HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

lunes, 19 de agosto de 2013

20 de Agosto SAN SAMUEL Profeta


20 de Agosto
SAN SAMUEL
Profeta

En la tradición bíblica, Samuel es presentado como un hombre de Dios. Es, a la vez, un orante y un dirigente del pueblo. Un hombre de oración que ha tenido que orientar y decidir sobre la marcha diaria de su pueblo. Un hombre de acción que ha buscado en el silencio y la oración, la fuerza y la tolerancia necesarias. La palabra alentadora y el grito denunciador. Samuel es un hombre que, por una parte, ha actuado con limpieza y sin sobornos. Y, por otra, ha orado sin escapismos ni evasiones. Samuel es, al mismo tiempo y con pareja sinceridad, el profeta comprometido, el juez honesto, el orientador discreto.

EL PROFETA
Cuando el libro del Eclesiástico califica a Samuel como «amado de su Señor» (Si 46, 13) está recordando sin duda las copiosas tradiciones que evocaban la figura legendaria y señera de aquel hombre inabarcable y polifacético. Pero el mismo libro parece reconocer que, antes que nada, Samuel fue un profeta, acreditado por su fidelidad y sus oráculos.
Un profeta, rodeado del halo del nacimiento prodigioso que circunda de gloria la aparición de los héroes. La esterilidad de la madre y las caricias comprensivas del padre no hacen más que subrayar una convicción fuertemente arraigada en el pueblo: la figura de un liberador es siempre un don de los cielos. La primera dificultad para un profeta es la dificultad de nacer. No es fácil que surja una voz desgarradora en medio del cacareo amedrentado de los hombres. Lo nuestro es siempre la esterilidad, cuando no la burla cínica ante los que lloran y viven en el lamento (1S 1). La amarga experiencia de la humanidad entera se hace confesión en el canto de Ana, la madre del profeta: «Yahvé enriquece y despoja, abate y ensalza» (1S 2, 7).
Pero los profetas no son héroes prodigiosos. Los hombres del cansancio y la fatiga, del sueño y la oscuridad. Toda la atmósfera poética de la primera visión del niño Samuel (1S 3) puede hacernos olvidar que un profeta experimenta siempre una estremecedora dificultad para la percepción de Dios. Es más: la voz de Dios es fácilmente confundible con el tono de las voces más habituales. El joven profeta que duerme en la noche no puede sospechar que Dios se esté acercando a su vida. Ni entonces ni ahora resulta espontáneo al hombre Samuel abrir la vida en disponibilidad para susurrar: «Habla, Yahvé, que tu siervo escucha» (1S 3, 9-10).
Y luego, los profetas no son hombres pseudocontemplativos que se detienen en el regusto almibarado de las palabras de su Señor. De sobra saben que las palabras de su Señor no les pertenecen como herencia indiscutible. Si así fuera, las atesorarían con religiosa fidelidad. Pero el mensaje les ha sido confiado para ser anunciado con religiosa urgencia. La tercera gran dificultad del profeta es siempre la de proclamar lo escuchado. Porque la proclamación es siempre anuncio de planes y promesas, pero es también denuncia de cobardías y traiciones. El hombre Samuel, entonces como ahora, necesita una desvalida osadía para desenmascarar las villanías que envenenan a los mismos promotores oficiales de la justicia. Milagro parece que éstos acepten sus palabras y que una voz popular comente de siglo en siglo: «Samuel crecía; Yahvé estaba con él y no dejó caer en tierra ninguna de sus palabras» (1S 3, 19).

A veces el mundo se nos llena de charlatanes que alardean de profetas. El mundo entero debería exigirles sus credenciales. Porque sólo esa imprevisibilidad humana en el nacer, esa disponibilidad para escuchar en la noche, esa prontitud para proclamar un mensaje poco gratificante..., garantizan y acreditan al profeta del Señor (1S 3, 20).

EL JUEZ
El libro del Eclesiástico alaba también a Samuel por haber juzgado a la asamblea según la ley del Señor (Si 46, 14). Tras los años de infancia pasados en el santuario de Silo, Samuel amaba su retiro solariego de Ramá, donde transcurría su vida con su familia, y donde había edificado un altar a Yahvé. Pero la fuerza de aquella plegaria silenciosa debía convertirse, año tras año, en peregrinaje en servicio de su pueblo. «Hacía cada año un recorrido por Betel, Guilgal, Mispá, juzgando a Israel en todos estos lugares» (1S 7, 16).
Y juzgar significa, antes que nada, denunciar. El pueblo siempre vuelve los ojos a los dioses de la inmediatez y la eficacia. El pueblo cae en la tentación de las idolatrías que le impone la propaganda de turno. Ante los éxitos económicos o culturales de los pueblos de alrededor, el pueblo se siente inclinado a venerar a los presuntos patronos divinos de tal prosperidad. Y el juez Samuel ha de criticar la idolatría y animar a una liberación ideológica y religiosa. Samuel invita a la conversión. Al verdadero y único servicio en el que se cifra la libertad: «Fijad vuestro corazón en Yahvé, servidle a él solo y él os liberará...»> (1S 7, 3).
Para el hombre arrancado del silencio de su hogar, juzgar significa también orar. Los hombres crecen fácilmente en el mito del progreso. Y los pueblos se arrodillan ante los frutos de sus propios éxitos. Como si todo dependiera de ellos. Sólo la capacidad para el asombro descubre en el total de la historia una cantidad que no habíamos incluido en los sumandos. Siempre hay un «algo más» que no depende de nuestro trajinar. Más allá del problema, toda vida y toda empresa está siempre aureolada por el misterio. El juez Samuel invoca al Señor, a petición de su pueblo, y orienta sus miradas y sus corazones al otro sentido de la vida, al sentido de la vida que pasa por la adoración (1S 7, 8-9).
Pero juzgar no significa sólo orientar las miradas, sino también fortalecer las manos vacilantes. El pecado original de los hombres consiste en la pereza. En la flojera que los lleva a abandonar las riendas de su destino en las manos de la irracionalidad: en la voz de una serpiente que planea un futuro diferente o en el dictado de los que han monopolizado la sinrazón de la fuerza (ver 1S 13, 19-22). El pecado original de los pueblos consiste en la abdicación de las razones que los hacen señores y libres. El juez Samuel orienta a su pueblo hacia el servicio a su Señor. En él radica su unidad originaria y su fuerza de elección. Sólo en la aceptación de los caminos del Señor, el pueblo volverá a ser libre y valiente, unido y valeroso. Samuel lo subraya al levantar una estela memorial: «Hasta aquí nos ha socorrido Yahvé» (1S 7, 12).
A veces el mundo se nos llena de charlatanes que presumen de liberadores. No todos lo son. Solamente aquellos que renuncian a halagarnos y en el dolor nos invitan a superarnos, en la plegaria nos llevan a encontrarnos a nosotros mismos frente al absoluto, y en la decisión nos empujan a recobrar la esperanza (1S 7, 13-15).

EL ORIENTADOR
El libro del Eclesiástico alaba a Samuel por haber fundado la realeza y haber ungido a los príncipes del pueblo (Si 46, 13). Ni el santuario de Silo era su refugio, ni su hogar de Ramá fue su descanso. Tal vez el mayor dolor de Samuel haya sido comprobar que sus propios hijos no seguían su camino: atraídos por el lucro, aceptaban sobornos y torcían el derecho (1S 8, 3). Por otra parte, la antigua estructura tribal parece ser insuficiente para hacer frente a las exigencias defensivas del momento. El pueblo pide un rey. El santuario de Silo ha sido profanado, robada el arca, amenazada la frágil unidad de las tribus. La decisión no fue nada fácil. El Gran Libro conserva todavía el eco de las posiciones monárquicas y el celo antimonárquico de dos corrientes de opinión. Y, en medio, Samuel. El hombre de la plegaria y la prudencia ha de convertirse en el hombre de la decisión comprometida.
La primera decisión ha sido la de escuchar el clamor del pueblo. Es fácil intuir el dolor de Samuel. Desde su grandeza humana parece lamentar la disgregación de su pueblo. Percibe las funestas consecuencias que la monarquía acarreará. Oye como un mazazo el grito de aquel pueblo: Tendremos un rey y seremos como los demás pueblos». Esa pérdida de la diversidad es, tal vez, más dolorosa (1S 8, 19-20). Pero el hombre de la fe no se evade de las demandas de su pueblo. Al contrario, solamente su hondura religiosa ha logrado el equilibrio suficiente para que la demanda no sea blasfema: para que el rey elegido no sea absolutizado, divinizado, por encima de la única Majestad absoluta. Solamente su hondura religiosa da un sentido religioso a la nueva institución: un sentido liberador al fin (1S 8, 22).
La segunda decisión es la de la elección de Saúl. Entre las líneas del relato bíblico es fácil descubrir la tensión en que el hombre de Dios va dando cada uno de los pasos. El encuentro con el príncipe elegido ha sido sin duda magnificado por los relatos tradicionales. De todas formas, parece vivido en un clima de oración: el Señor orienta la mirada para reconocer al elegido (1S 9, 17) y él es al fin quien lo ha ungido como caudillo de su heredad (1S 10, 1). Él es quien le cambia el corazón (1S 10, 9) y quien orienta los pasos del sorteo (1S 10, 22). Entre líneas es fácil imaginar la tensión del hombre Samuel el día de la inauguración de la monarquía, mientras va pronunciando su discurso, su testimonio personal, su interpelación profética, su recordatorio de los planes salvadores de Dios (1S 12). Y fácil es adivinar el desgarro que se produce en su corazón al tiempo que se rasga su manto entre las manos crispadas del rey que se ha buscado el fracaso (1S 15, 27-28).
La tercera decisión es la de la elección de David. Elección arriesgada, si las hay. La fe yahvista ha tenido que comprometerse aquí en un cambio político de indudable trascendencia. El hombre de la oración y la prudencia parece tocado por los tintes de la conspiración. A medio camino entre el dolor por el fracaso de Saúl y el miedo por la muerte probable, Samuel tiene que cumplir aún la misión más decisiva para la historia de su pueblo, la unción clandestina de un joven pastor destinado a ser rey (1S 16). Según una tradición aislada, un día se encontrarán los tres personajes de este drama en las celdas del convento de los profetas en Ramá (1S 19, 18, 24). ¿Quién nos diera a conocer los sentimientos que aquel día se cruzaban en el corazón del anciano profeta?
A veces el mundo se nos llena de charlatanes que separan la opción religiosa de las opciones comprometidas en favor del pueblo. Solamente en la hondura religiosa, en la honradez incorruptible y en el temblor del riesgo se hace posible el paso de los orientadores llorados por su pueblo (1S 25, 1). Ante ellos, Samuel se nos presenta como una figura actual y fascinante: la del hombre al que su fe le lleva a comprometerse al servicio de su pueblo.

San Bernardo de Claraval

San Bernardo de Claraval (Clairvaux)
San Bernardo
Fiesta: 20 de agosto
(1090-1153)
Cisterciense, Doctor de la Iglesia

Fue el gran impulsor y propagador de la Orden Cisterciense y el hombre más importante del siglo XII en Europa.
Fundador del Monasterio Cisterciense del Claraval y de muchos otros.
Nació en Borgoña (Francia) en el año 1.090, en el Castillo Fontaines-les-Dijon. Sus padres eran los señores del Castillo y fue educado junto a sus siete hermanos como correspondía a la nobleza, recibiendo una excelente formación en latín, literatura y religión.
San Bernardo es, cronológicamente, el último de los Padres de la Iglesia, pero es uno de los que más impacto ha tenido en ella.
Fue declarado Santo en 1.173 por el Papa Alejandro III. Posteriormente, fue declarado Doctor de la Iglesia.
Su personalidad
Bernardo tenía un extraordinario carisma de atraer a todos para Cristo.
Amable, simpático, inteligente, bondadoso y alegre, incluso muy apuesto, pues sabemos que su hermana Humbelina le llamaba cariñosamente con el apelativo de "ojos grandes". Durante algún tiempo se enfrió en su fervor y empezó a inclinarse hacia lo mundano. Pero las amistades mundanas, por más atractivas y brillantes que fueran, lo dejaban vacío y lleno de hastío. Después de cada fiesta se sentía más desilusionado del mundo y de sus placeres.
La visión que cambió su trayectoria
Una noche de Navidad, mientras celebraban las ceremonias religiosas en el templo, se quedó dormido y le pareció ver al Niño Jesús en Belén en brazos de María, y que la Santa Madre le ofrecía a su Hijo para que lo amara y lo hiciera amar mucho por los demás. Desde este día ya no pensó sino en consagrarse a la religión y al apostolado. Un hombre que arrastra con todo lo que encuentra, Bernardo se fue al convento de monjes benedictinos llamado Cister, y pidió ser admitido. El superior, San Esteban Harding lo aceptó con gran alegría.
Toda su familia ganada para Cristo.
Bernardo volvió a su familia a contar la noticia y todos se opusieron. Los amigos le decían que esto era desperdiciar una gran personalidad para ir a sepultarse vivo en un convento. La familia no aceptaba de ninguna manera. Pero Bernardo les habló tan maravillosamente de las ventajas y cualidades que tiene la vida religiosa, que logró llevarse al convento a sus cuatro hermanos mayores, a su tío y 30 compañeros de la Nobleza que dejaron todo para unirse a Cristo . Dicen que cuando llamaron a Nirvardo el hermano menor para anunciarle que se iban de religiosos, el muchacho les respondió: "¡Ajá! ¿Con que ustedes se van a ganarse el cielo, y a mí me dejan aquí en la tierra? Esto no lo puedo aceptar". Y un tiempo después, también él se hizo religioso del Cister.
Antes de entrar al monasterio, Bernardo llevó a su finca a todos los que deseaban entrar al convento para prepararlos durante varias semanas, entrenándolos acerca del modo de cómo debían comportarse para ser unos fervorosos religiosos. En el año 1112, a la edad de 22 años, entra en el monasterio de Cister. Mas tarde, habiendo muerto su madre, entra en el monasterio su padre. Su hermana Humbelina y su cuñado, de mutuo acuerdo decidieron también entrar en la vida religiosa. Posteriormente llegó también su hermana Humbelina a la gloria de los altares. Vemos en la historia la gran influencia de las relaciones tanto para bien como para mal.
En la historia de la Iglesia es difícil encontrar otro hombre que haya sido dotado por Dios de un poder de atracción tan grande para llevar gentes a la vida religiosa, como el que recibió Bernardo. Las muchachas tenían terror de que su novio hablara con el santo. En las universidades, en los pueblos, en los campos, los jóvenes al oírle hablar de las excelencias y ventajas espirituales de la vida en un convento, se iban en numerosos grupos a que él los instruyera y los formara como religiosos. Durante su vida fundó más de 300 conventos para hombres, e hizo llegar a gran santidad a muchos de sus discípulos. Lo llamaban "el cazador de almas y vocaciones". Con su apostolado consiguió que 900 monjes hicieran profesión religiosa.
Fundador de Claraval. En el convento del Cister demostró tales cualidades de líder y de santo, que a los 25 años (con sólo tres de religioso) fue enviado como superior a fundar un nuevo convento. Escogió un sitio apartado en el bosque donde sus monjes tuvieran que derramar el sudor de su frente para poder cosechar algo, y le puso el nombre de Claraval, que significa "valle claro" ya que allí el sol ilumina fuerte todo el día. Supo infundir del tal manera fervor y entusiasmo a sus religiosos de Claraval, que habiendo comenzado con sólo 20 compañeros, a los pocos años tenía 130 religiosos. De este convento de Claraval salieron monjes a fundar otros 63 conventos. (Trois Fontaines, Fontenay, Foigny, etc.,).

Su Predicación.
Le llamaban "El Doctor boca de miel" (doctor melífluo). Su inmenso amor a Dios y a la Virgen Santísima y su deseo de salvar almas lo llevaban a estudiar por horas y horas cada sermón que iba a pronunciar, y luego como sus palabras iban precedidas de mucha oración y de grandes penitencias, el efecto era fulminante en los oyentes. Escuchar a San Bernardo era ya sentir un impulso fortísimo a volverse mejor.

Su amor a la Virgen Santísima.
Fue el gran enamorado de la Virgen Santísima. Se adelantó en su tiempo a considerarla medianera de todas las gracias y poderosa intercesora nuestra ante su Hijo Nuestro Señor . A San Bernardo se le deben las últimas palabras de la Salve: "Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María"., así como la bellísima oracion del "Acordaos" cuyo texto íntegro reproducimos en otro apartado de este texto). Tal era su Amor a la Virgen que teniendo costumbre de saludarla siempre que pasaba ante una imagen de ella con las palabras "Dios te Salve María", la imagen un día le contestó "Dios te salve, hijo mío Bernardo".
Los que quieren progresar en su amor a la Madre de Dios, necesariamente tienen que leer los escritos de San Bernardo por la claridad y el amor con que habla de ella. El pueblo vibraba de emoción cuando le oía hablar desde el púlpito con su voz sonora e impresionante:

Si se levantan las tempestades de tus pasiones, mira a la Estrella, invoca a María.
Si la sensualidad de tus sentidos quiere hundir la barca de tu espíritu, levanta los ojos de la fe, mira a la Estrella, invoca a María.
Si el recuerdo de tus muchos pecados quiere lanzarte al abismo de la desesperación, lánzale una mirada a la Estrella del cielo y rézale a la Madre de Dios.
Siguiéndola, no te perderás en el camino. Invocándola no te desesperarás. Y guiado por Ella llegarás seguramente al Puerto Celestial.

Sus bellísimos sermones son leídos hoy, después de varios siglos, con verdadera satisfacción y gran provecho.
Así como también de entre sus numerosísimos libros y textos se halla el de unas reflexiones de gran importancia llamado "La Consideración"  leído por varios Papas, entre ellos el Papa Juan XXIII.
En él propone una serie de consejos importantísimos para que los que están en puestos elevados, no vayan a cometer el gravísimo error de descuidar la humildad y/o dedicarse solamente a actividades exteriores descuidando la oración y la meditación. En una de sus reflexiones, comenta:
"Malditas serán dichas ocupaciones, si no dejan dedicar el debido tiempo a la oración y a la meditación".
Las dos ideas fundamentales que nos transmite San Bernardo son:
1.- La mediación universal de la Virgen 2.- La necesidad filial de invocarla en todas las circunstancias.

Viajero infatigable
El más profundo deseo de San Bernardo era permanecer en su convento dedicado a la oración y a la meditación. Pero el Sumo Pontífice, los obispos, los pueblos y los gobernantes le pedían continuamente que fuera a ayudarles, y él estaba siempre pronto a prestar su ayuda donde quiera que pudiera ser útil. Con una salud sumamente débil (porque los primeros años de religioso se dedicó a hacer demasiadas penitencias y se le dañó el aparato digestivo) recorrió toda Europa poniendo la paz donde había guerras, deteniendo las herejías, corrigiendo errores, animando desanimados y hasta reuniendo ejércitos para defender la santa religión católica. Era el árbitro aceptado por todos. Exclamaba: "A veces no me dejan tiempo durante el día ni siquiera para dedicarme a meditar. Pero estas gentes están tan necesitadas y sienten tanta paz cuando se les habla, que es necesario atenderlas" (ya en las noches pasaría luego sus horas dedicado a la oración y a la meditación).

Despedida gozosa.
Después de haber llegado a ser el hombre más famoso de Europa en su tiempo y de haber conseguido varios milagros (como por ejemplo hacer hablar a un mudo, el cual confesó muchos pecados que tenía sin perdonar) y después de haber llenado varios países de monasterios con religiosos fervorosos, ante la petición de sus discípulos para que pidiera a Dios la gracia de seguir viviendo otros años más, exclamaba:

"Mi gran deseo es ir a ver a Dios y a estar junto a Él. Pero el amor hacia mis discípulos me mueve a querer seguir ayudándolos. Que el Señor Dios haga lo que a Él mejor le parezca". Y a Dios le pareció que ya había sufrido y trabajado bastante, y que se merecía el descanso eterno y el premio preparado para los discípulos fieles, y se lo llevó a su eternidad feliz, el 20 de agosto del año 1153. Tenía 63 años.
ANÉCDOTA
Le sucedió a San Bernardo, siendo muy joven, cuando todavía no había entrado en la vida monástica. Bernardo era muy guapo, de porte elegante y alto.

En cierta ocasión, cabalgando lejos de su casa con varios amigos, les sorprendió la noche, por lo que tuvieron que buscar hospitalidad en una casa. La dueña los recibió bien, e insistió en que Bernardo, como jefe del grupo, ocupase una habitación separada. Durante la noche, la mujer se presentó en la habitación con intenciones deshonestas. Bernardo, en cuanto se dio cuenta de lo que se avecinaba, fingió con gran presencia de ánimo creer que se trataba de un intento de robo, y con toda su fuerza empezó a gritar: -¡Ladrones, ladrones! La intrusa se alejó rápidamente. Al día siguiente, cuando el grupo se marchaba cabalgando, sus amigos empezaron a bromear acerca del imaginario ladrón, pero Bernardo, contestó con toda tranquilidad:
-No fue ningún sueño. El ladrón entró indudablemente en la habitación, pero no para robarme el oro y la plata, sino algo de mucho más valor."

ORACIÓN
Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, reclamando vuestra asistencia, haya sido desamparado de Vos.
Animado por esta confianza, a Vos acudo, Madre, Virgen de las vírgenes; y gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante Vos. Madre de Dios, no desechéis mis súplicas; antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.