HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

martes, 22 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 42: Estratega y diplomático

En febrero de 1544 ya está de nuevo entregado a la faena de recorrer toda la zona de la Pesquería. Ha diseminado a sus gentes por los lugares que le parecen más adecuados y recomienza la labor de ir de un lugar a otro organizando, supervisando, corrigiendo. Hace moverse a sus colaboradores de aldea en aldea, busca e instruye canacapolas, contrata intérpretes. Uno de ellos le es especialmente querido; se trata del pequeño Mateo, un muchachito parava, que conoce bastante bien el portugués. Se lo asigna como compañero a Mansillas.

Como no puede estar todos los días en todas partes, ni entrevistarse con la frecuencia que desearía con todos sus colaboradores, cuando termina su propia agotadora jornada se sienta en el suelo, se coloca delante de un banquillo, a la manera que hacía cuando allá en Xavier jugaba al ajedrez con Gracieta, abre el pequeño cofre en el que guarda papel, tinta y plumas, y escribe... Escribe carta tras carta con instrucciones, ruegos, recomendaciones. Las misivas están fechadas en los distintos lugares desde donde él las escribe: Punicale, Manappad, Livar, Nar, Tuticorín, Virapandyanpatanam, otra vez Manappad y de nuevo Punicale; y están siendo enviadas a los diversos emplazamientos por donde se mueve Mansillas: Manappad, Punicale, Tuticorín, Punicale otra vez...

Van dirigidas a este su colaborador principal, aunque el contenido vaya dedicado y sea útil y necesario a todos los que trabajan en misionar por estos parajes, como, por ejemplo, a Juan de Artiaga, antiguo mozo de estribo de la reina y escudero de la casa real que durante un tiempo ha colaborado con Mansillas.
Y porque tiene a sus fuerzas distribuidas por todo el territorio se ha ocupado, como buen estratega, de contar con una red de comunicaciones que le permita estar siempre en contacto con los demás. Sus mensajes y los que le envían Mansillas y los otros van y vienen llevados unas veces por patamares, correos terrestres, y casi siempre por mar en tones o catures, las pequeñas embarcaciones costeras que los nativos hacen navegar a vela cuando los vientos son favorables y a remo cuando son contrarios o hay calmas.

En las cartas sabe ser, a la vez, cálido, claro y enérgico. Informa y ordena bien. Es buen estratega y buen diplomático. Son cualidades que le vienen de casta, lo lleva en la sangre; que no en vano es hijo de un embajador y nieto y hermano de capitanes.
Y escribe:
"Mucho me alegré con vuestras cartas... No os canséis porque más fruto hacéis del que pensáis, y si no hacéis todo lo que queréis, contentaos con lo que hacéis, pues la culpa no es vuestra..."
"A Mateo le diréis que sea buen hijo y que yo le seré buen padre; mirad mucho por él y decidle que los domingos hable bien alto lo que le digáis para qeu todos le oigan... ¡que hasta yo en Manappad le oiga!"
Esta es una chanza amistosa dedicada a Mateo que está en Punicale, a muchas leguas de distancia.

"A Juan de Artiaga no escribo porque esta carta es para los dos..."
"A las criaturas que nacen bautizaréis con mucha diligencia y a los niños enseñaréis como os tengo recomendado..."
"Dad siempre gracias a Dios porque os escogió para un oficio tan grande como éste que tenéis..."
"Mirad por vuestra salud, pues con ella tánto servís a nuestro Señor..."
"Ruégoos mucho que no os irritéis por ninguna cosa con esa gente tan trabajosa, y cuando os viéreis con muchas ocupaciones y que no podéis satisfacer a todas, consolaos haciendo lo que podéis; y dad muchas gracias al Señor que estáis en parte donde, aunque queráis estar ociosos, no os dejan las muchas ocupaciones que se os ofrecen, y todas del servicio del Señor Dios..."

"Estuve unos cuatro o cinco días con fiebre continua y dos veces me han sangrado; ahora me hallo mejor..."
"Con esta gente haced siempre cuanto pudiéreis por llevarla con mucha paciencia..."
"Mandadme mi cofrecillo con el primer tone que viniere..." El cofrecillo en el que guarda sus "tesoros": papel, plumas, tinta, las cartas que recibe y, entre ellas, la que es su mayor tesoro, la de Ignacio desde Roma, acompañada de pliegos de los otros amigos y de los que ha recortado las firmas para poder llevarlas siempre consigo.

"Hágoos saber que, con la ayuda del Señor Dios, me hallo muy bien; quiera Él, que me da salud, darme gracia para con ella servirle. Me habéis de hacer saber de continuo noticias vuestras y de los cristianos..."
"Mandadme el papel que quedó en la caja, que no tengo en qué escribiros..."

Ahora Francisco está en Punicale y Mansillas y los otros andan por Tuticorín.
"Aquí estoy entre esta gente solo, sin interprete. Antonio está enfermo en Manappad. Por aquí podréis ver la vida que llevo, y las exhortaciones que puedo hacer, que ni ellos me entienden ni menos les entiendo yo. Bautizo las criaturas que nacen y a los otros que hallo por bautizar; para eso no es menester intérprete. Los pobres sin intérprete me dan a entender sus necesidades, y yo, al verlos, sin intérprete, los entiendo; para las cosas más principales no tengo necesidad de intérprete..."

¡Soledad dolorosa del que se encuentra entre personas queridas con las que querría intensamente comunicarse y con las que solamente le es posible el pobre lenguaje de los gestos! ¡Y cuánto va ya sabiendo Francisco últimamente de esta gran pobreza que le hace sufrir tanto!
"Mucho deseo tengo de veros. Placerá a Dios que sea pronto, aunque cada día no dejo de veros en espíritu, lo que vosotros también hacéis, de manera que estamos presentes de continuo. Por amor de Dios que me escribáis noticias vuestras y de todos los cristianos, cómo os va, y escribid muy detalladamente..."
"Escribidme si los niños acuden a las oraciones y cuántos son los que las saben..."

"Ruégoos que a esa gente la tratéis con mucho amor; porque si el pueblo os ama, y está bien con vosotros, mucho servicio haréis a Dios. Sabed aliviar sus flaquezas con mucha paciencia, pensando que si ahora no son buenos, algún tiempo lo serán...

"En el Credo, cuando decís enaquvenum, en lugar de venum, diréis vichuam, porque venum quiere decir quiero, y vichuam, quiere decir creo. Es mejor decir yo creo en Dios, que no decir yo quiero a Dios. No diréis vao Pinale, porque quiere decir por fuerza y Cristo padeció por voluntad y no por fuerza".

Va aprendiendo el lenguaje y corrige y perfecciona sus propias traducciones.
"Tratad siempre con mucho amor a esta gente y haced obra en que de ella seáis amados..."
"A Mateo dadle todo lo necesario para su vestido y hacedle buena compañía para que no os deje... Tratadle con mucho amor, que así lo hacía yo cuando estaba conmigo, por amor que no me dejase..."

Amor, amor verdadero, amor profundo, esa es la clave para conquistar los corazones y abrirlos al conocimiento de la fe. Amor que es comprensión, servicio, interés y compromiso por el bienestar del otro. Francisco puede hablar de amor porque lo conoce bien. Ha sido muy querido desde que vio la luz primera en su hermosa tierra de Navarra. Supo del amor hondo y austero de su padre y del amor recio, autoritario y exigente de su madre, doña María; y del afecto brusco y juguetón de sus dos hermanos, Miguel y Juan; y del cariño doméstico y servicial de Pachica y Gracieta; y del afecto tranquilo e incondicional de tía Violante, y del amor fuerte, que protege y educa que le dedicó tío Miguel, el clérigo. Y se ha sentido amado desde siempre por Dios a través de la sonrisa amiga del Cristo de Xavier. ¡Y cómo sabe que le han querido y que le siguen queriendo Ignacio y Fabro, Laínez y Bobadilla y todos los otros! Ha sido a lo largo de toda su vida un gran inspirador de cariños, de amores limpios y sinceros. Se le ha querido por él. Tiene las cualidades y las características del gran amado y por ello del buen amador. Se le han concedido los dones que hacen amable, digno de ser amado, a un ser: tiene un físico hermoso y un alma sana, una mirada clara y la sonrisa fácil, un gesto siempre cordial y un ánimo siempre dispuesto a enfrentarse a la tarea con arrojo y gallardía. Y porque se ha sentido siempre bien amado ha aprendido a bien amar.

Tiene su amor todas las facetas distintas de los amores recibidos: es hondo y austero, recio, autoritario y exigente, brusco y jovial, doméstico y servicial.
Y ahora derrama todo el caudal de su afecto sobre estas gentes que el Señor le ha confiado. Y se identifica son sus problemas y le duelen sus desgracias y miserias y se indigna y se rebela contra las injusticias y atropellos que se cometen contra estos pobres paravas o contra los macuas o los careas, otros pueblos de esta costa a los que también ha llegado su dedicación y su cariño.
"Cuando vinieren de la pesca, visitaréis a los enfermos, haciendo a algunos niños decir las oraciones, como está en el recuerdo que os dí..."La pesca de las ostras perlíferas es un trabajo duro y peligroso. Los buceadores vuelven de la campaña, que dura varias semanas, siempre muy agotados y en muchos casos heridos y enfermos.

"... los agravios que hacen a esos cristianos, así los gentiles como los portugueses, no puedo dejar de sentirlos dentro, como es razón. Estoy ya tan acostumbrado a ver las ofensas que a estos cristianos se hacen y a no poderlos favorecer, que es una pena que llevo siempre conmigo..." Los rajás y los señores de los diferentes territorios en que hay cristianos no siempre toleran con facilidad y benevolencia la conversión de estas gentes a una nueva religión; y, en muchos casos, no porque sea una creencia que no comparten, sino porque el que se hayan hecho cristianos supone que han pasado de su jurisdicción a la de los portugueses, a los que consideran invasores.
Lleva ya mucho tiempo aquí y va conociendo el comportamiento de unos y otros.

Está descubriendo con dolorido asombro el revés de la trama, las actuaciones prepotentes y codiciosas de los funcionarios reales que oprimen y explotan a los nativos en lugar de ayudarles y protegerles. La espada de los capitanes y el trabajo de los empleados civiles portugueses, que deberían abrir camino y respaldar la labor de los evangelizadores, no hacen más que desacreditar el cristianismo ante los que sufren arbitrariedades y opresión a manos de los que se dicen cristianos.
Así que un buen día se sienta, abre su cofrecillo y escribe a Juan III de Portugal una carta en la que no se expresa el estratega ni el diplomático, sino el misionero cristiano que muestra la realidad cruda y dura para pedir que le ponga remedio aquel que debe y puede hacerlo.
“Señor:

“Bien deseo que vuestra alteza tenga presente... que Dios Nuestro Señor, prefiriéndolo a todos los príncipes cristianos, le ha concedido el imperio de las Indias para ver con qué fidelidad cumple el encargo que se le ha dado y con qué agradecimiento corresponde a los beneficios recibidos. Porque en esto no tanto miró el Señor a enriquecer el fisco de vuestra alteza... cuanto ofrecer benignamente a la virtud y religiosidad de vuestra alteza la oportunidad de distinguirse y mostrar su celo aplicando al trabajo apostólico activos misioneros que... traigan al conocimiento del Creador y Redentor del mundo a los infieles de estas regiones...”


Desde el primer párrafo sitúa al rey con claridad y valentía ante su responsabilidad delante de Dios.
“Una y otra vez ruego y suplico a vuestra alteza que quiera mirar por el servicio de Dios y por los intereses de la Iglesia... Para cumplir con mi oficio y descargar también yo mi conciencia... digo a vuestra alteza que se promueva nuestra santa fe; y que los que han sido agregados a la Iglesia no sean arrancados de ella y vuelvan a sus naturales supersticiones, ofendidos y aterrados por las muchas injurias y graves vejámenes que reciben de los ministros de vuestra alteza...”
Denuncia sin rodeos el daño que a los nuevos cristianos les causa el comportamiento rapaz de capitanes y funcionarios.

Y vuelve a insistir en la enorme responsabilidad del rey por el poco interés que muestra el castigar debidamente a los que están maltratando y escandalizando a estos recién convertidos, cuya fe es todavía tan vacilante.
“Pido a vuestra alteza... que recomiende a sus ministros de la India las cosas del servicio divino, no sólo por cartas; sino también aplicando justas penas a los que fueren negligentes en el cumplimiento de sus deberes y sancione sus recomendaciones con ejemplares castigos. Porque existe el peligro de que cuando Dios Nuestro Señor lo llame a juicio (y esto ha de suceder cuando menos se espera y ese juicio es absolutamente ineludible), tenga que oír de Dios: ‘¿Por qué no vigilaste a los que en la India recibían la autoridad de ti y eran súbditos tuyos y enemigos míos, cuando a esos mismos, si los hubieses hallado negligentes en la vigilancia y cuidado de los impuestos y del fisco los hubieses castigado severamente?’ Y no sé qué valor tendrá para excusar a vuestra alteza en aquel trance su respuesta: ‘Todos los años, al escribir allá, recomendaba las cosas de vuestro divino servicio’ Porque se le replicará inmediatamente: ‘A los que tomaban con indiferencia estos santos mandatos los dejabas impunes, cuando al mismo tiempo, a los que se mostraban poco fieles o diligentes en el gobierno de tus cosas, les aplicabas las debidas penas...”

A Portugal están llegando enormes riquezas desde este imperio de ultramar: perlas, oro, telas preciosas, porcelanas, nuez moscada, canela, pimienta, clavo...
“Reflexione bien vuestra alteza y haga exacta cuenta de todos los beneficios y bienes temporales que, por la gracia de Dios percibe de estas Indias. Separe de la suma total lo que en estas regiones emplea en servicio de Dios y bien de la religión. Y así, estableciendo un sereno cotejo entre los intereses de la corona real y los de Dios y su gloria, haga la repartición que el ánimo agradecido y religioso de vuestra alteza crea buena y equitativa, teniendo cuidado de que el Creador de todas las cosas, que tan pródigo se ha mostrado en concederos bienes, no parezca que recibe de vuestra alteza una remuneración escasa y parca.

“El amor verdadero que tengo a vuestra alteza me mueve a escribir esto, pues me imagino que de la India se elevan al cielo voces de queja porque vuestra alteza se muestra avaro con ella, ya que de los abundantes beneficios que de aquí van para enriquecer el real erario, sólo una partecita dedica vuestra alteza al remedio de las graves necesidades espirituales que hay en estos territorios...

Y puesto que al rey corresponde respaldar y financiar los viajes y la manutención de los misioneros...
“Ruego envíe vuestra alteza a estas partes muchos de la Compañía que basten no sólo para bautizar e instruir en la doctrina cristiana a tantas personas que se sienten movidas a abrazar la fe de Jesucristo, sino que sean tan numerosos que se puedan enviar a Malaca y regiones circunvecinas, donde son muchísimos los que se hacen cristianos”

Y termina la carta, después de una breve alusión de su presentida muerte en estos alejados lugares, volviendo a recordar al rey que un día habrá de dar cuenta de sus actuaciones.
“Pues espero exhalar el último suspiro en estas tierras de la India y ya no he de ver a vuestra alteza en este mundo, ruego me ayude con sus oraciones para que en la otra vida, con más descanso del que ahora tenemos, nos veamos. Pida a Dios Nuestro Señor por mí lo que yo pido para vuestra alteza: que en esta vida le de gracia para sentir y hacer lo que en la hora de la muerte desearía haber hecho”.

“Siervo de vuestra alteza,
Francisco de Xavier.”
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 41: Varias cartas y un sueño

Noviembre de 1543. Más de un año ha pasado Francisco recorriendo con sus tres acompañantes las aldeas de la costa de la Pesquería. Ahora ya sabe muy bien la estrategia a seguir para continuar la labor de evangelización y conservación de la fe religiosa en esta tierra. Está convencido de que necesita más medios y más gente. Y para conseguirlos decide volver a Goa.

El gobernador Martín Alfonso de Sousa le recibe alborozado:
-Sé de toda la espléndida labor que habéis llevado a cabo en aquellos parajes.
-No hemos hecho más que empezar. La realidad es que allí queda aún casi todo por hacer. He venido a contaros y a pediros. Veréis, creo que tengo ya ideas muy concretas acerca de lo que conviene hacer allí.
-Os escucharé con mucho gusto... más adelante, porque imagino que antes preferiréis pasaros por el colegio de San Pablo, donde os aguardan unos amigos y donde han quedado depositadas unas ciertas cartas dirigidas a vos y que vienen de Roma.

Con enorme gozo ha saludado a micer Paulo y a Mansillas, que llevan ya meses aquí esperando impacientes poder encontrarse con él. Después de los efusivos saludos y de un rápido intercambio de noticias acerca de las aventuras vividas por los tres en estos meses de separación, Francisco se recluye en un lugar apartado del jardín para leer con sosiego las cartas que le traen nuevas de los amigos que quedaron en Europa.
La carta principal la escribe Ignacio y añaden los otros que están con él en Roma algunos pliegos con frases llenas de entrañable amistad. Entre todos le cuentan cómo en marzo de 1541 han quedado redactadas entre Ignacio y Coduri las constituciones de la Compañía. Cómo el 8 de abril se ha hecho la votación para elegir al General y cómo ha salido elegido Ignacio, que después de algunos días de dudas ha terminado por aceptar el cargo. Cómo el 22 de abril, Ignacio, Jayo, Coduri, Laínez y Salmerón, que son los que en ese momento se encontraban en Roma, han ido en peregrinación a la Basílica de San Pablo Extramuros, y cómo allí el recién elegido General ha dicho la santa misa y en el momento de la comunión, uno a uno, de la misma manera que años antes habían hecho en Montmartre, han realizado ahora la profesión solemne comprometiéndose en los votos perpetuos de la Compañía.

Fabro, Bobadilla y Simón Rodrigues deberán hacer su profesión allí donde el servicio que cada uno realiza le ha llevado.
"Yo aquí, en Goa", se dice Francisco. Y pasa un rato a solas rememorando los días vividos junto a todos esos amigos tan queridos con los que ha disfrutado momentos tan felices, de los que ha aprendido tantas cosas y a los que echa tantísimo de menos...
La ceremonia se ha celebrado en la catedral y en presencia del obispo Juan de Alburquerque.
Arrodillado ante el altar mayor ha pronunciado claramente y en voz alta:

-Yo, Francisco de Xavier, prometo a Dios Todopoderoso delante de su Madre Virgen y de toda la corte celestial y en presencia de la Compañía, y a ti, reverendo padre, que tienes el lugar de Dios, perpetua pobreza, castidad y obediencia, según la forma de vivir contenida en la Bula de la Compañía de nuestro Señor Jesús y en sus constituciones declaradas o por declarar. Además, prometo especial obediencia al Sumo Pontífice acerca de las misiones mencionadas en la Bula. Prometo, también, que he de obedecer en cuanto a la enseñanza de los niños en los rudimentos de la fe, según la misma Bula y Constituciones.
Recuerda otras ceremonias. Aquella, ya tan lejana, de la tonsura en la catedral de Pamplona en la que estuvo acompañado por su madre y un grupo de parientes y amigos. Y aquella otra de Montmartre en la que compartió el entusiasmo y la emoción del momento con los compañeros tan queridos. Y la ceremonia de su ordenación en Venecia junto a Ignacio, Bobadilla, Coduri, Laínez y Rodrigues, acompañados todos por Jayo, Fabro y Broet.

También ahora está rodeado de amigos, pero ciertamente no es lo mismo. Se sabe el único profeso de la Compañía en miles y miles de leguas a la redonda. ¿Con quién compartir los profundos sentimientos que han brotado en él por el acto que acaba de realizar y que solamente un hermano podría comprender en toda su dimensión?
Después de la ceremonia el gobernador ha invitado a todos los asistentes a una comida en su casa.
A los postres, Francisco ha retomado el tema de la conversación que quedó truncada el día de su llegada de vuelta a Goa:

-En la Pesquería se necesita un equipo numeroso de catequistas, al menos uno por cada aldea, hombres que tengan un poco de instrucción, "canacapolas" les llaman ellos, que puedan escribir las enseñanzas que les hemos dado y que se comprometan a reunir a las gentes cada día y repetir con ellas las oraciones y el Credo y los Mandamientos; sólo de esta manera se podrá progresar en la evangelización de aquellas gentes. Unicamente los que hablan bien la lengua podrán enseñar a los otros. Micer Paulo, Mansillas y yo, cuando volvamos allá...
-Perdonad, padre Francisco, perdonad que os interrumpa, pero estoy cierto de que no vais a poder contar con micer Paulo para vuestra misión entre los paravas. Su trabajo se ha hecho imprescindible en el colegio de San Pablo, donde se ocupa de las lecciones de los chicos y también tanto de su vida espiritual como del cuidado físico de sus personas. Habréis de buscaros otros colaboradores. Y en cuanto a vuestra idea de los canacapolas estoy de acuerdo, me parece bien contar con gentes del país. Habrá que prever dineros para pagarlos. De momento podremos disponer de los 4.000 fanones que solemos enviar cada año como tributo a la señora reina. Se ha dado en llamar "dinero para los chapines de su alteza".

"Cuando escriba a Lisboa puedo explicar que por esta vez vamos a emplearlos en pagar a vuestros canacapolas.
"Si en lo sucesivo queréis que este dinero se destine a esos pagos, creo que deberíais escribir vos mismo a la reina y pedirle el favor de que os cediera ese tributo a perpetuidad."
-Lo haré, y estoy cierto de que la reina me lo concederá. Se mostró muy amable siempre con nosotros y muy interesada en nuestros trabajos.
Francisco sabe que la labor de los canacapolas será muy valiosa, pero sabe también que necesitarán tener continuamente cerca de ellos a quienes les dirijan y animen. A más de que, naturalmente, es imprescindible la presencia de sacerdotes que puedan celebrar misa y administrar los sacramentos; así que recorre el término de Goa en busca de colaboradores. Y en unos días ha logrado interesar en su proyecto a un sacerdote español, Juan de Lizano, y a otro portugués, Francisco de Coelho. Cuenta, desde luego, con Mansillas, que no es sacerdote y que no posee grandes condiciones, ni siquiera una mediana inteligencia, pero que pone buena voluntad en el empeño y está dispuesto a trabajar de la mejor manera que sepa y pueda.

Junto a estos tres, más Antonio, el imprescindible intérprete, navega otra vez hacia el sur en estos días de finales de diciembre; van hacia el cabo de Comorín.
Le gustaría poder aprovechar las largas horas de inactividad forzosa sobre la cubierta de la nave para escribir cartas a Roma y a Lisboa, pero los irregulares movimientos de la pequeña nave no le permiten mantener un tintero abierto ni trazar una escritura legible. Se ha de conformar con ir redactando mentalmente las misivas que se propone escribir tan pronto como le sea posible.
A Ignacio y los otros que se encuentran en Roma se propone contarles:
"Hace ya dos años y nueve meses que partí de Portugal y desde entonces os he escrito tres veces con ésta. Sólo unas cartas vuestras he recibido desde que estoy en la India. Fueron escritas el 13 de enero del año 1542 y sólo Dios sabe la alegría que me causaron. Me dieron estas cartas hace unos meses y llegaron tan tarde porque la nave en que venían invernó en Mozambique...
"Micer Paulo, Francisco Mansillas y yo estamos con buena salud. Micer Paulo está en Goa en el colegio de San Pablo. Mansillas y yo nos vamos con los cristianos al cabo de Comorín, que son muy numerosos y estamos ciertos de que se harán muchos nuevos cada día.

"Muchos cristianos se dejan de hacer en estas tierras por no haber personas que en tan santas cosas se ocupen. Con frecuencia me mueven pensamientos de ir a los estudios de esas partes, dando voces, como hombre que tiene perdido el juicio, y principalmente a la Universidad de París, diciendo en Sorbona, a los que tienen más letras que voluntad, para disponerse a fructificar con ellas, que si así como van progresando en letras, estudiasen en la cuenta que Dios nuestro Señor les demandará de ellas y del talento que les tiene dado, muchos se moverían... para conocer y sentir dentro de sus ánimas la voluntad divina... diciendo: ´Señor, aquí estoy, ¿qué quieres que haga? Envíame a donde quieras; y, si conviene, aún a los indios´.
"Si aquellos contentamientos que un estudiante busca en entender lo que estudia los buscase en dar a sentir a los prójimos lo que les es necesario para conocer y servir a Dios, cuánto más consolados y aparejados se hallarían para dar cuenta, cuando Cristo les demandase: ´¡Dame cuenta de tu administración...!´

"Las recreaciones que en estas partes tengo son recordarme muchas veces de vosotros, carísimos hermanos míos, y del tiempo en que por la mucha misericordia de Dios os conocí... Me sucede que cuando duermo, muchas veces sueño que estoy de nuevo con vosotros...
"Acabo rogando a Dios nuestro Señor que, pues por su misericordia nos juntó y por su servicio nos separó tan lejos unos de otros, nos torne a juntar en su santa gloria".

La carta para la reina doña Catalina tendrá otro tono y será mucho más breve:
"Señora:
"Conociendo la bondad de vuestro corazón y el gran empeño que desde siempre habéis mostrado en favorecer las obras que miran al servicio de Dios Nuestro Señor, no dudo de que estaréis dispuesta a renunciar..., porque pienso que vuestra alteza no podrá tener mejores chapines que la lleven presto al cielo que los niños cristianos de la Pesquería que con esos dineros se podrán instruir. Tengo la seguridad de que se puede esperar de vuestra alteza ese trueque de chapines..."


Piensa ahora en que deberá añadir varios párrafos a la carta de Roma: "El gobernador... hizo donación de 4.000 piezas de oro... y éstas para que solamente se gasten y den a aquellas personas que con mucha diligencia enseñan la doctrina cristiana en los lugares de los que nuevamente se convierten a la fe..."
Contará, además, cuánto ha sido su gozo al saber que sus compañeros han formalizado su compromiso con la Compañía y con la Iglesia y con qué emoción ha hecho él mismo esa misma profesión y cómo en esta carta se propone incluir el original de la fórmula empleada en esta ceremonia y cómo ha hecho una copia que piensa guardar en un pequeño relicario que llevará, de ahora en adelante, colgado al cuello. Y cómo llevará ahí mismo guardadas las firmas de todos los amigos que le han escrito y que ha recortado cuidadosamente de las cartas.

Y, después de haber hecho y rehecho varias veces en su cabeza las dos cartas que proyecta escribir y de haberse recreado durante largo tiempo en el recuerdo de los amigos, con el rostro y el pensamiento vueltos hacia occidente, donde todos ellos están, se ha quedado dormido. Y, una vez más, como le viene ocurriendo con frecuencia, sueña que está con ellos, que les cuenta cosas, que les consulta, que les escucha...
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 40: En encuentro con los brahmanes

Prosigue el recorrido incesante de la costa desde Manappad hacia el norte y desde este mismo punto hacia el sur. Visita una y otra vez las cerca de treinta aldeas en que hay cristianos, sin detenerse de asiento en ninguna de ellas. Es la suya una vida de predicador itinerante a la manera de Jesús y de Pablo.

Muestras de su afecto van quedando regadas a su paso: aquí ha cocinado su arroz rodeado de un grupo de adolescentes y luego se ha sentado para compartir la cena con ellos; allí ha pasado la noche velando a un enfermo; un poco más allá ha bendecido a un grupito de niños que jugaban y, entrando en la ronda del juego, ha recitado y cantado para ellos hasta lograr, entre risas, que repitan sin vacilaciones el Ave María; y por toda la zona se comenta su gesto de haberse detenido durante una jornada para ayudar a retechar la choza de una pareja de ancianos.

-¿Por qué haces todo eso, padre Francisco? -ha preguntado Gaspar en un cierto momento. También los otros dos que colaboran con él se sienten llenos de un asombrado interés al ver las insólitas actividades del sacerdote blanco.
-Son mi gente, mi familia. Quiero servirles y ayudarles de la mejor manera que yo pueda. Les tengo cariño y espero que ellos lleguen a quererme también. Si lo consigo, nuestra relación será mucho más amistosa y aprenderán con más facilidad lo que quiero enseñarles.
Sí, estos tres le comprenden bien. Con ellos se comporta del mismo modo. Es para ellos un verdadero amigo que vela continuamente por su salud y comodidad, aunque se muestre muy exigente a la hora de pedirles su colaboración en el trabajo.

-Debemos emplearnos con toda nuestra capacidad en el servicio de Nuestro Señor. Yo sé que lo hacéis. El Señor os premiará por ello; y yo os agradezco de veras que permanezcáis conmigo. ¿Qué podría yo haber hecho, pobre de mí, en estas regiones sin vuestra ayuda?
La noticia del hecho extraordinario sucedido a la parturienta de Kombuturé ha corrido de boca en boca y se ha extendido por toda la costa con la velocidad del relámpago. Ahora están ya todos seguros de que el sacerdote blanco extranjero tiene poderes sobrenaturales y sobre Francisco llueven hasta agobiarle peticiones de que visite a los enfermos, de que rece por ellos...

"En este tiempo son tantos los que vienen a buscarme para que vaya a sus casas a rezar algunas oraciones sobre los enfermos... que como a todos no puedo satisfacer... mando a los muchachos que saben oraciones que vayan a la casa de los enfermos... y que reciten el Credo muchas veces y que le digan al enfermo que crea y sanará. De esta manera cumplo con todos y hago enseñar por las casas el Credo, los Mandamientos y las oraciones, y a los enfermos, por la fe de los de su casa, vecinos y suya propia, Dios Nuestro Señor les hace muchas mercedes, dándoles salud espiritual y corporal. Usa Dios de mucha misericordia con ellos, pues por las enfermedades los llama y casi por la fuerza los atrae a la fe..." ,escribe a sus amigos.

Se repiten hechos portentosos que jalonan las andanzas de Francisco a lo largo de sus itinerarios por estas tierras; unas veces se producen directamente bajo su mano; otras, simplemente por la intervención de sus enviados. Se le atribuyen innumerables curaciones, se asegura que al conjuro de su palabra varios muertos han vuelto a vivir. Parece que fuera dejando a su paso un reguero de vida... La fama de taumaturgo le acompañará ya siempre desde ahora; y cada vez que el acontecimiento extraordinario se produce, se le oye repetir:

-Este es un pueblo niño que precisa de signos para creer; únicamente Dios puede hacer milagros. Agradezcamos su misericordia.
Y cuando a la noche se retira a un lugar apartado para recogerse en oración, plantea humildemente:
-Este es un pueblo niño, ¿y yo...? ¿Cómo soy yo, Señor? ¿No será que también yo necesito que confirmes mi fe con este trato de favor? Aumenta Tú mi fe, mi esperanza, mi confianza.
Y prolonga su plegaria durante horas.

Ha recorrido, paso a paso, toda la Pesquería y ha sido, a veces, tan enorme el número de conversiones que le ha ocurrido tener los brazos cansados de bautizar y la garganta sin voz de tanto repetir el Credo, los Mandamientos y las oraciones.
Toda esta actividad de Francisco y la aureola de hacedor de milagros que los aldeanos ven en él han llamado la atención de los brahmanes de la región. Francisco tuvo desde su llegada a la India deseo de entrar en contacto con ellos; ahora también los brahmanes se interesan por el extranjero que trabaja con los paravas y que está consiguiendo tantos seguidores entre estas gentes de las castas más inferiores.

Se le recibe en el gran monasterio de Tiruchendur, donde moran más de 200 brahmanes.
Es el encuentro de dos lenguas distintas, de dos culturas muy diferentes, de dos creencias religiosas, viejas de siglos, que buscan una identificación con el Ser Supremo por caminos muy diversos y que ahora se confrontan por primera vez. Lo hacen a través de intérpretes, no preparados especialmente para ello, que tropiezan con serias dificultades para trasladar de un idioma a otro conceptos y nombres que no tienen equivalentes exactos.

¿Qué pueden entender los brahmanes cuando Francisco trata de explicarles su idea del cielo o del infierno cuando ellos están firmemente convencidos de las sucesivas reencarnaciones de los seres hasta que alcanzan la suprema purificación y perfección? ¿Qué traducción exacta se les ha podido dar acerca de lo que la fe cristiana entiende por la Encarnación y la Redención cuando forman parte de sus creencias las múltiples apariciones de sus dioses en forma de hombres o animales para intervenir en la vida cotidiana de sus fieles? ¿Qué ha podido captar Francisco de la sincera creencia de los brahmanes en la reencarnación y en la justa separación de las castas? ¿Qué ha podido entender sobre lo que él ha supuesto adoración a ídolos y que según la pura ortodoxia es una veneración al ser supremo a través de diferentes representaciones hechas por mano de hombres en las que se incorpora la divinidad?

Seguramente el intercambio de conocimientos ha sido muy pobre, muy limitado, aunque algo se ha recibido por las dos partes. Los brahmanes admiten que las enseñanzas que Francisco les ha expuesto les parecen de lo más razonables...
Francisco ha descubierto que hay entre los brahmanes algunos que reconocen la existencia de un solo Dios y que conocen y guardan los Mandamientos y respetan el descanso dominical... "¿Reminiscencias quizá de la predicación del apóstol Santo Tomás por estas tierras?", se ha preguntado.

Y hay uno que llega a hacerse gran amigo suyo y le pide el bautismo, quiere ser cristiano oculto y conservar todas las apariencias y costumbres de su condición de brahmán, a lo que Francisco no se ha prestado. Abriga, sin embargo, la esperanza de que llegará un día en que se convierta sincera y totalmente.

Y ha encontrado otro, un joven brahmán, que se ha hecho cristiano y ha tomado por oficio enseñar la doctrina a los muchachos.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 39: En la pesquería con los paravas

Cuatro meses largos lleva Francisco trabajando en Goa. Los barcos de la armada que permanecieron en Mozambique, y en los que tendrán que venir micer Paulo y Mansillas, no acaban de llegar y en vista de ello se toma una decisión.

"Ahora me manda el señor gobernador para una tierra donde todos dicen que tengo que hacer muchos cristianos", escribe Francisco a sus compañeros en Roma.
Curiosa mezcla de ámbitos. El gobernador, autoridad civil, programa las actividades religiosas del nuncio del Papa, que no duda de obedecer puntualmente sus indicaciones porque le parece la forma razonable de proceder. En esta tierra conquistada por las fuerzas portuguesas la cruz de los predicadores del Evangelio ha de ir siempre precedida y respaldada por la espada de los capitanes.

Los portugueses, gracias a su poderosa y abundante flota, al valor de sus marinos y a la arriesgada laboriosidad de sus comerciantes, son en estas latitudes señores del mar.
Prácticamente todas las zonas costeras de la India occidental y de la Pesquería están bajo el dominio, o al menos la influencia, de las fuerzas militares portuguesas. Al amparo de esta protección proliferan las factorías comerciales. A lo largo de las costas, y en puntos estratégicos, se han levantado fortalezas cuyas guarniciones, al mando de un capitán, mantienen el control del área, protegen el comercio y se encargan de respaldar con la fuerza el cobro de impuestos por parte de los recaudadores que recogen dinero para el rey de Portugal.

La tierra a la que es enviado Francisco en estos últimos días del mes de septiembre de 1542 es la costa suroriental. Se la conoce también con el nombre de la Pesquería, porque es en ella donde en determinadas épocas del año tienen lugar las campañas de recogida de ostras perlíferas que tan pingües ganancias proporcionan a los patrones dueños de las distintas zonas pesqueras.

Francisco viaja ahora hacia esta costa de la Pesquería acompañado por los diáconos Gaspar y Manuel y por un tercer seminarista llamado Antonio. Todos tres son oriundos de esta región a la que se dirigen, aunque hace tiempo que salieron de ella para ir a estudiar a Goa.
El pequeño navío recorre la ruta habitual hacia el sur bordeando la costa. El viaje dura nueve días. Dejan atrás la isla de Salsete, la fortaleza portuguesa de Cananore, a cuyo amparo se alza un convento de franciscanos; pasan ante la poderosa estación del Zamorín de Calicut, hostil a los cristianos, la pequeña fortaleza portuguesa de Chale, la fortaleza de Cranganor, centro de cristianos siromalabares, y en la que hay también franciscanos, y el puerto de Cochín, rodeado en tierra de un océano de palmeras. Cochín, después de Goa la ciudad más importante de la India portuguesa, es el principal centro del comercio de la pimienta, el clavo y la canela.

Los habitantes cristianos están atendidos por un vicario y misioneros franciscanos, en medio de una población de hindúes, moros y judíos. La nave pasa luego ante la fortaleza de Quilón y navega por la peligrosa costa del Travancor, litoral muy batido, para, más tarde, llegar a la punta del cabo de Comorín.

Después de doblar el promontorio la navegación continúa en dirección noreste. La costa es arenosa, se divisan sobre la línea de las playas los penachos de las palmeras y cocoteros y las aldeas de los pescadores compuestas de chozas de barro techadas con hojas de palma. Por el mar se mueven los catamaranes de tres troncos de palmera, ligerísimas embarcaciones manejadas habilmente por los habitantes de esta costa.

Francisco y sus acompañantes desembarcan en Manappad, población situada en el centro de la costa de la Pesquería. Y tiene lugar un primer contacto con los habitantes de esta región: los paravas. Son altos, musculosos, de piel oscura y rasgos regulares. Hombres y mujeres se cubren, como único vestido, con un largo paño blanco sujeto a la cintura. Llevan el negro cabello atado en un solo nudo y todos lucen largos adornos de oro en las orejas, que les caen hasta los hombros.

Los paravas son pescadores de perlas, aunque no los dueños de las zonas de pesca; fueron bautizados hace ocho años, cuando pasó por allí Miguel Vaz en una de las muchas expediciones de toma de posesión de las tierras realizadas por tropas portuguesas.

Desde el momento en que fueron bautizados nadie ha vuelto a visitarles para enseñarles la doctrina cristiana y las oraciones. No viven portugueses en estos lugares porque la tierra es árida y pobre.
Con ayuda de Manuel, Gaspar y Antonio, que hacen continuamente de intérpretes, Francisco pregunta a las gentes que les han rodeado en cuanto les han visto desembarcar. Necesita a estos tres muchachos cerca de él constantemente. De ahora en adelante, su trabajo de evangelizador contará con una nueva dificultad: la lengua. Habló vascuence, castellano y francés desde niño.

Aprendió latín suficiente como para estudiar gramática, filosofía y teología. Conversó y bromeó en portugués con sus compañeros en el colegio de Santa Bárbara. Fue capaz de dominar el italiano hasta el punto de poder escribirlo y hacerse entender sin problemas al hablarlo; ahora el tamil que hablan estos paravas es una frustrante barrera que le separa de ellos. ¡Con la de cosas que querría comunicarles y lo que le gustaría poder entender las que ellos quisieran contarle! Y escribe a sus amigos de Roma: "...llegué a esta costa y procuré saber el conocimiento que de Cristo Nuestro Señor tenían... No hallaban ellos otra respuesta sino que eran cristianos y que por no entender ellos nuestra lengua, no sabían nuestra ley ni lo que habían de creer. Y como ellos no me entienden, ni yo a ellos... junté de entre ellos a los más sabedores y busqué personas que entendiesen nuestra lengua y la de ellos. Y después de habernos juntado muchos días, con gran trabajo..."

Ha sido, en verdad, un enorme trabajo. Francisco reza indistintamente en dos lenguas: en vascuence, la lengua materna de su infancia y su adolescencia, y en latín, la lengua de sus estudios universitarios y de su oración diaria en el misal y en el breviario. Ahora se esfuerza ahincadamente para traducir, desde el portugués que hablan sus traductores, a la lengua de los paravas los fundamentos de la doctrina cristiana y las oraciones que quiere enseñar a estas gentes. Este trabajo supone para él un doble esfuerzo, ya que tampoco el portugués es su lengua propia, aunque haya llegado a identificarse de tal manera con su condición de legado del rey Juan III y nuncio del Papa para estas tierras del imperio portugués que llega a decir "nuestra lengua" al referirse al idioma lusitano.

Al cabo de varias semanas consigue tener por escrito la traducción al tamil del Credo, de los Mandamientos, del Padre Nuestro y del Ave María.
Y lee y relee esta traducción hasta poder recitarla de memoria con una pronunciación tan aceptable que la haga comprensible a sus oyentes.
Y así pertrechado comienza su campaña misionera recorriendo una por una todas las aldeas en las que hay cristianos.

"En estos lugares, cuando llegaba, bautizaba a todos los muchachos y muchachas que no estaban bautizados, de manera que bauticé a grande multitud de ellos... Iba por todo el lugar con una campana el la mano juntando a todos los que podía... y les enseñaba cada día... y en el espacio de un mes aprendían las oraciones..."

Y no solamente consigue que aprendan los que asisten a las reuniones de catequesis, sino que, además, logra que estos que saben ya la doctrina y las oraciones enseñen lo aprendido a sus familiares y vecinos.
Y continúa narrando: "Cuando llegaba a los lugares no me dejaban los muchachos ni rezar mi oficio, ni comer, ni dormir, sino que me pedían continuamente que les enseñase algunas oraciones..."
Se asombra y se emociona Francisco ante este interés de los muchachos por aprender y lo comenta con sus compañeros. Gaspar le explica algo que Manuel y Antonio corroboran.

-No te extrañe, padre Francisco; están acostumbrados a escuchar a los brahmanes que durante las ceremonias rituales recitan en sánscrito versos de los Vedas, fórmulas sagradas que sólo los sacerdotes entienden. El pueblo las escucha sin comprenderlas y les atribuye un valor mágico-religioso. Tú les estás enseñando las verdades de nuestra religión y las oraciones en nuestra propia lengua y te esfuerzas por explicárselas y porque entiendan lo que dicen. Les has asegurado que a Dios le agrada que aprendan los Mandamientos y que los practiquen y que aprendan las oraciones y que las recen. Y les aseguras que Dios les escucha cuando se dirigen a Él.

Y viendo la necesidad y el interés que tienen las gentes de esta zona de aprender, Francisco, flanqueado siempre por sus tres imprescindibles acompañantes, recorre incansablemente aldea tras aldea, haciendo en todas ellas el mismo trabajo: conocer a las gentes, visitar a los enfermos, bautizar, enseñar... Repetir una y mil veces las largas recitaciones aprendidas de memoria, procurando pronunciar con fidelidad la difícil modulación de cada palabra, para ser mejor comprendido por sus oyentes. Siempre con el temor de cometer errores, siempre con la limitación de depender de los traductores...

Y así durante días y días y leguas y leguas de camino hacia el norte por la costa de la Pesquería. Hace un calor sofocante y la marcha sobre las ardientes arenas de las playas resulta, a veces, extremadamente penosa para este europeo acostumbrado a climas muy distintos. También la comida le resulta extraña; se alimenta jornada tras jornada, al igual que los habitantes de la zona, de una monótona dieta de arroz con pescado que no siempre hay manera de preparar con la debida pulcritud...

Pero no son estas dificultades capaces de frenar el deseo grande que Francisco tiene de extender el conocimiento de Dios entre los pescadores de esta costa.
Y el Señor, que siempre acompaña a los predicadores del Evangelio y siempre colabora en sus trabajos, apoya la labor de Francisco:

"Viniendo por el camino llegué a un lugar de gentiles donde no había ningún cristiano. Había una mujer con dolores de parto desde hacía tres días y muchos desconfiaban de que viviera. Fui a la casa y empecé confiadamente a invocar el nombre de Cristo... comenzando por el Credo y el Padre Nuestro en la lengua de ellos; vino la mujer, por el favor divino, a creer en los artículos de la fe. Le pregunté si quería ser cristiana. Respondiome que de buena voluntad quería serlo... y la bauticé. Inmediatamente después dio a luz la que confiadamente esperó y creyó en Jesucristo..." Con esta naturalidad referirá el hecho por carta unos días más adelante. Y con esta misma naturalidad contesta ahora al seminarista Antonio que se dirige a él deslumbrado:
-¡Ha sido un milagro! Todos pensaban que la mujer moriría y que la criatura no llegaría a nacer. ¡Tú has hecho el milagro!

Francisco se ha puesto serio y le mira severamente:
-¡No sabes lo que dices! ¿Tantos años estudiando en Goa y aún no has aprendido que sólo Dios puede hacer milagros?
Y ante la actitud de asombro reverencial que advierte en sus tres acompañantes cree necesario exponer la explicación que a sí mismo se ha dado.
-Sabedlo bien de una vez por todas: únicamente Dios puede hacer milagros; a nosotros sólo nos corresponde pedirlos... y agradecerlos. Estas son gentes de buena voluntad, pero rudas e ignorantes, son un pueblo niño que necesita ver signos muy evidentes para creer y el Señor misericordioso les da esos signos.

Luego, les enseña la oración que a él le brota espontáneamente de lo más profundo de su corazón:
-Gracias, Señor, porque de tal manera respaldas y apoyas nuestra predicación de tu nombre y porque de esta manera has querido confirmarnos en la seguridad de que estamos cumpliendo tu voluntad, de que estamos haciendo lo que Tú quieres que hagamos.
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