HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

martes, 17 de septiembre de 2013

OBRAS DE SAN AGUSTIN.DE LA FE EN LO QUE NO SE VE

DE LA FE EN LO QUE NO SE VE

Traductor: P. Herminio Rodríguez, OSA

En la vida social, también se creen muchas cosas sin ser vistas. La buena voluntad del amigo no se ve, pero se cree en ella. Sin alguna fe, ni siquiera podemos tener certeza del afecto del amigo probado
I. 1. Piensan algunos que la religión cristiana es más digna de burla que de adhesión, porque no presenta ante nuestros ojos lo que podemos ver, sino que nos manda creer lo que no vemos. Para refutar a los que presumen que se conducen sabiamente negándose a creer lo que no ven, les demostramos que es preciso creer muchas cosas sin verlas, aunque no podamos mostrar ante sus ojos corporales las verdades divinas que creemos.
En primer lugar, a esos Insensatos, tan esclavos de los ojos del cuerpo que llegan a persuadirse que no deben creer lo que no ven, hemos de advertirles que ellos mismos creen y conocen muchas cosas que no se pueden percibir con aquellos sentidos. Son innumerables las que existen en nuestra alma, que es por naturaleza invisible. Por ejemplo: ¿qué hay más sencillo, más claro, más cierto que el acto de creer o de conocer que creemos o que no creemos alguna cosa, aunque estos actos estén muy lejos del alcance de la visión corporal? ¿Qué razón hay para negarse a creer lo que no vemos con los ojos del cuerpo, cuando, sin duda alguna, vemos que creemos o que no creemos, y estos actos no se pueden percibir con los sentidos corporales?
2. Pero dicen: lo que está en e1 alma, podemos conocerlo con la facultad interior del alma, y. no necesitamos los ojos del cuerpo; pero lo que nos mandáis creer, ni lo presentáis al exterior para que lo veamos con los ojos corporales ni está dentro en nuestra alma para que podamos verlo con el entendimiento. Dicen estas cosas como si a alguno se le mandara creer lo que ya tiene ante los ojos. Es preciso creer algunas cosas temporales que no vemos, para que seamos dignos de ver las eternas que creemos. Y tú, que no quieres creer más que lo que ves, escucha un, momento: ves los objetos presentes con los ojos del cuerpo; ves tus pensamientos y afectos con los ojos del alma. Ahora dime, por favor: ¿cómo ves el afecto de tu amigo? Porque el afecto no puede verse con los ojos corporales. ¿Ves, por ventura, con los ojos del alma lo que pasa en el alma de otro? Y, si no lo ves, ¿cómo corresponderás a los sentimientos amistosos, cuando no crees lo que no puedes ver? ¿Replicarás, tal vez, que ves el afecto del amigo en sus obras? Verás, en efecto, las obras de tu amigo, oirás sus palabras; pero habrás de creer en su afecto, porque éste ni se puede ver ni oír, ya que no es un color o una figura que entre por los ojos, ni un sonido o una canción que penetre por los oídos, ni una afección interior que se manifieste a la conciencia. Sólo te resta creer lo que no puedes ver, ni oír; ni conocer por el testimonio de la conciencia, para que no quedes aislado en la vida sin el consuelo de la amistad, o el afecto de tu amigo quede sin justa correspondencia. ¿Dónde está tu propósito de no creer más que lo que vieres exteriormente con los ojos del cuerpo o interiormente con los ojos del alma? Ya ves que tu afecto te mueve a creer en el afecto no tuyo; y adonde no pueden llegar ni tu vista ni tu entendimiento, llega tu fe. Con los ojos del cuerpo ves el rostro de tu amigo, y con los ojos del alma ves tu propia fidelidad; pero la fidelidad del amigo no puedes amarla si no tienes también la fe que te incline a creer lo que en él no ves; aunque el hombre puede engañar mintiendo amor y ocultando su mala intención. Y, si no intenta hacer daño, finge la caridad, que no tiene, para conseguir de ti algún beneficio.
3. Pero dices que, si crees al amigo, aunque no puedes ver su corazón, es porque lo probaste en tu desgracia y conociste su fidelidad cuando no te abandonó en los momentos de peligro. ¿Te imaginas, por ventura, que hemos de anhelar nuestra desgracia para probar el amor de los amigos? Ninguno podría gustar la dulzura de la amistad si no gustara antes la amargura de la adversidad; ni gozaría el placer del verdadero amor quien no sufriera el tormento de la angustia y del dolor. La felicidad de tener buenos amigos, ¿por qué no ha de ser más bien temida que deseada, si no se puede conseguir sin la propia desgracia? Y, sin embargo, es muy cierto que también en la prosperidad se puede tener un buen amigo, aunque su amor se prueba más fácilmente en la adversidad.
Si de la sociedad humana desaparece la fe, vendrá una confusión espantosa
II. En efecto, si no creyeras, no te expondrías al peligro para probar la amistad. Y, por tanto, cuando así lo haces, ya crees antes de la prueba. En verdad, si no debemos creer lo que vemos, ¿cómo creemos en la fidelidad de los amigos sin tenerla comprobada? Y cuando llegamos a probarla en la adversidad, aun entonces es más bien creída que vista. Si no es tanta la fe que, no sin razón, nos imaginamos ver con sus ojos lo que creemos. Debemos creer, porque no podemos ver.
4. ¿Quién no ve la gran perturbación, la confusión espantosa que vendrá si de la sociedad humana desaparece la fe? Siendo invisible el amor, ¿cómo se amarán mutuamente los hombres, si nadie cree lo que no ve? Desaparecerá la amistad, porque se funda en el amor recíproco. ¿Qué testimonio de amor recibirá un hombre de otro si no creer que se lo puede dar? Destruida la amistad, no podrán conservarse en el alma los lazos del matrimonio, del parentesco y de la afinidad, porque también en estos hay relación amistosa. Y así, ni el esposo amará a la esposa, ni ésta al esposo, si no creen en el amor recíproco porque no se puede ver. Ni desearán tener hijos, cuando no creen que mutuamente se los han de dar. Si estos nacen y se desarrollan, tampoco amarán a sus padres; pues, siendo invisible el amor, no verán el que para ellos abrasa los paternos corazones, si creer los que no se ve es temeridad reprensible y no fe digna de alabanza. ¿Qué diré de las otras relaciones de hermanos, hermanas, yernos y suegros, y demás consanguíneos y afines, si el amor de los padres a sus hijos y de los hijos a sus padres es incierto y la intención sospechosa, cuando no se quieren mutuamente? Y no lo hacen estimando que no tienen obligación, pues no creen en el amor del otro porque no lo ven. No creer que somos amados, porque no vemos el amor, ni corresponder al afecto con el afecto, porque no pensamos que nos lo debemos recíprocamente, es una precaución mas molesta que ingeniosa. Si no creemos lo que no vemos, si no admitimos la buena voluntad de los otros porque no puede llegar hasta ella nuestra mirada, de tal manera se perturban las relaciones entre los hombres, que es imposible la vida social. No quiero hablar del gran número de hechos que nuestros adversarios, los que nos reprenden porque creemos lo que no vemos, creen ellos también por el rumor público y por la historia, o referentes a los lugares donde nunca estuvieron. Y no digan: No creemos porque no vimos. Pues si lo dicen, se ven obligados a confesa que no saben con certeza quiénes son sus padres. Ya que, no conservando recuerdo alguno de aquel tiempo, creyeron sin vacilación a los que se lo afirmaron, aunque no se lo pudieran demostrar por tratarse de un hecho ya pasado. De otra manera, al querer evitar la temeridad de creer lo que no vemos, incurriríamos necesariamente en el pecado de infidelidad a los propios padres.
Motivos para creer. Cumplimiento de las profecías relativas a la Iglesia
III. Si no es posible que subsista, por falta de concordia, la sociedad humana, cuando rehusamos creer lo que no vemos, ¿con cuánta mayor razón hemos de dar fe a las verdades divinas que no vemos; pues, si se niega, no se profana la amistad de los hombres, sino la religión sublime, para caer en la eterna desventura?
5. Pero dirás: aunque no veo el afecto del amigo, puedo tener pruebas de su existencia. Vosotros, en cambio, sin prueba alguna nos mandáis creer lo que no vemos. Ya es algo que me concedas que hay motivos para creer algunas verdades aunque no se vean. Porque así queda bien sentada esta afirmación: No todo lo que no se ve debe no ser creído. Y rechazada en absoluto esta otra: No debemos creer lo que no vemos. Mucho se equivocan los que piensan que sin pruebas suficientes creemos en Cristo ¿Qué prueba más evidente que el cumplimiento de las profecías? Por tanto, los que pensáis que no hay motivo alguno para creer de Cristo lo que no visteis, considerad lo que estáis viendo.
La misma Iglesia con voz maternal os habla: Yo, a quien admiráis extendida por todo el mundo y dando frutos copiosos de santidad, no siempre existí como ahora me estáis viendo. Pero escrito está: En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones 1. Cuando Dios bendecía a Abraham, era yo la prometida, pues con la bendición de Cristo me propago entre todas las gentes. La serie de generaciones de testimonio de Cristo, descendiente de Abraham. Lo probaré en pocas palabras: Abraham engendró a Isaac, Isaac engendr6 a Jacob, Jacob engendró doce hijos, y de éstos procede el pueblo de Israel. Pues Jacob fue llamado Israel. Entre los doce hijos se cuenta Judá, del que tomaron su nombre los judíos; y de éstos nació la Virgen María, que dio a luz a Cristo. Veis con asombro cómo en Cristo, esto es, en la descendencia de Abraham, son bendecidas todas las naciones. ¡Y aun teméis creer en Él, cuando lo que debisteis temer, en realidad, es vuestra falta de fe! ¿Ponéis en duda o negáis el parto de la Virgen, cuando más bien debéis creer que así convenía que naciera el Hombre Dios? Sabed que fue anunciado por el profeta: He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo, y llamarán su nombre Emmanuel, que, traducido, quiere decir Dios con nosotros 2. No podéis dudar que da a luz la Virgen, si queréis creer que nace Dios; que, sin dejar el gobierno del mundo, viene a nosotros en carne humana; que hace a su madre fecunda sin quitarle la integridad virginal. Así debía nacer el que, siendo eternamente Dios, se hizo hombre para ser nuestro Dios. Por eso, hablando de Él, dice el profeta: Tu trono, ¡oh Dios!, es por los siglos eternos, y cetro de equidad es el cetro de tu reino. Amaras la justicia y aborreces la iniquidad; por eso Dios, tu Dios, te ha ungido con el óleo de la alegría más que a tus compañeros. Con esta unción espiritual, Dios ungió a Dios, o sea, el Padre al Hijo. De aquí sabemos que el nombre de Cristo viene de crisma, que significa unción.
Yo soy la Iglesia, de la que se le habla en el mismo salmo y se anuncia como un hecho que había de venir: Estará la reina a tu derecha, vestida de oro, rodeada de variedad, es decir, en el templo de la sabiduría, adornada con variedad de lenguas. Allí se me dice: Oye, hija, mira, aplica tu oído, olvida tu pueblo Y la casa de tu padre; porque el rey se prendó de tu hermosura, pues él es el Señor Dios tuyo, y las hijas de Tiro vendrán con dones para adorarle, los ricos del pueblo solicitarán tu favor. Toda la gloria de la hija del rey viene de dentro; sus vestidos son brocado de oro y variedad de colores. Detrás de ella, las vírgenes son introducidas al rey; sus amigas os son presentadas: vendrán con júbilo y con alegría, serán introducidas en el real palacio. A tus padres sucederán tus hijos; los constituirás príncipes por toda la tierra. Recordarán tu nombre de una en otra generación. Por esto los pueblos te alabarán eternamente 3.
6. Si no veis a esta reina acompañada de su real descendencia; si ella no ve cumplida la promesa que le fue hecha cuando se le dijo: Oye, hija, mira; si no ha dejado ya los antiguos ritos del mundo, obedeciendo la orden: Olvida tu pueblo Y la casa de tu padre; si no glorifica en todas partes a nuestro Señor Jesucristo, según la profecía: El rey se prendó de tu hermosura, pues Él es el Señor Dios tuyo; si no ve cómo las ciudades de los gentiles elevan súplicas a Cristo y le ofrecen dones, como fue anunciado: Las hijas de Tiro vendrán con dones para adorarle; si no se humilla la soberbia de los poderosos, y piden auxilio a la Iglesia, a quien fue dicho: Los ricos del pueblo solicitarán tu favor; si no reconoce a la hija del rey, a quien se ordenó decir: Padre nuestro, que estás en los cielos 4; y si en sus santos no se renueva interiormente de día en día 5, aquella de quien fue dicho: Toda la gloria de la hija del rey viene de dentro; aunque impresione a los extraños con la gloria de sus predicadores en diversidad de lenguas, como vestidos resplandecientes de oro y variedad de colores; si, después de difundir por todas partes el buen olor de sus obras, no lleva las santas vírgenes a Cristo, de quien y a quien se dice: Detrás de ella, las vírgenes son introducidas al rey; sus amigas os son presentadas, y, para que no se imagine alguno que son conducidas a una prisión, vendrán, dice, con júbilo y con alegría, serán introducidas en el real palacio; si no da a luz hijos, y de entre ellos venera algunos como padres y los nombra prelados en diversos lugares, según el texto: A tus padres sucederán tus hijos, los constituirás príncipes por toda la tierra; a sus oraciones se encomienda la madre que es, al mismo tiempo, señora y súbdita; y por esto se añade: Recordarán tu nombre de una en otra generación; si, por la predicación de esos padres que recordaron siempre la gloria de la santa madre Iglesia, no se congregan en su seno tantas multitudes de creyentes que en sus propias lenguas la alaban sin cesar, conforme a la profecía: Por esto los pueblos te alabarán eternamente.
Lo que ahora vemos cumplido, debe movernos a creer lo que no vimos
IV. Si todo esto no se demuestra con tanta evidencia que los adversarios, adonde quiera que vuelvan la vista, encuentren el fulgor de la luz que les obligue a confesar la verdad, decís, y tal vez con razón, que no hay motivos para creer lo que no veis. Si, por el contrario, lo que estáis viendo fue anunciado mucho antes y se ha cumplido con toda exactitud; si la verdad se os manifiesta a sí misma en los hechos, pasados y presentes, entonces, ¡oh restos de la infidelidad!, para creer lo que no veis, sonrojaos ante lo que veis.
7. Prestadme atención, os dice la Iglesia; prestadme atención, pues me veis, aun sin quererlo. Todos los fieles que había en aquel tiempo en la Judea conocieron estos hechos cuando se realizaron: que Cristo nació milagrosamente de la Virgen; que padeció, resucitó y subió a los cielos, y, además, todas sus palabras y obras divinas. Estas cosas no las visteis vosotros, y por eso os negáis a creerlas. Pero mirad, ved y considerad atentamente las que estáis viendo. No se os habla de las pasadas ni se os anuncian las futuras: se os muestran las presentes. ¿Os parece de poca monta, o imagináis que no es un milagro, y un milagro estupendo, que todo el mundo siga a un hombre crucificado? No visteis lo que fue vaticinado y cumplido sobre el nacimiento de Cristo según la carne: He aquí que una virgen concebirá y parirá un hijo; pero veis cumplida la promesa que hizo Dios a Abraham: En tu descendencia serán bendecidas todas las naciones. No visteis los milagros de Cristo que la profecía anuncia con estas palabras: Venid y ved las obras del Señor, los prodigios que ha dejado sobre la tierra 6; pero veis lo que fue vaticinado: Díjome el Señor: tú eres mi Hijo; hoy te engendré yo. Pídeme y haré de las gentes tu heredad, te daré en posesión los confines de la tierra 7. No visteis lo que fue anunciado y cumplido referente a la pasión de Cristo: Han taladrado mis manos y mis pies, puedo contar todos mis huesos; y ellos me miran, me contemplan; se han repartido mis vestiduras y echan suerte acerca de mi túnica; pero veis lo que en el mismo salmo fue anunciado y ahora aparece cumplido: Se acordarán del. Señor y se convertirán a El todos los confines de la tierra, y le adorarán todas las familias de las gentes; porque del Señor es el reino, y Él dominará a las naciones 8. No visteis la profecía, que se cumplió, acerca de la resurrección de Cristo; pero hablando en nombre de Él, el Salmista dice primeramente del traidor y de los perseguidores: Salían fuera y hablaban reunidos, murmuraban contra mí todos mis contrarios; contra mí pensaban mal; en mi daño dijeron palabras injustas. Y para demostrarles que nada conseguirían dando muerte al que había de resucitar, añadió estas palabras: ¿Por ventura el que duerme no volverá a levantarse? Y un poco después, en el mismo salmo, anunció del traidor lo que también está escrito en el Evangelio: El que comía mi pan, alzó contra mí su calcañal; es decir, me pisoteó. E inmediatamente añadió: Pero tú, ¡oh Señor!, ten piedad de mí, haz que me levante, y les daré su merecido 9. Esto se ha cumplido: durmió Cristo y despertó, es decir, resucitó, El es quien en otro salmo, por boca del mismo profeta, dijo: Acostéme y me dormí, y me levanté porque el Señor me sustentaba 10.
No visteis esto, ciertamente; pero veis su Iglesia, de la que también se ha cumplido lo anunciado: Señor Dios mío, a ti vendrán los pueblos desde los últimos confines de la tierra y dirán: Verdaderamente nuestros padres adoraron dioses falsos, vanidad sin provecho alguno. Esto, ciertamente lo veis, queráis o no. Y aunque os imaginéis que hay o que hubo algún provecho en el culto de los dioses falsos, sin embargo, a innumerables pueblos gentiles que habían abandonado, derribado o destruido esas estatuas inútiles, les oísteis decir: Verdaderamente nuestros padres adoraron dioses falsos, vanidad sin provecho alguno; si es el hombre el que se hace los dioses, entonces no son dioses 11. Y no se os ocurra pensar que estos pueblos han de venir a Dios en un lugar divino determinado, porque se ha dicho: A ti vendrán los pueblos desde los últimos confines de la tierra. Entended, si podéis, que al Dios de los cristianos, que es el Dios altísimo y verdadero, no vienen los pueblos gentiles caminando, sino creyendo. Esto mismo anunció otro profeta: El Señor será terrible contra ellos y destruirá a todos los dioses de la tierra, y todos, cada uno desde su lugar, y todas las islas de las gentes le adorarán 12. Lo que uno dice: A ti vendrán todos los pueblos, el otro lo expresa de esta manera: Cada uno desde su lugar le adorarán. Vendrán, por consiguiente, a Él sin salir de su lugar, porque, creyendo en Él, lo hallarán en su propio corazón.
No visteis lo que fue anunciado y cumplido acerca de la ascensión de Cristo: Alzate, ¡oh Dios!, sobre los cielos; pero veis lo que añade el profeta: Y brille tu gloria por toda la tierra 13. No visteis todos aquellos hechos ya pasados referentes a Cristo, pero estos que están presentes en su Iglesia no podéis negarlos. Os demostramos la predicción de aquellos y de éstos, pero no podemos demostraras el cump1imiento de todos, porque es imposible presentar de nuevo ante la vista el pasado.
La visión del presente es motivo de la fe en el pasado y en el porvenir
V. 8. Pero así como por las pruebas que se ven creemos en los sentimientos amistosos sin ser vistos, de la misma manera, la Iglesia, que ahora vemos, es índice del pasado y anticipo y anuncio del porvenir, que no se ve, pero se muestra en las mismas Escrituras, en que ella es anunciada. En el instante de la predicción, nada era visible: ni el pasado, que ya no se puede ver, ni el presente, que no todo es visible. Cuando comenzaron a realizarse estas cosas, desde las ya pasadas hasta las presentes, todas las profecías relativas a Cristo y a su Iglesia se han ido cumpliendo en serie ordenada. A esta serie pertenecen: el juicio final, la resurrección de los muertos, la eterna condenación de los malos con el diablo y la eterna gloria de los buenos con Cristo. Todas estas cosas fueron igualmente anunciadas y han de realizarse. ¿Por qué no hemos de creer las cosas pasadas Y futuras que no vemos, teniendo la 'prueba de unas Y otras en las presentes que vemos, Y leyendo u oyendo leer en los libros proféticos que las pasadas, las presentes y las futuras fueron todas anunciadas antes que sucedieran? A no ser que los infieles sospechen que las escribieron los cristianos para dar mayor autoridad a las que ya creían, suponiéndolas prometidas antes de realizarse.
Los libros de los judíos prueban nuestra fe. Por qué no ha sido exterminada la secta de los judíos
VI. 9. Si tienen esta sospecha, examinen detenidamente los libros de los judíos, nuestros enemigos. Lean allí todas estas cosas de que hemos hablado, anunciadas de Cristo, en quien creemos, y de su Iglesia, que vemos desde los primeros trabajos en la propagación de la fe, hasta la eterna bienaventuranza del reino de los cielos. Cuando leen, no les sorprenda que los poseedores de esos libros, cegados por el odio, no entiendan estas cosas. Pues esta falta de inteligencia ya fue anunciada por los profetas, y debía cumplirse, como todas las demás profecías, para que los judíos, por secretos motivos de la divina justicia, reciban el castigo merecido por sus culpas. Aquel que crucificaron, y a quien dieron hiel y vinagre, aunque estando pendiente del madero, por amor de los que había de sacar de las tinieblas a la luz, dijo al Padre: Perdónales, porque no saben lo que hacen 14, sin embargo, a causa de los otros que, por secretos juicios divinos, había de abandonar, anunció mucho antes por boca del profeta: Echaron hiel en mi alimento, y cuando tuve sed, me dieron a beber vinagre; séales su mesa un lazo y su prosperidad un tropiezo; apáguese la luz de sus ojos para que no vean, y sus lomos estén siempre vacilantes 15. Con los ojos sin luz van por todas partes, nevando consigo las pruebas luminosas de nuestra causa, para que con ellas ésta sea probada y ellos, reprobados. Este pueblo judío no fue exterminado, sino dispersado por todo el mundo, para que, llevando consigo las profecías de la gracia que hemos recibido, nos sirva en todas partes para convencer más fácilmente a los infieles. Esto mismo que voy diciendo ha sido anunciado por el profeta: No los mates, por que no se olviden de tu ley; dispérsales con tu fortaleza 16. No fueron muertos porque no olvidaron lo que habían leído o habían oído leer en las sagradas Escrituras. Si, aunque no entienden esos libros santos, los hubieran olvidado completamente, habrían perecido con los ritos judaicos. Porque si los judíos no conocieran la Ley y los Profetas, para nada nos servirían. Por eso no fueron muertos, sino dispersados: para que sus recuerdos nos sean útiles, aunque ellos no tengan la fe que salva. En sus corazones son nuestros adversarios, y en sus Escrituras nuestros servidores y testigos.
Maravillosa conversión del mundo a la fe de Cristo
VII. 10. Aunque no existieran profecías acerca de Cristo y de su Iglesia, ¿quién dejaría de creer que brilló de improviso para el género humano una divina claridad, cuando vemos los falsos dioses abandonados, sus imágenes destrozadas, sus templos destruidos o destinados a fines diversos, tantos ritos supersticiosos, profundamente arraigados en las costumbres populares, abolidos, y que todos invocan a un solo Dios verdadero? Y esto lo realizó un hombre por los hombres insultado, detenido, maniatado, azotado, despojado, cubierto de oprobios, crucificado, muerto. Eligió, para continuar su obra, unos discípulos humildes e ignorantes, pescadores y publicanos, que predicaron la resurrección del Maestro y su gloriosa ascensión, de la que ellos, según propia declaración, fueron testigos oculares; y, llenos del Espíritu Santo, anunciaron este Evangelio en lenguas que no habían aprendido. Algunos de los que oyeron la buena nueva, creyeron; otros se negaron a creer y se opusieron ferozmente a los predicadores y a los fieles, que lucharon por la verdad hasta la muerte, no haciendo mal, sino padeciéndolo con resignación; y vencieron, no matando, sino muriendo. Así se convirtió el mundo; así entró el Evangelio en el corazón de los mortales, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, sabios e ignorantes, prudentes y necios, fuertes y débiles, nobles y plebeyos, grandes y pequeños; y de tal manera se propagó la Iglesia por todas las naciones, que no hay secta perversa contraria a la fe católica, ni error tan enemigo de la verdad cristiana, que no usurpe y quiera gloriarse del nombre de Cristo. Por cierto que no le sería permitido manifestarse en el mundo si la contradicción no sirviera también para probar la verdadera doctrina.
Aunque nada de esto hubiera sido anunciado por los profetas, ¿cómo hubiera podido un hombre crucificado realizar tan grandes cosas si no fuera un Dios encarnado? Mas habiendo tenido este gran misterio de amor sus vates y predicadores, que por inspiración divina lo anunciaron, y habiéndose cumplido con absoluta fidelidad, ¿quién estará tan privado de la razón que diga que los apóstoles mintieron, predicando que Cristo ha venido como lo anunciaron los profetas, que no callaron la verdad de los hechos futuros referentes a los mismos apóstoles? De éstos habían dicho: No hay idioma ni lenguaje en el que no se oiga su voz; su pregón resonó en toda la tierra, y sus palabras llegaron hasta los confines del universo 17. Esto, ciertamente, lo vemos cumplido en el mundo, aunque no conocimos en carne a Cristo. ¿Quién, pues, que no padezca increíble ceguera intelectual o que no esté endurecido con increíble obstinación, rehusará dar fe a las sagradas Escrituras, que anunciaron la conversión de todo el mundo a la fe de Cristo?
Exhortación a permanecer constantes en la fe
VIII. 11. Fortalézcase y aumente en vosotros, queridos míos, esta fe que ya tenéis o que acabáis de recibir. Como se cumplieron las cosas temporales mucho antes anunciadas, se cumplirán también las eternas prometidas. No os dejéis seducir ni por los supersticiosos paganos, ni por los pérfidos judíos, ni por los falaces herejes, ni tampoco, dentro de la Iglesia, por los malos cristianos, enemigos tanto más peligrosos cuanto más interiores. Y, para que no vacilasen los débiles, no guardó silencio el profeta divino. Y así, en el Cantar de los Cantares, hablando el Esposo a la Esposa, o sea, Cristo a la Iglesia, le dice: Como el lirio entre espinas, así mi amada entre las hijas 18. No dijo entre las extrañas, sino entre las hijas. Quien tenga oídos para oír, oiga; y mientras la red que fue echada al mar y recoge toda clase de peces, como dice el santo Evangelio, es sacada a la orilla, esto es, al fin del mundo, apártese de los peces malos, no con el cuerpo, sino con el corazón; no rompiendo las redes santas, sino mudando las malas costumbres. No sea que los justos, que ahora aparecen mezclados con los malos, encuentren no la vida eterna, sino el eterno castigo cuando sean separados en la orilla 19.

OBRAS DE SAN AGUSTIN.DE LA UTILIDAD DE CREER

DE LA UTILIDAD DE CREER

A Honorato

Capítulo I
Razón de este libro a Honorato
1. Amigo Honorato, si estuviera convencido de que ser hereje y creer lo que los herejes enseñan es una misma cosa me tendría por disculpado de hablar y escribir sobre este tema; pero es grande la diferencia que hay entre ambas cosas. Hereje -creo yo- es el que, movido por ventajas temporales, sobre todo por ansias de honores y de mando, elabora doctrinas nuevas y falsas o les presta asentimiento; en cambio, quien cree a hombres de este linaje, se engaña bajo una apariencia de verdad y de piedad. Así las cosas, me siento obligado a descubrirte lo que yo pienso sobre el camino de hallar la verdad y de entrar en posesión de la misma: su amor prendió con fuerza en nosotros ya desde los albores de la adolescencia. Es ésta una cuestión en que no fijan su mente vana muchos hombres, que, avanzados y extraviados en las cosas corpóreas, piensan que la única realidad auténtica es lo que se percibe por los cinco sentidos corporales. En su afán de superar y huir lo sensible, dan vueltas dentro de sí a las impresiones e imágenes percibidas a través de aquellos, y creen medir con toda precisión los entresijos inefables de la verdad valiéndose de la regla torpe y falaz recogida de aquellos. Es muy fácil, mi buen amigo, decir e incluso creer que hemos descubierto la verdad; pero al filo de la lectura irás conociendo la dificultad real que implica era tarea. Continúo rogando a Dios que este escrito sea para ti y para cuantos lleguen a leerlo de utilidad y no de obstáculo. Alienta mi esperanza el deseo de servir a los demás sin ambición de un nombre vano o por fútil ostentación.
2. Abrigo el propósito de llegar a demostrarte que es un acto de temeridad sacrílega por parte de los maniqueos los ataques que dirigen contra los que se someten a la autoridad de la fe y con ella se previenen y preparan para recibir más tarde la luz que Dios les envía, sin haber antes aprehendido la verdad, que sólo es asequible a las almas puras. Tú sabes, como yo, que entramos en el círculo de los maniqueos y caímos en sus redes por esto: porque prometían, dejando a un lado el testimonio odioso de la autoridad, llevar hasta Dios, librándolos de todo error, y por un ejercicio estrictamente racional, a cuantos se pusieran sumisos en sus manos. Cuando apenas contaba yo nueve años, dejé la religión que en mi alma de niño habían depositado mis padres y fui secuaz y diligente discípulo suyo, porque, en lugar del terror supersticioso y de una fe irracional que se me imponía en aquélla, me ofrecían una fe libre, que seguiría a la discusión y esclarecimiento de la verdad. ¿A quién no iban a seducir estas promesas, y sobre todo si se trata de un espíritu joven, ansioso de verdad, altanero y charlatán a consecuencia de las disputas escolares con hombres doctos, como lo era yo; yo, que, cuando los encontré, despreciaba aquellas cosas como cuentos de senescentes, mientras ardía en deseos de poseer la verdad auténtica y clara, que ellos me prometían, y de abrevar en ella mi sed? Pero había una razón que, en última instancia, impedía mi entrega completa a los maniqueos y me retenía entre los oyentes, sin fuerza para renunciar a las esperanzas y cosas de este mundo, a saber: veía que su elocuencia era más rica y más fina cuando se trataba de refutar los errores de los demás que segura y firme en la exposición de las doctrinas propias. De mí, ¿qué puedo decirte? Yo era ya cristiano; agotado y árido por la sed tan prolongada, volví ansioso a los pechos de que antes mamé, y entre lágrimas y gemidos, los más hondos, los sacudí y los exprimí en busca de rico venero que revitalizara mi debilidad y me devolviera la esperanza de seguir viviendo recuperado. ¿Qué he de decirte, pues, de mí? Tú aun no eras cristiano, y los execrabas tanto, que sólo a mis ruegos te decidiste a oírlos y estudiarlos; refresca tu memoria. Y dime si no fueron el anticipo y promesa de razones lo que te agradaba. Pero como sus discusiones sobre los errores de los que aun no conocían bien sus doctrinas eran tan prolongadas como apasionadas -comprendí después que no sería esta tarea difícil para un hombre medianamente culto-, cuando nos inculcaban alguno de sus dogmas, a falta de otras verdades en que descansar, las aceptábamos impelidos por necesidad. Hacían con nosotros lo que los astutos cazadores de pájaros: que ponen varetas enligadas al lado de las aguas para cazar a las avecillas sedientas. Y para que la sed las haga venir a sus trampas, ciegan o cubren de alguna manera las aguas de las inmediaciones, o se sirven incluso de artefactos que las asusten y ahuyenten de allí.
3. Mas ¿por qué no me enfrento yo mismo con estas imágenes, tan ricas como cuidadas, y con todas estas críticas, que a todo profesor de cualquier docencia puede presentar, encubriendo lo mordaz en la delicadeza, cualquiera que disienta de esas ideas? La razón de tocar este tema en mi escrito es prevenirlos para que cesen ya en sus ataques y, siguiendo el consejo de un maestro, den de mano a las naderías de lugares comunes y sean las razones positivas las que diriman la cuestión. Que no se oiga ya esa frase que tienen siempre a flor de labio cuando alguno de sus asiduos oyentes los abandona: "La luz no ha hecho estada en él". Ya estás viendo, tú que eres mi verdadera preocupación -ellos no me causan tanta pena-, qué fácil le es a cualquiera servirse de esta frase vana para censurar a otros; lo dejo a tu prudencia. No temo que me tengas por carente de la luz en aquellos días en que, enredado entre las cosas de este mundo, alimentando esperanzas, acuciaban mi pasión la belleza de la mujer, las riquezas y su cortejo y tantas cosas más tan vanas como perniciosas. Todas estas cosas eran objeto permanente de mi pasión y de mis esperanzas -tú lo sabes- durante aquel período de mi vida en que fui uno de sus oyentes asiduos. Y no hay que decir que esto está comprendido en sus doctrinas, ya que allí se previene el huir de esas pasiones. Mas decir ahora que la luz ha huido de mí, cuando he sido yo quien escapó de las tinieblas, contento con lo necesario para sostener la vida del cuerpo, y que entonces, cuando era esclavo por el amor hacia aquellas cosas, estaba envuelto en la luz y la irradiaba, no cabe más que en hombres que, sin consideración seria de la realidad, se satisfacen hablando de ella. Pero entremos en nuestro tema.
Capítulo II
Los maniqueos atacan el Antiguo Testamento cuando los que les escuchan son ignorantes
4. Tú sabes que los maniqueos, con sus ataques contra la fe católica, y particularmente con los desgarros que hacen en el Antiguo Testamento, alarman a los inexpertos, que ni saben cómo deben tomarse estas cosas ni cómo en las almas tiernas que abrevan aquí llegan los efectos de esa bebida hasta las zonas más íntimas y más alejadas. Hay allí, en el Antiguo Testamento, pasajes que chocan a los espíritus ignorantes y disipados -que son los más-, y cuya impugnación es fácil; su defensa, por el contrario, a causa de los misterios que allí se encierran, no es tan fácil. Y los pocos que pueden hacerlo, por no gustarles tomar parte en las disputas públicas, pasan desapercibidos a todos los que no ponen gran empeño en dar con ellos. Escucha, pues, qué es lo que en los ataques temerarios de los maniqueos al Antiguo Testamento me causa turbación. Espero que por tu parte haya las mismas disposiciones al oírme que tengo yo al hablarte de estas cosas. Dios, que conoce los arcanos de mi conciencia, es testigo de que no hay doblez en mis palabras. Pienso que todo lo que voy a decir debe tomarse coma respuesta al deseo exclusivo de exponer la verdad, única cosa a la que desde hace tiempo tengo consagrada mi vida con la solicitud que excede cuanto se puede pensar; no habría de ser cosa fácil recorrer con vosotros las sendas del error y que ahora resultara tanto o más difícil nuestra permanencia en el recto camino de la verdad. Pero presiento que esta esperanza de que juntos, vosotros conmigo, llegaremos a poseer el camino de la verdad, será más que esperanza con el auxilio de aquel a quien estoy consagrado, cuya intuición trato de conseguir día y noche; y porque los ojos del alma están enfermos y llagados de aquellos errores de antes, confieso mi invalidez y mezclo mi oración con las lágrimas que brotan al recuerdo de mis pecados y de mis hábitos malos. Porque así como tras prolongada ceguera u obscuridad trabajosamente se abren los ojos y con parpadeos y guiños rehúyen la luz misma de que están deseosos, sobre todo si se pretende que directamente miren al sol, así me ocurre a mí ahora: persuadido de que es para el alma un bien indecible y único la intuición espiritual, entre llanto y gemidos me considero no dispuesto aún para la contemplación. No me abandonará, pues, el Señor si soy sincero, si me guía el deber, si amo la verdad, si cultivo la amistad, si es hondo mi temor de que llegues a errar.
Capítulo III
Cuatro puntos de vista según los cuales se puede considerar el Antiguo Testamento
5. Esa parte de la sagrada Escritura que se llama Antiguo Testamento se ofrece a los que ponen diligencia en conocerla desde cuatro puntos de vista: el de la historia, de la etiología, de la analogía y de la alegoría. No me tomes por necio porque me haya servido de estos términos griegos. Así me los han dado a mí y así te los transfiero, sin atreverme a sustituirlos. Además, ten en cuenta que no tiene nuestra lengua términos en uso para estos conceptos. Si para traducirlos forjara nuevos términos, sería mayor aún mi pedantería, y las perífrasis implicarían una exposición más embarazosa. Desearía que te convencieras de esto al menos: que, si me desvío hacia el error, no me lleva a él el orgullo ni la altanería. Se nos ofrece la Escritura santa desde un punto de vista histórico cuando en ella se nos instruye en lo que ha sido escrito o en lo que se ha realizado; y si no ha tenido realidad, se nos describe como si la hubiera tenido. Al punto de vista etiológico corresponde la explicación causal de por qué se han dicho o hecho algunas cosas. La demostración de que entre el Antiguo y Nuevo Testamento no existe contradicción pertenece al estudio analógico. La alegoría nos previene para que no tomemos a la letra todo lo que allí se nos dice, sino en sentido figurado.
6. Lo mismo nuestro Señor Jesucristo que los apóstoles hicieron uso de estos cuatro modos de entender las sagradas Escrituras. Sentido histórico tienen las palabras con que responde Jesús cuando los fariseos le reprochan que sus discípulos habían arrancado espigas en día de sábado: ¿No habéis leído, les dijo, lo que hizo David cuando tuvo hambre él y los que le acompañaban? ¿Cómo entró en la casa de Dios y comieron los panes de la proposición, que no les era lícito comer a él y a los suyos, sino sólo a los sacerdotes? 1 Con sentido etiológico se nos ofrece aquel pasaje en que al prohibir Cristo repudiar a la mujer a no ser en caso de fornicación, y serle replicado por los fariseos que Moisés había permitido despedirla mediante libelo de repudio, les dice Cristo: Esto lo permitió Moisés a causa de la dureza de vuestro corazón 2. Se da aquí razón de por qué Moisés obró bien permitiendo el repudio; el mandato de Cristo señalaba que ya estaban llegando los tiempos nuevos. Exponer ahora aquí cómo es la divina Providencia, la que ha acordado y puesto en orden estos tiempos nuevos, es tarea no breve.
7. En lo concerniente a la analogía, por la que se pone de manifiesto la congruencia entre ambos Testamentos, ¿qué objeto tiene el decir que hacen uso de ella todos los que entre ellos gozan de autoridad, cuando ellos mismos pueden percatarse de que son más frecuentes las denuncias de adiciones hechas a las divinas Escrituras no sé por qué interpoladores? Esta objeción me pareció siempre, incluso cuando era uno de sus oyentes, sin valor alguno. Y no sólo a mí, sino a ti también -lo recuerdo perfectamente- a cuantos poníamos en nuestros juicios sobre las cosas mayor cuidado que el resto de los oyentes. Mas ahora, una vez que he conocido la explicación de muchas cosas que me atormentaban sobremanera, cosas que son precisamente el tema más frecuentado en sus charlas y que exponen con tanto mayor ardor cuando no hay presente nadie que les pueda contradecir, creo imprudente o, con palabras más suaves, carente de interés y fuerza decir que las sagradas Escrituras han sido adulteradas, porque no pueden presentar ningún ejemplar de esa época tan cercana. Si, pues, dijeran que no podían aceptarlas en modo alguno, porque a sus autores no los creían veraces, la tergiversación sería, en cierto modo más natural, y su error, más humano. Esto hicieron con los Hechos de los Apóstoles. No salgo de mi asombro cuando considero esta decisión suya; porque lo que se echa de menos no es su escasa sabiduría, sino su poca buena voluntad. Son tantas las analogías que hay entre este libro y otros admitidos, que me parece insensatez rechazarlo, y si hay en él algo que les molesta, que nos digan que es una interpolación y una falsedad. Pero si su atrevimiento es tan grande como es, ¿por qué conceden autoridad a las Epístolas de San Pablo y a los Evangelios, cuando en estos libros las interpolaciones que habíamos de admitir son mucho más frecuentes que en los Hechos de los Apóstoles? Es éste un hecho que merece -así lo creo yo- especial consideración, y te ruego que lo estudies con ánimo desapasionado y tranquilo. Tratan los maniqueos de incluir dentro del número de los apóstoles a su autor, y dicen que por medio de él nos ha venido el Espíritu Santo, prometido por el Señor a sus discípulos. Si, pues, admitieran los Hechos de los Apóstoles 3, en que con tanta claridad se habla de la venida del Espíritu Santo, les faltarían argumentos para afirmar que era ésta una interpolación. Antes de Manés suponen que hubo alguien, no sé quiénes, que adulteraron los divinos libros con ánimo de refundir la Ley judaica con el Evangelio. No pueden atribuir esto al Espíritu Santo sin afirmar que estaban dotados del don de profecía y que en sus libros consignaron proposiciones que estarían en contradicción con Manés, aún no venido: con Manés, que se proclamaría mediador en la misión del Espíritu Santo. Más adelante hablaremos más extensamente del divino Espíritu; ahora volvamos a nuestro intento.
8. Espero que quede suficientemente demostrado el triple sentido -histórico, etiológico y analógico- del Antiguo Testamento: expondremos el uso del sentido alegórico. Corresponde ahora mostrar que también se ofrece ese libro en sentido alegórico. Nuestro Salvador hace uso de este sentido del Antiguo Testamento: Esta generación está pidiendo una señal, y no le será dada más señal que la de Jonás el profeta. Porque, como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el seno de la tierra 4. Y ¿qué decir del apóstol San Pablo, que en la primera carta a los de Corinto presenta la historia del Éxodo como alegoría del futuro pueblo cristiano? No quiero, hermanos, que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube, que todos atravesaron el mar y todos siguieron a Moisés bajo la nube y por el mar; que todos comieron el mismo pan espiritual y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo: pero Dios no se agradó de la mayor parte de ellos, pues fueron postrados en el desierto. Esto fue en figura nuestra, para que no codiciemos lo malo, como lo codiciaron ellos, ni idolatréis, como algunos de ellos, según está escrito: "Se sentó el pueblo a comer y beber y se levantaron para danzar". Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, cayendo veintitrés mil en un día. Ni tentemos al Señor, como algunos de ellos le tentaron, y perecieron por las serpientes. Ni murmuréis, como algunos de ellos murmuraron, acabando a manos del exterminador. Estas cosas les sucedieron a ellos en figura y fueron escritas para amonestarnos a nosotros, para quienes ha llegado la plenitud de los tiempos 5. Hay en el mismo Apóstol otra alegoría pertinente a este asunto, tanto más cuanto que los maniqueos se sirven de ella, incluso con ostentación, en sus disputas. Dice el mismo San Pablo a los gálatas: Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos, uno de sierva y otro de libre. Pero el de sierva nació según la carne el de libre, en virtud de la promesa. Lo cual tiene un sentido alegórico. Esas dos mujeres son dos testamentos: uno, que procede del monte Sinaí, engendra para la servidumbre. Esta es Agar. El monte Sinaí se halla en Arabia, y corresponde a la Jerusalén actual, que es, en efecto, esclava en sus hijos. Pero la Jerusalén de arriba es libre, esa es nuestra madre 6.
9. En este punto, esos hombres, malos en demasía, intentan invalidar la ley y nos obligan a justificar las Escrituras. Hacen hincapié en que se dice que los que están bajo la ley están en condición de esclavos, aventando sobre todo esta sentencia paulina: Os desligáis de Cristo los que buscáis la justicia en la ley; habéis perdido la gracia 7. Nosotros admitimos la verdad de todas estas cosas y proclamamos la necesidad de aquella ley exclusivamente para aquellos para quienes la esclavitud ofrece alguna utilidad; así, su utilidad estriba en que los hombres que no se apartan de sus pecados por la sola fuerza de la razón, lo hicieran obligados por una ley cargada de amenazas, de terror y penas capaces de impresionar los sentidos de los mismos insensatos. La gracia de Cristo nos libera de esas penas sin condenar aquella ley y nos invita no a ser sus esclavos por temor, sino a obedecerla por caridad. Eso es la gracia, es decir, un beneficio que no aciertan a ver como venido del cielo los que se obstinan en vivir como esclavos de la ley. Con razón San Pablo acusa de infidelidad a los que no. creen en su libertad por mediación de nuestro Señor Jesucristo de aquella servidumbre a la que por justísima disposición divina estuvimos sometidos en alguna época. De aquí la expresión del mismo Apóstol: De suerte que la ley fue nuestro ayo para llevarnos a Cristo 8. El dio, pues, a los hombres primero un maestro a quien habían de temer, después otro, a quien habían de amar. Pero todos estos preceptos y mandatos legales, que ya no les es lícito a los cristianos observar, tales como los de la circuncisión, el del sábado, los sacrificios y otros idénticos, contienen misterios tan grandes, que no hay persona piadosa que desconozca los males que se siguen de tomar en sentido literal lo que allí se exporte, ni los óptimos frutos que resultan si se entienden tal y como se desvelan al espíritu. Por eso dice San Pablo: La letra mata, pero el espíritu da vida 9. Y aquel pasaje: El mismo velo continúa sobre la lección de la antigua alianza, sin percibir que sólo por Cristo ha sido removido 10. No es que Cristo remueva el Antiguo Testamento, sino que lo desvela, para que por medio de Cristo se haga inteligible y patente lo que sin El permanecería en, tinieblas y cerrado. A renglón seguido dice el propio Apóstol: Mas cuando se vuelvan al Señor, será corrido el velo 11. No dice que será removida la ley ni tampoco el Antiguo Testamento, como si encubrieran cosas inútiles sino que la gracia del Señor descorrerá el velo que oculta las cosas provechosas. Este es, pues, el modo de proceder de aquellos que con afán piadoso buscan el sentido de las sagradas Escrituras. Cuidadosamente se muestra la sucesión ordenada de las cosas, la razón de le que se hace o se dice y la armonía admirable que hay entre uno y otro testamento, sin dejar una tilde que discorde del conjunto: tan patentes quedan los antitipos allí figurados, que las dificultades que se van resolviendo al filo de la interpretación obligan a reconocer la desdicha de quienes se atreven a censurarlas sin conocerlas.
Capítulo IV
Triple error en que pueden caer los lectores
10. Sin fijarnos por ahora en los problemas profundos de la ciencia, voy a tratarte como pienso yo que se debe tratar con un amigo, es decir, según mi modo de ver y no como he visto, lleno de admiración, que lo hacen los doctos. Hay tres clases de errores en que se puede incurrir cuando se lee algo. Hablaré de cada uno de ellos. El primero consiste en tomar por verdadero lo que es falso, aunque el escritor no pretendiera dar lo falso por verdadero. El segundo, aunque menos difundido, no por ello menos perjudicial, consiste en que lo falso es tomado por verdadero, porque así lo hace también el autor del escrito. Cuando en la lectura se llegan a percibir verdades de que el autor no se percató, ocurre el tercer error. Este tercero encierra no pocas ventajas; bien pensado, el fruto de la lectura es completo. Un caso del primer género sería el error de quien creyera que Radamanto ve y juzga en los infiernos las causas de los muertos, porque así nos lo dice Virgilio 12. El error de aquél sería doble: tiene por cierto lo que es falso, y cree, además, que ése era el pensamiento del autor que lee. El segundo error admite esta ejemplificación: alguien que, porque escribe Lucrecio que las almas están formadas de átomos y que al morir se resuelven en átomos y fenecen, pensara que debía aceptarlo por verdadero. No es menor su desdicha teniendo por cierto lo que es falso, aunque también Lucrecio participara de ese pensamiento falso, en asunto tan importante. ¿Qué ventajas pueden derivarse para él de estar seguro del pensamiento del autor, si no ha encontrado quien lo librara del error, sino quien con él lo comparte? Para aclaración del tercer caso viene bien esto: Alguien asegura que Epicuro pone el bien sumo del hombre en la virtud, porque en algunos pasajes de sus libros se leen elogios que dedica a la continencia, y que no hay razón para censurarle de ello. Aunque Epicuro piense de hecho que el sumo bien del hombre lo constituye el placer sensible, ¿qué daños puede ocasionar este error al supuesto lector que no está poseído de esta idea, y cuyas simpatías hacia el filósofo derivan de que lo juzga ajeno a pensamientos que no deben admitirse? Esta manera de errar es humana, y muchas veces hasta ennoblece. Si alguien se acercan a decirme que un buen amigo mío, de edad ya avanzada, había manifestado en presencia de numerosos oyentes que la infancia y la niñez le agradan tanto que juraba querer vivir como en aquella edad, y se dieran tales razones que el negarlo sería petulancia por mi parte, ¿habría motivo de censura en mí por pensar que mi amigo con estas palabras había querido expresar su agrado de la inocencia y de las almas libres de las pasiones que cercan al hombre, y todo esto aun en el caso en que su niñez hubiera tenido preferencias por los placeres del juego, de la comida, o por una ociosidad estéril? Suponte que muere mi amigo después de conocer yo su declaración y que ya no puedo pedirle que me aclare su pensamiento, ¿habría alguien tan perverso que llegara a enojarse conmigo por el hecho de alabar yo los deseos e intenciones de aquél, conocidos por sus palabras? Y, ¿qué diríamos si el justo juez de todas las cosas elogiara mi pensamiento y mi voluntad en esta doble circunstancia: por mi amor a la inocencia y porque yo, hombre, pensé bien de otro hombre en un caso dudoso, en que podía haber pensado mal?
Capítulo V
Tres clases diferentes de escritos
11. Siendo esto así, paso a exponerte otras tres suertes diferentes de escritos. Puede darse el caso de que el libro que alguien ha compuesto sea un buen libro, pero que el lector no llegue a captar lo bueno que allí se encierra; o que comprenda el bien que es el libro, o que con la lectura se logren mayores bienes de los pretendidos e incluso en contra de lo que pretendía el autor. La primera clase de escritos no la censuro; de la tercera, no me cuido: no hay que censurar al autor que sin culpa suya es interpretado mal, ni hay por qué sentir contrariedad de que en algún escrito vea el lector verdades que pasaron inadvertidas para el autor, porque de ello no se siguen perjuicios -ésa es mi opinión- para los que lo leen. Hay, pues, una clase de escritos excelentes y libres completamente de todo mal, a saber: aquellos que son buenos en sí y los lectores los toman siempre en este buen sentido. Sin embargo, también hay aquí dos dimensiones, porque la exclusión del error no es completa; y así sucede a veces que, si el autor ha tenido en la composición del libro buenos sentimientos, buenos son también los del lector, pero diferentes de los de aquél: a veces mejores, no tan elevados otras, aunque siempre buenos. Cuando nuestros pensamientos y sentimientos despertados por la lectura de un libro coinciden con los del autor del escrito y se ordenan a mejorar nuestra vida, se logra la verdad completa y no queda reducto ninguno para el error. Este acuerdo entre lector y autor es muy raro cuando se trata de temas muy obscuros; es más, creo que podemos conjeturarlo, pero no saberlo con certeza, porque ¿en qué razones me voy a amparar para conocer con exactitud el pensamiento de un ausente o de un muerto y poder jurar que estoy en posesión de este conocimiento, si aun en el caso de que estuviera presente y yo le interrogase, habría muchas cuestiones que quedarían sin respuesta por política, al menos, ya que no por malicia? Pienso que, para llegar a este conocimiento, de nada sirve el saber quién fue el autor; sin embargo, tengo por razonable creer bueno al autor que sintió preocupación por servir al género humano y a la posteridad.
12. Desearía, pues, que los maniqueos me dijeran en qué género ponen el error que atribuyen a la Iglesia católica. Hacerlo del primero sería una gran calumnia; pero la defensa resulta fácil y breve: bastaría con negar que nosotros las entendemos como piensan ellos que las entendemos cuando nos acusan. Si las incluyen en el segundo, no es menor su ofensa; la réplica sería la misma. Si fuera en el tercer género, en esto no hay mal alguno. Pon cuidado y considera las Escrituras en sí mismas. ¿Cuáles son las objeciones que oponen al Antiguo Testamento? ¿Acaso que, siendo buenos sus libros, se les interpreta mal? Ellos no lo admiten. ¿Dirán que ni son buenos ni los interpretamos bien? Contra esto es suficiente nuestra respuesta anterior. Si llegaran a decir que, aunque los tomamos en un sentido recto, no por eso se hacen mejores, ¿no es esto justificar a los vivos con quienes se discute y acusar a los muertos, que no pueden polemizar? Yo tengo a todos aquellos varones por grandes hombres y poseídos de Dios, y que hicieron mucho bien con escribir todas estas cosas, y que fue voluntad y mandato de Dios la creación y la promulgación de la antigua Ley. Demostrar esto no sería difícil, a pesar de mis escasos conocimientos en esta materia, con buena disposición, sin rebeldía; lo haré cuando encuentre oídos y ánimos bien preparados y pueda; de momento, ¿no me basta con no haber caído en error?
Capítulo VI
No son admisibles las interpretaciones que de las Escrituras dan sus enemigos
13. A mi conciencia y a Dios, que mora en las almas puras, pongo por testigos, amigo Honorato, de que para mí no hay nada tan cierto, tan puro, tan religioso, como esos libros que con el nombre de Antiguo Testamento conserva la Iglesia católica. Sé que te extraña, y no puedo tampoco desmentir que en otro tiempo no fue ésta nuestra manera de pensar. Pero es un caso de temeridad muy grande, la temeridad nuestra en los años de juventud, el abandonar a los expositores, de cualesquiera libros, que hacen profesión de conocerlos bien y de poderlos transmitir a sus discípulos, y acudir a buscar su verdadero sentido a aquellos que, sin saber por qué, han declarado dura guerra a los autores de esos libros. ¿Habrá habido alguien que, no comprendiendo algunos libros de Aristóteles, pensara en solicitar aclaraciones de algún enemigo de aquél? Y todo esto en ciencias en que el error no implica sacrilegio ninguno. Porque para leer o estudiar los tratados geométricos de Arquímedes, ¿quién escogería por maestro a Epicuro, que fue tan vehemente en sus ataques contra aquellas doctrinas, sin llegar a entenderlas, según creo yo? ¿O es que estos libros sagrados, contra los que dirigen sin éxito sus tiros, como si estuvieran ahí para que el vulgo los ataque, son todo claridad? Yo los encuentro muy semejantes a aquella pobre mujer de la que suelen hacer mofa los mismos maniqueos, porque, encolerizada de tanto como se alababa al sol en su presencia, hasta el extremo de que una maniquea le insinuó que le adorara, en su sencillez religiosa salió de un salto y, pisando repetidas veces la parte del suelo iluminada por el sol que pasaba a través de la ventana, decía: Aquí me tienes cómo pisoteo a vuestro dios el sol; acción ligera, como de mujer, ¿verdad? ¿Y no te hacen el mismo efecto esos maniqueos que desgarran con la violencia de sus discursos injuriosos, sin comprender ni lo que son, ni la importancia, ni para qué han sido compuestos esos libros, tan sublimes y divinos para los que los entienden y que, en cambio, para ellos son como tierra que pisamos, y todo porque confunden la eficacia con los aplausos de una turba de ignorantes? Créeme, todo lo que se encierra en esos libros es grande y divino: ahí está la verdad absoluta y ahí la ciencia más a propósito para alimento y medicina de las almas, y tan a medida de todos, que nadie que se acerque a beber de ella según lo exige la auténtica religión, queda insatisfecho. La prueba de esto exige una disertación amplia con abundantes argumentos; pero hay que lograr primero que desaparezcan en ti los movimientos de aversión que tienes para esos autores; después, que llegues a amarlos, siguiendo un camino que no sea la exposición de sus opiniones y escritos. Porque, si viésemos con desagrado a Virgilio, mejor aún, si la gran estima en que le tenían nuestros mayores no despierta en nosotros la simpatía antes de que intentemos comprenderle, nunca llegaríamos a encontrar satisfactorias las soluciones a los múltiples problemas en que los gramáticos se sienten preocupados e inseguros, ni aceptaríamos tampoco con facilidad las exposiciones que ceden en gloria del poeta; por el contrario, inclinaríamos nuestro favor hacia quienes quisieran mostrarnos a Virgilio como soñador plagado de errores. Ahora bien, entre los muchos estudiosos que tratan de explicarle, cada uno a su modo y según el vigor de su inteligencia, cobran mayor éxito aquellos en cuyos tratados Virgilio aparece como el mejor de los poetas; y llegan los que no lo entienden a creer no sólo que no hay defectos en sus versos, sino que todos y cada uno merecen los elogios de la perfección. Y así, cuando un maestro desfallece ante una cuestión cualquiera y no atina a resolverla, nos enojamos con él antes que admitir un posible error del gran poeta. Y si la defensa propia llevara a alguien a declarar culpable a autor de tanto prestigio, ni aunque acudiera a la retribución lograría conservar alumnos en su escuela. ¡Cuánto más benévolos deberíamos ser con estos libros, en que una tradición tan antigua como constante nos asegura que habla en ellos el Espíritu Santo! Sin embargo, ha habido inteligencias jóvenes muy agudas, espíritus preocupados por la verdad bien razonada, que ni los han ojeado ni han parado mientes en quién podría ser su autor, siquiera para tacharlo de ingenio rudo; no conceden una inteligencia, mediana al menos, a los que se cuidaron de su lectura, conservación y explicación durante tanto tiempo. Ellos y nosotros hemos pensado que allí no había nada que mereciera fe, e inflamados por los discursos palabreros de sus adversarios y por las falsas promesas de razones hemos llegado a creer mil fábulas extrañas.
CAPÍTU LO VII
Se debe buscar la verdadera religión
14. Voy a continuar ahora con el tema que me he propuesto, y con ánimo no de descubrirte la fe católica, sino de enseñar a escudriñar sus grandes misterios a los que sienten inquietud por sus almas, haciéndoles concebir la esperanza de copiosos frutos divinos y de llegar a poseer la verdad. Es indudable que quien bus.ca la verdadera religión, o cree ya en la inmortalidad del alma, a la que es útil esta religión, o busca en ésta la prueba de la inmortalidad de aquélla. Es, pues, el alma la razón de toda religión; porque, cualquiera que sea la naturaleza del cuerpo, no suscita preocupaciones e inquietudes, mayormente para después de la muerte, si es que el alma tiene ya lo que constituye su felicidad. Por lo tanto, la verdadera religión -si hay alguna- ha sido fundada por el alma y sólo para ella. Pero el alma -trataré de descubrir la causa, aunque reconozco la densa obscuridad de esta cuestión- cae en error y es ignorante, como lo estamos viendo, en tanto que no logra percibir la sabiduría, que acaso pudiera ser esa misma religión verdadera. ¿Te remito con esto a creer en fábulas? ¿Te exijo la creencia en alguna temeridad? Declaro que nuestra alma, aprisionada y hundida entre el error y la estulticia, anda buscando el camino de la verdad, si es que la verdad existe. Si en ti no sucede así, perdóname y comunícame tu sabiduría; pero si también en ti descubres lo que acabo de decir, entonces vamos juntos en busca de la verdad.
15. Suponte que aun no hemos oído a nadie hablar de religión. La religión será para nosotros una cosa nueva, y lo será también la tarea que nos imponemos. Suponiendo que exista alguna religión, el primer paso habrá de ser-así lo creo yo-buscar a los que profesan esa religión. Pero si suponemos, además, que, entre esos hombres religiosos, unos opinan una cosa y otros otra, y que por la diversidad de opiniones tratan cada grupo de ellos de atraer a sí a todos los demás, y que entre todos sobresalen algunos por su fama y celebridad, que cunde casi por todo el mundo, surge un gran problema: conocer si están en posesión de la verdad. Para esto, ¿no sería preferible estudiarlos y conocerlos, para que, si por nuestra condición de hombres erramos, sea nuestro error el error de todo el género humano?
16. Mas la verdad se halla sólo en unos pocos. Ya sabes qué cosa sea, si es que sabes dónde está. ¿No te previne hace poco que debíamos buscarla como si no supiéramos nada de ella? Mas si, fundándote en la esencia, concluyes que son escasos los que la poseen, sigues, sin embargo, sin saber quiénes son los que de veras la tienen; y aunque esos pocos sean tales que con su autoridad se impongan a la multitud, ¿dónde encontrará luz esa minoría para adorar tantos misterios? ¿No estamos viendo cuán pocos son los que alcanzan las cimas de la elocuencia, a pesar de que por todas partes las escuelas de retórica están abarrotadas de jóvenes? ¿Será acaso que los que desean llegar a ser buenos oradores, aturdidos por la turba de ignorantes, llegan a creer más útil el estudio de Cecilio o Aurico que el de Cicerón? Todos desean estudiar lo que está apoyado en la autoridad de los mayores. La masa de los ignorantes intenta estudiar aquello mismo que el reducido grupo de los doctos ha definido como materia que no se puede desconocer: los que llegan a ese conocimiento son muchos; los que lo ponen en práctica son menos; poquísimos los que llegan a sobresalir. ¿Se dará el mismo caso con la religión verdadera? ¿Acaso porque el número copioso de los que acuden a las iglesias no constituye argumento ninguno se puede concluir que no hay nadie instruido en esos misterios? Si los que se consagran al estudio de la elocuencia no superaran numéricamente a los que llegan a ser elocuentes, nuestros padres jamás hubieran pensado en confiarnos a los maestros de ese arte. Si, pues, es una multitud compuesta en su mayor parte de ignorantes la que nos ha inclinado a esta clase de estudios, despertando en nosotros el amor hada ese bien que pocos alcanzan, ¿por qué no admitir una causa similar en materia religiosa, causa que despreciamos acaso con gran riesgo de nuestra alma? Si hay unos hombres, aunque sean pocos, que tributan a Dios un culto pleno de verdad y pureza, ¿no es indudable que puede darse el caso de que tengan el asentimiento de la multitud, aunque la dominen las pasiones y su inteligencia esté obscura? Si se nos echara en cara nuestro atrevimiento y nuestra insensatez por no habernos servido de estos maestros para la investigación cuidadosa de un problema cuya solución tanto nos importa, ¿cuál sería nuestra respuesta? ¿Hemos temido a la masa? ¿Por qué, pues, no la hemos temido cuando se trata del estudio de las artes liberales, de tan escasos beneficios en esta vida; cuando se trata de buscar riquezas, honores; de recuperar o conservar la salud y, por fin, de las ansias mismas de una vida dichosa, ocupaciones comunes a todos, en las que son pocos los que brillan?
17. Si parecían absurdos lo que se enseñaba en estos libros, ¿quién denunciaba esos absurdos? Los enemigos: no importa aquí la causa ni las razones que tenían para ello; eran sus adversarios. ¿Ha sido al leerlos cuando se les han manifestado? Sin un bagaje de conocimientos de la disciplina poética no te atreverías, sin la dirección de un maestro, a internarte en las obras de Terenciano Mauro; el conocimiento de Asper, de Anneo Cornuto, Donato y de muchísimos otros es necesario para conocer a cualquiera de aquellos, cuyos versos son aplaudidos en el teatro; tú te internas en esos libros, que, sea lo que sea, casi todos los hombres los tienen como ungidos de santidad y rebosantes de cosas divinas; entras en ellos sin guía, y te atreves a emitir tu opinión sin el asesoramiento de un maestro; y si te salen al paso pasajes que te parecen absurdos, te comportas como los necios: no reconoces la torpeza de tu ingenio y denuncias libros que acaso no pueden ser comprendidos por quienes tienen tus disposiciones. Debe buscarse en esos casos a alguien que sea piadoso y docto a la vez, al menos con fama de tal, que con sus preceptos nos vuelva mejores y más instruidos. ¿Que no es fácil dar con él? Se le busca con empeño. ¿Es que no hay ninguno en tu país? ¿Cuándo puede ser más útil el viajar? ¿No se le halla o no existe en ese continente? Se atraviesa el mar; y si no se le encuentra en las proximidades de la costa, se interna uno hasta llegar a los parajes en que se han desarrollado las escenas que se exponen en los libros. ¿Hemos procedido nosotros así? Y, a pesar de todo, nos hemos comportado como unos pobrecitos niños y hemos condenado en el tribunal de nuestro juicio la religión más santa, quizá -hablo como si aun continuáramos dudando- la religión que ya es conocida en todo el mundo. Si algunos pasajes de esos mismos escritos parece que chocan a algún indocto, ¿no están esperando que busquemos con mayor ahínco un sentido secreto, cuando la lectura tropieza con cosas que desdicen de los sentimientos de cualquier hombre, y más aún si se trata de los prudentes o de los santos? ¿No ves cómo los hombres se esfuerzan por interpretar a Catamito de las Bucólicas, a quien lloró un pastor rudo, y al niño Alexim, en cuyo honor se cuenta que el mismo Platón compuso una canción amatoria, asegurando un no sé qué de gran significación, pero que escapa del juicio de los imperitos; como si, sin incurrir en la profanación, un poeta fecundo pudiese, al parecer, publicar cancioncillas libidinosas?
18. Pero había algo que nos entorpecía, que impedía nuestra busca de la verdad. ¿Era el artículo de una ley, el prestigio de los adversarios o la vulgaridad y mala fama de los iniciados, la novedad de la institución o el secreto en que se practicaba? No era nada de esto; todas las leyes, divinas y humanas, autorizan la investigación de la fe católica; abrazarla y practicarla no va contra la ley humana, aunque no nos consta otro tanto de la ley divina, mientras erramos; los enemigos no llegan a amedrentar nuestra debilidad; a riesgo de todo peligro se debe buscar la verdad y la salud del alma, aun cuando hayan sido estériles todos los trabajos y no se la haya encontrado allí donde parecía seguro su hallazgo. Los poderes y dignidades de cualquier grado, todos se consagran con devoción a este culto; el nombre de esta religión supera a todos en hermosura y excelencia. ¿Qué inconveniente hay, pues, en que mediante una investigación piadosa y diligente se inquiera si es aquí donde tiene su asiento esa verdad, asiento que por necesidad ha de ser conocido y guardado por unos pocos, aun cuando los pueblos todos le nieguen su simpatía y su calor?
19. Si, pues, esto es así, busquemos primeramente -ya te lo he dicho antes-qué religión va a ser la que purifique y renueve nuestras almas. No hay duda de que debemos comenzar por la Iglesia católica, porque los cristianos son ya más numerosos que los judíos e idólatras juntos. Pero entre los mismos cristianos hay muchos herejes, y aunque todos desean ser tenidos por católicos y tildan de herejes a los demás, sin embargo, están todos acordes en que la Iglesia es una sola, Si se mira al mundo entero, sus adherente s son más numerosos que los de ninguna otra, y, según el testimonio de los que la conocen, la verdad es más pura en ella. Pero hay otra cuestión que se suscita a este propósito: la católica es una sola, y nos basta con saberlo. Los herejes la aplican unos un nombre, otros otro; en cambio, cada herejía tiene su nombre propio, que no se atreven a rechazar. De esto se puede concluir, ateniéndonos al testimonio de jueces imparciales, a qué Iglesia se le debe otorgar el nombre de católica, nombre que todas quieren para sí. Y para que nadie pueda creer que el dilucidar este punto implicaría mucho tiempo, gastado inútilmente, queda como auténticamente cierto que hay una en que las leyes mismas son cristianas. No se trata de prejuzgar, sino de señalar la importancia para nosotros del punto de partida. Ni debe atemorizarnos que el culto divino, falto de vigor propio, aparezca sostenido por aquellos a quienes debe él prestar apoyo. Sería una gran dicha poder encontrar la verdad allí donde la busca y la conservación son más seguras; pero de no encontrarla allí, habrá: que acudir a buscarla en otra parte.
CapÍtulo VIII
El camino hacia la religión católica seguido por Agustín
20. Después de las casas expuestas, tan bien fundadas que debo ganarte este pleito, por más reparos que tengas en contra, vaya tratar de descubrirte cuál fue mi camino cuando andaba buscando la verdadera religión con las disposiciones que debe tener, según te dije antes, quien la busque. Cuando me separé de vosotros y atravesé el mar, andaba ya irresoluto y dudando de cuáles eran las cosas que debía retener y cuáles las que debería abandonar; esta irresolución mía aumentaba con los días desde aquel en que oí al hombre que, como si lo hubiera de enviar el cielo, le esperábamos para que nos aclarara aquellas cuestiones que nos tenían llenos de confusión, y vi que era como los demás, si se exceptúa cierto grado de elocuencia que había en él. Cuando ya me hallaba en Italia, reflexioné conmigo mismo y pensé, no en si continuaría en aquella secta, en la que estaba arrepentido de haber caído, sino en cuál sería el método vara hallar la verdad, cuyo amor, tú lo sabes mejor que nadie, cuánto me hacia suspirar. Con frecuencia me parecía imposible encontrarla, y mis pensamientos vacilantes me llevaban a aprobar a los académicos. A veces, por el contrario, posando la consideración en la mente humana, su acuidad, su seguridad, su perspicacia, me inclinaba a creer que lo que se nos ocultaba no era la verdad, sino el modo de dar can ella, y que ese modo debería venimos de algún poder divino. Faltaba definir cuál era esa autoridad que nos prometen cuando están metidos en discusiones. Ante mí se abría una selva inextricable, y vacilaba y me faltaba decisión para penetrar en ella; mi alma se agitaba sin descanso en medio de todas estas cosas, con ansias de encontrar la verdad. Sin embargo, cada día me encontraba más lejos de aquellos, que ya me había propuesto abandonar. Entre tantas dificultades sólo me faltaba pedir con llanto penitente a la divina Providencia que me socorriera. Y lo hacía atentamente, y ya las disputas con el obispo de Milán me habían hecho tanta impresión, que casi estaba deseando, con cierta esperanza, estudiar algunos de los pasajes de ese Antiguo Testamento, hacia los cuales teníamos aversión por lo que contra ellos nos habían dicho, Me había decidido ya a continuar como catecúmeno en la Iglesia en que fui inscrito por mis padres hasta tanto que diera con lo que andaba buscando. De haber habido alguien que me hubiera adoctrinado, en mí hubiera encontrado un discípulo muy a propósito y muy dócil entonces. Si, pues, tú te encuentras en este estado desde hace tiempo y sientes las mismas inquietudes en tu alma, si te parece que ya has sido traído y llevado bastante, si deseas que se acaben tantas fatigas, intérnate en la disciplina católica que brota en Cristo y que llega hasta nosotros pasando por los apóstoles, y desde nosotros pasará a la posteridad.
Capítulo IX
La Iglesia Católica exige a los que vienen a ella fe;
los herejes prometen razón
21. Es ridículo que todos pretendan estar en posesión de la verdad y que afirmen que la enseñan. Es innegable que todos los herejes lo pretenden, pero con la promesa de dar razón de los puntos más obscuros a quienes se dejan seducir; y con ellos acusan a la Iglesia católica porque exige a los que vienen a ella que crean, en tanto que ellos alardean de no imponer a nadie el yugo de la fe, sino que les descubren el hontanar de la ciencia. Si se te ocurre que es éste su mejor elogio, te engañas. No tienen razón ninguna para ello y lo hacen sólo para atraerse la masa con el espejuelo de la razón; en esta promesa se complace el alma humana, y, sin reparar en sus fuerzas ni en su estado de salud, desea para sí los alimentos que sólo sientan bien a los sanos y cae en engaños venenosos. Es imposible encontrar la religión verdadera sin someterse al yugo pesado de una autoridad y sin una fe previa en aquellas verdades que más tarde se llegan a poseer y comprender, si nuestra conducta nos hace dignos de ello.
22. Acaso estás deseando que se te ofrezca sobre esto alguna razón que te convenza de que no es la razón, sino la fe el medio para comenzar el adoctrinamiento. No es ello difícil, con tal que te muestres razonable y desapasionado. Dime, en primer lugar, porqué crees tú que no se debe creer. Porque la credulidad -me dices, y de ahí deriva el nombre de crédulos-paréceme un defecto; de lo contrario, no lo reprocharíamos como una afrenta. Así como la suspicacia es un defecto, porque juzga lo que no es conocido con certeza, ¿cuánto más lo será la credulidad, puesto que entre ellas no existe más diferencia que ésta: la suspicacia admite cosas desconocidas, pero dudando algo de ellas, y la credulidad las admite sin dudar? Admito provisionalmente este concepto y distinción. Pero también sucede que empleamos el término curioso con carácter peyorativo, y la palabra estudioso tiene significado laudatorio. Piensa cuál es la diferencia que tú adviertes entre ambos términos. Es seguro que me respondes que ambos, el curioso y el estudioso, sienten deseos de conocer, pero que, si el curioso desea saber lo que no le atañe, al estudioso, en cambio, quiere conocer lo que le interesa. Pero puesto que admitimos que a todo hombre le interesan la esposa, los hijos, la salud de una y otros, si alguien, en país lejano, pregunta con cuidadoso afán a todo el que llega hasta allí por el estado y salud de su esposa y de sus hijos, este tal lo hace, ciertamente, por un gran deseo de saber, y, sin embargo, no le aplicamos el nombre de estudioso, aun cuando sus deseos de conocer son ardientes y se trata de lo que le atañe sobremanera. De aquí deducirás que esa definición del estudioso es imprecisa, porque, aunque el estudioso desea conocer lo que le toca de cerca, sin embargo, no a todo el que tenga esos mismos deseos se le puede llamar estudioso, sino a aquel que inquiere con todo ahínco y busca lo que contribuye al sustento y ornato que al espíritu prestan los conocimientos liberales: la denominación de curioso es exacta si se expresa, además, lo que se desea saber. Pues también podemos llamar estudioso de los suyos al que solamente a los suyos está entregado; pero no por eso le creemos digno de que figure dentro del nombre común de los estudiosos, si no va acompañado de alguna explicación. Por lo mismo, no llamaría yo estudioso del saber a deseoso de informarse sobre el estado de los suyos, a no ser que, gozando de buena fama, esto mismo quisiera averiguar con frecuencia; en cambio, al curioso sí, aun cuando no haya tenido más que alguna dedicación. Considera ahora lo que es la curiosidad y dime si tú tienes por curioso a quien oye con gusto una historieta que no trae ventaja ninguna, es decir, de cosas que no le atañen en nada, y esto no con frecuencia ni de manera desagradable, sino entre amigos muy discretos, o bien en la mesa, o en alguna asamblea o reunión. No lo tendría por tal, pero ciertamente parecería curioso si deseaba oír hablar de una cosa que le ofrecía interés. Por lo tanto, la misma razón que hubo para corregir la definición de estudioso, hay ahora para modificar la de curioso. Observa si también las expresiones anteriores necesitan rectificación. ¿Por qué, pues, se designa con el epíteto de suspicaz a quien en una ocasión sospecha de una cosa en concreto, y con el de crédulo a quien cree a veces cosas a la ligera? Porque, así como hay una gran diferencia entre el que desea conocer una cosa y quien desea saber en general, y la hay entre quien tiene cuidado de algo y el curioso, de la misma manera la hay grande entre el creyente y el crédulo.
Capítulo X
No constituye deshonra ninguna el creer en la religión
23. Pero veamos ahora, me dirás, si debemos creer en la religión. Si admitimos que son cosas distintas el creer y el ser crédulos, se sigue que no hay mal ninguno en creer en la religión. ¿Qué pensaríamos si la fe y la credulidad fueran ambas defectuosas, como lo son la embriaguez y el acto de embriagarse? Quien tuviera esto por cierto, pienso que no podría tener amigo ninguno; porque si es una deshonra creer en algo, o incurre en torpeza quien cree en su amigo, o no entiendo cómo puede llamarse amigo a sí mismo o al otro, si es que no cree en él. A esto es posible que me repliques diciendo que en ocasiones hay cosas que tenemos que creer, y me pides que te aclare cómo puede no ser un defecto en materia religiosa creer antes de llegar a saber. Trataré de exponértelo, y quisiera preguntarte cuál de estas dos cosas es peor, a saber: entregar la religión a un indigno o creer lo que dicen los que la enseñan. Pienso que admites que mayor responsabilidad alcanza a quien descubre a un indigno los santos misterios -si es que hay alguno- que a los que creen lo que de la religión aseguran los hombres religiosos. Otra manera de contestar no te hubiera sido honrosa. Suponte, pues, que ya está presente quien te adoctrine en religión: ¿cómo lograrías convencerle de tu sinceridad como discípulo y de que no hay en ti ni dolo ni simulación ninguna en cuanto a esto? Me dirás que invocando tu conciencia como testigo de que no hay ficción en ti, confirmándolo con las mejores palabras, pero al fin con palabras. Te será imposible abrir a un hombre, tú, hombre también, los entresijos de tu espíritu, para que vea tu ser íntimo. Si te dijera él: creo en lo que me dices, pero ¿no sería más razonable que tú dieras fe a mis palabras, ya que, si tengo yo la verdad, tú serás el beneficiario y yo quien te hace el beneficio? ¿Cuál sería tu respuesta, sino que merecía que creyeras en él?
24. Como réplica podrías decirle: ¿No sería mejor que me dieras razón de por qué he de creer, para que con la dirección de aquélla caminara por doquier sin riesgo de incurrir en temeridad? Acaso fuera mejor lo que propones; pero si tan difícil te resulta el conocimiento de Dios por vía racional, ¿crees que pueden todos comprender las razones que descubre a la inteligencia del hombre la realidad divina? Los que pueden comprenderlas, ¿son muchos o pocos? Tú, ¿qué piensas? Pienso que son pocos, dices. ¿Te cuentas entre ellos? No me toca a mí darte la respuesta. Continúas pensando que también en esto debe él creerte, y así lo hace, en efecto. Pero no olvides que ya son dos las veces que él cree proposiciones tuyas sin tener de ellas certeza; tú, en cambio, ni por una sola vez crees en los consejos de orden religioso que él te propone. Supongamos, no obstante, que las cosas son así y que con espíritu sincero te acercas para instruirte en religión; que eres de esos pocos que pueden aprehender las razones por las que se llega al conocimiento de la divinidad: ¿habría que negar la religión al resto de los hombres que no han sido favorecidos con un ingenio tan sereno, o es preciso llevarlos paso a paso, como por grados, hasta la cima de estos misterios? Claramente se ve qué sea más religioso, porque no puedes en modo alguno dar por bien hecho el que se rechace o se desdeñe a nadie que arda en deseos de cosa tan importante. ¿Piensas, acaso, que puede alguien llegar a la verdad pura si antes no lo cree posible si su espíritu no es sencillo y se purifica con un modo de vivir ordenado, sumiso a ciertos preceptos no menos necesarios que importantes? No hay duda de que es ésa tu opinión. ¿Qué género de mal les puede sobrevenir a esos hombres -entre ellos te cuento a ti-, a quienes no les sería difícil comprender los secretos divinos con razón firme si marcharan por esa vía propia de los que comienzan por creer? Creo que ninguno. Con todo, replicas: ¿qué razón hay para detenerlos? El daño que con su ejemplo ocasionan a los demás, aunque ellos queden indemnes. Son poquísimos los que tienen un concepto exacto de sus fuerzas: a los que se creen de menos hay que estimularles para que no los abata la desesperación; hay que contener a los que se creen de más, para que la audacia no los lance en el precipicio. Empresa fácil si, para evitar peligrosas emulaciones, se obliga a los que pueden marchar solos a seguir el camino seguro de los demás. Así es la providencia de la religión verdadera: lo que ha mandado Dios, lo que nos han legado los antepasados y lo que hasta aquí hemos mantenerlo; alterarlo o trastrocarlo equivale a ensayar un camino impío a la religión verdadera. Ni aun consiguiendo los medios que desean podrían llegar al fin propuesto los que hicieren aquello. Por agudo que sea su ingenio, sin la ayuda de Dios, no hace más que arrastrarse por el suelo; y Dios ayuda a los que, acuciados por la inquietud ce llegar hasta El, sienten a la vez preocupación por el resto de los hombres. ¿No hay apoyo más firme para ir al cielo? Por lo que a mí respecta, este razonamiento se me impone; porque ¿cómo podré decir que no se debe creer sin conocimiento previo, si es totalmente imposible la amistad misma sin la fe en algunas cosas indemostrables por la razón, y si los mismos señores dan fe a los esclavos a su servicio sin desdoro de su dignidad? Dentro del ambiente religioso, ¿qué despropósito puede superar al de que el ministro de Dios crea en nuestras palabras, que le hablan de un ánimo sincero, y nosotros nos resistimos a creer en las suyas cuando nos mandan alguna cosa? Por último, ¿puede hallarse camino más seguro que la preparación para la verdad mediante la sumisión a todo lo que Dios ha establecido para cultivo y purificación de nuestras almas? O si es que ya te sientes preparado, ¿qué mejor que hacer un pequeño rodeo para entrar por donde la seguridad es completa y no creamos peligros a nosotros mismos y dejar a los demás el ejemplo de la temeridad?
Capítulo XI
Los que creen están libres de la temeridad de los que opinan
25. Tócanos ahora considerar qué razón existe para que no vayamos en pos de los que prometen guiamos con la razón. Ya se ha declarado que no es deshonroso seguir a los que nos mandan creer; pero hay hombres, y no pocos, que piensan que acudir a los que prometen razones no sólo no implica deshonra, sino que es timbre de gloria; pero no es como dicen. Hay dos clases de hombres religiosos que son dignos de loa: aquellos que ya han encontrado la religión, y que es preciso tenerlos por dichosos; otros que la andan buscando con honda ansiedad y están muy bien orientados. Aquellos están ya en su posesión; éstos caminan por donde es seguro que la hallarán. Hay, además, otras tres clases de personas que merecen censura y son aborrecibles. Unos son sofistas o teóricos, es decir, que se creen conocer la religión, pero de hecho no la conocen. Los segundos se percatan de su ignorancia, pero no ponen suficiente diligencia para poderla conocer. Los últimos piensan que no la conocen ni desean tampoco conocerla. Asimismo, hay en el alma tres operaciones que parecen ser cada una continuación de la otra, y que es conveniente discernir: entender, creer y opinar. Si se las considera aisladamente, el entender está siempre libre de todo defecto; la segunda admite alguna falta; la tercera tiene la secuela lógica de la imperfección. Comprender las cosas grandes, honestas, incluso las divinas, constituye la suma dicha; entender las cosas superfluas no acarrea daño ninguno; el dedicarse a su estudio consumió el tiempo acaso necesario para otros estudios. Tampoco hay que temer daño ninguno del mero hecho de comprender lo que es malo; lo lamentable es hacerla. Porque si uno comprende cómo puede dar muerte a su enemigo sin peligro propio, el acto mismo de entenderlo, sin el deseo de realizarlo, no lo hace reo; faltando este deseo, ¿puede haber nada más inocuo? En cambio, hay culpa en creer algo que va contra la excelencia divina y 'cuando con ligereza se cree algo que va contra la dignidad de algún hombre. Cualquiera otra cosa que se crea, si se comprende que nada se sabe de ella, se está exento de culpa. Así creo que los más criminales de entre los conjurados fueron muertos debido al valor de Cicerón; no tengo ciencia de este hecho, pero sé que me es enteramente imposible llegar a saberlo. La sospecha es doblemente vergonzosa: primero, porque quien se ha persuadido de que sabe alguna cosa está incapacitado para instruirse en esa misma cosa, suponiendo que sea cognoscible; en segundo lugar, el juicio temerario es señal de un alma no bien dispuesta. Y así, si alguno pensara saber esto mismo que acabo de decir de Cicerón, aunque nadie le impidiera dedicarse a su investigación, puesto que se trata de una cosa que no se puede saber a ciencia cierta, incurriría en auténtico error, porque no se da cuenta de la gran diferencia que hay entre aquello que se puede conocer por una razón cierta del espíritu y lo que se recoge en los escritos o en la tradición oral para bien de las generaciones futuras, ya que todo error implica una deformidad. Por lo tanto, lo que comprendemos, se lo debemos a la razón; lo que creemos, a la autoridad; lo que conjeturamos, al error. Mas todos los que entienden, creen también, y creen los que conjeturan; pero no todo el que cree, entiende, y quien conjetura, no comprende. Ahora bien, si estas tres cosas se ponen en relación con las cinco clases de hombres antes mencionadas, con las dos cases recomendables inscritas en primer lugar y con las otras tres defectuosas, encontramos que los dichosos creen a la verdad misma; los que aman la verdad y la buscan, creen a la autoridad; unos y otros son dignos de loa por su fe. Por el contrario, la credulidad de los que forman el grupo primero, que merecen reproche, es defectuosa; los otros dos no creen en nada, y son los que la buscan sin esperanza de hallarla y los que ni siquiera la buscan. Todo esto solamente en cosas que caen dentro del campo de la ciencia, porque en cualquiera otra dimensión vital podrá darse un hombre que no crea nada. Aun aquellos mismos que en la práctica aseguran atenerse a razones probables se inclinan más bien por la imposibilidad de la ciencia que por la de la fe; porque ¿quién hay que admita algo y no lo crea? ¿O cómo puede ser probable lo que admiten si no se aprueba? Por lo tanto, hay dos géneros de adversarios de la verdad: los que impugnan la ciencia y no la fe; los que atacan una y otra. No sé si en el dominio de las cosas humanas podrá encontrarse uno solo. Todo esto se ha dicho para que comprendamos que no somos temerarios si seguimos las mismas cosas que no alcanzamos a comprender; porque los que sostienen que sólo ha de creerse lo que se sabe, evitan que se les llame suspicaces, nombre bajo y vergonzoso. Una diligente reflexión sobre la gran diferencia que hay entre pensar que, se sabe algo y creer, movido por la autoridad, lo que de cierto se ignora, nos evitará la inculpación de error, de incultura y de soberbia.
Capítulo XII
La fe es, las más de las veces, necesaria para la vida social
26. Supuesto, pues, que no se deba creer más que lo que se sabe, ¿qué razón hay para que los hijos cuiden a sus padres y les correspondan con su amor, si no los creen padres suyos? No se les puede conocer por la razón; por el testimonio de la madre podemos llegar a creer que una determinada persona es nuestro padre; pero, tratándose de la madre, se la tiene por madre propia, las más de las veces, no por testimonio suyo, sino de las comadronas, de las nodrizas o de las criadas; porque ¿no puede suceder que se le substraiga el verdadero hijo y se le suplante con otro, y que, engañada ella, transmita su error a los demás? Sin embargo, creemos, y creemos sin asomo de duda, una cosa que reconocemos que no se puede saber. ¿Quién no ve que, de no ser así, se atenta contra la piedad, el vínculo más sagrado del género humano, con la mayor perfidia? ¿Podrá haber un hombre que, por necio que sea, estime censurables los cuidados para con los que creemos nuestros padres, aun cuando no lo fueran? Por el contrario, ¿no pensaría que merece el exterminio quien, por temor a que no lo fueran, niega el amor a sus posibles padres verdaderos? Múltiples razones podrían aducirse para poner en claro que de la sociedad humana no quedaría nada firme si nos determináramos a no creer más que lo que podemos percibir por nosotros mismos.
27. Oye ahora lo que voy a decir, porque espero que te ha de convencer más fácilmente. Cuando se trata de religión, es decir, de dar culto a Dios y de conocerle, hay que evitar el ir en pos de aquellos que nos prohíben creer y con facilidad prometen razones. Nadie duda de que todos los hombres son o sabios o necios. Ahora bien, llamo sabios no a los hombres que tienen corazón e inteligencia, sino a aquellos en quienes hay una idea de Dios y del hombre bien formada, teniendo en cuenta la capacidad humana, y en quienes la vida y las costumbres responden a esa idea; a los demás, sean doctos o ignorantes, recomendables o no por su modo de vida, los considero necios. Siendo esto así, ¿quién, por alcanzado de inteligencia que sea, no ve claramente que es mejor y más saludable obedecer los dictados de los prudentes que no ordenar la vida según el juicio propio? Porque toda obra humana si no se ha hecho con rectitud, es defectuosa; y no puede hacerse con rectitud si no es obedeciendo la recta razón. Ahora bien, la recta razón es la virtud misma; mas ¿dónde está la virtud sino en el alma del sabio? Sólo el sabio es perfecto. Luego el necio falta siempre, a no ser que con las obras realizadas obre a tenor de lo que el sabio le dicta: procederían éstas de la recta razón y no seria el necio dueño de sus actos, por decirlo así, sino un instrumento y un ministro del sabio. Si, pues, a todos les es mejor no faltar que faltar, mejor sería la vida de los necios si llegaran a ser tributarios de los sabios. Si nadie duda de todo esto en las cosas de menor importancia: en el comercio, en el cultivo de la tierra, en la elección de mujer, en la educación de los hijos, en la administración del patrimonio familiar, con cuánta menor razón en el campo religioso. Las cosas humanas son para el hombre más fáciles de comprender que las divinas; y a medida que éstas aumentan en importancia y en santidad, mayor es el respeto y la sumisión que se les debe y tanto mayor la malicia y el peligro para nosotros si pecamos contra ellas. Ya ves que sólo nos queda ser necios durante mucho tiempo, si tenemos aprecio de la vida religiosa y buena, a no ser que acudamos a los sabios para que, siéndoles obedientes, podamos aliviar hoy nuestra necesidad y huir algún día de ella.
Capítulo XIII
El necio no puede buscar al sabio sino cree que pueda existir
28. Surge ahora una cuestión harto difícil: ¿cómo puede el necio dar con el sabio, si la mayoría de los hombres, aunque no directamente, al menos de modo indirecto, se aplican a sí mismos el sobrenombre de sabios, y si, además, son tan discordantes en sus conceptos de las cosas cuyo conocimiento constituye la sabiduría, que o ninguno de ellos es sabio o sólo uno lo será de verdad? No veo la manera de que el necio pueda conocerlo; porque no se puede conocer cosa ninguna por ciertas señales, a menos que se conozca la cosa misma por sus manifestaciones exteriores. Ahora bien, el necio desconoce la sabiduría. No es la sabiduría como el oro, la plata o cosas parecidas, que al verlas se conocen y siguen siendo externas al cognoscente; no así la sabiduría, que no se puede ver con los ojos del alma si no se la posee. Los objetos perceptibles por los sentidos se nos ofrecen desde fuera, y es posible la visión de cosas distintas de los ojos sin que ellas u otras del mismo género estén alojadas dentro de nosotros. Mas los objetos de la percepción intelectual están dentro del alma: verlos es en este caso lo mismo que poseerlos. Pero el necio está desprovisto de sabiduría, luego no sabe lo que es la sabiduría. Con los ojos no puede verla; no puede concebirla sin poseerla, ni poseerla y continuar en su necedad. No la conoce, y mientras la desconoce, no la puede conocer en parte alguna. Por lo tanto, no hay quien, siendo necio, pueda, mientras lo siga siendo, encontrar de una manera segura al sabio para librarse, obedeciéndole, del gran mal que es la necedad
29. Ahora bien, como nuestro estudio tiene por objeto la religión, sólo Dios puede dar solución a esta enorme dificultad; por otra parte, de no creer en su existencia y en su eficiencia para ayudar a la mente humana, no debemos lógicamente buscar la religión verdadera. Pero ¿qué es lo que deseamos averiguar con tanto empeño? ¿Cuál el fin que perseguimos? ¿Adónde queremos llegar? ¿Es alguna cosa en cuya existencia no creemos y de la cual pensamos que no nos atañe en absoluto? Esta sería una idea perniciosa. No te atreverías a pedirme un favor o cometerías un acto de imprudencia pidiéndomelo, ¿y llegas a pedir el descubrimiento de la religión con la idea de que no existe Dios o de que a nosotros no nos preocupa su existencia? ¿Qué diríamos si se tratara de un asunto de tanta importancia, que su hallazgo quedara supeditado a la minuciosidad e intensidad de nuestras investigaciones? ¿Y qué si la invención, tan difícil de suyo, fuera un excitante de la mente investigadora para comprender lo que acaba de encontrar? ¿Qué cosa hay más grata ni más amable para los ojos que la luz? Sin embargo, no se la puede soportar después de una oscuridad prolongada. ¿Hay algo más a propósito para el cuerpo debilitado por la enfermedad que el alimento y la bebida? A pesar de ello, se ve que a los convalecientes se les impone moderación, y no se les permite saciarse, como si se tratara de hombres sanos, para que la sobriedad los libre de recaer en la enfermedad que trataban de evitar. Estoy hablando de los convalecientes; y qué, ¿no apremiamos a los enfermos para que tomen algún alimento? Si no creyeran que con ello escapan a la enfermedad, no nos obedecerían, si es tanta su repugnancia. ¿Cuándo, pues, te vas a entregar a esta investigación tan penosa y difícil? ¿Cuándo acabarás de imponerte la solicitud y el trabajo que estas cosas requieren, si dudas de su misma existencia? Con verdadero acierto, la gravedad de la disciplina católica ha establecido que a los que llegan a la religión se les exija ante todo la fe.
Capítulo XIV
La negación de toda creencia implica la negación de la religión misma
30. ¿Qué razones -dime- podrá aducir ese hereje? Nos referimos a los que quieren que se les llame cristianos. ¿Qué cosa es lo que les disuade de creer, como si se tratara de un acto temerario? Si me mandas que no crea en nada, tampoco creeré que entre los hombres haya religión alguna, y así tampoco el busco. Pero él deberá mostrármela, puesto que está escrito: Quien busca, halla 13. Luego si no creyera cosa ninguna, no acudiría a aquel que me prohíbe creer. ¿Puede darse demencia mayor que desagradarle sólo con la fe, que no está apoyada en ciencia ninguna, cuando sola la fe me ha llevado hasta él?
31. ¿Por qué todos los herejes nos fuerzan a creer en Cristo? ¿Podría ser mayor la contradicción entre ellos? Por dos flancos se les puede atacar: en primer lugar habrán de decirnos dónde están las razones que nos brindaban, en qué se apoya el reproche de temerarios y en qué se funda su presunta ciencia. Porque si es deshonroso creer a nadie sin una justificación racional, ¿por qué deseas, por qué pones tanto empeño en que crea sin razón, para así lograr más fácilmente ganarme con tus razones? ¿Será tu razón capaz de construir algo sólido sobre el fundamento de la temeridad? Hablo como lo harían aquellos a quienes desagrada nuestra fe. Porque creer sin razones cuando aun no estamos en condición de aprehenderlas, y preparar el espíritu por medio de la fe misma para recibir la semilla de la verdad, lo tengo no sólo por saludable, sino por necesario para que las almas enfermas puedan recobrar la salud. Es una gran impudencia por parte de los herejes, el hecho de que, estimando que esto es ridículo y temerario, pretenden que nosotros creamos en Cristo. Además, confieso que creo ya en Cristo y me he propuesto aceptar como verdadero todo lo que Cristo ha dicho, aunque no haya razón que lo apoye. ¿Con estos supuestos, hereje, me vas a adoctrinar? Permíteme que reflexione -yo no he visto a Cristo en la figura con que quiso aparecer a los hombres, del que se dice haber sido visto por los ojos humanos- quiénes son aquellos cuyo testimonio sobre Cristo deba creer, para que, dispuesto con esa fe, pueda ayudarte a ti. No encuentro haber creído otro testimonio humano que no sea la opinión robusta y la voz solemne de los pueblos y de las naciones que por todas partes han abrazado los misterios de la Iglesia católica. ¿Por qué no he de dirigirme preferentemente a éstos paral saber lo que Cristo ha preceptuado, si ha sido la fuerza de su autoridad la que me ha llevado a creer que El ha preceptuado cosas buenas? ¿Habrías de ser tú el que me aclarara mejor lo que dijo El, en cuya existencia pasada o presente no llegaría yo a creer, si la sumisión a la fe me hubiera de venir de ti? He creído -lo digo de nuevo- en la tradición que se funda y vigoriza en la difusión, en el consentimiento y en la antigüedad. Vosotros, por el contrario, sois tan escasos, tan sediciosos y tan sin tradición, que nadie duda de vuestra falta de autoridad. ¿Por qué, pues, tanta demencia? Cree a los pueblos que dicen que debes creer en Cristo -me dirás- y aprende de nosotros su doctrina. ¿Por qué razón? Si aquellos llegaran a faltar y no pudieran adoctrinarme, encuentro más fácil convencerme de que no debo creer en Cristo que pensar en aprender alguna cosa referente a Cristo por otro magisterio que el de aquellos por los que llegué a creer en Él. ¡Oh colmo de la confianza, o mejor, de la necedad! Yo te voy a enseñar la doctrina de Cristo, en quien crees. Y si no creyera en El, ¿podrías enseñarme nada de El? Pero es necesario -dices- que crea. ¿En virtud de vuestras razones? No, me dices; nosotros llevamos por la vía racional a. los que creen en Él ¿Por qué he de creer en El? Porque la fama está bien justificada. Y esta justificación, ¿a quién se debe? ¿A vosotros o a otros? A otros. ¿Luego tengo que creerlos a ellos para que puedas tú ser mi maestro? Acaso debería hacerlo, si no me previnieran precisamente ellos que no me acercara a ti: dicen que vuestras doctrinas son dañosas. Mienten, respondes tú. Pero ¿cómo les he de creer lo que me dicen de Cristo, a quien no llegaron a ver, y no les he de creer lo que me dicen de ti, a quien no quieren ver? Presta asentimiento a sus escritos, dice. Mas si los escritos que se me presentan son nuevos y desconocidos, o si son escasos los que los recomiendan, sin razón ninguna demostrativa, no son los escritos a los que se cree, sino a quienes los aducen; por lo tanto, si esos escritos me los aducís vosotros, escasos en número y poco conocidos, no debo prestarles fe. Además, con ello procedéis en contra de lo que habéis prometido, porque exigís la fe en lugar de aducir razones. De nuevo querrás que vuelva a la tradición y al número crecido de los que creen: Modera, por fin, la obstinación y ese tu capricho desenfrenado de propagar vuestro nombre. Mejor será que me aconsejes que busque entre esa multitud sus corifeos y que ponga sumo cuidado y diligencia en recibir de ellos información sobre la Escritura, porque, si llegaran a faltar ellos, no sabría ni que había cosas que aprender. Vuélvete, pues, a tus soledades y no sigas tendiendo asechanzas so pretexto de la verdad, la misma que pretendes arrebatar a quienes concedes tener autoridad.
32. Si negaran hasta el deber de creer en Cristo sin apoyo de razones de esta fe, no serían cristianos. Porque este reproche de irracionalidad también nos lo hacen los paganos, infundadamente, pero sin contradecirse ni entrar en oposición consigo mismos. ¿Quién toleraría que éstos se consideraran miembros de Cristo, defendiendo ellos que no deben los ignorantes creer nada de Dios si no se les exponen antes las razones claras para creer en El? Sin embargo, vemos que la historia, admitida por los mismos herejes, ofrece copiosos testimonios de que Cristo antes que nada y sobre todo deseó la fe en El, aun en los tiempos en que los hombres con quienes trataba no estaban en disposición de comprender los divinos misterios. ¿Qué significan tantos y tan grandes milagros, sino que según el testimonio del mismo Cristo-se hicieron para que creyeran en El? Por la fe arrastraba a los ignorantes; vosotros los lleváis con la razón. El clamaba que se creyera; vosotros gritáis. A los que creían El los colmaba de elogios; vosotros los censuráis. Si los hombres hubieran de seguirle sólo cuando convertía el agua en vino o -para no citar otros- cuando realizaba algún prodigio semejante, y no cuando enseñaba, en ese caso, o no se deben desestimar aquellas palabras: Creed en Dios y creed en mí 14, o hemos de tener por temerario al centurión, que se opuso a que viniera Cristo a su casa, creyendo que la enfermedad remitiría al solo mandato de EL. Luego, al traernos la medicina que sanara la corrupción de nuestras costumbres, con milagros se ganó la autoridad, con la autoridad mereció la fe, con la fe congregó las muchedumbres, con las muchedumbres ganó la antigüedad, con la antigüedad robusteció la religión, que no han logrado destruir, ni siquiera parcialmente, las novedades, tan ineficaces como maliciosas, de los herejes ni los ataques violentos de los errores que de antiguo padecen los pueblos.
Capítulo XV
La sabiduría de Dios encarnada es el mejor camino para hallar la religión
33. Por lo cual, aunque no estoy en condiciones de poderte instruir, sin embargo, insisto en aconsejarte que, puesto que son muchos los que desean ser tenidos por sabios y no es fácil conocer si lo son, pidas al Dios con toda atención, con toda el alma, con gemidos y, si fuera posible, con lágrimas, qué te libre de mal tan grande como es el error, si es que tienes en verdadera estima la vida feliz. Te será más fácil si obedeces gustoso los preceptos divinos, confirmados por autoridad tan importante como la de la Iglesia católica. Dios es la verdad; nadie puede en modo alguno ser sabio sin llegar a poseer la verdad; luego si el sabio está tan unido en espíritu a Dios que no puede haber entre ambos nada que los separe, no se puede negar que entre la necedad del hombre y la purísima verdad divina está como punto intermedio la sabiduría humana. El sabio, en cuanto lo permite la capacidad humana, imita a Dios; en cambio, el hombre ignorante, para que la imitación en él sea fructífera, no tiene otro modelo tan cercano como el sabio. Pero como, según se dijo antes, al ignorante le resulta difícil la aprehensión por medio de la razón, convenía que a sus ojos se ofrecieran algunos milagros -los ignorantes se sirven mejor de los ojos que de la razón- para que, con la previa purificación de su vida y de sus costumbres bajo la dirección de los hombres doctos, se dispusieran para aceptar la razón. Si era el hombre modelo que hay que imitar, pero sin poner en él la esperanza, ¿pudo, la divina bondad mostrarse más liberal que dignándose tomar la pura, eterna, inmutable Sabiduría de Dios, a la que es necesario que estemos unidos, la forma de hombre, ofreciéndonos en su vida estímulos para seguir en pos de El, y sometiéndose también como víctima a los castigos que nos desalientan para seguirles? Porque si es imposible llegar hasta el bien purísimo y sumo sin un amor pleno y perfecto, y esto no es posible en tanto que arredran los males del cuerpo y los sucesos adversos, Cristo, con su nacimiento admirable y su vida laboriosa, ganó nuestro amor; y su muerte y su resurrección disipó nuestro temor. En todas sus obras se mostró de tal manera que nos fuera posible conocer hasta dónde se extiende su divina clemencia y hasta dónde podía ser elevada la debilidad humana.
Capítulo XVI
La autoridad instituída por Dios, que nos impele a creer,
está robustecida por los milagros y por la multitud de los que la acatan
34. Es ésta la autoridad más saludable, créeme, la que sostiene nuestro espíritu por encima de su morada terrena, la que hace cambiar el amor de este mundo por el amor a Dios verdadero; la única que estimula al caminante a marchar rápidamente hacia la sabiduría. Como no alcanzamos a captar las cosas en su pureza esencial, es una desgracia que la autoridad nos induzca a error, pero es aún mayor desdicha no sentir su impulso. Suponiendo que la Providencia divina no presidiera las cosas humanas, sería vana toda preocupación religiosa. Pero si la hermosura de todas las cosas -pues es innegable que brota de una auténtica fuente de belleza- y no sé qué sentido interior estimulan a los espíritus mejor cultivados a buscar a Dios y a servirle pública y, privadamente, hay que tener confianza en que Dios mismo ha instituido una autoridad que nos sirva como de escalón para elevarnos hasta EL. Esta autoridad, prescindiendo de la razón en ella presupuesta, que, como ya se dijo, es muy difícil a los ignorantes captarla en su pureza, influye en nosotros de dos maneras: en parte por los milagros, en parte por la multitud de los que la acatan y la siguen. Es innegable que ni unos ni otra son estrictamente necesarios al sabio; pero lo que ahora nos preocupa es llegar a ser sabios, es decir, poseer la verdad; posesión del todo inaccesible al espíritu mancillado. Mancilla para el alma es -para dicho en breves palabras- cualquier amor que no sea el amor de Dios y del alma; cuanto más limpio se halla el espíritu de esas impurezas, más fácil resulta la intuición de la verdad. Desear, pues, ver la verdad con ánimo de purificar el espíritu es invertir el orden y posponer lo que se debe anteponer: hay que purificar para ver. Luego si no podemos intuir la verdad, ya tenemos la autoridad establecida para hacemos capaces y para que nos dejemos purificar: ella se robustece -nadie lo duda- con los milagros y con el consentimiento de olas gentes. Milagro llamo a lo que, siendo arduo e insólito, parece rebasar las esperanzas posibles y la capacidad del que lo contempla. En este orden no hay nada tan acomodado a la capacidad de los pueblos y de los ignorantes como lo que cae en el campo de los sentidos. Pero también entre estas obras distinguimos una dualidad: unas solamente producen admiración, otras suscitan gratitud y benevolencia. En efecto, si se viera a un hombre volar, como este hecho no trae al espectador más ventaja que el espectáculo en sí, el hecho nos produce admiración, y nada más. Pero si alguien, enfermo de gravedad y sin esperanza de curación, con sólo ordenárselo se encontrara al instante restablecido, su gratitud hacia el autor de su curación sería mayor que la admiración. Milagros así tenían lugar en los días en que Dios se mostraba como verdadero hombre, en la medida en que era esto posible. Sanaban los enfermos y quedaban limpios los leprosos; a los cojos se les devolvía el poder caminar, a los ciegos la vista, y el oído a los sordos. Los hombres de entonces vieron transformarse el agua en vino, comer hasta la saturación con sólo cinco panes cinco mil personas, pasar a pie enjuto los ríos y resucitar los muertos. Algunos de estos milagros, como obrados en el cuerpo, mostraban con mayor claridad su aspecto beneficioso; otros eran un signo dirigido a la mente, y todos testimoniaban al hombre la majestad divina; así atraía hacia sí la autoridad de Dios a las almas errantes de los hombres. Me preguntas: ¿por qué no se obran milagros ahora? Porque no nos impresionarían, si no eran algo extraordinario; y si fueran habituales, no serían extraordinarios. Suponte que un hombre ve y experimenta por vez primera la sucesión de los días y de las noches, el orden constante de los cuerpos celestes, el cambio de las cuatro estaciones del año, la caída y el nuevo brotar de las hojas en los árboles, la fuerza infinita de las semillas, la hermosura de la luz, la variedad de colores, de sabores, de olores, y supón asimismo una entrevista con él: estará pasmado, abrumado por estos milagros; en cambio, nosotros no prestamos atención a todas estas cosas, no porque sea fácil su intimo conocimiento -harto obscuras son sus causas-, sino por la frecuencia con que la experimentamos. Esos milagros se realizaron con toda oportunidad, para con ellos reunir primero y propagar después la multitud de creyentes y para que la autoridad resultara beneficiosa a las costumbres.
Capítulo XVII
La utilidad de inculcar a los pueblos las buenas costumbres por medio de la autoridad
35. Es tanta la influencia de las costumbres en el espíritu de los hombres, que resulta más fácil reprobar y abominar la parte de mal que hay en ellas -generalmente residuos de la concupiscencia- que el abandonar las y cambiadas. ¿Piensas que el hecho de que no sólo unos pocos sabios defiendan que la adoración debida a Dios -a quien sólo se pueda captar con la inteligencia- no se debe rendir a nada terreno, ni de naturaleza ígnea ni perceptible a los sentidos, sino que la misma masa de ignorantes, de pueblos tan numerosos como diferentes, así lo crea y así lo proclame es escasa contribución a los intereses del hombre? ¿Y no lo es también la continencia que no tolera más que una migaja de pan por todo alimento y los ayunos prolongados durante varios días, y la castidad que no se cuida ni del matrimonio ni de la prole, la paciencia que no tiene en nada las cruces ni las llamas; la liberalidad que distribuye su patrimonio entre los pobres; el desprecio, en fin, de todo lo de este mundo, que hace deseable la muerte misma? Pocos, es verdad, son los que practican estas cosas, menos aún los que se gobiernan con prudencia al practicadas; pero los pueblos les prestan oídos y su aprobación y veneración, y concluyen por amarlos. Tienen las gentes conciencia de su debilidad por no poder realizar estas austeridades, y a este conocimiento acompaña un ascenso del alma hacia Dios y ciertos destellos de virtud. Esto que se anticipa en los vaticinios de los profetas ha sido realizado por la divina Providencia en la vida humana de Cristo y en su doctrina, por el ministerio de los apóstoles, por los desprecios, las cruces, la sangre, la muerte de los mártires; por la vida admirable de los santos y por los milagros, que guardan proporción con virtudes y acciones tan excelsas, obrados según las coyunturas de los tiempos. Con la ayuda de Dios y viendo su eficacia y sus frutos, ¿nos faltará decisión para recogernos en el regazo de su Iglesia, que ha mantenido su autoridad suprema, reconocida por todos los hombres y conservada por la serie de obispos que siguieron a los apóstoles, a pesar de los ataques de los herejes, y a la que han contribuido el dictamen mismo del pueblo, en parte la autoridad de los concilios y en parte la virtud espléndida de los milagros? Regatearle la primacía es un acto de impiedad suma o de arrogancia temeraria, porque si no hay otro camino que lleve a la sabiduría y a la salvación que la preparación de la razón por medio de la fe, ¿no es una ingratitud para con la asistencia y los socorros divinos resistir con tanto empeño a una autoridad que goza de tanta garantía? Y si toda disciplina, por fácil y trivial que sea, exige para ser asimilada un maestro que la aclare, ¿no será temeridad grande rehusar conocer los libros de los divinos misterios de sus propios intérpretes y tratar de condenarlos sin conocerlos?
Capítulo XVIII
Exhortación final
36. Por consiguiente, si la razón o mis ruegos producen en ti alguna moción, y si sientes inquietud por ti mismo, desearía que me prestaras atención y que fiaras con fe piadosa, con esperanza alegre y con caridad sencilla en los buenos maestros del cristianismo católico. Y no dejes de rogar a Dios, porque por sola su bondad hemos sido hechos, a su justicia satisfacemos cuando sufrimos castigos y es su clemencia la que nos devuelve la libertad. Así tendrás siempre fácil ayuda en los dictados y en las disertaciones de los maestros más doctos y mejores cristianos para dar con lo que buscas: no te faltarán ni libros ni ideas puras. Abandona en absoluto esos infelices charlatanes -¿cabe un término más suave para ellos? - en busca siempre de la causa del mal y que no encuentran sino el mal. Cuando tratan de este problema, procuran despertar en su auditorio la inquietud; pero, ¡cuánto mejor les sería permanecer dormidos, sin este cuidado, que no emplearse ahincadamente en aprender tales doctrinas! Los letárgicos pasan con ello a ser víctimas de la locura. Entre una y otra enfermedad, si bien ambas son mortíferas, hay esta gran diferencia: los letárgicos llegan a morir sin corrompe a nadie; el frenético, en cambio, es de temer para la generalidad de los que están sanos, y de manera especial para los que tratan de prestarle ayuda. Porque ni es Dios autor del mal ni ha tenido que arrepentirse de ninguna de sus obras; no llegan a turbar su ánimo los acontecimientos desafortunados, ni su reino está adscrito a parcela ninguna de la tierra. No ordena ni aprueba ningún delito, no miente jamás. Estas y otras parecidas eran las cuestiones que nos producían desasosiego: problemas que, envueltos en la violencia de sus ataques, nos eran presentados como la auténtica doctrina del Antiguo Testamento. Todo ello es falso en absoluto. Admito que sus ataques contra todas estas cosas estén justificados; pero ¿qué es lo que se patentiza en ellos sino que estas acusaciones no alcanzan a la doctrina católica? De esta manera continúo conservando la parte de verdad que aprendí entre ellos, pero lo que he encontrado falso lo rechazo. La Iglesia, por su parte, me enseñó otras muchas doctrinas, a las que ni aspirar pueden esos hombres desfallecidos en sus cuerpos y vulgares de espíritu, a saber: que Dios es incorpóreo, que no se le puede percibir por los sentidos, que lo mismo en su substancia que en su naturaleza es inviolable e inmutable, ni es compuesto ni ha sido hecho. Admitiendo todas estas cosas-no se puede pensar de la divinidad de otro modo-, todos sus ardides se deshacen. Para demostrar cómo es posible que, no siendo Dios quien ha engendrado ni hecho el mal, y que, no habiendo ni naturaleza ni substancia ninguna que no haya sido engendrada o hecha por El, sin embargo, nos libra del mal, se aducen razones allí que urgen el asentimiento, que desvanecen toda duda, particularmente a ti y a los de tus mismas condiciones, siempre que al buen natural acompañen cierto grado de piedad y de tranquilidad de espíritu, indispensables para llegar a comprender, siquiera en parte, cosas tan grandes. No se trata aquí de un rumor inatendible ni de no sé qué fábula de origen persa, que sólo exige se le preste un poco de atención y no pide ningún genio agudo, sino una inteligencia infantil. La verdad se comporta de modo muy distinto de como la sueñan los maniqueos. Pero como esta disertación se ha prolongado mucho más de lo que había pensado, termino este libro. No pierdas de vista al leerlo que no he pretendido refutar con él a los maniqueos ni ocuparme de esas imposturas, así como tampoco he pretendido exponerte altos conceptos de la fe católica, sino que he buscado, en lo que fuera posible, desvanecer la idea falsa sobre los verdaderos cristianos que amasaron contra nosotros con no menos torpeza que malicia, y a la vez despertar en ti inquietud por las cosas grandes y divinas. Este volumen queda así concluido. Cuando sea mayor la calma en tu espíritu, acaso emprenda la exposición de esos otros temas.