HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

miércoles, 30 de enero de 2013

Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 61: El último viaje

Contagiados seguramente por los apestados que han estado cuidando hasta la misma víspera de embarcarse, el hermano Ferreira y Antonio de Santa Fe han caído enfermos durante el viaje. Francisco, cansado y debilitado por las inquietudes, trabajos y sufrimientos, ha tenido que retomar, una vez más, el quehacer de enfermero. Hace por ellos cuanto puede, aunque no le es posible atenderles como quisiera. Se siente en la nave, entre los hombres de Ataide, tan poco respetado y considerado...
Al terminar agosto, la Santa Cruz ha echado el ancla junto a Sancián. Hay otros varios navíos de mercaderes chinos y portugueses en las cercanías.

Pequeñas embarcaciones de remos van de unos a otros transportando los lotes de mercancías: porcelanas, sedas, paños, armas de fuego, especias..., que se intercambian los chinos y los portugueses.
Sobre la playa, al pie de una colina poblada de bosques, se alza una hilera de chozas de ramaje y paja. En ellas se alojan los portugueses durante su permanencia en Sancián. El continuo balanceo de las naves ancladas resulta incomodísimo y es mucho más fresco y saludable el aire de tierra.

En Sancián ha sido recibido Francisco con una gran alegría por su antiguo conocido Jorge Álvarez, el amigo que le presentó a Pablo-Anjiró hace años en Malaca.
-Venid a instalaros en mi choza, padre. Seréis muy bienvenidos en ella. No es gran cosa como albergue, pero todo lo que hay en ella estará a vuestra disposición.
Francisco ha aceptado este cordial y sincero ofrecimiento, doblemente agradecido después del poco agradable ambiente sufrido durante el viaje.

El hermano Ferreira y Antonio, que ya están, gracias a Dios, convalecientes de las fiebres, han recibido atenciones especiales por parte de este buen amigo del padre, lo que contribuye grandemente a su recuperación.
A ruegos de Francisco se ha comenzado a construir una diminuta capilla de ramas y paja en la falda de la colina. En dos días ha quedado terminada y este domingo 4 de septiembre ya ha sido posible celebrar la misa en ella. Asisten los portugueses y sus esclavos cristianos.
El principal cuidado de Francisco es ahora procurarse el medio de entrar en China, de llegar hasta la gran ciudad comercial de Cantón; para ello trata de ganarse la confianza de los mercaderes chinos. Habla con ellos, a medias en portugués y a medias a través del intérprete, de cosas indiferentes: cuestiones filosóficas, ciencias naturales, recientes descubrimientos geográficos... Les ha preguntado después si creen que les será posible entrar en China. Algunos le dan ciertas esperanzas, otros le pronostican las más negras perspectivas.

-El rey amenaza con los más terribles castigos al que introduzca a un extranjero... Ningún chino se atreverá a llevaros hasta nuestras costas...
A pesar de esta tajante afirmación, Francisco no ha cejado en su empeño de encontrar a quien le traslade a esta tierra tan cercana y, al mismo tiempo, tan lejana. Al cabo, sus esfuerzos han tenido éxito: un chino se ha manifestado dispuesto a exponer su cabeza a cambio de veinte quintales de pimienta. Su proyecto es llevar al padre Francisco y a sus compañeros en una pequeña barca en la que sólo irán también su hijo y un par de criados suyos de absoluta confianza. Los conducirá hasta Cantón, los ocultará durante unos días en su casa y luego, una noche, los dejará con sus libros y demás pertenencias a las puertas de la ciudad. A partir de ese momento, ellos quedarán entregados a sus propios recursos...

El propósito de Francisco es dirigirse directamente al gobernador de Cantón, presentarle sus credenciales para el rey de la China y explicarle que él y sus compañeros han sido enviados para anunciar en ese reino la religión del verdadero Dios.

No se le ocultan los grandes peligros de tan arriesgado plan. ¿Quién le asegura que el chino que se ha comprometido a llevarles no les abandonará en cualquier islote deshabitado? Y una vez en Cantón, ¿no les amenaza allí la posibilidad de que las autoridades los encierren en los siniestros calabozos de la ciudad por haber desafiado las leyes que prohíben la entrada a extranjeros?
Un portugués que ha logrado evadirse de la cárcel de Cantón ha contado las terribles condiciones en que viven los prisioneros: hacinados en mazmorras hediondas y heladas, extenuados por el hambre, maltratados y apaleados por el menor motivo o sin motivo alguno y sufriendo cada noche la tortura de tener los pies metidos en unos cepos que no les permiten ni sentarse ni apenas moverse.

Nada atemoriza a Francisco, aunque es perfectamente consciente de todo el riesgo que entraña la aventura que se propone. Siempre ha estado dispuesto a entregar la vida en servicio de su Señor.
Avanza el otoño y, una tras otra, las naves empiezan a abandonar Sancián; sólo algunas pocas continúan todavía intercambiando mercancías.
Con las naves que parten envía Francisco cartas para sus hermanos de Malaca, la India, Portugal y Roma. Les cuenta su situación presente, las dificultades que tiene que vencer y su firme propósito de no abandonar, por arduo que aparezca, su intento de llegar hasta el rey de la China.

A uno de los capitanes que ha venido a despedirse y a recibir el correo que deberá llevar a Malaca, le ha dicho:
-Transmitid a mis hermanos que, si Dios me presta vida hasta entonces, el nuevo año me encontrará o en la corte de Pekín o en las cárceles de Cantón...
Los horrores oídos acerca de los calabozos cantoneses han hecho flaquear el ánimo del hermano Ferreira, que, apenas convalecido de su enfermedad, no se encuentra con fuerzas para seguir al padre Francisco y ha pedido que le dejen volverse en uno de los barcos que parten. No tiene Ferreira el temple que se precisa para vivir hasta el final esta aventura de la China.

“A Ferreira despedí de la Compañía, por cuanto no es para ella...” –escribe Francisco a sus hermanos-. “Vamos, pues, con la ayuda de Dios, Antonio, Cristóbal y yo. Rogad mucho a Dios por nosotros, porque corremos grandísimo riesgo de ser cautivos; pero nos consolamos pensando que mucho mejor es ser cautivos por amor de Dios, que ser libres por huir los trabajos de la cruz”.
El 13 de noviembre, la mayoría de los portugueses han zarpado en sus naves, después de haber prendido fuego a las chozas que han ocupado; tan sólo han quedado anclados cerca de la costa el junco portugués de Vaz de Aragón y la Santa Cruz; en ella siguen bien guardados los quintales de pimienta que se deberán pagar al chino que se ha comprometido a llevar al padre y a sus acompañantes hasta Cantón.

Y se retrasa en llegar este hombre.
Sancián va quedando en silencio y soledad.
Sopla un gélido viento del norte que encrespa las crestas de las olas y bate en remolinos la arena de la playa.
Empiezan a escasear los alimentos que Jorge Álvarez ha dejado en su choza; Francisco ha tenido que enviar a su fiel Antonio a las naves de los portugueses para que pida por caridad algo de comida.
El 19 de noviembre tenía que haber venido el chino en su busca, pero han pasado el 19, el 20 y el 21 y el hombre no se ha presentado.

El día 22 el padre ha amanecido enfermo; por consejo de Antonio se le ha trasladado en un bote hasta la Santa Cruz; allí se le podrá cuidar mejor, porque aquí, en la choza, apenas queda ya nada; pero al cabo de unas horas ha sido preciso traerle de nuevo a tierra: el balanceo de la nave agrava el estado del enfermo.
Trae Francisco bajo el brazo un calzón de paño grueso que le han dado para que se proteja del frío y en los bolsillos unos puñados de almendras para acallar el hambre. Le rebrillan los ojos y tiene el rostro arrebatadamente encendido, arde de fiebre.
En la choza se ha tendido sobre una estera y le han cubierto con unas viejas mantas.

Desde su junco ha venido a visitarle Vaz de Aragón, que, al verle en tan mal estado, le ha hecho sangrar. Después de la sangría, el enfermo se ha desmayado.
Hoy, día 24, como la fiebre sigue subiendo, le han sangrado de nuevo y ha vuelto a desmayarse al terminar la operación. Esta vez ha tardado en recobrar la consciencia.
El enfermo no es capaz de aceptar alimentos y se debilita de hora en hora.
Yace tendido sobre la estera con el crucifijo entre las manos reposando sobre su pecho.

Su mente divaga en el delirio de la fiebre. Antonio le oye hablar durante horas. A veces, le parece medio adivinar lo que dice; son retazos, frases de predicaciones que el padre ha hecho en las diferentes lenguas que conoce: castellano, latín, francés, portugués, italiano, tamil, malayo, japonés...; otras veces, cree oírle largos coloquios en un idioma que le resulta absolutamente desconocido. ¿Dialoga con el Cristo de la sonrisa en el vascuence de su infancia? Sí, le entiende bien Antonio cuando le oye repetir de vez en cuando distintamente: “Iesu, fili David, miserere mei!” ¡Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí!

Más de ocho días ha permanecido Francisco en ese estado, perdiendo el conocimiento y el habla durante largos períodos de tiempo. En los momentos en que se recupera un poco se le oye murmurar repetidamente: “¡Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí! ¡Virgen Madre de Dios, acuérdate de mí!”
Durante la noche del viernes al sábado se agrava de tal manera el estado del padre que Antonio decide velar junto a él.
La respiración del enfermo se hace más fatigosa y lenta por momentos.

Un viento helado se cuela por todas las rendijas de la choza y hace danzar locamente la llamita de la candela de los moribundos que Antonio sostiene en la mano del padre.
Empieza apenas a clarear el gris de esta madrugada del 3 de diciembre de 1552...
En el lejano castillo de Xavier, Gracieta, que ha seguido fiel a su devoción de cuidar la lamparilla que arde ante el Cristo y de rezar por su amigo ausente, se ha sentido sobrecogida ante un hecho insólito: le parece ver que el Cristo está sudando sangre...

-¡Algo le sucede a Francés! ¡Algo le está pasando a Francés!
Y se ha lanzado a recorrer la casa para comunicar su temor a la familia...
Pero no hay motivo para ese temor. Ciertamente algo le está sucediendo al amigo querido, algo muy hermoso le está aconteciendo al menor de los hijos de la familia Jaso...

Francisco de Xavier, con una última invocación a Jesús que se confunde con su postrer aliento, se acaba de entregar, confiadamente, en las manos del Padre...
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Francisco de Xavier
Autor: María Puncel
Capítulo 60: Temo que Satanás...

Con Francisco viajan hacia la China el hermano Ferreira, joven de la nobleza que ha entrado en la Compañía en Goa, Antonio de Santa Fe, un chino que ha estudiado ocho años en el colegio de San Pablo y que hará un gran servicio como intérprete y catequista, y el criado indio Cristóbal.

A finales de mayo han llegado a Malaca y se han alojado con el padre Pérez en Nuestra Señora del Monte.
-En mal momento habéis llegado, padre Francisco –ha informado el padre Pérez-. Hace semanas que han aparecido casos de peste y el número de afectados crece de día en día.
-Trabajaremos en ayudar a los enfermos mientras aguardamos la vuelta de la Santa Cruz. 
Diego Pereira ha ido con su carabela a la isla de Sonda a comprar la provisión necesaria de pimienta para el viaje a la China.

Cuando Francisco se ha presentado a saludar a su gran amigo don Pedro de Silva, capitán de Malaca, ha tenido ocasión de conocer a don Alvaro de Ataide, capitán del mar de toda esta zona; a él está sometido el tráfico de todas las embarcaciones que navegan por esta aguas.
Con los dos ha hablado largamente del viaje que proyecta y les ha comentado que trae consigo un documento que acredita a Diego Pereira como embajador de Portugal ante el poderoso rey de la China.
-¡Un simple comerciante convertido en embajador! ¡Brava cosa! –ha comentado altanero don Alvaro.
Y Francisco ha salido de la entrevista mal impresionado y con un cierto desánimo.

En los días siguientes, el y sus dos compañeros se han dedicado al cuidado de los enfermos. El número de atacados por las fiebres es tan grande que enseguida se han visto abarrotados el hospital y las casas colindantes; ha sido preciso sacar embarcaciones a tierra y acomodar en ellas a los pacientes.
Se multiplica el padre Francisco para ir de un lugar a otro y de un enfermo a otro prestando auxilios espirituales y aun corporales a todos aquellos que los precisan. La enfermedad se extiende; el propio don Alvaro de Ataide, capitán del mar, cae un día atacado por las fiebres. El padre le visita con toda la frecuencia que puede, celebra misa en su casa y pide al padre Pérez que haga lo mismo cuando a él le es imposible.

Después de unas semanas de ausencia, ha regresado la Santa Cruz. Diego Pereira ha venido al encuentro de Francisco:
-Todo preparado. En unión con varios amigos he comprado una espléndida carga de la más fina pimienta que podáis imaginar; y sólo en regalos para el rey de la China llevo gastados más de 4.000 ducados.
-¿Cuándo podremos partir, amigo?
Diego respira alegre seguridad, franco optimismo:
-Concededme dos días más para ultimar preparativos y estaremos listos para zarpar. El tiempo está en inmejorables condiciones para la navegación. Ya veréis, a finales del verano estarán pactadas las paces entre Portugal y la China, nuestros amigos se verán fuera de sus cárceles y yo podré volver con mi nave cargada de ricas mercancías.

-Quiera Dios que todo resulte como lo pintáis; eso querrá decir que habremos abierto las puertas de la China a la entrada del Evangelio. Pedidle al Señor, como yo lo hago, que nos sea propicio en esta empresa...
Algo en su voz y en su mirada hace que Diego le pregunte sorprendido:
-Padre Francisco, ¿qué os ocurre?
-Temo que Satanás nos vaya a estorbar esta empresa.
-¡Padre, no os reconozco! Cualquiera diría que estáis receloso ante este viaje y se dice que nunca habéis tenido miedo a nada.

Francisco ha sonreído levemente al oír esta afirmación, pero ha insistido en su sombrío presentimiento:
-Vos mismo lo veréis.
Y están los viajeros empezando a trasladar sus cosas a la Santa Cruz cuando don Alvaro de Ataide se ha presentado en el puerto acompañado de soldados.
-Dentro de pocas horas podremos ya hacernos a la mar –le ha comentado amistosamente Francisco.
-La Santa Cruz no saldrá del puerto sin mi consentimiento –ha afirmado secamente Ataide.
-¡Pero, don Alvaro, tenéis que permitir nuestra salida! Sabéis muy bien, porque yo mismo os he informado de ello, que este es un viaje que redundará en gran servicio de Dios y del rey. Llevamos una embajada en nombre de don Juan III para...

-¡Un mercader representando al rey de Portugal! ¿Se ha visto nunca bajeza semejante? ¡Y vos patrocinando esta indignidad! ¡Nunca, sabedlo bien, nunca consentiré que Diego Pereira vaya como embajador ante el rey de la China!
Don Alvaro ha ido subiendo el tono a medida que hablaba, y al final, ha ordenado a sus soldados que desmonten el timón de la Santa Cruz.
Ante semejante atropello Diego Pereira ha protestado con toda energía, y viendo que eso no le servía de nada, ha cambiado de táctica y ha ofrecido dinero, parte de las ganancias del viaje; todo ha sido inútil. Don Alvaro tiene la fuerza y está dispuesto a usarla.

¿Qué ha podido motivar esta actitud tan violenta? ¿Orgullo ofendido al ver que no ha sido él, don Alvaro de Ataide, hijo del gran Vasco de Gama, el elegido para representar al rey de Portugal ante el poderoso rey de la China? ¿Vil codicia que desea asegurar para sí las ingentes ganancias que esta expedición puede proporcionar?
Francisco se ha adelantado para exponer con calma:
-Mirad que al impedir esta embajada estáis estorbando también mi entrada como nuncio del Papa y...
-¿Nuncio pontificio? ¿Y donde está el Breve que os acredita como tal?
-Quedó depositado en el colegio de San Pablo de Goa.
-¡En Goa!, pues cuando lo vea empezaré a creeros.
-El padre Pérez y el vicario saben que lo poseo, ellos pueden aseguraros que...
-No me basta su palabra –asegura con despectiva impertinencia el capitán del mar.
-¿Sabéis, don Alvaro, que el que se opone a un legado pontificio en las funciones de su cargo incurre en excomunión?

Don Alvaro ha soltado una risotada, luego ha escupido ostentosamente en el suelo y ha pisoteado su propio salivazo.
-¡Así como esto me importan a mí vuestras amenazas de excomunión! ¡Legado pontificio, bah! –y ha vuelto la espalda para irse seguido de sus soldados que cargan con el timón de la Santa Cruz. Ataide proyecta llevarlo a su casa; quiere custodiarlo personalmente.
¡Adiós esperanzas para Pereira de una entrada como embajador en China y de las ganancias que con este viaje esperaba conseguir! ¡Y adiós para Francisco su esperanza de apertura al Evangelio de este gran reino!
Por más que se ha rogado y suplicado a don Alvaro; por más que amigos, sacerdotes y seglares han intercedido y por más que hasta don Pedro de Silva se ha empeñado en convencerle de que dé su permiso de salida a la Santa Cruz, el capitán del mar ha seguido tozudamente obcecado en su postura. Es más, ha hecho difundir entre la población de Malaca insultos, injurias y difamaciones contra Francisco, que el pueblo repite hasta convertir la vida del padre en una continua aflicción.

-Jamás hombre alguno me ha perseguido de este modo en toda mi vida, ni siquiera entre los gentiles –le ha confiado Francisco al padre Pérez.
Se ha retirado a Nuestra Señora del Monte y pasa gran parte de las noches arrodillado en la iglesia; más de una vez le han visto sus compañeros derrumbado sobre las gradas del altar sollozando amargamente con el rostro oculto entre las manos.
No llora sólo por su propio sufrimiento: le duele inmensamente el perjuicio económico causado a Pereira y a sus amigos que, fiados de su palabra, han invertido sus caudales en una aventura tan desastrosa.

Al fin, después de muchas gestiones del vicario de Malaca y de varios personajes importantes, que han interpuesto su valimiento indignados por la conducta de Ataide, se ha conseguido que este consienta en que la Santa Cruz salga del puerto, pero con la condición de que Diego quedará retenido en Malaca, y con él todos los regalos destinados al rey de la China. En la Santa Cruz podrá viajar Francisco con sus acompañantes y en la nave se consentirá que viaje un factor de Pereira que se ocupará en Sancián de negociar sus mercancías; viajarán además con ellos hasta veinticinco hombres adictos a don Alvaro.

Francisco escribe a Gaspar Barceo poco antes de embarcar: “...Marcho ahora a las islas de Cantón desamparado de todo favor humano, en la esperanza de que algún gentil me llevará a tierra de China, porque la embarcación que tenía que ir allá impidióla don Alvaro por la fuerza.
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