HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

viernes, 25 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 55: Hacia la corte de Miyalo-Kyoto

Finaliza octubre de 1550 cuando Francisco y sus dos compañeros parten de Hirado.
En otra época del año este viaje se hubiera hecho en barco hasta el puerto de Sakai, el más cercano a la ciudad de Miyaco, pero los vientos no son muy propicios para esa navegación en estos meses de otoño, así que sólo una primera etapa del viaje hasta Hakata se hace por mar; a partir de ahí el recorrido se hace todo él a pie, excepto la corta travesía entre Kurosaki y Shimoneseki que, naturalmente, es preciso realizar en barca.

Todo esto se ha previsto desde el mismo momento de la partida, y se ha previsto algo más: Francisco ha sido informado de que en el camino hacia Miyaco deberán cruzar las tierras de un importante daimyo, así que decide:
-Nos detendremos en Yamaguchi la ciudad del daimyo Ouchi Yoshitaka. Predicaremos allí la ley de Dios Nuestro Señor. Si el daimyo es tan poderoso como nos han informado y se convierte, quizá logremos hacer muchos cristianos entre sus súbditos.
Los viajeros son animosos, pero el viaje está resultando terriblemente duro. Marchan los tres por parajes completamente desconocidos; Bernardo y Juan Fernández, que ya habla el japonés con una cierta soltura, han de preguntar continuamente para asegurarse de que marchan en la debida dirección; así y todo andan perdidos en muchas ocasiones y han de deshacer el camino con bastante frecuencia. Los vestidos pobres de los dos extranjeros no incitan a las gentes a preocuparse por ellos o a prestarles ayuda. En las posadas donde se albergan para pasar las noches no son precisamente bien recibidos y, a pesar de que pueden pagar el hospedaje, les dan para cenar las más míseras raciones y se les reserva para dormir el último rincón disponible, que muchas veces es poco más que una cuadra. Los tres deben acomodarse allí para pasar la noche con la propia vieja manta como todo cobertor.

Los europeos están aprendiendo a su costa que muchos japoneses les consideran bárbaros extranjeros venidos del sur y no ocultan en ningún momento el desprecio que sienten por ellos.
A todas estas adveras y penosas circunstancias viene a añadirse que está ya muy avanzado el otoño y que el tiempo se presenta especialmente frío en estas regiones, a más de que ellos, que vienen de latitudes mucho más calidas, no van vestidos, ni mucho menos, de manera adecuada para soportar tan bajas temperaturas.
En las forzadas horas de vela de muchas de estas noches en que el frío y la incomodidad ahuyentan el sueño, Francisco repite a media voz para sí mismo, y también para sus dos compañeros, la reflexión que ya escribió desde Kagoshima a sus amigos de Goa:

-Hízonos Dios muy grandes y señaladas mercedes al traernos a estas partes. No tenemos en qué poder confiar ni esperar sino en Dios, acá no tenemos parientes ni amigos ni conocidos; por esta causa nos es forzado poner toda nuestra fe, esperanza y confianza en Cristo Nuestro Señor y no en criatura viva. En otras partes, donde nuestro Creador, Redentor y Señor es conocido, las criaturas suelen ser causa e impedimento para descuidar de Dios: amor de padre, madre, parientes, amigos y conocidos, y amor de la propia patria y tener lo necesario así en salud como en las dolencias, teniendo bienes temporales o amigos espirituales que suplen en las necesidades corporales.

“Acá en tierras extrañas donde Dios no es conocido, hácenos el tanta merced que las criaturas nos fuerzan y ayudan a no descuidar de poner toda nuestra fe, esperanza y confianza en Él.
“Pensábamos nosotros hacerle algún servicio en venir a estar partes a acrecentar su santa fe y ahora, por su bondad, dionos claramente a conocer y sentir la merced que nos tiene hecha, tan inmensa, en traernos a Japón, librándonos del amor de muchas criaturas que nos impedirían tener mayor fe, esperanza y confianza en Él.”
A principios de noviembre han llegado a Yamaguchi. Los dominios del daimyo Yoshitaka parecen ser realmente tan espléndidos como les habían anunciado. Se decía que la ciudad era de las más nobles y grandes del Japón; los recién llegados reconocen que ciertamente es muy hermosa y grande: cuenta con más de diez mil casas y muchos palacios. En el centro de la ciudad, encerrada en un enorme rectángulo de jardines, se alza la mansión del daimyo. 

Después de mucho buscar en vano, Francisco y sus dos compañeros han encontrado, por fin, alojamiento en casa de un hombre llamado Uchida.
Y tan pronto como han estado instalados comienzan su trabajo. Salen a las calles dos veces al día, mañana y tarde. Buscan un lugar frecuentado y el hermano Juan Fernández lee en voz alta un pasaje del libro que el padre compuso en Kagoshima y que Anjiró tradujo al japonés. Después de la lectura se hace un comentario sobre lo leído. Juan Fernández se esfuerza por traducir al japonés todo lo más fielmente que le es posible las palabras de Francisco.

Se reúne bastante gente para oír estas predicaciones callejeras y las reacciones de los oyentes son variadas. Los dos predicadores tienen ya experiencia de este tipo de aventuras, así que están preparados para la indiferencia, las burlas, las risas, los insultos... y hasta para algo más.
Un día en que, como de costumbre, el hermano Fernández lee pausadamente en voz alta en una calle concurrida, un hombre de aspecto arrogante se ha abierto paso con brusquedad por entre el grupo de oyentes, se ha llegado hasta el lector y le ha escupido en la cara.
Francisco ha dado un paso para interponerse entre el hermano y su agresor porque teme que repita su gesto o que quizá se atreva a algo más violento aún.

El grupito de oyentes se ha abierto separándose de los protagonistas de la escena, pero todos los ojos siguen atentamente lo que ocurre. Y lo que ocurre es que el hermano Juan Fernández ha sacado sosegadamente su pañuelo, se ha limpiado la cara y ha reanudado la lectura con toda tranquilidad. Del grupo de espectadores se ha levantado un murmullo de comentarios. El hombre de aspecto arrogante se ha vuelto para increpar ahora a los que se reagrupan en torno a los dos extranjeros y ha terminado por retirarse mascullando insultos y maldiciones.

Y todavía no se ha restablecido el silencio cuando otro hombre, esta vez alguien bien vestido y de ademanes refinados, se ha destacado del grupo para acercarse al lector y su acompañante.
Se ha presentado diciendo que su nombre es Naito Okimori y que es secretario del daimyo. Se ha disculpado ante los extranjeros por el descortés comportamiento de su compatriota y les ha invitado a comparecer ante su señor:
-Se habla mucho estos días por toda la ciudad de la nueva ley que enseñáis y le agradaría escucharos.
El día concertado para la audiencia, el padre Francisco y el hermano Juan se han presentado en el palacio de Yoshitaka. Naito, el secretario, los ha introducido en el salón donde les recibe el daimyo, acompañado únicamente por un anciano bonzo.
Contrastan grandemente las modestas sotanas de los dos europeos con las lujosas vestimentas de los japoneses.
Presentaciones, reverencias, frases formularias de cortesía... Y, al fin, he aquí a los dos extranjeros acomodados frente al daimyo. El hermano Fernández inicia la lectura: La Creación... Adán y Eva... Caín y Abel...
El lector está absolutamente concentrado en su trabajo, es preciso que su pronunciación sea lo más correcta posible. Francisco tiene plena confianza en el hermano Juan, está seguro de que lo que está haciendo lo está haciendo bien y le oye leer un texto que él se sabe casi de memoria. No necesita dedicar su atención a lo que se lee.
Observa, en cambio, lo que está ocurriendo a su alrededor.

El daimyo Yoshitaka parece seguir la lectura con mucho interés. El anciano bonzo, con las manos perdidas en las mangas y la mirada perdida en el aire, escucha indiferente e impasible.
Unos discretísimos murmullos y un leve crujir de sedas han hecho percatarse a Francisco de que, aunque en la espaciosa sala no están más que ellos cinco, fuera, en los pasillos y antesalas, otras muchas personas están atentas a la voz del hermano Fernández.
Y dura ya la lectura poco más de una hora. Se ha llegado a la destrucción de Sodoma a causa de los graves pecados que allí se cometían. En este momento, el rostro de Yoshitaka, que hasta ahora ha mostrado un gesto de amable complacencia, se ha endurecido ligeramente y un apenas imperceptible fruncimiento de repulsa ha hecho incorporarse inmediatamente al secretario. Naito Okimori conoce muy bien a su señor y sabe que hay algunos temas que no se pueden mencionar impunemente en su presencia.

Los extranjeros se han permitido la libertad de condenar ciertas prácticas y, a partir de este momento, ya no resulta agradable escucharles. Se les indica que deben retirarse.
Los visitantes han hecho las debidas reverencias de despedida y, conducidos por el secretario, han salido en silencio.
-¿Qué le ha pasado al daimyo? ¿Por qué habrá mandado detener la lectura de esa manera tan brusca? –plantea el hermano Fernández tan pronto como se ve fuera del palacio.
-No le ha gustado nada la mención que leías de los pecados de Sodoma y los castigos que por esos pecados merecen los hombres que los cometen. Él sabrá por qué esa narración le ha afectado tanto.
-¡Nos miraba con expresión tan severa! ¿Nos mandará matar?

-Si lo hace, tendremos que mostrar nuestro desprecio por la muerte. Eso hará que nos aprecien, que nos crean y que acepten nuestras enseñanzas.
Y ciertamente desprecio a la muerte ha demostrado el padre Francisco en múltiples ocasiones al enfrentarse valientemente a algunos nobles que se burlan de sus enseñanzas con orgulloso desdén.
-Vosotros, los que os tenéis por más poderosos y más sabios, sois los que menos provecho sacáis de las verdades que hemos venido a enseñaros –les ha reprochado.
Juan Fernández piensa cuando le ve desafiar así a personajes importantes: “Está buscando morir por nuestra santa fe”.
Seis semanas largas llegan en Yamaguchi. Sólo unas pocas personas han creido en las enseñanzas que predican y se han hecho cristianas, entre ellas Uchida, el hombre que les ha dado alojamiento todo este tiempo; con él se han bautizado varios miembros de su familia, pero como no parece que se puede hacer mucho más, visto el poco favor que cabe esperar del daimyo, Francisco se decide a continuar el viaje hacia Miyaco-Kyoto.
Han puesto grandes esperanzas en este viaje a la capital del Japón. Imagina que el rey será un monarca poderoso, al igual que lo son el rey de España, el de Francia, el de Portugal... Y cuando él, Francisco, logre ganar su confianza y alcance el permiso para predicar en todo este reino, entonces... Y si, con la ayuda de Dios, consiguiera que este poderoso rey del Japón se convirtiera y recomendara a sus súbditos que abrazasen la ley cristiana...

Se propone visitar también el prestigioso monasterio de Hieizan, que más que ningún otro parece merecer ser considerado como uno de los grandes centros de estudios. Se presentará a los bonzos que lo dirigen. Quizá encuentre allí monjes sabios y dialogantes, como el anciano Ninshitsu del monasterio de Fukushoji, en Kagoshima. Hablará con ellos, les expondrá la doctrina cristiana, escuchará sus explicaciones, comparará sus creencias con las propias, rebatirá sus razonamientos. Les mostrará en todo momento respeto y afecto porque desea su amistad; y cuando logre que ellos sean sus amigos, sus verdaderos amigos, entonces ¡podrá hacer tantas cosas magníficas en servicio de Dios Nuestro Señor!
Dos meses largos ha durado el viaje hasta Miyaco; parte se ha hecho a pie y parte en barco. Han tenido que atravesar zonas en las que se está guerreando en enfrentamientos de unos señores con otros y han corrido mil veces peligros de caer en manos de ladrones.
Para evitar este último riesgo se han añadido durante un largo trayecto a la escolta de un noble que viaja en litera, acompañado de sus servidores. Hace frío, mucho frío. Hay más de un palmo de nieve helada sobre el suelo. La comitiva marcha a buen paso, a veces casi corriendo. Francisco, Juan Fernández y Bernardo, cargados con sus exiguos hatillos, han de apretar el paso para no quedar rezagados y perder la protección que la compañía supone. El hermano Fernández observa que el padre Francisco sonríe en medio del jadeo que le produce el apresurado ritmo de la marcha y que en varios momentos ha jugueteado con la naranja que lleva en la mano. La ha lanzado al aire y ha vuelto a recogerla en plena marcha con la precisión del más consumado pelotari.
Y porque el padre ha sorprendido la mirada de admiración que esta habilidad ha despertado en el hermano le explica, sin dejar de caminar y sonreír:

-¡Es tan grande la bondad y la misericordia de Dios! ¡Pensar que nos ha elegido para llevar su doctrina a lugares tan alejados! ¡Nos ha elegido a nosotros para una tarea tan hermosa!
Le brillan los ojos de una manera... El hermano Fernández está por asegurar que los tiene llenos de lágrimas.
¿Le lloran los ojos de frío, de alegría, de emoción?
Y, al cabo, han llegado a Miyaco.
¿Es esa la capital del gran rey del Japón? La ciudad presenta un aspecto más bien pobre y desolado: edificios en ruinas, casas quemadas...
Por aquí también ha debido de pasar la guerra.
¿Estará aquí el poderoso rey que gobierna el Japón?
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 54: A los hermanos

Antes de partir de Hirado el padre Francisco se ha sentado a escribir una serie de cartas que se propone confiar al capitán Pereira: la nao que no trajo correo, irá, en cambio cargada de escritos para los hermanos.

A los compañeros que quedaron en Goa les escribe una carta larguísima llena de noticias, consejos e instrucciones, y entre otras muchísimas cosas les dice: Después de vista la disposición del fruto que en las almas puede hacerse..., no será mucho escribir a todas las principales universidades de la cristiandad para descargo de nuestras conciencias, cargando las suyas, pues con sus muchas virtudes y letras pueden curar tanto mal...

“A ellos escribiremos... del fruto que con su ayuda se puede hacer, para que los que no pudieren acá venir, favorezcan a los que se ofrecieren por gloria y salvación de las almas, a participar de mayores consolaciones y contentos espirituales de los que allá por ventura tienen; y si la disposición de estas partes fuera tan grande como nos va pareciendo, no dejaremos de dar parte a Su Santidad..., no olvidando de escribir a todos... los frailes que... viven con deseos de glorificar a Jesucristo en las almas que no lo conocen, y por muchos que vengan, sobra lugar en este grande reino para cumplir sus deseos, y en otro mayor que es el de la China, al que se puede ir, llevando salvoconducto del rey del Japón, el cual confiamos en Dios que será nuestro amigo...

“Vivimos con mucha esperanza de que si Dios Nuestro Señor nos diere diez años de vida..., veremos en estas partes grandes cosas por los que de allá vinieren y por los que Dios en estas partes moverá a que vengan en su verdadero conocimiento...
“...siendo a Dios Nuestros Señor manifiestas todas nuestras continuas maldades y grandes pecados, vivimos con un debido temor de que deje de hacernos mercedes y dar gracias para comenzar a servirle con perseverancia hasta el fin...”


Como se hace habitualmente en estas regiones, de cada una de las cartas que va escribiendo Francisco se están haciendo varias copias. Cada copia se enviará en navío distinto, así se espera que, al menos una de ellas, llegará a su destino. ¡Se pierden tantos barcos en las tempestades y a manos de piratas! Mientras el padre escribe en un lugar de la casa, en otro rincón apartado trabajan en las copias Cosme de Torres y el hermano Fernández. Se turnan en la labor, unas veces escribe uno y dicta el otro y luego cambian su tarea.
Le ha tocado al hermano escribir el párrafo anterior. Al llegar a las frases que mencionan las “continuas maldades y los grandes pecados”, ha interrumpido la escritura para dejar la pluma en el aire y mirar al padre Torres con aire perplejo:

-¡Continuas maldades y grandes pecados! ¿Creéis que el padre Francisco piensa de si mismo que comete maldades y pecados? ¡Si todos le tenemos por un santo!
-Tengo entendido que cuanto más perfecto es un ser humano y más cerca vive de Dios, más claramente descubre sus propias debilidades e imperfecciones. Sí, creo que el padre Francisco se tiene a sí mismo por un gran pecador y eso justamente es lo que nos autoriza a creer con más certeza en su santidad.
Y siguen el padre Torres y el hermano Juan trabajando en las copias.

Termina esta carta con unos párrafos que retratan precisamente los entrañables sentimientos que guarda en su corazón para sus hermanos de la Compañía.
“Así acabo sin poder acabar de escribir el gran amor que os tengo a todos en general y en particular; y si los corazones de los que en Cristo se aman se pudiesen ver en esta presente vida, creed hermanos míos carísimos que en el mío os veríais claramente... Ruegos mucho que entre vosotros haya un verdadero amor, no dejando nacer amarguras de ánimo. Convertid parte de vuestros fervores en amaros los unos a los otros, y parte de los deseos de padecer por Cristo en padecer por su amor, venciendo en vosotros todas las repugnancias que no dejan crecer ese amor, pues sabéis que dijo Cristo que en esto conoce a los suyos, si se amaren los unos a los otros...
“Vuestro todo en Cristo
Francisco”


Y escribe a micer Paulo que bajo el rectorado de Antonio Gomes sigue trabajando en el colegio de San Pablo.
“...Si tanta memoria tenéis de mí, cuanta yo tengo siempre de vos, continuamente nos veremos en espíritu, no sintiendo casi nada la ausencia corporal... Trabajad mucho en enseñar y doctrinar en ese colegio a mozos chinos y japoneses sobre todos, mirando mucho por ellos...; que sepan leer y escribir y hablar portugués, para que sean intérpretes de los padres, que, placiendo a Dios Nuestro Señor, antes de muchos años vengan a Japón y a la China; porque en parte ninguna de las que están descubiertas me parece que se puede hacer tanto fruto como en éstas, ni perpetuarse la Compañía, si no fuere en la China o en Japón...Las cartas que vinieren de Portugal y de Roma para mí, mandadlas a Malaca a Francisco Pérez...”
¡Siempre el ansia de cartas, de noticias!
“Si algún predicador hubiere en casa que puede ir a Ormuz, mandadlo en lugar de maestro Gaspar;... y, si no hubiere predicador, hasta que venga alguno, mandaréis algún padre que con su humildad y virtud fructifique en las almas, en confesar y dar Ejercicios de la primera semana, enseñar a los niños y otras muchas cosas que puede hacer un hombre espiritual: porque los buenos, entre los malos, con su vida y obras siempre predican más que los que predican en los púlpitos, pues más es obrar que hablar.

“Si allá fuesen dos bonzos, que este año van a Malaca, trabajad mucho con ellos... mostrándoles mucho amor, como yo hacía a Pablo-Anjiró cuando estaba allí, porque es gente que por sólo amor se quiere llevar; y no entréis con ningunos rigores con ellos...”

No está seguro de que los dos bonzos que han hablado de hacer una visita a los territorios dominados por portugueses para comprobar las historias que ha contado Anjiró vayan en realidad a emprender la travesía; les ha oído decir en varias ocasiones que el viaje por mar les atemoriza bastante, pero para el caso de que lleguen hasta Goa, quiere que micer Paulo conozca su deseo de que les reciba amistosamente y cuide de ellos, sin exigirles nada ni entrar en discusiones con ellos.
Y, por último, una recomendación de orden práctico: “Los padres que vinieren vengan bien provistos de vestidos de paño y calzado, porque aquí morimos de frío.
“Vuestro en Cristo carísimo hermano
Francisco”


Hay también una carta para Antonio Gomes, el hijo por el que ha venido grandemente preocupado. Inmediatamente después del habitual saludo inicial, entra en el tema que le parece de máxima importancia: “...continuamente te tengo delante de mis ojos, deseándote por ventura más bien espiritual del que tú mismo te deseas. Encomiéndote mucho, sobre todos los hermanos que están en la India, que tengas especialmente cuidado de ti mismo, y que no te descuides en cosa que tanto importa; porque si de esta te olvidas, no espero encomendarte cosa ninguna, y si de esto fuera cierto que tienes continua memoria, mucho espero de ti...”
Le está recordando, esta vez por escrito, lo que ya le repitió tantas veces de palabra antes de salir de Goa: que cuide su vida espiritual, que sea fiel en la oración, que practique la humildad, que sea comprensivo y caritativo con sus hermanos y subordinados.

La carta es larga y está llena de noticias e instrucciones acerca del bien dirigir la parcela que Antonio Gomes debe gobernar en nombre de la Compañía.
Y termina la carta con una fórmula que muestra todo el cariño e interés que siente por este hijo tan problemático:
“Nuestro Señor te de tanto bien espiritual y gloria en el otro mundo cuanto para mí deseo.
Francisco”

¿Y ha terminado ya esta carta? No; el amor y la inquietud que siente por Antonio le fuerzan a tomar de nuevo la pluma para, incluso después de la firma, añadir todavía unos párrafos: “Por amor de Nuestro Señor te ruego que te hagas amar mucho de todos los hermanos de la Compañía, así de los que están en casa, como de los que están fuera, por cartas.

“También enseñarás oraciones en alguna iglesia..., predicando los domingos y las fiestas, después de comer, a los esclavos y cristianos los artículos de la fe en la lengua que ellos hablan para que te entiendan, como yo lo hacía cuando allá estaba, y esto para que des ejemplo a los otros.
“Ruégote mucho que particularmente me escribas cosas interiores tuyas, pues sabes cuanto me gustaría, sacándome de un cuidado grande en que vivo... Me gustaría saber que todos los hermanos de la Compañía te aman mucho, así los que están en casa como los de fuera; porque no estaré satisfecho en saber que tú los amas, sino en saber que de ellos eres amado.
Francisco”


Ahora sí, ahora da por terminada esta carta tan entrañable a este hijo tan difícil. ¿Surtirán efecto los ruegos y recomendaciones dados con tanto interés y cariño?
Francisco está viviendo su propia intensa aventura tanto en el plano físico como en el espiritual, pero sus experiencias personales no le hacen olvidar en ningún momento a los hermanos diseminados por las tierras de la India e Indonesia; a todos les llega su amor y con todos comparte sus conocimientos; les sugiere que actúen “como yo lo hacía cuando allá estaba”. No pretende ponerse de ejemplo, sino enseñarles un modo de hacer que a él le daba resultado y que cree que puede ser útil a los otros.

Ha llegado el momento de emprender el viaje hacia Miyaco.
Los viajeros se llevarán sólo lo imprescindible: Bernardo ha cargado con un saquito que contiene arroz tostado que les servirá de alimento en las jornadas en que no logren nada mejor; el hermano Fernández porta unas alforjas en las que guarda una sobrepelliz, tres ó cuatro camisas y una vieja manta de lana; y el padre Francisco lleva consigo su breviario, su libro de lectura espiritual y sus escritos en japonés. Ninguno de los trece cree necesitar más para este viaje de exploración. Cuando hayan realizado el recorrido previsto y tengan experiencia de cuáles son realmente las condiciones de la ruta y los peligros a los que debe enfrentarse, decidirán lo que sea más conveniente en orden al futuro viaje de todo el grupo hasta la ciudad donde reside el rey del Japón para ofrecerle los regalos que le han traído.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 53: Hirado

Y ahora que tenemos que abandonar Kagoshima, ¿a dónde iremos? –ha preguntado el hermano Juan Fernández.
-¿A dónde? ¡A Hirado, naturalmente! –ha contestado Francisco.

Y hay un tono de tan amistosa seguridad en su voz, que sus compañeros le miran con una cierta sorpresa, y el completa su frase con esta explicación:
-¿No habéis oído que hay en Hirado una nave portuguesa? ¡Nos habrá traído cartas! Cartas de Malaca, de Goa, quizá de Portugal o hasta de Roma...
Y le rebrillan los ojos de alegría al hablar de la casi seguridad de recibir noticias de los amigos que ha ido dejando a lo largo del extensísimo recorrido de Italia al Japón.

A finales de agosto de 1550, poco más de un año después de su llegada a este puerto, abandonan Kagoshima.
Viajan en dirección a Hirado en la embarcación que les ha proporcionado el daimyo Takahisa y en la que se han acomodado de la mejor manera posible Francisco, Cosme de Torres, Juan Fernández, sus intérpretes japoneses Joane y Antonio, Bernardo, que no se quiere separar de su querido maestro, el chino Manuel y Amador, el criado malabar. Llevan con ellos sus equipajes y los regalos que han traído de Goa y Malaca destinados al rey del Japón.

Dos semanas de navegación bordeando la costa han tardado en llegar a Hirado. Se tiene que fondear y saltar a tierra cada noche, la barca es pequeña y no se puede hacer fuego en ella.
Tan pronto como desde el navío portugués se ha identificado a los tripulantes de la pequeña embarcación que se acerca, se ha producido a bordo una extraordinaria actividad: Voces lanzando órdenes, hombres trepando a los palos para desplegar banderas y gallardetes, artilleros apresurándose a sus puestos para lanzar salvas de saludo y marineros agolpándose en la borda para echar las escalas que permitirán a los misioneros subir a bordo.
Los recién llegados se asombran bastante ante este recibimiento tan espectacular, pero tan pronto como Francisco pone pie sobre la cubierta de la nao su asombro se trueca en gozosa sorpresa; el capitán de esta nave es un viejo conocido suyo:

-¡Mi buen amigo Pereira, qué espléndido regalo del cielo encontraros aquí!
-Para nosotros sí que es una bendición que hayáis llegado. No llevamos capellán a bordo y andamos muy necesitados de los auxilios espirituales que podréis prestarnos.
-Cosme y yo estaremos a vuestra disposición para todo aquello que preciséis. ¡Qué pronto habéis descubierto que éramos nosotros los que llegábamos!
-No es nada extraño. Sabíamos de vuestra estancia en Kagoshima y contamos, además, con la excelente vista de nuestros vigías...

-¡Y este recibimiento...!
-Hemos querido acogeros con todos los honores, primero porque nos alegra enormemente veros, y luego para mostrar a los habitantes de esta tierra la alta estima en que los cristianos tenemos a nuestros sacerdotes.
El joven daimyo de Hirado, Matsuura Takanou, ha quedado realmente impresionado por el recibimiento que se ha hecho a los misioneros y se ha propuesto enviarles una invitación para que le visiten en el modesto edificio que le sirve de residencia, que está muy próximo al puerto.
Durante todos estos primeros momentos de saludos y comentarios, Francisco ha esperado de Pereira unos gestos y unas frases que no acaban de llegar. Y, por fin, no puede contener su impaciencia por más tiempo:
-¿Me daréis ya las cartas, amigo?

-¿Las cartas? ¿Qué cartas, padre Francisco?
-¿No habéis traído ninguna carta para mí, para nosotros? ¿Ningún mensaje?
-Nadie nos ha dado nada para vos.
Nada, no hay ni siquiera un billete, una nota.
Enorme decepción. Hace casi año y medio que Francisco y sus compañeros salieron de Goa. Quedó allí convenido que toda la correspondencia que llegase de Roma y Portugal se encontraría en Malaca, para que desde allí el padre Pérez hiciese copias y las enviase por medio de todos los navíos que allí recalaban en su ruta hacia los puertos japoneses.

Es grande la desilusión de Francisco ante esta falta de noticias. ¿Qué piensan Ignacio y los otros de su viaje al Japón? ¿Aprueban o desaprueban este intento suyo de llevar la evangelización a estas remotas tierras tan alejadas del imperio portugués de ultramar al que en principio había sido enviado como nuncio del Papa y delegado del rey Juan III? ¿Qué está ocurriendo en Europa? ¿Están sus hermanos de la Compañía tan entregados a sus trabajos que se van olvidando poco a poco del hermano que labora en el Lejano Oriente? ¿La enorme distancia física que los separa está haciendo que se les borre su recuerdo y que pierdan su interés por sus esfuerzos en estas tierras desconocidas en que se mueve?

¿Cómo marchan las cosas en Portugal? ¿Crece allí la Compañía? ¿Se forman en el colegio de Coimbra nuevas promociones de misioneros bien preparados que vengan a ocupar los puestos de misión en las comunidades de cristianos recién fundadas en estas apartadas tierras?
¿Cuál puede ser la razón del largo silencio epistolar de Simón Rodríguez, que sigue siendo, desde la lejana Lisboa, su superior inmediato? ¿Y por qué no le llegan cartas desde Goa, cuando a su salida dejó ordenado que se le informase puntualmente y con frecuencia de todo cuanto allí acaeciese en su ausencia? ¿Y por qué de la más cercana Malaca tampoco le llegan nuevas?

Estas y otras mil inquietantes preguntas se le plantean en unos segundos como relampagueantes trallazos dolorosos que culebrean por su mente. Durante unos cortos instantes guarda un reconcentrado silencio. Está sufriendo una vez más ese viejo dolor ya tan conocido, el de sentirse solo, aislado, alejado, quizá hasta incomprendido y casi olvidado por aquellos a los que tanto ama...; pero sabe reaccionar casi inmediatamente. Es fuerte, tiene que ser fuerte, por sí mismo y por los que con él forman esta avanzadilla de misioneros; y porque se cree elegido por Dios para la empresa de traer la fe en Jesucristo a estas tierras del Japón y porque quiere vivir plenamente su absoluta confianza en Dios, deshecha la turbamulta de inquietantes preguntas y con el dominio de si mismo que le han proporcionado tantos años de pruebas, trabajos, experiencias y sufrimientos, logra comentar con gesto sereno y frase sosegada:

-Habremos de aguardar. Seguramente el próximo barco portugués que llegue a alguno de estos puertos nos traerá...
Y sin más, pasa a aceptar de buen grado la comida que Pereira les ofrece en la nave y que tan sabrosa y nutritiva les resulta después de la parca alimentación a que han debido limitarse durante el viaje.
La sobremesa se alarga en una charla interminable en la que se intercambian noticias y comentarios.

-En nuestro viaje hasta aquí –cuenta Pereira- hemos tocado para comerciar en varios puertos de la China. Es un reino enorme y gobernado por un solo rey. Sus leyes son muy buenas; las gentes viven en paz y tienen abundancia de todo tipo de mantenimientos.
-Tenemos entendido –ha dicho Francisco- que llegaron de China las leyes religiosas por las que se rige gran parte de los japoneses.
-Seguramente es así; y no resulta extraño. Los chinos con los que nosotros hemos tenido tratos nos han parecido muy inteligentes y aficionados al estudio. Y sabemos que de entre ellos los que más saben son más considerados.
-¿Está lejos esa tierra de la China?

-No, es una travesía corta desde aquí; en diez o doce días se puede navegar hasta aquellas costas.
-Quizá debiéramos llegar hasta allá y hablar con el rey de la China, de lo que podría seguirse un gran servicio de Dios, así en aquel reino como en el Japón; porque si los japoneses saben que en la China han aceptado la ley de Dios, seguramente se apresurarían también ellos a recibirla.
Sólo lleva un año en el Japón y ya está pensando en extender su campo de trabajo misional, pero mientras llega el momento en que pueda realizar este viaje apenas entrevisto, no olvida el proyecto que tiene entre manos: visitar al rey del Japón.

-No sé si podréis llegar hasta Miyaco-Kyoto, donde reside el soberano de estas islas –le ha dicho Pereira. Nunca nos hemos aventurado nosotros en el interior de este reino. Nos han llegado noticias de que los grandes señores andan siempre en continuas guerras unos con otros y que los caminos están infestados de bandas de ladrones que roban y matan sin misericordia. ¿No deberíais considerar...?

-Ningún temor nos detendrá. No hay peligros por grandes que sean que nos impidan hacer lo que nos hemos propuesto; y sería para nosotros un don que agradeceríamos muchísimo si Dios Nuestro Señor quisiera concedernos que en su servicio perdiésemos la vida.
Pereira y los oficiales de la nave, que han compartido la comida con los misioneros, contemplan en silencio bastante admirados a estos hombres que hablan con tanta naturalidad de arrostrar peligros seguros y de agradecer perder la vida en servicio de su Señor. También ellos son valientes y saben de riesgos y trabajos, pero lo que se proponen estos hombres por puro amor de Dios...
Al fin, Pereira se decide a romper la pausa que se ha producido después de las palabras de Francisco y lo hace en tono chancero para quebrar la emoción del momento:
-Pues la vida no sé si perderíais en el camino de aquí a Miyaco-Kyoto; de lo que sí estoy seguro es de que no llegaríais muy lejos con las ricas mercancías que habéis traído para el rey. Son un botín demasiado apetecible como para que los bandidos os dejen circular con él libremente...

Se ha deliberado durante horas, se han oído opiniones y consejos de unos y de otros; al final Francisco ha tomado una decisión: se irá él con Juan Fernández y con Bernardo. En Hirado se quedarán Cosme de Torres y los otros y con ellos todos los ricos presentes traídos desde Goa y Malaca.
Aprovecharán la buena acogida que les ha ofrecido el daimyo para instalarse en una casa y, desde ella, iniciar una labor evangelizadora. Los dos japoneses, Antonio y Joane, serán los intérpretes del padre Torres.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 52: Amigos y enemigos

Armado con su “libro en japonés”, Francisco se lanza a esta experiencia que ya ha repetido tantas veces: predicar en una lengua que apenas conoce. Lo hizo en Monselice, cuando sólo tenía nociones de italiano, lo ha hecho en la Pesquería sin saber casi nada de tamil, y en todo su recorrido por Indonesia con un conocimiento escasísimo del malayo; ahora va a intentar hacerlo en japonés cuando sólo lleva unos meses viviendo entre estas gentes que hablan una lengua tan dificilísima para un occidental.

Día tras día va a sentarse en el peldaño más alto de la escalinata que conduce al monasterio de Fukushoji. Abre su libro y empieza a leer. Lo hace despacio y en voz alta. Muy pronto se reúne a su alrededor un grupo numeroso de oyentes. Su dicción imperfecta, la traducción de Pablo-Anjiró, bastante deficiente, y los gestos del extranjero, que resultan chocantes, provocan reacciones muy distintas en el auditorio. Muchos se ríen, otros se burlan y le tachan de loco, y los hay que desprecian lo que dice acusándole de charlatán que cuenta historias fantásticas... Sin embargo, Francisco prosigue y su empeño comienza a dar fruto. Algunos piensan que lo que está tratando de explicar es hermoso y que les gustaría saber más acerca de las cosas que enseña este sacerdote que ha venido desde tan lejos para explicarles su ley. Entre estos está el administrador del señor de Ichiku.

Y un día le llega a Francisco una invitación para visitar esta plaza fuerte situada a seis leguas de Kagoshima.
Ichiku es una de las fortalezas inexpugnables del país y sus fortificaciones se extienden sobre varias colinas. La entrada principal se halla protegida por un foso con agua.
Una larga jornada a pie les ha costado a Francisco y a Pablo-Anjiró llegar hasta Ichiku, donde ambos son recibidos por las mayores muestras de amabilidad y deferencia.

La doctrina sobre un Dios creador de todas las cosas, sobre la inmortalidad del alma, los misterios del Antiguo Testamento y la vida de Cristo que contiene el libro preparado por Francisco despiertan un gran interés. Y el ejemplo del administrador, que ya es un seguidor convencido de las enseñanzas escuchadas en Kagoshima arrastra a varios miembros de la familia. El administrador ha recibido en el bautismo el nombre de Miguel; y durante su permanencia en el castillo ha bautizado Francisco a la esposa del señor de Ichiku y a sus hijos, y a la esposa y una hija de nueve años del administrador; también a varios miembros de la servidumbre, en total unas quince personas.

El señor del castillo a acudido a las ceremonias y ha mostrado en todo momento respeto e interés por la nueva religión que profesa su gente, pero ha rechazado el bautismo.
-No, por respeto al daimyo no me haré cristiano. Sin su permiso no quiero dar un paso semejante. Podría sentirse ofendido, y entonces, ¿qué sería de todos nosotros?

Tampoco entre los bonzos, aunque por otras razones, ha conseguido Francisco ninguna conversión.
En las cercanías de Kagoshima hay varios monasterios y Francisco ha procurado entablar amistad con los monjes que habitan en ellos. En unos ha sido mejor recibido que en otros. En el importantísimo monasterio de Fukushoji, del que dependen otros muchos, se ha ganado la amistad del más anciano y sabio de los monjes, cuyo nombre es Ninshitsu. En sus conversaciones con él, siempre a través de Pablo-Anjiró como intérprete, le expone sus creencias.
-¿Un alma inmortal? ¿Una vida eterna después de la muerte? Me gustaría tener acerca de ello la certeza que vos tenéis, le dice el monje.

-Apoyaos en mi seguridad. Mi fe afirma que...
-Soy un anciano y he vivido toda mi vida meditando en estas creencias: solamente existe la “nada”, lo impersonal absoluto, sin forma, sin atributos, y el hombre es sólo una ola en el mar de ese absoluto, una ola que viene y desaparece sin dejar estela.
-¡Pero esa es una fe tremendamente triste! Yo vivo con la esperanza de alcanzar una alegría eterna.
-Si yo fuera más joven quizá me decidiría a meditar la fe que enseñáis.

-¿Pensáis que es mejor momento la juventud que la edad avanzada?
-Para emprender una nueva ruta, sí. No se tienen ataduras, el cuerpo está libre de enfermedades y achaques y se tiene la libertad de hacer lo que se desea sin impedimentos.
-¿Y no os parece que el mejor momento para un navegante es aquel en que hace las maniobras adecuadas para entrar en el puerto al que desea llegar?
El anciano monje ha sonreído con una amable sonrisa maliciosa y sabia que le ha llenado la cara de mil arrugas:
-Ya sé a dónde apunta vuestro símil marinero, pero yo, después de tantos años, todavía no tengo conocimiento de en qué puerto voy a desembarcar.
No con todos los bonzos las relaciones han sido tan amistosas como con los monjes del monasterio de Fukushoji.

Hay ciertos bonzos que viven en otros monasterios cercanos a Kagoshima cuya vida y costumbres ha censurado Francisco duramente. Monjes que, estando obligados por su regla a vivir austeramente, se entregan a toda clase de desórdenes, que aseguran a las gentes del pueblo que son capaces con sus oraciones, de sacar a los difuntos del infierno, siempre que los parientes vivos hagan copiosas limosnas al monasterio, y que cometen con los muchachos que les son entregados para su educación todo tipo de maldades.
Las predicaciones de Francisco denunciando sus mentiras y perversiones le han acarreado su animadvesión. Estos bonzos han acudido al daimyo Shimatsu Takahisa para advertirle que si permite que sus vasallos acepten la nueva religión está poniendo en riesgo sus territorios, ya que las gentes que siguen a los extranjeros están dejando de acudir a los templos y de creer y obedecer las leyes que sus santos han establecido desde antaño.

Y Shimatsu Takahisa les escucha. Ha esperado que la presencia de los padres extranjeros atrajese a sus puertos naves portuguesas con las valiosas mercancías que acostumbran a traer y que podrían haberle proporcionado abundantes ganancias. Y ninguna nave se ha aproximado en todo un año; en cambio, le ha llegado la noticia de que una nave portuguesa acaba de arribar a Hirado, el puerto de su rival del norte. No quiere enemistarse con los extranjeros, pero tampoco desea un enfrentamiento con los poderosos bonzos.
El daimyo ha hecho publicar la orden de que prohibe nuevas conversiones a la religión extranjera y ha invitado cortés, pero firmemente a Francisco y a sus compañeros a que abandonen Kagoshima.
Para subrayar su invitación y hacerla rápidamente efectiva, Shimatsu Takahisa ha puesto a disposición de los viajeros una embarcación pequeña, pero suficiente, para transportarlos a ellos y a sus equipajes.

En vista de que se le cierra toda posibilidad de seguir ampliando la pequeña cristiandad de Kagoshima, Francisco acepta la nave que se le ofrece. Deja a Pablo-Anjiró a la cabeza de la comunidad de este puerto y hace una última visita a la fortaleza de Ichiku, donde entrega a Miguel una copia de sus escritos en japonés, instrucciones para la administración del bautismo, un recipiente de porcelana con agua bendita y algunos rosarios y medallas. Le hace también el encargo de que reúna los domingos a los cristianos en alguna casa y les lea pasajes de la vida de Cristo y de que recen luego todos juntos las letanías y otras oraciones.

Después de haber pasado un año en Kagoshima e Ichiku, le cuesta un doloroso esfuerzo arrancarse de estas comunidades de recién convertidos y se derrama más de una lágrima en las despedidas. Esta es una situación que ha vivido ya tantas otras veces... Y aquí, como en todas las despedidas anteriores, no se aleja sin antes prometer:
-No estaréis solos mucho tiempo, vendrán hermanos míos de la Compañía del nombre de Jesús y se quedarán a vivir con vosotros para ayudaros a seguir el camino de la salvación. Vendrán otros, yo os lo prometo.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 51: Kagoshima

El día 15 de agosto, festividad de Nuestra Señora, han llegado al puerto de Kagoshima, la tierra natal de Pablo-Anjiró.
Hoy hace exactamente quince años de aquellos votos formulados en Montmartre que unieron a Francisco para siempre al proyecto de Ignacio y de los otros de buscar incansablemente en todo y siempre cumplir la voluntad de Dios de la manera más perfecta posible.

Ha recordado la fecha, naturalmente, y una punzada de nostalgia le ha levantado una oleada de emoción por allá dentro. Los amigos de aquellos días ¡están todos tan lejos! A Pedro Fabro, el amigo muerto, le siente, a veces muy próximo, pero... ¡si pudiera ahora ver las caras, escuchar las voces, los consejos, las frases amistosas de todos estos compañeros tan queridos!; pero sólo unos instantes ha podido dedicar a sus propias rememoraciones.

El ajetreo de la llegada ha captado inmediatamente toda su atención: la maniobra de entrada en el puerto, la bajada al muelle, la descarga de equipajes y mercancías, el arremolinarse de curiosos, los gritos de sorpresa y las exclamaciones de júbilo cuando Anjiró ha sido reconocido.
Al japonés le han recibido sus familiares y amigos con grandes muestras de alegría y admiración. Llega aureolado con el prestigio del aventurero que ha realizado un largo viaje, habitado en ciudades lejanas y aprendido una nueva lengua. Torna, además, acompañado por unos extranjeros que se dicen predicadores de una nueva religión y enviados de un poderoso rey, afirmación esta última que viene avalada por el abundante y rico equipaje que traen consigo.

La casa en la que los recién llegados se han albergado se ve invadida en todo momento por curiosos visitantes deseosos de conocer a los extranjeros. Los tres europeos tienen que someterse pacientemente al continuo examen de miradas escrutadoras que estudian con mas o menos discreción sus vestidos, su calzado, el color de su piel y la forma en que llevan dispuesto el pelo de sus cabezas y sus barbas.
Todo parece llamar poderosamente la atención de los visitantes, que formulan pregunta tras pregunta. Pablo-Anjiró y sus compañeros han de responder durante horas a las incesantes indagaciones de sus compatriotas. Y, mientras tanto, Francisco, Cosme de Torres y Juan Fernández han de permanecer callados como estatuas. Saben que se está hablando de ellos, y Pablo-Anjiró se extiende, en algunos momentos, en largas explicaciones, de las que no entienden una sola palabra. ¡Una vez más, la penosa barrera de la lengua!

-¿Qué dicen? ¿Qué preguntan? ¿Qué les está contando Pablo? –quiere saber Francisco.
Y el hermano Juan Fernández le contesta desolado:
-No lo se, no puedo seguirles, ¡hablan muy deprisa!
-¡Pero yo creía que habías aprendido algo de japonés durante el viaje!
-Eso creía yo también, padre Francisco, pero me doy cuenta de que no se nada; apenas reconozco una palabra aquí y otra allá. ¡No entiendo lo que hablan!
En estas primeras semanas, los tres españoles no pueden hacer otra cosa que dejarse observar, recibir las ceremoniosas reverencias de saludo que les dedican los que llegan, y a las que ellos tratan de corresponder imitando lo mejor que pueden el ágil y gracioso gesto, y sonreír, sonreír en todo momento como manifestación de amistad y buena voluntad...

También ellos tienen mucho que observar y descubrir; todo es nuevo, extraño, sorprendente a sus ojos: los kimonos floreados vestidos por hombres y mujeres, las casas de madera, de un solo piso y sin ventanas, las mamparas correderas de madera y papel translúcido, que separan unas habitaciones de otras, la costumbre de descalzarse al entrar en la vivienda para no manchar las impecables esteras de paja de arroz que cubren los suelos, las colchonetas rellenas de algodón en rama que se extienden por las noches y sobre las que se duerme cubierto con un edredón. Y las comidas, ¡ah, las comidas! La consigna de Francisco, que sus dos compañeros europeos tratan de seguir con la mayor fidelidad posible, es: “Comemos todo aquello que nos sea ofrecido, todo lo agradecemos y todo ha de gustarnos”. Esto último no siempre es fácil de conseguir, pero hacen lo que pueden... Comen de todo ¡y hasta lo comen con palillos!
Son tantas las cosas nuevas a aprender que los días les resultan cortos.

Pablo-Anjiró, por su parte, no pierde el tiempo. Se ocupa continuamente en transmitir las enseñanzas que ha recibido en Goa. Ha empezado por instruir a su propia familia y muy pronto, su madre, su mujer y su hija tienen preparación suficiente como para recibir el bautismo. Y a estas primeras conversiones siguen muy de cerca las de otros parientes, amigos y vecinos de la familia de Pablo-Anjiró. Pronto hay alrededor de la casa en que habitan los misioneros una pequeña comunidad de cristianos que, día a día, se va extendiendo por el barrio.
Entre los primeros que se han hecho cristianos hay un joven pobre de la clase de los guerreros, un samurai, que en el bautismo ha recibido el nombre de Bernardo. Ha tomado tal afecto a Francisco que no se separa ni un momento de su lado; aprende todo lo que el padre enseña y le sirve en todo aquello que puede hacer por él.
Francisco se alegra viendo que empieza a fructificar la semilla, pero se impacienta:

-Pablo, no hemos venido al Japón a trabajar sólo en tu barrio ¡Tenemos que conseguir que el reino entero conozca a Nuestro Señor Jesucristo y le siga!
-Sí, padre Francisco, pero habréis de tener un poco de paciencia. Este reino es enorme y está dividido en distintos territorios y en cada uno de ellos manda un señor...
-Sí, ya me imagino –interrumpe Francisco-, será algo así como una división en provincias o regiones en las que gobierna un duque.

-No sé muy bien qué es lo que entendéis por provincias o regiones ni qué es un duque. Aquí al señor de las tierras se le da el título de daimyo. 
-Vamos a visitarle.
-Tendré que ir yo primero. Le pediré que consienta en recibiros y que nos señale día para presentaros.
Y así han decidido hacerlo. Pablo-Anjiró ha llevado a esta primera entrevista el retablillo que muestra la imagen de Nuestra Señora con el Niño.
El daimyo Shimatsu Takahisa ha recibido con agrado este anuncio de contacto con las gentes del rey portugués. Su territorio no es muy rico y la perspectiva de intercambios comerciales que puedan reportarle ganancias le atrae grandemente. Ha mostrado respeto y admiración ante la imagen de Nuestra Señora y ha manifestado su deseo de conocer a Francisco, el sacerdote extranjero.

El 29 de septiembre, día de San Miguel, se ha celebrado la entrevista. Francisco ha llevado consigo hasta la fortaleza en la que reside el daimyo la preciosa Biblia iluminada con miniaturas en color que ha traído desde Goa.
Shimatsu Takahisa, acomodado sobre el piso de una tarima que está ligeramente más alta que el resto de la habitación, ha recibido a los extranjeros con muestras de interés y benevolencia.
Francisco, bien aleccionado por Pablo-Anjiró, ha sabido inclinarse en el ángulo debido, dejando colgar los brazos por delante de sus piernas, al hacer las obligadas reverencias.

-Jallimete o-me ni kakarimasu –ha pronunciado a media voz y con toda seriedad. Seriedad que ya no le cuesta mantener, pero que perdió más de una vez al prepararse para esta entrevista cuando Pablo-Anjiró le tradujo el significado de lo que ahora está diciendo en japonés: “Es la primera vez que me cuelgo de vuestros honorables ojos”. Esta fórmula, tan alejada de las frases europeas habituales en estos casos, le causó desde el principio una enorme sorpresa regocijada que, a menudo, se resolvía en una divertida sonrisa.

También en este momento sonríe levemente el daimyo ante la torpe pronunciación del extranjero al que ha dirigido en respuesta unas frases de amable bienvenida. Francisco las ha escuchado en pie en la traducción que para él ha hecho Pablo-Anjiró.
Luego, a una indicación cortés del daimyo, ha repetido con lentitud ceremoniosa el gesto que viene ensayando desde hace semanas: se ha arrodillado en el suelo para dejarse caer después lentamente hasta quedar sentado sobre sus propios talones descalzos. Esta es una postura que los japoneses toman con toda naturalidad y en la que pueden permanecer horas. Para los europeos está siendo un durísimo ejercicio adoptarla y mantenerla, pero no han tenido más remedio que practicarla; ¡en las casas japonesas no hay sillas!

Después de los saludos y presentaciones, Francisco ha ido, todo lo directamente que el protocolo le permite, al asunto que le apasiona y, a través de las traducciones que hace Pablo-Anjiró, mantiene este diálogo con el daimyo:
-Este es el libro que contiene la ley cristiana, y está dividido en dos partes principales: el Antiguo y el Nuevo Testamento.

Shimatsu Takahisa ha tomado el grueso volumen en sus manos y lo ha hojeado respetuosamente, deteniéndose de vez en cuando para admirar las capitulares coloreadas y las miniaturas que adornan las páginas.
-Es un hermoso libro. Guárdalo muy bien, ya que en él está escrita la ley cristiana en la que crees y a la que obedeces.

-Lo hago con la ayuda del Señor mi Dios. ¿No querríais vos conocer el contenido de este libro?
-No, extranjero. Yo vivo obedeciendo la misma ley que siguieron nuestros antepasados. No deseo, al menos de momento, conocer leyes nuevas. Quizá más adelante...
El daimyo quiere extremar su cortesía, no le interesa molestar a este representante del poderoso rey portugués; Francisco lo advierte y aprovecha la oportunidad:
-¿Nos permitiríais que predicásemos nuestra fe entre vuestros súbditos?
-Podéis hacerlo, sí. La información que tengo sobre vosotros me ha hecho ver que sois personas honestas, que vuestras enseñanzas hablan de paz y que vivís de acuerdo con la ley que predicáis. Mis súbditos son muy libres de adoptar vuestra ley, si les parece conveniente hacerlo.

Francisco ha salido gozoso de la entrevista con el daimyo:
-Hoy celebra la Iglesia la festividad de San Miguel Arcángel, Pablo, y hoy se nos ha concedido dar un gran paso en el comienzo de la evangelización de este país al conseguir la amistosa acogida del daimyo Shimatsu Takahisa. Me propongo poner al Japón bajo la especial tutela del príncipe de la milicia celestial, de San Miguel, ¿qué te parece?
¿Qué le va a parecer a Pablo-Anjiró que siempre encuentra admirable todo lo que ha hecho, lo que hace y lo que se propone hacer el padre Francisco?, aunque algunas de las cosas que proyecta sean, en su opinión, arduas de realizar y dificilísimas de conseguir.
-Ahora iremos a las universidades de estas tierras y hablaremos con los maestros que enseñan en ellas. Les hablaremos de nuestra fe, y cuando ellos la hayan aceptado, todos los que con ellos estudian la aprenderán y entonces...

Pablo-Anjiró tiene que detener, una vez más, los entusiasmos del padre Francisco.
-Nada de eso será tan fácil como pensáis, padre Francisco; porque habéis visto que de las gentes que viven cerca de nosotros más de cien se han hecho cristianos, ahora creéis que va a ser igual con los bonzos de los monasterios.
-Yo no hablo de monasterios, Pablo, he dicho que nos dirigiríamos a las universidades, a los grandes centros de enseñanza.
-Aquí sólo los bonzos son maestros y sólo en sus monasterios se reciben enseñanzas. Los hijos de los grandes señores y de los comerciantes ricos les son confiados desde niños para que les enseñen y les eduquen. Hace muchísimos años que los bonzos y el pueblo viven siguiendo las antiguas leyes religiosas que a nuestros antepasados les llegaron de la China. Los bonzos viven de las limosnas y los regalos que les hacen los que profesan sus mismas creencias. No será fácil que acepten la nueva ley que venís a enseñarles.

-Esos que tu llamas bonzos y que viven en monasterios, ¿son monjes?
-Sí, son como los padres y los frailes que hay en Goa.
-Habremos de prepararnos convenientemente para ir a hablar con ellos.
Con el Junco de Aván, que retorna a Malaca, después de casi tres meses de estancia en Kagoshima, envía cartas al capitán de Malaca, a sus hermanos de Goa y a Ignacio. Les cuenta los incidentes de la navegación y sus primeras impresiones sobre el Japón y los japoneses: “Es gente de muy buena conversación... y no maliciosa..., de muchas cortesías unos con otros; precian mucho las armas y confían mucho en ellas; de edad de catorce años traen ya espada y puñal... Es gente sobria en el comer, aunque en el beber son un tanto largos y beben vino de arroz, porque no hay viñas en estas partes... Son hombres que nunca juegan, porque les parece que es grande deshonra, porque los que juegan desean lo que no es suyo... Tierra es donde hay pocos ladrones, y esto es por la mucha justicia que hacen en los... que lo son... Es gente de muy buena voluntad..., y deseosa de saber... Huelgan mucho de oír cosas de Dios... De cuantas tierras tengo vistas en mi vida, así de los que son cristianos como de los que no lo son, nunca vi gente tan fiel acerca del no hurtar... No adoran ídolos...; creen los más de ellos en hombres antiguos los cuales, según lo que tengo alcanzado, eran hombres que vivían como filósofos... Se admiran en gran manera al ver cómo venimos de tierras tan lejanas, como es de Portugal a Japón, que son más de seis mil leguas, solamente por hablar de las cosas de Dios y de cómo las gentes han de salvar sus almas creyendo en Jesucristo...”

Le han gustado los japoneses y se esfuerza por transmitir a todos la buena impresión que le han causado.
Durante semanas, Francisco realiza el trabajo que ya ha hecho en tantas ocasiones anteriores: traducir a una lengua que ignora, con la colaboración de un nativo, las verdades fundamentales de la religión cristiana. Esta vez sabe que va a dirigirse a personas cultas y a los maestros bonzos de los monasterios, y se esfuerza por preparar un tratado de gran contenido: en una parte cuenta la creación del mundo hasta la venida de Cristo, y en una segunda, desde la vida de Cristo hasta el juicio final.
Tiene en proyecto hacer imprimir este texto, una vez que haya sido cuidadosamente preparado y revisado. Le han informado de que la gente principal sabe leer y escribir y piensa que este texto impreso puede extender el conocimiento del cristianismo por muchas partes, ya que él no puede acudir en persona a todos los sitios a donde le gustaría llegar.

Ha sido un trabajo largo, difícil y delicado.
Han tropezado con enormes problemas de lenguaje para encontrar en japonés palabras que expresasen las ideas cristianas. Conceptos como paraíso, almas, ángeles, gracia... que ya costó un gran trabajo hacer comprender a Anjiró cuando en Goa se le explicaron en portugués, han tenido que ser tratados ahora con especialísimo cuidado hasta llegar a decidir cuál puede ser el vocablo japonés más adecuado. Al llegar al nombre de Dios, y después de muchas tentativas infructuosas, Francisco se ha decidido por conservarlo en su forma latina; Deus. Es preciso evitar el peligro de que pueda confundirse con alguna de las deidades locales.

Francisco ha preparado el texto, luego Pablo-Anjiró lo ha traducido al japonés; más tarde, en un ejercicio de paciente repetición y de atenta escucha, se han logrado transcribir los sonidos japoneses a la escritura latina.
Francisco lee y relee en voz alta lo que ha escrito y pregunta ansioso:

-¿Se me entiende? ¿Lo digo bien?
Pablo-Anjiró corrige y rectifica. También el hermano Fernández que ahora, viviendo entre japoneses todo el día sí que está haciendo grandes progresos en la lengua, colabora en lo que puede para perfeccionar la dicción del padre.
Y al cabo de semanas, de muchas semanas, opinan todos que el pequeño tratado está preparado y Francisco decide ponerlo y ponerse a prueba.
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La conversión de San Pablo
Fiesta Litúrgica, 25 de enero
 
La conversión de San Pablo
La conversión de San Pablo

Fiesta Litúrgica

Martirologio Romano: Fiesta de la Conversión de san Pablo, apóstol. Viajando hacia Damasco, cuando aún maquinaba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, el mismo Jesús glorioso se le reveló en el camino, eligiéndole para que, lleno del Espíritu Santo, anunciase el Evangelio de la salvación a los gentiles. Sufrió muchas dificultades a causa del nombre de Cristo.


Pablo, llamado Saulo en el uso y rigor judío, afirmaba con vehemencia que el Evangelio que predicaba no lo había aprendido o recibido de los hombres.

Perteneció a la casta de los fariseos. Había nacido en Tarso, ciudad que pertenecía al mundo grecorromano; quien nacía allí tenía la categoría de ciudadano romano y lo era tanto como el centurión, el procurador, el tribuno o magistrado. Necesariamente, por ser judío no le cupo más suerte en la niñez que andar disimulando su condición entre los demás del pueblo, ocultando su creencia, tenida como superstición por los paganos romanos. Es posible que esto le fuera encendiendo por dentro y le afirmara aún más en su fe, cuando iba creciendo en edad y tenía que defenderse marchando contra corriente.

Era más bien bajo, de espaldas anchas y cojeaba algo. Fuerte y macizo como un tronco. Un rictus tenía que le hacía fanático. Conocía los manuscritos viejos escritos con signos que a los griegos y a los romanos les parecían garabatos ininteligibles, pero que encerraban toda la sabiduría y la razón de ser de un pueblo. Listo como un sabio en las escuelas griegas de Tarso, familiarizado con los poetas y filósofos que habían pasado el tiempo escribiendo en tablillas o pensando. Para los griegos solo era un hebreo, miembro de aquellas familias que vivían en un islote social, aislado entre misterios inaccesibles a los de otra raza, uno de los que tenían prohibido el acceso a las clases cultas y dirigentes; era de esos que se hacían despreciables por su puritanismo, por sus rarezas ante los alimentos, su modo de divertirse, de casarse, de entender la vida, de no asistir a los templos ¡un ambiente nada claro!

A los dieciocho años se fue a Jerusalén para aprender cosas del judío verdadero, las de la Ley patria, la razón de las costumbres; ansiaba profundizar en la historia del pueblo y en su culto. Gamaliel lo informó bien por unos cuartos. Aprendió las cosas yendo a la raíz, no como las decía la gente poco culta del pueblo sencillo y llano. Supo más y mejor del poder del Dios único; aprendió a darle honra y alabanza en el mayor de los respetos y malamente soportaba con su pueblo el presente dominio del imponente invasor. Esto le ponía furioso. Los profetas daban pistas para un resurgimiento y los salmos cantaban la victoria de Dios sobre otros pueblos y culturas muy importantes que en otro tiempo subyugaron a los judíos y ya desaparecieron a pesar de su altivez; igual pasaría con los dominadores actuales. El Libertador no podría tardar. Mientras tanto, era preciso mantener la idiosincrasia del pueblo a cualquier costa y no ser como los herodianos, para que la esperanza hiciera posible su supervivencia como nación. No se podía dejar que un ápice lo apartara de la fidelidad a las costumbres patrias. Eso le hizo celoso.

Y mira por donde, aquella herejía estaba estropeando todo lo que necesitaba el pueblo. Locos estaban adorando a un hombre y crucificado. No se podía permitir que entre los suyos se ampliara el círculo de los disidentes. Había que hacer algo. No pasaban, sino que las noticias decían que estaban por todas partes como si se diera una metástasis generalizada de un cáncer nacional. Hacía años que ya estuvo, colaborando como pudo, en la lapidación de uno de aquellos visionarios listos, serviciales, piadosos y caritativos pero que hacían mucho daño al alto estamento oficial judío; fue cuando lo apedrearon por blasfemo a las afueras de Jerusalén, y lastimosamente él sólo pudo guardar los mantos de los que lo lapidaron. Hasta le parecía recordar aún su nombre: Esteban.

Su conversión fue en un día insospechado. Nada propiciaba aquel cambio. Precisamente llevaba cartas de recomendación de los judíos de Jerusalén para los de Damasco; quería poner entre rejas a los cristianos que encontrara. Hasta allí se extendía la autoridad de los sumos sacerdotes y principales fariseos; como eran costumbres de religión, los romanos las reconocían sin hacerles ascos. Saulo guiaba una comitiva no guerrera pero sí muy activa, casi furiosa, impaciente por cumplir bien una misión que suponían agradable a Dios y purga necesaria para la estabilidad de los judíos y para proteger la pureza de las tradiciones que recibieron los padres. Aquello parecía la avanzada de un ejército en orden de batalla, con el repiqueteo de las herraduras en las pezuñas de las monturas sobre el duro suelo de roca ante Damasco donde caracoleaban los caballos. Llevaban ya varios días de caminata; se daban por bien empleados si la gestión terminaba con éxito. Iba Saulo "respirando amenazas de muerte contra los discípulos del Señor". En su interior había buena dosis de saña.

"Y sucedió que, al llegar cerca de Damasco, de súbito le cercó una luz fulgurante venida del cielo, y cayendo por tierra oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Dijo: ¿Quién eres, Señor? Y él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, y entra en la ciudad y se te dirá lo que has de hacer. Y los hombres que le acompañaban se habían detenido, mudos de espanto, oyendo la voz, pero sin ver a nadie. Se levantó Saulo del suelo y , abiertos los ojos, nada veía. Y llevándole de la mano lo introdujeron en Damasco, y estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió" (Act. 9, 3-9).

Tres días para rumiar su derrota y hacerse cargo en su interior de lo que había pasado. Y luego, el bautismo. Un cambio de vida, cambio de obras, cambio de pensamiento, de ideales y proyectos. Su carácter apasionado tomará el rumbo ahora marcado sin trabas humanas posibles _su rendición fue sin condiciones_ y con el afán de llevar a su pueblo primero y al mundo entero luego la alegría del amor de Dios manifestado en Cristo.

El relato es del historiador Lucas, buen conocedor de su oficio. Se lo había oído veces y veces al mismo protagonista. No hay duda. Vió él mismo al resucitado; y lo dirá más veces, y muy en serio a los de Corinto. Por ello fue capaz de sufrir naufragios en el mar y persecuciones en la tierra, y azotes, y hambre y cárcel y humillaciones y críticas, y juicios y muerte de espada; por ello hizo viajes por todo el imperio, recorriéndolo de extremo a extremo. Y no creas que se lamentaba; le ilusionaba hacerlo porque sabía que en él era mandato más que ruego; el dolor y sufrimiento más bien los tuvo como credenciales y las heridas de su cuerpo las pensaba como garantía de la victoria final en fidelidad ansiada.

Entre tantas conversiones del santoral, la de Pablo es ejemplar, paradigmática. Más se palpa en ella la acción divina que el esfuerzo humano; además, enseña las insospechadas consecuencias que trae consigo una mudanza radical.