HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

jueves, 24 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 50: En ruta hacia Japón

A principios de abril de 1549 se han embarcado en una nave portuguesa para cubrir esta primera etapa obligada del viaje, que les llevará hasta Malaca.

En la nave han embarcado con ellos un cuantioso equipaje que el nuevo gobernador, García de Sá, y el buen obispo Alburquerque les han donado para este viaje: todo lo necesario para decir misa, incluida una casulla de brocado; una Biblia iluminada de extraordinaria belleza y varios libros; un pequeño retablo de Nuestra Señora con el Niño y muchos otros valiosos regalos que se deberán ofrecer al rey del Japón para ganarse su favor y que pueda apreciar, a través de estos presentes, el poder y la riqueza del rey portugués que envía y favorece esta embajada. Y para esto se le han encargado también a Francisco unas cartas de recomendación del obispo y del gobernador escritas en pergamino y artísticamente decoradadas que habrán de servirle de introducción ante el soberano japonés.

Casi dos meses ha durado el viaje de Goa a Malaca. El hermano Juan Fernández, que tiene gran disposición para los idiomas, ha aprovechado este tiempo para aprender con Pablo-Anjiró y sus dos compañeros unas primeras frases del difícil idioma japonés.
-Aplícate, aplícate, hijo -le anima Francisco-. Todo lo que puedas aprender, nos será, en cuanto lleguemos, de gran utilidad.
En Malaca, nada más desembarcar, han podido abrazar al padre Francisco Pérez y al hermano Roque de Oliveira, que llevan ya más de un año trabajando aquí, haciendo un gran servicio a las almas de pequeños y grandes. El padre predica en las iglesias y atiende a los enfermos del hospital y Oliveira ha abierto una escuela en la que enseña a los niños.

El capitán de esta plaza de Malaca, don Pedro de Silva, ha tomado con gran interés y como si de cosa propia se tratase, la preparación del viaje a Jápón de Francisco y sus compañeros. Ha reunido regalos de gran precio, para añadirlos a los que ya traen de Goa, y les ha hecho donación de treinta barriles de la pimienta más fina; los japoneses son muy aficionados a esta especia y su venta proporcionará a los misioneros el dinero suficiente para mantenerse dignamente y hasta para erigir una pequeña capilla, si se les permite hacerlo.
El gran problema surge cuando llega el momento de encontrar nave que les lleve hasta el Japón. Ninguna embarcación portuguesa proyecta ahora ese viaje, ni tampoco barco alguno de moros o de judíos. Al fin, Pedro de Silva halla una posible solución.
-Hay aquí en Malaca, padre Francisco, un comerciante chino, pagano, que posee un junco y al que he podido convencer para que se comprometa a llevaros al Japón. No es un hombre muy recomendable, la verdad; los portugueses que le conocen bien le han apodado "el pirata". ¿Qué os parece?, ¿os arriesgaríais a embarcaros con él?

-¡Desde luego! Estoy tan cierto de que es voluntad de Dios que haga este viaje, que me parecería desconfiar de su misericordia si temiese o recelase que no nos ha de dar la victoria en esta empresa.
-Es una travesía peligrosa, se producen en esta zona grandes tempestades que aparecen de repente y hay en ellas también muchos barcos piratas que asaltan las naves viajeras para robar las mercancías y matar o esclavizar a los que van en ellas.

-Todas las criaturas dependen de la voluntad de Dios y ni los demonios siquiera podrían hacernos más mal que el que él les permitiera. ¿Cuándo podemos partir?
-Creo que en una semana puede estar el junco aparejado de todo lo necesario. Y con respecto al capitán chino he tomado mis precauciones. Aván, que así se llama "el pirata", tiene en Malaca su hacienda y tiene aquí mujer e hijos. Le he dicho que los retendré como rehenes hasta que me llegue la noticia de que os ha dejado sanos y salvos en algún puerto del sur del Japón. Un criado mío, mestizo, que se llama Domingo Díaz, hará el viaje también en el junco y hasta que él no vuelva con buenas noticias vuestras, la familia y las posesiones de Aván, me serán garantía de su comportamiento.

-Sois muy capaz y agradezco de veras todo el esfuerzo que estáis haciendo para facilitarnos este viaje.
-Lo hago porque sé que es servicio de Dios y del rey.
Sabe bien don Pedro de Silva lo que dice. La aventura que ahora inician Francisco y los suyos es ciertamente servicio de Dios, ya que con esa sola intención emprenden ellos este viaje, pero también pudiera resultar de ella un buen servicio a don Juan III. Si este grupo consigue establecer un asentamiento en Japón y logra un buen entendimiento con los japoneses, todo ello podría dar lugar a la creación de un nuevo enclave portugués en estas latitudes y seguramente el rey sabría agradecer a su capitán en Malaca la colaboración prestada a los arriesgados misioneros.

El 24 de junio, fiesta de San Juan Bautista, se ha hecho a la mar el junco de Aván, el pirata. Desde el puerto, don Pedro de Silva, rodeado de las personas importantes de esta plaza y de los muchos amigos que aquí tiene maestro Francisco, despide a los que se van y a los que considera en cierta manera embajadores del imperio portugués.
Seguramente no ha caído en la cuenta de un detalle curioso: no figura ningún portugués entre los viajeros; el grupo está compuesto por tres españoles, tres japoneses, un chino y un malabar.

El junco de Aván es una maciza nave cuadrangular de unas 300 toneladas, con ancha y elevada cubierta de proa a popa. Lleva dos mástiles de bambú y va equipado con recias velas, cuadradas y rígidas, de estera de bambú. En las cabinas bajo la cubierta, y bien protegidos de la intemperie, van los equipajes de los viajeros: sus objetos personales, más un barrilito de vino de misa, los barriles de pimienta y, cuidadosamente embalados, los regalos destinados al rey del Japón.
Todos los marineros de la tripulación son chinos y paganos como su capitán.

Cerca del timón, en la cubierta de popa, hay una hornacina con un altar en el que está entronizada una multicolor diosa del mar. Día y noche mantiene la tripulación ante esa imagen una luz encendida y mañana y tarde se inclinan ante la diosa y queman ante ella velas de cera cromada y porciones de incienso. En determinados momentos tiran al suelo ante el altar varillas marcadas con extrañas señales para preguntar al ídolo qué rumbo tomar y si los vientos les serán favorables o no. Y así, a través de la suerte indicada por las varillas, deciden continuar o detenerse, ir hacia un lugar o hacia otro,.

Francisco comenta apesadumbrado ante sus compañeros:
-Ved qué pena es que la suerte de nuestro viaje esté en manos de los servidores de ese ídolo que sólo hacen lo que esas varillas tiradas al azar les indican.
El capitán parece lamentar a veces el compromiso adquirido de llevar a los viajeros lo más rápidamente posible hasta el Japón. Y Francisco se impacienta hasta la exasperación viendo que la nave se detiene sin ninguna necesidad en las islas que se van encontrando en el camino.

Hay momentos, en cambio, en que las varillas parecen indicar la conveniencia de tomar decididamente el camino hacia el Japón, y entonces la tripulación despliega las velas con gran alegría y confianza en la protección de su ídolo y Francisco y sus compañeros se llenan igualmente de alegría y confianza en Dios y en su hijo Jesucristo por cuyo amor y servicio se están arriesgando en este viaje.
Estando ya como a mitad de camino y navegando por aguas del reino de Cochinchina, el 21 de julio, sobreviene de repente una tormenta de las que son tan temibles y tan frecuentes en esa zona. El capitán ha ordenado echar las anclas y se han recogido las velas. El junco se zarandea en todas direcciones y enormes rociones de agua barren la cubierta. El chino Manuel se acerca a una escotilla que, por descuido ha quedado abierta, y cae de cabeza por ella. Todos piensan que se ha matado, dada la profundidad de la caída y la violencia del golpe. Francisco consigue auxiliarle, ayudado por otros, pero está inconsciente y tiene una enorme brecha en la frente por la que sangra en abundancia.

Apenas han terminado de vendar la cabeza del herido y de reanimarle un poco cuando el huracán, que continúa bramando con violencia, arrebata de la cubierta a la hija del capitán y la arrastra hacia las embravecidas aguas que la engullen inmediatamente. Las olas furiosas no permiten ninguna maniobra de salvamento y el capitán contempla desesperado cómo la muchacha se ahoga allí mismo, junto al junco.

Llanto y clamores desgarradores se unen al rugido del vendaval. El capitán y sus hombres lamentan la muerte de la niña, mientras se esfuerzan febrilmente por salvar la nave.
Cuando la tormenta ha pasado, la tripulación lleva al ídolo grandes ofrendas y el capitán pregunta, a través de las varillas, por qué ha muerto su hija. La respuesta parece ser: "Si el hombre hubiera muerto, la niña no habría caido al mar".
El capitán y los marineros miran a Manuel y a sus amigos con rencor y recelo y, a partir de este momento, los viajeros ya no se sienten muy seguros en la nave.
¿Qué nuevo mensaje maligno pueden interpretar estos hombres a través de las varillas?

Francisco anima a sus compañeros y les recuerda:
-Mucha diferencia hay del que confía en Dios teniendo todo lo necesario al que confía en Dios sin tener ninguna cosa. Y mucha diferencia hay de los que tienen fe, esperanza y confianza en Dios, fuera de los peligros de muerte, a los que tienen fe, esperanza y confianza en Dios, cuando por su amor y servicio se ponen en peligros casi evidentes de la muerte, habiéndolos podido evitar, pues estuvo en su voluntad tomarlos o dejarlos. Este es para nosotros el momento de vivir nuestra confianza en Dios.
Está finalizado julio y también el tiempo en que los vientos son propicios para el viaje hasta el Japón. Aván y sus marineros deciden invernar en alguna de las numerosas islas que hay antes de llegar a Cantón. Francisco se enfrenta con ellos y desde el ruego a la amenaza emplea todos los argumentos que se le ocurren para exigir que cumplan su compromiso de llevarles sin dilación hasta el término del viaje. Su enérgica reclamación da resultado y el junco navega unos días más, hasta alcanzar el puerto de Chincheo.

Aquí no hay portugueses a los que Francisco pueda acudir en petición de ayuda y aquí decide Aván quedarse a pasar el invierno. Ni ruegos, ni promesas, ni amenazas dan resultado esta vez. Sólo una noticia comunicada a gritos desde un velero que cruza cerca hace al capitán cambiar de opinión:
-¡La ciudad está llena de ladrones! ¡El junco que se atreva a entrar en su puerto está perdido!
Aván da un enérgico golpe de timón y enfila directamente su nave hacia el puerto en el que debe rendir viaje.
Dos semanas más tarde se divisan ya a lo lejos las azuladas y altas montañas del Japón.
El viaje no ha sido ni fácil ni agradable, pero ha sido, es decir, ha terminado y ha terminado felizmente.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 49: Satisfacciones y disgustos

Micer Paulo, el buen micer Paulo, se ha encargado personalmente de la preparación de los tres japoneses para la recepción del bautismo. Y se apresura a informar a Francisco:

-Los tres han puesto mucho empeño en sus estudios, pero ha sido Anjiró el que verdaderamente ha hecho enormes progresos. En estos ocho meses ha aprendido a hablar, leer y escribir correctamente el portugués; y sabe de memoria el Evangelio de San Mateo. Ha traducido a su lengua mucha parte de la doctrina que habréis de enseñar a sus gentes del Japón. Este hombre creo yo que os ha sido enviado especialmente por Dios para esa nueva misión que os proponéis...

-También yo lo creo, micer Paulo.
-Los tres japoneses han hecho los ejercicios espirituales y me consta que con gran provecho.
Anjiró ha venido a enseñarle el resultado de sus trabajos de traducción de estos meses y Francisco tiene ocasión de admirar los pliegos y pliegos llenos de esta escritura perfectamente dibujada que le resulta absolutamente indescifrable.
-¿Qué significa esto? -ha preguntado señalando al azar cierto lugar en uno de los pliegos?
-Es el Padre Nuestro.
-Léelo.
De los labios de Anjiró han salido una serie de sonidos que a Francisco le han parecido rápidos, entrecortados y cantarines; y ha podido observar, una vez más, que la escritura japonesa está trazada en columnas verticales y paralelas que van desde lo alto de la página hasta el pie de la misma.


Ten ni mashimasu warera no Chichi yo,
negawakuna mina no tootomaren koto wo,
Mikuni no kitaran koto wo
mimune no ten ni okonawareru gotoku
chi nimo okonawaren koto wo.

Warera no nichiyoo no kate wo
konnichi warera ni atae tamae,
warera ga hito ni yurusu gotoku
warera no tsumi wo yurushi tamae,
warera wo kokoromi ni hikitamawazare,
warera wo aku yori sukui tamae.



-¿Por qué no escribís los japoneses al modo nuestro?
-¿Por qué, padre Francisco, no escribís más bien vosotros al modo nuestro? Pues así como el hombre tiene la cabeza en lo alto y los pies abajo, así también debería escribir derecho de arriba abajo, ¿no os parece?
El padre Francisco se ha limitado a sonreír ante esta explicación tan razonable.
El bautizo de Anjiró y sus dos compañeros ha resultado una ceremonia solemne y emotiva. Ha sido deseo de Anjiró recibir el nombre de Pablo, que es el del sacerdote que ha sido su amigo y maestro durante todos los meses de su preparación para este sacramento y que es también el nombre de este colegio de San Pablo en el que tan generosamente ha recibido albergue y enseñanza. Los otros dos japoneses, sus compañeros, han sido bautizados con los nombres de Antonio y Joane.

A la ceremonia religiosa ha seguido una comida en el colegio de San Pablo en honor de los nuevos cristianos. Durante esta celebración comparten mesa con Francisco varios sacerdotes de la Compañía llegados a Goa mientras él estaba en Basain asistiendo al fallecido gobernador. Entre estos nuevos compañeros está Antonio Gomes, al que ahora Francisco observa con un especial interés.
Antonio Gomes ha llegado a la India precedido de una fama de hombre de mundo, sabio teólogo y orador brillante. En Lisboa, Simón Rodrigues, que sigue siendo el superior provincial para todos estos territorios de la India, le nombró rector de este colegio de San Pablo. Durante los meses que lleva en Goa, Gomes ha revalidado su título de buen predicador capaz de conmover a sus auditorios hasta las lágrimas; en cambio como rector del colegio de San Pablo...

Micer Paulo le ha contado sus temores a Francisco en repetidas confidencias:
-No hace ningún caso de lo que le decimos y nosotros tenemos experiencia, después de pasar tantos años trabajando con estos muchachos. Quiere implantar aquí el mismo orden y disciplina que reinan en el colegio de Coimbra y no se da cuenta de que estas gentes son muy distintas de aquellas y aun muy distintas entre sí y que el clima es también muy diferente; y quiere castigar muy duramente a los alumnos que hablen en sus lenguas nativas, tan sólo portugues quiere oír en el colegio y uno de nuestros objetivos es que los muchachos no olviden sus lenguas de origen para que luego puedan volver a sus lugares y enseñar lo que aquí aprendieron. Ha amenazado a los maestros del colegio que no estén de acuerdo con sus órdenes con enviarlos a Portugal cargados de cadenas...

¡Enviar cargados de cadenas a Lisboa a sus hermanos de la Compañía que trabajan con él y eso sólo porque no están de acuerdo con los métodos nuevos que viene a implantar en este colegio!
Francisco sigue observando al rector Gomes, sentado frente a él. "Le falta humildad", reflexiona, "le falta humildad para aprender de los que conocen la India y sus especiales circunstancias mejor que él; y le falta amor, amor para comprender y soportar con paciencia lo que a él le parecen debilidades e imperfecciones de sus hermanos de la Compañía y de los alumnos del colegio, que son muchos de ellos paganos recién convertidos. ¡Enviar a Portugal cargados de cadenas a sus hermanos cuando Compañía de Jesús quiere decir Compañía de amor y de conformidad de ánimos..."

Ha pasado muchas horas de muchos días, mientras hace los preparativos de su viaje a Japón, sumido en la gran preocupación que le suponen la personalidad y el comportamiento de Antonio Gomes.
Por fín ha llegado a una decisión. Dispondrá que Antonio Gomes vaya a trabajar entre los portugueses de la fortaleza de Ormuz, donde hace mucha falta un buen predicador que mueva los ánimos de los allí residentes hacia un mejor comportamiento cristiano.

Tan pronto como se hace pública esta decisión del padre Francisco, se levanta un gran revuelo en toda Goa. Y el primero en alzarse airado contra ella es el propio Gomes. ¡Enviarle a él a una fortaleza perdida allá en el norte! Y visita a unos y a otros y expone su caso con tanta habilidad que consigue que se alce un clamor general en su favor y que hasta el propio obispo pida a Francisco que revoque su decisión. Y Francisco lo hace, a disgusto, pero lo hace para no causar más revuelo; aunque lo hace con la condición bien claramente expresada de que Antonio Gomes quedará como rector del colegio de San Pablo sólo hasta que de Lisboa o de Roma llegue otra decisión. Y Francisco se propone informar en cartas a Simón Rodrigues y a Ignacio de la necesidad de que se envíe al colegio un profeso suficientemente capacitado para ocupar este puesto. Mientras tanto, todos los hermanos que trabajan en la India quedarán bajo la obediencia de micer Paulo, Gomes incluido.

Antonio Gomes no ha aceptado de buen grado este reparto de atribuciones, pero ha decidido someterse..., al menos de momento. El padre Francisco está a punto de emprender un larguísimo viaje, del que sólo Dios sabe si volverá, y durante todo ese tiempo, él, Antonio Gomes, podrá maniobrar a su manera...
Francisco prosigue los preparativos de su viaje a Japón. Visitas a los amigos y conocidos, largas conversaciones con todos los de la Compañía que tiene cerca y cartas con instrucciones y consejos a los que están en lejanos puestos de misión. Y cartas también a Portugal y Roma para informar de cómo marchan los trabajos en esas tierras que caen bajo su jurisdicción como nuncio del Papa, como enviado del rey Juan III y como superior de la Compañía para todas las posesiones del imperio portugués y aún de más allá.

Y en una larguísima carta a Ignacio puede afirmar:
"...Te hago saber que Dios Nuestro Señor, por su infinita misericordia, tiene especial cuidado de todos estos tus mínimos hijos de la India en guardarlos de caer en pecados... Somos muchos, pasamos de treinta...
"...En todas partes de esta India, donde hay cristianos, hay padres de la Compañía. En Maluco hay cuatro; en Malaca, dos; en el cabo de Comorín, seis; en Quilón, dos; en Basain, dos.
"...Todos estos lugares están muy lejos de Goa: Maluco, más de mil leguas; Malaca, 500; el cabo de Comorín, 200; Quilón, 125; Basain, 60..., y donde están estas personas de la Compañía, ...por cuanto son personas de mucha edificación... no hago yo ninguna falta...

"Por estas causas... y por la mucha información que tengo de Japón, que es una isla que está cerca de la China, y porque son todos en Japón gentiles y no hay moros ni judíos, y es gente muy curiosa y deseosa de saber cosas nuevas, así de Dios como de otras cosas naturales, determiné de ir a esa tierra..., pareciéndome que entre tal gente se puede perpetuar por ellos mismos el fruto que... los de la Compañía hiciéremos...
"...Yo voy determinado de ir primeramente a donde está el rey, y después a las universidades donde hacen sus estudios..."

Y sigue y sigue contando detalles de las tareas que se realizan en cada lugar, de las personas que las desarrollan y de los proyectos que cree necesario iniciar en el próximo futuro para una más amplia y más profunda educación en la fe de los habitantes de estas regiones, así portugueses como indios.

Ya ha elegido al grupito de personas que llevará consigo. Cosme de Torres, sacerdote valenciano que ha entrado en la Compañía hace poco; el hermano Juan Fernández, cordobés, entrado en la Compañía en Lisboa; Pablo-Anjiró y sus dos compatriotas Antonio y Joane; y dos criados, el chino Manuel y el malabar Amador.
Otros muchos han querido añadirse a esta expedición, pero Francisco, al despedirse, les ha consolado diciéndoles:

-Tened paciencia. Tan pronto como lleguemos a Japón y veamos la disposición que hay en aquel país para recibir nuestra santa fe, os llamaremos para que acudáis a servir a Dios en aquellas tierras. Vosotros estad dispuestos porque quizá de aquí a dos años se podrá cumplir vuestro deseo...
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 48: Viejos amigos y hermanos nuevos

El 15 de diciembre ha partido de Malaca. Viaja en la nao de Banda al mando del capitán García de Sousa, la misma nave y el mismo capitán que le trajeron desde Amboino. Llevan una carga de más de mil quintales de nuez moscada y hasta doscientos de flor de mirística.

Después de casi un mes de navegacion ha llegado, el 13 de enero de 1548, a Cochín. Y aquí, de nuevo puede comprobar cómo le quiere la gente y qué alegría produce su llegada. Muchas caras conocidas salen a recibirle: Mansillas, su colaborador de los primeros días; el anciano obispo Alburquerque, que está aquí en cumplimiento de su deber de pastor de visitar los diversos enclaves de su diócesis; el capitán Diego Pereira, su buen amigo, que posee una carabela y que desarrolla su actividad comercial hasta Malaca, Siam y la China...
Y, entre tantas caras que reconoce, una cara nueva, la de alguien que identifica, sin embargo, al momento: un muchacho que viste la negra sotana de la Compañía de Jesús.

Un apretado abrazo y una pregunta:
-¿Cómo te llamas, hijo mío?
-Soy Adán Francisco, padre.
Es uno más de la generosa entrega de hombres que la Compañía está enviando desde Europa para consolidar y ampliar las sendas de evangelización que Francisco está abriendo.
Resulta ciertamente asombroso que a poco más de siete años de haber sido aprobada, la Compañía pueda disponer ya de tantos hombres de valía para enviar al imperio portugués de ultramar, habida cuenta, además, de los otros muchísimos que tiene distribuidos trabajando en diversas naciones de toda Europa.

Adán refiere que ha navegado desde Lisboa con los padres Francisco Pérez y Francisco Henriques en la Flor del Mar y que en otros navíos de la armada han venido "más de los nuestros", es decir, otros padres y hermanos de la Compañía. Unos esperan en Goa a que se les designe lugar de trabajo, otros están ya laborando en distintas partes de la Pesquería.
-Los visitaremos. Me propongo recorrer todos los lugares de cristianos. Vendrás conmigo, Adán. Nos reuniremos con todos nuestros hermanos que trabajan en estas costas.

-Nada podría agradarme más, padre Francisco.
Visitan el cabo Comorín, donde están Coelho, Manuel y Gaspar, sus tres primeros colaboradores nativos. Y luego visitan, uno por uno, los demás lugares: Travancor, Punicale, Tuticorín, Tiruchendur, Kombuturé..., en los que hay hasta siete compañeros trabajando.
A todos los congrega más tarde Francisco durante diez días en Manappad, allí les escucha y les habla; es un magnífico intercambio de experiencias en el que todos aprenden de todos.
Francisco sale confortado de esta convivencia con sus hermanos: el trabajo misionero que él ha comenzado en los distintos lugares del imperio portugués de la India y de Indonesia va quedando confiado en buenas manos. ¿Está llegando el momento de emprender nuevas y más lejanas conquistas ahora que acaba de descubrir que hay tierras todavía más allá?

Cuando se despide de ellos insiste, una vez más, en el que es su consejo tan frecuentemente repetido a sus hermanos misioneros: "Mucho os torno a recomendar que trabajéis en haceros amar en los lugares donde anduviéreis..., así haciendo buenas obras como con palabras de amor, para que todos seamos amados antes que aborrecidos, porque de esta manera haréis más fruto..."
Con la San Buenaventura, la última de las cuatro naos de la pimienta que salen de Cochín para Portugal, envía varias cartas. En una dirigida a los compañeros de Roma, entre otras muchísimas noticias, les cuenta:

"...Estando en Malaca me dieron grandes nuevas unos mercaderes portugueses... de unas islas muy grandes..., las cuales se llaman Japón, donde, según parecer de ellos, se haría mucho fruto en acrecentar nuestra santa fe, más que en ningunas otras partes de la India, por ser... gente deseosa de saber en gran manera, lo que no tienen estos gentiles de la India.
"Vino con estos mercaderes portugueses un japonés, llamado Anjiró, en busca mía... Venía con deseo de confesarse conmigo... de ciertos pecados que en su juventud tenía hechos... Habló mucho conmigo..., con muchos deseos de saber cosas de nuestra ley. Sabe hablar portugués razonadamente, de manera que él me entendía todo lo que yo le decía y yo a él todo lo que me hablaba...
"Si así son todos los japoneses, tan curiosos de saber como Anjiró, paréceme que ha de ser la gente más curiosa de cuantas tierras son descubiertas".


Le ha dejado muy admirado ver el interés con que Anjiró ha preguntado y escuchado y observar cómo tomaba notas en su extraña escritura a lo largo de las explicaciones. ¡Qué diferencia con la apática y distraída forma de recibir las enseñanzas de las gentes con las que ha trabajado en la India! Y prosigue sus informaciones: "Pregunté a Anjiró, si yo fuese con él a su tierra, si se harían cristianos los del Japón. Respondióme que los de su tierra no se harían cristianos de inmediato..., que primero me harían muchas preguntas y verían lo que les respondía y lo que yo entendía, y sobre todo si yo vivía conforme a lo que hablaba; y si hiciese dos cosas, hablar bien y satisfacer a sus preguntas, y vivir sin que hallasen en qué reprenderme..., después que tuviesen experiencia de mí, el rey y la gente noble... se harían cristianos, diciendo que ellos son gentes que se rigen por razón."

En marzo viaja a Goa. Se instala en el colegio de San Pablo, donde el buen micer Paulo sigue haciendo su callada y eficaz labor con los colegiales nativos. Se reúne en el colegio una gran variedad racial: hay malabares, malayos, chinos, siameses, cafres y abisinios; 60 alumnos con trece lenguas diferentes. Sólo una ingente labor de infinita paciencia logrará hacer de algunos de estos muchachos, que han llegado al colegio en estado medio salvaje, valiosos individuos del clero nativo. Micer Paulo cuida de ellos, se ocupa de su comida y de su ropa, duerme en en mismo dormitorio que ellos y les atiende en sus enfermedades. El padre Lancilotto, a pesar de su poca salud, se entrega con abnegada dedicación a la dirección de la casa y de los estudios, que cada vez pueden hacerse mejor gracias a que van llegando sin cesar nuevos grupos de miembros de la Compañía para dedicarse a la enseñanza en los diferentes niveles.

Es un gózo grande para Francisco ver cómo se van ampliando y cómo prosperan las obras que hace unos pocos años eran apenas proyectos en embrión; pero no permanece en Goa para descansar o recrearse en la tarea bien hecha. Tiene ahora que entrevistarse con el gobernador, que está al presente en Basain, para pedirle que provea lo necesario para el viaje y la instalación de los dos miembros de la Compañía que se propone enviar a Malaca.

En el colegio de San Pablo ha encontrado al japonés Anjiró, que, junto con dos compatriotas suyos venidos también desde Malaca, vive aquí desde hace ya semanas. Siguiendo sus instrucciones se ha preparado para los tres catecúmenos, y muy especialmente para Anjiró, un plan intensivo de trabajos que comprende el perfeccionamiento de la lengua portuguesa, el aprendizaje de la doctrina cristiana y la preparación de una serie de descripciones y mapas de su tierra; además, se espera de Anjiró que haga una traducción al japonés de las verdades, los mandamientos y oraciones de la religión cristiana.
La inminente partida de Francisco hacia Basain y sus proyectos de viajar en el futuro hasta Japón no a todo el mundo le parecen bien.

-El padre Francisco viaja demasiado -se ha permitido opinar un cierto fraile.
Y ha recibido en tono sosegado una respuesta contundente:
-Si no visito esos lugares personalmente, no podré conocer sus necesidades, y en ese caso me faltará la experiencia necesaria para poder dar a los padres las reglas de conducta adecuadas. Una de las exigencias primordiales de la prudencia es la experiencia personal.
La estancia de Francisco en Basain se ha prolongado hasta durar muchos meses. La causa ha sido la enfermedad del gobernador que, presintiendo cercano su fin, ha deseado retener a este sacerdote amigo junto a sí para contar con su asistencia en el momento de la muerte.

Durante este tiempo de forzada estancia en Basain, Francisco, a más de atender a las necesidades espirituales del gobernador, se ha ocupado de hacer las gestiones necesarias para la fundación de una escuela a la que se propone enviar como maestros a algunos de la Compañía.
Y también ha dedicado largos ratos de oración y reflexión a considerar su proyectada ida al Japón. Y se pregunta: "¿Estoy realmente viajando demasiado? ¿Hasta qué punto es necesaria mi presencia aquí para que mis hermanos lleven adelante con eficacia las tareas en que están empeñados? Tengo la certeza de que todos ellos son hombres responsables en los que se puede confiar... ¿Y yo, puedo confiar en mí mismo? ¿Tengo la certeza de que el impulso que me hace desear este viaje al Japón nace únicamente del anhelo de servir a Dios Nuestro Señor, de extender los límites de la Iglesia, y no del sentimiento cobarde de alejarme de esta India donde mi trabajo ha sido tantas veces infructuoso a causa de las dificultades y contrariedades con las que he tropezado?"

Le ha costado meses de interrogarse, de dudar, de pedir luz para ver claro... hasta que, al fin, ha llegado a sentir el convencimiento profundo de que sí, de que es voluntad de Dios que emprenda este viaje. Y una vez llegado aquí dedica ya toda su energía a madurar este proyecto. Poco a poco va concretando sus planes. Las experiencias vividas durante los años de misión en la Pesquería le han hecho ver lo poco que se logra cuando se trabaja con gentes analfabetas, tan rudas y torpes, especialmente cuando sobre estas gentes iletradas gobiernan y disponen, abusan y atropellan autoridades oficiales, cosa que hacen algunos de los representantes del rey portugués, que no dan ejemplo de buenos cristianos precisamente.

Ahora se propone cambiar por completo sus tácticas. En Japón se dirigirá directamente al rey, a los gobernantes y a los intelectuales de las universidades. Sabe que al Japón no la llegado la autoridad del rey Juan III. Los portugueses no han hecho más que tocar en algunos puertos con sus naves para iniciar unos intercambios comerciales que son aún de muy poca importancia. Francisco espera poder predicar la fe cristiana a gentes que no han tenido la mala experiencia previa de comprobar lo mal que viven su religión muchos cristianos. Si consigue conversiones en las altas personalidades del país, cree que los más humildes e ignorantes seguirán el ejemplo de los sabios y poderosos y la fe cristiana y el seguimiento de Jesucristo se introducirán con más facilidad y rapidez.

Cuando por fín, después de la muerte ejemplar del gobernador, puede volver a Goa, dos importantes acontecimientos le aguardan: uno le llena de gozo, el otro le sorprende muy desagradablemente.
Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 47: De vuelta hacia la India

Ahora, convencido como está de haber llegado hasta el último confín de los territorios que, como nuncio del Papa y enviado del rey de Portugal, se han confiado a su cuidado, inicia la vuelta. Hará el recorrido a la inversa: Ternate, Amboino, y, desde aquí, rumbo a Malaca.

Las despedidas han sido especialmente dolorosas para los que han podido tenerle entre ellos durante un tiempo y ahora le ven partir; sospechan que para no volver más por estas tierras. El padre Francisco es alguien tan cordial, tan amable, tan lleno de simpatía y espíritu de servicio para con todos... "Cuando me partí de Maluco", cuenta en una carta, "por evitar lloros... de mis amigos y amigas en la despedida, me embarqué casi a media noche. Esto no me bastó para poderlos evitar..., no me pude esconder de ellos..."
Han acudido en grupo numeroso para decirle adiós, tristes al verle irse.

-No quiero veros así, acongojados. Acordaos de todo lo que he querido enseñaros. Recordadme siempre porque yo no os olvidaré. Tan pronto como me sea posible os enviaré algunos hermanos míos de la Compañía de Jesús que vendrán a vivir entre vosotros -les ha prometido.
Al pasar por Amboino se han repetido las escenas de duelo en la despedida y ha prometido también aquí enviar a alguno de la Compañía para que prosiga la labor de enseñanza que él ha iniciado. Durante su ausencia, Juan Eiro ha proseguido su labor de catequista. Ahora se embarca con Francisco para volver a Malaca. En Amboino hace falta un sacerdote y él no lo es.

¡Qué gozo en Malaca cuando se anuncia que llega la nao de Banda! Trae un rico cargamento de nuez moscada, pero no es la valiosa especia lo que ha convocado en el puerto una numerosa concurrencia, sino el anuncio de que en la nao viene el padre Francisco.
Caras conocidas le rodean en cuanto desembarca. Saludos, bienvenidas, noticias de unos y de otros, invitaciones... Y de pronto, el descubrimiento, allí, en un discreto segundo plano, de un grupito de tres hombres jóvenes que le miran sonriendo con atenta y respetuosa curiosidad. Y va hacia ellos con los brazos abiertos:
-¡Vosotros sois...!

Sí, lo son. Son los tres primeros miembros de la Compañía con los que se encuentra desde que dejó Lisboa hace más de seis años. ¡Qué alegría! ¡Qué abrazo tan apretado a estos hermanos, desconocidos hasta hace unos minutos y ya tan apreciados! ¡Cuántas horas, más tarde, de preguntas, de explicaciones, de intercambio de noticias...!
Han empezado por presentarse:
-Me llamo Juan de Beira. Tengo treinta y cinco años. Yo era canónigo en La Coruña, pasó por allí el padre Estrada, le oí hablar de la Compañía y supe inmediatamente que Dios me quería trabajando en ella, y aquí me tenéis.

-Yo soy Nuno Ribeiro. Entré en la Compañía en Coimbra. Fui ordenado sacerdote unos días antes de embarcarme para venir a la India. Al llegar a Goa hice mi confesión general con el padre Pérez y dije allí mi primera misa.
-Y yo soy Nicolau Nunes. Tengo veintisiete años. He estudiado varios cursos de latín y filosofía, pero con poco provecho. Seguramente nunca podré llegar al sacerdocio, pero espero que aún así podré emplear mi vida en el servicio de Dios donde la Compañía quiera enviarme.
¡Tres tipos espléndidos! Misioneros como Francisco los había soñado para laborar en estas tierras tan difíciles. ¡Siente el corazón tan lleno de agradecimiento a Dios que los ha llamado, a la Compañía que se los ha enviado y a ellos mismos que con tan generosa fidelidad se han ofrecido para esta dura y peligrosa tarea!

Y estos tres le han comunicado que han llegado a la India otros seis de la Compañía dispuestos a trabajar donde quiera que se les envíe. De momento, unos han quedado en Goa y otros están en la Pesquería.
Sus repetidas cartas a Roma y a Lisboa pidiendo compañeros que vinieran a estas tierras no han sido en balde.
En Malaca, además de los amigos, y de los tres nuevos misioneros, le estaba aguardando un abundante correo: cartas de la India y de Europa. Las noticias son magníficas: la Compañía crece, son numerosos los hombres que a lo largo y a lo ancho de Europa se ofrecen para ingresar en ella y entregar su vida incondicionalmente al servicio de Dios y de los prójimos. Ya hay casas y residencias en Padua, Colonia, París, Valencia, Alcalá, Valladolid, Gandía, Barcelona, Lisboa y Coimbra, donde una pléyade juvenil se prepara esperando la orden de navegar hasta la India para cubrir los puestos de trabajo que Francisco ha ido estableciendo en su recorrido.

Y en una de las cartas una noticia, ¿triste?, ¿alegre?, que emociona especialmente a Francisco y le hace llegar hasta las lágrimas. Simón Rodrigues escribe desde Lisboa: "...Quiso Nuestro Señor llevarse consigo a maestro Fabro para que descanse de los trabajos que tomó sobre sí. Llegó a Roma, estuvo sano una semana; enfermó luego, y en el lapso de ocho días entregó su alma al Señor el 1 de agosto... Así fue liberado de la prisión de esta vida en dicho día del año 1546..."

Pedro Fabro, el amigo del alma, el hermano querido por el que se inició su amistad con Ignacio y con el que ha vivido tan entrañablemente unido desde los comienzos de la aventura espiritual que les llevó a todos a la fundación de la Compañía de Jesús..., ¡muerto! ¿Dolor porque ha desaparecido toda esperanza de volver a verle en carne mortal como le recuerda de la última vez que le vio? ¿Gozo al pensar que ha sido ya recibido en la casa del Padre?
Y habla con el amigo al que siente en estos momentos más próximo que nunca: "Pedro, amigo mío, ¡qué pronto has sido hallado digno de presentarte a recibir el premio que el Señor, justo juez, había preparado para ti! ¡Sólo tenías cuarenta años!, los habías cumplido en abril, como yo.

"Soy mayor que tú, ¿recuerdas?, pero el Señor ha querido llamarte a ti antes y me ha dejado a mí todavía aquí para que siga aprendiendo a amarle y servirle.
"¡Ahora eres mi hermano mayor, Pedro! ¡Has llegado antes que yo a la Vida! Ruega por mí ante aquel que por su bondad nos unió en la tierra y de cuya misericordia espero que querrá juntarnos también en su santa gloria".
Está seguro de que cuenta con el apoyo y la ayuda de su amigo y eso le conforta y anima.
Con los tres recién llegados habla y habla durante horas. Pueden contarle noticias de Portugal, de cómo son los estudios en el colegio de Coimbra y de cuánto se interesan los reyes por todo lo que atañe a la Compañía.

-El padre Fabro estuvo en Coimbra -cuenta Nuno Ribeiro. -Nos leyó y nos comentó vuestras cartas. Nos dijo que se habían hecho muchísimas copias de ellas porque infinidad de gentes querían conocerlas; también nos contó que se las había traducido al latín y a otras lenguas y que delante de él, cuando pasó por Madrid, se leyeron al príncipe don Felipe, que había oido hablar de ellas y había mostrado gran interés en escuchar su lectura.
-Yo le oí afirmar en cierta ocasión que vuestras cartas hacen tanto fruto en España y Portugal como vuestras predicaciones en la India -ha añadido Beira.

Un mes ha tenido Francisco a sus tres compañeros con él. Les ha iniciado en el trabajo de la misión, les ha contado con todo detalle sus experiencias en Amboino, Ternate y en la isla de el Moro, les ha dado copias de las traducciones al malayo que hizo aquí y les ha explicado cómo deben proceder en todo momento: catequesis, bautizos, entierros, oraciones sobre los enfermos...
-Son gentes ignorantes, ingratas y rudas. La tarea que se os encomienda es dura, peligrosa y, a veces, descorazonadora; pero el Señor no descuida a sus operarios y yo se por experiencia que en estas tierras, y entre todas las dificultades que en ellas se encuentran, se hallan también momentos de grandes consolaciones y con ellas se reciben ánimo, alegría y profunda confianza en Dios Nuestro Señor...

Nombra a Beira superior de los otros dos. Deberá residir, junto con el hermano Nicolau Nunes, en Ternate y ocuparse también de las tierras de El Moro. Ribeiro residirá en Amboino.
A los tres les encarga lo mismo que él ha cumplido puntualmente hasta aquí: que escriban a Roma una vez al año, por lo menos, contando con detalle todas sus actividades; les pide asimismo que le mantengan informado con frecuencia y promete escribirles a menudo él también.

Y otra vez sentimientos encontrados al separarse de ellos y verlos partir. Gozo porque les ve tan valientemente decididos a trabajar en servicio de Dios y de los prójimos, dolor porque sabe a qué ruda tarea van comprometidos y en qué graves peligros van a verse. Lo sabe muy bien, acaba de pasar por todo ello.
Se siente sólo en Malaca, aun estando rodeado de gente, después del mes tan intenso que acaba de vivir con la pequeña comunidad de hermanos.

Reanuda, después de este mes, el trabajo de catequesis y se interesa también por todo lo que se refiere a la enseñanza de los niños. Descubre que los muchachos aprenden a leer utilizando copias de las actas de los procesos judiciales que, en su inmensa mayoría contienen relatos de hechos muy poco adecuados como lecturas infantiles. Se propone conseguir libros más a propósito para las prácticas de lectura de los niños. Los enviará con los miembros de la Compañía que vengan a Malaca.
Entre sus muchas actividades está la de celebrar bodas. Hoy ha presidido una y, mientras los novios y los invitados se retiran, ha visto entrar en la iglesia a su amigo, el capitán de barco Jorge Alvares. Viene acompañado de un hombre extranjero, de unos treinta y cinco años.

Francisco supone que es chino por sus ojos rasgados. Viste ropa oscura y lleva un sable al cinto en una vaina de laca.
-¡Jorge, qué alegría verte de nuevo! ¿Qué ha sido de tu vida en estos últimos tiempos?
-También yo me alegro mucho de encontraros, padre Francisco. Y este amigo que viene conmigo se alegra seguramente todavía más. Veréis: permitidme que os presente primero y luego os contaremos la historia. Este es mi amigo el señor Anjiró, es de una tierra de más allá de la China que hace sólo cinco años que visitamos los portugueses. Es una tierra toda de islas que se llama Japón.

Anjiró ha respondido al saludo de Francisco con una profunda inclinación y ha contestado a sus frases de bienvenida en un tímido portugués chapurreado.
Jorge Alvares completa la presentación:
-Anjiró ha venido en mi barco desde el Japón. Durante la navegación ha aprendido un poco nuestra lengua, le hablamos de nuestra religión y le hablamos de vos, padre Francisco. Yo sé que quiere haceros infinidad de preguntas...
El japonés le ha interesado desde el primer momento. Y su interés se ha ido convirtiendo en afecto a medida que le ha ido conociendo.
-¿Por qué ese deseo de encontrarme? -le ha preguntado.
Y Anjiró, en su torpe portugués, ha explicado que pertenece a la casta de guerreros de su país; que es natural de la provincia de Satsuma, en el sur del Japón, que ha tenido que huir de su tierra a causa de un homicidio, por el que se siente culpable y abrumado, y que ha sabido por Jorge Alvares y sus otros compañeros de viaje que la religión que ellos profesan enseña que un hombre arrepentido puede sentirse perdonado y que quiere ser admitido en esa religión.

-Y Dios quiere recibirte en ella, Anjiró, yo te lo aseguro -le ha dicho Francisco.
Y ha iniciado inmediatamente la enseñanza de este catecúmeno tan ansioso de aprender y al que descubre dotado de una inteligencia y una memoria extraordinarias.
Sólo ocho días han podido estar juntos:
-Tengo que partir, Anjiró. Debo volver a Goa. Ve tú también tan pronto como puedas. Allí te instruiremos y te bautizaremos y me darás más noticias de ese país tuyo.
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Francisco de Sales, Santo
Memoria litúrgica. 24 de enero
 
Francisco de Sales, Santo
Francisco de Sales, Santo

Obispo de Ginebra,
Doctor de la Iglesia,
Cofundador de la Congregación de la Visitación

Martirologio Romano: Memoria de san Francisco de Sales, obispo de Ginebra y doctor de la Iglesia. Verdadero pastor de almas, hizo volver a la comunión católica a muchos hermanos que se habían separado y con sus escritos enseñó a los cristianos la devoción y el amor a Dios. Fundó, junto con santa Juana de Chantal, la Orden de la Visitación, y en Lyon entregó humildemente su alma a Dios el 28 de diciembre de 1621. Fue sepultado en Annecy, en Francia, en este día (1622).

Etimológicamente: Francisco = Aquel que porta la bandera, es de origen germánico.

Fecna de canonización: 19 de abril de 1665 por el Papa Alejandro VII.
El patrono de los periodistas fue un escritor que se distinguió por decir la verdad con elegancia y sin herir a nadie, por escribir y hablar con tanta delicadeza que nadie se sentía molesto; un escritor y orador que no buscaba el morbo sino la transmisión de la simple y llana verdad evangélica. Y supo comunicar la idea de que todo lo auténticamente humano es cristiano.

Fue un humanista de pies a cabeza.

VIDA DE SAN FRANCISCO DE SALES

Nace el gran Santo:


San Francisco nació en el castillo de Sales, en Saboya, el 21 de agosto de 1567. Fue bautizado al día siguiente en la Iglesia parroquial de Thorens, con el nombre de Francisco Buenaventura. Durante toda su vida sería su patrono San Francisco de Asís. El cuarto donde él nació se llamaba "el cuarto de San Francisco", porque había en él una imagen del "Poverello" predicando a los pájaros y a los peces.

De niño Francisco fue muy delicado de salud ya que nació prematuro; pero gracias al cuidado que recibió, se pudo recuperar y fortalecerse con los años. Si bien no era robusto, su salud le permitió desplegar una enérgica actividad durante su vida.

La Madre de Francisco: 

La Señora Francisca de Boisy era una mujer sumamente amable y trabajadora y profundamente piadosa. Santa Juana de Chantal dice que la gente la admiraba como a una de las damas más respetables de esa época.

Tenía que mandar y dirigirlo todo en un amplísimo castillo donde laboran cuarenta trabajadores, sirvientas, mensajeros, labradores, y encargados del ganado.

Es muy importante tener en cuenta las cualidades de la mamá de Francisco, porque éste, por el valle nublado frío y oscuro donde estaba su casa, podría haber sido un hombre retraído y más bien inclinado a la tristeza y el pesimismo. Y en cambio, por la maravillosa formación que Doña Francisca le va proporcionando y por la educación que le hace dar su padre, obtiene las bases para llegar a ser más tarde con la gracia de Dios y por sus grandes esfuerzos, un portento de amabilidad y del más exquisito trato social.

Doña Francisca era una mujer que vivía muy ocupada, pero sin afanes ni apresuramientos. Quizás de ella habrá aprendido el niño Francisco aquella virtud suya que le dará resultado toda su vida: trabajar mucho, trabajar siempre, pero sin perder la calma, sin inquietud, no dejando para mañana lo que se puede hacer hoy.

La religión dominaba la vida de doña Francisca, y la compartía con todos, de ahí que Francisco aprendiese todo esto y luego lo usase más tarde para el beneficio de muchas almas.

Infancia:

Era un niño lindo, rubio, rosado que se divertía jugando en el Castillo. Le gustaba ir al Templo y rezar mirando hacia el altar y también era muy dado a ayudar a los pobres. Sin duda había recibido del Espíritu Santo el don de la Magnificencia, que consiste en un gusto especial por dar, y dar con gran generosidad. Como niño vivo e inquieto, que le gustaba curiosear por aquel inmenso Castillo donde vivía; parecía que tenía cien pulgas debajo de la ropa que no le dejaban estar quieto, por lo que su madre y la nodriza tenían que estar constantemente viendo que estaba haciendo.

Su madre le enseñaba el catecismo y le narraba bellos ejemplos religiosos. Y cuando el pequeño Francisco se encontraba con otros niños por el camino o en el prado, les repetía las enseñanzas y narraciones que había escuchado de labios de su mamá. Se estaba entrenando para lo que sería su mas preciado trabajo: enseñar catecismo, pero enseñarlo bellamente a base de amenos ejemplos.

Hay un hecho en su infancia que denota mucho su celo por Dios pero también su inclinación a la ira, con la que luchará por 19 años de su vida hasta dominarla. Se cuenta que un día un Calvinista fue a visitar el Castillo, Francisco se enteró y como no podía meterse en la sala a protestar, tomó un palo en las manos, y lleno de indignación se fue al corral de las gallinas, arremetiendo contra ellas y gritando: "Fuera los herejes: No queremos herejes". Las pobres gallinas salieron corriendo y gritando ante su atacante, y a tiempo llegaron los sirvientes para salvarlas. Este que ahora atacaba a las gallinas, después llegará a tener un genio tan bondadoso y amable que no procederá con ira ni siquiera contra los más tremendos adversarios; ahora bien , esta bondad no nació con él sino que fue una conquista, poco a poco, con la ayuda de Dios.

Su padre, Don Francisco, tenía temor de que su hijo fuera a crecer flojo de voluntad porque la mamá lo quería muchísimo y podía hacerlo crecer algo consentido y mimado. Entonces le consiguió de profesor a un sacerdote muy rígido y muy exigente, el Padre Deage. Este será su preceptor durante toda su vida de estudiante. Era un hombre super exacto en todo, pero muy frecuentemente demasiado perfeccionista en sus exigencias. Este preceptor lo ayudará mucho en su formación pero le hará pasar muchos ratos amargos, por exigirle demasiado. Francisco no protestará nunca y en cambio le sabrá agradecer siempre, pero para su comportamiento futuro tomará la resolución de exigir menos detalles importunos y hacer más amables a quienes él tenga que dirigir.

A los 8 años entró en el Colegio de Annecy, y a los 10 años hizo su Primera Comunión junto con la Confirmación. Desde ese día se propuso no dejar pasar un día sin visitar a Jesús Sacramentado en el Templo o en la Capilla del colegio. El que más tarde será el gran promotor del culto solemne a la Eucaristía, fue preparado muy cuidadosamente por la madre y por su Sacerdote preceptor para recibir por primera vez a Jesús Sacramentado. Guiado por su madre se trazó unos buenos propósitos como recuerdo de su Primera Comunión:

1) Cada mañana y cada noche rezaré algunas oraciones.

2) Cuando pase por frente de una Iglesia entraré a visitar a Jesús Sacramentado, si no hay una razón grave que me lo impida.

3) Siempre y en toda ocasión que me sea posible ayudaré a las gentes más pobres y necesitadas.

4) Leeré libros buenos, especialmente Vidas de Santos.

Durante toda su vida procuró ser enteramente fiel a estos propósitos.

Un año más tarde en la misma Iglesia de Santo Domingo (actualmente San Mauricio), recibió la tonsura.

Francisco, estudiante: 

Un gran deseo de consagrarse a Dios consumía al joven, que había cifrado en ello la realización de su ideal; pero su padre (que al casarse había tomado el nombre de Boisy) tenía destinado a su primogénito a una carrera secular, sin preocuparse de sus inclinaciones. A los 14 años, Francisco fue a estudiar a la Universidad de París que, con sus 54 colegios, era uno de los más grandes centros de enseñanza de la época.

Su padre le había enviado al colegio de Navarra, a donde iban los hijos de las familias de Saboya; pero Francisco, que temía por su vocación, consiguió que consintiera en dejarle ir al Colegio de Clermont, dirigido por los jesuitas y conocido por la piedad y el amor a la ciencia que reinaban en él. Acompañado por el Padre Déage, Francisco se instaló en el hotel de la Rosa Blanca de la calle St. Jacques, a unos pasos del Colegio de Clermont. Francisco se propuso un Plan de Vida durante su estadía en el colegio. Se propuso dedicarse a hacer lo que tenía que hacer: prepararse bien para el futuro.

Desde el principio, guiado, por su director, el Padre Déage, se trazó un programa de acción: Cada semana confesarse y comulgar. Cada día atender muy bien a las clases y preparar las tareas y lecciones para el día siguiente. Dos horas diarias de ejercicios de equitación, de esgrima, de baile .

La debida mezcla entre los ejercicios de piedad y las artes gimnásticas le fueron consiguiendo un aire de elegancia y respetabilidad. Era alto, gallardo y bien presentado. Enemigo de los lujos, pero siempre decorosamente presentado. En las reuniones de gente de refinada elegancia era el invitado preferido, porque a la vez de ser muy sencillo y sin rebuscamientos inútiles, era "la cultura personificada".

Más tarde, cuando sea Obispo, la gente exclamará: "en las reuniones sociales se porta con la santidad de un digno ministro de Dios, y en las ceremonias religiosas se porta con la elegancia del más exquisito de los caballeros". Y al preguntarle alguien el por que, respondió: "Cuando estoy en la alegría de una fiesta social me imagino estar revestido de ornamentos de Obispo, y me comporto con la dignidad que esto exige. Y cuando estoy celebrando una ceremonia religiosa me imagino estar en la más exquisita y refinada reunión, y trato de comportarme con la educación y urbanidad que en estos casos se exige".

Pronto se distinguió en retórica y en filosofía; después se entregó apasionadamente al estudio de la teología. Cada día estaba más decidido a consagrarse a Dios y acabó por hacer voto de castidad perpetua, poniéndose bajo la protección de la Santísima Virgen. Pero no por ello faltaron las pruebas.

La más terrible tentación de su juventud:

Vivir en gracia de Dios en aquellos ambientes no era nada fácil. Sin embargo, Francisco supo alejarse de toda ocasión peligrosa y de toda amistad que pudiera llevarle a ofender a Dios y logró conservar así el alma incontaminada y admirablemente pura. Francisco tenía 18 años.

Su carácter era muy inclinado a la ira, y muchas veces la sangre se le subía a la cara ante ciertas burlas y humillaciones, pero lograba contenerse de tal manera que muchos llegaban hasta imaginarse que a Francisco nunca le daba mal genio por nada. Pero entonces el enemigo del alma, al ver que con las pasiones más comunes no lograba derrotarlo, dispuso atacarlo por un nuevo medio más peligroso y desconocido.

Empezó a sentir en su cerebro el pensamiento constante y fastidioso de que se iba a condenar, que se tenía que ir al infierno para siempre. La herejía de la Predestinación, que predicaba Calvino y que él había leído, se le clavaba cada vez más en su mente y no lograba apartarla de allí. Perdió el apetito y ya no dormía. Estaba tan impresionantemente flaco y temía hasta enloquecer. Lo que más le atemorizaba no eran los demás sufrimientos del infierno, sino que allá no podría amar a Dios.

El Señor permitiéndole la tentación le da la salida. El primer remedio que encontró fue decirle al Señor: "Oh mi Dios, por tu infinita Justicia tengo que irme al infierno para siempre, concédeme que allá yo pueda seguirte amando. No me interesa que me mandes todos los suplicios que quieras, con tal de que me permitas seguirte amando siempre"; esta oración le devolvió gran parte de paz a su alma.

Pero el remedio definitivo, que le consiguió que esta tentación jamás volviese a molestarle fue al entrar a la Iglesia de San Esteban en París, y arrodillarse ante una imagen de la Santísima Virgen y rezarle la famosa oración de San Bernardo:

"Acuérdate Oh piadosísima Virgen María, que jamás oyó decir que hayas abandonado a ninguno de cuantos han acudido a tu amparo, implorando tu protección y reclamando tu auxilio. Animado con esta confianza, también yo acudo a ti, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados , me atrevo a comparecer ante tu soberana presencia. No desprecies mis súplicas, Madre del Verbo Divino, antes bien, óyelas y acógelas benignamente. Amén"

Al terminar de rezar esta oración, se le fueron como por milagro todos sus pensamientos de tristeza y de desesperación y en vez de los amargos convencimientos de que se iba a condenar, le vino la seguridad de que "Dios envió al mundo a su Hijo no para condenarlo, sino para que los pecadores se salven por medio de Él. Y el que cree no será condenado" (Juan 3:17).

Esta prueba le sirvió mucho para curarse de su orgullo y también para saber comprender a las personas en crisis y tratarlas con bondad.

Estudiante de universidad:


En el 1588, partió para la ciudad italiana de Padua; su padre le había dado la orden de estudiar abogacía, doctorarse en derecho. Francisco fue obedeciendo a su padre. Estudiaba derecho durante cuatro horas diarias para poder llegar a ser abogado. Otras cuatro horas estudiaba Teología, la ciencia de Dios, porque tenía un gran deseo: llegar a ser sacerdote.

Durante su estadía en Padua, dice el mismo Francisco, que lo que más le ayudó fue la amistad y dirección espiritual de ciertos sacerdotes jesuitas muy sabios y muy santos. Le ayudó mucho la lectura de un libro, que le acompañará durante su vida por 17 años, escrito por el Padre Scupoli llamado: "El Combate Espiritual". Lo leía todos los días y sacaba gran provecho de su lectura.

San Francisco hizo un detallado plan de vida para preservarse durante su estadía en Padua, y se propuso hacer lo siguiente:

1) Cada mañana hacer el Examen de previsión : que consistía en ver que trabajos, que personas o actividades iba a realizar en ese día, y planear como iba a comportarse ante ellos.

2) A mediodía visitar el Santísimo Sacramento y hacer el Examen Particular: examinando su defecto dominante y viendo si había actuado con la virtud contraria a él, (durante 19 años su examen particular será acerca del mal genio, de aquel defecto tan fuerte que era su inclinación a encolerizarse).

3) Ningún día sin Meditación: Aunque fuese por media hora, dedicarse a pensar en los favores recibidos por el Señor, en las grandezas de Dios , en las verdades de la Biblia o en los ejemplos de los santos.

4) Cada día rezar el Santo Rosario: no dejarlo de rezar ningún día de su vida, promesa que siempre cumplió.

5) En su trato con los demás ser amable pero moderado.

6) Durante el día pensar en la Presencia de Dios.

7) Cada noche antes de acostarse hacer el Examen del día : decía, "recordaré si empecé mi jornada encomendándome a Dios. Si durante mis ocupaciones me acordé muchas veces de Dios para ofrecerle mis acciones, pensamientos, palabras y sufrimientos. Si todo lo que hoy hice fue por amor al buen Dios. Si traté bien a las personas. Si no busqué en mis labores y palabras darle gusto a mi amor propio y a mi orgullo, sino agradar a Dios y hacer bien a mi prójimo. ¿Si supe hacer algún pequeño sacrificio?, ¿Si me esforcé por estar fervoroso en la oración? y pediré perdón al Señor por las ofensas de este día, haré propósito de portarme mejor en adelante; y suplicaré al cielo que me conceda fortaleza para ser siempre fiel a Dios; y rezando mis tres Avemarías me entregaré pacíficamente al sueño. Firmado: Francisco de Sales, Padua 1589.

Así Francisco, mantuvo protegido su corazón todo el tiempo en el que estuvo estudiando en Padua y a los 24 años obtuvo el doctorado en leyes, y fue a reunirse con su familia en el castillo de Thuille, a orillas del lago de Annecy. Ahí llevó durante 18 meses, por lo menos en apariencia, la vida ordinaria de un joven de la nobleza. El padre de Francisco tenía gran deseo de que su hijo se casara cuanto antes y había escogido para él a una encantadora muchacha, heredera de una de las familias del lugar. Sin embargo, el trato cortés, pero distante, de Francisco hicieron pronto comprender a la joven que este no estaba dispuesto a secundar los deseos de su padre.

El santo declinó, por la misma razón, la dignidad de miembro del senado que le había sido propuesta, a pesar de su juventud.

Hasta entonces Francisco sólo había confiado a su madre y a su primo Luis de Sales y a algunos amigos íntimos, su deseo de consagrarse al servicio de Dios. Pero había llegado el momento de hablar de ello con su padre. El Señor de Boisy lamentaba que su hijo se negara a aceptar el puesto en el senado y que no hubiese querido casarse, pero ello no le había hecho sospechar, ni por un momento, que Francisco pensara en hacerse sacerdote.

La muerte del deán del capítulo de Ginebra hizo pensar al canónigo Luis de Sales en la posibilidad de nombrar a Francisco para sustituirle, lo cual haría menos duro el golpe para el padre del santo. Con la ayuda de Claudio de Granier, obispo de Ginebra, pero sin consultar a ningún miembro de la familia, el canónigo explicó el asunto al Papa, quien debía hacer el nombramiento y, a vuelta de correo, llegó la respuesta del Sumo Pontífice que daba a Francisco el puesto. Este quedó muy sorprendido ante la dignidad con que le distinguía el Papa, pero se resignó a aceptar ese honor que no había buscado, con la esperanza de que su padre accedería así más fácilmente a su ordenación.

Pero el Señor de Boisy era un hombre muy decidido y pensaba que sus hijos le debían una obediencia absoluta. Francisco tuvo que recurrir a toda su respetuosa paciencia y su poder de persuasión para convencerle de que debía ceder.

Por fin vistió la sotana el día mismo en que obtuvo el consentimiento de su padre, y fue ordenado sacerdote 6 meses después, el 18 de diciembre de 1593. A partir de ese momento, se entregó al cumplimiento de sus nuevos deberes con un celo que nunca decayó. Ejercitaba los ministerios sacerdotales entre los pobres, con especial cariño; sus penitentes predilectos eran los de cuna humilde.

Su predicación no se limitó a Annecy únicamente, sino a otras muchas ciudades. Hablaba con palabras sencillas, que los oyentes le escuchaban encantados, pues no había en sus sermones todo ese ornato de citas griegas y latinas tan común en aquellos tiempos, a pesar de que Francisco era doctor. Pero Dios tenía destinado al santo emprender, en breve, un trabajo mucho más difícil.

A la conquista de los Calvinistas; La Misión de Chablais.

Las condiciones religiosas de los habitantes del Chablais, en la costa sur del lago de Ginebra, eran deplorables debido a los constantes ataques de los ejércitos protestantes, y el duque de Saboya rogó al Obispo Claudio de Granier que mandase algunos misioneros a evangelizar de nuevo la región. El Obispo envió a un sacerdote de Thonon, capital del Chablais; pero sus intentos fracasaron. El enviado tuvo que retirarse muy pronto. Entonces el Obispo presentó el asunto a la consideración de su capítulo, sin ocultar sus dificultades y peligros. De todos los presentes, Francisco fue quien mejor comprendió la gravedad del problema, y se ofreció a desempeñar ese duro trabajo, diciendo sencillamente: "Señor, si creéis que yo pueda ser útil en esa misión, dadme la orden de ir, que yo estoy pronto a obedecer y me consideraré dichoso de haber sido elegido para ella". El Obispo aceptó al punto, con gran alegría para Francisco.

Pero el Señor de Boisy veía las cosas de distinta manera y se dirigió a Annecy para impedir lo que él llamaba "una especie de locura". Según él, la misión equivalía a enviar a su hijo a la muerte. Arrodillándose, a los pies del Obispo le dijo: "Señor, yo permití que mi primogénito, la esperanza de mi casa, de mi avanzada edad y de mi vida, se consagrara al servicio de la Iglesia; pero yo quiero que sea un confesor y no un mártir". Cuando el Obispo, impresionado por el dolor y las súplicas de su amigo, se disponía a ceder, el mismo Francisco le rogó que se mantuviese firme: "¿Vais a hacerme indigno del Reino de los Cielos? -preguntó- Yo he puesto la mano en el arado, no me hagáis volver atrás".

El Obispo empleó todos los argumentos posibles para disuadir al Sr. de Boisy, pero éste se despidió con las siguientes palabras: "No quiero oponerme a la voluntad de Dios, pero tampoco quiero ser el asesino de mi hijo permitiendo su participación en esta empresa descabellada. ...yo jamás autorizaré esta misión".

Francisco tuvo que emprender el viaje, sin la bendición de su padre, el 14 de Septiembre de 1594, día de La Santa Cruz. Partió a pie, acompañado solamente por su primo, el canónigo Luis de Sales, a la reconquista del Chablais.

El gobernador de la provincia se había hecho fuerte con un piquete de soldados en el castillo de Allinges, donde los dos misioneros se las ingeniaron para pasar las noches a fin de evitar sorpresas desagradables. En Thonon quedaban apenas unos 20 católicos, a quienes el miedo impedía profesar abiertamente sus creencias. Francisco entró en contacto con ellos y los exhortó a perseverar valientemente. Los misioneros predicaban todos los días en Thonon, y poco a poco, fueron extendiendo sus fuerzas a las regiones circundantes.

El camino al castillo de Allinges, que estaban obligados a recorrer, ofrecía muchas dificultades y, particularmente en invierno, resultaba peligroso. Una noche, Francisco fue atacado por los lobos y tuvo que trepar a un árbol y permanecer ahí en vela para escapar con vida. A la mañana siguiente, unos campesinos le encontraron en tan lastimoso estado que, de no haberle transportado a su casa para darle de comer y hacerle entrar en calor, el santo habría muerto seguramente. Los buenos campesinos eran calvinistas. Francisco les dio las gracias en términos tan llenos de caridad, que se hizo amigo de ellos y muy pronto los convirtió al catolicismo.

En el 1595, un grupo de asesinos se puso al asecho de Francisco en dos ocasiones, pero el cielo preservó la vida del santo en forma milagrosa.

El tiempo pasaba y el fruto del trabajo de los misioneros era muy escaso. Por otra parte, el Sr. de Boisy enviaba constantemente cartas a su hijo, rogándole y ordenándole que abandonase aquella misión desesperada. Francisco respondía siempre que si su Obispo no le daba una orden formal de volver, no abandonaría su puesto. El santo escribía a un amigo de Envían en estos términos: "Estamos apenas en los comienzos. Estoy decidido a seguir adelante con valor, y mi esperanza contra toda esperanza está puesta en Dios".

San Francisco hacía todos los intentos para tocar los corazones y las mentes del pueblo. Con ese objeto, empezó a escribir una serie de panfletos en los que exponía la doctrina de la Iglesia y refutaba la de los calvinistas. Aquellos escritos, redactados en plena batalla, que el santo hacía copiar a mano por los fieles, para distribuirlos, formarían más tarde el volumen de las "controversias". Los originales se conservan todavía en el convento de la Visitación de Annecy. Aquí empezó la carrera de escritor de San Francisco de Sales, que a este trabajo añadía el cuidado espiritual de los soldados de la guarnición del castillo de Allinges, que eran católicos de nombre y formaban una tropa ignorante y disoluta.

En el verano de 1595, cuando San Francisco se dirigía al monte Voiron a restaurar un oratorio a Nuestra Señora, destruido por los habitantes de Berna, una multitud se echó sobre él, después de insultarle, y le maltrató.

Poco a poco el auditorio de sus sermones en Thonon fue más numeroso, al tiempo que los panfletos hacían efecto en el pueblo. Por otra parte, aquellas gentes sencillas admiraban la paciencia del santo en las dificultades y persecuciones, y le otorgaban sus simpatías. El número de conversiones empezó a aumentar y llegó a formarse una corriente continua de apostatas que volvían a reconciliarse con la Iglesia.

Cuando el Obispo Granier fue a visitar la misión, 3 o 4 años más tarde, los frutos de la abnegación y celo de San Francisco de Sales eran visibles. Muchos católicos salieron a recibir al Obispo, quien pudo administrar una buena cantidad de confirmaciones, y aún presidir la adoración de las 40 horas, lo que había sido inconcebible unos años antes, en Thonon. San Francisco había restablecido la fe Católica en la provincia y merecía, en justicia, el título de "Apóstol del Chablais".

Mario Besson, un posterior obispo de Ginebra ha resumido la obra apostólica de su predecesor en una frase del mismo San Francisco de Sales a Santa Juana de Chantal: "Yo he repetido con frecuencia que la mejor manera de predicar contra los herejes es el amor, aun sin decir una sola palabra de refutación contra sus doctrinas". El mismo Obispo Mons. Besson, cita al Cardenal Du Perron: "Estoy convencido de que, con la ayuda divina, la ciencia que Dios me ha dado es suficiente para demostrar que los herejes están en el error; pero si lo que queréis es convertirles, llevadles al Obispo de Ginebra, porque Dios le ha dado la gracia de convertir a cuantos se le acercan".

San Francisco de Sales, Obispo:

Monseñor de Granier, quien siempre había visto en Francisco un posible coadjutor y sucesor, pensó que había llegado el momento de poner en obra sus proyectos. El santo se negó a aceptar, al principio, pero finalmente se rindió a las súplicas de su Obispo, sometiéndose a lo que consideraba como una manifestación de la voluntad de Dios. Al poco tiempo, le atacó una grave enfermedad que lo puso entre la vida y la muerte. Al restablecerse fue a Roma, donde el Papa Clemente VIII, que había oído muchas alabanzas sobre la virtud y las cualidades del joven sacerdote decano, pidió que se sometiese a un examen en su presencia. El día señalado se reunieron muchos teólogos y sabios.

El mismo Sumo Pontífice, así como Baronio, Bernardino, el cardenal Federico Borromeo (primo del santo) y otros, interrogaron al santo sobre 35 puntos difíciles de teología. San Francisco respondió con sencillez y modestia, pero sin ocultar su ciencia. El Papa confirmó su nombramiento de coadjutor de Ginebra, y Francisco volvió a su diócesis, a trabajar con mayor ahínco y energía que nunca.

En 1602 fue a París donde le invitaron a predicar en la capilla real, que pronto resultó pequeña para la tal multitud que acudía a oír la palabra del santo, tan sencilla, tan conmovedora y tan valiente. Enrique IV concibió una gran estima por el coadjutor de Ginebra y trató en vano de retenerle en Francia.

Años más tarde, cuando San Francisco de Sales fue de nuevo a París, el rey redobló sus instancias; pero el joven obispo se rehusó a cambiar su diócesis de la montaña, su "pobre esposa", como él la llamaba, por la importante diócesis -"la esposa rica"- que el rey le ofrecía. Enrique IV exclamó: "El Obispo de Ginebra tiene todas las virtudes, sin un solo defecto".

A la muerte de Claudio de Granier, acaecida en el otoño de 1602, Francisco le sucedió en el gobierno de la diócesis. Fijó su residencia en Annecy, donde organizó su casa con la más estricta economía, y se consagró a sus deberes pastorales con enorme generosidad y devoción. Además del trabajo administrativo, que llevaba hasta en los menores detalles del gobierno de su diócesis, el santo encontraba todavía tiempo para predicar y confesar con infatigable celo. Organizó la enseñanza del catecismo; él mismo se encargaba de la instrucción de Annecy, y lo hacía en forma tan interesante y fervorosa, que las gentes del lugar recordaban todavía, muchos años después de su muerte, "el catecismo del obispo".

La generosidad y caridad, la humildad y clemencia del santo eran inagotable. En su trato con las almas fue siempre bondadoso, sin caer en la debilidad; pero sabía emplear la firmeza cuando no bastaba la bondad.

En su maravilloso "Tratado del Amor de Dios" escribió: "La medida del amor es amar sin medida". Supo vivir lo que predicaba.

Con su abundante correspondencia alentó y guió a innumerables personas que necesitaban de su ayuda. Entre los que dirigía espiritualmente, Santa Juana de Chantal ocupa un lugar especial. San Francisco la conoció en 1604, cuando predicaba un sermón de cuaresma en Dijón. La fundación de la Congregación de la Visitación, en 1610, fue el resultado del encuentro de los dos santos.

El libro "Introducción a la Vida Devota" nació de las notas que el santo conservaba de las instrucciones y consejos enviados a su prima política, la Sra. de Chamoisy, que se había confiado a su dirección. San Francisco se decidió, en 1608, a publicar dichas notas, con algunas adiciones. El libro fue recibido como una de las obras maestras de la ascética, y pronto se tradujo en muchos idiomas.

En 1610, Francisco de Sales tuvo la pena de perder a su madre (su padre había muerto años antes). El santo escribió más tarde a Santa Juana de Chantal: "Mi corazón estaba desgarrado y lloré por mi buena madre como nunca había llorado desde que soy sacerdote". San Francisco habría de sobrevivir por nueve años a su madre, nueve años de inagotable trabajo.

Últimos meses y muerte del Santo:

En 1622, el duque de Saboya, que iba a ver a Luis XIII en Aviñón, invitó al santo a reunirse con el en aquella ciudad. Movido por el deseo de abogar por la parte francesa de su diócesis, el obispo aceptó al punto la invitación, aunque arriesgaba su débil salud un viaje tan largo, en pleno invierno.

Parece que el santo presentía que su fin se acercaba. Antes de partir de Annecy puso en orden todos sus asuntos y emprendió el viaje como si no tuviera esperanza de volver a ver a su grey. En Aviñón hizo todo lo posible por llevar su acostumbrada vida de austeridad; pero las multitudes se apiñaban para verle y todas las comunidades religiosas querían que el santo obispo les predicara.

En el viaje de regreso, San Francisco se detuvo en Lyon, hospedándose en la casita del jardinero del convento de la Visitación. Aunque estaba muy fatigado, pasó un mes entero atendiendo a las religiosas. Una de ellas le rogó que le dijese qué virtud debía practicar especialmente; el santo escribió en una hoja de papel, con grandes letras: "Humildad".

Durante el Adviento y la Navidad, bajo los rigores de un crudo invierno, prosiguió su viaje, predicando y administrando los sacramentos a todo el que se lo pidiera. El día de San Juan le sobrevino una parálisis; pero recuperó la palabra y el pleno conocimiento. Con admirable paciencia, soportó las penosas curaciones que se le administraron con la intención de prolongarle la vida, pero que no hicieron más que acortársela.

En su lecho repetía: "Puse toda mi esperanza en el Señor, y me oyó y escuchó mis súplicas y me sacó del foso de la miseria y del pantano de la iniquidad".

En el último momento, apretando la mano de uno de los que le asistían solícitamente murmuró: "Empieza a anochecer y el día se va alejando".

Su última palabra fue el nombre de "Jesús". Y mientras los circundantes recitaban de rodillas las Letanías de los agonizantes, San Francisco de Sales expiró dulcemente, a los 56 años de edad, el 28 de Diciembre de 1622, fiesta de los Santos Inocentes. Había sido obispo por 21 años.

Después de su muerte:

A la misma hora en que falleció San Francisco de Sales, en la ciudad de Grenoble estaba Santa Juana de Chantal orando por él, cuando oyó una voz que decía: " Ya no vive sobre la tierra", pero era poca inclinada a creer en favores extraordinarios, no creyó que fuese un aviso de la muerte del santo. Cuando le llegaron con la noticia, comprendió que aquella voz era cierta y durante todo el día y la noche no podía parar de llorar la muerte del Santo.

El día 29 de Diciembre la ciudad entera de Lyon fue desfilando por la humilde casita donde había muerto el querido santo. Y era tanto el deseo de la gente de besarle las manos y los pies, que los médicos no lograban llevarse el cadáver para hacerle la autopsia.

-La hiel: Dice monseñor Camus que al sacarle la hiel la encontraron convertida en 33 piedrecitas, señal de los esfuerzos tan heroicos que había tenido que hacer para vencer su temperamento tan inclinado a la cólera y al mal genio y llegar a ser el santo de la amabilidad.

-Reliquias: Todos en Lyon querían un recuerdo del santo: sus ropas fueron partidas en miles de pedacitos para darle a cada cual alguna reliquia.

-El corazón: dentro de un estuche de plata fue llevado el corazón del gran Obispo al convento de las Hermanas de la Visitación en Lyon, y guardado allí como un tesoro.

-Expuesto al público: Una vez embalsamado, el cuerpo de Monseñor Francisco de Sales fue vestido con sus ornamentos episcopales y trasladado en un ataúd para sus funerales en la iglesia de la Visitación. Estuvo expuesto para veneración de los fieles por dos días.

Cuando la noticia llegó a Annecy, tomó a todos por sorpresa y después de un silencio general, todos lloraban a su querido obispo.

Inmediatamente que llegó su cadáver a Annecy y fue sepultado, empezaron a ocurrir milagros por la intercesión del santo, lo que llevó a La Santa Sede a abrir su causa de Beatificación en 1626.

¿Que sucedió el día que abrieron su tumba?: 

En 1632 se hizo la exhumación del cadáver de Francisco de Sales para saber cómo estaba. Abrieron su tumba los comisionados de la Santa Sede acompañados de las monjas de la Visitación. Cuando levantaron la lápida, apareció el santo igual que cuando vivía. Su hermoso rostro conservaba la expresión de un apacible sueño. Le tomaron la mano y el brazo estaba elástico (llevaba 10 años de enterrado). Del ataúd salía una extraordinaria y agradable fragancia.

Toda la ciudad desfiló ante su santo Obispo que apenas parecía dormido. Por la noche cuando todos los demás se hubieron ido, la Madre de Chantal volvió con sus religiosas a contemplar más de cerca y con más tranquilidad y detenimiento el cadáver de su venerado fundador. Más a causa de la prohibición de las autoridades no se atrevió a tocarle ni a besar sus hermosas manos pálidas.

Pero al día siguiente los enviados de la Santa Sede le dijeron que la prohibición para tocarlo no era para ella, y entonces se arrodilló junto al ataúd, se inclinó hacia el santo, le tomó la mano y se la puso sobre la cabeza como para pedirle una bendición. Todas las hermanas vieron como aquella mano parecía recobrar vida y moviendo los dedos, suavemente oprimió y acarició la humilde cabeza inclinada de su discípula preferida y santa.

Todavía hoy, en Annecy, las hermanas de la Visitación conservan el velo que aquel día llevaba en la cabeza la Madre Juana Francisca.

San Francisco fue beatificado por el Papa Alejandro VII en el 1661, y el mismo Papa lo canonizó en el 1665, a los 43 años de su muerte.

En el 1878 el Papa Pío IX, considerando que los tres libros famosos del santo: "Las controversias"(contra los protestantes); La Introducción a la Vida Devota" (o Filotea) y El Tratado del Amor de Dios (o Teótimo), tanto como la colección de sus sermones, son verdaderos tesoros de sabiduría, declaró a San Francisco de Sales "Doctor de la Iglesia" , siendo llamado "El Doctor de la amabilidad".

Oración

Glorioso San Francisco de Sales,
vuestro nombre porta la dulzura del corazón mas afligido;
vuestras obras destilan la selecta miel de la piedad;
vuestra vida fue un continuo holocausto de amor perfecto
lleno del verdadero gusto por las cosas espirituales,
y del generoso abandono en la amorosa divina voluntad.
Enséñame la humildad interior,
la dulzura de nuestro exterior,
y la imitación de todas las virtudes que has sabido copiar
de los Corazones de Jesús y de María. Amén


A Francisco de Sales se le considera también patrón de los sordomundos

¡Felicidades a quienes leven este nombre y a los periodistas!