantes en la nación, su buen ejemplo arrastrará a muchos a vivir como buenos cristianos.

"Es para maravillarse y dar muchas gracias al Señor ver cuán celoso de la gloria de Dios es el rey"..., informa Francisco.
Francisco y Simón, han querido, instalarse en un hospital para pobres y mendigar su comida de puerta en puerta, pero han podido hacerlo sólo unos pocos días. El rey ha insistido en albergarlos en una casa que ha preparado para ellos y les ha hecho aceptar comidas que, dos veces al día, les hace llegar de las propias cocinas de palacio. Y los dos amigos han terminado por consentir en este arreglo porque les permite disponer de más tiempo para sus trabajos de confesar, predicar y conversar amigablemente con todo tipo de gentes.

Ocuparse en conversaciones familiares y amistosas con las personas forma parte de sus tareas apostólicas. Es algo que aprendieron de Ignacio. Estas charlas permiten escuchar las dificultades y problemas que quieren confiarles los hombres y mujeres a los que siempre están dispuestos a confortar y ayudar con sus frases de aliento, un buen consejo o una sugerencia acertada. Son momentos de recordar a los ricos y poderosos la obligación que tienen de atender a las necesidades de los pobres y humildes, de proponer a los fuertes y sanos que no olviden a los enfermos y débiles y de exhortar a todos a que vivan en paz con Dios y con los prójimos.

Dan lugar asímismo estas conversaciones para hablar de la naciente Compañía de Jesús y de la forma de vida, proyectos y aspiraciones de sus miembros. En ciertos casos se consigue entusiasmar a algunos, que se convierten en generosos colaboradores o, más aún, en hombres decididos a incorporarse a las filas de la Compañía para servir a Dios allí donde se les destine.

Entre todos con los que ha conversado en esta temporada Francisco, dos se han comprometido a marchar a la India: uno es un sencillo y modesto sacerdote italiano que ha hecho el viaje desde Roma con Rodrigues y que, porque asegura no tener apellido de familia, es conocido simplemente con el apelativo de micer Paulo. El otro es un estudiante portugués que ha cursado en París dos años de latín y que espera poder ordenarse sacerdote algún día. Se llama Francisco Mansillas.

Resulta tan patente la beneficiosa influencia que las actividades apostólicas de Francisco y Simón están teniendo sobre la sociedad lisboeta, que el rey y sus consejeros se están planteando seriamente retenerlos en Portugal.
Francisco comunica a Ignacio: Procuran muchas personas conocidad impedir nuestra partida, pareciéndoles que aquí haremos más servicio en confesiones, conversaciones y ejercicios espirituales... que si fuésemos a la India...

Dos personajes importantes presionan a Francisco para que desista de su idea de ir a misionar a la India y permanezca trabajando en Portugal.
Por un lado, el rey Juan III ofrece edificar una casa para él y sus compañeros en Évora y abrir un colegio en Coimbra en el que puedan residir los estudiantes universitarios que se preparen para ingresar en la Compañía de Jesús. Por otro, desde la propia Coimbra, Martín de Azpilcueta, aquel pariente de doña María, cuyos logros intelectuales se había propuesto Francisco imitar en otros tiempos, y hasta emular, le llama ahora desde su puesto de catedrático en esa universidad con la tentadora oferta de que se quede para trabajar a su lado.

Las dos propuestas son muy dignas de tenerse en cuenta. Quedarse a trabajar cerca de la corte supone el favor del rey y poder desde esa alta instancia hacer mucho servicio a Dios y a los hombres. Ir a Coimbra puede resultar sumamente beneficioso para impulsar el prestigio y crecimiento de la Compañía. Con un colegio allí como base de actividades y con la autoridad y el valimiento de Martín de Azpilcueta apadrinando la empresa...

Francisco y Simón han considerado en la oración estas dos propuestas y también han consultado con sus hermanos en Roma.
Al fín se ha llegado a una decisión en la que están de acuerdo todos: El Papa, Ignacio de Loyola, el rey Juan III y varios de los obispos y consejeros que le rodean. Francisco y Simón Rodrigues han acatado esta decisión, por la cual se dispone que Simón permanezca en Portugal para ocuparse de la expansión de la Compañía en estas tierras y que sea Francisco el que parta para la misión en la India. Los dos están más que conformes con la tarea que se les ha asignado: a Simón le encanta permanecer en su patria, a Francisco se le confirma el cumplimiento de su sueño misionero.

El 18 de marzo de 1541, Francisco escribe a sus compañeros de Roma: ...Micer Paulo, el portugués Francisco Mansillas y yo partimos esta semana... El rey nos ha encomendado al gobernador que este año va a la India y en cuya nave vamos nosotros... Este gobernador ha estado allí muchos años. Me dijo el otro día que en la India hemos de hacer mucho fruto... Creo que no podemos dudar, puesta toda nuestra esperanza en Dios, que sabremos servir a Cristo Nuestro Señor y ayudar a nuestros prójimos, trayéndolos al conocimiento de la fe.
Por amor y servicio de Dios Nuestro Señor y por aquella nuestra estrechísima amistad os ruego que escribáis, en el marzo que viene, cuando las naves partirán de Portugal para la India..
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Los amigos, los compañeros, los hermanos, se le van quedando atrás, cada vez más lejos... Claro que está tan seguro de que el Amigo, el Compañero, el Hermano va junto a él que, a pesar de todo, se siente fuerte, animoso, seguro, alegre... El campo de trabajo que se abre ante él es inmenso, pero es mucho mayor todavía su deseo de recorrerlo, de cruzarlo y recruzarlo, de ampliarlo, de abrazarlo, trabajando en servicio de su Señor.
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Inés, Santa
Mártir, 21 de enero
 
Inés, Santa
Inés, Santa

Mártir

Martirologio Romano: Memoria de santa Inés, virgen y mártir, que siendo aún adolescente, ofreció en Roma el supremo testimonio de la fe, consagrando con el martirio el título de la castidad. Obtuvo victoria sobre su edad y sobre el tirano, suscitó una gran admiración ante el pueblo y adquirió una mayor gloria ante el Señor. Hoy se celebra el día de su sepultura (s. III/IV).

Etimología: Inés = aquella que se mantiene pura, es de origen griego.
Hay muy buenos documentos sobre la existencia de esta mártir que vivió a comienzos del siglo IV y que fue martirizada a los doce años, durante la feroz persecución de Diocleciano.

Su popularidad y su devoción hacen pensar que no son improbables las leyendas que se nos han transmitido de boca en boca y también con escritos. Basado en una tradición griega, el Papa Dámaso habla del martirio de Santa Inés sobre una hoguera.
Pero parece más cierto lo que afirma el poeta Prudencio y toda la tradición latina, es decir, que la jovencita, después de haber sido expuesta a la ignominia de un lugar de mala fama por haberse negado a sacrificar a la diosa Vesta, fue decapitada.

Así comenta el hecho San Ambrosio, al que se le atribuye el himno en honor de Agnes heatae virginis: “¿En un cuerpo tan pequeño había lugar para más heridas? Las niñas de su edad no resisten la mirada airada de sus padres, y las hace llorar el piquete de una aguja: pero Inés ofrece todo su cuerpo al golpe de la espada que el verdugo descarga sobre ella”.

Alrededor de su imagen de pureza y de constancia en la fe, la leyenda ha tejido un acontecimiento que tiene el mismo origen de la historia de otras jóvenes mártires: Agata, Lucia, Cecilia, que también encuentran lugar en el Canon Romano de la Misa. Según la leyenda popular, fue el mismo hijo del prefecto de Roma el que atentó contra la pureza de Inés. Al ser rechazado, él la denunció como cristiana, y el prefecto Sinfronio la hizo exponer en una casa de mala vida por haberse negado a rendirle culto a la diosa Vesta. Pero Inés salió prodigiosamente intacta de esa difamante condena, porque el único hombre que se atrevió a acercarse a ella cayó muerto a sus pies.

Pero el prefecto no se rindió ante el prodigio y la condenó a muerte. Un antiguo rito perpetúa el recuerdo de este ejemplo heroico de pureza. En la mañana del 21 de enero se bendicen dos corderitos, que después ofrecen al Papa para que con su lana sean tejidos los palios destinados a los Arzobispos. La antiquísima ceremonia tiene lugar en la iglesia de Santa Inés, construida por Constantina, hija de Constantino, hacia el 345. 
Altagracia, Nuestra Señora de
Primer Santuario que existió en América. Son numerosas las primacías de la República Dominicana.
 
Altagracia, Nuestra Señora de
Altagracia, Nuestra Señora de


Primer Santuario que existió en América, el de Nuestra Señora de Altagracia, situado en la Villa de Higüey, en la antigua "Isla Española", hoy República Dominicana.

Son numerosas las primacías de la República Dominicana. Fue en esta tierra del Nuevo Mundo donde se plantó la primera cruz, donde se celebró la primera misa, donde se recitó la primera Avemaría, y de donde partió la irradiación de la fe a las otras islas cercanas, para de ahí extenderse a tierra firme.

Sobre el origen de la Imagen de Nuestra Señora de Altagracia existen diversas versiones, pero todas ellas se basan en milagros semejantes. Una de ellas cuenta que un colonizador vivía con su familia en una de las islas, y que acostumbraba hacer viajes para vender su ganado. En una ocasión cada una de sus dos hijas le hizo un encargo; la mayor le pidió vestidos, cintas y encajes, mientras que la menor, que era más inclinada hacia las prácticas religiosas, le pidió una imagen de la Virgen de Altagracia. El hombre se sorprendió, pues nunca había escuchado tal advocación, pero ella le aseguró que la encontraría.

Al término del viaje, y ya de regreso, el hombre pernoctó en casa de un viejo amigo, y le comentó mientras cenaban cuán desilusionado estaba porque sólo había podido conseguir lo que la hija mayor le había pedido, a pesar de haber buscado insistentemente la imagen de la Virgen de Altagracia, la cual parecía no existir. Al oír aquel comentario, un anciano que había pedido pasar al noche en la misma casa, y que estaba sentado en un rincón, se levantó y le dijo que sí existía la Virgen de Altagracia y que él llevaba su imagen.

Sacó de su alforja un pergamino que tenía las imágenes de la Santísima Virgen María adorando al Niño Jesús, recostado en una cuna a sus pies, y de San José al fondo.

Los numerosos milagros de la imagen hicieron que ésta se volviera el centro de la devoción de la isla, y así surgió la necesidad de construir un santuario, el cual fue hecho de paja, al igual que las demás iglesias circunvecinas, anexo a la parroquia de la villa.

Fue Don Simón de Bolivar, antecesor del "Libertador", quien, al ver la devoción de la gente, no sólo de la isla, sino también de las otras islas de la comarca, pidió al Rey ayuda económica para poder terminar la iglesia.

En un principio la fiesta de Nuestra Señora de Altagracia se estableció para el 15 de agosto, por ser el día de la Asunción de María, pero un acontecimiento histórico cambió la fecha.

En 1689 Francia ordenó a todos sus súbditos de la parte de la Española que se apoderasen de toda la isla. Pero los nativos quisieron impedírselo y se desencadenó una batalla el 21 de enero en la Sábana de la Limonade. Los Higüeyanos participaron en la batalla y ofrecieron celebrar el recuerdo de aquella fecha si obtenían victoria, y llevaron en memoria una espada al santuario. Desde entonces comenzó a celebrarse la fiesta oficial de la Altagracia ese día, que constituye hoy una de las grandes celebraciones de la Iglesia en la República Dominicana.

Tiempo después Mons. Eliseo Pérez Sánchez propuso que se construyera un gran templo a María de Altagracia y fue en 1954 cuando se inició la construcción del mismo. Fue inaugurado el 21 de enero de 1971. Tanto en el exterior como en su estructura tiene la idea de invitar a los fieles al recogimiento y a la oración. Sin embargo, la imagen milagrosa se conserva en Higüey.

El amor a la madre es una de las cualidades más arraigadas de todos los pueblos latinoamericanos. La Virgen María refleja, para todos nosotros, en forma sublime, ese amor de madre; vemos en Ella a una persona que está cerca de sus hijos por su cariño maternal, comprensión e intercesión, al ponerlos en contacto con Dios. Un medio muy eficaz para mantener viva la unión con Nuestra Madre y con Dios es el rezo del santo Rosario.

Los latinoamericanos no la consideramos como un personaje del pasado, que existió hace dos mil años, sino que creemos que es una persona viva que está a nuestro lado, que escucha nuestras súplicas y está atenta a nuestras necesidades, que interviene en nuestra historia personal, familiar y nacional.

María nos lleva a Cristo, nos lo muestra como Maestro y Salvador, nos invita a meditar sus misterios y a vivirlos en nuestra propia experiencia. Ojalá que en nuestra devoción a Ella demos nuevos pasos de fidelidad a Cristo en esta fase de la Nueva Evangelización, en la cual estamos todos empeñados.

Concluimos de esta manera las peregrinaciones espirituales que hemos venido haciendo juntos; no si antes invitaros a hacer de vuestro corazón un verdadero santuario mariano, en el que nunca esté ausente la Santísima Virgen, ni se interrumpa el diálogo con Ella. Gracias por habernos acompañado.




Desde el año 1502 se le rinde culto y tiene el provilegio especial de haber sido coronada dos veces. El 15 de agosto 1922,en el ponificado de Pío XI y por el Santo Padre Juan Pablo II, quien durante su visita a la Isla de Santo Domingo el 25 de enero de 1979, coronó personalmente la imagen con una diadema de plata sobredorada, regalo personal suyo a la Virgen, primera evangelizadora de las Américas. "El Grande" Juan Pablo II, tambien visitó a la Virgen en su Basílica en Higuey, Provincia de la Altagracia, en la República Dominicana.
Nuestra Señora de la Altagracia
Advocación Mariana, 21 de enero
 
Nuestra Señora de la Altagracia
Nuestra Señora de la Altagracia

Patrona de República Dominicana

Tiene la República Dominicana dos advocaciones marianas: 
Nuestra Señora de la Merced
, proclamada en 1616, durante la época de la colonia, y la Virgen de la Altagracia (imagen de la izquierda), Protectora y Reina del corazón de los dominicanos. Su nombre: "de la Altagracia" nos recuerda que por ella recibimos la mayor gracia que es tener a Jesucristo Nuestro Señor. Ella, como Madre, continua su misión de mediadora unida inseparablemente a su Hijo. Los hijos de Quisqueya la llaman cariñosamente "Tatica, la de Higüey".

Existen documentos históricos que prueban que en el año de 1502, en la Isla de Santo Domingo, ya se daba culto a la Virgen Santísima bajo la advocación de Nuestra Señora de la Altagracia, cuyo cuadro pintado al óleo fue traído de España por los hermanos Alfonso y Antonio Trejo, que eran del grupo de los primeros pobladores europeos de la isla. Al mudarse estos hermanos a la ciudad de Higüey llevaron consigo esta imagen y más tarde la ofrecieron a la parroquia para que todos pudieran venerarla. En el 1572 se terminó el primer santuario altagraciano y en el 1971 se consagró la actual basílica.

La piedad del pueblo cuenta que la devota hija de un rico mercader pidió a este que le trajese de Santo Domingo un cuadro de Nuestra Señora de la Altagracia. El padre trató inútilmente de conseguirlo por todas partes; ni clérigos ni negociantes, nadie había oído hablar de esa advocación mariana. Ya de vuelta a Higüey, el comerciante decidió pasar la noche en una casa amiga. En la sobremesa, apenado por la frustración que seguramente sentiría su hija cuando le viera llegar con las manos vacías, compartió su tristeza con los presentes relatándoles su infructuosa búsqueda.

Mientras hablaba, un hombre de edad avanzada y largas barbas, que también iba de paso, sacó de su alforja un pequeño lienzo enrollado y se lo entregó al mercader diciéndole: "Esto es lo que usted busca". Era la Virgen de la Altagracia. Al amanecer el anciano había desaparecido envuelto en el misterio. El cuadro de Ntra. Sra. de la Altagracia tiene 33 centímetros de ancho por 45 de alto y según la opinión de los expertos es una obra primitiva de la escuela española pintada a finales del siglo XV o muy al principio del XVI. El lienzo, que muestra una escena de la Natividad, fue exitosamente restaurado en España en 1978, pudiéndose apreciar ahora toda su belleza y su colorido original, pues el tiempo, con sus inclemencias, el humo de las velas y el roce de las manos de los devotos, habían alterado notablemente la superficie del cuadro hasta hacerlo casi irreconocible.

Sobre una delgada tela aparece pintada la escena del nacimiento de Jesús; la Virgen, hermosa y serena ocupa el centro del cuadro y su mirada llena de dulzura se dirige al niño casi desnudo que descansa sobre las pajas del pesebre. La cubre un manto azul salpicado de estrellas y un blanco escapulario cierra por delante sus vestidos.

María de la Altagracia lleva los colores de la bandera Dominicana anticipando así la identidad nacional. Su cabeza, enmarcada por un resplandor y por doce estrellas, sostiene una corona dorada colocada delicadamente, añadida a la pintura original. Un poco retirado hacia atrás, San José observa humildemente, mirando por encima del hombro derecho de su esposa; y al otro lado la estrella de Belén brilla tímida y discretamente.

El marco que sostiene el cuadro es posiblemente la expresión más refinada de la orfebrería dominicana. Un desconocido artista del siglo XVIII construyó esta maravilla de oro, piedras preciosas y esmaltes, probablemente empleando para ello algunas de las joyas que los devotos han ofrecido a la Virgen como testimonio de gratitud.

La imagen de Nuestra Señora de la Altagracia tuvo el privilegio especial de haber sido coronada dos veces; el 15 de agosto de 1922, en el pontificado de Pío XI y por el Papa Juan Pablo II, quien durante su visita a la isla de Santo Domingo el 25 de enero de 1979, coronó personalmente a la imagen con una diadema de plata sobredorada, regalo personal suyo a la Virgen, primera evangelizadora de las Américas. Juan Pablo II también visitó a la Virgen en su basílica en Higüey

Ver también Altagracia, Nuestra Señora de