HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

miércoles, 23 de enero de 2013




Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 46: ... y aún más allá...

Ha vuelto a Amboino, después de no haber logrado ni una sola conversión en Tamilau, debido a la rudeza de sus habitantes.
-La gente de estas islas es muy bárbara -ha comentado.
Aprovecha el paso de la flota portuguesa, que se dirige a Malaca, para despachar correspondencia para la India y para sus compañeros de Europa.
Todavía no ha ido a Ternate, la fortaleza portuguesa en las Molucas del Norte, islas a las que él se refiere siempre llamándolas con el nombre indígena de Maluco. Todavía no ha visitado este último enclave de la civilización y ya está pensando en que debe ir más allá, y cuenta en su carta a Roma de que a sesenta leguas de Maluco hay una isla llamada El Moro. "En esta isla de El Moro hace muchos años que se hicieron gran número de cristianos, los cuales por muerte de los clérigos que los bautizaron quedaron desamparados y sin doctrina y por ser la tierra... muy peligrosa, por cuanto la gente de ella es muy llena de traición, por la mucha ponzoña que dan en el comer y en el beber; por esta causa dejaron de ir a aquella tierra... personas que mirasen por los cristianos. Yo, por la necesidad que esos cristianos tienen de doctrina espiritual y de quién los bautice..., y también por la necesidad que yo tengo de perder mi vida temporal por socorrer a la vida espiritual del prójimo, determino de ir a El Moro..."

Siente la "necesidad" de perder la vida por estos prójimos, bien sea empleándola minuto a minuto en su servicio, bien sea entregándola de una vez en una muerte violenta por envenenamiento o cualquier otra forma de agresión cruenta.
"En estas partes de Maluco todas son islas, sin ser descubierta hasta ahora tierra firme. Son tantas estas islas que no tienen número, y casi todas están pobladas. Por falta de quien les requiera que sean cristianos, dejan de serlo. Si hubiese en Maluco una casa de nuestra Compañía, sería mucho el número de la gente que se haría cristiana..."

En la carta que envía a la India, a Mansillas y a los otros que están con él, les explica con detalle las tareas en que se ha empleado por estas regiones y les pide que dos de ellos se vengan tan pronto como les sea posible para trabajar aquí. Les ha contado la situación en que se encuentran estas cristiandades "...para que sepáis la necesidad que hay de vuestras personas en estas partes... Sé muy bien que allá érais necesarios; mas por ser más necesarios en estas partes os ruego mucho... que vengáis... Los dos que viniéreis, traeréis cada uno de vosotros todo el ajuar necesario para decir misa; y los cálices sean de cobre, porque es metal más seguro que la plata para los que andamos entre gente no santa..."
Ha partido la flota. Recorre estos mares con una cierta periodicidad para mantener abiertas las rutas por las que circulan las naves que transportan las ricas cargas de especias y otras mercaderías preciosas que están convirtiendo a Portugal en una opulenta y poderosa nación.

También Francisco deja Amboino; sus "negocios" no le llevan precisamente por las rutas comerciales, busca ganancias en otras partes y de otro tipo. Aquí queda como catequista Juan Eiro.
A comienzos de julio de 1546 se encuentra ya en Ternate. El ambiente y la vida en esta fortaleza son los que ya conoce de lugares semejantes anteriormente visitados: soldados de fortuna, comerciantes ambiciosos, aventureros de vida desgarrada dispuestos a pelear por todo, ya que no tienen nada que perder, compra venta de esclavos... Gentes de diferentes razas y condiciones forman una población abigarrada que pulula alrrededor del fuerte concertando negocios, prestando servicios y tratando de conseguir ganancias con mejor o peor suerte, y con medios unas veces menos honestos que otros.

Francisco sabe moverse ya con absoluta soltura y seguridad en estos ambientes; y consigue siempre reunir a su alrrededor lo más sano y decente de estas comunidades. Desde el momento de su llegada se ha dedicado a su labor habitual: ha bautizado niños y adultos, ha regularizado matrimonios, ha derrochado habilidad y buena voluntad hasta conseguir en muchos casos poner paz entre soldados y comerciantes, siempre dispuestos a violentas peleas y a rencores enconados; ha establecido un apretado horario de catequesis, para los niños y niñas y para las mujeres nativas de los portugueses, que apenas tienen una noción muy superficial de lo que es ser cristiano; los domingos y días de fiesta predica en las misas y pasa horas y horas en el confesionario... Y lo que ya va siendo una de las características de su forma de enseñar: todos han aprendido los conocimientos básicos de la doctrina cristiana por medio de canciones. Al cabo de unas semanas, "por las plazas los niños, y en las casas, de día y de noche, las niñas y las mujeres, y en el campo los labradores y en la mar los pescadores cantan el Credo, el Padre Nuestro, el Ave María, los Mandamientos, las Obras de Misericordia...", puede escribir.

Aquí, como en todas partes, Francisco es el amigo de todos; su carácter alegre y cordial le ha ganado el afecto general, y no sólo el de los portugueses y de los cristianos nativos, sino también el de la población mahometana. Por eso se alza un clamor unánime cuando anuncia:
-Me propongo partir en breve para la isla de El Moro.
-¡Es una temeridad!
-Ternate está en guerra con el rajá de Djailolo; sus gentes navegan en coracoras por aquellas aguas que resultan muy inseguras...

-Los bosques están dominados por los sanguinarios tabaros, los cazadores de cabezas con las que adornan luego las paredes de sus chozas.
-Los mismos cristianos tienen fama de envenenadores y gente poco de fiar; pueden convertirse de amigos en enemigos de la noche a la mañana.
-Arriesgar la vida en estas circunstancias es tentar a Dios y correr a una muerte segura.
-No deberíais...
Francisco ha escuchado a todos sonriendo en silencio, y tan pronto como las protestas de sus amigos han comenzado a acallarse expone sosegadamente:
-Voy a ir. Es mi determinación acudir en auxilio de aquellos cristianos.

-Le pediremos al capitán de la fortaleza que no os preste nave para ir allá.
-Si me niega una nave me echaré al mar y llegaré a El Moro a nado -asegura tranquilamente-. Soy un buen nadador desde muy niño. Allá, en mi tierra de Navarra, yo...
¿Bromea?, ¿Habla en serio? ¡Nadar leguas y leguas por aguas infestadas de tiburones! Los que le escuchan, que ya le conocen bien, saben que es muy capaz de intentarlo, así que comienzan a ofrecerle todos los remedios que conocen:
-Este es el mejor contraveneno: polvo de cuerno de unicornio.
-Piedra de bezoar es remedio seguro.
-El antídoto más acreditado es el palo de cobra, creedme.
-Gracias, gracias a todos, pero no llevaré nada conmigo. No quiero cargarme de miedo sin tenerlo. He puesto toda mi esperanza en Dios. Rogadle por mí porque vuestras oraciones serán los más ciertos remedios contra ponzoña que se puedan hallar.

A finales de agosto ha comenzado la cosecha del clavo, que necesita todas las fuerzas disponibles. Tanto los portugueses, que viven principalmente de esta especia, como sus esclavos y los indígenas andan dispersos por los bosques de clavo de Ternate y de las islas vecinas.
Hasta bien entrado septiembre no logra Francisco organizar su deseado viaje al territorio de El Moro.
Jurdao de Freitas, el capitán de la fortaleza, ha puesto a su disposición una coracora con algunos remeros, y Henrique de Lima ha decidido acompañarle en su viaje a los pueblos de El Moro, para cuidar de él, servirle de intérprete y protegerle en caso de peligro. Y, una vez más, allá va Francisco de aventura, buscando el mayor servicio de Dios, fiel y esforzado servidor del Capitán de los buenos, decidido a llegar hasta el último confín de las tierras que se le han encomendado.

La navegación puede durar entre seis y diez dias o más, dependiendo de los caprichos del viento. Si sopla en la dirección favorable, se desplegará total o parcialmente la vela de estera; si el viento falla, entrarán en acción los remeros. Si los vientos son contrarios o se levanta una tempestad, habrá que tratar de refugiarse inmediatamente en un puerto... si es posible, y si no lo es, luchar por salvar la vida entre el peligro de ser tragado por las aguas y el de estrellarse chocando contra los arrecifes de la costa.
Durante algunas de las largas horas de navegación, el padre Francisco se ha metido en cálculos, y sus compañeros le observan concentrado en sus tareas mentales; a veces parece contar con los dedos cantidades que sólo él conoce.

-¿Qué hacéis, padre Francisco? -ha preguntado Henrique de Lima intrigado.
Y Francisco se ríe al darse cuenta de que andaba tan embebido en sus pensamientos que no ha reparado en que sus compañeros le miraban. Y riendo todavía contesta:
-Estaba repasando en mi memoria las semanas y los meses que he empleado en la navegación desde que vine a estas partes del mundo. Si mis cálculos no me engañan, más de un tercio del tiempo que llevo aquí lo he pasado yendo de un lado a otro por el mar ¡Con tántos trabajos como hay siempre aguardándonos en tierra!
Han llegado a El Moro sin mayores contratiempos. Y ha emprendido sin perder tiempo el recorrido por todos los lugares en que le han dicho que hay cristianos. Al principio le sorprende grandemente encontrar vacías las chozas de las aldeas a las que se acerca. Los indígenas, huraños y desconfiados, han huido a esconderse en los bosques cuando han visto aproximarse a un extraño. Francisco ha tenido que hacer uso de toda su experiencia misionera para lograr ganarse la amistad de estas gentes tan salvajes: pacientes esperas con gesto amable, pequeños regalos, juegos con los niños... Y enseguida inicia, una vez más, su incansable labor de visitar, bautizar, enseñar...

Y al cabo de unas semanas, escribe su informe a Roma:
"Estas islas son muy peligrosas... Es gente bárbara, carecen de escrituras, no saben leer ni escribir..., dan ponzoña a los que mal quieren, y de esta manera matan a muchos. Es tierra muy fragosa; todas son sierras muy trabajosas de andar. Trigo y vino de uvas no saben qué cosas son. Carnes ni ganados ningunos hay. Puercos monteses hay muchos. Muchos lugares carecen de aguas buenas para beber. Hay arroz en abundancia... y árboles que de su corteza hacen vestidos con que todos se visten..."

Lo del vestido es un decir, hombres y mujeres se cubren con un simple delantal de fibras que les llega apenas a las rodillas; eso sí, suelen completar su atuendo colocándose una flor detrás de la oreja.
Después de haber enumerado los trabajos y dificultades con que ha tropezado en estas islas y, sin embargo, con cuánto ánimo y satisfacción se ha sentido compensado de las muchas penalidades sufridas, añade: "...todos estos peligros voluntariamente tomados por sólo amor y servicio de Dios, son tesoros... de grandes consolaciones... Nunca me acuerdo de haber tenido tantas y tan continuas... como en estas islas, con tan poco sentimiento de trabajos corporales: andar continuamente en islas cercadas de enemigos, y pobladas de amigos no muy fijos, y en tierras que carecen de remedios para las enfermedades corporales, y casi de todas ayudas para la conservación de la vida... Mejor es llamarlas islas de esperar en Dios que islas de El Moro..."
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 45: Más allá de la India

Tan pronto como ha visto con claridad cuál es la voluntad de Dios, se apresta a cumplirla lo más rápidamente que le es posible, pero en estas tierras una cosa es estar decidido a hacer un viaje y otra muy diferente poder realizarlo. Es preciso aguardar a que aparezca un navío que vaya a recorrer la ruta que se proyecta y hay que contar, además, con que los vientos sean propicios para esa navegación.

Hasta principios de octubre no llega Francisco a Malaca, ciudad marítima situada en la costa occidental de la península malaya, donde hay una fortaleza portuguesa y que es primera etapa obligada en el viaje hacia lo que él llama los Macasares, unas veces, o simplemente Macasar, otras, refiriéndose siempre a las grandes islas de mas allá del estrecho de Macasar.
Desde allí escribe a sus compañeros de Europa:
"Después que llegué a Malaca, que es una ciudad de gran trato de mar, no me faltan ocupaciones: todos los domingos predico en la iglesia, y no estoy tan contento de mis predicaciones cuando lo están los que tienen la paciencia de oírme. Todos los días enseño las oraciones a los niños durante una hora o más. Vivo en el hospital, confieso a los pobres enfermos, les digo misa y les doy la comunión. Vienen tantos a confesarse que no me es posible cumplir con todos. La mayor ocupación que tengo es sacar las oraciones del latín al lenguaje que en los Macasares se pueda entender. Es cosa muy trabajosa no saber la lengua..."

Escribe y escribe... Primero, porque quiere obedecer la consigna dada ya hace muchos años por Ignacio de que cada miembro de la Compañía comunique con frecuencia a los demás los trabajos y andanzas en que está comprometido en servicio de Dios; después, porque la comunicación escrita le hace falta para no sentirse tan alejado, tan aislado del mundo del que proviene y al que pertenece..., por más que se está esforzando ahincadamente por integrarse en este otro que le sorprende continuamente y que le sorprende tantas veces incomprensible y tantísimas otras adverso...
Y cuenta detalles de los compañeros que consigue reclutar para su trabajo:
"Estando en Santo Tomé, aguardando para venir a Malaca, hallé un mercader que tenía un navío con sus mercaderías, con el cual conversé de las cosas de Dios y diole Dios a sentir que había otras mercaderías, en las cuales él nunca trató, de manera que dejó navío y mercaderías, y vamos los dos a los Macasares; se ha determinado a vivir toda su vida en pobreza sirviendo a Dios Nuestro Señor. Es hombre de treinta y cinco años. Fue soldado toda su vida..., ahora es soldado de Cristo. Se llama Juan Eiro..."

"...en Malaca me dieron muchas cartas de Roma y de Portugal, con las cuales tanta consolación recibí y recibo todas las veces que las leo, que me parece que estoy yo allá, o vosotros, carísimos hermanos, acá donde yo estoy, y si no corporalmente, al menos en espíritu..."

Esta es la segunda vez que recibe cartas de Roma desde que está en la India y siente una alegría tan grande...
"Los padres que vinieron este año, me escribieron de Goa..."

Han llegado a la India los tres primeros miembros de la Compañía que forman la vanguardia de la larga serie de hijos de Ignacio de Loyola que irán viniendo a estas tierras para seguir las huellas de Francisco.
Los tres recién llegados son sacerdotes. Francisco dispone que dos de ellos, Antonio Criminali y Juan de Beira, vayan a la Pesquería para ayudar a Mansillas y a los tres sacerdotes nativos en su labor de evangelización de aquella zona. A Nicolás Lancilotto le designa como tarea permanecer en el colegio de San Pablo en Goa, para encargarse de las clases de gramática. Les ha mandado instrucciones por escrito.
El capitán de esta fortaleza le ha contado que, semanas antes de que él llegase a Malaca, había enviado a Macasar un clérigo, persona muy religiosa, con muchos portugueses y en un galeón muy bien apercibido de todo lo necesario para favorecer a los que recientemente se hicieron cristianos allí.

-No me parece que debáis partir para aquella isla hasta tanto que no tengamos nuevas suyas... -le ha dicho.
Y Francisco aguarda un tiempo prudencial, pero después... "...pasados tres meses y medio acabaron de soplar los vientos con que vienen los navios de Macasar..." Ya no podrán venir barcos de aquellas tierras en un largo período de tiempo, así que "determiné partir para otra fortaleza del rey... es la última de todas...", es decir, la más alejada, situada en el extremo más apartado del extensísimo imperio portugués en esta parte del mundo: Ternate, en las Molucas.

Y se lanza, una vez más, a la aventura del mar; y siempre haciendo lo mismo: arriesgar la vida en travesías que duran dos semanas, cuando no meses, por aguas peligrosas en las que se desencadenan con frecuencia tormentas súbitas, en las que abundan arrecifes traidores, aguas infestadas de piratas y por las que navega las más de las veces en frágiles navíos diminutos y malamente equipados.
"En muchos peligros me vi en este viaje... entre tormentas del mar... En uno me hallé... en una nao en que venía de 400 toneles; con viento recio navegamos más de una legua, tocando siempre fondo la quilla. Si acertáramos en todo este tiempo con algunas rocas, la nao se deshiciera; o si halláramos menos agua en una parte que en otra, quedaríamos en seco..." Ha sido un largo recorrido de más de 600 leguas por un laberinto de islas, islotes, arrecifes y pasos estrechos en los que hay que navegar siempre atentos a la sonda y siempre temiendo el desastre. "Muchas lágrimas vi entonces en la nao... Quiso Dios Nuestro Señor probarnos en estos peligros y darnos a conocer para cuánto somos si en nuestras fuerzas esperamos... y para cuánto cuando... desconfiando de ellas esperamos en el Creador de todas las cosas, en cuya mano está hacernos fuertes, cuando los peligros por su amor son recibidos. Y tomándolos por su amor... son mayores las consolaciones en tal tiempo que los temores de la muerte..."

En medio de los trabajos y peligros, Francisco experimenta la seguridad y el gozo que le proporcionan su firme confianza en Dios.
En febrero de 1546 está ya en Amboino, en las Molucas del Sur. Inicia su apostolado inmediatamente después de su llegada. Visita a los portugueses del fuerte-empalizada de Hukunalo y dedica luego toda su atención a los nativos. Una vez más, y como sabe hacerlo siempre, vierte sobre todos estos cristianos nuevos su amor y su interés, su servicio y sus enseñanzas. Y conquista sin tardar su afecto. Le han preparado para que viva una sencilla choza con paredes de gaba gaba, pecíolos secos de sagú y techo de hojas de palma cosidas entre sí. En ella se ha instalado con Juan Eiro. Y le ofrecen los alimentos de que disponen: la blanca y viscosa papilla fría hecha con harina de sagú; pescado cocido o ahumado; carne de jabalí asada; mariscos que recogen las mujeres en la playa y también gusanos de mar conservados en sal. Todo lo agradece el padre Francisco y de todo come con buen gesto y aire complacido, unas cosas con más aprensión que otras. Hace ya tiempo que ha aprendido a proceder así, sea lo que sea lo que le presenten a la hora de comer.

Aquí, como ya lo hizo en la Pesquería, se hace acompañar por un muchacho que le sirve de intérprete. Allí fue Mateo, aquí es Manuel, el hijo del jefe del pueblo de Hatawi. Con él recorre durante tres meses los siete lugares de la isla en los que hay cristianos. "Me ocupé en bautizar muchas criaturas que estaban sin bautizar..." Hace más de seis años que murió el único sacerdote que aquí había. Utilizando los textos que en Malaca tradujo al malayo y con la colaboración de Manuel, dedica varias horas de la mañana y de la tarde en reunir a mujeres por un lado y hombres por otro para enseñarles y hacerles repetir el Credo, los Mandamientos, las oraciones... Juan Eiro aprende esta labor de catequista y admira la paciencia y el tesón con que el padre repite una y otra vez para tratar de enseñar y hacer comprender a estas gentes tan torpes y rudimentarias. Tiene el propósito de quedarse cuidando estas cristiandades cuando Francisco continúe sus viajes de visita y exploración.

Porque el padre Francisco proyecta seguir viajando. Tiene ya el convencimiento de que es su misión visitar, inspeccionar, abrir caminos, ir estableciendo puestos de trabajo a lo largo de su recorrido y llamar luego a otros para que vengan a consolidad y conservar estas comunidades cristianas recién nacidas.
Se le presenta la oportunidad de navegar con Juan Raposo y el joven Fausto Rodrigues hacia la isla de Ceram. Llevan diversas mercaderías en una coracora, pequeña embarcación alargada y plana cuya borda levanta pocos dedos sobre el nivel del agua. En Ceram viven los temibles alfures, los cazadores de cabezas, pero Francisco no teme arriesgar una vez más su vida. ¿No lo hacen los mercaderes pensando sólo en sus ganancias?, y a él le interesa conocer también este posible campo de misión.
Mientras los remeros nativos impulsan la coracora al ritmo del gong y de sus propias canciones, Francisco se entrega a sus pensamientos y sonríe levemente para sí mismo: "Cuántas veces luchando por guardar el equilibrio sobre las inestables cubiertas de frágiles embarcaciones como ésta no me habré acordado de mis cortos viajes en las almadías que bajaban por el río Aragón. ¡Y yo pensaba que aquellas eran difíciles y peligrosas navegaciones! ¿Quién me hubiera podido decir a mí entonces en qué verdaderamente difíciles y peligrosas navegaciones me iba a ver embarcado? Claro que en aquellos días aprendí a mantenerme de pie sobre una superficie zarandeada por violentos vaivenes y a no tener miedo al agua".

No tener miedo al agua, aunque, a veces, el agua se convierte en un elemento terriblemente amenazador. Al tercer día de navegación sorprende a los viajeros una súbita y violenta tempestad, de las que son frecuentes en estas latitudes. El mar parece hincharse y enormes olas encrespadas se abaten sobre los remeros, que con los remos recogidos, agachan las cabezas para soportar la montaña de agua que se les viene encima, dejan que la ola se retire barriendo la cubierta de la coracora y vuelven a remar frenéticamente tratando de conducir la embarcación hacia la playa, ya cercana, y de evitar a toda costa los arrecifes contra los que la frágil embarcación corre grave peligro de estrellarse y hacerse pedazos...

Durante largo rato los esfuerzos de los remeros resultan inútiles y los hombres empiezan a perder toda esperanza y claman a Francisco para que suplique ayuda del único del que en momentos tan angustiosos se puede esperar socorro... Él viene ya rogando, pero la oración silenciosa del padre no basta para sustentar la confianza de estos hombres e infundirles ánimo; necesitan un gesto. Siguiendo una vieja tradición en estas costas, se ha quitado el crucifijo que lleva colgado del cuello sujeto con un cordón y lo ha sumergido desde la borda en el mar embravecido rogando al Padre, por los méritos del Hijo crucificado, que se digne librarles del peligro.

¿Cómo ha podido ocurrir? El cordón se ha roto y el crucifijo ha desaparecido entre las olas.
Los remeros no saben cómo interpretar el suceso. ¿Será signo de que las aguas van a ser apaciguadas? ¿Querrá decir que la catástrofe final está cerca? Francisco no puede ocultar su disgusto y su pena por esta pérdida, aunque trata de seguir animando a la tripulación. Todavía han luchado los hombres durante horas en medio del temporal, pero, al fin, han logrado arribar a la playa.

Al dia siguiente, Francisco, acompañado del joven Fausto Rodrigues, se encamina hacia el cercano poblado de Tamilau. Marchan por la playa, el mar está ahora tranquilo y las olas rompen mansamente sobre la arena. Un enorme cangrejo ha salido de entre la espuma sosteniendo son sus pinzas ¡el crucifijo desaparecido durante la tormenta!
Francisco se ha arrodillado para recibirlo en sus manos, besarlo y sostenerlo después apretadamente contra su pecho. Fausto Rodrigues se ha postrado a su lado exclamando estupefacto:

-¡Es un milagro!
¿Han traido las olas el crucifijo flotando hasta la orilla? ¿Lo ha rescatado el cangrejo de las profundidades y lo ha llevado hasta la playa guiado por un impulso superior?
Francisco ha estado de rodillas sobre la arena durante un largo rato agradeciendo como un favor del cielo la recuperación del crucifijo que le ha acompañado durante tantos trabajos y tantas travesías y ante el que ha orado tanto.

Luego, sin hacer otro comentario sobre lo ocurrido, ha vuelto a colgar el crucifijo de su cuello y prosigue su camino hacia el poblado que se ha propuesto visitar.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 44: Santo Tomé

Al fin se ha reunido la flota que irá a mostrar al sultán de Jaffna que la matanza de cristianos no va a quedar impune. El vicario general ha dispuesto que Francisco se embarque en la nave capitana; a los cristianos de la zona les satisfará ver al padre saliendo en su defensa junto a las tropas portuguesas.

Para cuando la flota se situa en posición de caer sobre Jaffna en el momento oportuno, un desafortunado incidente ha venido a trastornar todos los planes.
Un navío de la flota real, cargado con ricas mercancías, ha naufragado en las costas de Jaffmnapatam. El sultán, amparándose en un derecho habitual en la India, se ha incautado de la valiosa carga.

-Padre Francisco, en vista de lo sucedido habrá que posponer la expedición de castigo al sultán. Antes hay que entrar en negociaciones con él para ver de recuperar esas mercancías en las mejores condiciones posibles.
-¡Negociar con el asesino de más de 600 cristianos!
-El cargamento de ese navio pertenece al rey y es nuestra obligación velar por los intereses de la corona.
-¿Y no pensáis que es más obligación vuestra en nombre de Portugal velar por el honor de Dios y la vida de los cristianos? -ha clamado Francisco; pero todo ha sido inútil, ha pesado más en la opinión de los funcionarios el valor de la carga del navío que la necesidad de hacer un escarmiento que incline a los reyezuelos a respetar a los nuevos cristianos.
La flota preparada para la expedición de castigo se apresta a retirarse mientras que duren las negociaciones, que, muy probablemente, serán largas. Francisco presiente que el sultán de Jaffna no recibirá nunca el castigo que él cree tan merecido.

Indignado y decepcionado, ha desembarcado y se queda en Negapatán. También en esta ocasión, como en muchas otras anteriores, siente la frustración de no haber recibido ni la ayuda ni el respaldo necesarios a su labor por parte de los oficiales del rey.
-¡Por causa de cosas como esta no hacemos nosotros nada! -se lamenta.
Sí ha hecho, ha hecho mucho. Lleva más de dos años y medio recorriendo incansablemente leguas y leguas de las tierras inhóspitas de esta costa, soportando temperaturas agotadoras, alimentándose pobremente, durmiendo poco y de cualquier modo y en cualquier parte, batallando continuamente con un lenguaje que le resulta tremendamente difícil y corriendo en cada momento el riesgo de padecer enfermedades e infecciones tan frecuentes en estas zonas. Sí, ha hecho: ha enseñado, bautizado, servido, protegido y defendido a muchísimos miles de paravas, macuas y careas. Ha creado un método de evangelización y ha dejado el territorio sembrado de pequeñas escuelitas regidas por los canacapolas que continuarán su labor bajo la supervisión de los sacerdotes, pero le duele pensar que es muy cierto que se podría haber hecho mucho más si los funcionarios reales hubieran secundado su tarea con más eficacia y honestidad.

Se pregunta desalentado: "¿Qué se conservará de la ingente tarea de siembra que hemos realizado durante estos años? ¿Conservarán su fe estos cristianos recién convertidos a pesar de verse abandonados, cuando no maltratados por los mismos que deberían ser sus valedores?"
Está triste, deprimido y cansado, muy cansado; y no con el cansancio bueno que siente el hombre al final de una jornada de duro pero efectivo trabajo, ese cansancio dulce que encamina suavemente al tranquilo y profundo descanso del sueño, sino con la fatiga amarga, inquieta, atormentadora del que se interroga si todo el esfuerzo agotador realizado hasta ahora no terminará siendo inútil porque está empeñándose en una labor condenada al fracaso.
Y se plantea cuál puede ser su trabajo en el inmediato futuro: ¿Volver a la Pesquería? En el presente trabajan allí Mansillas, ya ordenado sacerdote, Juan de Lizano, Francisco de Coelho y los tres paravas que ya son también sacerdotes. Todos ellos siguen, más o menos fielmente, las instrucciones que él les ha dejado... ¿Deberá atender la llamada hecha desde Macasar por los dos reyes convertidos o sería más conveniente mandar allí a algún otro sacerdote? "Yo soy el enviado del Papa a estas tierras, debo recorrerlas para conocerlas a fondo y ver en qué condiciones se vive en ellas para poder luego disponer lo que sea más conveniente en servicio de Dios y de las almas", se dice. Por otro lado, está a punto de llegar a Goa el primer grupo de miembros de la Compañía que, enviados desde Lisboa, se aprestan a emprender el trabajo misionero en la India. ¿Deberá ir a su encuentro para recibirlos y darles toda la información que pueden necesitar para iniciar su labor?

¿A quién pedir un consejo? ¿A quién confiar las dudas? ¿En quién apoyarse en los momentos de desfallecimiento? ¿A quién acudir en busca de una orientación? Si el padre maestro Ignacio se hallara más cerca... Si Pedro Fabro o alguno de los otros estuviera aquí...
Hasta ahora todos sus trabajos misioneros han estado conducidos por la obediciencia: salió de Roma por indicación de Ignacio, su padre maestro; en Lisboa actuó bajo la obediencia de Simón Rodrigues, que era allí su superior; al llegar a Goa, fue el gobernador el que le señaló la costa de la Pesquería como campo de trabajo; cuando se ha preparado la expedición contra el sultán de Jaffna ha sido voluntad del vicario general que se embarcase en la nave capitana y ahora... Ahora está solo; la decisión y la responsabilidad serán sólo suyas. Y es continuo y, a ratos, doloroso y hasta obsesivo, el recuerdo de Ignacio y de los otros compañeros que andan diseminados por Europa trabajando, como él, por ensanchar los límites de la Iglesia, por llevar a todas las gentes el conocimiento de la gloria de Dios, pero que ¡están tan lejos! No es posible consultarles.

-¿Qué querrá el señor que haga ahora? -se pregunta.
Y la respuesta llega clara y casi inmediata:
-No se puede navegar hacia el cabo de Comorín, padre Francisco. En esta época del año los vientos soplan justamente en dirección contraria -le ha expuesto Diego Madeira. Y le propone: -¿No querréis embarcaros conmigo? Vamos a Santo Tomé, podemos llevaros hasta allá.
Y Francisco acepta.
Santo Tomé es un buen lugar para detenerse durante un tiempo, para orar y reflexionar.

Se siente débil, enfermo... Durante los días de navegación, que se prolongan a causa de los contratiempos y las calmas, no se alimenta, apenas prueba nada. Los compañeros que viajan con él se preocupan por su actitud silenciosa y abatida y por su ayuno tan prolongado.
-¿Querréis que matemos una gallina y os hagamos un caldo? -ofrece solícito Diego Madeira.
-No, gracias...
-¡No podéis continuar sin comer! Lleváis días y días sin probar bocado. ¿Qué os podría apetecer?
-Si acaso un caldo de cebollas.
-¡Un caldo de cebollas!, ¡pero eso no es alimento! En fín, más que nada ya es.
Y esto es lo único que toma durante más de ocho días.
Va ya avanzando abril de este año de 1545 cuando Francisco llega a Santo Tomé.

Es tradición muy arraigada en estas tierras que hasta aquí llegó el apóstol Santo Tomás predicando la fe en Cristo y que aquí vivió y levantó una capilla y que aquí murió y está enterrado en un sepulcro que reverencian los habitantes de este pueblo de Meliapur.
No hay en Santo Tomé un hospital en que se pueda alojar Francisco, así que acepta el hospedaje que le ofrece el vicario que se ocupa del santuario y de la vida espiritual de los portugueses y cristianos nativos de la zona.
La vivienda del vicario se halla separada de la iglesia que guarda el sepulcro del apostol únicamente por un jardín.
Francisco cruza y recruza este jardín cientos de veces para ir a orar ante la tumba del apóstol. Está reviviendo experiencias de aquellos ejercicios hechos en París bajo la dirección de Ignacio. Este es el momento del discernimiento, de hacer una elección, de pedirle a Dios luz y que le haga sentir su voluntad y le dé luego fuerzas para cumplirla.

Pasa hora tras hora postrado ante el altar para presentar ante el Señor su angustiosa perplejidad:
-Estoy cansado, Señor, cansado y abatido... Al principio todo parecía tan hermoso... Yo acababa de llegar de Europa y traía todavía fresco, casi recién estrenado, mi espíritu de apóstol aprendido junto a Ignacio y los otros... En aquellos primeros días yo me sentía tan fuerte, tan capaz, tan alegre, tan lleno de ánimo; experimentaba tan cerca de mí tu mano y tu protección, ¡se realizaban cosas admirables a mi paso! Y ahora... ¿Qué he hecho mal? ¿En qué he fallado? Siempre te he sabido cerca de mí, pero ahora, ¿dónde estás?

Ha hecho gran amistad con el vicario que tan acogedoramente le ha recibido. Le ha tomado como confesor y a lo largo de las repetidas confesiones, y también de muchísimas tranquilas charlas confidenciales, va recordando ante él su vida: los años de infancia y adolescencia en el castillo de Xavier en los que vivir el servicio de Dios era obedecer a su madre, estudiar con los clérigos de la iglesia, querer y dejarse querer por sus hermanos, por tía Violante, por Gracieta y Pachica, trabajar en beneficio de las necesidades de la familia, dialogar con el Cristo de la sonrisa y cantar la salve a Santa María; más tarde los años de estudio en París, el encuentro con Pedro Fabro, primero, con Ignacio después y luego con todos los otros, el profundo cambio vivido en la orientación de su existencia, la hondísima alegría de haber descubierto la voluntad de Dios y de haber recibido la gracia de poder cumplirla fielmente; el privilegio inmenso de haber compartido esfuerzos, gozos y experiencias con aquellos sus espléndidos compañeros de París, de formar parte junto a ellos de la Compañía de Jesús y, por fin, el envío a tierras de misión recibido como un preciadísimo regalo del cielo.

El recuento de todos estos recuerdos ha servido para que el vicario admire la limpia trayectoria de la vida de este hombre, nuncio del Papa y enviado del rey, que tan sencillamente descubre ante otro su vida; a Francisco, volver a recorrer su pasado en la memoria le ha confirmado, una vez más, en la seguridad de que Dios le ha guiado, guardado y protegido de forma especialísima, lo que aumenta su confianza a la hora de volver a interrogarse en la presencia del Señor, arrodillado en la capilla del santo apóstol:

-¿He confiado demasiado en la ayuda de las gentes del rey? ¿He confiado demasiado en mis propias fuerzas? ¿He olvidado demasiadas veces que sólo debo poner mi confianza, toda mi confianza en Ti? ¿He olvidado demasiadas veces que son tuyos el éxito y la gloria y que a mí solo me tocan el esfuerzo y el trabajo y que también la capacidad de esfuerzo y de trabajo son tuyos y que Tú se los das a quien Tú quieres...? ¡Perdona mi pecado, Señor, y ten misericordia de mí! ¡Dime claramente qué quieres que haga! ¿Goa, la Pesquería, Macasar...? ¡Santo apóstol Tomás, tú que también fuiste enviado a tierras lejanas, intercede por mí!
Son jornadas de oración intensa e incesante.
Muchas noches se levanta y, sin que el vicario le sienta, cruza el jardín para ir a rezar a la iglesia. Algunas veces el criado malabar que duerme en las cercanías, se ha despertado al oirle repetir:

-Señora, ¿no me ayudarás...? Señora, ¿no querrás ayudarme...?
Y, al fin, después de varias semanas, la luz...
Y puede escribir a sus amigos del colegio goano de San Pablo:
"En esta santa casa tomé por oficio ocuparme en rogar a Dios Nuestro Señor... me diese a sentir... su voluntad, con firme propósito de cumplirla, y con firme esperanza de que dará el ejecutar quien haya dado el querer. Quiso Dios, por su acostumbrada misericordia, acordarse de mí; y con mucha consolación... sentí y conocí ser su voluntad que fuera yo a aquellas partes de Macasar donde nuevamente se hicieron cristianos, para darles razón y doctrina de nuestra santa y verdadera fe... Estoy tan determinado a cumplir lo que Dios me dio a sentir... que, a no hacerlo, me parece que iría contra la voluntad de Dios..., y si no fuesen navíos de Portugal este año... iré en algún navío de moros o de gentiles. Tengo tanta fe en Dios Nuestro Señor..., por cuyo amor únicamente hago este viaje, que, aunque de esta costa no fuese este año navío ninguno y partiese un catamarán, iría confiadamente en él, puesta toda mi esperanza en Dios..."

¡Le han vuelto la salud, las fuerzas y el ánimo! ¡Se siente dispuesto hasta a viajar en esa frágil embarcación elemental que es un catamarán...!
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 43: Guerras y atropellos

Ha alcanzado un gran prestigio entre todas las gentes de la región y su fama ha llegado mucho más allá de los límites de la costa de la Pesquería. Dos reyezuelos del entorno andan enemistados y se han agredido mutuamente de diferentes maneras. Ambos han acudido a Francisco en busca de ayuda porque le saben muy buen amigo del gobernador Martín Alfonso de Sousa y los dos pretenden que desde Goa les llegue apoyo para vencer al contrincante. Francisco ha aceptado en principio mediar en la querella; primero, porque desea la paz del territorio; luego, porque la amistad de estos dos personajes: Iniquetriberín, rey de Travancor y con dominio también sobre las tierras de la zona denominada del Gran Rey, y Vettum Perumal, rey de un amplio territorio en la parte norte de la Pesquería, le puede significar mayores facilidades para la protección de los cristianos de estos territorios.

Intercambia mensajes con los dos reyes, envía informes a Goa para que el gobernador tome cartas en el asunto, y cuando le parece que empieza a lograr el difícil equilibrio de la paz, llegan dos noticias desalentadoras que le hacen indignarse: desde Tuticorín, le han venido a ver unos patangatines, jefes de aldea, para entregarle una carta escrita en una hoja de palma en la que comunican que unos portugueses han robado unas mujeres paravas cristianas y se las han llevado como esclavas, aprovechando la circunstancia de que los hombres estaban fuera ocupados en la pesca de perlas. Y Tuticorín está dentro de los dominios del rey Vettum Perumal.

Por otro lado ha sabido que Cosme de Paiva, el capitán portugués de la costa de la Pesquería, cuya misión en esta zona, a más de cobrar los impuestos para el rey Juan III, es mantener la paz y hacer justicia en la región, está cometiendo toda clase de abusos y desmanes. Obliga a los pescadores paravas a venderle únicamente a él y al bajo precio que él fija las grandes conchas de tritón llamadas chanco. Se encuentran en estas costas, además de las ostras perlíferas, y se venden muy bien para ser lavadas y convertidas en brazaletes o utilizadas como trompetas en los templos. Este mismo Cosme de Paiva, aprovechándose del privilegio que se han reservado los portugueses de la compra y venta de caballos, ha ganado grandes sumas vendiendo animales al rey Vettum Perumal, lo que da a este ciertamente grande ventaja sobre su enemigo a la hora de guerrear.

Iniquitriberín, temeroso del poder de su adversario y sintiéndose ofendido y menospreciado por los portugueses, ha llamado en su ayuda a sus aliados los badagas. Esta horda de guerreros ha descendido del norte lanzándose por todo el territorio y asolando cuanto encuentra a su paso. Saquean, asesinan, incendian... y tan sólo respetan las vidas de aquellos por los que piensan que pueden conseguir un buen rescate.

Francisco escribe a Mansillas preocupado porque se siente responsable de todas estas pobres gentes:

“Llegué el sábado por la tarde a Manappad. Diéronme en Kombuturé muchas malas nuevas de los cristianos del cabo de Comorín, que los badagas los llevaron cautivos... Los cristianos, para salvarse, se metieron por aquellas piedras que están dentro del mar. Mueren allí de hambre y de sed. Esta noche parto para socorrerlos con veinte tones de Manappad. Rogad a Dios por ellos y por nosotros...” 

Los vientos le son contrarios y no consigue llegar con su pequeña flota hasta los arrecifes en los que están refugiados sus cristianos.

“Dios Nuestro Señor sabe los trabajos que tuve en este viaje... Fueron los vientos tan contrarios que ni a remo ni a sirga pudimos llegar al cabo. Amansando estos vientos, tornaré otra vez y haré lo que pudiere para ayudarlos. Es una pena, la mayor del mundo, ver cómo están aquellos cuitados cristianos en tantos trabajos...” 

Y muchas semanas después puede ya escribir:

“Fui al cabo por tierra a visitar a estos cuitados cristianos que venían huidos y robados de los badagas... Unos no tenían que comer, otros de viejos no podían venir, otros muertos... Mujeres que parían por el camino, y otras muchas penas que si las vieseis como yo las vi, tuviérais compasión... Ahora hay mucha gente necesitada en este lugar. Rogad al Señor Dios que mueva los corazones de los ricos...” 

Y mientras ruega al Señor y pide a los suyos que rueguen también, trabaja por conseguir auxilios para los necesitados y la paz para toda la región. Ha destacado a Francisco Coelho, su buen colaborador que ha trabajado siempre con tanta eficacia, con una embajada para Iniquitriberín: va a pedirle en nombre propio, pero advirtiéndole, además, que está respaldado por la autoridad y la fuerza del gobernador, que ordene a los badagas que se retiren de esta región. Después de largas negociaciones y de conceder ciertos privilegios, se ha logrado que las hordas badagas se vayan replegando hacia sus tierras del norte.

¿Vuelve la paz al territorio? No, de momento. Ahora es Vettum Perumal el que resiente como una ofensa y una agresión al él las negociaciones de Francisco con Iniquitriberín; y se ensaña con los poblados de cristianos que caen bajo su radio de acción en el norte de la costa de la Pesquería. Y se repite la situación que ya se ha vivido en el cabo de Comorín. Los cristianos tienen que huir a los islotes de la costa para ponerse a salvo de los ataques de la caballería de Vettum Perumal. El propio capitán, Cosme de Paiva, que es el que ha proporcionado los caballos que ahora atacan, sufre los horrores del saqueo; se ha visto obligado a huir a los islotes junto a los cristianos de la zona.

En cuanto conoce estas noticias, Francisco se ha apresurado a enviar socorros a los que han tenido que huir. Olvida la indignación que la conducta del capitán le ha producido siempre y escribe a Mansillas:

“Tristes nuevas me dieron del capitán, que le quemaron su nao y su casa y que está refugiado en las islas. Por amor de Dios que vayáis en seguida con toda esa gente de Punicale, llevando toda el agua que pudieran cargar en los tones..., que lo hagáis con grande diligencia.

“Escribo a los patangatines de Kombuturé y de Vembar que vayan con todos los tones...”. 


No puede estar en todos los sitios al mismo tiempo, pero su corazón y su solicitud paternal velan incansablemente junto a todos los habitantes de estas tierras. Cuando él no puede llegar a remediar necesidades, moviliza a sus gentes...

Y las necesidades y los horrores se siguen produciendo. El sultán de Jaffna, que gobierna en el norte de Ceilán, odia a los portugueses que le han obligado a pagarles tributo. Tan pronto como ha sabido que en la isla de Manar muchos de sus súbditos han recibido el bautismo, ha enviado a sus soldados para obligarles a renegar de la fe recién adquirida, y como muchos de ellos se han negado, ha mandado matar a más de seiscientos, después de haberles maltratado de mil maneras.

-Una matanza como ésta no puede quedar sin castigo, si no queremos entregar en manos de los tiranos gentiles toda la cristiandad de la India –ha manifestado Miguel Vaz, el vicario general, con el que Francisco se ha encontrado en Cochín. Y se apresta a hacer llegar sus quejas al gobernador reclamando ayuda para una expedición de castigo al perseguidor de los cristianos.

Mientras los mensajes del vicario general van en busca del gobernador y llegan sus respuestas, Francisco permanece en Cochín, escribiendo cartas, visitando las casas religiosas y los colegios de la zona y oyendo noticias que traen los barcos que recalan en este importante puerto de la costa Malabar.

Una cierta noticia le interesa especialmente; la cuenta un comerciante que ha navegado hasta la isla de Macasar, también llamada Célebes, a la que ha ido a comprar sándalo:

-Los comerciantes mahometanos recorren también aquellas regiones y tratan de atraer a su religión a los habitantes de las islas. Yo les hablé de las excelencias de nuestra fe cristiana y con la ayuda de Dios conseguí convencer a dos de sus reyes: el rey de Supa y el de Siao, que se bautizaron con sus familias y altos dignatarios de sus cortes. Ahora esperan que vayan allá sacerdotes y catequistas que les instruyan más amplia y fundadamente de lo que yo supe hacerlo.

-Creo que esa es tarea que os corresponde, maestro Francisco –ha dicho el vicario general.

-Ciertamente, así lo creo yo también –ha reconocido el nuncio apostólico pensativo. Y luego ha permanecido largo rato en silencio preguntándose: “¿Hasta donde deberé llegar en el cumplimiento del mandato recibido?” ¡Es tan inmenso el territorio que ha sido confiado a su cuidado!

En Cochín recibe Francisco muchas cartas de Portugal. También la licencia para que Mansillas reciba la ordenación sacerdotal. Le ordenará el obispo en Goa como ya lo ha hecho con los dos seminaristas Gaspar y Manuel. En estas cartas se anuncia también la llegada de dos nuevos compañeros que vienen en las naos que se esperan próximamente. Uno es italiano, Antonio Criminali, conquistado en Parma para la Compañía por el infatigable Pedro Fabro, del que es opinión común que, después del padre Ignacio de Loyola, es el mejor director de Ejercicios Espirituales. Con Criminali viene un portugués, Pedro Lopes, que ha entrado en la Compañía en Coimbra. Ambos son sacerdotes. “El rey me escribe muy bien de estos...”, comunica Francisco a Mansillas. “...a ninguno de ellos conozco, no es ninguno de los que dejamos...”

“¿Cómo serán?”, se pregunta.

¿Ha deseado y soñado en ciertos momentos de duda y desaliento que vendrían de Europa algunos de sus antiguos compañeros con los que compartir la abrumadora tarea de evangelizar a tantos miles y miles de almas?
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Ildefonso, Santo
Obispo, 23 de enero
 
Ildefonso, Santo
Ildefonso, Santo

Obispo de Toledo

Martirologio Romano: En la ciudad de Toledo, en la Hispania Tarraconensis (hoy España), san Ildefonso, que fue monje y rector de su cenobio, y después elegido obispo. Autor fecundo de libros y de textos litúrgicos, se distinguió por su gran devoción hacia la santísima Virgen María, Madre de Dios (667).

Etimología: Ildefonso = Aquel que esta listo para la batalla, es de origen germánico.
Para reconstruir su biografía, además de los datos contenidos en sus obras, disponemos principalmente del Beati Ildephonsi Elogium de San Julián de Toledo, contemporáneo suyo y segundo sucesor en la sede toledana, escrita como apéndice al De viris illustribus (PL 96,43-44). La Vita vel gesta S. Ildephonsi Sedis Toletanae Episcopi, atribuida a Cixila, obispo de Toledo ca. 774-783 (PL 96,44-88; Flórez, V,501-520), donde se mencionan por primera vez los milagros de su vida y la Vita Ildephonsi Archiepiscopi Toletani de fray Rodrigo Manuel Cerratense, s. XIII (Flórez V,521-525), añaden al Elogium tradiciones posteriores con tinte legendario.

Nacido en el 607, durante el reinado de Witerico en Toledo,de estirpe germánica, era miembro de una de las distintas familias regias visigodas. Según una tradición que recoge Nicolás Antonio (Bibliotheca Hispana Vetus, PL 96,11), fue sobrino del obispo de Toledo San Eugenio III, quien comenzó su educación. Por el estilo de sus escritos y por los juicios emitidos en su De viris illustribus sobre los personajes que menciona, se deduce que recibió una brillante formación literaria. Según su propio testimonio fue ordenado de diácono (ca. 632-633) por Eladio, obispo de Toledo (De vir. ill. 7: PL 96,202). En un pasaje interpolado del Elogium, se dice que siendo aún muy niño, ingresó en el monasterio Agaliense, en los arrabales de Toledo, contra la voluntad de sus padres. Más adelanté se afirma que «se deleitaba con la vida de los monjes», frase que debe interpretarse siguiendo a Flórez (V,276) en el sentido de que desde niño se inclinó al estado religioso. Ildefonso estuvo muy vinculado a este monasterio, como él mismo recuerda al hablar de Eladio, y como se deduce del De vir. ill. con el que pretende exaltar la sede toledana y quizá mostrar el papel privilegiado que correspondía al monasterio Agaliense. Estando ya en el monasterio, funda un convento de religiosas dotándolo con los bienes que hereda, y en fecha desconocida (650?), es elegido abad. Firma entre los abades en los Concilios VIII y IX de Toledo, no encontrándose su firma, en cambio, en el X (656). Muerto el obispo Eugenio III es elegido obispo de Toledo el a. 657, y según el Elogium obligado a ocupar su sede por el rey Recesvinto. En la correspondencia mantenida con Quirico, obispo de Barcelona, se lamenta de las dificultades de su época. A ellas atribuye el Elogium que dejase incompletos algunos escritos.

Muere el 667, siendo sepultado en la iglesia de Santa Leocadia de Toledo, y posteriormente trasladado a Zamora. Su fiesta se celebra el 23 de enero.

Es patrón de la ciudad Zamora, en cuya Iglesia Arciprestal de San Pedro y San Ildefonso, reposan sus restos; de Toledo y de Herreruela de Oropesa, en la misma provincia, donde sus fiestas se celebran cada año con bastante fervor. También es el santo patrón de la ciudad de Mairena del Aljarafe en la provincia de Sevilla. La Orden de Caballeros Cubicularios se encarga de la custodia de sus reliquias en la citada iglesia zamorana.

Milagro del encuentro con la Virgen

La noche del 18 de diciembre del 665 San Ildefonso junto con sus clérigos y algunos otros, fueron a la iglesia, para cantar himnos en honor a la Virgen María. Encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante, que sintieron temor. Todos huyeron excepto Ildefonso y sus dos diáconos. Estos entraron y se acercaron al altar. Ante ellos se encontraba la Virgen María, sentada en la silla del obispo, rodeada por una compañía de vírgenes entonando cantos celestiales. María al ir hizo una seña con la cabeza para que se acercara. Habiendo obedecido, ella fijó sus ojos sobre él y dijo: "Tu eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería." Habiendo dicho esto, la Virgen misma lo invistió, dándole las instrucciones de usarla solamente en los días festivos designados en su honor.

Esta aparición y la casulla fueron pruebas tan claras, que el concilio de Toledo ordenó un día de fiesta especial para perpetuar su memoria. El evento aparece documentado en el Acta Sanctorum como El Descendimiento de la Santísima Virgen y de su Aparición. La importancia que adquiere este hecho milagroso sucedido en plena Hispania Ghotorum y transmitido ininterrumpidamente a lo largo de los siglos ha sido muy grande para Toledo y su catedral. Los árabes, durante la dominación musulmana, al convertirse la Basílica cristiana en Mezquita respetaron escrupulosamente este lugar y la piedra allí situada por tratarse de un espacio sagrado relacionado con la Virgen Maria a quien se venera en el Corán. Esta circunstancia permite afirmar que el milagro era conocido antes de la invasión musulmana y que no se trata de una de las muchas historias piadosas medievales que brotaron de la fantasía popular. En la catedral los peregrinos pueden aun venerar la piedra en que la Virgen Santísima puso sus pies cuando se le apareció a San Ildefonso.

ORACIÓN A MARIA
De San Ildefonso de Toledo
(del Libro de la perpetua virginidad de Santa María)


A ti acudo, única Virgen y Madre de Dios. Ante la única que ha obrado la Encarnación de mi Dios me postro.
Me humillo ante la única que es madre de mi Señor. Te ruego que por ser la Esclava de tu Hijo me permitas consagrarme a ti y a Dios, ser tu esclavo y esclavo de tu Hijo,
servirte a ti y a tu Señor.

A Él, sin embargo, como a mi Creador y a ti como madre de nuestro Creador;
a Él como Señor de las virtudes y a ti como esclava del Señor de todas las cosas; a Él como a Dios y a ti como a Madre de de Dios.

Yo soy tu siervo, porque mi Señor es tu Hijo. Tú eres mi Señora, porque eres esclava de mi Señor.

Concédeme, por tanto, esto, ¡oh Jesús Dios, Hijo del hombre!: creer del parto de la Virgen aquello que complete mi fe en tu Encarnaciòn; hablar de la maternidad virginal aquello que llene mis labios de tus alabanzas; amar en tu Madre aquello que tu llenes en mi con tu amor; servir a tu Madre de tal modo que reconozcas que te he servido a ti; vivir bajo su gobierno en tal manera que sepa que te estoy agradando y ser en este mundo de tal modo gobernado por Ella que ese dominio me conduzca a que Tú seas mi Señor en la eternidad.

¡Ojalá yo, siendo un instrumento dócil en las manos del sumo Dios, consiga con mis ruegos ser ligado a la Virgen Madre por un vínculo de devota esclavitud y vivir sirviéndola continuamente!

Pues los que no aceptáis que María sea siempre Virgen; los que no queréis reconocer a mi Creador por Hijo suyo, y a Ella por Madre de mi Creador; si no glorificáis a este Dios como Hijo de Ella, tampoco glorificáis como Dios a mi Señor. No glorificáis como Dios a mi Señor los que no proclamáis bienaventurada a la que el Espíritu Santo ha mandado llamar así por todas las naciones; los que no rendís honor a la Madre del Señor
con la excusa de honrar a Dios su Hijo.

Sin embargo yo, precisamente por ser siervo de su Hijo, deseo que Ella sea mi Señora; para estar bajo el imperio de su Hijo, quiero servirle a Ella; para probar que soy siervo de Dios, busco el testimonio del dominio sobre mi de su Madre; para ser servidor de Aquel que engendra eternamente al Hijo,
deseo servir fielmente a la que lo ha engendrado como hombre.
Pues el servicio a la Esclava está orientado al servicio del Señor;
lo que se da a la Madre redunda en el Hijo;
lo que recibe la que nutre termina en el que es nutrido,
y el honor que el servidor rinde a la Reina viene a recaer sobre el Rey.

Por eso me gozo en mi Señora,
canto mi alegría a la Madre del Señor,
exulto con la Sierva de su Hijo, que ha sido hecha Madre de mi Creador
y disfruto con Aquélla en la que el Verbo se ha hecho carne.
Porque gracias a la Virgen yo confio en la muerte de este Hijo de Dios
y espero que mi salvación y mi alegría venga de Dios siempre y sin mengua,
ahora, desde ahora y en todo tiempo y en toda edad
por los siglos de los siglos.
Amén.