HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

martes, 29 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 59: A la alta India de nuevo

Después de una peligrosa y accidentada navegación por el mar de la China, han llegado a la isla de Sancián, punto de encuentro de las naves mercantes portuguesas y chinas.
Una silueta conocida ha hecho exclamar con alegría al padre Francisco:

-¡Es la Santa Cruz, la carabela de Diego Pereira!
Una chalupa le ha llevado hasta el barco amigo.
¡Qué gozoso reencuentro! ¡Cuántas cosas que contar, que comentar!
-Estamos aquí al ancla, esperando vientos favorables para marchar hacia Malaca –ha informado Diego.
-Nosotros también vamos a Malaca. ¿Podéis llevarnos con vos? –ha pedido Francisco.
-¡De mil amores! Tendremos mucho tiempo durante la travesía. Hay algo importante de lo que deseo hablaros.
-Hablaremos.
Y han hablado.

-El rey de la China es muy enemigo de que entren extranjeros en sus tierras. Varios comerciantes portugueses han sido hechos prisioneros por traficar en sus puertos y ahora se consumen en los calabozos de Cantón...
¿Qué podemos hacer por ellos? –pregunta Francisco.
-Nada, de momento, pero yo he pensado que si pudiéramos entrar en Cantón como portadores de una embajada para pactar paces entre la China y Portugal, quizá entonces sería posible...

He aquí concretado en un proyecto que tiene muchas probabilidades de éxito el deseo acariciado desde hace ya meses por Francisco de introducirse en la China.
-¡Yo puedo conseguiros del gobernador, en Goa, un documento que os acredite como embajador de Portugal, Diego!
-¡Y yo compraría espléndidos regalos que nos ganasen la buena voluntad de los mandatarios de Cantón! ¡Y otros más espléndidos todavía para llevárselos al rey! Me han informado de que hay seis meses de viaje desde Cantón a la capital del reino.

-Vos iríais como embajador de Portugal y yo como nuncio del Papa. Si consiguiéramos que el rey de la China nos autorizase a predicar nuestra fe en su reino y si él mismo la aceptase...
Una vez más, el ardiente anhelo de ensanchar los límites de la Iglesia.
Horas y horas han pasado los dos amigos perfilando los detalles de su plan. El padre Francisco ha hecho bastante más que hablar de su proyecto: ha mandado copiar durante el viaje en letra china, con ayuda del enviado de Otomo Yoshishige y de sus compañeros japoneses, el catecismo redactado en Kagoshima, traducido al japonés por Anjiró y escrito en caracteres latinos. Con él piensa hacerse entender en China hasta tanto que haya aprendido la lengua del país.

Poco más de un mes, después de haber salido del Japón, la Santa Cruz ha llegado a Malaca. Termina diciembre de este año de 1551.
En el puerto está anclada La Gallega, nave dispuesta a salir hacia la India y en la que se han apresurado a reservar pasaje los viajeros.
Sólo dos días van a poder permanecer en Malaca. Apenas tiempo suficiente para oír de labios del padre Pérez y del resto de los amigos los horrores sufridos durante meses en esta plaza sitiada y asaltada por el rey de Joore y sus aliados, los sultanes malayos.

-La inseguridad y las amenazas de guerra sufridas en esta zona han sido la causa de que no saliesen naves de Malaca hacia el Japón; por esa razón las cartas dirigidas a vos no han llegado a vuestras manos a su debido tiempo.
¡Al fin cartas! ¡Cartas de la India, de Portugal, de Roma! Después de cuatro años de silencio epistolar, ¡una carta de Ignacio!
Estos dos días se ha instalado Francisco en Nuestra Señora del Monte, una iglesia que tiene aneja una pequeña residencia y una escuela; todo ello confiado por el obispo a los sacerdotes y hermanos de la Compañía.
A primera hora de esta mañana del 30 de diciembre, Francisco se prepara para celebrar la santa misa. Hace ya años que no se reviste en una verdadera sacristía. Ha celebrado en capillas improvisadas lo mismo en Kagoshima, en Hirado y en Yamaguchi que en las grandes naves que ha visitado o en las que ha viajado. Ha pasado muchas semanas y aún meses sin el consuelo y la fortaleza que se reciben en el santo sacrificio. Los viajes por tierra a pie y los recorridos por mar en embarcaciones muy pequeñas no permitían el transporte de ornamentos y vasos sagrados, a más del peligro que hubieran corrido de ser robados y profanados.

Ahora, frente al gran espero de esta sacristía en el que el sacerdote debe comprobar la impecable corrección con que viste los ropajes rituales antes de acercarse al altar, Francisco contempla asombrado su propia imagen.
¿Cuántos años hace que no se ve en un espejo?
-¡Estoy lleno de canas! –ha exclamado susurrando para sí mismo en el colmo de la sorpresa.
Y ya camino del altar va pensando: “Cumpliré cuarenta y seis años el próximo abril. He vuelto del Japón con muchas fuerzas corporales y ningunas espirituales... Paréceme que nunca tuve más fuerzas corporales que las que ahora tengo... Espero de la misericordia de Dios que me dará fuerzas espirituales para hacer ese viaje a la China, tan trabajoso...”

Al despedirse hoy de Diego Pereira ha concertado encontrarse con él aquí, en Malaca, el próximo verano para partir juntos hacia la China. Inmediatamente después, él y sus acompañantes japoneses han embarcado en La Gallega, que ha zarpado en seguida. Es preciso no perder los vientos favorables o la navegación se demorará meses.
Instalado en La Gallega, el padre Francisco tiene tiempo sobrado para leer y releer la abultada correspondencia: hay buenas noticias, hay noticias tristes, hay noticias preocupantes y hay una noticia que le resulta especialmente conmovedora.

Trabajan mucho y bien, haciendo una hermosa labor de evangelización, de educación en la fe, los miembros de la Compañía que ocupan los puestos de misión en Ternate, Santo Tomé, Quilón, Basain... Los que están en la Pesquería hablan entre sí en tamil, incluso cuando están solos, para más identificarse con los indígenas a los que enseñan.
En Amboino el padre Nuno Ribeiro ha muerto envenenado, se dice que por los mahometanos. En la Pesquería, los badagas han asesinado al padre Criminale, cuando defendía a un grupo de nativos durante una nueva incursión de estas hordas del norte.

Las nuevas sobre la conducta de Antonio Gomes son enormemente inquietantes: ignorando inconsideradamente la autoridad de micer Paulo y la opinión de todos los de la Compañía, ha expulsado del colegio de San Pablo a los alumnos nativos, causando gran escándalo en la ciudad de Goa y en toda la India. Por esta causa y por otras varias, sus relaciones con sus hermanos de la Compañía son más que tensas y conflictivas.
La carta de Ignacio contiene numerosísimas noticias acerca de la consolidación y crecimiento de la Compañía y de las actividades que sus miembros llevan adelante en todo el mundo. Es una carta larga y enormemente interesante.

En uno de los párrafos, el general de la Compañía le comunica su resolución de nombrarle provincial del Oriente, con absoluta independencia de la provincia de Portugal. ¡Tremenda responsabilidad la que se le encomienda en nombre de la santa obediencia!, pero considera que a través del mandato de Ignacio se le manifiesta la voluntad de Dios y acepta la abrumadora carga que se acaba de colocar sobre sus hombros.
Aprovecha las horas de navegación en que la mar está sosegada para escribir varias cartas que entregará en Cochín a las naves que en febrero partirán hacia Portugal. Y hay una a la que dedica un tiempo y una atención más especial, es la dirigida a Ignacio:
“La gracia y amor de Cristo Nuestro Señor sea siempre en nuestra ayuda y favor. Amén.

“Verdadero padre mío: una carta tuya recibí en Malaca cuando venía del Japón y en saber nuevas de tu salud y vida... Dios sabe cuán consolada fue mi alma; entre otras muchas palabras de tu carta leí las últimas que decían: ‘Todo tuyo, sin poderte olvidar en tiempo alguno’, las cuales así como con lágrimas leí, con lágrimas las escribo, acordándome del tiempo pasado, del mucho amor que siempre me tuviste y tienes...
“Jamás podría escribir lo mucho que debo a los del Japón... porque no conocí muchos males que había en mí hasta que me vi en los trabajos y peligros del Japón...”


¿Ha sorprendido en algún momento en sí mismo algún leve desfallecimiento de su voluntad de servicio a los prójimos? ¿Se ha descubierto alguna que considera en exceso indignada reacción ante la obcecada altivez de algunos bonzos y dignatarios? ¿Cree haber apreciado dentro de sí mismo algún mínimo movimiento de temor en momentos especialmente difíciles o penosos que le han hecho reconvenirse porque se considera culpable de falta de confianza en su Señor? Su sincera y profunda humildad le hace escribir: “... Claramente me dio Dios Nuestro Señor a sentir mi extrema necesidad de que alguien tuviese grande cuidado de mí. Ahora, mira el cargo que me das de cuidar de tantas almas santas de la Compañía que están acá... A los de la Compañía esperaba que me habías de encomendar, y no ellos a mí...
“Me escribes... cuántos deseos tienes de verme antes de acabar esta vida. Dios sabe cuánta impresión hicieron estas palabras de tan grande amor en mi alma y cuántas lágrimas me cuestan las veces que de ellas me acuerdo...”


Sensible, emotivo Francisco que se siente conmovido hasta las lágrimas al leer las expresivas frases afectuosas del venerado amigo ahora tan lejano y al recordar los hermosos días vividos junto a “su verdadero padre”.
Y porque él desea también un reencuentro con Ignacio, se atreve a terminar el párrafo con esta frase que es sólo como la concreción de un sueño largamente acariciado: “...A la santa obediencia no hay cosa imposible...”
¡Si la santa obediencia le llamase un día a Roma...!; pero no insiste ni se recrea más en esta posibilidad que le embarga de gozo con sólo imaginarla.

Plantea a continuación cuestiones prácticas: la necesidad de que los de la Compañía que se manden a Japón sean hombres muy preparados y muy experimentados, porque: “...Van a ser más perseguidos de lo que muchos piensan; van a ser muy importunados de visitas y preguntas a todas horas del día y parte de las de la noche y llamados a casas de personas principales, que no se pueden excusar. No van a tener tiempo para orar, meditar, contemplar, ni para ningún recogimiento espiritual; no podrán decir misa, a lo menos a los principios; continuadamente van a estar ocupados en responder a preguntas; para rezar su oficio les ha de faltar tiempo y aún para comer y dormir...

“Van a pasar grandes fríos, porque Bandô, que es la más principal universidad del Japón, está muy para el norte... Yo había pensado que serían buenos para el Japón flamencos o alemanes que supiesen castellano o portugués, porque son capaces para muchos trabajos corporales y también para sufrir los grandes fríos de Bandô...”

Y por último le cuenta sus planes para el próximo verano: “... Este año de 1552 espero ir a la China por el gran servicio de Dios que se puede seguir..., porque sabiendo los japoneses que la ley de Dios reciben los chinos, han de perder más presto la fe que tienen en sus sectas. Grande esperanza tengo de que así los chinos como los japoneses, por la Compañía del nombre de Jesús han de salir de sus idolatrías y adorar a Dios y a Jesucristo, salvador de todas las gentes...”

La carta continúa aún contando detalles de sus trabajos, viajes y decisiones y termina con una frase que expresa con austera concisión todo el desgarro que la lejanía de los amigos le hace sentir casi constantemente: “...Tu hijo menor y en destierro mayor,
Francisco”

A mediados de febrero a llegado a Goa junto con sus acompañantes japoneses. Su primera visita, al desembarcar, y como ha hecho siempre, ha sido para el obispo Alburquerque. Luego, se ha dirigido al colegio de San Pablo. Nada más llegar, y siguiendo también una vieja costumbre, ha preguntado si hay algún enfermo en la casa. Lo hay, un joven hermano lleva semanas con fiebre alta; el padre Francisco ha ido directamente a la enfermería para interesarse por su salud, comprobar que está bien atendido, decirle unas cariñosas frases de aliento y darle su bendición.

Inmediatamente después se ha enfrentado con el feo problema causado por el erróneo comportamiento de Antonio Gomes. El provincial, que ha sido hace un momento paternalmente tierno con el hermano enfermo, es ahora estricto y severo con el soberbio y desobediente. Le ha hecho venir a su presencia. Ha colocado el documento de su presencia y le ha dicho:
-Esta es la patente que me nombra provincial del Oriente y me concede todos los poderes para el cargo. Con la autoridad que el general de la Compañía me otorga te mando que salgas inmediatamente de Goa para dirigirte a la fortaleza de Diu, donde permanecerás trabajando hasta que otra cosa te sea ordenada.

Y esta vez ha sido inflexible; Antonio Gomes ha tenido que marchar desde Goa, a pesar de su profundo disgusto, de sus muchas protestas y de los ruegos de varios de sus amigos.
Al colegio de San Pablo volverán los alumnos nativos que nunca debieron haber sido expulsados de él.
Y ahora es preciso elegir un nuevo rector. Entre los miembros de la Compañía que han llegado recientemente de Portugal y que Francisco ha encontrado en Goa a su llegada está el padre Melchor Nunes Barreto. Ha traído un documento del padre Simón Rodríguez, provincial de Portugal, en el que se le designa para el cargo de rector.
-¿Qué preparación traes para el cargo de rector? –ha preguntado el padre Francisco.

-He estudiado tres años de filosofía y seis años de teología en la Compañía.
-¡Quisiera Dios que tuvieras tres años de Teología y seis de experiencia! –ha exclamado el provincial; y para que adquiera esta experiencia misional que le falta, ha dispuesto que Melchor Nunes salga para Basain y trabaje allí hasta que se le designe otro destino. Y Melchor, verdadero hijo de la Compañía, ha aceptado de corazón la orden y se ha dispuesto a cumplirla con la mejor buena voluntad.
Como rector del colegio de San Pablo quedará Gaspar Barceo, venido ya hace tiempo a la India, sacerdote de la Compañía hecho a la medida de los deseos del corazón de apóstol de Francisco y que ha realizado una espléndida labor misionera en Ormuz, desde donde la fama de sus trabajos de evangelización se ha extendido hasta Constantinopla, Persia y Arabia.
Durante dos meses ha convivido Francisco en Goa con sus hermanos de la Compañía. Ha compartido con ellos sus experiencias de vida espiritual, viajes y apostolado. Se ha interesado por cada uno de ellos y les ha hablado, escuchado y aconsejado a cada uno en particular. Todos han tenido ocasión de beneficiarse de su ejemplo y de la sabiduría con que ha dejado organizada la distribución de tareas para cada uno de los que trabajan en esta vasta provincia.

Ha elegido a los padres y hermanos que han de ir a Japón para encontrarse con Cosme de Torres y Juan Fernández en Yamaguchi; les ha organizado el viaje, les ha dado instrucciones muy concretas y les ha provisto de lo necesario.
Todo queda en orden y en buen funcionamiento. Es hora de emprender el viaje a la China.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 58: En la corte de Bungo

Las dos cartas le han interesado mucho al padre Francisco, cada una de ellas por un motivo bien distinto. La primera es de Duarte de Gama, un capitán, viejo conocido desde los primeros tiempos en Goa, y cuya nave está ahora fondeada en Okinohama, una gran población junto a la desembocadura del rio Oitagawa, a menos de media legua de Funai, la corte de Bungo.

Duarte de Gama ruega al padre que viaje hasta Bungo; él y sus hombres y los comerciantes que lleva a bordo han estado recorriendo durante muchos meses las costas del Japón y la China haciendo negocios, no lleva un sacerdote con ellos y les agradaría mucho poder contar con los auxilios espirituales que el padre puede prestarles.
La misiva del daimyo Otomo Yoshishige invita cortésmente al sacerdote extranjero a visitar su corte para que puedan conocerse personalmente y porque quiere tratar con él “de ciertos asuntos”.

Francisco ha sonreído cuando le han traducido estas últimas palabras. Se imagina él muy bien cuáles pueden ser los asuntos que impulsan al daimyo de Bungo a hacerle esta invitación: las noticias vuelan por todas estas regiones y, por lo visto, ya le han llegado a Otomo Yoshishige las noticias acerca de los buenos negocios que el daimyo de Hirado ha podido hacer con los comerciantes que viajaban en la nave del capitán Pereira y de los espléndidos regalos que ha recibido Ouchi Yoshitaka en Yamaguchi; seguramente el daimyo de Bungo no quiere perder la oportunidad de conseguir la amistad de este embajador del poderoso rey de Portugal que puede favorecer sus buenas relaciones con los mercaderes de esta nacionalidad que visitan los puertos cercanos a esta capital. Tampoco Francisco quiere perder de ninguna manera la posibilidad que se le brinda de introducirse en un nuevo territorio. Así que tanto por prestar los auxilios espirituales a los portugueses como por “ver si aquel daimyo de Bungo querría hacerse cristiano”, no ha dudado ni un momento de la conveniencia de emprender este viaje. Una tercera poderosa razón personal le anima a ponerse en camino: la secreta esperanza de que esta nave, casi con absoluta seguridad, habrá traído cartas para él, cartas de los hermanos llenas de noticias....

Ha enviado un mensajero para pedir al padre Torres que se venga desde Hirado para hacerse cargo de esta joven comunidad cristiana, mientras él hace el viaje. Aquí se quedará Fernández, así que Cosme, que ya es un veterano en estos trabajos misionales, no tendrá ningún problema. Un último consejo les ha dejado Francisco antes de partir: “Mientras algo no sea ofensa de Dios, paréceme lo más acertado no cambiar nada...” Es decir, respetar y aceptar las costumbres locales, y no sólo eso, sino hasta tratar de incorporarse a ellas por más que puedan parecer extrañas, chocantes e incómodas para el europeo: descalzarse cada vez que se entra en una vivienda, comer alimentos desconocidos de sabores inusuales, acomodarse sobre el suelo para escribir o comer, admitir que en los actos religiosos se sustituyan por reverencias las habituales genuflexiones..., y mil y mil detalles más que el misionero deber ir aprendiendo si quiere de verdad ser recibido sin recelos por la comunidad.

El 15 de septiembre, Francisco, acompañado del fiel Bernardo, de Joane y del recién convertido Mateo, ha llegado a Bungo. Su llegada al puerto donde está anclada la nave portuguesa ha revestido la misma solemnidad que ya tuvo lugar en la nave de Hirado: banderas y gallardetes al viento y salvas de artillería. Y al igual que se ha repetido esta experiencia jubilosa, Francisco ha repetido otra que le causa honda desilusión: tampoco en esta nave hay correo para él.

¿Qué está pasando en la India, en Portugal, en Roma? Sólo noticias generales de palabra consigue del capitán Duarte de Gama y de los comerciantes que viajan con él, pero nada concreto acerca de las actividades de los hermanos de la Compañía. Dolor, dolor, dolor, tristeza, sensación de abandono, de lejanía, de estar perdido y olvidado de los suyos. ¿Por qué este silencio de años?
Su propia desolación interior no le hace desatender sus deberes pastorales para con los portugueses de la nave: confesiones, celebración de la santa misa y administración de los últimos sacramentos a un marinero gravemente enfermo.

Tan pronto como el daimyo ha sabido la llegada de Francisco se ha apresurado a enviarle una invitación para que le visite en su palacio. Funai, la capital, donde vive el daimyo, está río arriba, a corta distancia de Okinohama. En una chalupa adornada de fiesta ha conducido Duarte de Gama al padre Francisco hasta el muelle de la capital. Les acompañan los caballeros portugueses, marineros, criados y esclavos, todos ataviados con sus mejores vestidos. Desde el puerto marcha el cortejo por las calles atestadas de gente y seguido de una multitud curiosa que admira los ricos y extraños atuendos de los extranjeros. Francisco se ha revestido para esta ocasión con sotana de seda, sobrepelliz y una hermosa estola de terciopelo verde.
El joven daimyo, que apenas cuenta veintidós años, ha recibido al padre Francisco y a su cortejo con los mayores honores. Él y los cortesanos que le rodean han observado el sumo respeto con que los portugueses tratan al padre y les ha dejado muy asombrados el gesto de don Duarte, que se ha quitado la soberbia capa para extenderla por encima de las esteras y ha invitado al padre Francisco a acomodarse sobre ella.

La entrevista ha resultado larga, ceremoniosa, amable, extremadamente cortés. Todos los participantes, por motivos bien distintos, desean quedar en buenas relaciones con los otros: al daimyo le interesa la amistad con los poderosos y ricos portugueses, a los comerciantes les conviene poder seguir haciendo negocios sin trabas en todos estos puertos y el padre Francisco quiere lograr la autorización de poder enviar aquí misioneros a los que se les permita predicar libremente la fe de Cristo. Y lo ha conseguido. Otomo Yoshishige le ha prometido una benévola acogida y su protección para los sacerdotes que, enviados por el padre Francisco, lleguen a Bungo.
Después de esta primera entrevista tan favorable, Francisco ha permanecido durante varias semanas en Bungo. Quiere estudiar el lugar y tratar a sus habitantes, calcular todas las posibilidades de trabajo fructífero que ofrece esta región. Han sido días de observación y reflexión para luego tomar decisiones. Una de ellas tomada a raíz de una conversación con Duarte de Gama:
-Decidme, don Duarte, ¿cuál es en vuestra opinión el puerto de estas partes en el que se hacen más negocios?
El capitán de Gama no lo ha tenido que pensar mucho:
-El de Sakai, sin duda; en él se hacen transacciones importantes, se mueve mucho oro y mucha plata en esa plaza. Y ¿a qué viene esta pregunta, padre Francisco, estáis pensando en meteros ahora a negociante? –ha preguntado en tono de broma el capitán.

Y la respuesta le ha venido en un tono bastante más serio, aunque acompañado de una media sonrisa y de un alegre guiño:
-Yo siempre ando metido en negocios, don Duarte; en negocios que miran al servicio de mi Señor...
Ahora los negocios que miran al servicio se su Señor le han hecho replantearse una serie de cosas y tomar varias determinaciones: no volverá a Yamaguchi, como se había propuesto al salir de allá. La falta de noticias le inquieta grandemente acerca de lo que pueda estar pasando en la India y él es el superior de todos los hermanos de la Compañía que trabajan allí. Por otro lado, hay ya en Japón varias pequeñas necesidades que precisan sacerdotes que las atiendan; sólo desde Goa podrá elegir los hermanos adecuados para venir a ocupar estos puestos de misión. Y, por último, algo en lo que ha pensado mucho en estos días: en los primeros años de sus trabajos en la Pesquería le pareció de gran ayuda la protección portuguesa; más tarde, ver el comportamiento de algunos funcionarios le hizo darse cuenta de que depender del poder temporal de los empleados del rey entorpecía y distorsionaba su labor.
Cuando supo que en Japón podría trabajar con gentes que no habían tenido casi ningún contacto con europeos y que no habían vivido en ningún momento bajo el influjo del poderío portugués, se alegró y pensó que sería fructífero y hermoso trabajar con gentes así, y lo ha sido en realidad; pero ha tenido que reconocer que la presencia de los navios portugueses, cargados de ricas y sorprendentes mercancías, y el respeto y consideración que los capitanes y tripulantes de estos le han mostrado, han contribuido mucho a que los habitantes de Hirado y Bungo le escuchasen con más atención, al igual que los espléndidos regalos le habían abierto en su momento las puertas del daimyo en Yamaguchi.

Ahora ha pensado que puede ser gran servicio de Dios proponer al gobernador que se establezca una factoría en Sakai. Un enclave fijo portugués en ese puerto puede proporcionar buenos negocios al rey y para los futuros misioneros del Japón supondrá una cierta seguridad y transporte regular y gratis hasta este lejano país. Y apoya su idea con esta realista reflexión: “Porque no creo que por sólo amor de Dios mandasen un navío con los padres de la Compañía”.
Está decidido: se vuelve a Goa, sin pasar siquiera por Yamaguchi. Con un mensajero envía la noticia, instrucciones y su adiós a Cosme de Torres, a Juan Fernández y a los otros.

Proyecta embarcarse en la nave de Duarte de Gama, que le llevará hasta la isla de Sancián, en la costa de la China. Allí habrá de aguardar a que otra nave le lleve hasta Malaca, ya que Duarte y los mercaderes que lleva a bordo van a proseguir su recorrido de negocios por otros puertos chinos.
Con Francisco han embarcado Bernardo, Joane y Mateo. Y también un embajador del daimyo de Bungo que debe visitar en Goa al gobernador. Le lleva una carta en la que su señor propone un tratado de amistad al rey Juan III.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 57: Nuncio y embajador de Yamaguchi

El daimyo Yoshitaka parece haber olvidado la mala impresión que le causaron ciertos pasajes de la lectura del hermano Fernández y ha recibido amablemente a los extranjeros. Es muy posible que esta actitud se deba a los buenos oficios del secretario Naito.
Francisco ha mostrado las cartas en pergamino que trae del obispo y del gobernador de Goa que le acreditan como nuncio del Papa y embajador del rey de Portugal. Estos documentos han sido debidamente mirados y admirados por el daimyo Yoshitaka y sus cortesanos. Ninguno de ellos puede leer lo que en las cartas está escrito, pero su belleza habla de excelentes calígrafos y de hábiles miniaturistas y ya sólo eso da prueba de cuán sabios, poderosos y refinados deben de ser los magnates que cuentan con tan capacitados artistas.

Ante los ojos asombrados de Yoshitaka y sus gentes los visitantes han ido presentando los regalos que ofrecen al daimyo: un reloj que marca las horas del día y de la noche, cuyo artificioso engranaje ha dejado muy sorprendidos a todos, que nunca habían visto nada parecido; otro reloj-carillón que, sin necesidad de ser tañido, da todos los trece sonidos del koto, clavicordio japonés; una espingarda de tres cañones, artísticamente trabajada; un par de anteojos con los que un anciano puede ver con tanta claridad como un joven; dos catalejos con los que se pueden distinguir objetos lejanos con toda exactitud; piezas de costosos paños y brocados de Portugal; hermosos cristales tallados; un precioso servicio de te; libros, cuadros y algunas otras cosas.

De esta primera entrevista con Yoshitaka ha salido Francisco muy satisfecho y también de todo lo sucedido en las semanas siguientes a esta recepción; se lo cuenta en una larga carta a sus compañeros de Europa:“... Le gustaron mucho tanto los presentes como las cartas. Ofreciónos muchas cosas, mas no quisimos aceptar ninguna, aunque nos daba mucho oro y plata. Nosotros entonces le pedimos que, si alguna merced nos quería hacer, que nosotros no queríamos otra de él, sino que nos diese licencia para predicar la ley de Dios en sus tierras, y para que los que quisiesen tomarla, la tomasen. Él nos dio esta licencia y mandó poner escritos por las calles de la ciudad.”

Poco más adelante cuenta: “... Nos dio un monasterio... para estarnos en él. Estando en este monasterio, venían muchas personas a oír la predicación de la ley de Dios, que ordinariamente predicábamos cada día dos veces. Al cabo de la predicación siempre había debates que duraban mucho. Continuadamente estábamos ocupados en responder a las preguntas... Venían a estas predicaciones muchos bonzos y bonzas y otra mucha gente; casi siempre estaba la casa llena, y muchas veces no cabían en ella. Fueron tantas las preguntas que nos hicieron, que por las respuestas que les dábamos conocían que las leyes en que creían eran falsas y la de Dios verdadera. Perseveraron muchos días en estas preguntas y debates; y después de pasados muchos días, comenzaron a hacerse cristianos; y los primeros que se hicieron fueron aquellos que más enemigos nuestros se mostraron, así en las predicaciones como en los debates...; y después de hechos cristianos eran tan amigos nuestros que no lo podría acabar de escribir... Nos declaraban muy fielmente todo aquello que tienen los gentiles en sus leyes... Después de tener verdadera noticia de lo que tienen ellos en sus leyes, buscamos razones para probar ser falsas, de manera que cada día les hacíamos nosotros preguntas sobre sus leyes y argumentos.. ellos no sabían responder, así los bonzos como las bonzas... Los cristianos, como veían que los bonzos no sabían responder..., crecían cada día en tener más fe en Dios; y los que eran gentiles, que estaban presentes en los debates, perdían el crédito de las sectas erróneas en que creían.

“Esto les pesaba mucho a los bonzos, viendo que muchos se hacían cristianos;... reprendían a los que se hacían cristianos diciéndoles que cómo dejaban las leyes que ellos tenían y tomaban la de Dios. Respondíanles los cristianos, era por parecerles que la ley de Dios es más llegada a razón que sus leyes; y también porque veían que nosotros respondíamos a las preguntas que nos hacían y ellos no sabían responder a las que nosotros les hacíamos contra sus leyes. Los japoneses en sus doctrinas no tienen ningún conocimiento de la creación del mundo, del sol, luna, estrellas, cielo, tierra y mar, y de todas las otras cosas. Paréceles a ellos que aquello no tiene principio. Lo que más les sorprendía era oírnos decir que las almas tenían un creador que las creaba.
“De esto se asombraban mucho todos, pareciéndoles que, pues en la doctrina de sus santos no hacían mención de este Creador, que no podía haber un creador de todas las cosas; y más, que si todas las cosas del mundo tuvieran principio, la gente de la China supiera esto... Tienen ellos para sí que los chinos son muy sabedores, así de las cosas del otro mundo como de la gobernación de la república.

“Son tan curiosos..., tan deseosos de saber, que nunca acaban de preguntar y hablar a los otros las cosas que les respondemos a sus preguntas. No sabían ellos que el mundo era redondo, ni sabían el curso del sol; preguntando ellos por estas cosas y por otras, como por los cometas, relámpagos, lluvia y nieve, a lo que respondiendo nosotros y declarándolas, quedaban muy contentos y satisfechos, teniéndonos por hombres doctos, lo que ayudó no poco para dar crédito a nuestras palabras... En el espacio de dos meses, después de muchas preguntas, se bautizaron quinientas personas, poco más o menos, y cada día se bautizan otras, por la gracia de Dios... Grande en extremo es el amor que nos tienen los que se hacen cristianos, y creed que son cristianos de verdad...
“Los bonzos están mal con nosotros... Andando el tiempo, comenzaron a faltarles las limosnas de sus devotos y ellos a padecer necesidades y deshonras... Paréceme que tarde seremos amigos...”


Sí, la amistad con los bonzos tardará en llegar. De momento se han convertido en enemigos acérrimos de los extranjeros, que les quitan adeptos y les privan de los donativos y prestigio que antes tenían...
Gran conmoción ha producido en la ciudad la conversión de un hombre que estudió en la gran universidad de Bandô y que es considerado como el hombre más erudito de Yamaguchi. Los cristianos se han alegrado mucho con esta conversión.
La joven comunidad cristiana de Yamaguchi llena de alegría el corazón de Francisco. Tienen todos tanto deseo de instruirse, tanto interés por todo lo que se refiere a la fe, muestran tanto amor a los misioneros que se la han traído, trabajan tanto por ganar para Cristo a sus familiares y amigos...

Cuatro meses lleva Francisco en Yamaguchi; las conversiones se suceden, pero no parece que el Espíritu haya destinado a este hombre para que pueda recrearse en la obra realizada, para que goce al recoger la cosecha. Su tarea, la tarea que el Señor le ha asignado, es la de trazar nuevas sendas, abrir surcos, derramar la semilla...
En agosto de 1551 ha llegado desde Bungo, en la costa noreste de Kyushu, un mensajero que trae dos cartas para el padre Francisco.
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 56: Y ahora, ¿qué vamos a hacer?

¡Dolorosa desilusión! ¡Amarga decepción! Después de todo el penoso y largo esfuerzo que ha supuesto llegar hasta aquí, después de todas las esperanzas y expectativas que Francisco había depositado en su encuentro con el rey del Japón, resulta que en estas islas ¡no hay rey! Al menos no lo hay como Francisco lo había supuesto e imaginado.

Este soberano, al que sus súbditos llaman el Ô, ostenta ciertamente la dignidad dinástica, pero no tiene, al parecer, poder temporal ninguno. Vive confinado en un viejo palacio, gana unas pocas monedas haciendo copias caligráficas de poemas y escritos que se le piden de encargo y recibe dinero, casi en forma de limosna, a cambio de títulos de nobleza concedidos a grandes señores y a bonzos ricos, pero no tiene autoridad ninguna y nadie le obedece.

A pesar de haber averiguado todo esto, los tres recién llegados han intentado ver al Ô. No se les ha permitido ni siquiera pasar de la puerta más exterior del recinto.
-Dicen estos hombres que si no traemos regalos, no nos dejarán pasar –ha traducido el hermano Juan Fernández.
-Explícales que los regalos los hemos dejado en Hirado, pero que los haremos traer tan pronto como se nos conceda una audiencia –ha dicho el padre.
Risas burlonas y gestos despectivos han sido la respuesta y los tres visitantes se han tenido que retirar sin haber conseguido nada.

Y tampoco han logrado ser recibidos por los bonzos del monasterio de Hieizan; y no se les dan razones ni explicaciones. Simplemente sus personas y el mensaje que puedan querer transmitir no interesan, y eso es todo.
Es muy posible que su aspecto humilde, la pobreza de sus vestiduras, la falta de regalos valiosos y su dificultad con la lengua hayan sido las causas de este absoluto rechazo. Francisco ha tenido ocasión de pensar mucho sobre ello. Cada nueva experiencia enseña una lección que hay que saber aprovechar.

-Y ahora, padre Francisco, ¿qué vamos a hacer? –ha preguntado Juan Fernández con desaliento.
-Volvernos a Hirado, hijo.
-Sí, padre, claro, parece lo más puesto en razón. En Hirado teníamos el favor del joven daimyo, podremos predicar a las gentes y quizá el Señor querrá bendecir nuestro trabajo y que se logren muchas conversiones.
-El padre Torres ha trabajado allí todos estos meses, veremos qué se ha conseguido. De todas formas creo que no permaneceremos allí mucho tiempo; aquel es un territorio pequeño y el joven daimyo tiene poco poder. Nosotros hemos venido a traer la fe a todo un país, a tratar de hacer llegar a la mayor cantidad de gente posible el conocimiento de la gloria de Dios. Es muy probable que hasta ahora no lo hayamos hecho bien y que Nuestro Señor quiera que, de aquí en adelante, procedamos de otra manera.

Francisco no ha querido explicar nada más y Juan Fernández se ha guardado muy mucho de interrumpir su silencio; sabe que el padre puede pasar con toda naturalidad de la acción más arriesgada a la oración más profunda y ahora parece haberse sumido en concentrada meditación.
Sólo diez u once días ha durado la estancia en Miyaco.
Con la ayuda de Bernardo, el hermano Fernández ha podido contratar una barca en la que harán el viaje de vuelta. Hace un frío terrible, los caminos están helados y el viaje por tierra sería casi imposible.

De todas formas, y a pesar de la práctica marinera que a estas alturas tienen ya Francisco y los suyos, sólo pueden viajar de día bordeando la costa de cerca y deteniéndose cada tarde en cuanto falta la luz para acampar en la orilla.
Habilidades adquiridas en sus años de adolescencia vuelven, una vez más, a serle útiles al más joven de los hijos del castillo de Xavier: sabe armar en unos pocos momentos un refugio con piedras y ramas para que les sirva de albergue durante la noche, sabe despiezar limpiamente el trozo de pescado que han comprado a unos pobres pescadores, sabe encender y mantener la fogata en que se preparará la cena y que conservará vivos durante las bajas temperaturas nocturnas a los tres viajeros.

Grande ha sido la alegría del padre Torres cuando a mediados de marzo de este año 1551 ha visto llegar al padre Francisco y a sus dos compañeros. ¡Tantas cosas tienen que contarse! Los viajeros han narrado todas las penalidades experimentadas en el largo recorrido y la gran decepción final sufrida al encontrarse con que el imaginado rey del Japón no tiene ninguna influencia sobre sus súbditos y no se puede contar con su ayuda para predicar la fe cristiana en las islas japonesas.
Cosme de Torres, por su parte, puede informar de sus trabajos en Hirado y de que durante estos cuatro meses ha instruido y bautizado a unas cuarenta personas.
Luego de unas cuantas horas de conversación intercamiando noticias, la charla languidece y se producen silencios. De pronto, Cosme se siente en el deber de informar de algo que ha olvidado hasta este momento:
-La nao portuguesa zarpó hace ya más de ocho semanas. El capitán Pereira se llevó todas vuestras cartas mas algunas otras que yo escribí para los nuestros en Goa, en Portugal y en Roma.

-Bien.
Al padre Torres le sorprende un poco la lacónica respuesta; el padre Francisco suele ser más atento y cordial en las conversaciones con sus hermanos. Ahora parece distraído, está como ausente, como pensando en otras cosas...
“Está cansado”, se dice Cosme de Torres, “acaba de hacer un viaje agotador en el que ha sufrido hambre, fríos terribles, grandes peligros y una enorme decepción...”
-Gracias a Dios habéis vuelto con vida y con salud; ahora podréis descansar aquí durante un tiempo y... –dice Cosme.