HERMANDAD SACRAMENTAL NTRA SRA DEL ESPINO CORONADA

lunes, 14 de octubre de 2013

Fray Jose de Chauchina - Echos _El convento de los capuchinos de Antequera al inicio de la Guerra Civil Española

El convento de los capuchinos de Antequera al inicio de la Guerra Civil Española


Ya, desde el primer día tras el 18 de julio, el convento fue rodeado, quedando fuertemente vigilado y permaneciendo en él, los religiosos como prisioneros.
"Dentro del convento -relata un testigo-, tenían cierta libertad de movimiento, pero exteriormente estaban vigilados por milicianos, siendo imposible salir. Habían sido amenazado muerte por los mismos milicianos que, por lo demás, tenían fijada la fecha en la que iban a ser fusilados". Aunque durante los primeros días de asedio algún religioso, vestido de paisano pudo salir y refugiarse en el Asilo de las Hermanitas de Pobres, logrando así salvar su vida, el cerco se hizo más férreo después, de modo que ni siquiera la lavandera, Concepción Vázquez, podía entrar a ejercer su oficio en el convento.
El P. Guardián pudo durante esos días, hablar al exterior teléfono, alguna que otra vez, y pedir ayuda para los religiosos. Fruto de estas conversaciones fue la visita que recibieron de dos guardias civiles que les llevaron un poco de víveres, noticias de la guerra y vino para celebrar la misa, Los guardias civiles levantar su ánimo diciéndoles que fuerzas nacionales se estaban aproximando a la ciudad. Durante los días que duró este asedio sufrieron malos tratos los milicianos, entrando ferozmente en el convento menos en dos ocasiones agosto maltratando brutalmente a culatazos de fusil a 1os religiosos, estando a punto de matar a alguno de ellos. El hermano portero era el único que tenía alguna con los milicianos que montaban guardia en del convento.
Por lo demás, los religiosos no llegaron a tener, en estos días, ninguna relación con las fuerzas pertenecientes al Bando Nacional, más bien su limitaban sólo a las autoridades locales.
Durante estos días de asedio, la inquietud y habían adueñado de los moradores del convento que no cesaban de oír amenazas de muerte, e, incluso los milicianos que habían establecido la fecha en que serían asesinados, que, por lo demás, había ya decidido el Comité, lo que explica la presencia de numerosas personas en la explanada el día del asesinato de los religiosos. El convento estaba fuertemente vigilado; cinco días antes del seis de agosto no se podía salir, ya que la misma guardia que se había enviado para proteger estaba atenta, más que todo, para que ninguno pudiera escapar o huir.
Ante esta situación -refiere en su crónica el Padre Sebastián de Villaviciosa- "nuestra vida se concentró alrededor de Cristo y su Madre Santísima, uniéndonos más unos con otros con el sagrado vínculo de la caridad fraterna. Nos considerábamos el huerto de la agonía. y pensábamos cual sería nuestra calle de la amargura"... Olvidados de las cosas materiales -dice el mismo cronista- nos preparábamos para la lucha que la revolución nos presentaba, y nuestro pensamiento no se apartaba desde entonces del sagrario.


Preocupación e inquietud de los niños seráficos (18 de julio 1936 - 6 agosto 1936)

Iniciada la guerra civil y en previsión de los acontecimientos que vendrían; "el P. Angel de Cañete, Guardián del convento de Antequera, -cuenta Rafael Vargas Nevado en una declaración jurada-'`dispuso que fueran distribuidos la mayor parte de los niños seráficos, en los domicilios particulares de aquellos señores la población de Antequera, conocidos y bienhechores de la Orden…
"En el citado convento quedaron catorce niños se­ráficos de los que tenían ma­yor edad, entre los cuales me encontraba yo"
Es de comprender la inquietud y el continuo sobresalto en el que vivieron aquellos días no sólo los reli­giosos sino también los seráficos que participaban de los mismos sufrimientos. El P Santiago Díez Valladares seráfico entonces, cuenta así, en un precioso testimo­nio escrito, el miedo y la zo­zobra de aquellas terribles jornadas: "Y llegó el 18 de julio -1.936- en que tuvo lugar el alzamiento nacional.
Los seráficos no nos enteramos de nada hasta el día 19, domingo, después de cenar, que habiendo salido al recreo, como todos los días a la huerta, desde ella se veían las llamas de los edificios incendiados por grupos de milicianos
El P. Vicedirector, P. Jerónimo de Málaga, al ver el susto y miedo que se reflejan en la cara de los niños, acortó el recreo, tocó a silencio y les mandó acostarse.
En el gran salón-dormitorio, nos encontrábamos dos seráficos descansando antes , pues nos manda acostar antes por hallarnos débil de salud
Nos extrañó hubiese terminado el recreo antes de la hora señalada, y sentir a nuestros compañeros que, siendo hora de silencio, venían hablando y alterados... Al entrar en el dormitorio, unos se dirigieron a la cama de mi compañero y otros hacia la una para contarnos lo que habían visto desde la huerta.
Enseguida aparecieron el P. Vicedirector y Fray Gregorio de Puente Genil, que impusieron silencio... Pero debido al miedo y a los nervios, los seráficos continuaban comunicándose sus temores en un continuo murmullo. Ante esto, el P. Jerónimo, con unas fuertes y nerviosas palmadas, señal de que le atendiésemos, nos dijo: "Puesto que algunos tienen miedo y todos estáis intranquilos, le­vántense y bajen a la zapatería, cojan cada uno su maleta, y súban­la al dormitorio, y mañana avisamos a las familias". Todos bajamos á la zapatería (lugar donde nos hacían y arreglaban las sandalias) subimos las maletas y las colocamos a la cabecera de las camas.
Esa misma noche, no recuerdo la hora exacta, nos levantan y nos llevan a la iglesia; allí nos distribuyeron la Sagrada Comunión, después de breve preparación, y nos sorprendimos al ver que comulgaron también los sacerdotes y consumieron el copón. Des­pués oí decir que alguien, amigo de casa, había avisado que venían los milicianos a quemar el convento.
Y de esto estoy cierto, porque después de fusilados nuestros mártires, uno de los milicianos nos contó que aquella primera noche, iban un grupo de milicianos decididos a quemar el con­vento, pero se "liaron de copas se emborracharon, y... se fueron a dormirla.
La Divina Providencia nos libró aquella noche, pero ante el temor de que viniesen cualquier noche a quemarlo, salimos varios días a dormir a una era del señor Matrona, que tenía un hijo. estudiando con nosotros.
Al volver de madrugada al convento, nos mandaron a tres estudiantes de los mayores, adelantarnos con la llave, para que el resto de seráficos y profesores no tuviesen que detenerse al llegar. Al dar la vista al Colegio, vimos a un señor que paseaba y miraba por las ventanas, como quien espera a que le abran. Con cierto temor y cautela nos fuimos acercando hasta que reconocimos al P. Ignacio de Galdácano, al que abrimos la puerta y esperamos la llegada del grupo de seráficos y profesores que se acercaban. No recuerdo el número de noches que salimos a dormir fuera del Colegio, sólo que fueron pocas. Días después, nos pusieron una guardia de milicianos a la puerta del convento de día y de noche; para que no nos molestasen los escopeteros marxistas con tanto registro, según unos, para que no nos escapásemos ninguno, según otros.
Una de aquellas noches en que ya dormíamos en el Colegio, nos despiertan, no recuerdo si al primer sueña o de madrugada, y nos ordenan vestirnos y que bajemos a la portería. Una vez vesti­dos y dispuestos a obedecer, entró un Padre diciéndonos que nos volviéramos a acostar... que se habían ido. Después nos enteramos que un grupo de milicianos, trataron de sacarnos a todos del convento, con el engaño de llevarnos a la cárcel o a Málaga, a lo que se opu­sieron los guardias de la puerta.
Otra noche, no habia transcurrido una hora de habernos acostado, nos despiertan y mandan levantarnos, ;vaya sorpresa! al incorporarnos vemos- el dormitorio invadido por los milicianos, unos con armas y otros sin ellas que, vienen. a llevarse las camas, pues han llegado muchos heridos del frente y las han de necesitar en el hospital...Entre improperios y blasfemias, discusiones entre ellos sobre si dejarnos algunas o no, optaron por dejarnos las que ocupábamos los 13 seráficos, que éramos los que quedábamos, pues los demás habían venido los familiares a por ellos..
Antes de ponernos la guardia de milicianos a la entrada del convento, venían casi a diario a hacer registros en busca de armas que decían teníamos escondidas. No hallaron ninguna, pues ninguna había ni en el Colegio ni en el convento. Uno de esos días, nos hallábamos los seráficos en el dormitorio, creo haciendo las camas después del desayuno, varios milicianos o escopeteros llevaban delante a varios de los Padres apuntándoles con las escopetas y conminándoles a que les entregaran las armas que no tenían. Se me quedó muy grabada la actitud de un miliciano, alto y fuerte, que apuntando al P. Ignacio con una escopeta de dos caño­nes y llamándole "gafitas" entre insultos y blasfemias, le exigía una y otra vez, las armas, creyéndole el Superior.
Después me contaron que, ese mismo día, al P. Ignacio y a Fray Crispín de Cuevas, les habían puesto, en el jardín de la Comunidad, en actitud de ser fusilados apuntándoles con las esco­petas, y así les tuvieron algún. tiempo.
Todos pasaron unos días de verdadero martirio, y esperándolo de un momento a otro, como se podía comprobar, en recogimiento y constante oración ante el Sagrario, y en sus conversa­ciones. Recuerdo especialmente que uno de aquellos días, el P. Gil, del Puerto estando nosotros de recreo, nos estuvo hablando larga­mente, como S. Tarsicio, Sta. Inés y otros... Y el mismo día 6, día de su martirio, por la mañana, en el patio del Colegio Seráfico, el P. Guardián, Angel de Cañete, estuvo un rato hablándonos del amor del Corazón de Jesús, la protección que nos daba nuestra.Divina Pastora, y cómo debíamos amarles y serles fieles. Nos habló con mucha prudencia, amor y dulzura, pero también con. mucha claridad, y terminó diciéndonos que si venían por nosotros nos reuniéramos para morir todos juntos en la iglesia. Y a las cinco de la tarde de ese mismo día 6 de agosto, tocaron la campana de la portería con cierto alboroto, y alguien, no recuerdo quien, nos ordenó ir todos a la iglesia. Obedecimos y en breves instantes nos hallamos reunidos todos, padres, hermanos y seráfi­cos en la iglesia. Observé cómo se confesaban muchos, y los sacerdotes daban la absolución "in articulo mortis". Yo mismo la pedí al sacerdote más próximo. Volvieron a llamar a la portería con. insistencia y salió el P. Sebastián de Villaviciosa a abrir. Según oí contar días más tarde, un miliciano le dijo: "Por salir el primero y abrirnos la puerta, te vas a librar".
Mientras nos disponíamos a salir todos a la portería, y antes de salir de la iglesia, entró nervioso el P. Gil del Puerto diciendo: "Mandan que salgan todos los Padres, que si no va a ser peor. Salieron todos mientras los seráficos volvíamos a los bancos de la Iglesia de donde nos habíamos levantado para salir. No sé el tiempo que pasó, y volvieron los Padres Jerónimo de Málaga, Sebastián de Villaviciosa y Manuel de Pedrera donde estábamoslos niños.


De pronto sonó una descarga horrorosa...


El Primer Mártir (Fray Luis de Valencina) 3 de agosto de 1936

En la mañana del 3 de agosto: "Un registro efectuado, con todos los atropellos de gente inculta y sin educación, nos advirtió la suerte que nos esperaba. Treinta milicianos armados con escopetas entraron violentamente en el convento, y, después de despertar a los niños de nuestro colegio, se llevaron las camas, y, encañonando a los religiosos y dándoles fuertes golpes con la escopeta, los llevaron por todo el convento para que entregáramos las armas, que decían teníamos escondidas".
Este era el argumento base del que se servían los anarquistas para provocar el odio contra la iglesia y sus ministros, afirmando por todas partes que los conventos y las residencias de los religio­sos eran arsenales de armas y municiones, y, los frailes, francotiradores que asesinaban a la gente del pueblo. Ejemplos de ello blindan como el de los capuchinos fotografiados con fusiles a sus espaldas en el convento de Igualada. Cualquier pretexto era bueno para aquellos desalmados con tal de castigar y asesinar a los pacíficos e indefensos moradores de la casa del Señor.
En la iglesia, arrodillado ante el altar de la Divina Pastora, encontraron a Fray Crispín de Cuevas, misionero en otro tiempo en la República Dominicana, lo derribaron por tierra y lo confinaron en el jardín junto al P. Ignacio de Galdácano. Los pusieron en posición de fusilarlos, pero no pudieron rematar su obra
debido a la intervención de elementos más moderados. La misma suerte corrió el P. Guardián., P. Angel, al que, con desprecio, tira­ban del capucho arrastrándolo y dándole fuertes empellones.
El P. Luis era de naturaleza nervioso. Contaba el P. Jerónimo de Málaga que "se sobresaltaba al oír cualquier ruido". Durante el violento registro de aquel 3 de agosto, atemorizado por las amenazas constantes de los milicianos, se quitó el hábito y se vistió de paisano, descolgándose atado a unas sábanas, por una ventana del Colegio con intención de huir, fracturándose una pierna. Pedro Gálvez, electricista que en aquellos días trabajaba en el convento, vino a auxiliarlo a la portería por orden del P. Angel, mientras los rojos traían una camilla de la Cruz Roja para llevarlo al hospital, objetivo que no consiguieron porque, apenas la:.ir camilla en la calle, fue rodeada de una turba salvaje que gritaba y vociferaba: "¡Muerte a éste!", "Es un fraile, ¡matadlo!" y tocando trompetas se burlaron de él, paseándolo por las calles principales de la ciudad, hasta las afueras del pueblo. Su muerte tuvo lugar en el Callejón de los Urbina. Lo mataron de pie, colócándolo de frente a la pared, sin que apenas pudiera mantener., le dispararon hasta caer herido de muerte, lo remataron en el suelo, machacándole el cráneo con la culata de un fusil hasta . é1 punto de sacarle fuera toda la masa encefálica.
Francisco Ros Paez, jefe de los cuatro camilleros que llevaron al P. Luis desde el convento hasta el hospital, como testigo, cuenta así la muerte del P. Luis: "Cuando yo miraba la camilla, el P. Luis movía la mano en señal de agradecimiento. Llegaron con la camilla en un primer momento a la Sede de la Cruz Roja, pero allí tenían órdenes de que el P. Luis tenía que ser llevado al hospital. Llegados a las proximidades del Instituto de Enseñanza Secundaria, la chusma que se había reunido, no respetaba ni la camilla ni la bandera de la Cruz Roja. En ese momento yo me retiré. permaneciendo algo retirado, vi cómo lo tiraron de la camilla y le asesinaron junto a una hornacina de la Virgen del Carmen"..
La crónica del P. Sebastián, subraya cómo al caer por tierra el P. Luis, exclamó: "En tus manos Señor, encomiendo mi espí­ritu", respondiendo sus enemigos con horribles blasfemias.
Y Mariano Granados, sobrino de Fray José de Chauchina cuenta la serenidad de su muerte en carta al P. Jerónimo: "Al Padre Luis de Valencina lo vi en una camilla verde con ruedas cuando lo llevaban a martirizar; a mí me dio miedo y salí corriendo sin poder percibir ningún detalle más. Iba con él una multitud inmensa dando voces. Después lo vi muerto, de paisano, con gesto tranquilo"


Tristes presagios (Carta de Fray Ignacio de Galdácano)


Ante el ambiente de inseguridad y continuos sobresaltos que se vivían en el convento y ante el cariz que, fuera, iban tomando los acontecimientos, Fray Pacífico de Ronda, pidió permiso para buscar refugio, como habían hecho otros reli­giosos, en casa de unos amigos bienhechores, siendo acogido con "verdadera hospitalidad y caridad. Aquel día, 20 de julio, perma­neció sereno y tranquilo, rodeado de afecto y atenciones de los bienhechores, pero al día siguiente, decidió marcharse y agradecido lo manifestó a los señores: "Lo que sea de mis hermanos, será de mi. Hágase la voluntad de Dios".
Regresó al convento y allí permaneció participando del tra­bajo, y de las preocupaciones e inquietudes de sus hermanos. Pero tras los sucesos del día 3, que terminaron con la muerte del P. Luis decidió Fray Pacífico marchar a la zona nacional considerándola relativamente cercana a la ciudad. Abandonó el convento saliendo por una puerta de la huerta, siendo poco después dete­nido por los milicianos y conducido a la Comisaría de los Remedios de la calle Infante y encerrado en el calabozo.
Los demás religiosos permanecieron en el convento preparán­dose para el martirio, que ya veían inminente y como algo inevitable pues los mismos captores les habían comunicado varias veces que estaban condenados a muerte. Los religiosos oían de los milicianos frases como ésta: "Mañana caerán éstos". La actitud de los mili­cianos para con los religiosos durante esos días según carta del P. Claudio de Trigueros fue, generalmente, "respetuosa, pero, al mismo tiempo, de hostilidad, debida a órdenes superiores". Hasta poco antes del 18 de julio, el. P. Claudio había sido superior del convento de Antequera. Como conocedor de la situación, mani­fiesta que "los milicianos de Antequera no habían tomado una decisión sobre los religiosos, sino que incitados por elementos extraños, venidos de fuera, tomaron la decisión de asesinarlos".
En los primeros días de agosto el cerco y asedio a los religio­sos se fue reduciendo y estrechando hasta el punto de que, como refiere el P. Sebastián, los guardias que vigilaban el convento por fuera, se habían ido acercando tanto a las dependencias ocupadas por los religiosos que estaban prácticamente a las mismas puertas de sus dormitorios.
"¡Matad a los frailes!". "¡Acabad con los curas!". "¡Matadlo a todos sin remisión!". "¡Abajo la Iglesia!" eran las consignas […]Solidaridad obrera de Barcelona del 15 d agosto proclamaba: "La Iglesia ha de ser arrancada de cuajo de nuestro suelo... La Iglesia ha de desaparecer para siempre... Se han terminado las pilas de agua bendita... Las Ordenes religiosa, han de ser disueltas...". Los obreros habían mamado que "la religión es el opio del pueblo"... Por ello había que "liquidar la reli­gión de España". Y el pueblo, hábilmente manipulado, obedecía las consignas de los dirigentes del Frente Popular: "Tenemos ­orden de matar a todos los obispos, a todos los curas y a todos los frailes'. Desde Barcelona, Juan Peyró confesaba: "La destrucción de la Iglesia es un acto de justicia. Matar a Dios, si existiese al calor de la revolución...".
Las noticias de la marcha de la guerra, de la situación de la ciudad, iban llegando al convento donde los religiosos intensificaban la oración. Los incendios de casas particulares en Antequera continuaban y el asesinato de sacerdotes también. El 3 de agosto era asesinado a tiros el sacerdote Miguel Palomo Vallejo que fue sacado violentamente de la casa de su hermano.
Las familias huían de los pueblos que iban ocupando los nacionales entrando en la ciu­dad, donde por falta de alojamiento, eran tras­ladados a Málaga en tren.
Llegaría el día de la Transfiguración del Señor. Era el día fijado por el Comité para el asesinato de los capuchinos. La explanada de1 convento se había convertido ya en lugar común de fusilamientos. El día 5 asesinaron allí a D. Antonio Sánchez Puente, juez municipal, junto a sus cuatro hijos, los fusilaron dentro del coche en el que los llevaban. Ese mismo día asesinaron también a D.António Pérez Solano, párroco de Santa María y a D. Antonio Pozo Avilés, también sacerdote. Y en la misma explanada mataron también ese día a D. Wilibaldo Fernández, párroco de San Miguel.
Los religiosos presentían cercano su propio "martirio". La mañana del 6 de agosto llegó un fuerte grupo de milicianos, que querían adelantar la hora fijada para el fusilamiento por el Comité Revolucionario, pero se opuso la guardia que ellos mismos tenían montada. "Nuestra actitud -declara el P. Manuel de Pedrera- fue la de prepararnos para morir por Dios. La atmós­fera que respirábamos era como la de los días de Ejercicios Espi­rituales".
Recogidos en oración en la iglesia, los religiosos celebraron la santa misa, con el presentimiento de que tal vez aquella sería la última, juntos ofrecieron a Dios el sacrificio del cuerpo y la san­gre de Cristo y rogaron al Señor por aquél que había de abrirles las puertas del paraíso con sus disparos.
Dice la crónica del P. Sebastián que, en aquellas circunstan­cias, los religiosos hicieron un pacto común: "El primero que muera, esperará a los otros, para presentarnos todos unidos ante el trono de Dios, como unidos sufrimos estos dieciocho días de martirio anticipado".
Aquel día 6 era, además, vísperas de la fiesta de los Beatos Agatángel y Casiano,
capuchinos, martirizados en Etiopía por or­den del Negus, y también a ellos se encomendaron para recibir su protección y ayuda en aquellos momentos de dolor y de esperanza.
Antes del martirio, aquella misma mañana, el P. Ignacio de Galdácano, con veinticuatro años recién cumplidos, después de celebrar la santa misa (hacía tan sólo un año que se había orde­nado sacerdote), pensando en sus seres más queridos, entrando :... en su celda, escribió a sus padres ésta, su última carta que es todo: un verdadero testimonio de fe por su disponibilidad interior, su entrega a Dios y aceptación plena del martirio.


"Viva María.
Hoy, día 6 de agosto de 1.936, el vigesimocuarto y quizás último de mi vida, a las nueve y media de la mañana escribo esto para mi queridísima familia.
Queridísimos padres y hermanos: al recibir estos ren­glones, quizás ya no exista: espero tranquilo, de un momento a otro, la muerte, que para mi será la verdadera vida, porque muero por odio a la religión y por ser reli­gioso. No lloréis; padres y hermanos queridos, como lloro yo al escribiros ésta, no por miedo, sino porque sé que va a causaros pena mi muerte; no llore, sobre todo usted, queri­dísima madrecita mi amachu lastana; si le causa mucho dolor la noticia de mi muerte, le dé mucho consuelo el tener un hijo mártir, que desde el cielo le sigue queriendo muchí­simo y rogando por usted y por todos los de la familia para que allí nos encontremos un día todos.
No se cuándo llegará mi Última hora: hace ya muchos días que la estoy esperando, y conmigo estos mis hermanos religiosos. Que Dios sea bendito por todo, y si quiere mi vida en testimonio de su doctrina y de su Religión, la ofrezco gustoso. Solamente pido que los que nos hemos amado en la tierra sigamos amándonos desde el cielo.
Agur, agur hasta el cielo.
No lloréis por mi, padres y hermanos queridos; sabed que muero mártir de Jesucristo y de su Iglesia.
Agur, agur, agur, agur, agur...
Antequera, fiesta de la Transfiguración del Señor de1.936.
Yo, Fr. Ignacio de Galdácano, capuchino (José Mari)."


Hacia el martirio (asesinato del Padre Angel de Cañete)

Dentro del convento, los religiosos tenían la consigna de reunirse en la iglesia apenas notaran algún signo externo de peligro. En la mañana del día 6 se oyeron disparos en la proximidad del convento, los religiosos corrieron a la iglesia y el P. Gil del Puerto consumió las Sagradas Especies. Poco después, se asomó a la explanada, por la ventana del coro, el P. Angel y tranquilizó a sus compañeros ya que aquellos disparos que se habían oído no habían ido dirigidos al convento y pidió que todos se encomendaran al Señor a aquellas personas que en esos momentos habían sido asesinadas.
A las cinco de la tarde llamaron fuertemente a la puerta. Doce escopeteros, bien armados, pedían a grandes voces la salida rápida de los religiosos. El P. Guardián comprendió inmedia­tamente de qué se trataba y salió el primero. Los demás religio­sos, aferrados fuertemente a su crucifijo, y, vestidos con el hábito capuchino, se pusieron en fila junto a la puerta del convento.
El P. Guardián, arrodillado ante ellos, les recordaba las muchas limosnas que, en aquella misma portería, se habían repartido, diariamente, a los pobres; la inmensa caridad que siempre se había tenido allí mismo con los obreros y los necesita­dos y que eran inocentes de los crímenes por los que querían qui­tarles la vida. Varias veces repitió ante ellos aquella súplica tra­tando de convencerles, pero ellos, insensibles a todo ruego, no se conmovieron.
Bastaba haber conocido un poco al P. Angel de Cañete para comprender con cuanta razón les dirigía aquellas súplicas, ya que por todas partes, era conocido como el padre de los pobres y de los más necesitados. Precisamente él era el que buscaba trabajo a los parados, o ayudaba con generosas limosnas a los más pobres.
"Los revolucionarios, -escribió el Diario La Unión, de Sevilla, el 29 de agosto de 1.936 en su edición de la tarde- al asesinarlo despiadadamente, han estado una vez más en contradicción con ellos mismos. Porque el P. Angel era un verdadero padre de los pobres. Su celda era una agencia de colocaciones: su maquinilla, antigua y desvencijada, escribía sin cesar docenas de cartas, con­testación a las peticiones de favores, trabajo y limosnas, importu­nando a sus amigos y poniendo al servicio de los obreros su actividad prodigiosa. Nada para sí, ni por su propio medro o interés, sino que su lema era: todo para obras de caridad y socorro de los necesitados.
Salir el P. Angel a la calle y recibir continuas muestras de agradecimiento de sus protegidos, era una misma cosa. Lo mismo ocurría en las fábricas, en los tranvías, estaciones del ferrocarril y donde quiera que posaba sus plantas, dejaba una colonia de obreros, a los que él desinteresadamente les había proporcionado un decoroso bienestar.
Apóstol de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y del Amor Misericordioso, su ideal más ferviente fue la implantación del Reinado Social del Corazón de Jesús en España, que viene a reinar pisando la alfombra roja de su sangre".
- Y, ¿por cuál de todos estos servicios me queréis fusilar? -continuó diciendo el P.Angel arrodillado ante sus verdugos.
Su comportamiento estaba claro. Aquellos corazones endureci­dos se pararon un momento indecisos y se quedaron pensativos an­te las tiernas súplicas del religioso. Y dicen que uno de aquellos es­copeteros al oír aquellas palabras tan llenas de amor y de bondad, se echó sobre él y lo abrazó prorrumpiendo en. un gran llanto...
- ¡Ya está bien de palabras de ese tipo!, dijo uno. ¡Salid, todos[ añadió. Y acom­pañó esta orden con pala­bras llamándolos cobardes y afeminados.
Una gran multitud los esperaba en la explanada del convento, y ante la aparición de los religiosos, prorrumpió en obscenas exclamaciones y vocife­rando y gritando los acompañó hasta el "Triunfo". monumento levantado en el centro de la explanada, y que la pie­dad de los antiguos padres había erigido en honor de la Inmaculada. Sobre una airosa columna estaba colocada la imagen de la Virgen María que en ese preciso
momento parecía sonreír como una promesa, mientras que sobre la fachada de la iglesia, la estatua del Seráfico Padre S. Fran­cisco, se levantaba gigantesca como unabendición...
El P. Guardián, teniendo entre los labios un pequeño crucifijo, llegó hasta la verja que rodea el monumento, y allí se apoyó como para pedir la ayuda de la Virgen siendo abatido por el fuego de las balas. Al caer herido de muerte salpicó con su sangre el monumento de la Virgen.
El cadáver del nuevo mártir dirigía su mirada, sonriente, al cielo, estrechando y apretando fuertemente con sus labios el pequeño crucifijo.
Continúan las víctimas
Las reiteradas súplicas del P. Angel a sus verdugos sirvieron, al menos, para librar a tres religiosos, P. Sebastián de Villaviciosa, P. Manuel de Pedrera y P. Jerónimo de Málaga, que destinaron al cuidado de los niños en el Colegio Será­fico. Todos los demás fue­ron obligados a salir y correr la misma suerte que su Padre Guardián.
Tras el P. Angel salió a continuación el P. Gil del Puerto de Santa María, prefecto de estudios del Colegio. Desde hacía algún tiempo el P. Gil presentía su martirio, llegando a escri­bir en una carta: "Que el glorioso arcángel S. Rafael guíe nuestros pasos y que en todo momento seamos de Jesucristo, porque sólo con­fesándole ante el mundo, llegaremos a la victoria, aunque tengamos que ofrecer nuestra propia vida".
"Caminaba -refiere el cronista P. Sebastián- detrás de su P. Guardián recitando el breviario, cuando una fuerte descarga de fusil lo derribó antes de llegar a la verja'".
Y siguió el P. Ignacio de Galdácano. Un disparo de escopeta le destrozó el hombro. Al sentirse herido alzó los brazos al cielo, miró a la Virgen, vitoreó a Cristo Rey, mientras que una segunda descarga lo derribó cayendo bañado en su propia sangre.
Fr. José de Chauchina, religioso clérigo, diácono, con Fr.Crispín de Cuevas, cayeron cerca de sus hermanos, apretando' entre sus manos el santo Rosario.
En el horizonte el sol, primero, se puso rojo, después, negras` nubes amenazadoras lo ocultaron. El sol había perdido su brillo. Sus últimos rayos orlaban de gloria aquella sangre, derramada como la de Cristo, el mártir del Calvario. Eran como cinco rosas rojas, inmoladas en el ara de la cruz, a los pies de la Virgen Inmaculada, reina de los mártires, que venían a engrosar la larga lista del martirologio franciscano-capuchino,[...]
Tarde de gloria en la fiesta de la Transfiguración del Señor aquel 6 de agosto de 1.936. Una señora, testigo de la masacre, comentó: "Buena la hemos hecho hoy! ¡Hemos matado a los capuchinos! Entre ellos había un joven, alto y muy valiente que. ha muerto con los brazos cruzados sobre el pecho mirando al cielo".

Testimonio de algunos supervivientes

Aquella tarde martirial, sería recordada, años más tarde por el P. Jerónimo de Málaga y el P. Sebastián de está manera, lo mismo que su liberación:
"En la tarde del 6 de agosto, estaba yo en el dormitorio, :liando llegó uno de nosotros diciendo: que vienen por nosotros. Bajé a la portería y allí estaban el P. Guardián y los demás reli­giosos. Los milicianos se impacientaban ante la tardanza y urjían,
dando grandes golpes. Nos dimos unos a otros la absolución. Abierta la puerta, el P. Guardián se puso de rodillas ante los milicianos y habló a los milicianos. La idea central, creo que fue exponer las obras de caridad que se habían hecho en el Convento. Un miliciano cortó las palabras del P. Guardián con una blasfe­mia y ordenaron salir. Al P. Sebastián le ordenaron se volviera adentro, después le dijeron lo mismo al P. Manuel. A mí me pidie­ron -o mejor dicho, enseñé - la documentación y al ver mi Cartilla
militar, me ordenaron volver atrás. Los que salieron llevaban crucifijo en las manos. Días antes yo había pedido al P. Guardián el crucifijo de misionero que tenía en su celda, y me respondió: ¿Para qué lo quieres, para lo poco que nos queda? y me lo dio. Pero, dada la dificultad de llevar un crucifijo tan grande, lo cambié a uno de los niños seráficos, diciéndole: 'Si me matan, el grande para ti y el pequeño para mí; si no, los tenemos que des­cambiar_. Cuando regresé a la Capilla, tardaría uno o dos minutos e inmediatamente comenzaron tiros espaciados durando has­tante rato. Desde que salieron con su hábito y el crucifijo en las manos, no presencié nada más. Tuve que salir, cesado el tiroteo, a abrir la puerta y me encañonaron varios milicianos, que pidieron les entregara las armas. Dije que no las había que podían registrarlo todo. Entonces me ordenaron salir a registrar a mis hermanos que acababan de ser fusilados a pocos pasos del convento a los pies del monumento, y yo les dije: no tienen nada. Y ellos se calmaron. Me mandaron que cerrara la puerta exterior del con­vento y vi que había gente alrededor de los cadáveres, en actitud de silencio. Pasado un rato largo, volvieron a llamar los milicia­nos para trasladarnos, a los supervivientes, a otro lugar. Al principio, no sabiendo lo que pretendían, los niños comenzaron a llorar. Yo les animé y quise darles la absolución, pero no pude entonces recordar la fórmula. Les hablé confortándoles, en la cre­encia de que iban a morir. Entraron los milicianos y se lamenta­ban de lo que se había hecho. Nos trasladaron a todos al convento de la Trinidad".
Y el P. Sebastián cuenta así cómo él mismo se libró de la muerte: "Aquella tarde, yo, el P. Manuel de Pedrera y el P. Ignacio de Galdácano, estando en el patio, vieron acercárseles el portero, que les dijo: ya están ahí y dicen que os presentéis. Los demás religiosos, habiendo tenido noticia de ello, se reunieron en la celda del P. Guardián para darse la absolución y consolarse mutuamente; yo, sin embargo, me fui directamente a la portería para morir antes que ellos, en mi deseo de ser mártir por Jesucristo. Al bajar,
me encontré en la portería con una veintena de milicianos, que me encañonaron con los fusiles. Así permanecí solo con ellos durante siete u ocho minutos. Entonces me dijeron que volviera a entrar y los Ilamara. Cuando entré, ya ellos bajaban con un pequeño crucifijo entre las manos. El P. Ignacio de Galdácano se había cosido en sus pantalones por dentro un escapulario de la Virgen del Carmen, para que no se lo quitaran después de muerto. Ya en la portería, el,I Guardián, arrodillado dijo a los milicianos que ellos no habían cometido delito alguno digno de muerte, pero que estaban resignados a cumplir la voluntad de Dios. Dieron órdenes de salir y echaron para atrás al P. Manuel de Pedrera y a mí, momentos después vieron regresar al convento también al P. Jerónimo de Málaga. Creo que alguien intercedió por nosotros, que fuimos salvados por ser jóvenes y por considerarnos maestros".


Rosario de los Seráficos

Mientras, a los pies del magnífico cuadro de la Inmaculada, que preside el altar mayor de la iglesia conventual, los niños del colegio, rezaban con fervor para que el Señor coronara con el triunfo a aquellos que tanto habían trabajado por ellos en la tierra, y que ahora tienen en el cielo como seguros intercesores Consumada la tragedia, los milicianos del denominado comité, llegaron, de nuevo, hasta las puertas del convento:
"Volvieron a llamar -refiere Francisco de Paula, testigo y postulante-. Nadie se atrevía a abrirles. Fue el P. Jerónimo el que se decidió a hacerlo pero, antes de hacerlo, nos dijo: `Hijos míos os voy a dar la absolución y que el Señor se apiade de nosotros. Así
lo hizo y les abrió. Entraron en la iglesia y nos encontraron arrodillados y dijeron: aquí hay más gente de la que ha salido antes.
Verdaderamente había más, pues, el P. Sebastián de Villaviciosa y el P. Manuel de Pedrera no habían salido ya que se quedaron en la iglesia con los niños. Entonces nos dijeron: ya podéis quitaros esas ropas y tenéis que venir con nosotros. Mientras nos desnudábamos para cambiarnos el hábito por la ropa de seglar, ellos se dedicaron a requisar todo lo que había de víveres en la despensa cargándolo en los camiones que tenían a las puertas del convento. Nos hicieron subir a los camiones y, junto con los víveres, nos llevaron al cuartel de los milicianos. Antes de emprender la marcha,
quisieron echar la llave al convento pero al no atinar con el manejo de la llave, hicieron bajar del camión al P. Jerónimo y fue éste quien echó la llave. Nos llevaron por todo el centro de la ciudad y nos hicieron gritar con el puño en alto `viva la revolución,
`viva la libertad. Así hasta llegar al convento de los PP. Trinitarios que era su cuartel.
Al llegar al cuartel de los milicianos, nos encontramos con fray Cayetano de Marchena, que llevaba varios días con ellos haciendo de cocinero. Con lágrimas en los ojos nos abrazó a todos enterado ya de lo que había sucedido en la explanada del convento, de nuestro convento de Capuchinos, donde salvajemente fueron asesinados, por odio, a los que defendían la fe de Cristo a aquellos indefensos religiosos ante un inmenso gentío que gustaron de estar presentes en la ejecución de tan infame proceder .Esto fue el seis de agosto, fiesta de la Transfiguración del Salvador. Parecía que hasta el día fue escogido a tal fin".
En aquel viaje, el dolor por los religiosos compañeros asesinados era evidente en el rostro y en el corazón de los supervivientes.
Para ellos el recuerdo de aquella gloriosa tarde de transfiguración los acompañará el resto de su vida, y también el sufrimiento, alojados en una pequeña sala del' Convento de los Trinitarios.
Uno de los religiosos supervivientes que acompañaba en el camión a los seráficos,
describe el episodio con estas palabras: "Eran las nueve de una noche, más triste y obscura que la que siguió a la tarde del Viernes Santo. En una estrecha habita­ción, presididos por un cuadro bellísimo de la Inmaculada, que, a pesar de su ansia de destrucción habían olvidado los revolucionarios nos, pasamos la noche llorando, sin poder contener las lágrimas, la muerte de nuestros hermanos. a pesar de estar tan seguros de que ya contemplaban la gloria de Jesucristo transfigurado".


El último mártir Fray Pacífico de Ronda (7 de agosto)


Fr. Pacífico de Ronda, limosnero del convento, después del registro del día 3 de agosto que realizaron los milicianos en el convento, trató de huir, pero fue detenido por los rojos y encarcelado. Estuvo prisionero en el puesto de guardia de la Comisaría de la policía municipal de los Remedios, según queda dicho. En una celda, de pequeñas dimensiones, hubo dos prisioneros más junto a Fr. Pacífico. Uno de ellos -D. Carlos Moreno de Luna- contó así aquellos días de reclusión que pasaron juntos: "Yo estaba encerrado, con Fray Pacífico de Ronda, en el calabozo de la Comisaría de Policía municipal de los Remedios. Creo que esto era sobre el 5 y 6 de agosto. Yo estaba en la misma celda con este religioso y con otro señor. Cuando entré en la celda, Fray Pacífico, creyendo que yo estaba herido, me ayudó con extraordinaria caridad, me examinó para ver si tenía alguna herida y me pidió tener paciencia y resignación. En la celda había sólo dos bancos de piedra para acostarse. Fray Pacífico inc cedió el suyo y nos alternábamos para descansar. Fray Pacifico dedicaba mucho tiempo a la oración y al rezo del Breviario. Desde una ventanilla llegamos a oír una conversación de los milicianos en que decían que tenían que fusilarnos. El religioso trató de animarme y de consolarme, tal vez porque me vio un poco nervioso". El 7 de agosto fue puesto en libertad. ¡Pura ironía de las palabras! ¿Qué significado daban los revolucionarios aquellos días a esta pala­bra? Obligaban al prisionero a salir de la cárcel y a caminar, aparentemente libre, delante de ellos, por diversas calles de la ciudad.
Fr. Pacífico comprendió bien pronto de qué se trataba y se enfrentó con ellos, diciéndoles:
-¡Ay de vosotros! ¡Mi sangre caerá sobre vosotros y sobre vuestras familias!
Pero los rojos le respondieron con toda clase de insultos y blasfemias y, cuando el religioso llegó a la calle Estepa, la calle más céntrica de la ciudad de Antequera, una descarga de fusil lo dejó cosido a balazos en medio de la calle.
Era el día de la fiesta de los mártires capuchinos Beatos Agatángel y Casiano. Con la muerte de Fr. Pacífico cerraba la provincia capuchina de Andalucía su martirologio, que si bien no es el más numeroso, es, sin embargo, de los más edificantes de una España en llamas.

Las noticias del asesinato de religiosos y sacerdotes ocurrida en la ciudad en los primeros días de la guerra civil, llegaron a oídos de los religiosos, los cuales, en su cristiana resignación, presentían también la hora de su propio martirio, desde entonces escribió en su Crónica, el P. Sebastián de Villaviciosa, testigo directo de los acontecimientos de aquellos días un misterioso presentimiento nos decía que la mano de Dios segaría flores en nuestro jardín seráfico de Antequera.

Fray JOSE DE CHAUCHINA (en el siglo Alejandro Casares Menéndez), Diácono. Religioso profesa OFMCAP.

Fray JOSE DE CHAUCHINA (en el siglo Alejandro Casares Menéndez), Diácono. Religioso profesa OFMCAP.
Vio la luz, el Siervo de Dios en la localidad granadina de Chauchi­na, de la provincia y diócesis de Granada, el 25 de febrero de -1.897. Fueron sus padres José María Casares Chica y Modesta Menéndez Sierra. Recibió las aguas bautismales en la iglesia
parroquial de Chauchina el 4 de marzo del mismo año y se le impuso el nombre de Alejandro de los Sagrados Corazones de Jesús y María. Fue confirmado el 14 de diciembre de 1.905 por D.José Meseguer y Costa, arzobispo de Granada.
De carácter noble desde pequeño, pronto despertó en él la vocación a la vida religiosa ingresando a los doce años en el Cole­gio Seráfico de Antequera, brillando ya en esa edad por su piedad y candor de espíritu. Ingresó en el noviciado el 18 de agosto de 1.912; emitió sus votos simples el 19 de agosto de 1.913 y los solemnes el 20 de agosto de 1.916. Posteriormente recibiría las órdenes sagradas hasta el diaconado no pasando al presbiterado por padecer una enfermedad nerviosa.
Enviado al Colegio Seráfico de Antequera dio muestras y bue­nos ejemplos, como a lo largo de toda su vida, tanto a alumnos como a religiosos, de ser un buen y diligente trabajador. Dotado de excelentes cualidades literarias rindió en este campo los mejores frutos. Su bondad fue grande, era incapaz de molestar lo más mínimo, teniendo siempre la buena disposición de agradar en todo. Para sus alumnos fue como una verdadera madre. Era gran devoto de la Virgen del Pincho aparecida en su pueblo en 1.906.
El Siervo de Dios se distinguía por su bondad, prestándose siempre a realizar cualquier servicio que le pidiesen. Dice el P Claudio de Trigueros de Fray José de Chauchina, que "su corazón era más grande que su misma inteligencia". En el mismo sentido abundan otros compañeros: "Si se le pedía alguna cosa -dice el P. Angel de León- no descansaba hasta que no lo hacia". "Fray José de Chauchina -cuenta el P. Jerónimo de Málaga- se distinguió por su extrema caridad, no era capaz de negar un favor a quien se lo pidiese, siempre estaba dispuesto para ayudar a todos".
Junto a su caridad y disponibilidad para todo lo que le pidiesen, estaba también su bondad, puesta manifiestamente de relieve por todos los que le conocieron. Dicen de él que era "bueno y simple", un "ángel por su simplicidad", como "un niño pequeño por su ingenuidad y simplicidad", "era extraordinariamente simple".
En los primeros días de la revolución: "Fray José de Chauchina estuvo refugiado durante algunos días en casa de un carpin­tero, pero después volvió al convento para correr la misma suerte que sus compañeros", según manifestó Concepción Vázquez Arcos, lavandera entonces en el convento.
Mucho sufrió el ánimo de este Siervo de Dios durante los die­ciocho días de asedio al convento capuchino de Antequera. Final­mente salió de casa con los demás religiosos. Entre sus hermanos marchaba en cuarto lugar y se dirigía al monumento de la Inma­culada, llevando un pequeño crucifijo entre las manos cuando los milicianos le dispararon reiteradamente, cayendo muerto l.a tarde del 6 de agosto de 1.936, a los pies del monumento a la Virgen.

Los Siete Capuchinos

Los Siete Capuchinos

Estos son los Siete Capuchinos mártires de Antequera:
  • Fray Angel de Cañete  (José González Campos nacido el 24/02/1879)
  • Fray Gil del Puerto de Santa María (Andrés Soto Carrera nacido el 29/06/1883)
  • Fray Ignacio de Galdácano (José Mª Recalde Maguregui nacido el 7/02/1912)
  • Fray José de Chauchina (Alejandro Casares Menéndez nacido el 25/02/1897)
  • Fray Crispín de las Cuevas de San Marcos (Juan Pérez Ruano nacido el 27/12/1875)
  • Fray Luis María de Valencina (Jerónimo Limón Márquez nacido el 27/03/1885)
  • Fray Pácifico de Ronda (Rafael Rodríguez Navarro nacido el 8/11/1882)
Incluídos en las causas de los Mártires de la Guerra Civil Española

Enrique Orce  el autor de la cruz cerámica de los siete capuchinos Esta cruz fue restaurada en 1976 por su nieto Alfonso Carlos Orce y sobrino nieto del padre Angel de Cañete.



En este blog inspirado en la obra de Fray Alfonso Ramírez Peralbo, se narra el asesinato de siete frailes capuchinos del Seminario Seráfico de Antequera en los primeros días de la Guerra Civil Española. Postulador de la Causa de Beatificación y Capuchino.

Fortunata, Santa Virgen y Mártir, 14 de octubre

Fortunata, Santa
Virgen y Mártir, 14 de octubre
 
Fortunata, Santa
Fortunata, Santa

Mártir

Santa Tradicional, no incluida en el actual Martirologio Romano

Martirologio Romano (1956): En Cesarea de Palestina, Santa Fortunata Virgen y Mártir -hermana de los dichos Mártires Carponio, Evaristo y Prisciano- la cual en la persecución de Diocleciano, después de haber padecido el potro, el fuego, las fieras y otros tormentos, entregó su alma a Dios. Su cuerpo lo llevaron a Nápoles de Campania ( s.III)
Etimológicamente significa “afortunada”. Viene de la lengua latina.

No son actos heroicos sino sencillos y modestos.

Era una mártir de Cesarea de Palestina bajo el imperio de Diocleciano. Aunque murió allá, su cuerpo se lo trajeron a Nápoles.

En la segunda mitad del siglo VIII, el obispo de Nápoles Esteban II puso su culto en el monasterio de san Gaudioso.

Un documento del año 986 recuerda que la iglesia de Fortunata fue destruida y volvió a reconstruirse junto al lago Patria.

Desde luego el culto que se le tributa en la zona es muy fervoroso y muy abundante.

Lo que importa, aparte de los hechos históricos o no, es que existe devoción a esta santa, no solamente en Nápoles sino también en Palermo.

Y una devoción no sigue, después de tantos siglos, por un fanatismo ciego e irracional.

La gente no es tonta. Puede que haya dudas acerca del modo cómo la trajeron desde Palestina hasta el puerto de Nápoles.

Lo cierto y lo seguro es que no se puede inventar una devoción a una santa o santo. Tiene que haber motivos profundamente religiosos para que el pueblo fiel y sencillo comience a venerar sus reliquias y que, mediante las oraciones de petición, se hayan obrado milagros en su nombre.

Es también la patrona de Baucina. Según algunos estudiosos, con ella llegaron también tres mártires: Carponio, Evaristo y Prisciano.

Reliquias de Santa Fortunata en Perú

Santa Fortunata, virgen y mártir, nació entre los años 281 a 287 de nuestra era; las continuas persecuciones que sufrieron los cristianos por el Emperador Diocesano, en la llamada "Era de los Mártires", le tocó a Fortunata, al igual que muchos por su fe en Cristo, ser degollada un 14 de Octubre, entre los años 298 a 304 cuando sólo contaba con 17 años de edad, y cuyos restos se veneran con mucha fe en el altar de la Catedral de Moquegua, al sur del Perú.

Trasladado su cadáver al Cementerio de Calepodio en Roma, sus restos fueron exhumados quince siglos más tarde con autorización papal, y don Jaime Severine Canónigo de la Iglesia San Marco de Roma, custodio de las sagradas reliquias, donó el cuerpo de Santa Fortunata al Padre Fray Tadeo Ocampo, Comisario del Colegio de Propaganda FIDE de Moquegua, que se encontraba de visita en Roma a principios de 1796. Con los restos de la Santa se le dio también a Ocampo, un vaso con su sangre reseca por los siglos y las letras en originales en latín o sea la credencial de la autenticidad de Santa Fortunata. Con los sagrados restos, 23 religiosos y cuatro legos para su colegio de Moquegua, partió Ocampo del puerto español de Cádiz el 18 de octubre de 1796 en la nave mercante “Nuestra Señora de la Soledad”.

Llega a la ciudad de Moquegua después de dos años, luego de una travesia bastantes dificultosa (Río de Janeiro, Sao Pablo, Buenos Aires, Córdoba, Tucumán, Salta, Arica, Ilo y Moquegua), la entrada a la ciudad la realizaron por el “Portillo” en donde se levanto un arco de flores, alfombrándose además la calle principal para el paso de la Santa que, conducía en hombros por la matronas de Moquegua, fue seguida de una lluvia de flores y del místico recogimiento por el clero, congregaciones religiosas y toda la feligresía que se congregó e la entrada de la ciudad. Los restos fueron recibidos por Lorenzo Vizcarra moqueguano que hizo como párroco de la ciudad y también a nombre del Obispo de la Diócesis de Arequipa. Mons. Chávez de la Rosa, fue trasladado luego a la Iglesia de San Francisco, en donde durante ocho días fue objeto de cultos especiales por parte del pueblo.

En una Urna, con pintura de Pan de Oro, se encuentra el sagrado cuerpo artísticamente retocado con una capa de yeso, en la cual muchos estudiosos han acreditado la autenticidad del cuerpo de la Santa.

Santa Fortunata es la virgen y mártir, único caso en el mundo, cuyo cuerpo presente ubicado en una urna se le venera con gran fe y devoción y es sacada en procesión desde 1798 cada 14 de octubre . (La fiesta en Moquegua se inicia en el mes de Octubre, entre los días 12 y 14).

Al existir dos cuerpos, sabemos que deben ser dos mártires distintas que no tan sólo tuvieron martirios similares sino tambien el mismo nombre. Sus historias se han mezclado con el pasar de los años, pero cada una cuenta con muchos devotos.

La controversia y una conclusión razonable

Uno de los primeros errores fue, en mi opinión, querer identificar el corposanto extraído de las catacumbas con esta santa mencionada en el Martirologio. El corposanto de Fortunata fue concedido, junto con un vaso de su sangre, a la ciudad italiana de Baucina (Palermo). La bula papal está disponible, es consultable y está firmada en Roma a 29 de enero de 1790. En 1840 fue recompuesto y recubierto con cera para su veneración. Desde entonces, ha recibido fiestas anuales donde la urna es sacada en procesión, junto con la lápida y la antigua arqueta, en un gran clamor popular. Ellos la identifican con la Santa Fortunata del Martirologio, pero al menos toda la documentación está en regla: hay bula papal, hay lápida, hay reliquias y hay un vaso con sangre. En principio, todo está correcto.

Sin embargo la controversia nace porque existe otra Santa Fortunata que se venera en Moquegua, Perú (en la imagen). Resulta que el padre franciscano Fray Tadeo Ocampo viajó a Roma y obtuvo un documento, firmado el 5 de enero de 1793, en el que se le otorgaba el cuerpo de la mártir, así como un vaso de vidrio con su sangre, para “exponerlos a la veneración de los fieles en cualquier iglesia, oratorio o capilla”.

El cuerpo llegó a Moquegua el 8 de octubre de 1796. Froilán Miranda Nieto hizo una descripción de lo que contiene desde entonces la urna que se conserva en la iglesia de Santo Domingo. Según él, se trata de “una mujer hermosa de cabellos áureos y serena frente, perfecto perfil y breve boca que, dibujando la apacible sonrisa de las almas tranquilas, deja ver dos hileras de dientes diminutos y blancos”. Esta descripción puede llevar a confusión y hacer creer al lector de que se trata uno de los cuerpos llamados “incorruptos”, mas no es así. Lo que Froilán Miranda está describiendo es la máscara de yeso y lujosos vestidos que cubren lo que hoy queda de esta Fortunata: un antiguo esqueleto articulado con alambres, recompuesto en 1840.

¿Qué ocurre aquí? Que hasta la fecha, algunas personas de Moquegua, siguen protestando que su Fortunata es la auténtica, y que los italianos tienen la falsa, ¿acaso no tendría sentido pensar que ambas son auténticas? ¿Por qué pegarse por la posesión de esta o cual Santa, si los santos no son un coche ni un chalet en los Andes? ¿Por qué una tiene que ser la “auténtica y milagrosa” y la otra “impostora”? Semejante despropósito me enerva por la falta de respeto y cariño entre cristianos que veneran a una mártir. Tratándose de una mártir de las catacumbas, no es que pueda haber dos, ¡es que puede haber doscientas Fortunatas! No sólo porque fue un nombre muy común para una mujer en la Antigüedad, sino porque, como muy bien han apuntado algunos estudiosos de los corposantos, a veces el nombre Fortunata en las lápidas no representa el nombre de la persona, sino un adjetivo: tú, "afortunada", que padeciste por Cristo.

Lo que sabemos por los documentos es que ni la una ni la otra corresponden a la Santa Mártir de Palestina. Espero que esto sirva para dejar ya fuera de toda duda que en las ciudades de Moquegua y Baucina se veneran santas distintas, aunque homónimas, y que nadie le ha robado la santa a nadie, ni unos tienen la “buena” ni otros tienen la “mala”. Y otra cosa sería que admitiesen que ni una ni otra tienen que ver con la Santa Fortunata palestina que viene reseñada en el Martirologio.

Calixto I, Santo XVI Papa, octubre 14

Calixto I, Santo
XVI Papa, octubre 14
 
Calixto I, Santo

XVI Papa

Martirologio Romano: San Calixto I, papa y mártir, que, cuando era diácono, después de un destierro en la isla de Cerdeña tuvo a su cuidado el cementerio de la vía Apia que lleva su nombre, donde dejó para la posteridad las memorias de mártires, y elegido papa, promovió la recta doctrina, reconcilió benignamente a los apóstatas, terminando su intenso pontificado con la gloria del martirio. En este día se conmemora su sepultura en el cementerio de Calepodio, en la vía Aurelia, en Roma (c. 222).

Etimología: Calixto = Aquel de gran belleza, viene del griego


Las catacumbas son una meta obligatoria para los peregrinos y turistas que van a Roma. Particularmente célebres y frecuentadas son las de San Calixto, que el Papa Juan XXIII definió “las más importantes y las más célebres de Roma”. Quedan cerca de las también famosas catacumbas de San Sebastián y de Santa Domitila. Comprenden un área de 400 metros por 300, con cuatro pisos sobrepuestos; se ha calculado que tienen no menos de 20 kilómetros de corredores.

Esta obra colosal recuerda para siempre a San Calixto, porque fue él quien se preocupó por su realización, primero como diácono del Papa Ceferino y después como Papa. Pero este lugar no es precioso sólo por sus dimensiones, sino por el gran número y la importancia de los mártires que fueron “depositados” allí: particularmente célebres son las criptas de Santa Cecilia y la contigua de los Papas Ponciano, Antero, Fabián, etc. Por eso, puede parecer raro que falsee precisamente la de San Calixto que fue quien hizo construir esa cripta.

La tumba de San Calixto se encuentra en el corazón de la antigua y genuina Roma: en la basílica de Santa María en Trastevere, que fue construida por el Papa Julio a mediados del siglo IV, intitulada también a San Calixto.

Calixto nació en Trastevere en la segunda mitad del siglo II, y su padre era un tal Domicio. Era de humilde condición, pero muy apreciado por el correligionario o Carpóforo, que le confió la administración de sus bienes. Pero algo no marchó bien, pues poco después el pobre Calixto fue condenado a hacerle dar vueltas a una rueda de molino para pagar al patrón y a la comunidad cristiana los perjuicios ocasionados. Poco tiempo después Calixto tuvo que soportar otra dura condena, la flagelación y la deportación a Cerdeña, por las acusaciones de los judíos.

La comunidad cristiana lo rescató, incluso con la intervención de Marcia, la concubina de Commodo, y entonces Calixto colaboró con el Papa Víctor y con Ceferino, a quien sucedió como Papa en el 217.

Su elección provocó el cisma de Hipólito, que reprochaba a Calixto su origen servil y sobre todo su flexibilidad con los pecadores. San Calixto tuvo también que luchar contra la herejía sabeliana. Murió “mártir”, no a mano de la autoridad imperial como asegura el Martirologio Romano, sino durante una sublevación popular.

No pidan una señal Lucas 11, 29-32. Tiempo Ordinario. Cristo, clavado en la cruz, es la gran señal que anhelamos,la señal del amor.

No pidan una señal
Lucas 11, 29-32. Tiempo Ordinario. Cristo, clavado en la cruz, es la gran señal que anhelamos,la señal del amor.
 
No pidan una señal
Del santo Evangelio según san Lucas 11, 29-32

En aquel tiempo la gente se apiñaba alrededor de Jesús y comenzó a decirles: Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás.

Oración introductoria

Padre, te pedimos que Cristo, clavado en la cruz, sea para nosotros la gran señal que anhelamos. La prueba de un amor incondicional y desinteresado.

Petición

Señor, ayudanos a ser "señales" para nuestro prójimo. Que cuando nos vean actuar, sepan y crean que existe el amor.

Meditaciòn del Papa Francisco

Nuestra época se caracteriza por más mártires que en los primeros siglos. Perseguidos por el odio: es el demonio mismo que siembra odio en aquellos que llevan a cabo la persecución. San Esteban, fue uno de los diáconos ordenados por los apóstoles. Se muestra lleno de gracia y de poder y hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo, y llevaba hacia adelante el Evangelio. Entonces algunos comenzaron a discutir con él acerca de Jesús: si Jesús era el Mesías o no. Esta discusión, sin embargo, se convirtió en impetuosa y los que "discutían con él no pudieron resistir su poder, su sabiduría, su ciencia". ¿Y qué hicieron? en lugar de pedirle explicaciones, pasaron a la calumnia para destruirlo. Porque como no iba bien la pelea limpia, la lucha entre hombres de bien, se fueron por el camino de la lucha sucia: la calumnia. Encontraron testigos falsos que decían: Este no habla sino contra este lugar, y contra la ley de Moisés, en contra de esto, en contra de aquello. Lo mismo que hicieron con Jesús. (cf S.S. Francisco, 16 de abril de 2013

Reflexión

Deseamos una seguridad, una certeza. Queremos tener ante nuestros ojos una prueba, un milagro. Cada día es una buena ocasión para buscarla, o, más bien para encontrarla, para contemplarla, porque ya la tenemos.

Cristo, clavado en la cruz, es la gran señal que anhelamos. La prueba de un amor incondicional y desinteresado; un amor que se entrega hasta el extremo de dar la vida por el amigo. El crucificado nos hace ver un milagro más extraordinario que cualquier otro: el del amor, que se demuestra en el dolor. Basta que le contemplemos detenidamente para que obtengamos una plena seguridad sobre la cual construir nuestra vida: la de sabernos y sentirnos profundamente amados.

Esta señal constituye también una invitación. Cristo nos invita a convertirnos en “señales” para nuestro prójimo. Que cuando nos vean actuar, sepan y crean que existe el amor. Que por nuestro modo de vivir, tengan la seguridad de que vale la pena ser seguidor del hombre que aparentemente fue derrotado en la cruz. Para ser “señales”, pruebas vivas, hay que aprender como Cristo, a subir a la cruz. Ahí está la señal del amor.

Propòsito

Acercarme a un crucufico y pedirle a Jesùs que me enseñe a ser señal de amor para mi familia, trabajo, amigos.

Diálogo con Cristo

Señor, todo está bajo tu dominio menos mi libertad, porque Tú respetas mi decisión de cumplir o no tu voluntad. Me has dado tu Palabra en el Evangelio, te me ofreces en la Eucaristía, para que tu presencia viva transforme todo mi ser: inteligencia, voluntad, afectos, imaginación y sentimientos. Haz, Jesús, que sepa apreciar estos dones y que aproveche todas las oportunidades, circunstancias y situaciones de mi vida para amarte más.


¡Octubre mes del Rosario!

Para que reces muy bien el rosario, consulta El Santo Rosario Qué es el rosario, cómo se reza, historia, oraciones, promesas, bendiciones y beneficios.

Vamos a meditar las palabras del Ave María, para que al repetirlas disfrutemos mas el Rosario. Y también las palabras del Salve Regina